El brillo de la fogata

fogata

La mujer estaba sola aquella noche, su esposo había salido al mediodía, horas antes de que empezara la tempestad. El viento, el agua y el granizo azotaban los cristales de las ventanas.

Un golpe en la puerta principal hizo que se sobresaltara.

Luego, silencio.

— ¿Carlos? – dijo acercándose.

La única contestación fue un nuevo golpe. La mujer no iba a abrir, pero luego pensó que quizá su marido estaría empapándose fuera por culpa de su miedo. Tímidamente, quitó el cerrojo. En seguida un hombre entró empujándola.

No era Carlos.

El extraño echó seguro en la puerta y le dijo que no se asustara, que no quería nada de ella, solo refugiarse del frío hasta el amanecer. La mujer se quedó mirándolo boquiabierta.

Reaccionando, fue hasta la cocina y le trajo una botella de aguardiente y un vaso. El extraño se puso a beber. La mujer, entonces, le ofreció ropa seca.

Después de cambiarse, el hombre se puso a beber el resto del aguardiente.

Por fin, la tormenta se detuvo.

— Me van a matar, ¿sabe? – dijo él.

La mujer no hizo ningún comentario. Calentó la comida que había sobrado del almuerzo, sirviéndosela al extraño, quien la engullía sin disfrutarla, casi por compromiso.

De pronto, se puso de pie.

— ¿Oye eso?

Escucharon algo parecido al ruido que hace un enjambre de abejas. Ambos supieron que la visita no duraría hasta el amanecer.

— ¿Cómo se llama su libro? – dijo ella.

El extraño sonrió, esa mujer había comprendido todo. Sin decirle nada, salió de la casa y el enjambre de abejas se transformó en una turba de gente que gritaba enfurecida.

El brillo de una gran fogata alumbró la noche.

¿Hubo quejas? Si fue así, la mujer no pudo reconocerlas entre el ruido que hacía la turba, pero pensó que es correcto quemar a los escritores para evitar que sigan escribiendo libros.

 


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Hogueras de vida

En Ecuador, ya nos aburrimos de quemar muñecos de políticos porque, pese al esfuerzo, estos resultan, cada año que pasa, más malos que los anteriores.

En Ecuador, ya nos aburrimos de quemar muñecos de políticos porque, pese al esfuerzo, estos resultan, cada año que pasa, más malos que los anteriores.

Sé que se acerca el fin de año por cómo me miran los jóvenes en la calle.

Lo peor es que no solo los desconocidos están dominados por esa ansia violenta en contra de mí. Hijo y nieto, sangre de mi sangre, también me odian y desprecian.

A veces me pregunto si se trata de paranoia – ¡los viejos le tememos a todo! –, pero no creo: ellos también quieren matarme.

Lo bueno es que después del 1 de enero, el agua retorna a su cauce. Mi familia vuelve a ser buena conmigo y en la calle lo peor que puede pasar es que me ignoren. Acaso seguiré siendo odiado, pero con la máscara de amor y ternura que se pone la gente de bien.

He tratado de buscar un refugio para esos dos días – a pesar de que sé que la muerte sería el fin de mis achaques y de la soledad, me aferro a la vida como las cucarachas de la cocina –, pero en cualquier sitio que piso, la mirada asesina de la juventud aparece, recordándome que soy uno de los condenados, tal vez no de este año, pero sí del próximo.

Es mejor encerrarse en la habitación con cerrojo y ver la televisión… ¡No, mejor no! Los noticieros pasan a cada instante noticias de un jubilado que ha caído víctima de la vorágine, del desespero que tiene la vida por asesinar a la muerte.

En este instante, mientras escribo, oigo golpes que acompañan a los alaridos y las súplicas de otros viejos que, como yo, se rehúsan a morir incinerados.

Parece que la costumbre se originó en el siglo veinte. Los ecuatorianos quemaban muñecos rellenos de periódicos o aserrín cada fin de año, esperanzados de que lo malo desaparecería con ellos. Con el transcurrir de los siglos, se cambiaron los monigotes por ancianos de carne y hueso, seguramente porque la gente se aburrió de ver reflejada la muerte en sus arrugas.

Aunque tengo miedo, los comprendo: yo también fui uno de aquellos jóvenes que incineraban viejos.

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¡Marcianos en Quito! ¡Marcianos en Quito!

Viejas chuchumecas deseándole lo mejor a todos los hombres de buena voluntad...
Viejas chuchumecas deseándole lo mejor a todos los hombres de buena voluntad…
Fuente: “Crítica y opinión cultural“.

Fue el 12 de febrero de 1949. Sábado. ¿Recuerdas? ¡El radioteatro encantaba a los quiteños! En una ciudad en la que la única diversión eran los sermones de los curas, cualquier cuenta cuentos como vos podía triunfar.

Conseguiste que trajeran a la radio al chileno que infartó a sus compatriotas para que infartara a las viejas chuchumecas que se persignaban quince millones de veces cada vez que se mencionaba la nueva película de Ava Gardner, “el animal más bello del mundo” con el que soñabas acostarte alguna vez.

La ciudad se congelaba – ¡como siempre! – y había llovido en la tarde. En la cabina de la radio los cantantes favoritos del público entonaban boleros o pasillos, mientras el chileno, el locutor de noticias y tú pulían los últimos detalles para salir al aire.

— ¡Es hora! – dijiste; ellos asintieron.

En seguida, con una señal mandaste a callar a los cantantes y el chileno se apoderó del micrófono:

— Buenas noches, radioescuchas, interrumpimos nuestra programación habitual para informarles que funcionarios del Observatorio Nacional han detectado unas extrañas explosiones en la superficie del planeta Marte. Por el momento no hay motivos para alarmarse; estaremos reportando durante el transcurso de la noche cualquier novedad. Hasta entonces continúen disfrutando de este sábado musical auspiciado por la Colonia Amarilla de los Peluqueros.

Los cantantes se miraron consternados; no sabían nada de su pequeña conspiración ¿cierto? Jijijijiji.

Ordenaste que retomaran los boleros. El chileno, por otro lado, permanecía completamente calmado, era un experto en el universo de las radionovelas, los extraterrestres y la hazaña que puso a Orson Welles en la palestra.

Sonaba un pasillo conocidísimo cuando volviste a interrumpir a los músicos para que el locutor anunciara que una nave espacial fue avistada sobre las islas Galápagos – ¡cómo se asustarían las tortugas! ¡Jojojojojo! –, dirigiéndose hacia la porción continental del Ecuador. Quizá la capital estaba en peligro, lo mejor era prepararse…

Las viejas chuchumecas se persignaron quince millones de veces más que cuando oían hablar de Ava Gardner y se pudieron a rezar a todos los santos. “¿Se parecerán los marcianos a Clark Gable?” Suspiritos, rezos a San Judas Tadeo, suspiritos…

— Damas y caballeros, los marcianos aterrizaron en Cotocollao y tenemos noticias de que la que población de Latacunga ha sido exterminada con algún tipo de gas letal, además huestes de criaturas verdes marchan sobre Otavalo. ¡Nos invaden, compatriotas, nos invaden!, ¡el país está perdido! – exclamó el locutor.

Los cantantes se pusieron a temblar.

— ¡No sean cojudos, cholitos! – les dijiste mientras el chileno fingía ser don Galito Plaza, el presidente, quien, desde la clandestinidad, pedía a los ecuatorianos luchar con tesón en contra del formidable adversario que amenazaba con aniquilar a la patria –. Es solo radioteatro, ¡qué marcianos ni que ocho cuartos! ¡Canten, pajaritos, canten!

— Ahora, una conexión con radio La Voz del Tomebamba – informó el locutor.

El chileno se puso a imitar el acento morlaco:

— En Cuenca no se han reportado ataques, pero las autoridades desplazaron dos destacamentos del ejército para afrontar cualquier eventualidad. Según parece, el presidente de la República ha ordenado trasladar, por el momento, la capital hasta nuestra ciudad; continuaremos informando.

Las comunicaciones desde el sur del país, Guayaquil y Ambato siguieron por varios minutos hasta que el locutor exclamó:

— ¡Damas y caballeros, los marcianos se encuentran aquí…! ¡Sí, aquí, dentro de la radio! ¡Estamos perdidos!

Con ayuda de tubos el chileno simuló el sonido de los disparos, cayendo en seguida fulminado el locutor. Silencio y luego una propaganda de cierto refresco gaseoso.

Incendiar el diario El Comercio no es una innovación del socialismo del siglo XXI, ya estaba de moda hace sesenta años.
Incendiar el diario El Comercio no es una innovación del socialismo del siglo XXI, ya estaba de moda hace sesenta años.

Lo que tú no sabías es que una turba de sastres, carpinteros, borrachos, señoras y señores de bien y no tan bien y viejas chuchumecas que se santiguan cuando oyen algo sobre Ava Gardner, suspiran por Clark Gable y rezan a la Virgen María, ya habían preparado colchones, orinales, periódicos y vituallas para huir a las laderas del Pichincha con la esperanza de que los marcianos le tengan miedo al soroche, disuadiéndose de perseguirlos hasta semejantes alturas.

Uno de los periodistas del diario que funcionaba en la otra planta apareció de pronto e hizo señales para que salieras de la cabina.

— ¡Los policías se movilizaron y la gente está enloquecida! ¡Avise de una buena vez que esto solo era teatro si no quiere que lo cuelguen!

Una secreta felicidad recorrió tu cuerpo, ¿no? ¡Engañaste a todos, igual que Orson Welles! Y, como él, intentaste salir del aprieto con un comentario divertido en el que advertías que lo anterior no fue otra cosa que una producción para amenizar la fría noche del sábado.

El humor quiteño, en todo caso, no se lo tomó muy bien. Las viejas chuchumecas dejaron los bacinicas y junto a los indignados chóferes de taxis, damas y caballeros de bien y no tan bien se encaminaron hacia el edificio de la radio y el periódico.

— ¡EXPLICACIONES, QUEREMOS EXPLICACIONES!

Los jefes de policía y ejército, indignados porque también los habían burlado, se hicieron de la vista gorda, encerrándose en los cuarteles para que “los artistitas chistositos arreglen por su cuenta sus enredos”.

Lo cierto es que, aterrado, ordenaste que cerraran las puertas de la cabina; los colegas del periódico hicieron lo propio con los demás accesos. Lejos de disuadir a la turba, esto la enardeció y uno de esos locos que nunca desperdician la oportunidad, sugirió cocinarlos vivos.

Al poco, el edificio ardía. El personal intentaba huir por las ventanas, lanzándose a los tejados de las casas vecinas. Uno de los locutores se quemó la mitad del rostro y una secretaria se desmayó por el humo. El papel, la tinta y los demás materiales inflamables hicieron el resto del trabajo que las viejas chuchumecas, las señoras y los señores de bien no se atrevían. Solo una amenaza de bomba en el edificio de correos, contiguo al tuyo, hizo reaccionar a las fuerzas del orden

Para entonces, ya habías saltado hacia un techo vecino, escapando del linchamiento. Las monjas de Santa Catalina te ocultaron esa noche y, al día siguiente, huiste igual que un criminal hacia Ibarra. El chileno, al que le horrorizaban las alturas, tuvo que entregarse.

¡Ocho personas murieron por tu chiste! Pero valió la pena, ¿no? Jejejejeje.

Leonardo Páez, el personaje real que inspiró este relato.
Leonardo Páez, el personaje real que inspiró este relato.

En Venezuela volviste a trabajar en radio, logrando alcanzar la fama y ahora eres un viejo – no verde, como los marcianos –, que se columpia en su mecedora, recordando la juventud gloriosa.

Pero ¿quieres saber algo? Yo no soy una voz en tu cabeza, un efecto de la demencia senil. Soy real, ¡muy real! Soy uno de esos marcianitos de los que hablabas en tu programa de radio, el caso es que no tengo piel fosforescente; más bien tengo cierto parecido con un virus: incubo en las cabezas de afortunados hombres como tú y, poco a poco, los someto a mi voluntad, sin que jamás se percaten de mi existencia. Los curo, los enfermo, los rejuvenezco, los mato, los revivo; hago con ustedes lo que me da la gana y me transmito a otros por la saliva o cualquier tipo de secreción corporal.

El mundo, tu mundo, está lleno de otros como yo. Tu mujer, tus hijos, el presidente de Venezuela, todos son  víctimas silenciosas y falta poco para que la conquista esté completa, entonces no quedará nada…

¿Por qué me revelo ante ti? Quizá porque tengo simpatía por los cuenta cuentos. Por lo demás, aunque intentaras advertir a tus congéneres, nadie te creería porque para ellos no eres más que un viejo gagá. Jijijijiji…

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