Hemingway contra Borges

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Hemingway y su concepto del arte.

“Me divertí muchísimo con usted o tal vez deba decir gracias a usted, por eso y porque no suelo responder si no es con los puños, he decidido ignorar la mierda que escribió sobre mi ‘Tener y no tener’”.

Así empieza la última de las dos cartas que Hemingway envió a Borges.

“No me malentienda: no le guardo rencor”, continúa Hemingway, “incluso he decidido hacerle un regalo”.

El obsequio consistía en una edición “in quarto” de “Rey Lear” del año 1620.

En la carta, el estadounidense le explica a Borges que cierto amigo en París descubrió, “no me dijo dónde o cómo”, esa tercera edición “in quarto” – se conocían solo dos – y que pese a ser una joya, “está dispuesto a venderla por un buen precio a un amante de Shakespeare. Sé que usted cumple mejor que yo con esa condición”.

Borges y Bioy, casuales, burlándose de Hemingway.

Borges y Bioy, casuales, criticando a Hemingway.

Para entonces, la obra de Borges ya era conocida en Europa, por lo que, según Hemingway, no fue difícil convencer al coleccionista para que vendiese el libro. Concluye la carta con las indicaciones para contactarlo, adjuntándose algunas fotografías.

La historia hubiera quedado inconclusa, pero en 1999 se hallaron fragmentos de un diario de Bioy Casares que mencionan el episodio[1].

Borges, pese a sospechar un engaño, no pudo resistirse y le propuso a su amigo que le hiciera un préstamo. “Naturalmente, jamás pensé en cobrárselo”.

El dinero llegó a Francia, pero el libro no a Argentina.

Enviaron cartas, contactaron amigos, sin conseguir cosa alguna. El comerciante se había esfumado.

Borges estuvo amargado durante meses, hasta que una tarde, después de almorzar con Silvina Ocampo, le pidió a Bioy que lo acompañara al correo.

“A estas alturas, importa poco lo que piensen de mí, pero si no mando esta carta estaré intranquilo. Tome, léala.”. En inglés decía:

 

Hemingway:

 

Felicitaciones, la broma lo ha convertido en uno de sus personajes. Claro, usted y yo sabemos lo poco que valen.

 

Cordialmente:

 

J.L Borges

 

[1] Ediciones Destino no los incluyó en “Borges” (2006), acaso respetando la decisión de Bioy Casares de eliminar los fragmentos en el proyecto original.

Diccionario enciclopédico de clientes de librerías

Así es como quedan las librerías cuando los empresarios se dan cuenta de que no son rentables...

Así es como quedan las librerías cuando los empresarios se dan cuenta de que no son rentables…

Más o menos tres años estuve encerrado en dos librerías de centro comercial a las que conocía con el sobrenombre de “La Cueva” (Cueva 1 y Cueva 2, en realidad), básicamente porque pasaba allí desde que salía el sol hasta que se ocultaba.

No es exageración decir que podría producirse una catástrofe nuclear o una invasión extraterrestre, mientras los libreros, totalmente ignorantes del destino del planeta, limpian los estantes polvorientos.

Bueno, sí hay una hipérbole: las paredes de los centros comerciales, fabricadas con cartón, no resisten ni a los clientes que se arriman en ellas, menos aún bombas atómicas o sofisticadas armas del espacio exterior, así que en cualquiera de los escenarios los libreros morirían, pero en la inopia.

Por otro lado, ese aislamiento exterior permite conocer a fondo las interioridades de los clientes, es decir la pata de la que cojean, no solo en cuanto a los hábitos de lectura, sino a su carácter y manías. En ese sentido, creo que estoy capacitado para bosquejar una tipología del “homo qui legit”.

Es conviene, en todo caso, advertir que los tipos mencionados a continuación corresponden a personas reales, no hay ni un ápice de ficción en ellos, por lo que tiene todo el derecho de sentirse ofendido si “le queda el guante”…

 Lea también la crónica de mi último día como librero.

La madre tiránica:

Es una mujer de convicciones fuertes, con principios lectores sólidos, ¡ilustradísima! Por lo general, es una feminista que se considera dueña de una sensibilidad artística sin límites porque ha visto en internet dos pinturas de Frida Kahlo, pero jamás ha escuchado de Benedetta Cappa o Remedios Varo.

Usted la puede encontrar en las secciones infantiles de las librerías despotricando contra su hija de cinco años porque quiere un libro de princesas de Disney y no “algo educativo”.

El curioso que observe la escena – incluida la perorata de quince minutos donde la madre habló, acomodándose sobre el hombro su cartera Louis Vuitton, en contra del capitalismo, Mickey Mouse, la sociedad, Dios, Belén, los pastores, el perro, el machismo, Alí Babá – no debe maravillarse cuando surja de atrás de un estante la MADRE de la madre tiránica, como un “deus ex machina”, para decir: “hijita, ¿por qué le gritas a la guagua? Cómprale lo que quiere, si vos tenías una colección de muñequitas de Disney…”

 

Los “otakus”:

Bueno, lo admito. A mí también me gustan los cómics. Sí, sí, sí...

Bueno, bueno, lo admito. A mí también me gustan los cómics…

Una mañana helada, mientras limpiaba la sección de fotografía, llegaron a la tienda tres chicos ataviados con enormes abrigos. Eran dos hombres y una mujer, ella sostenía una cadena en su mano derecha con la que arrastraba al más alto y flaco de ellos. Este sonreía, jadeaba y hasta ladraba. Una compañera me susurró: “¡es un ‘kemonomimi’!”

La chica arrastró a su pokemon por toda la tienda, dándole cariñosas nalgadas a veces, reprendiéndolo cuando no cumplía una orden o intercambiando con él y el otro muchacho besos franceses en la sección de literatura infantil.

Finalmente, se plantaron ante mí indignados al descubrir que no teníamos el paquete completo de las Cincuenta sombras de Grey con esposas de terciopelo y los demás juguetes.

Los otakus leen, aparte de los mangas, novelas juveniles y de terror. Pueden pasar horas metidos en la tienda y, por lo general, se marchan sin comprar nada (descargan los cómics de internet), llevándose sus diademas con orejas de gato a una convención de fanáticos de las historietas con entrada libre.

 

“Los que han leído todo”:

Primera foto de Puñetas junto a su sufrido padre.

García Márquez, víctima de la crítica especializada en Bukowski.

Estos personajes no solo se pasean por las librerías (pasear es el verbo adecuado porque jamás gastan un céntimo), también es posible hallarlos en los festivales de cine independiente (gratuitos), bares alternativos (donde intentan que otros gasten por ellos), conciertos de “trip hop” (gratuitos) o en cafés (en los que no consumen nada). Se la pasan hablando durante todo el día y no es raro que utilicen lenguaje rebuscado para seducir a chicas vestidas con camisetas espartanas cuyo único adorno consiste en dos símbolos del género femenino entrelazados.

No hay cosa que se escape a su amplísimo bagaje cultural. Según ellos, han leído TODOS los libros y ninguno se escapa a su crítica ácida.

Desde Sófocles hasta Vargas Llosa, la literatura del mundo está plagada de imbéciles a excepción de Bukowski, “el único escritor que vale la pena porque le vomitó en la cara a la moralina burguesa estadounidense después de una noche de putas y alcohol” (lo que suena bastante bien, salvo porque el vómito es la única metáfora que le calza a esos libros)…

Lea también “Los lectores se congelan en Quito”.

Las socias del club de lectura:

“¡Soy amiga de [inserte el nombre de cualquier político, empresario o famoso hijo de vecina], atiéndame primero!”; “¿cómo que no hay descuento?, soy del club del libro ‘El desgraciado hijo de Orión’;  “¿cómo se atreve?”; “¿no me conoce?”; ¡llamaré a mi marido para que le cante sus tres verdades!”; “¿o sea que no puede devolverme el dinero solo porque compré el libro hace dos años, no tengo factura, está arrugado y le faltan dos páginas?, ¡es nuevito!”; “¡pésimo servicio!”; “¡nunca más volveré a esta librería!”

Estas frases definen a la típica socia de un club de lectura. Nunca quieren pagar el precio completo del libro, aunque usualmente les sobra el dinero y no tienen empacho en despilfarrarlo en una tienda de ropa, pero por UN libro, jamás querrán pagar el precio justo. Invocarán a todo el santoral de empresarios del mundo librero o a sus amigos, esposos y amantes, solo para obligar al librero a cumplir con sus designios.

Son peligrosísimas y no precisamente por sus influencias, sino porque han provocado que los escritores de novelitas y novelotas rosas e insustanciales ahora se reproduzcan como gremlins en una lavacara de agua helada.

 

Los sexualmente NO explícitos:

Siempre se debe ordenar con lógica (sexual) una librería (¿?)...

Siempre se debe ordenar con lógica (sexual) una librería (¿?)…

“Señor, ¿puede prestarnos ese libro de ‘Las cincuenta sombras de Grey’? De verdad no vamos a comprarlo… Es que queremos saber de qué se trata…” Con estas frases se acercaron a mí una pareja de jóvenes. Les entregué el libro mirándoles con una expresión que seguramente era producto de la risa contenida y la incredulidad.

Al poco, los vi sentados con los rostros colorados y carcajeándose mientras leían. Yo, un voyerista consagrado, me aproximé con disimulo, esperando algún escenario pornográfico, mas, mis esperanzas se fueron al tarro de la basura al escuchar que la mujer, acalorada, decía: “amor, ¿te das cuenta de las pendejadas que lee tu mamá?”

En este grupo también están los adolescentes que piden “El principito”, pero terminan comprando “El kamasutra de la masturbación” o “Sea una puta en la cama”…

Lea un crónica de estas y otras lindezas acerca de los lectores de las Cincuenta sombras de Grey…

 

Este artículo se ha prolongado demasiado y podría hacerlo aún más, teniendo en cuenta que faltan categorías como: “adolescentes que leen biografías de OTROS adolescentes con cuenta de YouTube”, “niñas obsesionadas con las novelas románticas”, “escritores que compran sus propios libros para regalar”, “viejitas adictas a las revistas de tejido”, “profesores universitarios enamorados de Foucault”, “aprendices de empresarios que quieren alcanzar el éxito en una semana”, etcétera, etcétera, etcétera…

El caso es que si bien el tópico de “dime qué amigos tienes y te diré quién eres” es dudoso, aquel de  “dime que libros lees y te diré cómo eres” es indiscutible. Fin.

29 de febrero

Ingmar Bergman_Septimo Sello

Jugando al ajedrez con la muerte. Fotograma de “El séptimo sello” de Ingmar Bergman.

Única conoció a mi abuela cuando ambas tenían 15 años.

Ella murió un par semanas después de cumplir 80 y su amiga de toda la vida fue al velorio. Era una mulata bellísima a la que nadie dejaba de mirar. Tenía 31.

La primera vez que la vi fue en mi décima fiesta de cumpleaños. No lograba comprender que mi abuela hablara de ella como una conocida de la infancia pese a su juventud.

“¡Hijito, nació en 29 de febrero!”. No comprendí.

Cuando yo estaba camino a los 33 y ella a los 36, aún la amaba, sin atreverme a confesárselo. Era evidente que solo le provocaba esa lástima con olor a naftalina que sienten los viejos por los adolescentes que pierden su vida entre bares y putas.

Cumplir un año cada cuatro es más una desventaja que una ventaja. Claro que ella había visto mucho – no voy a caer en ridículos catálogos históricos –, pero así como conoció gente, tuvo que enterrarla. Amigos, familia, siempre era igual.

Sus biznietos ni siquiera la recordaban, vivían como si Única hubiese muerto años atrás, obligándola a arrimarse a cualquier amigo nuevo, a sabiendas de que también lo iba a perder.

Una tarde lluviosa, me invitó a visitarla en su casa para mostrarme un álbum donde aparecían ella y mi abuela durante unas vacaciones en la playa. Al llegar, la encontré bebiendo una botella de whisky, estaba borracha y apenas entré, me arrinconó contra la puerta y dijo que sabía muy bien las ganas que le tenía. “Esta será la primera y última oportunidad que le daré a un mocoso como tú”.

Si piensan que voy a narrarles una aventura eróticoromántica se equivocan. Tuvimos sexo, pero con torpeza. Yo estaba más nervioso que excitado y ella más arrepentida que feliz.

En todo caso, cumplimos con la faena lo mejor posible y luego dormimos, acaso para evitar las conversaciones embarazosas y las caricias por compromiso.

Al despertar, tuve la sensación de haber dormido por años. Durante unos instantes permanecí en silencio, con la mirada fija en el techo y sin mover un solo músculo para evitar que Única despertase, pero como no escuché ni siquiera su respiración volteé a mirarla. Solté un alarido.

Estaba muerta.

Lo supe de inmediato porque la escultural mulata ahora era una pasa arrugada y amarillenta, casi sin cabello y más cercana a una momia que a la mujer que penetré.

Tal vez debí llamar a la policía en seguida o a una ambulancia o a la morgue, no sé, pero lo único que hice fue sentarme en silencio con las piernas cruzadas al estilo de un yogui, pensando que mi amor, o tal vez el amor en general, fue lo único capaz de acabar con su eternidad.

Contrabandista de órganos

trasplante_de_corazon

Siempre he imaginado que la frase “¡te entrego mi corazón!” se refiere a esto.

La costumbre era regalar corazones de chocolate hasta que estalló la plaga que aniquiló todos los cultivos de cacao. Desde entonces los amantes optaron por arrancarse su propio corazón – verdadera prueba de amor – para obsequiarlo durante el día de San Valentín.

El único problema fue que, con el transcurso de los meses y el declive del amor entre las parejas, el corazón se pudría.

Al principio, a nadie parecía importarle pero, poco a poco, la gente capaz de donar escaseó, creándose una necesidad que la ciencia y el Estado eran incapaces de suplir.

Las bandas criminales se dedicaron, entonces , a secuestrar personas para arrancarles el órgano y venderlo en el mercado negro a los adictos del placer efímero. Yo fui uno de los que sucumbió a este negocio.

Cuando vendí el corazón de mi mujer a nadie pareció importarle. Sin embargo, a medida que crecía la demanda, mis colegas y yo notamos que era imperativo conseguir más donantes, toda vez que no alcanzaba solo con los miembros de nuestras familias.

Capturamos las pocas colegialas con corazón que quedaban y, al terminarse, optamos por secuestrar bebés. Al poco tiempo, se acabaron las existencias dentro del país y seguir el negocio en otro era imposible porque las bandas locales cuidaban violentamente sus territorios.

Todo se agravó el día en que los científicos declararon que, en un giro lamarckiano, la nueva generación de humanos nacería sin corazón.

Aquel evento nos obligó a cambiar las perspectivas de nuestra empresa. Hoy, somos perfectamente legales y estamos clonando gente para arrancarle ese músculo. No es grave: se toma lo útil y se desecha lo demás.

Mientras escribo estas líneas aguardo a que uno de mis colegas me extraiga una muestra de ADN para producir una nueva camada de donantes.

En realidad me siento muy feliz: a fin de cuentas, ahora millones de personas poseen mi corazón.

Nuevo empedrado para “La rue Morgue”

El nuevo tapiz de La rue Morgue es rojo porque roja tengo el alma y contigo perdí hasta mi calma... ¡Ejem, así no era!

El nuevo tapiz de La rue Morgue es rojo porque roja tengo el alma y contigo perdí hasta mi calma… ¡Ejem, así no era!

Este blog surgió de las cenizas del anterior, al que decidí incinerar cuando me percaté de que tanto sus textos como su título eran deficientes y kitsch.

De todas maneras, como no me resignaba a dejar el mundo bloguero di a luz a “La rue Morgue” – también deficiente y kitsch –. Al principio, convivieron ambas páginas pero, paulatinamente, abandoné la antigua para enfocarme en la nueva, aceptando, con más indiferencia que pena, que “Junto a la montaña y bajo la lluvia” había exhalado su último suspiro.

Un blog, sin importar el tema, es el reflejo de su autor y acaso esa sea la clave de aquel abandono.

Yo involucioné mucho – de hecho, aún lo hago – desde mayo de 2010, mes de creación de mi primera bitácora digital, hasta diciembre de 2011, cuando inventé “La rue Morgue”. Por ejemplo, había pasado de ser un lector de clásicos griegos y romanos, teatro isabelino, historia, Borges y novelas del siglo XIX a un morboso interesado en las crónicas españolas, las vanguardias europeas de los años veinte y treinta, Hoffmann y la mecánica cuántica. Había enfermado gravemente y, ahora lo sé, no tengo cura.

Naturalmente, todos los venenos consumidos se reflejaron en las cosas que escribía. El humor, alimentado por la patafísica, Queneau y Gómez de la Serna, impregnó mis textos, lo que me hizo abandonar el relato sobrio con aroma realista por la burla y el absurdo.

Luego apareció un veneno peor: la política. Me dediqué a escribir artículos de sátira donde los grandísimos… líderes latinoamericanos eran los protagonistas, pero, como es natural, pronto me aburrí y re – creé a “La rue Morgue”, fusionando el relato, la crónica y el artículo de opinión con la ironía y el absurdo.

Como el autor de esta crítica es tan considerado se dedicaba a insultarme en español e inglés para asegurarse de que lo entienda en cualquier idioma (faltó el esperanto, en todo caso).

Como el autor de esta crítica es tan considerado se dedicaba a insultarme en español e inglés para asegurarse de que lo entienda en cualquier idioma (faltó el esperanto, en todo caso).

Al principio de esta última etapa, los (per) seguidores, nacidos durante el periodo político, me dijeron varias cosas: mediocre, corrupto, arrogante, hijito de la “alta suciedad” – y de las putas – de la muy noble y leal ciudad de Quito, etcétera. De todas maneras, solo la pereza pudo detener por un tiempo la publicación de textos en “La rue Morgue”, contrario a la lluvia ácida de adjetivos y las posibles demandas judiciales, inocuas ante mi tozudez.

Desde hace unas semanas, los lectores frecuentes se habrán percatado de algunos cambios en este blog: colores, fuentes y diseño en general. En realidad todo eso solo es la punta del iceberg, no un simple capricho estético.

“La rue Morgue”, como fue diseñada originalmente, debe continuar pero se han vuelto necesarias algunas modificaciones para que la página siga siendo atractiva. Si bien se trata de un sitio personal, estoy convencido de que la aparición de voces foráneas – “actores invitados” – mejorarán mucho la calidad con perspectivas diferentes y, muchas veces, contrapuestas a las mías.

No se trata de un ejercicio democrático – ¡qué feo! –, sino de una idea que ha rondado por mi cabeza desde hace tiempo, una suerte de reto: pretendo que las “voces foráneas” asuman el desafío de escribir sobre temas a los que no están acostumbrados, sacándolos de la zona de confort. No sería justo, sin embargo, si yo no me someto al mismo reto, por lo que, una vez al mes, propondré un tema al invitado y el desafiado hará lo mismo conmigo.

Es un juego, pero también una oportunidad para convertir a “La rue Morgue” en un sitio interactivo y más interesante – además es el primer avance de un proyecto grande en el que estoy trabajando desde mi Baticueva. Por lo demás, no dejaré de publicar las sandeces a las que los he acostumbrado el resto de los días…

Finalmente, las personas que quieran participar pueden enviarme un mensaje explicando el porqué. La convocatoria estará abierta hasta el 28 de febrero y el primer texto se publicará en la segunda semana de marzo.

Gracias y fin del comunicado.

Variaciones de una demanda judicial

En 1947 Raymond Queneau publicó sus “Ejercicios de estilo”, libro en el que compilaba 99 variaciones de una escena opaca que presenció en un autobús parisino. A ese texto árido y desprovisto de detalles el escritor francés lo reconstruyó con diferentes tonos y técnicas.

Queneau era, aparte de literato, un matemático aficionado que perteneció a la Academia Francesa de aquella rama – además de la Academia Goncourt, la más prestigiosa de las letras galas – y un buen porcentaje de su trabajo se enfocó en la experimentación matemático – literaria.

 

Las mil caras de Raymond Queneau

Las mil caras de Queneau

Desde que actualicé este sitio, he recibido algunos correos preguntándome a qué me refiero con “perseguido por la justicia empresarial” en la sección donde explico quién soy.

Una simple crónica para explicarlo, sin embargo, no tendría sentido en un blog tan serio como La rue Morgue, de manera que, sin llegar a la estupenda cifra de 99, intentaré seguir el camino de Queneau, ofreciendo algunas variantes de lo ocurrido:

 

Notaciones.

Es mediodía. Un sujeto de piel cetrina pone un esferográfico y una carta de renuncia frente a otro de tez pálida, casi transparente. Este lo mira y le dice que no tiene pruebas para acusarlo de injurias. El sujeto de color cobrizo suda copiosamente y, tartamudeando, responde que no cabe la negación porque cualquiera puede comprobarlo en Twitter. El otro sonríe, toma la hoja y se dispone a salir con ella. Entonces, el de piel cetrina se pone a brincar a su lado, tratando de recuperar el papel que termina por romperse durante el forcejeo.

El pálido, dos semanas después, cambia de trabajo, aunque el nuevo es peligrosamente parecido al anterior.

 

Parábola de ciencia ficción.

Autómata.

Autómata con la misma vitalidad de un estudiante universitario que se alimenta con hamburguesas.

Al robot café se le fundió la tarjeta de procesamiento porque su dueño, un magnate de los váteres electrónicos, le exigió realizar una tarea demasiado compleja para su sistema: pensar por su propia cuenta.

El robot era prácticamente chatarra y solo por la exigencia del magnate, quien lo apreciaba tanto como a sus váteres, lograron convertirlo en mayordomo tras varios meses de composturas.

La última misión del autómata fue asesinar a un empleado de la fábrica de váteres. Al parecer, la sentencia se produjo porque a este se le ocurrió usar uno de los servicios higiénicos diseñados por el magnate y, al comprobar que no servía, lo publicó en la red holográfica.

El robot marrón fue a buscar a su víctima, pero antes de que pudiera cumplir su misión ordenó al empleado que le dejara ver el retrete. Su objetivo era destruir la evidencia del fracaso de su amo y al momento en que levantó la tapa, una poderosa descarga de electricidad proveniente del sistema de desagüe, terminó por fundir todos sus chips.

Lo último que se supo del empleado, después del incidente, es que fue a limpiar los retretes de otro magnate de los retretes.

 

Otra parábola (novela psicológica rusa).

Los duelos en Rusia, antes, tan populares; hoy, solo los practica Yugi Oh!

Los duelos en Rusia, antes tan populares; hoy, solo practicados por Yu-Gi-Oh!

Dimitri estaba frente a Volodia. Pocas horas antes había nevado y su aliento cálido salía de su boca transformado en neblina. Sentía una mezcla de miedo, odio y ansia. Miles de pensamientos se apiñaban en su cerebro y su corazón latía aceleradamente.

Recordó que el ermitaño Zósima le dijo, pocas horas antes, que la venganza no era el camino de un hombre que busca la redención… Pero ¿perdonar? ¿Acaso es admisible el perdón para un hombre que no fue capaz de aceptar una amistad desinteresada, cuyo único precio era agachar la cabeza y obedecer? A fin de cuentas, ¿no implica toda relación humana el renunciamiento a la dignidad individual a cambio del placer de no estar solo?

No cabía duda, el pálido era un enemigo peligroso, mas, no se sentía capaz de eliminarlo. Dimitri, pese a que no dudaba de que su deber era aniquilar a Volodia, le tenía terror a las consecuencias. No era capaz de asumir el rol de juez y verdugo; las palabras del ermitaño le martillaban la cabeza y el corazón. “¡La venganza no es redención, la venganza no es redención! ¡LA VENGANZA…!” ¿Y qué es la redención? ¿Existe siquiera?

De pronto, Volodia tomó la hoja que contenía la venganza de su rival e intentó llevársela, sin embargo, Dimitri pudo detenerlo. Hubo un forcejeo entre ambos contrincantes hasta que el papel se hizo añicos. Fue un empate.

A Volodia, pocos días después, otro Dimitri lo empleó. Los hombres amamos el fracaso.

 

Subjetivo (un punto de vista).

Mi gato hoy, mañana, siempre...

Mi gato ayer, hoy, mañana, siempre…

El pálido es tonto y feo. Yo soy una maravilla: lindo, inteligente y, pese a que no he leído ningún libro, periódico o revista, trabajo en una librería porque soy tan sabio como Osho. Entre otras cosas, sé que puedo usar a Twitter para expulsar a ese huevón de una empresa que no es mía.

Pero, ese pendejo es atrevido. Cuando le presenté su carta de renuncia obligatoriamente voluntaria, se atrevió a decirme que YO le estaba chantajeando y que eso es mucho más grave que cualquier injuria, sobre todo porque YO no tenía pruebas. Encima, fue tan descarado que intentó llevarse la carta de renuncia obligatoriamente voluntaria para que la revise su abogada. ¡Hijo de puta!

Tuve que rebajarme a su nivel y perseguirlo hasta la puerta para que me entregara su carta de renuncia obligatoriamente voluntaria que me pertenece porque YO la escribí. Como es obvio, con mi súper fuerza lo sometí y sé – rumores que a mí nunca me han interesado – que trabaja en otra librería limpiando el polvo de los estantes.

 

Animismo.

Garabatean sobre mí sin pudor. Me aruñan con sus lápices y sus esferográficos, espadas que hacen que me desangre con pintura azul, roja o negra. Mis hermanas y yo estamos acostumbradas, pero lo que me indigna es que ahora encima me jalan, me arrugan y finalmente me desechan solo porque sus caprichos les impiden recordar que soy frágil y que me rompo.

 

Traslación léxica[1]:

Sí, el ubí es una planta trepadora y no tiene nada que ver con un rubí.

Sí, el ubí es una planta trepadora y no tiene nada que ver con un rubí.

Es un médium, un sulfato de pierna cetrina que pone un esforrocino y un cartapel de renuncio fresal sobre otro que tiene una tía pálida, casi transparente. Este lo mira y le dice que no tiene psicastenia para acusarlo de injusticia. El sulfato de colorete cobrizo suda copiosamente y, tartamudeando, responde que no cabe el negatón porque cualquiera puede verlo en un ubí. El otro sonríe, toma el hojaldre y se dispone a salir con él. Entonces, el de pierna cetrina se pone a brincar en el ladrillal, tratando de recuperar la papelería que termina por romperse durante la forestación.

El pálido, dos semasiologías después, cambia de trabazón, aunque la nueva es peligrosamente parecida a la anterior.

 


 

[1] La traslación léxica es un ejercicio que consiste en reemplazar una palabra por otra siguiendo un método específico. En este caso opté por los sustantivos; el sistema se resume así: Sustantivo + 7, es decir, que la palabra escogida es el sustantivo que sigue inmediatamente a la séptima entrada del diccionario después de aquel que será cambiado.

2da. Mención Cuento Fantástico Concurso Equinoccio: “El sueño de la suerte”

Ron Mueck: "Máscara II"

“Máscara II” de Ron Mueck. Ilustración que acompaña a este relato publicado en la página CIENCIA FICCIÓN EN EL ECUADOR de Iván Rodrigo Mendizábal.

 

Por José Luis Barrera 

kirdzhali@gmail.com; hemingway_b@hotmail.com

2da. Mención, categoría Género Fantástico, I Concurso Equinoccio Ecuatoriano de Ciencia Ficción

(“Reblogueado” del sitio Ciencia Ficción en el Ecuador)

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José Luis Barrera. Nació en Quito el 16 de agosto de 1983. Participó en los Talleres Literarios de la Casa de la Cultura Ecuatoriana bajo la dirección del poeta Diego Velasco. En el año 2011 publicó un libro de relatos, El espejo de Mambruk (K-Oz), muchos de los cuales fueron escritos como parte de los ejercicios del taller. Otros de sus textos han sido publicados en antologías como Minimal (Efecto Alquimia, 2011). Actualmente mantiene un blog de literatura y humor titulado La rue Morgue.

(Originalmente publicado en el blog del escritor Fernando Naranjo Espinoza, Panóptico Galería Naranjo, Guayaquil, el 7 de mayo 2015)

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Benito Adolfo Gutiérrez fue entusiasmadísimo a la Conferencia de Jóvenes Naturalmente Estudiantes – COJONES –, en Ignorancia, la capital de la República de Estulticia, pero la primera ponencia era tan aburrida que se quedó dormido y no pudo volver a despertarse. Sus amigos probaron primero dándole ligeros empujones, luego violentos; echándole agua helada y caliente o propinándole puntapiés en la cara y en los genitales. Todo fue inútil: el otrora estudiante mediocre de Sociología de la Universidad Católica con aficiones políticas parecía un muerto; su cuerpo estaba completamente tieso y solo por sus ronquidos se podía alegar que la vida aún lo animaba.

La madre, una viuda de escasos recursos que había conseguido una beca para su vástago gracias a su empleo como jefa de limpieza de la universidad, clamó por ayuda para repatriar a su bello durmiente; nadie escuchaba sus ruegos, ni sus jesuíticos jefes ni los pocos familiares que la mujer tenía en Manabí. El drama estaba cobrando proporciones desastrosas porque un ministro de Estulticia dijo que: “la patria no puede hacerse cargo de un bulto que no es suyo”, ordenando que las autoridades policiales abandonasen al dormido en aguas internacionales si ninguno de sus compatriotas se hacía cargo de él en el transcurso de máximo setenta y dos horas.

El incidente se zanjó cuando el canciller ecuatoriano intervino ordenando que se sacaran fondos del erario nacional para repatriar al estudiante dormido “con el fin de que pueda reposar en el seno materno”.

La llegada de Benito Adolfo Gutiérrez a Quito fue un acontecimiento mediático de primer orden. La prensa local y extranjera se había dado cita en el nuevo aeropuerto de Tababela a las once en punto; sin embargo, no pudieron presenciar el arribo del avión hasta pasadas las doce por culpa del dios Eolo, quien tiene su mansión justo en esa zona del Ecuador.

La compuerta de pasajeros se abrió cuarto de hora antes de la una y, para decepción de los periodistas y de los curiosos en general, el dormido no hizo acto de presencia. Ante los gritos de protesta y enojo del público, tuvo que emerger de la aeronave el piloto para informar que Gutiérrez los estaba esperando en la sala de recepción de equipajes, pues él y su cama habían viajado con el resto de maletas.

Una multitud echó a correr en dirección de aquella sala encontrándose con una cama no mucho más grande que un ataúd en la que el joven de veintitrés años y piel cetrina reposaba plácidamente, ajeno a la gente y al ruido del aeropuerto. Las personas permanecieron estáticas frente al dormilón esperando quizá una reacción, mas, de repente, alguien los sacó de su éxtasis gritando: “¡es el Presidente!”

En efecto, en ese instante el primer mandatario se abría paso entre la multitud ayudado por sus cientos de miles de guardaespaldas y, levantando las manos para pedir que hicieran silencio, se puso a improvisar un hermoso discurso en el que se exhortaba a la juventud a seguir el ejemplo del joven Benito Adolfo Gutiérrez, “quien lucha incansablemente para mantener su sueño y al que ni las fuerzas anti–latinoamericanas lograrían someterlo a una vigilia vergonzosa”.

La gente allí reunida estalló en aplausos y luego voltearon a ver al estudiante con la esperanza de que aquel discurso hubiese tenido algún efecto sobre él. Este solo roncó. De todas maneras, el público luego de unos segundos de estupor bramó regocijado: era la pieza oratoria más excelsa de la historia.

Los alaridos de admiración y los aplausos no cesaron ni después de quince minutos y yo escuché que el presidente de la República, mientras salía discretamente, le ordenaba a uno de sus guardaespaldas que le pusiera “el ojo a ese mocoso porque puede cortar una pata del solio presidencial para que me vaya a la mierda…”

De la noche a la mañana, Gutiérrez se transformó en una celebridad. Lo invitaban a los programas de entrevistas serios y los no tan serios, le aparecieron amantes que él nunca había conocido e hijos que jamás engendró; incluso en una localidad de la provincia de Riobamba lo nombraron santo, endosándole milagros como curar ciegos o embarazar vírgenes sin tocarlas. Los empresarios nacionales también salieron beneficiados por la aparición del “Bello Durmiente” –como lo llamaban los periodistas en general desde su llegada a Quito–, manufacturando una gama de productos con su imagen que iban desde las camisetas y los “jabones para zonas íntimas” hasta unos cereales edulcorados que pretendían aniquilar el monopolio de Kellogg’s.

La madre de Benito Adolfo Gutiérrez, sin embargo, continuaba viviendo en medio de la pobreza sin que jamás hubiera visto un céntimo de toda la fortuna que hacían otros a costa de su hijo.

A este, por otra parte, los políticos, ávidos por conquistarlo para su bando, lo mantenían a cuerpo de rey sobre su cama aunque él solo respondiera con un ronquido despectivo a cualquier intento de seducción.

Si bien los placeres del poder no parecían llamar su atención, los de la carne sí: en varias ocasiones, damas de toda clase y reputación fueron sorprendidas saliendo de su cuarto en el Hotel Majestic –donde un miembro del partido de gobierno lo había encerrado en su anhelo de atraparlo para las próximas elecciones– y no era infrecuente que estas se enfrascaran en auténticos combates gatunos si es que se cruzaban en alguno de los pasillos.

Cierta mañana una comisión de miembros de un partido –cuya ideología era de derecha izquierdista central– se presentaron en la habitación de Benito Adolfo Gutiérrez con la propuesta de convertirlo en el próximo presidente de “la malhadada República del Ecuador”. Con un discurso lleno de circunloquios y palabras ridículamente anacrónicas le hicieron ver al durmiente que su participación representaba un hito en la historia de la patria y que no había existido desde los tiempos del general Eloy Alfaro una figura tan decisiva y con un porvenir tan brillante como el suyo. El homenajeado roncó y los políticos tomaron aquello como una aprobación sin condiciones.

A partir de ese instante el estudiante dormido y su cama fueron traslados de un rincón a otro de la República en el balde de camiones vetustos donde quedaba cubierto de esmog y, de vez en cuando, de lluvia, tierra y piedras.

El sueño de Gutiérrez, sin embargo, permanecía imperturbable. Sin importar si lo colocaban en el escenario de algún teatro de la gran ciudad o en una tarima rodeada de gallinas cluecas en medio de un pueblo de cuyo nombre nadie ha querido acordarse, el “Bello Durmiente” no daba la menor señal de vida, excepto por sus fuertes… fuertísimos ronquidos.

En un caserío de la costa ecuatoriana alguien le preguntó por un plan de contingencia en el caso de que se produjera una sequía como la que el año anterior que aniquiló a los cultivos de arroz.

—¡AAAAAAARRRRRRRRR! – fue la respuesta.

En la capital le averiguaron su opinión sobre el nivel independencia que deben mantener los gobiernos seccionales con respecto del gobierno central.

—¡AAAAAAAAAARRRRRRRRRRR! ¡AAAAAARRRRRG! – contestó el interpelado.

En un mitin de los candidatos de la lista para asambleístas clamaron por su intervención.

—¡AAAAAAAAAAAAAARRRRRRRRRR! ¡AAAAAAAAAAAAAARRRRRRGG! – dijo el candidato estrella una vez más.

Y así la campaña transcurrió entre ronquidos, bostezos y cabezadas; ¡nunca había sido tan lúcida la política ecuatoriana como durante esos meses!

Cierto día la prensa gobiernista amaneció con una noticia a siete columnas y en primera página: “LOS ESTUDIANTES ESTÁN HARTOS DE LA DEMAGOGIA: SE ANUNCIA EL AMANECER DEL DURMIENTE”. El texto informaba que un grupo de universitarios, cansados de la campaña de Benito Adolfo Gutiérrez boicotearían un evento en el teatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central, sacando a la luz “los trapos sucios de ese corrupto”. En seguida el Presidente de la República proclamó su apoyo irrestricto a esos valientes defensores de la patria.

Sin embargo, durante los primeros treinta minutos del acto, los ronquidos armónicos del “Bello Durmiente” no fueron interrumpidos por nadie y muchos supusimos que esa publicación era el último intento de la Secretaría de Comunicación por vencer a un rival que las encuestas daban por ganador indiscutible.

Cuando la catarata de ronquidos iba a finalizar una muchacha lanzó un zapato contra el candidato de la derecha izquierdista central y, acto seguido, hicieron lo mismo treinta estudiantes, dejando a Gutiérrez literalmente sepultado bajo el cuero.

Sus coidearios se apresuraron a sacarlo, descubriendo consternados que el “Bello Durmiente” finalmente había despertado.

El despertar de un buen sueño transforma a la realidad en pesadilla y para Benito Adolfo Gutiérrez esa fue una realidad terrible: de la noche a la mañana pasó de ser una celebridad, un político brillante y el mejor amante del mundo a un donnadie. Todo su carisma había desaparecido con su despertar y la gente lo rechazaba, su popularidad se fue a pique y sus coidearios optaron por cambiar a su candidato presidencial.

Naturalmente fracasaron y el gobiernista, que criticaba la posición de derecha izquierdista central de su contendiente desde su línea de izquierda derechista central, avasalló a la oposición sin problemas.

Mientras tanto, el ex –“Bello Durmiente”, destrozado por su fracaso, buscaba refugio en las drogas y el licor, aunque nada parecía satisfacerlo.

Las mujeres ahora no solo que lo ignoraban, sino que le huían asqueadas, y tanto políticos como viejos amigos hacían lo posible por no cruzarse en su camino.

Una noche lo encontré en un bar ahogando sus penas con aguardiente.

—¿No quiere un trago? —me dijo con tono plañidero.

En otras circunstancias me hubiese negado, pero un ídolo en desgracia es un tema que mueve a la curiosidad. Me contó, pensando que no lo reconocía, toda su historia –fragmentaria para él gracias a su largo sueño– y, al final, dijo que barajaba la posibilidad del suicidio.

—No es justo que me pase esto; desde niño aspiré a la fama y el éxito y cuando por fin los conseguí ni siquiera pude disfrutarlos porque estaba dormido; es como un sueño o peor, porque esos, al menos mientras duran, proporcionan placer… ¡Yo no me acuerdo ni de las mujeres que me tiré!

Bebimos hasta las cuatro de la mañana, luego el cantinero nos echó.

—¡Me largo, ya es hora de que me vaya a dormir!

Su tono me hizo pensar que había tomado una decisión fatal e intenté disuadirlo, pero él me rechazó alegando que era incapaz de comprenderlo. En seguida se fue dándome un empujón.

Lo seguí. Parecía que caminaba sin un rumbo fijo, tambaleándose por la borrachera. De pronto, nos metimos por una callejuela que iba a dar en la loma del Itchimbía y, aún con el cerebro nublado por el aguardiente, me puse a reflexionar. ¿Vivía él allí? ¿O quizá su madre?

Mientras divagaba arribamos a una zona donde a un lado de la calle se encontraba un barranco. Comprendí todo: pretendía despeñarse.

—¡Deténgase!

—¡No se meta, pendejo! —exclamó, al tiempo que echaba a correr en medio de la calle—. ¡Es mi vida…!

En ese instante escuché una sirena, alcanzando apenas a lanzarme sobre la vereda antes de que una ambulancia, que bajaba de lo más alto de la loma a toda velocidad, me arrollara. Benito Adolfo Gutiérrez, en cambio, fue impulsado al menos unos veinte metros antes de caer al asfalto dando tumbos. Murió al instante.

Esa noche pasé en un retén policial rindiendo declaraciones, mientras una escritora de cierto periódico sensacionalista costeño –único medio interesado en la historia– me miraba de vez en cuando con expresión de repugnancia y apuntaba en su libreta lo que yo o el gendarme decíamos. Alcancé a leer en una de las hojas: “Posible título: ‘OTRO ALCOHÓLICO QUE NO DESCANSARÁ EN PAZ’ ”.

ruco

“Ruco”. Ilustración de Fernando Naranjo, organizador del concurso, para el cuento, originalmente publicado en su sitio PANÓPTICO GALERÍA NARANJO.

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ACTA DEL JURADO DEL I CONCURSO ECUATORIANO DE LITERATURA FANTÁSTICA Y CIENCIA FICCIÓN EQUINOCCIO 2014

El día 21.03.2015, en Guayaqui, República del Ecuador, Fernando Naranjo, co-organizador de la Tertulia Guayaquileña de Ciencia Ficción, Fantasía y Terror y coordinadora del Concurso Equinoccio, recibió y contabilizó el puntaje enviado por el jurado del I Concurso Ecuatoriano de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción Equinoccio, conformado por (en orden alfabético):

Laura Ponce, República Argentina

José Miguel Sánchez “YOSS”, Cuba

Fernando Naranjo Espinoza, Ecuador

Tras la preselección de un total de 43 cuentos de fantasía y de ciencia ficción enviados a este buzón, se llegó a un total de 3 finalistas para cada modalidad. Dando como resultado el siguiente veredicto:

CATEGORÍA CIENCIA FICCIÓN

Ganador: YA NADIE CREE EN SUPERHÉROES / Daniel F. Benavides Cornejo (danielbenavides@gmail.com)

1era. Mención: EL MECÁNICO / Antonio José Zapater Cardoso (dys_ec@yahoo.com)

2da. Mención: BOTONES ROTOS / Dumany Omar Chapi Enríquez (paul_renato32@hotmail.com, donomardelamancha@gmail.com)

CATEGORÍA GÉNERO FANTÁSTICO

Ganador: LA TRAVESÍA DEL ALMA / Bryan Andrés Pico Mayorga (andres.beak@gmail.com)

1era. Mención: HUGO, NUESTRO ROJO SEÑOR / Gabriel Noriega Ormaza (gabriel.nrg@gmail.com)

2da. Mención: EL SUEÑO DE LA SUERTE / José Luis Barrera (kirdzhali@gmail.com; hemingway_b@hotmail.com)

Agradecemos a todos los escritores presentados su participación e interés y les invitamos a posteriores ediciones de este concurso. Agradecemos también especialmente a Raúl Aguiar de Cuba, quien colaboró efectivamente en la etapa de motivación para la estructuración de este concurso.

Guayaquil, 21.03.2015

Fernando Naranjo Espinoza

Co-Organizador de la Tertulia Guayaquileña de Ciencia Ficción, Fantasía y Terror

Coordinador General del I Concurso Ecuatoriano de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción Solsticios