Biografía Apócrifa: el honorable Pulvapies

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¡Fotografía del político más limpio de la historia! Tomada de su propia página web.

1967 fue el único año en el que ese raquítico monstruo llamado “Democracia” no pudo decirse a sí mismo que era un fracaso.

Es una mañana tibia de julio. En la pequeña población de Picoazá, Manabí, la gente acude, con una mezcla de incertidumbre y aburrimiento, a las escuelas donde se han instalado centros de votación.

Una tras otra, las papeletas salen de las mesas electorales para entrar en las urnas, como violándolas. Los votantes, enajenados, desfilan por aquí y por allá firmando, tachando y volviendo a firmar…

Afuera, partidarios de uno u otro candidato para la junta parroquial aguardan ansiosos y, con disimulo de hiena, entregando de vez en cuando papeluchos con ofertas incumplibles.

Entre las arenas de ese desierto político, hombres con camisetas verdes se dedican a repartir volantes. “¡Es publicidad comercial!”, se defienden cuando los gendarmes les acusan de incumplir con las inefables normas electorales.

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Una efectiva campaña electoral…

Y es verdad. En aquellas hojas solo se lee:

“PARA ALCALDE: ¡HONORABLE PULVAPIES!”

“VOTE POR CUALQUIER CANDIDATO, PERO SI QUIERE BIENESTAR E HIGIENE, ¡VOTE POR PULVAPIES!”

La gente, como no podía ser de otra manera, optó por el bienestar y la higiene.

Al hacer el conteo de votos, los funcionarios del Tribunal Electoral se dieron cuenta de que el alcalde elegido fue el honorable Pulvapies (sin tilde). Una doble proeza si se tiene en cuenta que Picoazá es una parroquia y, por lo mismo, no elige dignidades de tal índole.

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¡El único realmente honorable!

Acaso esa victoria no tuvo trascendencia política, pero sí fue lo suficientemente llamativa para llegar hasta ese caníbal de la novedad que es el público estadounidense.

Los cazadores de noticias falsas incluso hoy invierten horas y esfuerzos para comprobar si la historia no fue más que un bulo o un error repetido por periódicos como el New York Times. La verdad es esquiva, sin embargo.

¿Los ecuatorianos confunden hasta a los cazadores de noticias falsas?

Lea la nota en los archivos del New York Times.

Un café en la cripta

Crónica publicada originalmente en la Revista Mundo Diners de noviembre 2018.

UNO

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Calle de Carretas. Foto recuperada de la web “Secretos de Madrid“.

En 1920, Madrid también es una fiesta sin desastres anuales ni guerras civiles.

En una de sus calles, la de Carretas, donde lo que menos hay es carretas, transeúntes de cualquier estirpe se agolpaban en busca gelatinosas imitaciones de cerebros y corazones para estudiantes de la facultad de Medicina o sustitutos, más o menos ortopédicos, de piernas, manos y brazos para mutilados de la guerra hispano – estadounidense.

Aquel es el depósito de los miembros de goma, una isla absurda en el corazón de Madrid donde parece que el doctor Frankenstein desechó los sobrantes de su criatura con la finalidad de que funcionarios del correo, también ubicado allí, los entregasen a cualquier aficionado a las rarezas.

Precisamente, como náufragos, los carteros aparecen de pronto entre el mar de coleccionistas de muñones plásticos. Aún no los han dotado de bicicletas, de modo que trotan entre la multitud de forma incansable, abriéndose paso a veces con palabras, a veces con codazos. El caminante se pregunta al verlos si pronto no tendrán que cambiar sus pies de carne y hueso, desgastados e inservibles, por los de goma que se exhiben en las vitrinas.

Cercana a la Puerta del Sol, la calle de Carretas es una arteria de Madrid, oculta para aquellos que buscan la diversión banal.

Entre la multitud de paseantes camina un hombre vestido con traje negro. Es bajito y grueso, está peinado con brillantina y en su cara no asoma ni un solo vello. Es un hombre de sonrisa franca y mirada suspicaz al que todos conocen en la calle de Carretas, pues desde 1912, casi sin interrupciones, ha organizado en el Café y Botillería de Pombo, ubicado en el número 4 de esa vía, una tertulia sabatina.

 

En Madrid hay cientos de cafés, pero Pombo es un animal extraño al que la vanguardia del arte ha insuflado nueva vida. Convocados por el hombre bajito de terno negro (Ramón Gómez de la Serna), el pintor José Gutiérrez Solana, el filósofo Ortega y Gasset, escritores como Valery Larbaud, Valle Inclán, Grandmontagne y Antonio Machado se sentaron a las mesas de la vieja botillería transformándola en Sagrada Cripta.

De Pombo se sabe que el amanecer del alocado siglo veinte fue el responsable de disfrazarlo como café, haciendo desaparecer de forma definitiva su ropaje vetusto de fonda para viandantes. La especialidad era un sorbete de arroz, servido en temporada, que provocaba diarreas y que le valió el título nobiliario de “Café de los Cagones”.

Gómez de la Serna lo escogió porque sufría de una incontrolable pasión por las incongruencias y un sitio antiguo y tan castizo era el contraste perfecto para la que sería la sede de la vanguardia y el universalismo.

Los cofrades de Pombo eran variedades de rara avis que disfrutaban volar en contra del viento y que terminaron por acoplarse al café de igual forma que la anacrónica mesa donde se celebran los banquetes o la pintura de Gutiérrez Solana que capturó una de las tertulias y que acompañaría a los comensales hasta que el tiempo y las guerras la empujaron a un museo de nombre tan extenso que es mejor llamarlo solo Reina Sofía.

A Gómez de la Serna o Ramón, a secas, como prefería que lo llamasen, lo movió la idea de crear un refugio para los artistas libre de erudiciones y de pompa, capaz de acoger las ideas nuevas, pero también las antiguas que estuviesen dispuestas no a combatir al futuro, sino a coexistir y hasta participar en su marcha imparable.

Los invitados asistían exultantes a las reuniones, cumpliendo sus tareas de forma correcta durante el resto de la semana para que ninguna tarea se interpusiera en el disfrute de lecturas, recitales y charlas, pues a diferencia de otras, en la tertulia del Pombo no había alardes de grandeza, sino humor, audacia y poesía, la misma que era mucho más que una repetición de poemas enlatados, y guiaba cada segundo, cada actividad de la noche sabatina.

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La Sagrada Cripta del Pombo. Foto recuperada del blog “Descubriendo Ciudades“.

Sin embargo, a Pombo no solo llegaban los artistas. Desde el sótano donde se celebraban las tertulias, se podía divisar una fauna increíble compuesta por hipogrifos y salamandras que parecían haber escapado de la Puerta del Sol para entrar en la de la luna.

Carteros y carteristas, sordomudos y hermosos caballeros enamorados de la bohemia se reunían en torno a las mesas, mientras los vanguardistas hablaban sobre el cubismo.

Algunos se atrevían a bajar las gradas, introduciéndose en el mundo de Ramón de forma definitiva. Y es que él no era un hombre capaz de olvidar. Como mago o científico desquiciado, cada rostro y cada acción quedaba inmortalizada en forma de letras o dibujos que, con el tiempo, serían un ensayo, una novela, una greguería.

Así, entre todas estas criaturas, Gómez de la Serna adoptó a un mendigo para bautizarlo con el sobrenombre de “Pirandello”. Se distinguía de las demás por su humor, participando en cada juego de los pombianos como uno más.

Iba de aquí para allá con invitaciones a convites y hasta escribió, cierta noche, una carta para los artistas en la que les llamaba la atención sobre el absurdo de buscar un sentido a la vida.

Acabó sus días un domingo después de asistir a una tertulia en la Sagrada Cripta. La causa: insuficiencia mitral, problema cardiaco que resultó una auténtica paradoja, pues Ramón dijo alguna vez que aquel fue el hombre con el mejor corazón que había conocido.

 

DOS

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“La tertulia del Café Pombo” de Gutiérrez Solana. Cuadro del Museo Reina Sofía.

Con frecuencia, se organizaban banquetes en el Pombo para personajes extraordinarios.

José Ortega y Gasset, Francisco Grandmontagne, Enrique Diez – Canedo, Luis Bello y otras personalidades del mundo intelectual fueron homenajeadas en el sótano de la botillería. Sin embargo, el más llamativo es el que se hizo en honor de Don Nadie.

Ramón distribuyó una invitación a escritores de la generación española del 98 y también del 14 en la que se podía leer:

“Don Nadie, como su mismo nombre lo indica, no es nadie; pero no por esto debe creerse que no es nada (…) él no nos traicionará ni nos desdeñará. Cumplamos con este acto de creyentes, pues no podrán asistir a este banquete los que están proclamando siempre que ellos no creen en Nadie”.

Algunos, como Miguel de Unamuno declinaron el convite, arguyendo con elegancia que Don Nadie era peligroso porque escondía entre sus invisibles entrañas egoísmo y desvergüenza y su impersonalidad era la responsable de la corrupción que estaba corroyendo, según él, a la España de los años previos a la Segunda República.

La verdad es que en cada palabra de Unamuno se detecta un miedo o un repudio hacia la audacia burlona que el invento de Ramón contenía.

Él, en el discurso inaugural del banquete, defendió su idea explicando que era precisamente lo contrario: el problema no debía ser Don Nadie, sino Don Alguien o los cientos de “alguienes” que aparecen en cada esquina tratando de hacer que la gente se incline ante su falta de valor.

En el asiento que presidía el convite y que siempre se consagró al homenajeado, los pombianos sentaron a un simple paño blanco que cubría la invisible desnudez de Nadie.

Era una noche de invierno, cerca de fin de año.

 

TRES

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Ramón Gómez de la Serna. Fotografía recuperada de El Mundo.

Los años treinta y sus crisis hicieron que, poco a poco, cualquier tertulia en Madrid y España fuera inviable salvo que estuviese contaminada con política malsana.

Ya no había espacio para discusiones cúbicas sobre redondos movimientos literarios ni lecturas doradas de versos azules. En cada esquina de la ciudad se oían voces hablando de revolución “a la rusa” o nacionalismo “a la italiana” como si el mundo no fuera más que una receta de cocina.

La gente perdía el humor en el mismo momento en el que suscribía la papeleta de adhesión a cualquier movimiento político y, de manera paradójica, hombres como los cofrades de Pombo que habían criticado a aquellos que se resistían al avance feroz del tiempo, empezaron a convertirse en anacronismos.

Gómez de la Serna se marchó a Buenos Aires, encontrando argentinos que habían asistido alguna vez a su tertulia europea: Oliverio Girondo, Norah Borges y su hermano Jorge Luis…

Pese a que América lo recibió con admiración y cariño, el Ramón de la década pasada era una víctima del futuro que tanto amó. Había pasado de ser un agitador cultural audaz, punta de lanza de los nuevos creadores, a uno más de la legión de “viejos” a los que la juventud miran con sospecha, empeñándose en criticarlos sin importar si tienen o no razón.

Igual que en Europa, Gómez de la Serna se ganaba la vida escribiendo a mil por hora. Revistas, prensa y editoriales le solicitaban obras, ya no como una novedad, sino como la voz de otra época.

Mientras tanto, en España la Guerra Civil había aniquilado cualquier luz de bohemia y la gente se pasaba los días buscando pan o, castigada por el triunfante franquismo, construyendo absurdos mausoleos que solo la locura de un siglo que aspiraba a volver al tiempo de los faraones se podía dar el lujo de permitir.

Madrid ya no era una fiesta y París tampoco, pues mientras esta caía en las manos de Hitler, la otra se dedicaba a sortear la pobreza, moral y económica, que sobreviene a cualquier guerra.

Como a desagradables costras, la gente retiraba los carteles con las leyendas de “NO PASARÁN” o “¡ARRIBA, ESPAÑA!” para apilarlos junto a los muros caídos. Los palacios que en otro siglo eran símbolo del poder de un imperio donde no se ponía el sol, no eran más que un humo tan espeso que impedía ver cualquier estrella.

La Sagrada Cripta del Pombo desapareció y sus paredes se convirtieron en el refugio de prostitutas terriblemente delgadas que acudían después de una noche de “faena” para tomarse un café cortado o comer un sorbete de arroz. Los carteros, que ahora caminaban con el puño levantado hacia el cielo, las veían llegar desde la Puerta del Sol y el Café Zaragoza al que en son de burla, lo conocían como “el de la sífilis”.

En 1942, con un Ramón ausente y una serie de cofrades desperdigados por el mundo, el Pombo cerró sus puertas y un peletero compró el lugar llenándolo de pieles de animal que parecían ser las de la propia Sagrada Cripta a la que, por un ritual antiquísimo, alguien había despellejado.

 

CUATRO

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La Calle de Carretas hoy. Foto tomada de “El País“.

Jovencitas cargadas de paquetes salen de la tienda de Zara que se encuentra junto al lugar donde, por años, funcionó el Café y Botillería de Pombo.

Ahora, el sótano donde se reunían los cofrades de la Sagrada Cripta alberga un modernísimo garaje y el edificio en sí es una fachada tan actual que, forrada con vidrios y piedras, parece una pecera gigantesca.

Por la calle de Carretas todavía desfilan los carteros, pero ahora van en camioncitos y ya no hay mutilados que buscan piernas y manos de goma, sino adolescentes comprando hamburguesas en Burguer King para no ir con el estómago vacío a la cita que los aguarda en la Puerta del Sol.

Hay hostales, tiendas de ropa, joyerías, pequeñas agencias de banco, contenedores plásticos de basura, edificios en reparación y, a lo lejos, se ve el eterno anuncio del jerez Tío Pepe que se resiste a seguir el camino del Pombo.

No hay inscripciones, no hay placas que hablen de la Sagrada Cripta y en un puesto de libros usados que, por azar, el paseante encontrará no hay uno solo de los que Ramón publicó en honor a su café.

― ¿De Gómez de la Serna? – Responde una andaluza de ojos negrísimos –. ¡Nada! No me queda un solo libro, alguna vez tuve algo, pero no recuerdo qué…

Parece que esa frase es un dictamen: el único destino de los hombres es el olvido y el tiempo es su ejecutor implacable.

 

Mire un monólogo de Ramón Gómez de la Serna sobre la oratoria:

BIOGRAFÍA APÓCRIFA DE UN GALLINAZO

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Gallinazo vigilante de Lima. Fuente: El Comercio.

 

Esa mañana el cielo permanecía encapotado, pero el sol acribillaba con balas de fuego perforando nubes y cuerpos.

Nuestro coche avanzó sobre los caminitos de tierra que, como riachuelos lodosos, desembocan en la torrentosa carretera de cemento que une los balnearios de Esmeraldas.

Llegamos a Tonchigüe. La playa no estaba manchada de turistas y el pueblo entero, con casas y gentes, se hundía en la modorra de media mañana.

A pocas cuadras de la plaza central, una res destazada daba la bienvenida a los extranjeros con sus muñones cubiertos de moscas verdes. Las gargantas se llenaban de nudos o los nudos de gargantas.

Por fin, el coche llegó a la plaza y un garrotazo de olor a podredumbre hizo añicos el parabrisas. A la izquierda, un Everest de bolsas de basura de Dios sabe qué época agonizaba por los picotazos de cuatro gallinazos.

Las aves eran gordas y azabaches. Batían sus alas y se atragantaban como aristócratas cenando luego de la ópera.

Las vísceras de las bolsas se esparcían por aquí y por allá, pasando del suelo a las barrigas de los pajarracos. Uno, sin duda el que lideraba, con un movimiento de sus extremidades se puso a controlar la gula de sus compinches. Sus picotazos eran los privilegiados, pues la carne descompuesta era suya, solo suya.

Frente a la escena del banquete pajaril, a nuestra derecha, cuatro hombres reposaban sobre hamacas. En el suelo, doce o quince botellas de cerveza hervían por acción del sol furibundo.

Indiferentes, se abalanzaban cada cierto tiempo sobre la cerveza caliente. Sin embargo, uno, el que permanecía sentado, era el líder, el encargado de repartir la bebida. Los demás le obedecían y si alguno hubiese tenido la audacia de coger una botella sin su autorización, el castigo habría sido ejemplar.

Aquel hombre transpiraba poder, aun dentro del auto y a varios metros de distancia era posible sentirlo.

Hipnotizados por su influjo, dejamos de acelerar hasta que el motor, en medio de toses y corcoveos, se apagó. Hoy seguiríamos plantados en aquel sitio si un aleteo feroz, el del gallinazo jefe, no nos hubiera obligado a reaccionar.

El ave se elevó seguida de una de sus compañeras, mientras las otras permanecían en tierra devorando lo que quedaba de basura en medio de una estela de plumas azabaches.

Arrancamos el coche y lo último que pude ver fue que también tres de los hombres se habían esfumado. Solo quedaba uno, quien, desde la hamaca de su jefe, bebía de a poco lo que quedaba en cada una de las botellas de cerveza abandonadas.

Esa fue la primera vez que vi un gallinazo cara a cara y, ahora, por todo lo que ha ocurrido, comprendo que esa experiencia estuvo ligada con mi transformación.

 


 

Temprano el calor había sido tan fuerte como el de aquella mañana en Tonchigüe, sin embargo, en la tarde, cuando tuve el primer síntoma de mi cambio, el cielo empezó a sudar frío como si el planeta estuviese tratando de equilibrar su temperatura con transpiraciones de granizo.

Yo estaba acostado, meses atrás se había publicado mi primer libro y aunque me sentía contento, estaba inseguro. De repente, sentí una comezón incontrolable sobre los labios. Me rasqué casi hasta arrancarme el cuero y, al borde de la demencia, corrí al baño y me miré en el espejo: mi boca estaba hinchada, había empezado a crecer hasta formar un pico, al tiempo que mis labios se tornaban grises.

Quise pedir ayuda y solo fui capaz de proferir un suave gruñido, pero la vergüenza me alejó para siempre de los médicos.

Las transformaciones, en los días siguientes, no se detuvieron y tampoco se circunscribían a lo físico: psicológicamente cada vez me parecía más a un ave carroñera.

En la calle (a la que salía solo cubierto con capuchas y bufandas), cada persona, cada objeto incluso, me provocaba un apetito voraz incitándome a arrancarle pedazos con mi recién adquirido pico gris.

Las situaciones extrañas, los traumas, las malas costumbres de la gente hacían que mi estómago gruñera ansioso e incontrolable. Pero también lo hermoso…

Mientras los humanos comunes huían de los monstruos o de los agonizantes, yo me pegaba a ellos para destriparlos y, luego, en el silencio de mi cueva, los digería en forma de cuentos.

Ya nada me escandalizaba, al contrario, exacerbaba mi hambre. La hez, lo hediondo, lo cruel de la humanidad solo conseguía que la bestia interior aflorara chillando llena de gozo.

Con el pasar de los meses, dejé de sentir la necesidad de ocultarme. Era un gallinazo y ya no me importaba.

Me divertía cuando los niños, en esas reuniones familiares, se paraban a mirarme con estupor. Sus madres (mis tías, primas, hermanas) los alejaban tapándoles la boca y la nariz para evitar un posible contagio.

Mis brazos se convirtieron en alas, mis piernas en garras y mi piel se cubrió de plumas negras, mientras mis ojos aguados mejoraron su visión hasta el punto de que podía detectar una víctima a kilómetros de distancia.

Mi alimento era la novedad y, al digerirla, excretaba poemas, novelas, crónicas, ensayos.

Descubrí que no era el único, que otros como yo vivían semiocultos dentro de bares o refundidos entre funcionarios de cualquier clase de ministerio. Algunos procreaban belleza, otros, monstruosidad.

Los gallinazos empezamos a reunirnos y, pronto, se volvió evidente que algunos eran muy fuertes. Los débiles o los novatos huían bajo un aguacero de reverencias, mientras los demás desollaban primero a las presas. Los mejores cuentos salían de los picos de estas fieras terribles.

Solo un lugarteniente, un plumífero tan audaz y duro como su jefe, se atrevía a desafiar la autoridad de vez en cuando. Producía textos tan brillantes que los líderes temían perder su posición.

Por eso, el equilibrio de poder dentro de la comunidad de gallinazos siempre ha sido inestable: cualquier cosa puede acabar con el orden jerárquico. Hay tanta hambre de arte que algún día terminaremos por despellejarnos en busca de alguna joya que se encuentre incrustada dentro de nuestras tripas.

Esta clase de gula es por pura estética. No importa a quién o a qué haya que sacrificar, lo único que interesa es la creación y cuestionarlo todo, incluso a uno mismo.

Cuando vi los gallinazos en Tonchigüe no imaginé que un virus se inocularía dentro de mí. Tampoco sospechaba que, más temprano que tarde, me transformaría en un ave carroñera capaz de devorarlo todo, incluso a mi padre…

El día que murió, sin dudarlo, me lancé sobre su cuerpo helado y me puse a exprimir sus entrañas para hacer literatura. Quizá algún día, con el pico manchado de libros, me convertiré en el rey de los gallinazos.

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Busque el relato con ilustraciones magníficas de Majo Rodríguez en la edición especial de aves de Terra Incognita (agosto 2018).

LOS TUITS DE GÓMEZ DE LA SERNA

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“El circo de las ondas”, dibujo de Ramón Gómez de la Serna.

“― ¡Muero por amor! – exclamó la margarita al tiempo que una adolescente le arrancaba su último pétalo.”

Al analizar el ADN de ese tuit encontrado al azar, es probable que llegamos al microcuento de Augusto Monterroso o, más atrás, a la greguería de Ramón Gómez de la Serna. Los tres están emparentados por la efectividad y son balas de ingenio.

Hoy, las redes sociales han abierto sus puertas para que legiones de escritores anónimos se atrevan a publicar, sin control y sin miedo, sus ideas, relatos o poemas.

Si bien es cierto que esta emancipación no necesariamente implica calidad, los tuiteros seducen porque son capaces de expresar ideas de forma breve y con humor.

Sin embargo, esto no es nuevo. Ramón Gómez de la Serna (Madrid, 1888), rara avis entre esas raras avis que eran los vanguardistas, había experimentado con el lenguaje hasta llevarlo a extremos increíbles.

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De “Automoribundia“, autobiografía de Ramón Gómez de la Serna. Fuente: Geocities, greguerías – retratos

La greguería, su más brillante invento, pretendía mezclar el humor con la poesía para producir dardos de palabras.

Un tuitero, de pronto, se podría sentir atraído con un Gómez de la Serna que definía a letras, animales, personas e incluso a él mismo usando breves y mordaces metáforas.

El escritor español era un innovador. Cada género que abordaba hacía lo imposible por llevarlo hasta el límite. Era un Leonardo Da Vinci de la lengua. Se burlaba de las normas, caía en el laísmo con la misma desfachatez con la que acudía a las conferencias disfrazado de sarraceno.

Vivía la vida como si se tratase de un lienzo, comprendía que él era la obra y sus libros no podían estar desligados.

Abrir uno de sus volúmenes es como desnudarlo: cada página es una prenda de ropa interior, cada párrafo, un tejido y cada palabra, una célula.

Al escribir biografías, escogía personajes con los que pudiera sentirse identificado para convertirlos en proyecciones de sí mismo, mientras que en sus novelas los protagonistas son sus alter egos incongruentes.

Gómez de la Serna es un universo y sus libros, planetas dentro de él.

Probó todos los géneros (biografías, microrrelatos, ensayos, novelas) y cuando ya no fueron suficientes, creó uno nuevo, único, íntimo: la greguería. Su fórmula “matemática” es humor más metáfora y aunque, al principio, eran extensas y a veces demasiado complejas, poco a poco, adquirieron sencillez.

No obstante, aquella característica no implica banalidad. Las greguerías son profundas porque convierten al humor en un mecanismo para alcanzar la catarsis. Están muy relacionados con aquellos poemas breves del Japón, los haikus (a los que el español admiraba profundamente), porque aspiran a provocar un impacto (un “despertar”) en la mente del que lee.

En el siglo veintiuno, Gómez de la Serna es un desconocido. De hecho, su olvido se remonta incluso a sus últimas décadas de vida (años cincuenta y sesenta del siglo veinte), cuando aquel hombre que se había empeñado en impulsar nuevas corrientes artísticas, empezaba a quedar sepultado por ellas.

El español viviría encantado en esta época, tan llena de artilugios. Aquel hombre que coleccionaba maniquís, estampillas, monóculos e ídolos africanos no tendría reparos en llenar cajas con celulares o aparatos destartalados, pero sobre todo se dedicaría a promover a esos autores anónimos que, sin saberlo, repiten las fórmulas de sus greguerías en ciento cuarenta caracteres (o, ahora, en doscientos ochenta).

En estos tiempos hay prisa y pese a que aún la gente se atreve a leer novelas, la mayoría de jóvenes están sometidos a bombardeos incesantes de información, de modo que redes como Twitter son oasis de brevedad.

Cansados de desfiles inacabables de letras, se sientan frente a la pantalla y abren la camisa para morir acribillados con frases cortísimas.

La historia de la literatura es la historia de la repetición: todo lo que se considera novedoso, alguien ya lo hizo. De la misma manera que Gómez de la Serna se inspiró en los haikus y, acaso, los microcuentos de Monterroso en las greguerías, los tuits, por un misterioso arquetipo, repiten patrones presentes en ambos.

Pocos jóvenes leen a Matsuo Basho, Monterroso o Gómez de la Serna, pero a través de sus abuelos, padres, tíos… esos escritores se han instalado en su inconsciente.

Las creaciones contemporáneas no son más que repeticiones con chips de algo que ya quedó escrito en eso que el crítico estadounidense Harold Bloom habría llamado el canon de la literatura mundial.

Biografía apócrifa de Nadie

Odiseo

Odiseo se hizo vegano después de esta experiencia

Nadie es brutal. Es un gato como el de Schrödinger, pero muchísimo más antiguo. Vive, igual que aquel, en una superposición cuántica, está vivo y muerto al mismo tiempo o, mejor dicho, existe y no existe, ¡es todo y nada!

Epopeyas, sagas y novelas eróticas se han escrito sobre él.

En Occidente, uno de los relatos más antiguos que lo menciona apareció en la Grecia clásica: Homero afirma que Nadie fue juez y verdugo en una disputa culinaria entre Odiseo y el gigante de un solo ojo, Polifemo.

El rey de Ítaca y sus marinos habían ido a parar en la Isla de los Cíclopes, quienes, respetando los tratados internacionales, les ofrecieron un banquete, al tiempo que les ayudaban a abastecer sus naves.

En aquella época, los convites no eran sencillos, de hecho, se servían platos exóticos, mientras danzas y obras de teatro animaban a los invitados. Por eso, los cíclopes encargaron a Polifemo, experto cocinero que había estudiado en la Academia Barilla de Parma, la preparación de la cena.

Contrario a su costumbre, explica Homero en el canto IX de la “Odisea”, Polifemo invitó a los marinos a acompañarlo mientras cocinaba. El chef era muy celoso con sus recetas, pero tratándose de invitados tan especiales hizo una excepción.

Los corresponsales de EFE, France – Presse y Prensa Latina que cubrían el evento difieren en lo que ocurrió después. Las dos primeras agencias publicaron que “el alcohol fue el detonante del conflicto”, mientras que la tercera aseguró que el problema “fue, como siempre, el imperialismo aqueo”.

Lo único claro es que cuando se hubo vaciado varias ánforas de vino, Polifemo se propuso cocinar a sus invitados. Los adobó con chimichurri y cerveza bávara, pero justo en el instante en que iba a ensartar un chuzo en medio de las nalgas de Odiseo, los vapores del alcohol lo noquearon.

Ebrio, no se percató de que entre los griegos se escondía Nadie, personaje cruel que le reventó el ojo con uno de los chuzos.

El dolor hizo despertar a Polifemo.

― ¿Quién me dejó ciego? ¿Quién? ¡Díganme el nombre y me vengaré! – exclamaba.

― Nadie fue – dijo el criminal sin el menor asomo de arrepentimiento.

― ¡Nadie me ha reventado el ojo! ¡Auxilio! ¡Atrapad a Nadie!

― Pero si nadie te ha hecho daño, ¿de qué te quejas? – respondían los otros cíclopes ocupados en armar piñatas.

Lo cierto es que los griegos y Nadie festejaron con el resto de gigantes hasta el amanecer, mientras Polifemo, durante veintidós horas, esperó en la sala de emergencias de uno de los hospitales del Seguro Social. El diagnóstico fue peritonitis.

En los siglos siguientes, Nadie dejó las fechorías para dedicarse a grandes hazañas, llegando a ser emperador, artista, científico, abogado, médico y cientos de profesiones y oficios más.

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Libro de Ramón Gómez de la Serna que resume todas las aventuras que un escritor puede tener dentro de una café conocido por provocar diarreas a los que lo visitan.

La gente empezó a llamarlo: “Don Nadie”.

― ¿Quién es? – preguntaba alguien.

― ¡Es un Don Nadie!

Impresionado, el escritor Ramón Gómez de la Serna le preparó una comida en el Café Pombo de Madrid. Sin embargo, aún estaba fresco el recuerdo del desastre en la Isla de los Cíclopes, de modo que varios intelectuales, encabezados por Miguel de Unamuno, se rehusaron a asistir. Alegaban que:

“Ese Don – que es un cierto don – y que supone que Don Nadie es, por lo menos, bachiller en artes, está lleno de veneno. Don Nadie el modesto profesional, esto es: de profesión modesta, es el más terrible enemigo que tenemos. Está teñido todo él con baba, hiel y bajas pasiones. No se fíen ustedes de Don Nadie. Y hasta abróchense cuando le vean acercarse”.[i]

[i] Cita de “Pombo. Biografía del célebre café y de otros cafés famosos” por Ramón Gómez de la Serna, página 299; Editorial Juventud Argentina, Buenos Aires, 1941.

Ramón, desde luego, defendió a su invitado. Para él, los problemas no los provocaba Don Nadie, sino Don Alguien porque, arrogante, siempre pretende hacer “algo” y termina por hacer “nada”.

Pese a los sabotajes, la tertulia fue un éxito para Nadie. Esta vez, no terminó con cíclopes ciegos, sino con el empujón que él necesitaba para retomar una carrera política que empezó siglos atrás, al ceñirse la corona de laureles del César en Roma.

Hoy, Nadie es un señor don. Ha ocupado el puesto de primer ministro y presidente en varios (o todos) los países del mundo. Sus ideales, su cosmovisión son los que nos gobiernan. La guerra y la paz se hacen por él y muchos hombres y mujeres han alcanzado increíbles orgasmos sobre su cama.

El caso es que Ramón Gómez de la Serna se equivocó: científicos serios afirman sin miedo a equivocarse que Don Nadie y Don Alguien no son amigos, hermanos y, peor, enemigos. Son, en realidad, lo mismo y a esta hora deben estar ganando una elección en alguna parte del planeta o quizás esperándole, querido lector, en su cuarto para hacerle el amor…

Calle Larga

Calle larga

Crónica publicado en REVISTA MUNDO DINERS, edición de noviembre 2017.

UNO

Gregor es un belga que vino a Ecuador para buscar lo que no se le perdió.

Lo conocimos una noche dentro de cierto restaurante del centro de Cuenca. Mis amigos le habían invitado a sentarse a nuestra mesa después de verlo naufragando solo en un mar de alcohol.

Al principio no dijo su nombre, se limitó a presumirnos doscientas once fotos de su novia cuencana que guardaba en la memoria de un iPad. Deslizando su dedo por la pantalla, se quejaba de que los padres de la chica no les permitían pasear pasadas las seis de la tarde.

Salimos del restaurante como grandes amigos, a tiempo para ver el río de vendedores de carne en palito que fluía por la Calle Larga para desembocar en la plaza de La Merced. Allí, juerguistas caníbales se reúnen para armar picnics a la sombra de la luna.

La Calle Larga es una coleccionista de siglos: los atrapa, juguetea y al final obliga a que se amalgamen. A cada trecho las piedras incas se confunden con el bahareque y los adobes. Los restaurantes de nombres mexicanos se cruzan con discotecas en las que la gente se preocupa más por el canto que por el baile. Alegres y tristes saltan de un lugar a otro gritando los goles de algún equipo de fútbol europeo que por milagro de la física terminó atrapado en el televisor gigante de una tienda cuya supervivencia depende del humo de los cigarros.

El guía de nuestra troupe era un riobambeño que, como el belga, se hizo cuencano por amor. Nos llevó de karaokes a cervecerías y discotecas sin que alguno fuese capaz de encontrar su lugar en el espacio.

El guía decidió, entonces, que el único destino posible era una discoteca underground.

Nosotros, criaturas antediluvianas salidas del supuesto centro del planeta, seguro nos encontraríamos a gusto allí. Gregor – quien al fin mencionó su nombre – se dejó llevar sin discusión, preocupado por domar sus erres guturales y no por lo que podría depararle el destino.

Por el camino veíamos a oficinistas de treinta y tantos retozando con universitarios de veinte o a extranjeros la caza de nacionales.

Seguimos por la Calle Larga hasta alcanzar la Benigno Malo y luego la avenida 12 de Abril. Allí, a orillas del río Tomebamba, están instalados cuatro bares, tres visibles y uno invisible.

A nosotros nos interesaba el invisible.

El viento helado de la rivera nos azotó cuando saltamos la baranda del puente que separa la calle de la ribera donde está instalado el bar. Atravesamos un caminito de tierra resbalosa hasta encontrar la entrada, en la que dos hombres delgados pero con expresión amenazante hacían el cacheo de rutina.

Alguien preguntó cuánto costaba ingresar. “Nada – le dijeron –, el problema no es la entrada, sino la salida.”

Gregor no había parado de hablar en español desfigurado y, en ese momento, contaba que hasta un par de meses atrás, había sido un exitoso guía de turistas europeos que visitaban India, Nepal y Tíbet en busca de la nieve perpetua del Himalaya. La mayoría de sus clientes eran suizos y alemanes, pero no escaladores profesionales – “esos nunca buscan guías” –. Se trataba más bien de gente cansada de la rutina y desesperada por protagonizar su propia película de aventuras.

“Pero todo aburre, hasta lo bueno”, me dijo mientras los guardias terminaban su inspección.

Un año antes, su hermano, sin explicaciones de por medio, había dejado su trabajo en Bélgica para marcharse a Sudamérica. La familia no tuvo noticias de él por un tiempo hasta que, cierto día, envió un correo electrónico para decirles que vivía en Cuenca, Ecuador, aunque sin mencionar el porqué o con quién.

Gregor decidió entonces rechazar la propuesta de un grupo de europeos interesados en visitar Nepal para seguir los pasos de su hermano. No tenía una dirección exacta, solo números de teléfono.

Abriéndonos paso entre una multitud de bailarines con olor a humo de tabaco, penetramos en el corazón de la discoteca invisible.

James Brown gritó “¡sex machine!” y el belga se quedó con el resto de la historia atrancada en la garganta.

Una mesa al costado de la pista de baile estaba vacía. Era, en realidad, un búnker excavado en la pared, dentro del que no se podía ver a nadie ni nadie podía verlo a uno. Optamos por quedarnos de pie.

El riobambeño – cuencano me hizo un gesto para que comprara cerveza.

Fui a la caja y mientras esperaba las bebidas, vi un cartel pegado junto a la máquina registradora: “LAS MUJERES PERDIDAS SON… LAS MÁS BUSCADAS”.

Ilustración

Ilustración de Revista Mundo Diners. Por: Tito Martínez.

DOS

Las cervezas salieron heladas del refrigerador y llegaron calientes a la mesa, en la discoteca imperaba un clima tropical, acaso por los cuerpos hacinados y las pasiones contenidas.

Gregor saludaba a diestra con una chica de porcelana y a siniestra con un bailarín de hip hop. A cada parpadeo seguía una inclinación de cabeza o un choque de manos. Todos lo conocían.

Como buen anfitrión, nos repartió vasos de cerveza caliente mientras hablaba de su hermano.

“Cali Pachanguero” no quiso que nos enteráramos cómo lo halló o en qué estado, pero sí de que durante sus correrías por el centro de la ciudad conoció en un café bohemio a la mujer que, según él, sería la última.

Una muchacha diminuta lo interrumpió estampándole un beso en la mejilla. Luego lo arrastró a la pista de baile.

Solo después de que sonaran “Blurred Lines”, “La colegiala”, “Boogie Down” y “En los años 1600”, reapareció, sin embargo, sirviendo dos vasos de cerveza y sin prestarnos la menor atención, volvió a meterse entre la marea de gente.

Alcanzamos a ver que se los entregaba a la chica diminuta y a su pareja, quienes, luego de beber, se esfumaron.

Gregor regresó sonriente.

Se puso a sacar fotos de la multitud como si quisiera vengarse capturándola dentro del iPad.

“Al viajar solo se conoce a mucha gente, pero eso no significa que se deja de estar solo”.

El riobambeño – cuencano no estaba dispuesto a cederle terreno a la melancolía, así que le embutió al belga tres vasos de cerveza para que hablara del Himalaya.

Los ojos de Gregor volvieron a brillar y el ambiente pareció contagiarse de su entusiasmo renovado.

La voz de Rubén Blades hizo que varios salseros saltaran a la pista con “gringas” (europeas, japonesas, estadounidenses, pero con la particularidad de no hablar español) que hacían lo posible por seguir el ritmo. Luego sonaron mambo, cumbia argentina y hip hop.

Nadie se preocupaba por mantener el compás en ese instante, solo importaba moverse, olvidar todo y entregarse al frenesí de la noche.

Gregor dijo algunas frases más sobre su cuencana y sobre las montañas heladas del Asia pero, poco a poco, fue hundiéndose en la felicidad amnésica de los bailarines.

Dejó de pronunciar palabras y sus ojos se quedaron clavados sobre la multitud. El iPad volvió a su estuche.

Le hice un chiste que no entendió o no quiso entender. Su única respuesta fue irse a bailar.

Mis amigos lo siguieron y yo quedé arrimado a la pared del búnker.

La música sonaba cada vez más alto. Los oídos titilaban. Las manos hurgaban cuerpos ajenos. Las bocas chupaban cigarrillos, picos de botellas u otras bocas.

Y fue en medio de ese remolino que Stevie Wonder empezó a cantar “Part-Time Lover”.

Y fue en medio de ese remolino que vi por última vez a Gregor.

Creo que sonreía.

O quizá lloraba.

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TRES

A las tres de la mañana, los trapeadores nos sacaron a patadas.

Salimos poco después de la manada de bailarines que, con el cese de la música, se habían transformado en maniquís. Entre ellos caminaba la menuda amiga de Gregor tomada de la mano de un muchacho.

Al principio no nos vieron, pero al llegar a la Calle Larga, pasamos a su lado y ella disparó a quemarropa: “¿dónde dejaron a Sara?”

“¿Cuál Sara?”, dijo el riobambeño – cuencano, “¿y tú, dónde dejaste a Gregor?”

“¿Gregor, cuál Gregor?”, respondió ella, caminando hacia los puestos de carne en palito de la Plaza de la Merced.

La caza grande de Cepeda Samudio

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Álvaro Cepeda Samudio. Fuente: El Tiempo.

Álvaro Cepeda Samudio (Barranquilla, 1926) fue un Bartleby. Escribió poco o, de plano, prefirió no hacerlo. Sus amigos, incluido García Márquez, le recriminaban la supuesta pereza que lo llevó a publicar apenas tres libros – fuera de varios relatos desperdigados en las páginas de los periódicos –: “Todos estábamos a la espera”, “La casa grande” y “Los cuentos de Juana”, con doce y diez años de distancia entre uno y otro.

Carmen Balcells, la mente maestra tras del Boom, varias veces intentó convertirlo en otro más de esa hojarasca de escritores latinoamericanos que habían conquistado Europa, pero él se excusaba “porque lo que es el amor eterno sigue…”

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Álvaro Cepeda Samudio y García Márquez en el aeropuerto de Barranquilla. Fuente: Ver Bien Magazín.

Cepeda era como pocos. Hombre de lecturas, admirador de los escritores estadounidenses contemporáneos suyos y un convencido de que la literatura colombiana debía tomar un nuevo derrotero de silencios al estilo de Hemingway y de grandes epopeyas al estilo de Faulkner.

Pero el barranquillero no solo era un Bartleby, también era un sobreviviente. Toreaba la necesidad como podía: si era necesario hacer una campaña para las cervecerías de los Santo Domingo, multimillonarios de la costa atlántica, él ideaba un eslogan que decía cerveza “Águila, sin igual y siempre igual” o no dudaba en largarse a los Estados Unidos para estudiar periodismo aunque, dos años después, regresara sin título bajo el brazo.

Parece razonable creer que Cepeda no se convirtió en un narrador de tiempo completo porque la necesidad de ganarse la vida le obligaba a dejar que se desvanezca – paradoja contemporánea –, sin embargo, eso no es más que un error de perspectiva.

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Algunos de los integrantes del Grupo de Barranquilla en El Heraldo. Fuente: El Heraldo.

Él era un adelantado y, como tal, se percató de algo que recién en los últimos veinte o treinta años los latinoamericanos hemos aceptado: el periodismo ES la nueva literatura.

Sí, los García Márquez, los Vargas Llosa y casi todos los autores de éxito desde México hasta la Patagonia han recaído con mayor o menor fortuna en las redes del periodismo, pero, en la mayoría de los casos, lo han hecho como si se tratase de una actividad subsidiaria capaz de permitirles sobrevivir, mientras descifraban el misterio de cómo pasar los días sin morirse de hambre mientras se fabrican ficciones.

En cambio, Cepeda Samudio conoció de primera mano, gracias a su paso por las aulas de los Estados Unidos, el caldo de cultivo del “nuevo periodismo”, ese que ahora está de moda, ese que usa las “técnicas” de la literatura para describir el mundo “real”.

Desde las páginas de Crónica – revista en la que colaboraron además de Cepeda, García Márquez, Alfonso Fuenmayor, entre otros – El Heraldo, El Nacional, Sporting News y Diario del Caribe empezó a instaurar una nueva forma de narrar la realidad a través del humor inteligente, la anécdota y la belleza literaria.

Lea el reportaje de Cepeda Samudio sobre el futbolista brasileño Garrincha: “Yo vivo la vida, la vida no me vive a mí“.

Pero eso no es todo.

Lo esencial del escritor barranquillero es que fue un cazador de experiencias tan audaz que hizo algo que pocos se atreven: vivió su vida como le dio la gana.

Escribió cuando quiso, estudió cuando quiso, se murió cuando quiso. Se fue del planeta sin quedar en deuda con nadie porque comprendió que la literatura no solo se hace escribiendo sobre una cuartilla de papel, se hace sobre todo en la calle, en la vida, tomando decisiones que a muchos les pueden parecer absurdas, pero que a uno lo hacen feliz.

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Portada del libro editado por Alfaguara.

Hace un par de meses, compré la recopilación de todos los textos de ficción de Álvaro Cepeda Samudio a cargo de la editorial Alfaguara. Se trata de un viaje que lleva al lector desde la matanza de trabajadores dentro de una bananera gringa en la costa caribeña de Colombia hasta un bar del sur de los Estados Unidos, para mostrarnos la soledad, la miseria – espiritual más que económica –, así como también la grandeza que se esconde en el alma humana. En todos sus relatos, está el ojo clínico del periodista que usa la historia – reciente y no tanto – para aquilatar el cuento.

En definitiva, al cerrar el libro uno se queda con la sensación de que este escritor, hoy casi olvidado, es uno de los pocos que comprendió lo que Novalis había advertido más de un siglo antes: “al final todo será poesía“.