Biografía apócrifa: Vida y Muerte

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Le Petit Journal (suplemento ilustrado de diciembre de 1912). Fuente: Bibliothèque nationale de France

Muerte nació apenas unos instantes después de Vida. Ambas se habían gestado juntas, pero se consideraban completamente distintas.

Pronto, las diferencias se transformaron en odio y se desató una guerra que ha durado milenios. Humanos y no humanos, bestias y plantas han caído víctimas de aquella lucha fratricida.

Acaso una de los primeros peones del juego entre Vida y Muerte fue Adán, pues desde su tiempo hasta el “de Moisés todos tuvieron que morir. Adán tuvo que morir porque desobedeció el mandato de Dios” e “incluso los que no cometieron el pecado que cometió Adán, tuvieron que morir” (Romanos 5, 14).

El odio llevó a Muerte a convertirse en una agente al servicio de los dioses que la utilizaban con el protervo fin de manipular a las criaturas del cosmos.

Vida, cuando la lucha parecía haber llegado demasiado lejos, buscó la manera de alcanzar un entendimiento con su hermana, pero fue imposible, su locura estaba en un punto sin retorno en el que solo la sangre la satisfacía y ya ni los dioses conseguían controlarla.

Mató no solo a los Adanes de cada parte del universo, sino a los Hércules y a los Aquiles, a los Pitágoras y a los Anaxágoras, a los genios y a los tontos de capirote.

Por otro lado, su hermana se negaba a aceptar la derrota y a cada nueva víctima respondía con un alumbramiento.

Los humanos, bestias con el peor entendimiento, se empeñaban en llamar aquello un milagro, sin embargo, con el pasar de los siglos se percataron de que en realidad el juego de la Vida era tan macabro como el de la Muerte porque lo único que aquella hacía era producir víctimas capaces de saciar a su hermana.

Los filósofos, que habían defendido con virulencia a Vida, se declararon sus enemigos, escribiendo terribles tratados a favor de la aniquilación y, pronto, el resto de hombres marcharon a los campos de batalla para morir como dignos apóstoles de la Muerte.

Hoy, con el paso de los siglos, las hermanas siguen jugando y aunque parece que las criaturas del universo se han resignado a esta partida de ajedrez, hay una duda que no deja tranquilo a nadie: ¿hasta cuándo resistirán?

Más terrible que su guerra sería que una de las dos se rindiese, pues no se puede predecir qué es peor: Vida sin Muerte o Muerte sin Vida.

Contrabandista de órganos

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Siempre he imaginado que la frase “¡te entrego mi corazón!” se refiere a esto.

La costumbre era regalar corazones de chocolate hasta que estalló la plaga que aniquiló todos los cultivos de cacao. Desde entonces los amantes optaron por arrancarse su propio corazón – verdadera prueba de amor – para obsequiarlo durante el día de San Valentín.

El único problema fue que, con el transcurso de los meses y el declive del amor entre las parejas, el corazón se pudría.

Al principio, a nadie parecía importarle pero, poco a poco, la gente capaz de donar escaseó, creándose una necesidad que la ciencia y el Estado eran incapaces de suplir.

Las bandas criminales se dedicaron, entonces , a secuestrar personas para arrancarles el órgano y venderlo en el mercado negro a los adictos del placer efímero. Yo fui uno de los que sucumbió a este negocio.

Cuando vendí el corazón de mi mujer a nadie pareció importarle. Sin embargo, a medida que crecía la demanda, mis colegas y yo notamos que era imperativo conseguir más donantes, toda vez que no alcanzaba solo con los miembros de nuestras familias.

Capturamos las pocas colegialas con corazón que quedaban y, al terminarse, optamos por secuestrar bebés. Al poco tiempo, se acabaron las existencias dentro del país y seguir el negocio en otro era imposible porque las bandas locales cuidaban violentamente sus territorios.

Todo se agravó el día en que los científicos declararon que, en un giro lamarckiano, la nueva generación de humanos nacería sin corazón.

Aquel evento nos obligó a cambiar las perspectivas de nuestra empresa. Hoy, somos perfectamente legales y estamos clonando gente para arrancarle ese músculo. No es grave: se toma lo útil y se desecha lo demás.

Mientras escribo estas líneas aguardo a que uno de mis colegas me extraiga una muestra de ADN para producir una nueva camada de donantes.

En realidad me siento muy feliz: a fin de cuentas, ahora millones de personas poseen mi corazón.

Cortocircuito

Luigi Pirandello, Marta Abba y Massimo Bontempelli leen este blog absolutamente consternados.

Luigi Pirandello, Marta Abba y Massimo Bontempelli leen este blog absolutamente consternados.

Le dijimos que había robots entre nosotros y ella se desconectó. No era una broma: en realidad la gente de carne y hueso no existe.

El cerebro es un procesador lleno de chips; el nervio, un circuito; y la energía que activa músculos y articulaciones, un impulso eléctrico.

La culpa me corroía – somos máquinas con conciencia – y era frecuente que huyese de mi casa para refugiarme en un bar de mala muerte.

Cierta noche un amigo me visitó.

— Somos imbéciles, ella sabía la verdad.

No comprendí.

— Es evidente: no existen los robots, somos humanos.

Quise creer que bromeaba.

— Piénsalo: si te lastimas ¿brota aceite?, ¿se puede curar la vejez actualizando el sistema o eliminar las enfermedades con softwares?

Hasta entonces sentía remordimiento, aunque sin perder la esperanza de que, tarde o temprano, algún laboratorio me la devolvería reconstruida.

La revelación de mi amigo me aniquiló.