Carta del señor Darcy

(Lea este artículo también enla web La Casa Ártica.)

Queridos lectores:

 

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Tristán e Isolda (verdadero romance) por Rogelio Egusquiza

¡Cuántas cosas se han dicho y se dirán sobre el amor! Tal vez todas se parecen y es que ya se ha dicho tanto…

Prefiero hablarles de las novelas de romance. Escogí el nombre sugerido por Guillermo Cabrera Infante porque novela rosa o novela romántica me suene a dislate.

Para mí, las novelas, hablen de amor o de muerte, se publican sobre papel blanco. Rara vez he visto alguna con hojas de colores diferentes.

Es verdad que las tapas, ahora especialmente, pasan del magenta al negro con la misma facilidad que un político deja de ser honesto para convertirse en corrupto. No creo, sin embargo, que los colores sean apropiados cuando se resume un contenido, toda vez que el rojo puede usarse tanto para simbolizar el amor como la muerte.

Por otro lado, la novela romántica es el nombre con el que los doctos doctores se refieren a la literatura escrita durante el periodo del Romanticismo, en los siglos dieciocho y diecinueve.

Si bien es cierto que las historias escritas durante este tiempo solían tener cargas poderosas de amores frustrados y pasiones incontrolables, no sería justo decir que los europeos nos pasamos setenta años escribiendo melodramas… como Jane Austen.

Pasadas estas precisiones antipáticas, tan naturales en alguien como yo, el señor Darcy, es correcto que definamos cuáles creo que son las características de una novela de romance:

Uno punto y raya: debe haber besos.

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Ni Jane Austen lo conoció…

Dos punto y raya: la historia debe estar centrada en dos personas dispuestas a enfrentar una serie de obstáculos para estar juntas. La idea es que el amor siempre se abre camino y el libro debe comprobarlo.

Tres punto y raya: hay un final feliz. ¿Si el amor no vence qué clase de amor es?

Cuatro punto y raya: siempre hay buenos y malos. Los malos pierden al final y los buenos triunfan, resumiéndose esta victoria en la recompensa de amor eterno, justo, leal, dulce, maravilloso, perfecto, etcétera, etcétera, etcétera.

Esta estructura puede sonar a cliché, pero tiene sentido. Incluso una misteriosa logia llamada Romance Writers of America ha escrito un canon que incluye ingredientes parecidos a los mencionados (se puede consultar en su página web).

La novela de romance se ha cruzado siempre con otras variedades como la ciencia ficción, el terror y el erotismo. Los resultados a veces se ven como Frankenstein o la loca del muelle de San Blas.

Imagínense los poderosos logros económicos que consigue una editorial mezclando naves espaciales, mundos destruidos, látigos, esposas de terciopelo y besos franceses.

Pero existen historias de amor que no siguen este esquema, me dirán ustedes. Es verdad, precisamente de esas quiero hablarles.

El amor no es tan fácil como decir “vine, vi y vencí”. Hay romances insatisfechos, rechazos, engaños… De manera que reducir una trama a un simple “inicio, nudo y final” es imposible.

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Cumbres borrascosas by Luis Buñuel

Para ejemplificarlo acaso podríamos recurrir a tres novelas muy diferentes, pese a que el amor es el eje más o menos explícito: Cumbres borrascosas, Fiesta y La invención de Morel.

En el primer libro tenemos la historia de un hombre que decide vengarse de las familias que lo rechazaron, incluida la de la mujer que amaba, pero que lo abandonó para casarse con otro. El odio es tan poderoso que alcanza no solo a su generación, sino a la siguiente.

La novela, con los años, se convirtió en una referencia de la literatura inglesa, sin embargo, al principio fue vista con escepticismo por los críticos, especialmente por su estructura, tan poco frecuente en los libros de aquella época.

Se trata de un relato que usa la técnica de la matrioska o caja china, es decir que una historia contiene a otra.

Hay elementos que hacen de esta novela una pieza muy original: la estructura, el tema del odio (capaz de destruir a varias generaciones) y el escenario.

Las descripciones de las tierras de Yokshire y el paralelo que hace entre su clima y los sentimientos de los personajes son propios de un pintor impresionista.

Por otro lado, Fiesta de Ernest Hemingway cuenta la historia de dos personas que se aman profundamente, pero se rehúsan a estar juntas.

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Hemingway optó por el título “The sun also rises” porque el sentido taurino de “Fiesta” no lo comprendería el público estadounidense.

Casi durante sesenta páginas, en las que nos hemos topado con un desfile de borrachos, prostitutas, toreros y soldados de la Primera Guerra Mundial, no tenemos la menor idea del porqué estos dos espíritus se frustran y se embriagan, pero no hacen el amor.

Después, se revela un secreto terrible, de la época de la Gran Guerra, que impedirá el triunfo del amor.

Él se resigna a amarla en silencio. Ella a buscar en otros hombres lo que perdió en él.

Ambos están condenados al fracaso.

La estructura de la novela es crucial. La técnica del “dato oculto” hace que una historia aparentemente trivial de expatriados estadounidenses en París se transforme en un drama opresivo y frustrante.

Por último, La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares es una novela de ciencia ficción, pero también de amor imposible.

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Bioy Casares era un entusiasta del cine. En esta novela se evidencia cuánto…

Al principio, el narrador – protagonista parece conducirnos a través de los derroteros de un relato fantástico hasta que aparecen una mujer y un rival perverso.

El héroe se empeña en salvarla, sin embargo, su abulia lo obliga a posponer cualquier acción.

Cuando finalmente decide intervenir se da cuenta de que es imposible porque la ciencia, Dios y el hombre están en su contra.

El descubrimiento lo transforma. El otrora cobarde “náufrago” se condena a una eternidad al lado de la mujer que ama. De ninguna manera, hay un triunfo del amor.

Solo el lector de la novela podrá comprender el sentido de este absurdo.

Bioy Casares era playboy, millonario y gran escritor. Tres cosas que yo, mister Darcy, jamás llegaré a ser.

Quizá en su carácter estaba la respuesta a la paradoja que nos plantean estas novelas: se puede tener a todos los amantes del mundo, mas, en la medida en que no sintamos la plenitud individualmente, siempre quedarán el vacío y la insatisfacción.

Claves para leer “Underbreak”

Portada de "Underbreak"

Portada de “Underbreak”

Cristian Londoño Proaño publicó hace algunos meses “Underbreak“, su última novela, en formato digital. Se trata de una historia de ciencia ficción con un ritmo trepidante, capaz de atrapar al lector desde las primeras páginas como un buen thriller de Frederick Forsyth.

Londoño empieza su relato mostrándonos que en tres siglos el modo de vida de los humanos ha sufrido transformaciones enormes; no existen los países, pues el planeta ha quedado unificado en un solo Estado. Sin embargo, las corporaciones han tomado el control de diversos territorios donde los presidentes y sus juntas directivas tienen el capital suficiente para manejar ejércitos y ciudadanos. El gobierno mundial mantiene una constante pugna con estos pequeños estados feudales, luchando contra sus abusos y su corrupción.

En este marco, la policía terrestre posee una unidad especializada en la ejecución de los criminales que el gobierno central condenó pero que las corporaciones protegen. Este escuadrón funciona como una cuadrilla de sicarios que nadie puede identificar.

Uno de los agentes de esta unidad es el personaje principal de la historia y la orden de asesinar al presidente de una poderosa corporación que se dedica a la diversión de realidad virtual es el detonante para una trama conspirativa en donde nada es lo que parece.

Cristian Londoño Proaño

Cristian Londoño Proaño. Visite su página personal aquí.

Al leer las líneas de arriba se podría pensar que Londoño ha creado una simple novela de suspenso con trasfondo futurista. La realidad, sin embargo, es que la historia es un elegante pretexto para que el autor desenrolle, capítulo a capítulo, sus preocupaciones acerca del futuro y de la humanidad.

El texto esconde la sospecha de que la curiosidad científica y el afán creativo del ser humano lo pueden llevar a dañarse a sí mismo y nos obliga a reflexionar sobre los límites que estamos dispuestos a rebasar en pos del progreso.

A simple vista, el mundo que nos muestra Londoño es perfecto. La gente puede obtener lo que quiere gracias a las máquinas e incluso el amor y el sexo no complican a nadie porque la técnica ha conseguido emular casi todas las prácticas humanas, convirtiendo a los robots en sustitutos para las personas que no quieren o no pueden tener una relación sentimental con otro ser humano.

Incluso la justicia es tan perfecta que los criminales son ejecutados en silencio y a nadie le molesta verse libre de aquella que asumen es la escoria de la humanidad. El problema es que tampoco hay una sola persona que pueda asegurar que el dictamen fue justo, toda vez que el castigado no tuvo el derecho a un juicio legítimo. El gobierno dictaminó y, por ende, no debe existir error.

La realidad, sin embargo, es que el Estado llegó a tal punto que, por miedo a perder su hegemonía ante las corporaciones, pasa por alto cualquier procedimiento justo, limitándose a actuar como si los ciudadanos fueran objetos de las que puede disponer.

A estos, por otro lado, el placer los ha empujado a la pasividad total, convirtiéndolos en torpes marionetas de un régimen que esconde su perfidia bajo el refinado manto de lo cómodo.

 

Book trailer de “Underbreak”

Curiosamente, las primeras víctimas de este sistema son los mismos que, con su afán investigativo, ayudaron a crearlo: los científicos. La razón es muy sencilla: el Estado se sirve de sus capacidades para perennizarse, pero cuando ha exprimido todo el jugo, lo mejor que puede hacer es eliminar la cáscara, ya que comprende que esa misma inteligencia que le dio las herramientas para adquirir el control, puede descubrir la forma de quitárselo.

“Underbreak” atrapa desde el primer momento, cuando un hombre, aún desconocido para los lectores, rechaza el amor gélido que le ofrece su amante robot. De todas maneras, su valor no es simplemente el ritmo o los avances tecnológicos y científicos que nos describe, es algo mucho más profundo: la novela deja claro que, a pesar de su importancia, el ser humano no puede entregarse a un culto poco crítico de la técnica y no es que sea malo buscar, con la ciencia, un vida más fácil, pero sí lo es permitir que nuestros propios inventos, sean máquinas o sistemas de gobierno, terminen por anularnos, aniquilando nuestro esencia, nuestro espíritu.

La Historia a través de los ojos de Asimov

Texto originalmente publicado en el sitio Ciencia Ficción en Ecuador de Iván Rodrigo Mendizábal el 11 de enero de 2016.

Disponible también en La Casa Ártica.

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No descubrí a Isaac Asimov gracias a la Ciencia Ficción. De hecho, el primer libro suyo que toqué fue una historia de Grecia antigua, The Greeks: A Great Adventure, que mi padre y yo devoramos en un fin de semana.

Russian-born American author Isaac Asimov is seen in 1974. (AP Photo)

Cuando te dicen que no vas a dejar de ser virgen porque te gusta la Ciencia Ficción. 😦

Pese a que muchos desconocen esta faceta, lo cierto es que leer un libro de Historia escrito por Asimov es un regalo que todos deberíamos hacernos al menos una vez en la vida. Los exquisitos dirán que se trata de libros incompletos o demasiado simples, pero precisamente la sencillez es su mayor cualidad.

Comúnmente conocida como “Historia universal Asimov”, consta de catorce volúmenes ilustrados con mapas y líneas cronológicas. Está escrita en un lenguaje sencillo y resume los acontecimientos políticos y militares más importantes de diversos periodos, desde el surgimiento de la civilización en Mesopotamia y Egipto hasta los Estados Unidos de la Primera Guerra Mundial.

Como un buen maestro, Asimov describe las conquistas de Julio César como si se tratara de una novela de aventuras. El lector jamás siente el paso de las páginas, pues su lenguaje es tan agradable como atrapante y la misma cualidad de sus cuentos se refleja en la Historia, es decir, uno se deja llevar tranquilamente por cada tomo, al tiempo que es impulsado a investigar más.

Cuando terminé con esta colección, leí otras obras de Asimov. Vinieron entonces sus relatos de robots y de civilizaciones extraordinarias, pero este fue un placer al que solo llegué a través de sus libros menos conocidos.

Su obra de ficción es maravillosa, sin embargo, hay algo mucho más importante: su fe en el progreso intelectual del ser humano.

Asimov comprendió pronto que los especialistas transformaban –en realidad, aún hoy lo hacen– a las ciencias exactas y sociales en misterios descifrables únicamente para una casta de iniciados, a la que cualquier individuo común y corriente no debe acceder.

Alianza Editorial y sus aciertos (sin sarcasmo, ¡de verdad, en serio, sí, verídico!).

Alianza Editorial y sus aciertos (sin sarcasmo, ¡de verdad, en serio, sí, verídico!).

Su intelecto superior comprendió que aquello era un despropósito e hizo todo lo que estuvo a su alcance para, desde una revista o desde sus libros, combatir la ignorancia. Comprendía que nadie, ni él mismo, llegaría a “saber todo”, pero el objetivo de su cruzada era desconocer menos.

Escribió sobre Historia con la misma pasión que puso en la Física o la Química. Era un adelantado a su tiempo y como tal, sabía que entender el pasado es una obligación de aquellos que aspiran a un mejor futuro y que las naves espaciales del siglo veintiuno son el resultado de la primera chispa de fuego que un grupo de homínidos encendió hace cientos de miles de años en un lugar ya olvidado.

Asimov era un escritor de Ciencia Ficción sin duda, pero sobre todo era un cerebro universal y acaso, él mismo, un personaje de ficción especulativa, toda vez que, viviendo en un mundo obsesionado con la especialización, donde los matemáticos se rehúsan a leer a Shakespeare y los sociólogos a Gödel; se adelantó a su tiempo y abrazó todos los campos que pudo con humildad y no con el fin egocéntrico de solo él saber más, sino con el grande, el altruista: ser el catalizador para que los otros, sus congéneres, crezcan espiritualmente y lleguen a las estrellas.

CUPIDO SE FUE A CUENCA

Cuando Cuenca se lo propone puede ser más fría que el Chimborazo.

Cuando Cuenca se lo propone puede ser más fría que el Chimborazo.

Gregor es un belga que vino a Ecuador para buscar lo que no se le ha perdido y por eso halló el amor.

Cuando lo conocimos, mis amigos y yo llevábamos suficiente cerveza dentro como para escuchar maravillados cualquier clase de relato, sin embargo, el de Gregor en realidad era fascinante: había sido guía turístico en India y Nepal, donde decenas de europeos liderados por él cruzaron montañas heladas y sobre todo ciudades fantásticas en busca de una espiritualidad que, en Occidente, desapareció incluso antes de que Alejandro Magno cortara el nudo gordiano en el año 333 a. C.

Con erres guturales y acompañado de una canción de rock de cuyo nombre no quiero acordarme, el exguía nos dijo que todo termina por volverse aburrido, de manera que abandonó su trabajo para buscar a su hermano, quien, incomprensiblemente, había recalado en un país sudaca con nombre de línea imaginaria. Aquel estaba casado con una cuencana, asumiendo el rol de “gringo” – para los ecuatorianos cualquier rubio que habla raro es estadounidense – por culpa del amor.

Como Cuenca tiene cuatro ríos, usted podrá hallar muchos puentes (incluso uno roto).

Como Cuenca tiene cuatro ríos, usted hallará muchos puentes (incluso uno roto).

En este punto de la historia, nuestra noche de bohemia en Cuenca empezaba a despegar. Tal vez por eso, el chapuceado español de Gregor tuvo mucho más sentido, aunque fue imposible comprender por qué su hermano fue a la capital azuaya en primer lugar.

Lo que sí quedó claro es que Cupido tiene acento morlaco, pues él también, mientras buscaba la casa de su cuñada, cayó perdidamente enamorado de una cuencana, a la que nos presentó orgullosa y fotográficamente a través de su iPad.

El anfitrión de la noche, mi amigo riobambeño, que por arte del Cupido morlaco también se ha nacionalizado azuayo, dijo en aquel instante que era momento de levantar anclas y marchar hacia un nueva discoteca.

Gregor nos acompañó y en el camino, siguió hablándonos de sus viajes, mientras yo me preguntaba cómo sonaría el acento cuencano con erres guturales.

Lo cierto es que las crónicas de viajes siempre empiezan con descripciones de paisajes o construcciones arquitectónicas, pero creo que igual que no se va al Serengueti para escribir un libro sobre la Embajada de España en Dar es – Salaam, lo adecuado es ocuparse de la fauna salvaje – la tipología humana más excéntrica –, refugiada en la vida nocturna y que rara vez se expone a la luz del sol, toda vez que ella resume las pulsiones y la idiosincrasia de cualquier sociedad.

Hasta aquí nos trajo la Zoociedad...

Hasta aquí nos trajo la Zoociedad…

Precisamente, nuestra “troupe”, guiada por el tambaleante riobambeño azuayo, se dirigió a una discoteca alternativa a orillas del río Tomebamba, cuyos dueños han decidido jugar con las palabras “sociedad”, “suciedad” y “zoo” – “zoológico” en inglés –, bautizándola con el nombre de “Zoociedad”. El guiño habría sido mejor recibido por todos, si no hubiésemos estado preocupados por ingresar sin rompernos la nariz, ya que era necesario saltar una baranda y cruzar un caminito de piedras y tierra húmeda antes de llegar a la entrada, casi en el río.

Dentro, una combinación de rock, cumbia, hip – hop y salsa nos sacaron de la modorra alcohólica. Gringos – estadounidenses o no –, colombianos, cuencanos, quiteños y guayaquileños se mezclaban formando una masa humana que chasqueaba los dedos, agitaba los brazos o se movía frenéticamente al son de “Sex Machine” o “Cali Pachanguero”.

Nuestro gringo particular, Gregor, saludaba con todos como si fueran viejos amigos e incluso nos presentaba en Zoociedad, acaso porque Cuenca, desde hace muchos años, es más cosmopolita que Quito o Guayaquil.

En la caja de Zoociedad, cuando se acerque a pedir una cerveza, encontrará admoniciones como esta...

En la caja de Zoociedad, cuando se acerque a pedir una cerveza, encontrará admoniciones como esta…

Conseguimos de milagro una mesa, sin embargo, esta parecía un búnker adosado a la pista de baile, dentro del que era tan difícil ver como ser visto. Por lo mismo, si se pretende disfrutar del ambiente, la única opción que resta es ponerse de pie y usar la mesa para que descansen las chaquetas y las botellas de cerveza.

Por donde se mirara, surgían espíritus poseídos por Stevie Wonder y frecuentemente grupos de hombres solos que se filtraban entre las parejas tratando de pescar a río revuelto. Por cierto, nunca vi a ningún sujeto salir victorioso en semejante trance, pero la perseverancia, aunque sea por estadística, debe rendir frutos algún día.

Gregor se había acomodado en un sofá y conversaba con el más ebrio de nuestro grupo. Alcancé a oír que hablaba de su novia y de la sociedad demasiado conservadora de Cuenca, al tiempo que, a menos de dos metros, un par de chicas se daban besos franceses con olor a pachuli.

La Compañía Brewpub. ¿Alguién pidió cerveza negra?

La Compañía Brewpub. ¿Alguién pidió cerveza negra?

Me acerqué al europeo y él, entusiasmado, me sirvió otro vaso de cerveza. “¡Como tu presidente se trajo una belga, yo tengo derecho a llevarme una ecuatoriana!”, exclamó. Le dije que sí, pero que, junto con ella, Rafael Correa importó un chef para que le cocine llapingachos, así que si quería equilibrar las fuerzas del cosmos era necesario que se llevase también un cocinero de picantería para que le prepare carbonada flamenca. No quedó muy convencido.

La noche pasó aceleradamente y Gregor, en cierto momento, desapareció, no sabremos nunca si absorbido por el amor o por el río Tomebamba.

Nosotros, caballeros a carta cabal, esperamos hasta las dos de la mañana – hora del toque de queda ecuatoriano – para que los dueños del bar nos expulsaran a escobazos.

El escenario de una fiesta que concluye siempre es deprimente, en especial cuando uno es el sobrio y los demás, incluso el que conoce la ciudad, están ebrios. Así que en el taxi de regreso, mientras todos dormían – hasta el conductor –, me dediqué a pensar en las cervezas artesanales del La Compañía Brewpub, el karaoke donde todos cantaban menos yo, el bar mexicano llamado “Chiplote” y los millones de litros de emoción que Cuenca derrama en forma de paisajes, construcciones antiguas y hasta mujeres. No en vano Cupido se mudó a vivir allá…

En Zoociedad…

(Vídeo del canal de Charbuk.)

Hombres sin relleno

"Aquí, buscando el alma de esta mujer".

“Aquí, buscando el alma de esta mujer”.

El médico nos explicó que el procedimiento que iban a practicarle a Carla lo usaron durante la Segunda Guerra Mundial. Médicos del partido nazi fueron los pioneros en este tipo de intervenciones y, pese a eso, actualmente es una práctica aprobada por la Organización Mundial de Salud.

El médico pidió que nos mantuviéramos calmados y le dijo a Carla que la cirugía no era riesgosa.

Se ofreció, luego, a mostrarme la sala donde se recuperaban los pacientes con enfermedades análogas.

— Usted, mientras tanto, descanse – le dijo a ella.

Salimos de la habitación. Yo ni siquiera entendía a fondo el procedimiento al que iban a someter a Carla y cada vez que le pedía al médico que me explicara, este me arrojaba una catarata de palabras incomprensibles en tono neutro y exasperante.

En la sala de recuperación había un baño y seis camas sobre las que reposaban pacientes pálidos, casi transparentes.

El médico me condujo hacia uno de ellos, explicando con una sonrisa que se trataba de su mayor éxito. Aquel hombre permanecía con los ojos fijos en el techo; la delgadez, su piel pálida y las ojeras le daban el aire de un muerto viviente.

Saludamos, pero la única contestación fue un silbido nasal.

— No es nada… Todo procedimiento médico es invasivo, ¿comprende?

Mi guía se justificaba igual que un colegial al que atraparon cometiendo una falta.

— ¿Quedan cicatrices?

— ¡Oh, no, no! Bueno, nada fuera de lo normal…

Exigí ver alguna.

El médico recuperó repentinamente la calma y haciendo un gesto con el brazo, me señaló una puerta al fondo de la habitación.

— ¡Pase, pase! Allá está el paciente.

Entramos.

Sentí un escalofrío. En el rincón donde casi no llegaba la luz, una mujer dormitaba cubierta con una manta de la que solo sobresalía su cabeza.

El médico la destapó. Mis ojos, al instante, se posaron sobre el pecho de la enferma, observando un corte que iba desde el cuello hasta el pubis, al tiempo que varias tenazas de metal mantenían separada la piel.

Quise vomitar.

— ¿Y el corazón, las vísceras? – alcancé a decir.

— Congelados, no podemos ponerlos hasta extirpar el alma… Es que está debajo de todo, ¿sabe?

Las náuseas se hicieron insoportables. Eché a correr, iba a ir al baño, pero me detuve al recordar que Carla se encontraba sola. Tenía que sacarla antes de que le quitaran el alma.

Al llegar a su habitación, encontré a una enfermera.

— ¿Dónde está? ¿Qué le hicieron?

— ¿Quién? ¿De qué habla?

— ¡De Carla!

— ¡Ah, la enferma! Hace diez minutos que la llevaron al quirófano – me dijo con indiferencia.

Un periodista en la Primera Cruzada

¿Qué habría pasado si en la época de las cruzadas hubiesen existido periodistas como los de este tiempo? Es probable que el enemigo de los cristianos estaría registrado en los libros de historia con una categoría diferente a la de “musulmán”… A continuación exponemos al escrutinio de la comunidad científica un manuscrito hallado hace unas semanas en el sitio arqueológico de la ciudad de Antioquía, el mismo que parece demostrar que los periodistas ya estuvieron presentes en uno de los episodios más dramáticos de la Edad Media y que si bien no tenían cámaras de vídeo o apuntadores, el hecho es que ya se dedicaban a husmear en las vidas de los protagonistas de la historia.

El cielo negro cubría nuestras cabezas. Al trepar hasta las torres de la fortaleza se lograba ver a lo lejos el campamento de los infieles.

EL sitio de Antioquía. La obsesión de los cruzados era tomar vino y no comer ratas.

EL sitio de Antioquía. La obsesión de los cruzados era tomar vino y no comer ratas.

Aún medio dormido, me vestí apresuradamente luego de que el guardia me informó que la comisión de doce hombres ya estaba lista para bajar al sitio que, según el monje Pedro Bartolomé, escondía la Lanza Sagrada.

Cinco días atrás, buena porción de las tropas había desertado. Mermada y al borde de la muerte por la hambruna, Antioquía estaba a punto de capitular. Por otra parte, los líderes militares – Raymundo de Tolosa, Godofredo de Bouillon, Ademar de Monteil y Bohemundo de Tarento – mantenían rencillas internas por el derecho de reclamar como suya la ciudad recién conquistada. En resumen: los políticos, como siempre, nos tenían jodidos.

Sin embargo, Pedro Bartolomé, un fraile tan invisible como la inteligencia de Paris Hilton, apareció para informarnos que había soñado con San Andrés, quien le dijo que la Lanza Sagrada, la misma que hirió el costado del Salvador, yacía enterrada bajo la catedral de San Pedro y que esta era la única que nos permitiría triunfar sobre los turcos y sus aliados.

Algunos dudaron de sus palabras – principalmente porque en Constantinopla ya habíamos visto otra Lanza Sagrada y nadie recordaba que a Él lo hubieran atravesado en ambos costados –, pero la mayoría de tropas, que no habían comido casi nada, eran propensas a aferrarse a cualquier cuento, por lo que se dispuso que doce hombres excavásemos en busca de la reliquia.

Me puse las botas y salí de la posada. Afuera esperaban mis compañeros de aventura, entre los que cabe destacar al propio Raymundo de Tolosa, al obispo de Orange y al historiador Raymundo de Aguilers.

Una de las tantas Lanzas Sagradas...

Una de las tantas Lanzas Sagradas…

Llegamos a la catedral de la ciudad muy temprano y casi sin mediar palabra, nos pusimos a cavar – no empleamos aldeanos,  las manos de los siervos jamás deben profanar lo sagrado –. Al principio trabajamos con entusiasmo, pero a medida que los minutos iban transcurriendo sin que apareciera el tesoro, la decepción y el mal humor se apoderaron de nosotros. El conde Raimundo abandonó la búsqueda y el resto se resignó al fracaso.

De repente, Pedro Bartolomé, tomando impulso, saltó al hueco que habíamos abierto, ejecutando un par de volteretas antes de caer de cabeza.

— ¡La tenemos, incrédulos, la tenemos! – exclamó casi en seguida.

San Jorge mató a un dragón, ojalá se llevara a los políticos...

San Jorge mató a un dragón, ojalá se llevara a los políticos…

El fraile salió del orificio elevando la lanza y nos ordenó arrodillarnos.

Sin dejar de mirarlo con desconfianza, obedecimos por si acaso… Nadie quiere irse al infierno con un calor como el de allá y con ropa como la nuestra.

Con la Lanza Sagrada, la moral del ejército y de la población se elevó tanto que hasta aceptamos de buen grado el sacrificio de ayuno que ahora nos imponía Pedro por orden de San Andrés – acaso si no hubiésemos estado poseídos por el fervor religioso, rehusarnos a comer carne de rata, único menú de una ciudad sitiada si se descarta el canibalismo, ¡habría sido impensable! –. Con reliquia y hambre nos preparamos para el combate.

Trece días más tarde, luego de intentar una negociación con el enemigo, los cristianos abrieron las puertas de la fortaleza, atacando a los sitiadores. Llevaban consigo la Lanza Sagrada y algunos dicen que hasta San Jorge, San Demetrio y San Mauricio se unieron a la carga del ejército. Como quiera que sea, el vino y la dieta de rata favorecieron la aparición de santos y la victoria de los cristianos.

Las tropas regresaron a la ciudad, iniciando una fiesta que aun hoy no ha terminado. Me pregunto si los tres santos que ayudaron a la cristiandad estarán también hartándose de vino en algún callejón.

Merecido, si es así. Los buscaré para que hagan el milagro de pagarme una copa – o varias.