Biografía apócrifa de Nadie

Odiseo

Odiseo se hizo vegano después de esta experiencia

Nadie es brutal. Es un gato como el de Schrödinger, pero muchísimo más antiguo. Vive, igual que aquel, en una superposición cuántica, está vivo y muerto al mismo tiempo o, mejor dicho, existe y no existe, ¡es todo y nada!

Epopeyas, sagas y novelas eróticas se han escrito sobre él.

En Occidente, uno de los relatos más antiguos que lo menciona apareció en la Grecia clásica: Homero afirma que Nadie fue juez y verdugo en una disputa culinaria entre Odiseo y el gigante de un solo ojo, Polifemo.

El rey de Ítaca y sus marinos habían ido a parar en la Isla de los Cíclopes, quienes, respetando los tratados internacionales, les ofrecieron un banquete, al tiempo que les ayudaban a abastecer sus naves.

En aquella época, los convites no eran sencillos, de hecho, se servían platos exóticos, mientras danzas y obras de teatro animaban a los invitados. Por eso, los cíclopes encargaron a Polifemo, experto cocinero que había estudiado en la Academia Barilla de Parma, la preparación de la cena.

Contrario a su costumbre, explica Homero en el canto IX de la “Odisea”, Polifemo invitó a los marinos a acompañarlo mientras cocinaba. El chef era muy celoso con sus recetas, pero tratándose de invitados tan especiales hizo una excepción.

Los corresponsales de EFE, France – Presse y Prensa Latina que cubrían el evento difieren en lo que ocurrió después. Las dos primeras agencias publicaron que “el alcohol fue el detonante del conflicto”, mientras que la tercera aseguró que el problema “fue, como siempre, el imperialismo aqueo”.

Lo único claro es que cuando se hubo vaciado varias ánforas de vino, Polifemo se propuso cocinar a sus invitados. Los adobó con chimichurri y cerveza bávara, pero justo en el instante en que iba a ensartar un chuzo en medio de las nalgas de Odiseo, los vapores del alcohol lo noquearon.

Ebrio, no se percató de que entre los griegos se escondía Nadie, personaje cruel que le reventó el ojo con uno de los chuzos.

El dolor hizo despertar a Polifemo.

― ¿Quién me dejó ciego? ¿Quién? ¡Díganme el nombre y me vengaré! – exclamaba.

― Nadie fue – dijo el criminal sin el menor asomo de arrepentimiento.

― ¡Nadie me ha reventado el ojo! ¡Auxilio! ¡Atrapad a Nadie!

― Pero si nadie te ha hecho daño, ¿de qué te quejas? – respondían los otros cíclopes ocupados en armar piñatas.

Lo cierto es que los griegos y Nadie festejaron con el resto de gigantes hasta el amanecer, mientras Polifemo, durante veintidós horas, esperó en la sala de emergencias de uno de los hospitales del Seguro Social. El diagnóstico fue peritonitis.

En los siglos siguientes, Nadie dejó las fechorías para dedicarse a grandes hazañas, llegando a ser emperador, artista, científico, abogado, médico y cientos de profesiones y oficios más.

Pombo

Libro de Ramón Gómez de la Serna que resume todas las aventuras que un escritor puede tener dentro de una café conocido por provocar diarreas a los que lo visitan.

La gente empezó a llamarlo: “Don Nadie”.

― ¿Quién es? – preguntaba alguien.

― ¡Es un Don Nadie!

Impresionado, el escritor Ramón Gómez de la Serna le preparó una comida en el Café Pombo de Madrid. Sin embargo, aún estaba fresco el recuerdo del desastre en la Isla de los Cíclopes, de modo que varios intelectuales, encabezados por Miguel de Unamuno, se rehusaron a asistir. Alegaban que:

“Ese Don – que es un cierto don – y que supone que Don Nadie es, por lo menos, bachiller en artes, está lleno de veneno. Don Nadie el modesto profesional, esto es: de profesión modesta, es el más terrible enemigo que tenemos. Está teñido todo él con baba, hiel y bajas pasiones. No se fíen ustedes de Don Nadie. Y hasta abróchense cuando le vean acercarse”.[i]

[i] Cita de “Pombo. Biografía del célebre café y de otros cafés famosos” por Ramón Gómez de la Serna, página 299; Editorial Juventud Argentina, Buenos Aires, 1941.

Ramón, desde luego, defendió a su invitado. Para él, los problemas no los provocaba Don Nadie, sino Don Alguien porque, arrogante, siempre pretende hacer “algo” y termina por hacer “nada”.

Pese a los sabotajes, la tertulia fue un éxito para Nadie. Esta vez, no terminó con cíclopes ciegos, sino con el empujón que él necesitaba para retomar una carrera política que empezó siglos atrás, al ceñirse la corona de laureles del César en Roma.

Hoy, Nadie es un señor don. Ha ocupado el puesto de primer ministro y presidente en varios (o todos) los países del mundo. Sus ideales, su cosmovisión son los que nos gobiernan. La guerra y la paz se hacen por él y muchos hombres y mujeres han alcanzado increíbles orgasmos sobre su cama.

El caso es que Ramón Gómez de la Serna se equivocó: científicos serios afirman sin miedo a equivocarse que Don Nadie y Don Alguien no son amigos, hermanos y, peor, enemigos. Son, en realidad, lo mismo y a esta hora deben estar ganando una elección en alguna parte del planeta o quizás esperándole, querido lector, en su cuarto para hacerle el amor…

Resumen de fin de año

Hasta Mark Zuckergberg se pregunta qué carajos estaba pensando durante todo este año.

Hasta Mark Zuckergberg se pregunta qué carajos estaba pensando durante todo este año.

Estoy parado frente a un monigote de año viejo. Mientras las llamas lo consumen, pienso en mi “resumen del año” que hace cinco minutos apareció en mi teléfono celular transformado en una notificación de Facebook. Es pobre, vergonzoso.

Quiero pensar que se trata de una jugarreta de Mark Zuckerberg y su perro “Beast”, por lo que, mientras el monigote lanza alaridos de camaretas, me pongo a recordar aquellos detalles que no se publicaron en la red social:

Cambié de trabajo tres veces en el 2015, pasando de librero a profesor y luego a cobrador de cuentas en mora. Lo adecuado en estas fechas sería agradecer estas experiencias y afirmar que he aprendido mucho de ellas, pues, parafraseando a Coelho, me han permitido ser el héroe de mi propia aventura vital. Mas, la verdad es que la única frase aplicable a los tres empleos es la de Bartleby: “preferiría no hacerlo”.

La librería donde empecé el año como administrador quebró. No fue mi culpa – creo –. Tal vez el error fue del dueño de la empresa, quien optó por colocar su tienda más importante al lado de uno de los baños del centro comercial Quicentro. Falla estratégica imperdonable, pues las estadísticas indican que en el Ecuador la gente no lee ni en el váter.

Antes de que naufragara la librería, me marché para dar clases en un colegio católico. Me recibieron como un rey, es decir, como a Luis XVI. De todas maneras, no fue necesario que me cortasen la cabeza, casi la pierdo sin necesidad de guillotina alguna cuando descubrí que los profesores tienen más de policías antidisturbios que de maestros.

Después de que salí, la librería quedó, literalmente, empapelada hasta en las puertas...

Después de que salí, la librería quedó, literalmente, empapelada hasta en las puertas…

Del colegio me sacaron por ineficiente o por ateo o por ineficiente ateo. El caso es que terminé en un centro de cobranzas, donde descubrí que una cartera no es de cuero ni sirve para guardar dinero o tarjetas de crédito, sino… En realidad, no sé qué es, pero está relacionada con banqueros y no se la consigue en una tienda de Louis Vuitton o de Carolina Herrera.

Entre el despido y el cambio de trabajo, viajé a Cuenca dos veces. En la primera ocasión, conocí a un belga que abandonó su vida en los Himalayas por una cuencana. El europeo es tan popular en el sur de este país como desconocido en el suyo, quiza su éxito se debe a que es un gran conversador en una lengua que habla mal o a su prodigalidad con la cerveza.

En la segunda, NO pude conocer a Sara, mujer apasionada de la bohemia cuencana y a quien sueño bella, inefable como una hurí, aunque mis amigos, que sí la vieron, afirman que se parece más a una vikinga robusta obsesionada con parecerse a la Siempreviva de Andrés Caicedo.

Por otro lado, obtuve una mención de honor en un concurso de relatos fantásticos. Acaso esto me habría evitado demasiadas “aventuras vitales” si, en vez de aquel género literario, hubiese optado por el de los lucrativos vampiros diabéticos o de las secretarias ninfómanas.

Finalmente, tengo un gato que me tiraniza, un libro de cuentos que no termino de escribir, un sueldo que no me alcanza, un país que me aburre y un presidente que no elegí.

"Pushkin", el gato tirano. Evidencias científicas contundentes sostienen que se trata de la reencarnación de Gengis Khan.

“Pushkin”, el gato tirano. Evidencias científicas contundentes sostienen que se trata de la reencarnación de Gengis Khan. :3

En la escala social soy como un futbolista polaco en un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial, pero sin temor a equivocarme, estoy seguro de que pronto me promoverán a la categoría de judío en el gueto de Varsovia.

Este sí es el resumen de mi año, básicamente…

Trasplante de gato

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Julián se despertó en el cuerpo del gato a eso de las tres de la tarde. La operación había durado cinco horas y varias veces estuvo a punto de morir en el quirófano, sin embargo siempre logró superar las crisis.

La idea la tuvo Carmen, una chica que lo rechazaba porque no era “tan dulce como un gato”.

Cierta mañana, le dijo que había visto en la televisión la historia de un médico de Kazajistán que estaba realizando en el país trasplantes de conciencias humanas a cuerpos de perros, burros, vacas, ovejas, etc.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo funcionan aquellas operaciones, tampoco importa. El caso es que Julián terminó en el cuerpo de un gato persa de color marrón.

Pasado el tiempo de recuperación, Carmen llevó a su novio/mascota a su casa y el sueño de este se hizo realidad: ella le hacía caricias, le daba de comer y le permitía dormir a su lado.

Las primeras semanas fueron de ensueño. Ambos estaban completamente enamorados, aunque a veces surgían pequeños problemas, por ejemplo: Julián detestaba usar el arenero en vez del retrete y comer bolas con sabor a pescado y no bistec. De todas maneras, el amor lo sanaba todo.

Sin embargo, los líos empezaron precisamente por culpa de la pasión. Una noche, Carmen estaba dormida y su novio/mascota despertó de pronto, víctima de una libido insoportable. Se puso cariñoso, lamiendo la cara, el cuello y el pecho de la muchacha, sin lograr que despertase, pero, cuando intentó encaramarse sobre el pubis, el sueño dio paso a un alarido y un golpe. El gato Julián salió disparado, estampándose contra la pared.

Ese fue el fin de la luna de miel. Carmen, otrora muy cuidadosa, empezó a “olvidarse” que debía ponerle alimento, primero a la hora del desayuno, después en el desayuno y el almuerzo y finalmente durante todo el día.

No le permitía dormir en su cama y se encerraba en su habitación o a veces ni siquiera iba a dormir en casa.

El novio/mascota hizo lo posible por recuperar a Carmen, mas fue inútil. Ella no quería saber nada del “gato degenerado”.

Julián comprendió que solo quedaba una alternativa: buscar al médico para que le devolviese su cuerpo.

Escapó de la casa de Carmen y caminó casi hasta el amanecer buscando al médico, quien lo recibió furioso – no se levantaba antes de las diez, salvo que tuviera que hacer alguna cirugía –, aunque se calmó pronto ante la perspectiva de experimentar nuevamente sobre el gato Julián.

Admitió que jamás había intentado devolver la conciencia a su cuerpo original, pero que si el paciente estaba dispuesto a correr el riesgo y, sobre todo, los gastos – ¡elevadísimos! – lo intentaría. Julián aceptó.

La segunda operación duró el doble que la primera, pero fue un éxito o casi porque desde ese día Julián – con su cuerpo completamente humano – ya no tiene problemas para usar el arenero en vez del váter.

En mi cumpleaños conocí a un bombero pirómano

¡No, pese a las apariencias, no es una oficina de la SECOM!

¡No, pese a las apariencias, no es una oficina de la SECOM!

Hasta los 18 todos quieren cumplir años, pasada esa línea lo ideal es incumplirlos. El 16 de agosto de 2014 me levanté muy temprano, era una mañana soleada y yo anhelaba tomar una copa de Vino del estío para olvidar que era mi cumpleaños; no obstante, hacerlo solo implica pisar con audacia el territorio del alcoholismo y, seamos sinceros, no es un Remedio para melancólicos. Pensé entonces en recurrir a mis amigos, mas todos estaban de viaje y tuve la sensación de que este era El verano de la despedida, pues cada uno de ellos había tomado un rumbo diferente después de tanto tiempo.

Desayuné con prisa mientras el teléfono móvil no paraba de sonar notificándome sobre los parabienes que amigos y enemigos soterrados me enviaban por Facebook y Twitter. No voy a negar que envanecí. Tomé luego el periódico y me puse a leer como un Hombre ilustrado. Había advertencias de seguridad por los temblores en Quito, además de una creciente preocupación por los incendios forestales de Ahora y siempre. Me llamó la atención en especial la historia de un fogonazo que hubo Mucho después de medianoche en las colinas que circundan el valle de Tumbaco, aunque no puse mucha atención porque, como dijo la santa quiteña – A ciegas, toda vez que la República del Ecuador no existía por aquella época –: “el país perecerá por los malos gobiernos, no por los desastres naturales”.

Salí de casa para ir al trabajo y pude darme cuenta de que la construcción del edificio de la esquina está cada vez más avanzada, los Fantasmas de lo nuevo amenazan con llenar la “carita de Dios” de horribles forúnculos de concreto de treinta pisos. ¿Acaso los extraterrestres escribirán en sus Crónicas marcianas que arruinamos la paz y nuestra Maquinaria para la alegría en pos de un discutido progreso?

Caminaba por el bulevar cuando un hombre que iba en dirección contraria chocó conmigo; parecía contrariado.

— ¡Tenga cuidado! – me dijo en un español salpicado por el acento estadounidense.

Más rápido que el ojo, el instinto de supervivencia me hizo sospechar que su Maravilloso traje de color vainilla era el disfraz tras el que ese individuo ocultaba El signo del gato, es decir aquel que supuestamente llevan todos los hombres que han vencido a la muerte – según los egipcios antiguos, estos felinos son las únicas criaturas capaces de desafiar a Tánatos –. Lo dejé pasar y acelerando el paso seguí mi ruta.

Al llegar a la librería donde trabajo un sujeto miraba los estantes. Me molestó, al fin y al cabo faltaba media hora para la apertura y un curioso ya pretendía importunar mis labores de limpieza.

— He venido a poner estos libros a la temperatura de Fahrenheit 451 – exclamó –, haciéndolos arder porque el precio del conocimiento es la tristeza.

— ¡Esos son Cuentos de dinosaurios! – atiné a decir nerviosamente.

— ¡Falso!, la gente por fin lo ha comprendido: ahora casi nadie lee y grita igual que un general franquista: “¡muera la inteligencia!”

Tuve un escalofrío y algo, tal vez El ruido del trueno, me hizo comprender que fuera el sol había desaparecido para dejar paso a una tempestad de verano. El hombre, aprovechando mi distracción, abrió una maleta que tenía a su lado y era Algo más en el equipaje que ropa lo que llevaba: un lanzallamas.

"Cada día me levantó y camino por un campo minado, el campo minado soy yo y, tras la explosión paso el resto del día juntando los pedazos." Happy birthday, Ray!

“Cada día me levantó y camino por un campo minado, el campo minado soy yo y, tras la explosión paso el resto del día juntando los pedazos.” Happy birthday, Ray!

Quise pedir ayuda, nadie estaba cerca. De repente, cuando creí que ya no existía salvación, el turista con el choqué unos minutos antes en el bulevar apareció diciéndole al pirómano:

— Los bomberos como tú deberían apagar los incendios y los hombres leer los libros en vez de quemarlos. ¿Cuántas veces De la ceniza volverás?

El incendiario gruñó algo e iba a echar a correr, pero un gato le cerró el paso.

— ¡Infeliz, sabes que los detesto! – dijo esfumándose al instante.

“Estuve con algo mucho peor que un bombero pirómano”, pensé. El extranjero sonriendo – había perdido la expresión de contrariedad – se puso a explicarme que él en otro tiempo fue un escritor y que pudo vencer a la muerte comiendo Las doradas manzanas del sol.

— Ahora ya no gano ni pierdo años, he alcanzado cierta inmortalidad: la de los libros; no se trata de gloria o fama, solo de una recompensa por haber luchado contra la indiferencia y la incultura.

— ¿Cuál es su nombre?

— No importa – dijo –, le recomiendo, eso sí, que no sufra por su edad; si siguiese entre los mortales, el 22 de agosto hubiera cumplido 94 años.

Tras darme una palmada en la espalda se marchó y yo seguí Vivo en lo invisible.

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La Sociedad de los Cerdos Filósofos

Al gato Misifús le costó mucho esfuerzo ingresar en la Sociedad de los Cerdos Filósofos (SOCEF). Era un grupo tan hermético que se debían cumplir infinidad de requisitos para ser considerado, apenas, un candidato.

El joven felino recibió varias veces la negativa, pero su persistencia fue recompensada cuando, tras presentar un artículo filosófico que causó la admiración de aquellos intelectuales puercos, lo aceptaron como miembro. Dicho texto se proponía crear una amalgama entre el socialismo científico de Marx y el vitalismo de Nietzsche.

En resumen, los hombres y los gatos, los cerdos y demás animales debían ser individualistas, pensar en su propio bien pero siempre en función de la colectividad, pues el superhombre era una criatura despojada de torpes valores e ideas morales caducas, sin que, por ello, dejara de sentir piedad y compasión hacia sus semejantes.

En realidad, el «marxismo nietzscheano», como llamaron a su nueva ideología, se trataba de un sistema demasiado complejo, en el que las antítesis formaban nuevas síntesis con una facilidad espeluznante y al que sólo un grupo de intelectuales como el de la SOCEF llena de filósofos, sociólogos, antropólogos y un interminable etcétera de «ólogos» podía entender.

Los cerdos filósofos y su nuevo compañero gatuno, enseguida, se entregaron a la tarea de implantar el marxismo nietzscheano M.N., de ahora en adelante en la putrefacta sociedad capitalista contemporánea. Naturalmente, tuvieron éxito.

En las elecciones siguientes, su otrora minúsculo partido se transformó en un coloso que arrasó con todos los escaños del congreso e incluso con la presidencia de la República.

El gato Misifús, sin embargo, se abstuvo de participar como candidato; se daba cuenta de que su juventud y su extraordinaria inteligencia serían mucho más útiles en algún cargo de ministro o de consejero.

Las días transcurrieron vertiginosamente y los cambios tan anunciados no se hicieron esperar: en cuestión de semanas, el país era el chiquero apropiado para que sus puercos líderes pudieran vivir.

De todas maneras, el pueblo nunca comprenderá el bien que se le hace y, por lo mismo, el experimento del M.N. tuvo un final tan aparatoso como prematuro.

Apenas un mes después de haber sido elegidos, los integrantes de la SOCEF emprendieron la construcción de una magna obra para inmortalizar el triunfo del «superpueblo»: una nueva torre de Babel.

Los arquitectos, ante la imposibilidad de obtener piedras o, peor, cemento, escogieron al lodo como principal material de construcción y un par de semanas después, los primeros treinta pisos estaban terminados.

La celebración debía ser esplendorosa, así que se organizó una «superfiesta», invitando a todo el «superpueblo».

Empero, nadie estaba de humor para festejos y, en medio del discurso del «superpresidente», estalló una «superrevuelta», que no se detuvo hasta que los miembros de la SOCEF quedaron «supersepultados» bajo los escombros de la nueva torre de Babel.

El gato Misifús logró escapar, llegando a convertirse, años más tarde, en uno de los escritores más importantes de la literatura latinoamericana, y cuando le han preguntado sobre el M.N. o sus escarceos con la política, simplemente ha dicho que, por juventud e inexperiencia, hasta un intelectual de su envergadura puede cometer errores.