“Prefiero no usar etiquetas”

Alberto Chimal, escritor a secas

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Foto: Fabien Castro.

El 18 de noviembre de 2017 a las 11:35 de la mañana, Alberto Chimal cruzó la puerta del Centro Cultural Carlos Fuentes, filial del Fondo de Cultura Económica en Quito.

Aquel lugar huele a fantasmas. La casa de estilo neocolonial, terminada en 1940, fue, además de hogar del expresidente Galo Plaza (hombre tan lúcido que prefería ser futbolista antes que gobernante), sede de la Academia Diplomática y de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR).

Pocos parecen notarlo pero, con frecuencia, se escucha un ulular dentro de la casa. Tal vez solo es el viento colándose a través de una rendija, aunque nada sorprendería que se tratase de un fantasma como el de Baskerville, empeñado en espantar a los compradores de libros que importunan su descanso.

Una Catrina de Día de Difuntos, que se las había arreglado para sobrevivir a la inminente llegada de la Navidad, parecía aguardar el inicio de la charla que allí iba a liderar Alberto Chimal.

El escritor llegó con su mochila al hombro veinticinco minutos antes del inicio de su evento. Se lo veía agotado: era el tercer y último día de talleres y conferencias en los que participaba durante la Feria Internacional del Libro de Quito.

Un par de semanas antes, su libroLa ciudad imaginada” se reeditó en Ecuador con Editorial El Conejo, constituyéndose en el tercero del nuevo sello “Mademoiselle Satán”.

 

 

¿Editorial El Conejo te contactó?, ¿cómo inició tu relación con ellos?

Ellos me buscaron, lo cual les agradezco.

¿Cómo defines a La ciudad imaginada?

Es una colección de cuentos donde la ciudad y sus habitantes aparecen de diferentes maneras. Abarca cuentos escritos durante poco más de una década, y en cada país en que ha aparecido tiene un índice ligeramente distinto. Así que es un libro que se está transformando perpetuamente, más o menos como las ciudades.

¿Cómo es “la ciudad imaginada” de Alberto Chimal?

Puede tener muchas formas diferentes, puede ser intrincada y extraña, pero en años recientes, sobre todo, es menos injusta, menos desigual que las que tenemos en el mundo.

 

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Foto: Fabien Castro.

El escritor canceló en septiembre de 2017 un taller de escritura que tenía programado en Quito.

El 19, tres días antes del inicio, un terremoto de 7.1 grados de magnitud trastocó la vida de los mexicanos, en especial de los que viven en los estados de la zona central del país.

Chimal pospuso su viaje para cooperar en las tareas de ayuda a las víctimas. Sus redes sociales dejaron de lado los microcuentos y la literatura para dar paso a mensajes con pistas sobre los desaparecidos o recolección de vituallas para los damnificados.

 

Twitter, Facebook y otras plataformas han probado ser muy útiles cuando la humanidad enfrenta desastres naturales y políticos. ¿Fueron también un aporte valioso en México luego del terremoto o, más bien, contribuyeron a crear caos?

No, fueron una herramienta valiosísima. Muchas personas nos dedicamos a difundir y sobre todo a verificar información sobre las necesidades inmediatas de los equipos de rescate, incluso hubo una iniciativa ciudadana, @verificado19s, para sistematizar y ordenar la información que se iba recibiendo. Mucho de eso no se ve ahora porque los tuits con noticias y solicitudes urgentes no sólo se fechaban, sino que se borraban una vez que se satisfacía la necesidad del momento para evitar confusiones, pero miles de personas participamos en ese esfuerzo y podemos atestiguar lo ocurrido.

Alberto Chimal utilizó las redes sociales para captar la ayuda nacional e internacional, ¿cuál fue la respuesta, fue positiva?

Sí, por supuesto. Y como todas las otras personas que nos involucramos en ese esfuerzo, estoy agradecido por la respuesta que tuvimos, que fue muy positiva.

Los “trolls” usualmente aprovechan las crisis para lucrar como agoreros del desastre o jefes de propaganda de uno u otro político, ¿sucedió eso también en México?

Sí, y probablemente ocurrirá de nuevo este año, que nos tocan (ay de nosotros) elecciones presidenciales.

 

Alberto Chimal es un escritor multifacético, su prosa no evade tema alguno. De hecho, su logro más importante es que, sin importar si está narrando la historia de un crimen o de un aparecido, el lenguaje jamás pierde su fluidez y su poder de seducción: uno puede estar asqueado o fascinado por el relato, pero nunca se le ocurre abandonar el texto antes de concluirlo.

 

¿Alberto Chimal se siente escritor de literatura fantástica, de terror, de distopías o, más bien, un escritor a secas?

Escritor a secas. Me interesa mucho la imaginación fantástica en todas sus formas, pero las denominaciones a las que te refieres me resultan muy restrictivas y al menos aquí, en México, traen una carga de prejuicios culturales y de clase que han destruido las carreras de más de un colega. Prefiero no utilizar esas etiquetas o bien decir que empleo elementos de diferentes corrientes o variedades de narrativa, que a fin de cuentas es la verdad.

La explicación acerca de las cualidades de tu prosa, acaso se encuentra en los libros que lees, al fin y al cabo, el escritor es un resultado, entre otras cosas, de sus lecturas.

¿Cuáles son las predilectas de Alberto Chimal? Me refiero más a estilos que autores: ¿prefieres el ensayo, el cuento, la poesía?, ¿hay en México o fuera de allí un referente?

En tiempos recientes he empezado a leer muchos ensayos y artículos, no sé por qué. Pero lo esencial de mis lecturas sigue siendo la narrativa: el cuento y la novela. Me gustan mucho algunos autores a los que siempre vuelvo, desde Philip K. Dick hasta Jorge Luis Borges, pero siempre estoy tratando de encontrar nuevos textos.

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Foto: Fabien Castro.

Al bucear en Twitter y su página web, el lector se percata de que Alberto Chimal es un escritor muy interesado en las ventajas que ofrece la red.

No es extraño que publique microcuentos o invite a sus lectores a compartir los suyos con él y, a diferencia de otros autores, no utiliza el internet con el único objetivo de promocionarse, sino que está interesado en las posibilidades creativas y de colaboración que ofrece.

 

Alberto Chimal es muy activo en las redes sociales, especialmente en Twitter, ¿sientes que el internet está cambiando la forma de ver y entender el mundo?

Sí, y no siempre para bien. Los casos de las “burbujas informativas” y la llamada economía de la atención son muy preocupantes, por ejemplo.

Hace unos años era frecuente leer que los “e-books” acabarían con los libros de papel, sin embargo, no ha sido así. Pese a un despunte inicial en países como Estados Unidos o Inglaterra, la verdad es que las editoriales siguen dependiendo de la venta de las ediciones impresas, ¿la tendencia persistirá o, tarde o temprano, los bits suplantarán a la tinta?

Creo que los diferentes formatos convivirán y lo que cambiará será la jerarquía de las diferentes tecnologías.

¿La “web 3.0” ha minado a la literatura o, por el contrario, aporta a su desarrollo?

Creo que la comunicación digital, en principio, tendría que ser benéfica, pero también que las mayores aportaciones de la “web 3.0” a la literatura se dieron en la década pasada, cuando se asentaron las posibilidades de publicación y lectura que, a su vez, permitieron la aparición de muchas opciones nuevas para lectores y escritores. Esa época es la de innovaciones que van desde la microescritura en Twitter hasta las reseñas de libros en YouTube. Ahora la red se empieza a cerrar, entre censura de gobiernos y reglamentaciones abusivas de las grandes empresas, y el futuro es incierto.

Los blogs, Twitter y demás plataformas digitales ¿qué papel juegan en la literatura del siglo veintiuno?

Sobre todo se han convertido en parte del “ecosistema” de las relaciones sociales y comerciales en las sociedades de occidente y en mucha menor medida siguen proveyendo espacios de creación y lectura que de otra forma no existirían. Todavía no es seguro que las plataformas de hoy sigan existiendo indefinidamente, de modo que no puedo decir mucho más (aunque algunas, como Facebook, claramente apuntan a quedarse para siempre, como parte de una especie de nuevo orden mundial de entidades a-nacionales sumamente poderosas).

Los tuits, por lo general, nacen, se leen, se plagian o retuitean y luego desaparecen. En esa medida, ¿es posible convertirlos en “Literatura”, ese arte que lucha desesperadamente en contra de lo perecedero? ¿Los tuits pueden transformarse en algo más que balas efímeras de ingenio?

Claro que sí. Los modos habituales de la escritura en Twitter, igual que en otras redes, tienden a lo efímero, al gracejo rápido, pero no tiene que ser así. El medio podrá ser el mensaje, pero no viceversa.

¿Podría ser el internet ese libro de arena, imaginado por Borges, “que no tiene principio ni fin”?

Eso era la web de los años noventa. Las metáforas de infinitud y multiplicidad sin restricciones no son las que rigen las redes sociales de hoy, justamente por lo que dices en la primera parte de la pregunta anterior.

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Foto: Fabien Castro.

Al terminar la charla en el Fondo de Cultura, Alberto Chimal toma su mochila y se prepara para ir al último evento que tiene programado en Quito.

Echa un último vistazo a la pileta y al jardín del Centro Cultural. La construcción neocolonial parece empeñada en contarle los romances de los espectros que la habitan, pero calla. Su capricho es el silencio.

Poco después de que el escritor mexicano cruzó la puerta de la vieja casona, la Catrina se despegó de su altar, cayendo al suelo con violencia. El responsable de aquel suicidio quizá fue el viento que ulula de vez en cuando en los salones del Fondo de Cultura o tal vez fue el fantasma del presidente futbolista. ¿Quién sabe?

 

¿Qué proyectos tiene Alberto Chimal para el 2018? ¿Nuevos libros, viajes?, ¿tal vez algún concurso de “cuentuitos”?

Siguen los concursos de cuento brevísimo de mi sitio, Las Historias (www.lashistorias.com.mx). Además, mi esposa (Raquel Castro, también escritora) y yo estaremos publicando diferentes materiales de un proyecto de apoyo a la creación que llamamos #Escritura2018, por ejemplo en nuestro canal de video (www.youtube.com/AlbertoyRaquelMX). Aparte, en la segunda mitad del año aparecerá Manos de lumbre, un nuevo libro de cuentos, que publicará la editorial Páginas de Espuma en España.

 

¡Marcianos en Quito! ¡Marcianos en Quito!

Viejas chuchumecas deseándole lo mejor a todos los hombres de buena voluntad...
Viejas chuchumecas deseándole lo mejor a todos los hombres de buena voluntad…
Fuente: “Crítica y opinión cultural“.

Fue el 12 de febrero de 1949. Sábado. ¿Recuerdas? ¡El radioteatro encantaba a los quiteños! En una ciudad en la que la única diversión eran los sermones de los curas, cualquier cuenta cuentos como vos podía triunfar.

Conseguiste que trajeran a la radio al chileno que infartó a sus compatriotas para que infartara a las viejas chuchumecas que se persignaban quince millones de veces cada vez que se mencionaba la nueva película de Ava Gardner, “el animal más bello del mundo” con el que soñabas acostarte alguna vez.

La ciudad se congelaba – ¡como siempre! – y había llovido en la tarde. En la cabina de la radio los cantantes favoritos del público entonaban boleros o pasillos, mientras el chileno, el locutor de noticias y tú pulían los últimos detalles para salir al aire.

— ¡Es hora! – dijiste; ellos asintieron.

En seguida, con una señal mandaste a callar a los cantantes y el chileno se apoderó del micrófono:

— Buenas noches, radioescuchas, interrumpimos nuestra programación habitual para informarles que funcionarios del Observatorio Nacional han detectado unas extrañas explosiones en la superficie del planeta Marte. Por el momento no hay motivos para alarmarse; estaremos reportando durante el transcurso de la noche cualquier novedad. Hasta entonces continúen disfrutando de este sábado musical auspiciado por la Colonia Amarilla de los Peluqueros.

Los cantantes se miraron consternados; no sabían nada de su pequeña conspiración ¿cierto? Jijijijiji.

Ordenaste que retomaran los boleros. El chileno, por otro lado, permanecía completamente calmado, era un experto en el universo de las radionovelas, los extraterrestres y la hazaña que puso a Orson Welles en la palestra.

Sonaba un pasillo conocidísimo cuando volviste a interrumpir a los músicos para que el locutor anunciara que una nave espacial fue avistada sobre las islas Galápagos – ¡cómo se asustarían las tortugas! ¡Jojojojojo! –, dirigiéndose hacia la porción continental del Ecuador. Quizá la capital estaba en peligro, lo mejor era prepararse…

Las viejas chuchumecas se persignaron quince millones de veces más que cuando oían hablar de Ava Gardner y se pudieron a rezar a todos los santos. “¿Se parecerán los marcianos a Clark Gable?” Suspiritos, rezos a San Judas Tadeo, suspiritos…

— Damas y caballeros, los marcianos aterrizaron en Cotocollao y tenemos noticias de que la que población de Latacunga ha sido exterminada con algún tipo de gas letal, además huestes de criaturas verdes marchan sobre Otavalo. ¡Nos invaden, compatriotas, nos invaden!, ¡el país está perdido! – exclamó el locutor.

Los cantantes se pusieron a temblar.

— ¡No sean cojudos, cholitos! – les dijiste mientras el chileno fingía ser don Galito Plaza, el presidente, quien, desde la clandestinidad, pedía a los ecuatorianos luchar con tesón en contra del formidable adversario que amenazaba con aniquilar a la patria –. Es solo radioteatro, ¡qué marcianos ni que ocho cuartos! ¡Canten, pajaritos, canten!

— Ahora, una conexión con radio La Voz del Tomebamba – informó el locutor.

El chileno se puso a imitar el acento morlaco:

— En Cuenca no se han reportado ataques, pero las autoridades desplazaron dos destacamentos del ejército para afrontar cualquier eventualidad. Según parece, el presidente de la República ha ordenado trasladar, por el momento, la capital hasta nuestra ciudad; continuaremos informando.

Las comunicaciones desde el sur del país, Guayaquil y Ambato siguieron por varios minutos hasta que el locutor exclamó:

— ¡Damas y caballeros, los marcianos se encuentran aquí…! ¡Sí, aquí, dentro de la radio! ¡Estamos perdidos!

Con ayuda de tubos el chileno simuló el sonido de los disparos, cayendo en seguida fulminado el locutor. Silencio y luego una propaganda de cierto refresco gaseoso.

Incendiar el diario El Comercio no es una innovación del socialismo del siglo XXI, ya estaba de moda hace sesenta años.
Incendiar el diario El Comercio no es una innovación del socialismo del siglo XXI, ya estaba de moda hace sesenta años.

Lo que tú no sabías es que una turba de sastres, carpinteros, borrachos, señoras y señores de bien y no tan bien y viejas chuchumecas que se santiguan cuando oyen algo sobre Ava Gardner, suspiran por Clark Gable y rezan a la Virgen María, ya habían preparado colchones, orinales, periódicos y vituallas para huir a las laderas del Pichincha con la esperanza de que los marcianos le tengan miedo al soroche, disuadiéndose de perseguirlos hasta semejantes alturas.

Uno de los periodistas del diario que funcionaba en la otra planta apareció de pronto e hizo señales para que salieras de la cabina.

— ¡Los policías se movilizaron y la gente está enloquecida! ¡Avise de una buena vez que esto solo era teatro si no quiere que lo cuelguen!

Una secreta felicidad recorrió tu cuerpo, ¿no? ¡Engañaste a todos, igual que Orson Welles! Y, como él, intentaste salir del aprieto con un comentario divertido en el que advertías que lo anterior no fue otra cosa que una producción para amenizar la fría noche del sábado.

El humor quiteño, en todo caso, no se lo tomó muy bien. Las viejas chuchumecas dejaron los bacinicas y junto a los indignados chóferes de taxis, damas y caballeros de bien y no tan bien se encaminaron hacia el edificio de la radio y el periódico.

— ¡EXPLICACIONES, QUEREMOS EXPLICACIONES!

Los jefes de policía y ejército, indignados porque también los habían burlado, se hicieron de la vista gorda, encerrándose en los cuarteles para que “los artistitas chistositos arreglen por su cuenta sus enredos”.

Lo cierto es que, aterrado, ordenaste que cerraran las puertas de la cabina; los colegas del periódico hicieron lo propio con los demás accesos. Lejos de disuadir a la turba, esto la enardeció y uno de esos locos que nunca desperdician la oportunidad, sugirió cocinarlos vivos.

Al poco, el edificio ardía. El personal intentaba huir por las ventanas, lanzándose a los tejados de las casas vecinas. Uno de los locutores se quemó la mitad del rostro y una secretaria se desmayó por el humo. El papel, la tinta y los demás materiales inflamables hicieron el resto del trabajo que las viejas chuchumecas, las señoras y los señores de bien no se atrevían. Solo una amenaza de bomba en el edificio de correos, contiguo al tuyo, hizo reaccionar a las fuerzas del orden

Para entonces, ya habías saltado hacia un techo vecino, escapando del linchamiento. Las monjas de Santa Catalina te ocultaron esa noche y, al día siguiente, huiste igual que un criminal hacia Ibarra. El chileno, al que le horrorizaban las alturas, tuvo que entregarse.

¡Ocho personas murieron por tu chiste! Pero valió la pena, ¿no? Jejejejeje.

Leonardo Páez, el personaje real que inspiró este relato.
Leonardo Páez, el personaje real que inspiró este relato.

En Venezuela volviste a trabajar en radio, logrando alcanzar la fama y ahora eres un viejo – no verde, como los marcianos –, que se columpia en su mecedora, recordando la juventud gloriosa.

Pero ¿quieres saber algo? Yo no soy una voz en tu cabeza, un efecto de la demencia senil. Soy real, ¡muy real! Soy uno de esos marcianitos de los que hablabas en tu programa de radio, el caso es que no tengo piel fosforescente; más bien tengo cierto parecido con un virus: incubo en las cabezas de afortunados hombres como tú y, poco a poco, los someto a mi voluntad, sin que jamás se percaten de mi existencia. Los curo, los enfermo, los rejuvenezco, los mato, los revivo; hago con ustedes lo que me da la gana y me transmito a otros por la saliva o cualquier tipo de secreción corporal.

El mundo, tu mundo, está lleno de otros como yo. Tu mujer, tus hijos, el presidente de Venezuela, todos son  víctimas silenciosas y falta poco para que la conquista esté completa, entonces no quedará nada…

¿Por qué me revelo ante ti? Quizá porque tengo simpatía por los cuenta cuentos. Por lo demás, aunque intentaras advertir a tus congéneres, nadie te creería porque para ellos no eres más que un viejo gagá. Jijijijiji…

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