La caza grande de Cepeda Samudio

alvaro Cepeda Samudio

Álvaro Cepeda Samudio. Fuente: El Tiempo.

Álvaro Cepeda Samudio (Barranquilla, 1926) fue un Bartleby. Escribió poco o, de plano, prefirió no hacerlo. Sus amigos, incluido García Márquez, le recriminaban la supuesta pereza que lo llevó a publicar apenas tres libros – fuera de varios relatos desperdigados en las páginas de los periódicos –: “Todos estábamos a la espera”, “La casa grande” y “Los cuentos de Juana”, con doce y diez años de distancia entre uno y otro.

Carmen Balcells, la mente maestra tras del Boom, varias veces intentó convertirlo en otro más de esa hojarasca de escritores latinoamericanos que habían conquistado Europa, pero él se excusaba “porque lo que es el amor eterno sigue…”

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Álvaro Cepeda Samudio y García Márquez en el aeropuerto de Barranquilla. Fuente: Ver Bien Magazín.

Cepeda era como pocos. Hombre de lecturas, admirador de los escritores estadounidenses contemporáneos suyos y un convencido de que la literatura colombiana debía tomar un nuevo derrotero de silencios al estilo de Hemingway y de grandes epopeyas al estilo de Faulkner.

Pero el barranquillero no solo era un Bartleby, también era un sobreviviente. Toreaba la necesidad como podía: si era necesario hacer una campaña para las cervecerías de los Santo Domingo, multimillonarios de la costa atlántica, él ideaba un eslogan que decía cerveza “Águila, sin igual y siempre igual” o no dudaba en largarse a los Estados Unidos para estudiar periodismo aunque, dos años después, regresara sin título bajo el brazo.

Parece razonable creer que Cepeda no se convirtió en un narrador de tiempo completo porque la necesidad de ganarse la vida le obligaba a dejar que se desvanezca – paradoja contemporánea –, sin embargo, eso no es más que un error de perspectiva.

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Algunos de los integrantes del Grupo de Barranquilla en El Heraldo. Fuente: El Heraldo.

Él era un adelantado y, como tal, se percató de algo que recién en los últimos veinte o treinta años los latinoamericanos hemos aceptado: el periodismo ES la nueva literatura.

Sí, los García Márquez, los Vargas Llosa y casi todos los autores de éxito desde México hasta la Patagonia han recaído con mayor o menor fortuna en las redes del periodismo, pero, en la mayoría de los casos, lo han hecho como si se tratase de una actividad subsidiaria capaz de permitirles sobrevivir, mientras descifraban el misterio de cómo pasar los días sin morirse de hambre mientras se fabrican ficciones.

En cambio, Cepeda Samudio conoció de primera mano, gracias a su paso por las aulas de los Estados Unidos, el caldo de cultivo del “nuevo periodismo”, ese que ahora está de moda, ese que usa las “técnicas” de la literatura para describir el mundo “real”.

Desde las páginas de Crónica – revista en la que colaboraron además de Cepeda, García Márquez, Alfonso Fuenmayor, entre otros – El Heraldo, El Nacional, Sporting News y Diario del Caribe empezó a instaurar una nueva forma de narrar la realidad a través del humor inteligente, la anécdota y la belleza literaria.

Lea el reportaje de Cepeda Samudio sobre el futbolista brasileño Garrincha: “Yo vivo la vida, la vida no me vive a mí“.

Pero eso no es todo.

Lo esencial del escritor barranquillero es que fue un cazador de experiencias tan audaz que hizo algo que pocos se atreven: vivió su vida como le dio la gana.

Escribió cuando quiso, estudió cuando quiso, se murió cuando quiso. Se fue del planeta sin quedar en deuda con nadie porque comprendió que la literatura no solo se hace escribiendo sobre una cuartilla de papel, se hace sobre todo en la calle, en la vida, tomando decisiones que a muchos les pueden parecer absurdas, pero que a uno lo hacen feliz.

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Portada del libro editado por Alfaguara.

Hace un par de meses, compré la recopilación de todos los textos de ficción de Álvaro Cepeda Samudio a cargo de la editorial Alfaguara. Se trata de un viaje que lleva al lector desde la matanza de trabajadores dentro de una bananera gringa en la costa caribeña de Colombia hasta un bar del sur de los Estados Unidos, para mostrarnos la soledad, la miseria – espiritual más que económica –, así como también la grandeza que se esconde en el alma humana. En todos sus relatos, está el ojo clínico del periodista que usa la historia – reciente y no tanto – para aquilatar el cuento.

En definitiva, al cerrar el libro uno se queda con la sensación de que este escritor, hoy casi olvidado, es uno de los pocos que comprendió lo que Novalis había advertido más de un siglo antes: “al final todo será poesía“.

El Macondo de Gaby (la bobada del 2013)

Gaby sonríe tímidamente después de haber recibido la noticia de que García Márquez tuvo un derrame cerebral cuando escuchó la definición de Macondo improvisada por ella.

Gaby sonríe tímidamente después de haber recibido la noticia de que García Márquez tuvo un derrame cerebral cuando escuchó la definición de Macondo improvisada por ella.

Gaby salió de su casa para ir a la Asamblea, sin embargo al atravesar el umbral pudo ver que la calle pavimentada había desaparecido, siendo reemplazada repentinamente por un viejo empedrado, al tiempo que los modernos edificios daban lugar a viejas casitas blancas con techos anaranjados y patios internos.

“¡Uy, parece que estoy en Ibarra!”, pensó. De todas maneras pronto desechó la idea, al percatarse de la humedad y el calor tropical. “Pero ¿dónde estoy? ¿Será que anoche bebimos mucha guayusa con los camaradas de Arrasa País?”

— ¡No, lady Gaby! – dijo un hombre vestido con extraños ropajes que se había acercado a ella de repente –. Estáis en el Macondo de vuestros sueños, el de la utopía del que hablasteis hace casi un año.

— ¿Qué dice? ¿Está loco? Por su puta madre, ¿quién es usted?

— Oh, lamento informaros que cometisteis dos errores: ni estoy loco ni mi madre era una puta…

— Perdóneme, es que a veces tuiteo usando esas palabras y me olvido que suenan peor de lo que se ven; pero dígame de una vez: ¿quién es usted?

— Soy Tomás Moro, el hombre al que cortaron la cabeza no por oponerse a la reforma religiosa de Enrique VIII, sino por escribir Utopía y enfrentar a los poderes fácticos de la burguesía capitalista como vos tuvisteis la bondad de informar al mundo.

Gaby dudó por unos instantes.

— ¿Cómo llegué a este lugar? Ayer estaba pegándome los tragos en la Asamblea por Navidad y estoy segura de haber regresado a casa… De hecho, creo haber desayunado un encebollado allí…

— La forma cómo llegasteis tiene poca importancia, lo que quiero es que me acompañéis, pues dado que sois una defensora acérrima de la utopía del Macondo en la Mitad del Mundo, creo que tenéis el derecho de ser la primera extranjera en verla de cerca.

Tomás Moro se enfureció cuando le informaron que tenía que escuchar a Gaby; dijo, indignado, que prefería las "putadas de Ana Bolena".

Tomás Moro se enfureció cuando le informaron que tenía que escuchar a Gaby; dijo, indignado, que prefería las “putadas de Ana Bolena”.

Tomás Moro, convertido en un Virgilio del Socialismo del Siglo XXI, tomó de la mano a Gaby y la condujo por las calles del pueblo de los cien años de soledad.

— Os llevaré primero a la casa de los coprófagos.

— ¡Qué lindo! ¿Una banda local de música protesta?

— No, un grupo de ricos que están condenados a comer estiércol.

— ¡“Bienhechito”!

Después de caminar diez minutos a través de una calle ancha, llegaron a una antigua mansión. Sin anunciarse, Tomás Moro abrió la puerta.

— Deben estar cenando – dijo al tiempo que la conducía al comedor.

Apenas entraron el olor a excrementos hizo que Gaby tuviera náuseas.

— Hola, Tomás – exclamó uno de los comensales – ¿quieres un poco de mierda?

El erudito, luego de rechazar el delicioso ofrecimiento, presentó a su acompañante, ordenando que le explicaran las razones que los llevaron a consumir a diario aquellas viandas.

En el Macondo de Gaby nadie se convierte en cerdo por ser incestuoso, pero sí en "hijo de puta" por no ser correísta.

En el Macondo de Gaby nadie se convierte en cerdo por ser incestuoso, pero sí en “hijo de puta” por no ser correísta.

— Verá: antes éramos profesores, intelectualoides de segundo orden que no ganábamos más de quinientos dólares al mes, pero, un día, llegó al poder un jerarca caritativo que nos trata como nos lo merecemos y, de la noche a la mañana, pasamos a ganar tres mil dólares por hacer larguísimos informes con títulos rimbombantes y aplaudir al gobernante inefable aunque hable pendejadas o nos humille como a gusanos. Dado que la premisa básica del Macondo utópico es que los ricos deben comer caca, desde entonces nos vemos obligados a alimentarnos con ella…

Gaby no pudo comprender, naturalmente, y Tomás Moro prefirió sacarla de la casa pestilente, llevándola a la plaza principal donde había una tarima sobre la que un payaso se dedicaba a hacer bromas absurdas. Los espectadores con el rostro lleno de disgusto le gritaban toda clase de improperios, arrojándole al mismo tiempo fruta podrida.

— ¿Por qué me trajiste a ver esto?

— En el Macondo utópico los tiranos no asumen el poder por la fuerza, sino por voto popular, sin embargo deben pasar una prueba después de ganar las elecciones: vestirse con su verdadero traje, es decir, el de payasos.

— No entiendo.

Un político cualquiera - de preferencia joven - robando.

Un político cualquiera – de preferencia joven – robando.

— Es más sencillo de lo que pensáis: todo tirano se pone la máscara de sabiduría, decencia y dignidad, cuando en realidad es ridículo, vanidoso, ignorante y torpe; por lo mismo, el pueblo de Macondo ha instaurado la “ley de andar sin disfraz por un día” para todo aquel que quiere gobernar; durante este periodo la gente tiene derecho a golpearlo, insultarlo, humillarlo, pues esto es lo que él hará después con ellos mientras gobierne, es como un impuesto que tiene que pagar.

Gaby tampoco comprendió, naturalmente.

Tomás Moro le dijo a su acompañante que la llevaría a un último sitio y, de la mano, la condujo hacia una casa enorme donde, según decía el letrero de la entrada, funcionaba el Ministerio de Propaganda. Dentro, bajaron por una escalera casi interminable hasta una habitación helada en la que no había otra cosa aparte de un sofá y una televisión con estéreo.

Esta es la cara que puso Gaby cuando se entero de que tenía que escucharse a sí misma.

Esta es la cara que puso Gaby cuando se entero de que tenía que escucharse a sí misma.

— Tomad asiento, os lo ruego; esta es vuestra última parada.

Gaby hizo lo que le pedían y, en seguida, el erudito puso un DVD y encendió el televisor.

— Hay otra tradición entre la gente de Macondo: los políticos usualmente se aprovechan del desconocimiento del pueblo y hablan sandeces sin el menor pudor, por eso creamos un castigo que consiste en hacer que escuchen cada tontería dicha por ellos una y otra vez por espacio de cinco años, sin pausas y a todo volumen. En realidad nosotros lo vemos como una purificación más que como una tortura, incluso creemos que es el único método para que aprendan a hablar con prudencia.

Gaby enrojeció y, antes de que pudiera responder, Tomás Moro puso en acción el reproductor, marchándose sin decir una sola palabra más.

Al mirar la pantalla, la mujer horrorizada pudo verse a sí misma antes de empezar su discurso el día que asumió la presidencia de la Asamblea; la esperaban cinco años terribles…

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Biografía apócrifa: El puñetazo de Vargas Llosa a García Márquez

Retrato hablado de la escena del alumbramiento, según la vio Germán Valdés, Tin Tan.

A última hora de la tarde del 12 de febrero de 1976, una multitud de personalidades de la cultura y del espectáculo se agolpaba en el Palacio de Bellas Artes de México. Todos habían acudido a ese lugar, guiados por una estrella roja, para presenciar el nacimiento de un nuevo ser.

Tiresias, vidente beodo – o sea de Beocia -, advierte a Gabo sobre el duro parto de Puñetas.

Pero algo indefinible hacía presumir que la vida del neonato sería violenta, agitada; tal vez fuera el canibalismo de la película Supervivientes de los Andes – cuyo guión lo había escrito uno de los padres de la criatura, Mario Vargas Llosa, y que estaba a punto de estrenarse en ese mismo sitio –, el olor a rancio Realismo Mágico que se impregnaba en los muros del Palacio de Bellas Artes o las predicciones de Tiresias, el adivino de Beocia, que había subido de los infiernos para asistir al alumbramiento.

“Los padres sufrirán por su culpa, como Heracles sufrió por amor”, dijo el sabio de Tebas. Sin embargo, todos pensaron que se trataba de un miembro de la cienciología, ignorándolo con desprecio – varios testigos afirmarían, años después, que “si se escuchara siempre a los ancianos locos que suben del infierno, se evitarían las tragedias” –.

Gabo, Varguitas y José Donoso durante la luna de miel de los dos primeros – previa a la gestación de Puñetas – . En la foto también se pueden ver a las esposas de los escritores un poco aburridas de escucharlos hablar de la crítica kantiana a la arepa con huevo.

Poco antes de que la película empezara, uno de los padres, Gabriel García Márquez, “Gabo”, como era conocido en el mundo del hampa – por aquellos años enfrentaba un largo proceso por haber asesinado a Dios[1] – vio a alias “Varguitas” y se puso muy contento porque, según había dicho, necesitaba a su amigo para que le sostuviese la mano durante las labores de parto. Sin embargo, el recibimiento del escritor peruano no fue cortés, mucho menos cariñoso.

“¿Cómo te atreves a hablarme después de lo que le hiciste a Patricia en Barcelona?”, espetó este, refiriéndose justamente al momento en el que el niño fue gestado.

Primera foto de Puñetas junto a su sufrido padre.

El colombiano comprendió entonces que la criatura estaba a punto de nacer y se lo hizo saber al resto de la concurrencia pronunciando un teatral “¡ay!”, al tiempo que se desplomaba sobre el suelo alfombrado.

Los asistentes, que estaban seguros desde hacía meses de que el niño nacería por aquellas fechas, no sospecharon, sin embargo, que el alumbramiento sería tan difícil. De hecho, fue necesario que varios médicos sacaran al pobre Gabo en hombros, cual torero de las Ventas, para llevarlo a una casa asistencial.

El niño era enfermizo y de color morado – con el pasar de los días, mudó a negro y luego a amarillo, por lo que los médicos le diagnosticaron ictericia – y, desgraciadamente, no tuvo la cualidad de unificar a la familia como es el caso de otros bebés, sino que más bien los separó para siempre.

Por lo demás, la vida del pequeño fue breve y es muy poco lo que se sabe de ella. Haber nacido en el seno de una familia disfuncional en la que uno de los progenitores defendía los democráticos talentos del humanista y nada ambicioso Fidel Castro, y el otro, la sensibilidad de Adam Smith, hizo que el pequeño se convirtiera en un rebelde sin causa, enemigo acérrimo de las artes y los trabajos intelectuales.

Última foto de Puñetas junto a Gabo. Aquí se los ve a ambos sorprendidos por los extraños libros que pueden salir de la cabeza de un premio Nobel.

Durante las semanas subsiguientes al parto, Puñetas – nombre con el que fue bautizado la criatura – fue visto en Las Vegas, Montecarlo y Acapulco; siempre en estado etílico, libando en la vía pública o participando de combates pugilísticos ilegales.

“Nunca quiso aceptar nuestra ayuda – escribió José Donoso en una carta dirigida a su cónyuge –, es como si pretendiera ser un obsceno pájaro de la noche”.

Sara Montiel desaprobaba la conducta del joven Puñetas. Mientras le tomaban esta foto, comentó: “¡joder, niño!”

“¡Que le chinguen por pendejo!”, le dijo Renato Leduc a Carlos Fuentes, después de que este les comentara, a él y a Sara Montiel, la paupérrima situación en la que vivía el joven Puñetas en París.

Finalmente, todos se olvidaron del inadaptado, igual que del “Boom”, hasta que las autoridades lo encontraron muerto – a Puñetas, no al “Boom” – por intoxicación con alcohol metílico en un mugroso callejón de la ciudad de Macondo, justo detrás del McDonald’s que habían inaugurado un par de días atrás para celebrar el estreno de la película El barrendero de Cantinflas.

El año pasado, Alfaguara anunció que publicaría una biografía completa de Puñetas, escrita por Carmen Ballcels y llena de detalles truculentos, entre lo que destacan: asesinatos, estrellas de Hollywood en decadencia, mafiosos con nombres sutiles como Polenta e incestos que terminan con sus protagonistas convertidos en cerdos, ajiacos y ceviches peruanos.


[1] La crónica de este crimen nefando puede ser leída en Historia de un deicidio, escrita por el otro padre de la criatura, Vargas Llosa.