Mafarka, el antifuturista

Artículo publicado originalmente en Teoría Ómicron en abril de 2018. Puede leerla en la sección “Héroes Ómicron“.

Portada de “Mafarka el futurista”

Lejos quedan aquellos años del Renacimiento cuando un futuro mejor parecía posible. Hoy, gran cantidad de escritores (divulgadores de ciencia o novelistas) se rehúsan a creer en un mundo idílico en el que la humanidad haya alcanzado un altísimo grado de evolución espiritual, capaz de alejarla de guerras, hambrunas y ambiciones estúpidas.

Tiene sentido: el planeta se cae a pedazos. El animal más inteligente de la Creación deja, a cada paso, evidencias nuevas de su torpeza.

Cuando Orwell, Bradbury o Huxley imaginaron sus planetas distópicos, el mundo había atravesado al menos una guerra mundial, presenciaba el ascenso de los totalitarismos (de izquierda y derecha) y estaba a punto de conocer la devastación que puede provocar un simple átomo al partir su núcleo en dos. Pese a eso, los humanos de entonces no tenían la consciencia plena de su propia pequeñez y hasta finales del siglo diecinueve, antes de la Teoría de la Relatividad y de la Física Cuántica, existía la convicción de que “todo” estaba descubierto.

Con los hongos de Hiroshima y Nagasaki, el optimismo se esfumó y los escritores, derrotados, empezaron a cuestionarse su lugar en la Tierra. Las historias de horrores futuristas empezaron a reproducirse en diversos lugares del orbe, mientras las inquietudes y los miedos eran el alimento de cada mañana.

Sin embargo, antes, a principios del siglo veinte, el germen del fascismo había aparecido en Europa y muchos escritores rompían filas en su defensa o en la del bolchevismo, un antagonista que, a la larga, no era más que otro lobo con disfraz de oveja.

En Italia, D’Annunzio era el principal abanderado del nacionalismo en las letras, pero no el único: un agitador cultural nacido en Alejandría, Filippo Tommaso Marinetti, empezaba a despotricar, donde se le diera la gana, contra todo y contra todos.

Era un personaje extraño, con gesto arrogante, mirada fogosa y bigotes cuyas puntas, desafiantes, se elevaban hacia al cielo como flechas en contra de los dioses.

A diario, este africano con sangre italiana gritaba que el futuro no pertenecería a esas democracias débiles como lo de Woodrow Wilson, sino a imperios que, a la usanza de la Roma de César, impondrían el “progreso” a punta de lanza.

Marinetti era un apóstol de la ciencia y, sobre todo, de la tecnología, pero su visión del futuro, su futurismo, era violenta y terrible.

Escuche el “Sanjuanito futurista”, pieza compuesta por el ecuatoriano Luis Humberto Salgado, inspirándose en el estilo musical propuesto por el movimiento futurista.

Sostenía que un automóvil es mucho más bello que la Victoria de Samotracia, resumiendo con ello su admiración por un futuro despiadado donde el conductor se fundirá con la máquina para arrollar a esos necios transeúntes empeñados en quedarse en el pasado.

Marinetti y sus seguidores entienden que el futuro es velocidad y que solo hay dos alternativas: correr a su encuentro o extinguirse.

Con esas ideas, en 1910, Marinetti publicó en FranciaMafarka, el futurista”, libro que, en palabras de sus editores, es una novela de amor intenso, pero que centra su trama, en realidad, en la vida de un héroe africano, epítome del hombre futurista, quien debe enfrentar al usurpador de su trono y que, luego de derrotarlo, opta por retirarse del mundo encaramado en un robot gigantesco que fabricó para alcanzar el cielo.

La construcción de esta máquina solo se dará después de años de purificación en los que el héroe prueba toda clase de placeres carnales: sexo (en casi cualquier variedad posible), poder, riqueza, etcétera.

Orgías y asesinatos llenan las páginas de “Mafarka” y por eso, el mismo año de su publicación, se inicia un proceso en su contra en la Tercera Sección del Tribunal de Milán. Se acusaba al libro y, desde luego a su autor, de “pornográfico, ofensivo e innecesario”.

Marinetti, lejos de sentirse deprimido, consideró que este juicio era la primera batalla que le planteaban los defensores del mundo caduco a los futuristas.

Enseguida, la prensa liberal se llenó de artículos, poniendo de moda la frase “libertad de expresión”, mientras los conservadores hablaban de decadencia y vulgaridad:

― ¿Cómo se puede defender un libro cuyo primer capítulo se titula ‘El estupro de las negras’?” – decían y luego se engolosinaban enumerando todas las proezas sexuales de Mafarka.

Escritores de la talla de Luigi Capuana hablaron en defensa de la novela. Decían que las intenciones de Marinetti fueron malinterpretadas y que su Mafarka, en efecto, era explícito y fuerte, pero su finalidad no era la de hacer una apología de la violencia, sino que, a manera de una “nux vomica”, buscaba sacar de la modorra a espíritus habituados a la mediocridad y el conformismo.

Marinetti y su mujer, la pintora Benedetta Cappa, posando para una típica foto familiar… Fuente: Zeroconfini.

El autor de la novela sonreía en silencio: ni sus defensores lograban comprenderlo.

Cuando le llegó el turno de hablar, Marinetti se puso de pie y miró con ojos de suficiencia al fiscal y al juez.

Lo que yo quiero es darle una descarga de electricidad a Italia para devolverle la vida; sí, quiero sacarla de la modorra, pero no con viejos valores, sino llevándola a un nueva era. ¿Por qué hay violencia? Porque así será el nuevo mundo: ¡veloz! Y la velocidad es agresiva, despiadada… El que lo entienda vivirá y el que no está destinado a la desaparición.

Llegó la absolución para Mafarka y muchos la vieron como un triunfo de la libertad de expresión, pero Marinetti estaba lejos de ser uno de sus apóstoles. Con el ascenso de Mussolini al poder, él se transformó en su poeta oficial y uno de los más despiadados enemigos de cualquier intelectual que se atreviese a cuestionarlo.

Paradojas más, paradojas menos, la carrera de Marinetti terminó junto con la de “il Duce”. Cuando la Italia y su sucesora fascista, Saló, boqueaban, el padre de Mafarka murió de un ataque al corazón.

Había sido voluntario en el Frente Oriental por unos meses y en Abisinia cuando los italianos intentaron restaurar el Imperio Romano a costa de los etíopes. Había saboreado el éxito al convertir al Futurismo en el arte oficial de Italia y también el fracaso por publicar artículos de judíos en su revista. En cualquier caso, el tiempo quiso que solo perduraran sus estigmas y, en este siglo, pocos recuerdan a Marinetti.

Mafarka, no obstante, sobrevivió incluso a su creador. Hoy, con el mundo hecho añicos, este príncipe africano nos mira, desafiante e irónico, desde los cielos y dentro de su robot gigante, recordándonos que tal vez el futuro de Marinetti no es el soñado, pero sí el más probable…

Los enemigos del canon

Curzio Malaparte imitando a Humphrey Bogart en

Curzio Malaparte imitando a Humphrey Bogart en “Casablanca”.

Del matrimonio entre artistas y dictadores rara vez se ha obtenido algo bueno. Acaso esto se debe a que el arte es cuestionador, enemigo de una versión unívoca de la verdad o de los cánones éticos dictados por dudosos mesías.

En cualquier caso, los políticos son expertos en diezmar las filas de los artistas, atrayéndolos a las suyas, quizá con la esperanza de mejorar su discurso o mostrar una imagen superior y pulcra de los sistemas que defienden.

El 2 de enero de 1925, Curzio Malaparte – seudónimo de Kurt Erich Suckert – encabezaba una comitiva de fascistas radicales que visitó a Mussolini para instarle a desafiar al Parlamento que pretendía derrocarlo, por estar involucrado en el asesinato del diputado socialista Matteoti. El escritor quiso alcanzar con dicha acción un puesto influyente en la política italiana y apostó por el triunfo final de un Duce, quien aparentemente estaba condenado a la cárcel o al suicidio. La apuesta fue acertada pero el premio para Malaparte jamás llegó.

El fascismo italiano de los años treinta y cuarenta era diestro en provocar tanto amor como aversión entre los intelectuales, trasladando la pugna de las calles a periódicos, revistas y galerías. El fascismo fusionado con el futurismo del escritor Filippo Tomasso di Marinetti confrontaba a cualquiera que se opusiese a la idea de una nación poderosa y belicista.

Filippo Tomasso di Marinetti escribía porno gore, si no me cree lea

“, novela llena de sexo, guerra y robots. Algo así como una novela de Asimov protagonizada por Sasha Grey.

Mussolini era un genio de la propaganda. Había aprendido durante su período socialista la importancia de la información y de la desinformación. Por lo tanto, controlar a periodistas y escritores fue una de las primeras estrategias que aplicó. Los atrajo a su círculo, hizo que escribieran en su periódicoIl Popolo d’Italia”, financió revistas o simplemente los intimidó, logrando una maquinaria de propaganda oficial gigantesca y contra la que pocos audaces, como Gramsci, se atrevían a apuntar sus lanzas.

Lo cierto es que la mayoría de los intelectuales que formaron parte del círculo fascista, terminaron abandonándolo cuando el curso de la Segunda Guerra Mundial enfilaba hacia la derrota del Eje. Algunos se pasaron a la orilla comunista, convirtiéndose en implacables enemigos del partido al que habían apoyado – el propio Malaparte – y pocos – Marinetti, por ejemplo – se mantuvieron fieles hasta el final.

Los logros artísticos son más bien escuetos cuando se produce este matrimonio entre arte y política, básicamente porque al poder le interesa poco la fuerza creadora de aquel – el Renacimiento acaso es una de las excepciones que confirma la regla – y hasta lo teme, puesto que sabe que en su interior anida el germen de la crítica y la desobediencia a la sinrazón.

El propio Malaparte nos narra en su “Kaputt” que los nazis acantonados en Varsovia destruían los antiguos frescos de los palacios de la aristocracia polaca para reemplazarlos con las monstruosas pinturas que el régimen de Hitler propugnaba como el “verdadero arte”.

El problema no es que los artistas quieran hacer política, ni siquiera que los políticos pretendan hacer arte, pero sí que este se convierta en un mero instrumento de aquellos y que los artistas se entreguen al mejor postor, olvidando que su misión no es sentarse en un solio sino cuestionarlo, derribarlo si es necesario, evitando convertirse en marionetas o lo que es peor: en bastardos del canon.

(Lea este texto también en la web La Casa Ártica.)

 

Curzio Malaparte, su “Kaputt” y “La piel”.

El incongruente Ramón Gómez de la Serna

 

Ramón Gómez de la Serna explica cómo ser un orador.

Sobre mi escritorio reposan tres libros escritos por Ramón Gómez de la Serna: una novela titulada “El incongruente” y dos ensayos, “Ismos” y “Pombo. Biografía del célebre café y de otros cafés famosos”.

Sobre este escritor es tanto lo que se ha dicho, pero muy poco lo que se recuerda. Ramón, como le gustaba que lo llamaran, fue un agitador cultural, un escritor de cepa y un prócer de las vanguardias del siglo veinte.

No le hizo malas caras a ningún género y salió avante en todos: ensayo, novela, cuentopoesía, oratoria – incluso se dio el lujo de crear uno nuevo, la greguería, que es un híbrido entre el humor y la metáfora.

"¡Te noto muy fría, muñeca!"

“¡Te noto muy fría, muñeca!”

Gómez de la Serna nació en Madrid en 1888, aunque fue un hombre universal y adelantado a su época. Pronto se dio cuenta de que el siglo veinte llegaba con avidez de transformaciones culturales y políticas, que estaría lleno de sobresaltos y que era importante que los artistas estuviesen listos para no ahogarse en la marejada del futuro. Comprendió con rapidez que el humor era lo último que le quedaba al género humano y que era la única respuesta lógica para una generación de políticos que no dudaron en arrastrar a millones de personas a morir en las trincheras, satisfaciendo así sus ambiciones mezquinas.

Sabía que la risa era la verdadera revolución, mientras que el comunismo y el fascismo solo eran tragicomedias totalitarias que la historia se encargaría de ridiculizar, pero contra las que el intelectual, el hombre sensibilizado por el arte, debía lanzar guantes blancos de burla y menosprecio.

Precisamente, la novela “El incongruente” nos muestra a un personaje que es el prototipo de un hombre del siglo veinte: incapaz de tomar una decisión definitiva, cayendo siempre en la falta de concordancia entre palabras y acciones. Es un tipo que no quiere comprometerse con nada y al que la falta de precisión, en la que no vive por convencimiento sino porque fue su destino – acaso si hubiese nacido en otro tiempo habría sido diferente –, le impide incluso alcanzar la satisfacción de sus anhelos y sus pulsiones.

Ama a muchas mujeres, incluso una de cera – ¡como el propio Gómez de la Serna! –, pero con ninguna llega a nada más que a un breve enamoramiento que pronto decae en tedio y olvido; viaja en su moto sin saber cuál es el freno; se moja con tormentas que le atacan en medio de días soleados y se tuesta durante los aguaceros. La fortuna lo empuja a caminar como un equilibrista sobre la soga del éxito y el fracaso, sin caer jamás en uno u otro. Es tan insípido como sabroso.

En resumen, se trata de un personaje que bien podría haberlo dado a luz Kafka, pero varios años antes de este.

A Ramón también lo apresaron por ser una bestia salvaje y un sicario de tinta.

A Ramón también lo apresaron por ser una bestia salvaje y un sicario de tinta.

Ismos”, por otro lado, es un ensayo que desnuda a las vanguardias. Es un lúcido estudio sobre los movimientos artísticos que estaban a punto de cambiar al mundo más de lo que los Stalin, los Mussolini y toda esa caterva de criminales tan letales como ridículos, lograrían jamás.

En efecto, en su ensayo “El puño invisible”, Carlos Granés concuerda en que los intentos descabellados de colectivización y cambio político fueron tan efímeros – en el caso del nazismo no superó los veinte años y en el comunismo los ochenta –, mientras que las transformaciones que empezaron en el Cabaret Voltaire aún hoy subsisten – con modificaciones – y han terminado por cambiar no solo el arte, sino a la civilización en general.

Ismos” describe al Futurismo y a Marinetti, al Dadaísmo y a Tristan Tzara… En ninguno de los casos cae en el tedio; al contrario, su entusiasmo nos contagia y su prosa elegante es un aliciente adicional.

Por último, en el “Pombo. Biografía del célebre café y de otros cafés famosos”, Ramón hace acopio de todo su humor e ingenio para narrarnos cómo era asistir a una de sus tertulias en aquel café madrileño del que solo subsiste una mesa – el escritor se hizo famoso por sus monólogos y por los banquetes que organizaba en honor de personajes reales o inverosímiles.

Nos narra la respuesta de Unamuno a su invitación para el ágape organizado en honor de Nadie, entablándose entre este par de gigantes un combate de ingenio y sutiliza. O cómo, por otro lado, Ortega y Gasset acudió con entusiasmo a la “Sagrada Cripta del Pombo”, transformándose en uno de los miembros honorarios de esta orden de artistas burlones.

Jorge Luis Borges también estuvo en aquellos convites, pero jamás logró encajar. Ambos escritores se respetaban, aunque contemplándose a distancia con un poco de ironía y desgano. La explicación acaso la dio el argentino al definir a las dos clases de escritores que, según él, existen: el primero es un asceta, un intelectual dedicado al estudio y a la lectura como una religión; el segundo es el carnal, el que vive con pasión y sus triunfos y fracasos son el alimento de sus escritos. Gómez de la Serna estaba en el segundo tipo y Borges en el primero.

En cualquier caso, ambos se volvieron a cruzar varias veces cuando Ramón tuvo que abandonar Madrid por la Guerra Civil, mudándose a Buenos Aires. El Pombo había quedado atrás, pero tanto el español como el argentino movieron a sus amigos comunes para publicar textos de uno y otro en revistas de ambos lados del Atlántico.

Pintura de Solana que nos muestra a Ramón y a sus contertulios en el Café Pombo (todos bebían agua).

Pintura de Solana que nos muestra a Ramón y a sus contertulios en el Café Pombo (todos bebían agua).

¿Vale la pena leer a este prócer de las vanguardias en el siglo veintiuno? La respuesta es sí. Jóvenes artistas aparecen cada día y nos invaden con libros plagados de experimentación, convencidos de que ser innovadores, pero desconociendo que nada nuevo hay bajo el sol y que, antes, hombres como Ramón Gómez de la Serna ya habían intentado lo mismo y con mucha mayor fortuna.

Es importante tener a mano el bagaje cultural, sin decir con esto que se debe perder el estilo propio. Por el contrario, el pasado sirve para enriquecerse, para mejorar.

Ramón fue un erudito, podía escribir sobre Moratín con la misma suficiencia que sobre Marinetti o la luna, convirtiéndose en una pastilla de Alka – Seltzer al caer en el mar. Era capaz de innovar sin atrancarse en el tonto desprecio para con sus ancestros: mataba al padre para luego revivirlo a punta de carcajadas

Gómez de la Serna fue un genio incongruente, un personaje de una sus novelas, un prestidigitador que usaba la máscara de la superficialidad para regalarnos ese truco de espejos llamado literatura.

¡BANG!

Dentro, se pone los guantes – aunque está seguro de lo ridícula que es aquella precaución – y carga dos balas en el arma: la primera para disparar al pecho de su padre y la segunda para rematarlo con un tiro en la cabeza asegurándose de que el asesinato sea impecable.

En la foto: los próceres del 10 de agosto de 1809 convertidos en estatuas de sal gracias al pecado nefando del manoseo político.

En la foto: los próceres del 10 de agosto de 1809 convertidos en estatuas de sal gracias al pecado nefando del manoseo político.

Hoy es 10 de agosto; mientras en televisión y radio se suceden una infinidad de programas especiales, cadenas del gobierno y discursos patrioteros en honor al himno, a la bandera o a los próceres – quienes para el 99% de los ecuatorianos no son más que anónimas estatuas de cera en el museo del Pasaje Espejo –, Edipo se encuentra sentado a la mesa del comedor de su casa ultimando los detalles del asesinato que cometerá en unas horas.

La víctima es su padre y este texto es solo un registro de los eventos; no pretendemos con él justificar al parricida ni aportar detalles lamentables acerca de su niñez para que los lectores del futuro se compadezcan y lo perdonen por sus acciones. Por lo demás, nadie, ni su padre ni su madre, lo maltrataron cuando era niño, de hecho tuvo una infancia feliz y según las inefables pruebas psicológicas es un ser humano perfectamente normal. El delito que está a punto de cometer es un experimento y nada más.

Edipo no cree en los crímenes impecables, pero tiene la certeza de que este lo será. No quedarán rastros, pues el proceso está tan perfectamente hilvanado que arma, criminal y cuerpo del delito desaparecerán antes de que la balanza de la diosa Justicia se incline hacia uno u otro lado.

La mañana de ese día, el futuro criminal se levantó antes de que el sol despuntara, hizo su rutina de calistenia y después de desayunar se puso a repasar por última vez los detalles del asesinato – los tenía escritos en su diario desde el año 2011. Al leer las dos primeras frases comprendió que era inútil seguir: las conocía al revés y al derecho.

Edipo había tomado la precaución de trasladarse desde su casa – que naturalmente se encuentra muy lejos de aquella ciudad de Quito – durante la noche para evitar que alguien pudiera retrasarlo.

Con la certeza de que dominaba la materia, se echó en la cama de aquella mugrienta habitación alquilada en la pensión de una mujer que respondía al nombre de Mercedes.

A las cuatro en punto, se pone en pie encaminándose en seguida hacia la casa de su padre ubicada en la calle Chile. Lleva en su mano derecha un portafolio en cuyo interior había guardo los guantes, el revólver – paradójicamente, un viejo obsequio de la víctima – y un largo texto lleno de fórmulas matemáticas y diagramas.

Edipo le dijo a la esfinge que estaba pensando en participar en "¿Quién quiere ser millonario?" o, por lo menos, en un "talk-show" para sacarle un provecho adicional a la historia de su incesto.

Edipo le dijo a la esfinge que estaba pensando en participar en “¿Quién quiere ser millonario?” o, por lo menos, en un “talk-show” para sacarle un provecho adicional a la historia de su incesto.

Edipo conoce perfectamente las horas de salida y entrada de los diversos habitantes de la casa, así como también los puntos de acceso seguros. Por lo que, refugiado en una sastrería, espera a que su madre salga de la casa con la criada para ir al mercado; luego, con paso lento pero firme, se dirige hacia la parte posterior del edificio, donde una ventana de la bodega tiene la aldaba tan oxidada que con un ligero empujón cede para permitir que entre cualquier intruso con tranquilidad.

Dentro, se pone los guantes – aunque está seguro de lo ridícula que es aquella precaución – y carga dos balas en el arma: la primera para disparar al pecho de su padre y la segunda para rematarlo con un tiro en la cabeza asegurándose de que el asesinato sea impecable.

Cruza el patio interno evitando hacer ruido y luego sube al segundo piso, donde se ubica el cuarto de estudio de su progenitor. A esa hora él, absorto en sus fórmulas matemáticas, será incapaz de defenderse.

En efecto, Edipo abre de par en par la puerta y solo la ráfaga de viento que entra en la habitación hace que el ocupante reaccione. Este, sin embargo, no es un anciano, más bien aparenta tener la misma edad o quizá menos que el futuro asesino, quien le espeta con frialdad:

— ¡He venido a matarte!

El hombre lo contempla en silencio por unos segundos.

— ¿Se puede saber quién es usted?

— ¡Por supuesto! – extrae del maletín el fajo de hojas con fórmulas, tirándolas al escritorio –. ¡Lee, allí está explicado!

El aludido coge el texto y lo revisa, mientras Edipo no para de apuntarle con el revólver.

Cuando finalmente hubo terminado la lectura, el padre comenta:

— ¡Esto no es más que una sandez! ¡Exijo pruebas! Si me las da, permitiré que me mate sin oponer resistencia.

— ¿Más? Las tienes en esos documentos.

— Esto no es otra cosa que una serie de fórmulas matemáticas y desvaríos de un desatinado; no hay evidencias materiales…

— Eres un matemático, debería ser suficiente.

— Pues no, como santo Tomás, necesito hundir mi dedo en las llagas.

— ¡Te casaste con mi madre hace dos días!

— Cualquiera puede haber revelado esa información.

— Naciste en Otavalo, pero, por error consta Ibarra en el acta.

— No es un secreto ese detalle…

— Tu madre te concibió antes del matrimonio y tu abuelo hizo que ella y tu padre se marcharan en secreto a Baños para casarse antes de que nacieras.

La víctima coloca su mano disimuladamente sobre la manija de uno de los cajones del escritorio.

— ¡Es inútil! – dice Edipo –; la pistola la robó anoche una de las criadas para entregarla a su amante, un ladrón que será capturado borracho en una cantina de mala muerte el próximo domingo a las doce del día.

El hombre abre el cajón con la mano temblorosa y, en efecto, el arma no está.

— ¡Esto no es una prueba! Alguno de sus cómplices pudo tomarla…

— Es precisamente tu incredulidad una de las razones por las que decidí matarte; quizá si ambos nos hundimos en este misterio científico lograremos llegar a algún tipo de acuerdo.

— ¡Hombre de Dios, está loco!

— No, no lo estoy; yo soy tu hijo y he venido del futuro para matarte; ¡créelo!

El padre de Edipo, completamente confundido, se toma la cabeza con las manos.

— ¿Qué crees que pasará, papá, si te mato antes de que me hayas concebido? Resolver esa paradoja física ha sido mi anhelo desde que tú mismo me la rebelaste hace quince años o, mejor dicho: me la revelarás dentro de diecisiete.

— Admitamos que es cierto lo que dice: si me asesina antes de que lo engendre, ¿cómo me matará después?

— ¿Será posible que surja un universo alterno? ¿Varios?

— ¡O quizá se produzca una singularidad y todo se acabe de una vez y para siempre!

— Nunca has sido melodramático, papá, no empieces ahora.

Quisiera decir que mi pluma lo mató, pero no fue así...

Quisiera decir que mi pluma lo mató, pero no fue así…

— Bueno, el resultado solo podremos averiguarlo de una forma…

— ¡Ahora sí hablas como el hombre al que admiro! Sabía que anhelabas una respuesta tanto como yo.

— ¡No más elogios! ¡Hazlo de una vez, jovencito!

— ¿Jovencito? ¡Qué curioso, así me has llamado siempre! – Edipo vuelve a levantar el revólver –. ¿Y si todo se destruye como dijiste?

— Ahora tú eres el melodramático; en todo caso, es el precio que hay que pagar por el conocimiento; Adán y Eva lo hicieron antes.

— Tal vez el disparo sea el fin…

— Sí, probablemente… – el padre de Edipo cierra los ojos y aunque nunca fue un buen cristiano, improvisa una breve oración.

— ¡Adiós!

¡BANG!

Es el último ruido, luego no queda nada más que el silencio.

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Sasha Grey y las cincuenta sombras de Marinetti

Este libro no tiene nada que ver con el Diario de Greg, aunque son bastante parecidos...

Este libro no tiene nada que ver con el Diario de Greg, aunque son bastante parecidos…

Parecían una pareja de recién casados – ninguno de los dos superaba los treinta años –; ambos se acercaron tímidamente y, tomando valor, pidieron el libro Cincuenta sombras de Grey. No pude evitar que una sonrisa burlona se dibujara en mi rostro, al fin y al cabo ese libro es tan común que era absurdo su tono confidencial y asustadizo. Me aclararon que solo querían revisarlo, que necesitaban “averiguar algo”… Volví a sonreír y con perversidad exclamé elevando el tono al máximo:

— ¿QUIEREN REVISAR LAS CINCUENTA SOMBRAS DE GREY?

Sasha Grey te dice que debes recomendar esta página para verte sexy.

Sasha Grey te dice que debes recomendar esta página para verte sexy.

Seis o siete personas que escudriñaban entre los estantes posaron sus ojos sobre la pareja y tuve la impresión de que ambos empequeñecían hasta convertirse en liliputiencies, experimentando un placer casi tan culposo como el que ellos sentían con aquellas sombras.

La pareja – habían soltado sus manos al mismo tiempo que adquirían el color granate – se sentó en el sofá, al fondo de la librería, y, ocultos los rostros tras del libro, se pusieron a revisarlo. A los diez minutos el temor y la vergüenza habían dejado lugar a las risitas picaronas y a las miradas cargadas de morbo.

Con la intención de revisar lo que hacían, me acerqué disimuladamente.

— Mi amor – dijo ella –, ¡estas son las cochinadas que lee tu mamá!

En efecto, el fenómeno de las novelas eróticas alcanza a todo público, desde los adolescentes hasta los viejos y desde los hombres hasta las mujeres. Ahora el planeta entero sufre de una ridícula avidez por novelas adobadas con sexo; todos leen sobre el tema y todos quieren escribir acerca de él. Sasha Grey, conocida por sus escenas de “porno experimental” – o sea raro –, sacó hace meses un libro de esa temática con un arranque potente como el de un Ferrari y un final espeluznantemente lento y soso como el de una tortuga con reumatismo. La blonda esposa de Jaime Bayly también nos ha legado otras cincuenta sombras y hasta Almudena Grandes se ha metido en honduras de ese estilo…

Hasta los bigotes de Marinetti se entusiasmaron con Sasha Grey (así que recomienda esta página si quieres verte sexy).

Hasta los bigotes de Marinetti se entusiasmaron con Sasha Grey (así que recomienda esta página si quieres verte sexy).

Hay para todos los gustos: sexo con humanos, vampiros, hombres lobo, franquistas, nazis, comunistas, empresarios y profesores de cine; con azotes o sin ellos; con uno, dos, tres o 10¹⁴ compañeros sexuales; en variedades oral, anal y normal; con 69 o sin él, etcétera, etcétera.

De todas maneras, estos amantes del “porno light” no han oído hablar de los poemas cargados de erotismo de Ovidio y de Shakespeare o del libro Cantar de los cantares, donde Salomón exalta la belleza de los pechos de una morena anónima. Menos aún de Masoch – el escritor que dio origen a la palabra “masoquismo” – o de Marinetti, quien defendía una sexualidad fría, violenta y brutal.

Precisamente este escritor italiano, creador del futurismo, una de las primeras corrientes de vanguardia, fue víctima de una persecución legal y del rechazo de la “gente educada” por sus teorías acerca del arte y de la vida en general.

Su novela Mafarka el futurista era en sí misma la aplicación literaria de su Manifiesto, el mismo que pretendía romper con los cánones de belleza que había impuesto el modernismo, buscando una sociedad acelerada, fuerte como una máquina y dispuesta al progreso violento.

Mafarka, el héroe de la novela, es un personaje que nos recuerda a esos paladines clásicos que tienen que atravesar una serie de pruebas antes de ascender a la esfera de las divinidades. En cualquier caso, es una de las cualidades anatómicas de este personaje la que le ocasionó líos a Marinetti, pues el pene de diez metros que nos saca en cara el propio héroe al principio de la novela no podía dejar indiferente a la católica Italia de principios del siglo veinte.

La versión mutilada de "Mafarka el futurista". La editorial italiana tuvo que circuncidar al personaje para que cupiese en el libro.

La versión mutilada de “Mafarka el futurista”. La editorial italiana tuvo que circuncidar al personaje para que cupiese en el libro.

De todas formas, el falo de Mafarka no convierte a esta novela en un texto parecido a los que actualmente se entiende como literatura erótica, no lo hacen tampoco las escenas de orgías entre esclavas africanas y soldados, ni el menage à trois que desesperadamente quieren ejecutar dos mujeres con Mafarka. Escribir algo erótico, de seguro, no es lo que pretendía Marinetti; en esencia, él era un agitador y sus intenciones reales eran provocar prurito, irritación en el seno de la clase conservadora, a manera de una nux – vómica que, después del caos, permita surgir a una vanguardia fresca.

El juicio por inmoralidad lo perdió el futurista en segunda y tercera instancia y su obra tuvo que circular mutilada por Italia, sin embargo, Ramón Gómez de la Serna la llevó a España y América Latina, aniquilando el intento de censura, que solo consiguió lo que en última término pretendía el autor italiano: ubicarse en la palestra pública.

Él jamás pudo adquirir la fama de sus coterráneos Pirandello, Calvino, Malaparte, D’Anunzio o Passolini, tanto porque su obra en sí misma no es genial como porque el autor fue un defensor a ultranza del fascismo y de Mussolini, mas, su personalidad controversial y su talento como agitador cultural lo convirtieron en una de las puntas de lanza de la vanguardia que batió los gustos almibarados que imperaban en el arte europeo.

Hoy me rehúso a escribir sobre sexo – básicamente porque lo adecuado no es escribir, sino practicar – y prefiero quedarme con la imagen del autómata que fabrica Mafarka en los últimos capítulos de la novela de Marinetti: el héroe finalmente rechaza los placeres de la carne, incluido el sexo y el poder, para transferir su alma, a través de un beso a un robot gigantesco que se eleva por los aires indiferente a la pasión como un automóvil o un tanque.

Quizá Marinetti hubiera pensado que sería más divertido perder el alma que leer las Cincuenta sombras de Grey

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