El Telefunken de mi padre

Logo de Telefunken

Cuando en 1903 se creó la compañía alemana Telefunken, Georg Graf von Arco y Adolf Slaby, cabezas de las empresas cuya fusión la dio a luz, no se imaginaron que las torres gigantescas que edificaron en Estados Unidos y Europa retransmitirían las derrotas de Alemania en la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

Empero, Telefunken no solo producía radios, sino también micrófonos y equipos de telecomunicación de uso militar. La marca llegó a ser tan confiable que, en los sesenta, los Beatles grabaron sus canciones usando el amplificador modelo V – 72S que había en la consola de los “Abbey Road Studios”.

Antes, entre 1942 y 1944, lejos de la londinense área de Westminster donde funcionaban dichos estudios, en la ciudad de Quito, Ecuador, un muchacho de nueve años se apresuraba a llenar sus cuadernos escolares.

Como si la vida se le fuera en ello, apuñalaba la hoja con el lápiz y de la herida brotaban letras y números como sangre. El niño, Pepe, hacía sus tareas deprisa, esperando terminarlas antes del boletín que emitiría la BBC a las siete de la tarde.

Su tío abuelo le dijo la noche anterior que le confiscaría las revistas de la Embajada de los Estados Unidos a las que lo suscribió para que estuviese al tanto de los avances de las tropas aliadas en el norte de África y en las islas del Océano Pacífico, si no era capaz de mejorar su desempeño en la escuela.

Audio original de la primera transmisión regular de entretenimiento en radio. Argentina, año 1920. Los responsables fueron “los locos de la azotea“, averigüe quiénes eran.

Tampoco podría encender el viejo y gigantesco Telefunken que, paradoja de la guerra, arribó al sur de América proveniente de Alemania solo para transmitir la voz de un locutor inglés, quien mal disimulaba la alegría tras cada derrota alemana.

El muchacho era un experto en maniobras envolventes, tanques y batallas aéreas. Sin embargo, en la escuela, cuando su maestro le pedía resolver ejercicios de aritmética o le sometían a una lección sobre el pretérito perfecto del subjuntivo, su silencio era infranqueable.

Hijo único, había convertido a las escobas en ametralladoras y al patio de la casa antigua donde vivía en un descampado de Francia. Con una pistola de madera acometía las misiones más peligrosas, cambiando su cariñoso “Pepe” (Pater Putativus) por el implacable “Patton”.

Primera parte de una serie de audios que contienen los boletines de radio durante la Segunda Guerra Mundial (en el listado se puede encontrar el resto de la serie). Compilación de la KCRW de Santa Mónica, California.

En el Telefunken, la voz del locutor truena narrando victorias y derrotas aliadas, mientras el muchacho de nueve años dispara con su palo de escoba a enemigos invisibles que tienen cabezas de florero y se esconden bajo los bancones de la sala.

“¡Ta – ta – ta – ta – ta!”, dispara su ametralladora imaginaria, al tiempo que los gatos (hay siete en la casa) huyen despavoridos del victorioso soldado enemigo de los nazis.

El asalto a la fortaleza o a la colina que imagina en medio de la sala termina cuando el locutor de la BBC hace silencio, pero solo para reiniciar al día siguiente junto con un nuevo boletín.

El fin de la guerra llegó al Telefunken a lomos de un “flash” informativo. El periodista apenas podía disimular su satisfacción mientras narraba. Por otro lado, de la Embajada estadounidense llegaron unos cuantos folletos y revistas antes de esfumarse a finales de 1945.

Sin embargo, el ocaso del gigantesco radio alemán solo se produjo en los tiempos de la crisis del canal de Suez.

Radio Telefunken de válvulas modelo Operette 6

Era uno de esos días frecuentes en Quito: en la mañana sol irreductible y en la tarde, diluvio. Había pasado el mediodía cuando recibió un sablazo desde el cielo.

El rayó se cebó en cables y antenas, siendo su última víctima el Telefunken que luego de lanzar un quejido de estática se apagó para siempre. Tenía más de veinte años y moría en América, a cientos de kilómetros de una Alemania que se había desmenuzado en varios pedazos rojos azules y blancos.

Mafarka, el antifuturista

Artículo publicado originalmente en Teoría Ómicron en abril de 2018. Puede leerla en la sección “Héroes Ómicron“.

Portada de “Mafarka el futurista”

Lejos quedan aquellos años del Renacimiento cuando un futuro mejor parecía posible. Hoy, gran cantidad de escritores (divulgadores de ciencia o novelistas) se rehúsan a creer en un mundo idílico en el que la humanidad haya alcanzado un altísimo grado de evolución espiritual, capaz de alejarla de guerras, hambrunas y ambiciones estúpidas.

Tiene sentido: el planeta se cae a pedazos. El animal más inteligente de la Creación deja, a cada paso, evidencias nuevas de su torpeza.

Cuando Orwell, Bradbury o Huxley imaginaron sus planetas distópicos, el mundo había atravesado al menos una guerra mundial, presenciaba el ascenso de los totalitarismos (de izquierda y derecha) y estaba a punto de conocer la devastación que puede provocar un simple átomo al partir su núcleo en dos. Pese a eso, los humanos de entonces no tenían la consciencia plena de su propia pequeñez y hasta finales del siglo diecinueve, antes de la Teoría de la Relatividad y de la Física Cuántica, existía la convicción de que “todo” estaba descubierto.

Con los hongos de Hiroshima y Nagasaki, el optimismo se esfumó y los escritores, derrotados, empezaron a cuestionarse su lugar en la Tierra. Las historias de horrores futuristas empezaron a reproducirse en diversos lugares del orbe, mientras las inquietudes y los miedos eran el alimento de cada mañana.

Sin embargo, antes, a principios del siglo veinte, el germen del fascismo había aparecido en Europa y muchos escritores rompían filas en su defensa o en la del bolchevismo, un antagonista que, a la larga, no era más que otro lobo con disfraz de oveja.

En Italia, D’Annunzio era el principal abanderado del nacionalismo en las letras, pero no el único: un agitador cultural nacido en Alejandría, Filippo Tommaso Marinetti, empezaba a despotricar, donde se le diera la gana, contra todo y contra todos.

Era un personaje extraño, con gesto arrogante, mirada fogosa y bigotes cuyas puntas, desafiantes, se elevaban hacia al cielo como flechas en contra de los dioses.

A diario, este africano con sangre italiana gritaba que el futuro no pertenecería a esas democracias débiles como lo de Woodrow Wilson, sino a imperios que, a la usanza de la Roma de César, impondrían el “progreso” a punta de lanza.

Marinetti era un apóstol de la ciencia y, sobre todo, de la tecnología, pero su visión del futuro, su futurismo, era violenta y terrible.

Escuche el “Sanjuanito futurista”, pieza compuesta por el ecuatoriano Luis Humberto Salgado, inspirándose en el estilo musical propuesto por el movimiento futurista.

Sostenía que un automóvil es mucho más bello que la Victoria de Samotracia, resumiendo con ello su admiración por un futuro despiadado donde el conductor se fundirá con la máquina para arrollar a esos necios transeúntes empeñados en quedarse en el pasado.

Marinetti y sus seguidores entienden que el futuro es velocidad y que solo hay dos alternativas: correr a su encuentro o extinguirse.

Con esas ideas, en 1910, Marinetti publicó en FranciaMafarka, el futurista”, libro que, en palabras de sus editores, es una novela de amor intenso, pero que centra su trama, en realidad, en la vida de un héroe africano, epítome del hombre futurista, quien debe enfrentar al usurpador de su trono y que, luego de derrotarlo, opta por retirarse del mundo encaramado en un robot gigantesco que fabricó para alcanzar el cielo.

La construcción de esta máquina solo se dará después de años de purificación en los que el héroe prueba toda clase de placeres carnales: sexo (en casi cualquier variedad posible), poder, riqueza, etcétera.

Orgías y asesinatos llenan las páginas de “Mafarka” y por eso, el mismo año de su publicación, se inicia un proceso en su contra en la Tercera Sección del Tribunal de Milán. Se acusaba al libro y, desde luego a su autor, de “pornográfico, ofensivo e innecesario”.

Marinetti, lejos de sentirse deprimido, consideró que este juicio era la primera batalla que le planteaban los defensores del mundo caduco a los futuristas.

Enseguida, la prensa liberal se llenó de artículos, poniendo de moda la frase “libertad de expresión”, mientras los conservadores hablaban de decadencia y vulgaridad:

― ¿Cómo se puede defender un libro cuyo primer capítulo se titula ‘El estupro de las negras’?” – decían y luego se engolosinaban enumerando todas las proezas sexuales de Mafarka.

Escritores de la talla de Luigi Capuana hablaron en defensa de la novela. Decían que las intenciones de Marinetti fueron malinterpretadas y que su Mafarka, en efecto, era explícito y fuerte, pero su finalidad no era la de hacer una apología de la violencia, sino que, a manera de una “nux vomica”, buscaba sacar de la modorra a espíritus habituados a la mediocridad y el conformismo.

Marinetti y su mujer, la pintora Benedetta Cappa, posando para una típica foto familiar… Fuente: Zeroconfini.

El autor de la novela sonreía en silencio: ni sus defensores lograban comprenderlo.

Cuando le llegó el turno de hablar, Marinetti se puso de pie y miró con ojos de suficiencia al fiscal y al juez.

Lo que yo quiero es darle una descarga de electricidad a Italia para devolverle la vida; sí, quiero sacarla de la modorra, pero no con viejos valores, sino llevándola a un nueva era. ¿Por qué hay violencia? Porque así será el nuevo mundo: ¡veloz! Y la velocidad es agresiva, despiadada… El que lo entienda vivirá y el que no está destinado a la desaparición.

Llegó la absolución para Mafarka y muchos la vieron como un triunfo de la libertad de expresión, pero Marinetti estaba lejos de ser uno de sus apóstoles. Con el ascenso de Mussolini al poder, él se transformó en su poeta oficial y uno de los más despiadados enemigos de cualquier intelectual que se atreviese a cuestionarlo.

Paradojas más, paradojas menos, la carrera de Marinetti terminó junto con la de “il Duce”. Cuando la Italia y su sucesora fascista, Saló, boqueaban, el padre de Mafarka murió de un ataque al corazón.

Había sido voluntario en el Frente Oriental por unos meses y en Abisinia cuando los italianos intentaron restaurar el Imperio Romano a costa de los etíopes. Había saboreado el éxito al convertir al Futurismo en el arte oficial de Italia y también el fracaso por publicar artículos de judíos en su revista. En cualquier caso, el tiempo quiso que solo perduraran sus estigmas y, en este siglo, pocos recuerdan a Marinetti.

Mafarka, no obstante, sobrevivió incluso a su creador. Hoy, con el mundo hecho añicos, este príncipe africano nos mira, desafiante e irónico, desde los cielos y dentro de su robot gigante, recordándonos que tal vez el futuro de Marinetti no es el soñado, pero sí el más probable…

Linaje de asesino

Nathalia Pushkina

Nathalia Pushkina

Le entregaron la carta a Pushkin después del desayuno. Decía que su mujer era una puta.

Intentaron convencerlo de ignorar el anónimo. Era imposible porque él estaba seguro de la identidad del autor.

Se trataba de Georges D’Anthès, militar alsaciano al servicio de la corte rusa y un seductor en toda regla.

Natalia Pushkina lo había rechazado, pero él jamás toleraba un no por respuesta.

En la guerra y la política, aceptar una negativa es sinónimo de fracaso. ¿Por qué el amor iba a ser diferente?

D’Anthes y sus compinches divulgaron entonces una serie de cartas en las que humillaban a los Pushkin. El poeta quedaba como un pusilánime y su mujer como una prostituta.

El duelo fue inevitable.

Sin ánimo de evitar los clichés, se hizo al amanecer, luego  de una noche nevada. Escogieron las pistolas para batirse.

Hubo un disparo y Pushkin cayó. La sangre brotaba de su vientre, pero pudo reincorporarse, hiriendo en el brazo a su rival…

Unas horas más tarde, dos oficiales llegaron a la casa de Georges D’Anthès, llevaban una carta de Pushkin y su orden de arresto.

El poeta lo perdonó antes de morir.

Georges D'Anthès

Georges D’Anthès

— Ese es D’Anthès, el biznieto del hombre que mató a Pushkin – le dijeron a Neruda en París.

Quiso conocerlo.

Era encantador. Amante de las intrigas políticas – como su ancestro –, pero reacio a hablar del “incidente ruso”.

— ¡Calumnias, fue un santo!

El poeta insistió

— Mire, señor Neruda: mi bisabuela prohibió hablar del tema y ni después de muerte nos atrevemos a contrariarla; recuerde que Natalia Pushkina era su hermana.

Hemingway contra Borges

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Hemingway y su concepto del arte.

“Me divertí muchísimo con usted o tal vez deba decir gracias a usted, por eso y porque no suelo responder si no es con los puños, he decidido ignorar la mierda que escribió sobre mi ‘Tener y no tener’”.

Así empieza la última de las dos cartas que Hemingway envió a Borges.

“No me malentienda: no le guardo rencor”, continúa Hemingway, “incluso he decidido hacerle un regalo”.

El obsequio consistía en una edición “in quarto” de “Rey Lear” del año 1620.

En la carta, el estadounidense le explica a Borges que cierto amigo en París descubrió, “no me dijo dónde o cómo”, esa tercera edición “in quarto” – se conocían solo dos – y que pese a ser una joya, “está dispuesto a venderla por un buen precio a un amante de Shakespeare. Sé que usted cumple mejor que yo con esa condición”.

Borges y Bioy, casuales, burlándose de Hemingway.

Borges y Bioy, casuales, criticando a Hemingway.

Para entonces, la obra de Borges ya era conocida en Europa, por lo que, según Hemingway, no fue difícil convencer al coleccionista para que vendiese el libro. Concluye la carta con las indicaciones para contactarlo, adjuntándose algunas fotografías.

La historia hubiera quedado inconclusa, pero en 1999 se hallaron fragmentos de un diario de Bioy Casares que mencionan el episodio[1].

Borges, pese a sospechar un engaño, no pudo resistirse y le propuso a su amigo que le hiciera un préstamo. “Naturalmente, jamás pensé en cobrárselo”.

El dinero llegó a Francia, pero el libro no a Argentina.

Enviaron cartas, contactaron amigos, sin conseguir cosa alguna. El comerciante se había esfumado.

Borges estuvo amargado durante meses, hasta que una tarde, después de almorzar con Silvina Ocampo, le pidió a Bioy que lo acompañara al correo.

“A estas alturas, importa poco lo que piensen de mí, pero si no mando esta carta estaré intranquilo. Tome, léala.”. En inglés decía:

 

Hemingway:

 

Felicitaciones, la broma lo ha convertido en uno de sus personajes. Claro, usted y yo sabemos lo poco que valen.

 

Cordialmente:

 

J.L Borges

 

[1] Ediciones Destino no los incluyó en “Borges” (2006), acaso respetando la decisión de Bioy Casares de eliminar los fragmentos en el proyecto original.

Cuando los muertos van a nadar

http://frankmonner.blogspot.com/2010/04/la-caja-secreta-nuevo-libro-de-marcelo.html

El libro que Marcelo Chiriboga publicó después de muerto (¿?).

Marcelo hablaba de su mulata, mientras yo, preocupado por no chocar el vehículo que alquilamos en Quito, lo escuchaba sin entusiasmo.

El último día del taller literario que impartió en una librería de cuyo nombre no quiero acordarme, me dijo: “¿sabes conducir?” La pregunta fue tan repentina que no comprendí al principio a qué se refería. “¡Carros, obvio!”

Lo cierto es que para entonces tenía la licencia de conducir por no más de cinco meses y aparte del curso, no había vuelto a manejar un auto ni en una consola de videojuegos. Sin embargo, la esperanza de atrapar un poco más de la literatura de Marcelo Chiriboga, me hizo aceptar su invitación.

“Eso sí, cuando esté con mi mulata, ¡desapareces!” Estábamos a quince minutos de Casablanca, en la provincia de Esmeraldas. Un amigo del escritor le había prestado su departamento cerca de la playa.

Llegamos más o menos sin novedad y después de comprar comida en un mini mercado, fuimos a buscar a la mulata en Muisne, a cinco minutos de Casablanca.

Nos recibieron el aguacero y tres gallinazos en la plaza del pueblo, los mismos que se alimentaban, orondos, de restos de basura desperdigada a vista y paciencia de un grupo de hombres que, bajo un techito de plástico, tomaban cervezas, acaso por costumbre más que por placer.

Marcelo bajó la ventanilla y les preguntó si conocían dónde estaba la casa de la mulata. Ellos le miraron aburridos. Nada más.

Seguimos en automóvil a través de calles cubiertas de lodo, preguntando a los transeúntes por la dirección, pero no la conocían o no les daba la gana de respondernos.

Foto de Rulfo cuando visitó Atacames. Comentan que no le gustó porque con el terno le daba mucho calor estar en ese sitio.

Foto de Rulfo cuando visitó Atacames. Comentan que no le gustó porque con el terno le daba mucho calor estar en ese sitio.

“Esto parece Comala”, dijo Chiriboga, recuperando el buen humor. Recordó que había visto a Rulfo por primera vez en México, más o menos en 1960, durante una reunión de escritores latinoamericanos. El mexicano supuestamente tenía que dar una conferencia, pero al subir al estrado, solo exclamó: “yo no hablo, escribo”.

Llegamos a Muisne al mediodía y ya eran casi las cinco de la tarde cuando el Marcelo admitió la derrota. Conduje de vuelta a Casablanca y él se puso a explicarme que la mulata era la mejor de las mujeres que había tenido.

La conoció dos meses atrás, su madre trabajaba en la casa donde Chiriboga se hospedó al llegar de Francia. La mulata tenía veinte años. “¿Sabes? Hay un libro de Hemingway que siempre me pareció ridículo hasta que me enamoré de ella”.

Al otro lado del río y entre los árboles – según Chiriboga, una novela que pudieron escribir Isabel Allende o Corín Tellado con resultados más o menos parecidos que los del premio Nobel estadounidense – es la historia de un cincuentón que se apasiona por una condesa italiana de diecinueve años durante un invierno de pesca en Venecia.

Mientras hablábamos de Hemingway, la lluvia caía sobre el vehículo sin cesar. Me puse nervioso y bajé la velocidad. De pronto, un estruendo, nos silenció: la peña que estaba a la izquierda, en el lado opuesto de la carretera, se deslizaba. Cambié al carril de la derecha y aceleré con tal fortuna que la tierra y las piedras no lograron tocarnos, pese a que ya habían empezado a cubrir ambos lados de la pista. Un camión no tuvo la misma suerte que nosotros.

Seguro de estar a salvo, detuve el coche y Marcelo y yo corrimos para ayudar. Ventajosamente, el conductor había logrado salvarse con una maniobra de último momento. Su vehículo, por otro lado, quedó inutilizado.

En Esmeraldas es común que los aguajes saquen a nadar hasta a los muertos.

En Esmeraldas es común que los aguajes saquen a nadar hasta a los muertos.

La gente de las casitas y los paraderos de alrededor, a pesar de todo, nos ignoraron, corrían desesperados hacia el derrumbe.

Los seguimos.

Al llegar, pregunté qué ocurría y una mujer contestó señalando hacia el mar: “¡los muertos, se van los muertos!”

El aguaje, al derribar la peña, destruyó el cementerio que estaba al pie, llevándose hacia el Pacífico un montón de lápidas de piedra, huesos y cadáveres semidescompuestos.

Una cabeza emergió del agual de repente. Sus ojos, descomunalmente abiertos, nos miraron al tiempo que sus labios sonreían.

En silencio, Chiriboga y yo regresamos al coche, enfilando en seguida hacia Casablanca.

A la mañana siguiente, propuse ir a Muisne en busca de la mulata, pero él no quiso.

Marcelo se fue a Francia dos semanas más tarde y un par de meses después, moría de cáncer en una clínica de París, nadie, ni su amante de años, supo de su enfermedad a tiempo.