Biografía apócrifa: Trabajo

Metropolis

Los trabajadores del mundo bajo el mundo de Metrópolis (1927) de Fritz Lang. Foto tomada del foro “Fritz Lang y su «Metrópolis».

Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Porque polvo eres y al polvo volverás”. Así define el libro del Génesis (capítulo 3, versículo 19) al trabajo, es decir, como un castigo divino. Verdad imposible de rebatir para una humanidad que, desde el incidente del fruto prohibido, ha tenido que sudar la gota gorda para comer a diario.

Claro, siempre se puede encontrar gente que hace loas al trabajo, incluso los mismos trabajadores (¿?). Acaso la explicación psicológica de este fenómeno sea el síndrome de Estocolmo, al fin y al cabo, el empleado es un rehén por ocho (o más) horas. Durante ese tiempo, con un sueldo básico apuntándole a la sien, malgasta su vida para enriquecer a cierto personaje con el que rara vez se cruza (afortunadamente) y al que el glorioso arte de dorar la píldora llama “empleador”.

Desde luego, tú, mi atormentado lector, habrás descubierto una vastísima literatura en la que se repiten hasta el cansancio lemas como “¡el trabajo os hace libres!” (“arbeit macht frei!”), cuyos orígenes se remontan a esa época dorada de los campos de concentración, donde esos humanistas imponderables, los nazis, lo colocaban para motivar a sus víctimas.

Mucho antes del fascismo, sin embargo, el Trabajo (desde este punto, nos referiremos a él con mayúscula como lo haríamos con el Monstruo del doctor Frankenstein, al que nadie tuvo la decencia de darle un nombre propio como Carlitos o Juanito) ya era un “bloody bastard”.

Por ejemplo, Hércules, hijo del “capo di tutti capi” del Olimpo, ya tuvo que afrontarlo no una, sino ¡doce veces! Igual que en el caso de la Biblia judeocristiana, el héroe fue castigado por sus crímenes con labores mal remuneradas.

Hércules se vio obligado a limpiar establos llenos de mierda en Élide, matar pajarracos que se cagaban sobre los cultivos de los alrededores del lago Estínfalo, domar leones en los zoológicos de Nemea, capturar cerdos salvajes en Erimanto, montar caballos que comían carne humana en Tracia, entre otros empleos que, en los años noventa, pasaron a engrosar los currículos de los emigrantes turcos en Alemania.

Contemporáneo de Hércules, Teseo también fue un proletario. Entre sus trabajos cabe mencionar el de sicario, cuando visitó Creta para matar al cornudo hijo del rey Midas. Luego, fue paramilitar y combatió a una banda de narcoterroristas, liderada por Perifetes, Sinis, Esciro, Cerción y Procustes, que pretendía controlar el comercio de cierta droga a base de flor de loto.

Finalmente, después de probar estos y otros oficios, optó por el peor: político. Dicha bajeza, en la que usualmente se cae por necesidad (de riqueza), hizo que terminara su vida encadenado dentro del inframundo.

Durante la Edad Media, el Trabajo sufrió mucho. Tuvo que pagar sus crímenes pasados y futuros soportando el desprecio de la gente de bien, al tiempo que se resignaba a martirizar parias.

Los señores feudales, gente nobilísima, decidieron que dedicarse a un empleo era poco respetable y fueron a hacer la guerra en oriente, occidente, arriba, abajo, al centro y para adentro, dejando el Trabajo en manos de los siervos, personas que prácticamente no eran personas.

En el Renacimiento, las cosas fueron parecidas. La gente de bien (y de mal) prefería ir a buscar la fuente de la eterna juventud, El Dorado o el País de la Canela, mientras que el Trabajo tenía que resignarse a vivir entre campesinos sicilianos, andaluces o tolosanos que lo odiaban de la manera más terrible.

Sin embargo, con la llegada de la época de la industrialización a fines del siglo diecinueve, todo cambió. El Trabajo recuperó su poder, mudándose a vivir en grandes ciudades como Londres o Nueva York, mientras trababa amistad con banqueros, empresarios y capataces de fábricas, quienes amaban de él sus consejos, como aquel de crear una  jornada laboral de doce o dieciséis horas, sin excluir ni a niños ni a mujeres (con la mitad o la mitad de la mitad de la paga normal por ser incapaces de producir lo mismo que un varón mal alimentado y tuberculoso).

El planeta se llenó de humo. El Trabajo llevaba carbón de aquí para allá y de allá para acá, convirtiéndose en un personaje tan importante que escritores de la talla de Charles Dickens lo retrataban en casi todas sus novelas (esas que al abrirlas uno termina con la cara cubierta de hollín y los pulmones llenos de esmog).

Esta era gloriosa no duró tanto porque aparecieron los sindicatos y, con ellos, las huelgas y la persecución al Trabajo. La gente imaginaba que tenía derechos y ¡hasta se atrevió a exigir jornadas laborales de ocho horas!

El Trabajo estaba devastado, volvían los años oscuros de la Edad Media, pero, por fortuna, lo salvaron el crac de la bolsa en 1929 y las guerras mundiales, obligando a los humanos a trabajar no solo para alimentarse, sino por el bien de la patria.

En cualquier caso, desde la segunda mitad del siglo veinte el biografiado se ha convertido en un ser maduro, capaz de comprender que el camino para la felicidad no consiste en hacer que la gente le dedique su tiempo a la fuerza, sino en convencerla de que es necesario, de modo que, en vez de molestarse por tener que colocar sus posaderas como idiota durante ocho horas sobre una silla, lo agradezca y hasta pida más.

Hoy el Trabajo es un hombre de negocios (con maletín de cuero y todos esos juguetes) que dice que debes agradecerle por tenerlo de tu lado, por pagarte poco, recalcando que es demasiado para lo que haces, por quitarte la vida convenciéndote de que te la está dando y, sobre todo, por obligarte a vivir para trabajar, en vez de trabajar para vivir.

El Trabajo se ha convertido en un astuto inversionista de Wall Street, seguro de sí mismo, vanidoso, audaz. Un engominado que come “crudités” en reuniones de beneficencia y hace que fabriques las mismas bobadas que te convence que necesitas comprar. Es un jugador, un playboy y nosotros, queridos lectores, somos sus amantes masoquistas que le agradecemos por azotarnos las nalgas con la esperanza de que, algún día, podremos retirarnos a nuestras casas para descansar con el orgullo de haber cumplido con nuestro deber…

Los pasteles de Alicia

El mapa del mundo de Alicia. Descárguelo gratis aquí.

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No conocí a Alicia en el País de las Maravillas, sino en su colegio. Yo había conseguido empleo como profesor de escritura creativa y uno de los cursos que me asignaron fue el suyo. Desde el primer día sentí atracción hacia ella, acaso por su halo de fatalidad – estaba tratando de recuperarse de la adicción a los pasteles que hacen crecer, vicio, según las psicólogas del Departamento de Orientación, que resultó de los “avances poco decorosos” de su tío, el diácono Carroll, durante la infancia – que le daba un aire de “nínfula” de novela de Nabokov.

Alicia y su novio de la adolescencia.

Alicia y su novio de la adolescencia.

Supe por otros profesores que las tragedias de Alicia no terminaban con su adicción y su pasado sórdido, pues vivía con un sombrerero, pariente suyo, que había enloquecido después de que su negocio de venta de panamás se fue a la quiebra por culpa de las fábricas centroamericanas y que ahora se dedicaba a gastar su dinero en alcohol y prostitutas, llegando borracho casi todos los días a casa para concluir la jornada con sesiones de diverso contenido en compañía de la muchacha.

Ante ese escenario, procuré que la literatura fuera un medio de escape, pero lo cierto es que Alicia tenía más interés en las matemáticas, a las que se dedicaba cada vez que salía de una nueva ingesta de pasteles para crecer. Los números, me explicó, eran su único consuelo para la depresión que le ocasionaban su adicción y el sombrerero loco.

— Quiero encontrar la cuadratura del círculo – me dijo –. ¡Mi tío, el diácono, murió intentándolo, profe!

Yo la escuchaba entre fascinado y compasivo.

Cierto día, salí del colegio cuando el sol ya se había puesto y cerca de la parada del autobús que utilizaba para volver a casa, encontré a Alicia.

— ¿Se siente bien?

Alicia acompaña a la presidenta de la Asamblea Nacional del Ecuador durante una de las más movidas sesiones del plenario.

Alicia acompaña a la presidenta de la Asamblea Nacional del Ecuador durante una de las más movidas sesiones del plenario.

Me miró con ojos enrojecidos y saltones. Supuse que había consumido pasteles y decidí llevarla a mi casa. Durante el camino dijo miles de incoherencias sobre conejos parlanchines y reinas de baraja. No entendí nada ni quise hacerlo, solo pensaba que era un caballero de armadura brillante y que la “nínfula” algún día – tal vez no ese, pero otro no muy lejano – sabría agradecérmelo.

Mientras la recostaba en mi cama, Alicia pareció tener un minuto de lucidez y me propuso probar los pasteles.

— Aún me queda uno, podemos compartirlo – sus ojos vidriosos me desarmaron.

Ella partió el pastel y me dio una mitad. Ambos engullimos la droga con sabor a vainilla y aunque al principio no sentí nada, con el transcurso de los minutos mi cuerpo sufrió una serie de mutaciones que me llevaron a tener la cabeza, las manos, los pies y, al final, el torso entero de dimensiones descomunales. Rompimos el techo y las paredes con nuestros cuerpos, cayendo luego en un sueño profundo.

Cuando desperté, los dos habíamos vuelto a la normalidad. Sentí sed, cansancio y tristeza, sin embargo, desde entonces no puedo parar de consumir los pasteles y siempre los acompaño con un licor que empequeñece.

Alicia y yo pasamos los días juntos, entre la menudencia y el gigantismo, convertidos en monstruos que intercambian ecuaciones y poemas de significado críptico para todos excepto nosotros.

Lea también este cuento en el blog de la Ciencia Ficción en el Ecuador de Iván Rodrigo..