El Telefunken de mi padre

Logo de Telefunken

Cuando en 1903 se creó la compañía alemana Telefunken, Georg Graf von Arco y Adolf Slaby, cabezas de las empresas cuya fusión la dio a luz, no se imaginaron que las torres gigantescas que edificaron en Estados Unidos y Europa retransmitirían las derrotas de Alemania en la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

Empero, Telefunken no solo producía radios, sino también micrófonos y equipos de telecomunicación de uso militar. La marca llegó a ser tan confiable que, en los sesenta, los Beatles grabaron sus canciones usando el amplificador modelo V – 72S que había en la consola de los “Abbey Road Studios”.

Antes, entre 1942 y 1944, lejos de la londinense área de Westminster donde funcionaban dichos estudios, en la ciudad de Quito, Ecuador, un muchacho de nueve años se apresuraba a llenar sus cuadernos escolares.

Como si la vida se le fuera en ello, apuñalaba la hoja con el lápiz y de la herida brotaban letras y números como sangre. El niño, Pepe, hacía sus tareas deprisa, esperando terminarlas antes del boletín que emitiría la BBC a las siete de la tarde.

Su tío abuelo le dijo la noche anterior que le confiscaría las revistas de la Embajada de los Estados Unidos a las que lo suscribió para que estuviese al tanto de los avances de las tropas aliadas en el norte de África y en las islas del Océano Pacífico, si no era capaz de mejorar su desempeño en la escuela.

Audio original de la primera transmisión regular de entretenimiento en radio. Argentina, año 1920. Los responsables fueron “los locos de la azotea“, averigüe quiénes eran.

Tampoco podría encender el viejo y gigantesco Telefunken que, paradoja de la guerra, arribó al sur de América proveniente de Alemania solo para transmitir la voz de un locutor inglés, quien mal disimulaba la alegría tras cada derrota alemana.

El muchacho era un experto en maniobras envolventes, tanques y batallas aéreas. Sin embargo, en la escuela, cuando su maestro le pedía resolver ejercicios de aritmética o le sometían a una lección sobre el pretérito perfecto del subjuntivo, su silencio era infranqueable.

Hijo único, había convertido a las escobas en ametralladoras y al patio de la casa antigua donde vivía en un descampado de Francia. Con una pistola de madera acometía las misiones más peligrosas, cambiando su cariñoso “Pepe” (Pater Putativus) por el implacable “Patton”.

Primera parte de una serie de audios que contienen los boletines de radio durante la Segunda Guerra Mundial (en el listado se puede encontrar el resto de la serie). Compilación de la KCRW de Santa Mónica, California.

En el Telefunken, la voz del locutor truena narrando victorias y derrotas aliadas, mientras el muchacho de nueve años dispara con su palo de escoba a enemigos invisibles que tienen cabezas de florero y se esconden bajo los bancones de la sala.

“¡Ta – ta – ta – ta – ta!”, dispara su ametralladora imaginaria, al tiempo que los gatos (hay siete en la casa) huyen despavoridos del victorioso soldado enemigo de los nazis.

El asalto a la fortaleza o a la colina que imagina en medio de la sala termina cuando el locutor de la BBC hace silencio, pero solo para reiniciar al día siguiente junto con un nuevo boletín.

El fin de la guerra llegó al Telefunken a lomos de un “flash” informativo. El periodista apenas podía disimular su satisfacción mientras narraba. Por otro lado, de la Embajada estadounidense llegaron unos cuantos folletos y revistas antes de esfumarse a finales de 1945.

Sin embargo, el ocaso del gigantesco radio alemán solo se produjo en los tiempos de la crisis del canal de Suez.

Radio Telefunken de válvulas modelo Operette 6

Era uno de esos días frecuentes en Quito: en la mañana sol irreductible y en la tarde, diluvio. Había pasado el mediodía cuando recibió un sablazo desde el cielo.

El rayó se cebó en cables y antenas, siendo su última víctima el Telefunken que luego de lanzar un quejido de estática se apagó para siempre. Tenía más de veinte años y moría en América, a cientos de kilómetros de una Alemania que se había desmenuzado en varios pedazos rojos azules y blancos.

Pablo Flores, poeta del paralelo cero

Pablo Flores Chávez estaba sentado en uno de esos sillones desgastados de la sala de talleres literarios. A su lado había otros diez o quince muchachos que, como él, habían respondido a una convocatoria de la Casa de la Cultura “Benjamín Carrión” para personas con inquietudes literarias que quisieran obtener “una suerte de beca por dos años” para perfeccionarse en el oficio de escribir.

Pablo sonreía escuchando las críticas que le soltaban a quemarropa varios de sus compañeros. Decían que su poesía era rara – aquella palabra tenía la pinta de un anatema – y se engolosinaban con quejas acerca de su estructura.

Diego Velasco, coordinador de los talleres, disfrazado del Argos de los cien ojos, miraba a todos en silencio. Solo cuando la mayoría de aprendices de escribidores hubo disparado, él, contemplando a Pablo Flores, le dijo: “sí, es diferente, pero eso no quiere decir que esté mal”.

 

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¿Cómo es un poeta de este paralelo cero, es igual al de otras partes del mundo o tiene alguna particularidad, producto acaso de complicaciones derivadas de la situación del país?

Un poeta de “la mitad del mundo” es como cualquier otro poeta en otra mitad de otro mundo: un referente simbólico de la vida, lo que equivale a salir del lugar común, como sería aquello de darse de “poeta”.

Vizinczey en sus diez mandamientos del escritor menciona que para ser escritor (poeta) hay que salir de esa casilla de no ser lo que el resto dice que eres: no ser, por ejemplo, una víctima de las circunstancias o las “complicaciones derivadas del país”. Y ahí me alejo enteramente de la escritura por compromiso social, ético, político, etcétera.

Tu poesía tiene mucho que ver con experimentación y acaso con desafiar a esos “bastardos del canon” de los que alguna vez habló cierto poeta ambateño de cuyo nombre no quiero acordarme, ¿sientes que es así?, ¿podrías ensayar una “definición” de tu poesía?

Eso de la esperanza del “más allá del canon” o las extremas advertencias del camino no me parece que deban tomarse en serio; por otro lado, ese luchar de Balzac contra las propias limitaciones o las creencias que se convierten en convicciones, sí.

Creo en la convicción de que el lenguaje experimental te da la opción de escoger otros caminos liberadores, vuelvo con Vizinczey “nada de lo que ya se ha hecho puede decirte cómo hacer algo nuevo”. Tienes que ir por la tangente, correr el riesgo, no repetir esas formulitas.

Ensayar mi arte poética sería un intento demasiado fútil por el momento, no creo en las interpretaciones del futuro o la cábala lingüística para definirme.

La filosofía aparece constantemente en tu poesía, ¿eres un lector que escribe? ¿Cuál es el papel de la lectura en tu proceso creativo?

Hay tantas formas de responder a esa pregunta (risas): es que es inevitable leer para escribir y escribir para leer, no hay manera de separarlas. Aquello te llega en miles de mensajes expositivos, panfletos, indirectas; videos como el que te mostré de Gamboa, en el que él mismo dice tanto porcentaje de lecturas clásicos, tanto porcentaje de poesía, tanto… etcétera, etcétera. (risas).

Además de que, antes de la escritura, disfruto mucho más leer: mezclo lecturas, hago libromancia y lectura creativa.

 

Los talleres literarios eran carreras de resistencia: había desertores que no pasaban los primeros cien metros planos u otros que aparecían, se esfumaban y volvían a aparecer…

Cada aprendiz se forjaba su camino como podía, con más dudas que certezas y, a veces y de casualidad, se escuchaba que alguno logró publicar un libro o que, en medio de crisis existenciales, había quemado sus garabatos para dedicarse a vender electrodomésticos.

Mas, de vez en cuando, alguien mencionaba el nombre de uno de los aprendices que había escapado del anonimato, ganando un concurso o una beca.

 

Hablando del Concurso de Poesía “Paralelo Cero”, Cesado el nombre, libro con el que lo ganaste, ¿fue escrito específicamente pensando en el certamen o era un trabajo que se había gestado mucho tiempo atrás?

Cuando empecé a tener noción seria de la escritura, sentía una obligación entera por escribir sin pensar en nadie y en nada más que el libro ni siquiera en el interlocutor o imposible lector del otro lado. De hecho, para mí no había otro lado, simplemente era materializar la certeza que me acompañó en todo ese proceso. Luego, claro, estuvo el sacarlo del horno y ver cuáles eran las posibilidades para publicarlo y ahí estuvo el último día de entrega para “Paralelo Cero”, sin haberle dado tanto meneo a la cuestión.

En tus palabras, ¿cómo describirías a Cesado el nombre?

¡Uy!, Cesado el nombre es un libro sobre mis lecturas de filosofía: de que había un camino silenciado pero presente entre la palabra poética y el decir filosófico, que el trajinar de la duda por el reto y la existencia de condiciones opuestas, varias son ese “todo es dudoso” de Pirrón.

Mencionar ese diálogo entre poesía y filosofía me dio mucha luz en el campo de la evocación del lugar y del objeto, de modo que terminé creando un mini tratado sobre eso.

La evolución es inevitable no solo biológica, sino artísticamente. En ese sentido, ¿hay cambios entre el poeta de Cesado el nombre y el de ahora?, ¿en qué ha variado?

Cambios progresivos, pero en un continuum de estar consciente del todo y de la nada, que me siguen rodeando y maravillando. Tengo ciclos, aunque no como las estaciones, sino de aquellos que no vuelven aparecer sino hasta después de unos años.

Crecer en el campo me hizo muy abierto a sentirme por dentro, explorarme en lo que puedo y no alcanzo a decir. En ese sentido, he cambiado en explorar más profundamente esa “vecindad del cielo, y el desierto, con la poesía de los espejismos” que decía Cioran sobre el corazón de uno mismo.

 

Por las calles de Quito, “a toda madre”, Pablo Flores se interna, sin importar la hora, a lomos de su caballo de metal: una bicicleta a la que ama como a su vida.

Con frecuencia, un conocido lo ve, a lo lejos, y tiene la impresión de que no es un poeta, sino un puñal con vida que penetra, veloz, en el cuero de esa mujer esquizoide y raquítica que es el Quito del siglo veintiuno.

Él, sin frenar su carrera y agitando la mano derecha, grita: “¡acabo de publicar en México!” o “¡volví ayer de España!”.

 

Después del premio “Paralelo Cero” varias puertas se abrieron, incluso conseguiste una residencia creativa con la Fundación Antonio Gala de España, ¿cómo fue ese año fuera de Ecuador?, ¿relacionarse con otros artistas jóvenes alimentó tu literatura?, ¿cambia mucho una experiencia de este tipo a los artistas?

Ese año, siento que me adelanté al Pablo que se hubiese quedado en Ecuador en formas que nunca antes había experimentado: lo registraba todo, no en un sentido de acumulación sino vivencial. El haberme permitido nutrirme de otros artistas que vivieron conmigo y que luego se hicieron mis hermanos y hermanas, fue maravilloso. Gracias a esa beca pude beber otras aguas, viajar.

¿El poeta termina amando u odiando a la tierra que lo vio nacer después de esos autoexilios?

Por ahí, hoy escuché que decían “cuando pierdes el techo, ganas las estrellas”, creo que el espejo de ese exilio, autoexilio, puede ser en cualquier parte, llámese Ecuador, llámese Nueva York, llámese Bangkok, llámese mi cuarto con la Bruma y el Ring.

Los premios, al menos en este “paralelo cero”, suelen ser la única forma de abrirse camino en el mundo del arte, sin embargo, es un fuego fatuo: los medios, el Estado, el público en general olvidan al ganador, quien termina en la indefensión total. ¿Sucedió así contigo o cómo fue la vida de Pablo Flores después del “Paralelo Cero” y de la beca de la Fundación Antonio Gala?

Siento que esos momentos de “olvido” son preciados que deben dedicarse a uno mismo. No me importó, como tampoco me importa el antes o el después.

Me encanta practicar el autosilencio o el silencio creativo que es más potente porque no se sabe de dónde viene o adónde va.

 

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Pablo Flores probó varias cosas: la carrera de Geografía, la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, la Universidad Central, la Facultad de Filosofía y Letras pero, perseguido por el sueño de Borges, se encerró en una biblioteca. Desempolvando tesis antiguas y textos despreciados por el común de los mortales. Es un poeta que busca su camino.

 

Al principio estudiaste en la carrera de Geografía de la Universidad Católica para luego abandonarla por la literatura. ¿En qué momento te diste cuenta que estabas en el sitio incorrecto?

No me acuerdo del momento, tal vez muchos, y las señales del mundo externo que me llamaban a la literatura y amarla hasta en mis sueños o pesadillas.

Lo que sí recuerdo es haberme enojado con un profesor cuando este me dijo: “oye, Pablo, este trabajo escrito es muy bueno como para ser tuyo, me huele a plagio”, en ese instante dije: “¿sabe qué?, si es plagio, me plagié a mí mismo, pero eso no lo va a entender”.

El resto fue liberarme de toda la cursilería y el padrinazgo que es estar en una universidad privada, dejarlo todo por la Central, donde me he sentido como en casa, donde respiras la “ecuatorianidad” en chiquito.

De la mano con tu poesía están tus estudios en la escuela de Lengua y Literatura de la Universidad Central y también el trabajo de bibliotecario, ¿es difícil compaginar esas actividades?, ¿el artista termina convertido en un subversivo que escribe para vengarse de ese mundo que le obliga a ganarse la vida “con el sudor de la frente”?

Siempre digo que vivo en la Central, estudiar y trabajar allí me permite hacer un proceso de inmersión, de escritura, de lectura, de lo que también siempre he sido que es un modelo 4×4, un estudiante producto de la educación pública desde pequeño (la de aquí, de Estados Unidos cuando estudiaba Electricidad en un colegio técnico, de cuando camellé en construcción en Danbury), y le saco el jugo a esa materia prima de condición social tan arraigada en mí porque a veces sé dejarme llevar por el yo que sigue viviendo en la “Yoni” como cualquier otro emigrante. Como te dije, no le devuelvo al mundo lo que arroja, tampoco lo que no me brinda.

En tu trabajo, por ser dentro de la universidad y, como tal, dentro del sector público, te toca lidiar con la burocracia, ¿cómo enfrenta el poeta ese mundo kafkiano, termina pareciéndose a un personaje del escritor checo?

(Risas.) Ciertamente es un mundo kafkaniano y en la Central, como en otras instituciones públicas análogas, creo que más, pero eso justamente hace que sea más temperamental el asunto de hasta qué punto mi 4×4 logra trascender esas limitaciones y las convierte en oportunidades “bellatinezcas”.

También has dirigido algunos talleres de literatura – como el “Cinegético de Excritura” –, ¿en qué consisten y en qué se diferencian de otros? ¿Aportan algo a tu proceso creativo?

Como escritor en formación, nunca me gustaron los talleres de creación literaria regidos por aquello que ha sido constante en la historia de la literatura: la seriedad y el intelecto sumado con el esfuerzo de la tradición. Me refiero a, por llamarlo de alguna forma, ese “ente” al cual le dices: “a ver, sólo ha existido ese camino de concebir un taller literario, es decir, trabajo duro y de oficio, de taller y mucha lectura y mucha corrección, duro, duro, duro…”

Creo que la pedagogía de un taller literario debe darte otro tipo de posibilidades de aprendizaje, lejos de lo que imponga la imagen de un “escritor”. En ese sentido, el “Cinegético de Excritura” se apartaba de esas prácticas ya normadas y proponía lo opuesto.

Hay otros esfuerzos mucho más amplios, incluso con cátedras de creación literaria y de prácticas relacionadas con este concebir distinto de la práctica escritural. Por ejemplo: la cátedra de la Universidad Diego Portales que basa sus estudios en la experimentación o la “Escuela Dinámica de Escritores” de Mario Bellatin que existió en México.

 

Ahora, Pablo Flores vive en su búnker con un gato y dos perros. Se trata de un pequeño departamento en la planta baja de cierto edificio a medio construir ubicado en el norte de Quito.

Aparte de la cama, el baño y la cocina hay libros. Muchos libros. Los Bellatines, Borges y otros dioses y semidioses del Olimpo literario se encuentran apilados junto a la pared, sobre el escritorio, y al lado de la computadora.

Los visitantes deben brincar sobre los montoncitos de libros y, si la suerte los acompaña, el poeta les mostrará, como dando a luz un ángel, cierto texto que ha armado durante meses (literalmente porque, además de escribirlo, él ha pegado y cosido las hojas de cada uno de los ejemplares existentes). La creatura se llama Res Extensa.

 

¿Qué es Res Extensa?

Res Extensa es el principio (una de las partes) de un libro – código madre que se autoreproduce y muta en otros libros, respondiendo a un fin experimental.

Es un libro experimental que no completa un pensamiento o una frase, sino que, a manera de un río, va a parar donde tenga que parar.

Al leerlo creo que es inevitable pensar en la poesía japonesa antigua, donde tanto el texto como los ideogramas buscaban provocar un efecto sobre el lector, haciendo imposible la separación del “fondo” y de la “forma”, ¿es correcta la comparación o es otra la idea que esconde el libro?

Hay algunas ideas sobre el principio mentor – rizomático de la Res, pero sí, la forma compositiva del libro opera igual que los ideogramas en esa proyección de las letras hacia el infinito. Además de plantear, después de terminado este mega proyecto, que los libros puedan adquirir un espacio como exposición artística de la escritura conceptual.

Publicar en Ecuador – y, sobre todo, publicar poesía – es muy complejo, sin embargo, actualmente estás luchando para que Res Extensa aparezca en las librerías, ¿cómo ha sido tu relación con esa suerte de circo romano que es el mundo editorial?

Es la primera vez que me enfrento a eso de “buscar editorial” porque los anteriores libros se publicaron por premios y el primero, de hecho, por un vínculo con los agentes de la red de poetas salvajes de México.

Entonces todavía soy un inexperto, pero siento que hay una fuerte movida de editoriales independientes dentro del país que, a través de la autogestión y la unidad entre ellas, generan un panorama distinto para el lector.

 

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Pablo sonríe cuando estamos a punto de despedirnos: piensa en su querido Mario Bellatin, los talleres de experimentación literaria, los libros y otros bellos demonios.

Unos minutos antes, su novia, quien hasta ese momento ha escuchado la charla con la indulgencia del médico que ya se ha acostumbrado a los desatinos de sus pacientes hipocondriacos, le critica por no beber el café negro, fuerte y sin azúcar. Él, luego de rascarse la cabeza, dice que es algo más que le falta aprender y ríe con esa risa tranquila que solo he escuchado en las personas que viven en paz.

El material de los sueños

UNO

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NORAD Santa Tracker. Imagen tomada de Express.co.uk.

30 de noviembre de 1955. En la base del Mando Norteamericano de Defensa Aeroespacial (NORAD) en Colorado, Estados Unidos, el teléfono suena con tal insistencia que parece estar reventándose.

— Buenas noches, señor, ¿podría decirme dónde está Papá Noel?

El coronel Harry Shoup, furioso, tira el teléfono después de incinerar con amenazas al niño que había llamado.

Los oficiales disimulan sus sonrisas. Alguien se atreve a decir que debió tratarse de una broma infantil, pero, al poco, empiezan a sucederse las llamadas y la pregunta que se escucha siempre es: “¿dónde está Papá Noel?”

El coronel comprendió que la seguridad de los Estados Unidos estaba en juego. ¿Y si los soviéticos eran los responsables de la broma? Se sabe que Santa Claus viste de rojo…

Mientras Shoup barajaba varias soluciones, uno de los oficiales bajo su mando lo interrumpió, había encontrado la razón de las llamadas en un anuncio que publicó cierta revista local: Sears, la tienda de  variedades, ofrecía dar a los niños, en tiempo real, la ubicación de Papá Noel a través de su hotline. El número estaba errado y coincidía con el de NORAD.

El militar que había resuelto el misterio, consiguió una imagen de Santa Claus y, al día siguiente, la colocó sobre el tablero donde marcaban las posiciones de objetos voladores no identificados. Shoup iba a estallar de indignación, pero comprendió que podía transformar esa broma en una oportunidad publicitaria.

Por orden suya, el coronel Barney Oldfield convocó a una pequeña rueda de prensa e informó que desde ese año el Mando Norteamericano de Defensa se encargaría de cuidar a Papá Noel durante su viaje para que regresase sano y salvo al Polo Norte después de haber entregado los regalos a todos los niños del mundo.

Ese y los años siguientes, NORAD empezó a recibir cartas y llamadas preguntando por la ubicación del trineo, los renos y el rojo Santa Claus. Los oficiales contestaban al instante: Delaware, Georgia, Tennessee, Nueva York…

Con la irrupción del internet, los computadores y las tablets, las llamadas telefónicas fueron reemplazadas por tuits o publicaciones en Facebook. NORAD tuvo que actualizarse, creando sitios web, perfiles de redes sociales y hasta aplicaciones para descargar en las tiendas de Mac y Google.

Ahora, pocos llaman a NORAD. Desde el primer día de diciembre, los niños del mundo activan el localizador de su teléfono móvil y, luego de posar su dedo sobre un icono donde se ve la casita de Santa Claus cubierta de nieve, escuchan la voz de él mismo diciéndoles: “¡estoy en Madrid, jo, jo, jo!”

 

DOS

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Casa y estatua de Julieta. Foto tomada de ABC de España.

Verona, Via Capello, número 23, año 1936. Antonio Avena, historiador y arquitecto nacido en la ciudad, mira la fachada de una mansión del siglo doce, en cuyo arco de entrada está esculpido un escudo de armas en el que puede leerse “Cappello”. A este apellido se lo ha identificado con Capuleto o, mejor dicho, Cappelletti, nombre de la familia que protagoniza la tragedia de Shakespeare, Romeo y Julieta.

El edificio se encuentra en estado calamitoso. Lo único del siglo doce que queda en pie es el arco de la entrada, el resto de paredes son parches de los siglos catorce, quince, diecisiete y diecinueve.

Aquellas piedras sucias han visto cómo el palacete aristocrático se travistió primero en hospicio y luego en posada de mala muerte.

Antonio Avena planea restaurar esta y otras construcciones antiguas, quiere proteger las tradiciones de la ciudad. Son años de fascismo y la historia es un fetiche que convierte a esos políticos en productivos: la municipalidad aprueba el plan de rescate.

El arquitecto – historiador trabaja durante cuatro años en la reconstrucción de “la casa de Julieta”. Coloca varios balcones de estilo gótico y dice que en uno de ellos la heroína escuchaba las palabras de amor de su Romeo.

Todos saben que aquello es mentira y, sin embargo, no lo ponen en duda.

 

Año 2016. La Vía Capello es turística. Frente a la casa de Julieta hay una óptica y a su lado una tienda de Emporio Armani. Los extranjeros se pasean entre los veroneses cargados de compras o comiendo alguna golosina.

Por allí, un sujeto, que carga bajo el brazo un drama de Shakespeare, comenta en inglés que Dante también mencionó a los Capelletti en su Divina comedia. Cerca, dos enamorados hablan en ese idioma que solo los amantes pueden comprender. El experto en literatura parece despreciarlos.

La casa de Julieta ahora cobra la entrada y se ha transformado en una Disneylandia para los enamorados que buscan inspiración en los versos de Shakespeare.

No hay señales de su pasado turbio, ya no huele a orines y los ebrios han sido reemplazados por extranjeros que, entre otras cosas, pagan para que un cura bendiga su matrimonio encaramados sobre el balcón de la más joven de los Capuleto.

En el patio, un turista japonés, nerviosísimo, toca el seno derecho de la esposa de Romeo. Frente a él, un grupo de muchachas estadounidenses se sacan decenas de fotografías con sus teléfonos inteligentes, impidiendo que el amigo del asiático consiga capturarlo dentro de su Samsung Galaxy con el ángulo preciso. Esa Julieta, sin embargo, no es de carne y hueso, sino de metal y vive sobre un podio y no dentro de la mansión.

El japonés finalmente suelta a su presa y enseguida se abalanzan sobre ella una pareja de daneses. Detrás, aguardan al menos una treintena de turistas de diversas nacionalidades, atraídos por la leyenda de que aquella teta les garantizará el amor eterno y un pronto regreso a Verona.

No lejos, un tal Klaus escribe afanosamente una carta de amor. El papel que usa es celeste y está perfumado. El mensaje va dirigido a su Julieta (que en realidad se llama Elsa y que seguramente nunca lo leerá). Al terminar, lo coloca junto a otros cientos que los turistas han dejado desde el catorce de febrero pegados en las paredes que se hallan en la entrada de la mansión.

La municipalidad retirará aquellas cartas el 17 de septiembre, supuesto día del cumpleaños de Julieta, para dejar espacio a una nueva colección que, a su vez, será retirada el Día de San Valentín del año siguiente.

Julieta perdió a su Montesco, pero a cambio ganó millones de amantes que a diario envían cartas, como la de Klaus, desde distintos lugares del planeta y, con frecuencia, hasta reciben una respuesta de una Julieta que nadie sabe si es hombre o mujer, adolescente o vieja…

 

TRES

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La casa de Sherlock Holmes y el inconguente incorrector de estilo de La rue Morgue.

A la salida de la estación del metro en Baker Street, un Sherlock Holmes de metal mira al transeúnte, pipa en mano, advirtiéndole que allí cualquier cosa puede suceder. Convertidos en Watson, los turistas se quedan al pie de la estatua observándola con asombro y a la espera de respuestas.

De repente, una mujer vestida de ama de llaves del siglo diecinueve se baja de un autobús de dos pisos y echa a correr hundiéndose como puñal dentro de Baker Street. A esa hora, olas de automóviles circulan por la calle y revientan en Marylebone Road.

Ejecutivos con el celular pegado a la oreja caminan deprisa, elegantísimas jóvenes de rasgos hindús entran y salen de las tiendas cargadas de paquetes, taxis negros cogen pasajeros por aquí o por allá y obreros con expresión adusta suturan el pavimento para evitar que el corazón de la ciudad, que late a mil pulsaciones por segundo, sufra un infarto. Londres hierve.

La mujer vestida de ama de llaves atraviesa la calle sin preocuparse por los autos que le pitan, es una excepción a la disciplina inglesa. Nadie, sin embargo, le da importancia a su vestimenta, salvo un grupo de turistas chinos que le toman fotos con sus smartphones de última generación.

La mujer llega a una casita de tres plantas de estilo eduardiano (es decir, de los años 1900 a 1918). Allí, se abre paso entre una treintena de turistas que hacen cola para entrar, saluda con un policía, también con uniforme del siglo diecinueve, y desaparece tras la puerta.

La gente de la cola intercambia risas y comentarios en japonés, español y tamil. El gendarme sonríe e invita a cinco personas a ingresar. Algunas le piden que pose para una fotografía y él, cortés, acepta entregándoles un gorro igual al suyo. La imagen seguramente terminará en un perfil de Facebook o de Instagram.

El ama de llaves, ahora más relajada y sonriente, recibe a los turistas al pie de las escaleras que conducen al primer piso, donde vivió Sherlock Holmes.

“Me atrasaba, sir”, contesta con irresistible acento británico a un hombre que quiso saber el motivo de su apuro.

Los turistas trepan por la escalera angosta y desembocan en el estudio del “más grande de los detectives”. Al fondo, hay una chimenea y dos sillones individuales separados por una mesa sobre la que reposa un sombrero de cazador y una lupa, pertenecientes a Holmes. Otros turistas aguardan con impaciencia la oportunidad de tomarse una nueva foto para Facebook.

El resto de la habitación contiene alfombras antiguas, estantes cargados de libros de medicina, brujería y ciencias en general, también hay vitrinas llenas de objetos que pertenecieron al detective, paquetes de cartas de admiradores, ídolos africanos y objetos arrancados de la escena de algún crimen.

Los turistas trepan hacia la segunda planta por gradas que pegan alaridos por cada pisotón.

En esa parte, vivió Watson. Hay estantes con libros, un escritorio e instrumentos médicos. Tanto en este como en el resto de pisos, los adornos son de fines del siglo diecinueve y principios del veinte. No hay nada fuera de lugar, aunque el ama de llaves admite que uno u otro objeto fueron fabricados en esta década, pero siguiendo estrictamente el estilo del periodo eduardiano. “¡Por más que los busque, no podrá distinguirlos, sir!”

En el tercer piso, existe un pequeño museo de cera que recrea a los criminales y casos más conocidos de los cuentos que protagonizó el detective de Arthur Conan Doyle. En las escenas del crimen nada se deja al azar, como si fuera el propio Holmes el que hubiera encargado su reconstrucción.

Una muchacha vestida de sirvienta explica a un curioso que el museo fue creado por cierta Sociedad de Amigos de Sherlock Holmes, ilusionados con las miles de cartas dirigidas a él que recibía la gente de la zona.

“El 221B de Baker Street no existe, por eso todos los mensajes iban a parar en los negocios de los alrededores…”

Los dueños de las tiendas, con su humor inglés, escribían respuestas para personas que no solo buscaban la solución a un crimen, sino consejos sobre amores no correspondidos y la crianza de los hijos.

La Sociedad de Amigos de Holmes compró una casa antigua de estilo eduardiano y la adecuó siguiendo las pistas dejadas por Arthur Conan Doyle en sus relatos. Ahora, cada carta recibida llega a este lugar y termina en el escritorio de un amigo de Holmes, quien enseguida remite una respuesta.

Al salir de la casa, el policía del siglo diecinueve se quita el sombrero y hace una reverencia, mientras el ama de llaves indica que puede pasar una nueva camada de turistas.

Algunos de los que salieron se meten en la tienda de suvenires, otros enfilan hacia la estación del metro y uno que otro va a parar en la gran librería que se encuentra al lado.

Sus vitrinas están plagadas de libros del detective y del mago Harry Potter. Hay muñecos de peluche con su cara, varitas mágicas y hasta un kit con gorra de cazador, lupa y pipa. Entre todos aquellos objetos, huérfana, aparece la novela negra de Dashiell Hammett, El halcón maltés.

La portada del libro consiste en un fotograma de la película homónima, en el que se puede ver a Humphrey Bogart rompiendo la pequeña estatua del ave que da nombre a la historia y que no contiene tesoro alguno como esperaban los personajes. Al pie de la imagen, con letras rojas, se lee: “¡ESTE ES EL MATERIAL DEL QUE ESTÁN HECHOS LOS SUEÑOS!”

 

El único traidor de América

Una de las novelas de Kilgore Trout (¡imposible hallarla en Quitolandia!).

Una de las novelas de Kilgore Trout (¡imposible hallarla en Quitolandia!).

La entrevista al “único traidor de América”, Kilgore Trout, naufragó sobre la piel rosada de Marilyn Monroe.

En diciembre de 1953, Playboy publicaba su primer número con los desnudos de la estrella de “Some Like It Hot”. Solo “America’s worst enemy” podía competir con ella.

El autor de la entrevista fue un periodista desconocido que visitó a Trout en la prisión federal de Finletter, Georgia.

Hefner, igual que había hecho con las fotografías de Marilyn Monroe, compró el artículo para publicarlo como exclusiva.

“¿Siente arrepentimiento por haber traicionado a los Estados Unidos de América?”

“No tengo patria, vendo periódicos.”

Durante la entrevista, jamás se menciona que Trout había publicado un centenar de novelas de ciencia ficción y miles de relatos.

Para el entrevistador y el público en general, era un pobre diablo que se ganaba la vida repartiendo periódicos.

“¿Usted es comunista?”

“No. Más bien me gusta el aislamiento.”

“Muchos dicen que no es un criminal, sino un loco…”

“Como usted y todos los que dicen eso.”

La entrevista fue publicada poco después del estancamiento de la Guerra de Corea. El escritor se oponía a la intervención estadounidense.

Marilyn Monroe en Playboy.

Marilyn Monroe en Playboy.

Trout fue liberado un par de meses después, pero debía asistir al siquiatra una vez por semana y hacer trabajos comunitarios.

Nunca cumplió su sentencia y a nadie le importó.

En 2006, el escritor tuvo un infarto. Cierto adivino le dijo, horas antes, que George Bush volvería a ser presidente de los Estados Unidos.

La noticia del futuro lo mató.

Para cerrar la entrevista de 1953, el periodista soltó:

“Usted dijo que si el país se involucraba en la guerra, debía desaparecer…”

“Dije que debía irse a la mierda.”

En la página siguiente un pezón de Marilyn Monroe se erguía, indiferente a las sutilezas de la política.

La Historia a través de los ojos de Asimov

Texto originalmente publicado en el sitio Ciencia Ficción en Ecuador de Iván Rodrigo Mendizábal el 11 de enero de 2016.

Disponible también en La Casa Ártica.

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No descubrí a Isaac Asimov gracias a la Ciencia Ficción. De hecho, el primer libro suyo que toqué fue una historia de Grecia antigua, The Greeks: A Great Adventure, que mi padre y yo devoramos en un fin de semana.

Russian-born American author Isaac Asimov is seen in 1974. (AP Photo)

Cuando te dicen que no vas a dejar de ser virgen porque te gusta la Ciencia Ficción. 😦

Pese a que muchos desconocen esta faceta, lo cierto es que leer un libro de Historia escrito por Asimov es un regalo que todos deberíamos hacernos al menos una vez en la vida. Los exquisitos dirán que se trata de libros incompletos o demasiado simples, pero precisamente la sencillez es su mayor cualidad.

Comúnmente conocida como “Historia universal Asimov”, consta de catorce volúmenes ilustrados con mapas y líneas cronológicas. Está escrita en un lenguaje sencillo y resume los acontecimientos políticos y militares más importantes de diversos periodos, desde el surgimiento de la civilización en Mesopotamia y Egipto hasta los Estados Unidos de la Primera Guerra Mundial.

Como un buen maestro, Asimov describe las conquistas de Julio César como si se tratara de una novela de aventuras. El lector jamás siente el paso de las páginas, pues su lenguaje es tan agradable como atrapante y la misma cualidad de sus cuentos se refleja en la Historia, es decir, uno se deja llevar tranquilamente por cada tomo, al tiempo que es impulsado a investigar más.

Cuando terminé con esta colección, leí otras obras de Asimov. Vinieron entonces sus relatos de robots y de civilizaciones extraordinarias, pero este fue un placer al que solo llegué a través de sus libros menos conocidos.

Su obra de ficción es maravillosa, sin embargo, hay algo mucho más importante: su fe en el progreso intelectual del ser humano.

Asimov comprendió pronto que los especialistas transformaban –en realidad, aún hoy lo hacen– a las ciencias exactas y sociales en misterios descifrables únicamente para una casta de iniciados, a la que cualquier individuo común y corriente no debe acceder.

Alianza Editorial y sus aciertos (sin sarcasmo, ¡de verdad, en serio, sí, verídico!).

Alianza Editorial y sus aciertos (sin sarcasmo, ¡de verdad, en serio, sí, verídico!).

Su intelecto superior comprendió que aquello era un despropósito e hizo todo lo que estuvo a su alcance para, desde una revista o desde sus libros, combatir la ignorancia. Comprendía que nadie, ni él mismo, llegaría a “saber todo”, pero el objetivo de su cruzada era desconocer menos.

Escribió sobre Historia con la misma pasión que puso en la Física o la Química. Era un adelantado a su tiempo y como tal, sabía que entender el pasado es una obligación de aquellos que aspiran a un mejor futuro y que las naves espaciales del siglo veintiuno son el resultado de la primera chispa de fuego que un grupo de homínidos encendió hace cientos de miles de años en un lugar ya olvidado.

Asimov era un escritor de Ciencia Ficción sin duda, pero sobre todo era un cerebro universal y acaso, él mismo, un personaje de ficción especulativa, toda vez que, viviendo en un mundo obsesionado con la especialización, donde los matemáticos se rehúsan a leer a Shakespeare y los sociólogos a Gödel; se adelantó a su tiempo y abrazó todos los campos que pudo con humildad y no con el fin egocéntrico de solo él saber más, sino con el grande, el altruista: ser el catalizador para que los otros, sus congéneres, crezcan espiritualmente y lleguen a las estrellas.

Un idilio verdaderamente bobo

L'amour fou!

L’amour fou!

No es que sea feo, mi nariz es un poco grande ancha y torcida, pero nada más. Bueno, también está esa verruga marrón que tengo en la mejilla derecha… ¡Ah! Y los dientes torcidos y amarillentos… Porque no creo que el estrabismo, el tartamudeo o las jorobas sean relevantes.

Soy apuesto, no hay duda. Si algún defecto poseo es mi pobreza y esta es la responsable de mi mala fortuna en el amor. Por eso, me suscribí a un programa para aprender inglés y hacer amistades por correspondencia en los Estados Unidos.

Tuve suerte. Mi primer contacto fue una muchacha de veintitrés años nacida en Montgomery, Alabama, quien buscaba a su Rodolfo Valentino en Sudamérica.

Me dediqué, entonces, a crear el disfraz adecuado, enamorándola sin dificultad.

Sus cartas estaban llenas de pasión. Ofrecía llevarme a fiestas con jazz, bailes hasta el amanecer y alcohol de contrabando. Incluso escribió que su padre me adoraría.

Alguna vez leí que el amor es milagroso. No hay duda. Cada mañana, yo me sentía más bello y mis poquísimos defectos eran lunares que aumentaban mi sensualidad.

Compré el libro de gimnasia de cierto atleta sueco, me puse a entrenar hasta la agonía y, a la mañana siguiente, no pude levantarme de la cama. No volví a intentarlo.

Las cartas siguieron llegando, aun durante mi convalecencia – que para la gringa, fue una cogida  mientras toreaba – y nuestro amor se hizo cada vez más intenso.

Transcurridos dos meses, me dijo que su padre y ella vendrían a Ecuador para conocerme y hablar de matrimonio. Quiso una foto y la dirección de mi casa. Estaba acabado. Sin embargo, me dije: “nuestro amor es demasiado intenso como para destruirse por una simple mentira”.

Envié la fotografía de un hombre que promocionaba agua de colonia en una revista cubana y más mentiras.

Mi gringa iba a llegar dentro de un mes. Practiqué boxeo, empeñado en mejorar mi condición física, hasta que uno de los entrenadores me sacó tres dientes con un solo jab y no volví a intentarlo.

Acudí también a un médico para pedirle medicamentos que hagan crecer el pelo en la coronilla o, al menos, una dieta que eliminara los granos del cuello. Se rió y no volví a intentarlo.

Los días previos a la llegada de padre e hija, les envié varios telegramas, pero su silencio fue total.

Esperé la respuesta por semanas. Una tarde, sin embargo, decidí escribir la carta de rompimiento con la gringa. Me costó mucho, mas, cuando estuve contento con el resultado, la coloqué dentro de un sobre, guardándola en el baúl de siempre, con las otras.

Hay miles y todas, incluso las de mis amantes, las he escrito yo…

¬¬

La bobada de junio: Ecuador, “capacitador” en derechos humanos

Para cumplir con la nueva Ley de Comunicación, desde este mes La rue Morgue cuenta con un nuevo articulista y “observador” estatal que nos dará su “opinión” sobre los textos a publicarse. Naturalmente, como no se trata de un censor, su función consiste en decirnos lo que debemos y lo que no debemos subir al blog, nada más; adicionalmente cooperará con un artículo para alguna de nuestras secciones.

Yo me encuentro encantado con la llegada de este compañerito, el señor Kléber Tontazo – portador de seis maestrías y un doctorado –, sobre todo porque me exigió una oficina con todos los aderezos necesarios, tres asistentes y seis asistentes para sus asistentes, una secretaria “multiuso”, computadoras con una excelente memoria RAM y un teléfono rojo para comunicarse directamente con la presidencia – entidad con la que, obviamente, nada tiene que ver –; gastos que – palabras más, palabras menos – me tienen jodido. Sin embargo, cumpliendo con la ley, dejo a mis lectores en buenas manos y con la esperanza de que no nos abandonen.

El Ecuador, representado por un poderoso gato negro, defiende su soberanía de los embates de Assange, el inocente conejito.

El Ecuador, representado por un poderoso gato negro, defiende su soberanía de los embates de Assange, el inocente conejito.

El Ecuador es tierno como un gatito dormido, pero, cuando alguien se atreve a mancillar su soberanía, se transforma en una terrible pantera africana, de esas que salen en el canal gringo de animales, Penthouse. En efecto, los ecuatorianos somos gente amable y pacífica que se indigna contra aquellos que intentan pisotear su independencia – aunque sean BFFs como el Assange, quien solo nos molestó un poquito.

Así que ¡cuidado, imperialistas del mundo! Nunca permitiremos que se aprovechen de nosotros, a menos que quienes lo hagan sean chinos o venezolanos, porque la dignidad no se compra con dólares sino con yuanes o bolívares.

Tres funcionarios que muestran la mejor cara posible.

Tres funcionarios que muestran la mejor cara posible.

El mes pasado, el país fue titular en la mayoría de periódicos corruptos por una decisión histórica: entregar ayuda financiera para la capacitación de los Estados Unidos en materia de derechos humanos. Aún recuerdo el momento en que escuché la noticia en uno de los canales independientes e incautados por el gobierno; mi corazón ardiente por poco se incinera de la emoción y mis manos limpias casi se ensucian con un torrente de lágrimas. No era para menos, pues ¿quién se ha atrevido antes a dar una bofetada de dignidad a los gringos imperialistas? ¡NADIE!

Mi amigo Alvarado, con la frente en alto, demostró al mundo que “sí se puede” dejar a la diplomacia internacional, literalmente, boquiabierta usando una sola cosa: el cinismo.

Quiero, sin embargo, analizar detenidamente todo lo que nos convierte en el ejemplo a seguir en derechos humanos:

La policía y cincuenta y dos diputados destituidos jugando a "las cogidas".

La policía y cincuenta y dos diputados destituidos jugando a “las cogidas”.

1)      Nunca hemos violado la constitución, impidiendo que diputados elegidos por el pueblo ingresen al Congreso, al tiempo que negociábamos con sus suplentes para que ocupen su lugar. ¡NEVER!

2)      Jamás se nos ha pasado por la cabeza sacar cuarenta millones de dólares a un periodista que no gana ni mil al mes. ¡NEVER!

3)      Nadie ha escuchado a nuestro presidente denigrando a una persona por su condición física o intelectual. ¡NEVER!

4)      Nuestro sistema legal es tan justo y eficiente que “nunca de los nuncas” ha encerrado en la cárcel a una mujer porque “es fea y cae mal a todo el mundo”. ¡NEVER!

5)      Never in the life se ha escuchado que medios de comunicación incautados sigan funcionando por más de un año en manos del Estado, sin ser vendidos para pagar a la gente que, víctima de la corrupción de algunos banqueros, se quedó en la calle.

6)      Y jamás, jamás, jamás, entiéndase bien: J – A – M – Á – S se nos ha ocurrido bailar y cantar música protesta mientras nuestros compatriotas se matan a tiros.

¿Se pondría en esas carnes?

¿Se pondría en esas carnes?

Con todas estas cualidades, es evidente que somos los indicados para dar cátedra en derechos humanos. Mas ¿cuál es el plan que proponemos a los Estados Unidos para mejorar en esta área? No soy la persona indicada para responder una pregunta tan técnica, se necesitan un par de doctorados más para eso; aunque sí creo, modestamente, que puedo hacer un bosquejo:

En primer lugar debemos enseñarles a los gringos a escuchar las canciones de Fito Páez y Facundo Cabral, ya que no hay nada más criminal y antihumano que los temas de Lady Gaga.

También es importante que los yanquis dejen el fútbol americano y se dediquen a la macateta, deporte que los ecuatorianos – que somos medio boludos – dominamos desde la tierna infancia y que nos prepara para soportar los pelotazos de la política con la mayor alegría e ingenuidad.

Es adecuado explicarles a los gringos que las torturas en Guantánamo son obsoletas y basta con reemplazarlas con cadenas sabatinas de cuatro horas. Pruebas científicas realizadas en los invisibles laboratorios de la Universidad Central demuestran que el sufrimiento es infinitamente mayor.

Otra opción es desviar el dinero que se utilizaba en el espionaje de gente inocente hacia un programa para desarrollar el arte y la ciencia, el mismo que consiste en usar los recursos en la creación de  muchísimos ministerios, en vez de ofrecer becas para los artistas; al fin que “esas cosas no sirven para nada”.

Finalmente, debemos sugerir a los imperialistas que compren camisas estilo Zuleta, ya que esto es una prueba de respeto y admiración por los pueblos ancestrales que están llenos de indios de poncho de oro.

Kléber Fermín Tontazo

PhD y magister en Comunicación aplicada a la incomunicación de masas.