Un café en la cripta

Crónica publicada originalmente en la Revista Mundo Diners de noviembre 2018.

UNO

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Calle de Carretas. Foto recuperada de la web “Secretos de Madrid“.

En 1920, Madrid también es una fiesta sin desastres anuales ni guerras civiles.

En una de sus calles, la de Carretas, donde lo que menos hay es carretas, transeúntes de cualquier estirpe se agolpaban en busca gelatinosas imitaciones de cerebros y corazones para estudiantes de la facultad de Medicina o sustitutos, más o menos ortopédicos, de piernas, manos y brazos para mutilados de la guerra hispano – estadounidense.

Aquel es el depósito de los miembros de goma, una isla absurda en el corazón de Madrid donde parece que el doctor Frankenstein desechó los sobrantes de su criatura con la finalidad de que funcionarios del correo, también ubicado allí, los entregasen a cualquier aficionado a las rarezas.

Precisamente, como náufragos, los carteros aparecen de pronto entre el mar de coleccionistas de muñones plásticos. Aún no los han dotado de bicicletas, de modo que trotan entre la multitud de forma incansable, abriéndose paso a veces con palabras, a veces con codazos. El caminante se pregunta al verlos si pronto no tendrán que cambiar sus pies de carne y hueso, desgastados e inservibles, por los de goma que se exhiben en las vitrinas.

Cercana a la Puerta del Sol, la calle de Carretas es una arteria de Madrid, oculta para aquellos que buscan la diversión banal.

Entre la multitud de paseantes camina un hombre vestido con traje negro. Es bajito y grueso, está peinado con brillantina y en su cara no asoma ni un solo vello. Es un hombre de sonrisa franca y mirada suspicaz al que todos conocen en la calle de Carretas, pues desde 1912, casi sin interrupciones, ha organizado en el Café y Botillería de Pombo, ubicado en el número 4 de esa vía, una tertulia sabatina.

 

En Madrid hay cientos de cafés, pero Pombo es un animal extraño al que la vanguardia del arte ha insuflado nueva vida. Convocados por el hombre bajito de terno negro (Ramón Gómez de la Serna), el pintor José Gutiérrez Solana, el filósofo Ortega y Gasset, escritores como Valery Larbaud, Valle Inclán, Grandmontagne y Antonio Machado se sentaron a las mesas de la vieja botillería transformándola en Sagrada Cripta.

De Pombo se sabe que el amanecer del alocado siglo veinte fue el responsable de disfrazarlo como café, haciendo desaparecer de forma definitiva su ropaje vetusto de fonda para viandantes. La especialidad era un sorbete de arroz, servido en temporada, que provocaba diarreas y que le valió el título nobiliario de “Café de los Cagones”.

Gómez de la Serna lo escogió porque sufría de una incontrolable pasión por las incongruencias y un sitio antiguo y tan castizo era el contraste perfecto para la que sería la sede de la vanguardia y el universalismo.

Los cofrades de Pombo eran variedades de rara avis que disfrutaban volar en contra del viento y que terminaron por acoplarse al café de igual forma que la anacrónica mesa donde se celebran los banquetes o la pintura de Gutiérrez Solana que capturó una de las tertulias y que acompañaría a los comensales hasta que el tiempo y las guerras la empujaron a un museo de nombre tan extenso que es mejor llamarlo solo Reina Sofía.

A Gómez de la Serna o Ramón, a secas, como prefería que lo llamasen, lo movió la idea de crear un refugio para los artistas libre de erudiciones y de pompa, capaz de acoger las ideas nuevas, pero también las antiguas que estuviesen dispuestas no a combatir al futuro, sino a coexistir y hasta participar en su marcha imparable.

Los invitados asistían exultantes a las reuniones, cumpliendo sus tareas de forma correcta durante el resto de la semana para que ninguna tarea se interpusiera en el disfrute de lecturas, recitales y charlas, pues a diferencia de otras, en la tertulia del Pombo no había alardes de grandeza, sino humor, audacia y poesía, la misma que era mucho más que una repetición de poemas enlatados, y guiaba cada segundo, cada actividad de la noche sabatina.

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La Sagrada Cripta del Pombo. Foto recuperada del blog “Descubriendo Ciudades“.

Sin embargo, a Pombo no solo llegaban los artistas. Desde el sótano donde se celebraban las tertulias, se podía divisar una fauna increíble compuesta por hipogrifos y salamandras que parecían haber escapado de la Puerta del Sol para entrar en la de la luna.

Carteros y carteristas, sordomudos y hermosos caballeros enamorados de la bohemia se reunían en torno a las mesas, mientras los vanguardistas hablaban sobre el cubismo.

Algunos se atrevían a bajar las gradas, introduciéndose en el mundo de Ramón de forma definitiva. Y es que él no era un hombre capaz de olvidar. Como mago o científico desquiciado, cada rostro y cada acción quedaba inmortalizada en forma de letras o dibujos que, con el tiempo, serían un ensayo, una novela, una greguería.

Así, entre todas estas criaturas, Gómez de la Serna adoptó a un mendigo para bautizarlo con el sobrenombre de “Pirandello”. Se distinguía de las demás por su humor, participando en cada juego de los pombianos como uno más.

Iba de aquí para allá con invitaciones a convites y hasta escribió, cierta noche, una carta para los artistas en la que les llamaba la atención sobre el absurdo de buscar un sentido a la vida.

Acabó sus días un domingo después de asistir a una tertulia en la Sagrada Cripta. La causa: insuficiencia mitral, problema cardiaco que resultó una auténtica paradoja, pues Ramón dijo alguna vez que aquel fue el hombre con el mejor corazón que había conocido.

 

DOS

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“La tertulia del Café Pombo” de Gutiérrez Solana. Cuadro del Museo Reina Sofía.

Con frecuencia, se organizaban banquetes en el Pombo para personajes extraordinarios.

José Ortega y Gasset, Francisco Grandmontagne, Enrique Diez – Canedo, Luis Bello y otras personalidades del mundo intelectual fueron homenajeadas en el sótano de la botillería. Sin embargo, el más llamativo es el que se hizo en honor de Don Nadie.

Ramón distribuyó una invitación a escritores de la generación española del 98 y también del 14 en la que se podía leer:

“Don Nadie, como su mismo nombre lo indica, no es nadie; pero no por esto debe creerse que no es nada (…) él no nos traicionará ni nos desdeñará. Cumplamos con este acto de creyentes, pues no podrán asistir a este banquete los que están proclamando siempre que ellos no creen en Nadie”.

Algunos, como Miguel de Unamuno declinaron el convite, arguyendo con elegancia que Don Nadie era peligroso porque escondía entre sus invisibles entrañas egoísmo y desvergüenza y su impersonalidad era la responsable de la corrupción que estaba corroyendo, según él, a la España de los años previos a la Segunda República.

La verdad es que en cada palabra de Unamuno se detecta un miedo o un repudio hacia la audacia burlona que el invento de Ramón contenía.

Él, en el discurso inaugural del banquete, defendió su idea explicando que era precisamente lo contrario: el problema no debía ser Don Nadie, sino Don Alguien o los cientos de “alguienes” que aparecen en cada esquina tratando de hacer que la gente se incline ante su falta de valor.

En el asiento que presidía el convite y que siempre se consagró al homenajeado, los pombianos sentaron a un simple paño blanco que cubría la invisible desnudez de Nadie.

Era una noche de invierno, cerca de fin de año.

 

TRES

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Ramón Gómez de la Serna. Fotografía recuperada de El Mundo.

Los años treinta y sus crisis hicieron que, poco a poco, cualquier tertulia en Madrid y España fuera inviable salvo que estuviese contaminada con política malsana.

Ya no había espacio para discusiones cúbicas sobre redondos movimientos literarios ni lecturas doradas de versos azules. En cada esquina de la ciudad se oían voces hablando de revolución “a la rusa” o nacionalismo “a la italiana” como si el mundo no fuera más que una receta de cocina.

La gente perdía el humor en el mismo momento en el que suscribía la papeleta de adhesión a cualquier movimiento político y, de manera paradójica, hombres como los cofrades de Pombo que habían criticado a aquellos que se resistían al avance feroz del tiempo, empezaron a convertirse en anacronismos.

Gómez de la Serna se marchó a Buenos Aires, encontrando argentinos que habían asistido alguna vez a su tertulia europea: Oliverio Girondo, Norah Borges y su hermano Jorge Luis…

Pese a que América lo recibió con admiración y cariño, el Ramón de la década pasada era una víctima del futuro que tanto amó. Había pasado de ser un agitador cultural audaz, punta de lanza de los nuevos creadores, a uno más de la legión de “viejos” a los que la juventud miran con sospecha, empeñándose en criticarlos sin importar si tienen o no razón.

Igual que en Europa, Gómez de la Serna se ganaba la vida escribiendo a mil por hora. Revistas, prensa y editoriales le solicitaban obras, ya no como una novedad, sino como la voz de otra época.

Mientras tanto, en España la Guerra Civil había aniquilado cualquier luz de bohemia y la gente se pasaba los días buscando pan o, castigada por el triunfante franquismo, construyendo absurdos mausoleos que solo la locura de un siglo que aspiraba a volver al tiempo de los faraones se podía dar el lujo de permitir.

Madrid ya no era una fiesta y París tampoco, pues mientras esta caía en las manos de Hitler, la otra se dedicaba a sortear la pobreza, moral y económica, que sobreviene a cualquier guerra.

Como a desagradables costras, la gente retiraba los carteles con las leyendas de “NO PASARÁN” o “¡ARRIBA, ESPAÑA!” para apilarlos junto a los muros caídos. Los palacios que en otro siglo eran símbolo del poder de un imperio donde no se ponía el sol, no eran más que un humo tan espeso que impedía ver cualquier estrella.

La Sagrada Cripta del Pombo desapareció y sus paredes se convirtieron en el refugio de prostitutas terriblemente delgadas que acudían después de una noche de “faena” para tomarse un café cortado o comer un sorbete de arroz. Los carteros, que ahora caminaban con el puño levantado hacia el cielo, las veían llegar desde la Puerta del Sol y el Café Zaragoza al que en son de burla, lo conocían como “el de la sífilis”.

En 1942, con un Ramón ausente y una serie de cofrades desperdigados por el mundo, el Pombo cerró sus puertas y un peletero compró el lugar llenándolo de pieles de animal que parecían ser las de la propia Sagrada Cripta a la que, por un ritual antiquísimo, alguien había despellejado.

 

CUATRO

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La Calle de Carretas hoy. Foto tomada de “El País“.

Jovencitas cargadas de paquetes salen de la tienda de Zara que se encuentra junto al lugar donde, por años, funcionó el Café y Botillería de Pombo.

Ahora, el sótano donde se reunían los cofrades de la Sagrada Cripta alberga un modernísimo garaje y el edificio en sí es una fachada tan actual que, forrada con vidrios y piedras, parece una pecera gigantesca.

Por la calle de Carretas todavía desfilan los carteros, pero ahora van en camioncitos y ya no hay mutilados que buscan piernas y manos de goma, sino adolescentes comprando hamburguesas en Burguer King para no ir con el estómago vacío a la cita que los aguarda en la Puerta del Sol.

Hay hostales, tiendas de ropa, joyerías, pequeñas agencias de banco, contenedores plásticos de basura, edificios en reparación y, a lo lejos, se ve el eterno anuncio del jerez Tío Pepe que se resiste a seguir el camino del Pombo.

No hay inscripciones, no hay placas que hablen de la Sagrada Cripta y en un puesto de libros usados que, por azar, el paseante encontrará no hay uno solo de los que Ramón publicó en honor a su café.

― ¿De Gómez de la Serna? – Responde una andaluza de ojos negrísimos –. ¡Nada! No me queda un solo libro, alguna vez tuve algo, pero no recuerdo qué…

Parece que esa frase es un dictamen: el único destino de los hombres es el olvido y el tiempo es su ejecutor implacable.

 

Mire un monólogo de Ramón Gómez de la Serna sobre la oratoria:

Pablo Flores, poeta del paralelo cero

Pablo Flores Chávez estaba sentado en uno de esos sillones desgastados de la sala de talleres literarios. A su lado había otros diez o quince muchachos que, como él, habían respondido a una convocatoria de la Casa de la Cultura “Benjamín Carrión” para personas con inquietudes literarias que quisieran obtener “una suerte de beca por dos años” para perfeccionarse en el oficio de escribir.

Pablo sonreía escuchando las críticas que le soltaban a quemarropa varios de sus compañeros. Decían que su poesía era rara – aquella palabra tenía la pinta de un anatema – y se engolosinaban con quejas acerca de su estructura.

Diego Velasco, coordinador de los talleres, disfrazado del Argos de los cien ojos, miraba a todos en silencio. Solo cuando la mayoría de aprendices de escribidores hubo disparado, él, contemplando a Pablo Flores, le dijo: “sí, es diferente, pero eso no quiere decir que esté mal”.

 

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¿Cómo es un poeta de este paralelo cero, es igual al de otras partes del mundo o tiene alguna particularidad, producto acaso de complicaciones derivadas de la situación del país?

Un poeta de “la mitad del mundo” es como cualquier otro poeta en otra mitad de otro mundo: un referente simbólico de la vida, lo que equivale a salir del lugar común, como sería aquello de darse de “poeta”.

Vizinczey en sus diez mandamientos del escritor menciona que para ser escritor (poeta) hay que salir de esa casilla de no ser lo que el resto dice que eres: no ser, por ejemplo, una víctima de las circunstancias o las “complicaciones derivadas del país”. Y ahí me alejo enteramente de la escritura por compromiso social, ético, político, etcétera.

Tu poesía tiene mucho que ver con experimentación y acaso con desafiar a esos “bastardos del canon” de los que alguna vez habló cierto poeta ambateño de cuyo nombre no quiero acordarme, ¿sientes que es así?, ¿podrías ensayar una “definición” de tu poesía?

Eso de la esperanza del “más allá del canon” o las extremas advertencias del camino no me parece que deban tomarse en serio; por otro lado, ese luchar de Balzac contra las propias limitaciones o las creencias que se convierten en convicciones, sí.

Creo en la convicción de que el lenguaje experimental te da la opción de escoger otros caminos liberadores, vuelvo con Vizinczey “nada de lo que ya se ha hecho puede decirte cómo hacer algo nuevo”. Tienes que ir por la tangente, correr el riesgo, no repetir esas formulitas.

Ensayar mi arte poética sería un intento demasiado fútil por el momento, no creo en las interpretaciones del futuro o la cábala lingüística para definirme.

La filosofía aparece constantemente en tu poesía, ¿eres un lector que escribe? ¿Cuál es el papel de la lectura en tu proceso creativo?

Hay tantas formas de responder a esa pregunta (risas): es que es inevitable leer para escribir y escribir para leer, no hay manera de separarlas. Aquello te llega en miles de mensajes expositivos, panfletos, indirectas; videos como el que te mostré de Gamboa, en el que él mismo dice tanto porcentaje de lecturas clásicos, tanto porcentaje de poesía, tanto… etcétera, etcétera. (risas).

Además de que, antes de la escritura, disfruto mucho más leer: mezclo lecturas, hago libromancia y lectura creativa.

 

Los talleres literarios eran carreras de resistencia: había desertores que no pasaban los primeros cien metros planos u otros que aparecían, se esfumaban y volvían a aparecer…

Cada aprendiz se forjaba su camino como podía, con más dudas que certezas y, a veces y de casualidad, se escuchaba que alguno logró publicar un libro o que, en medio de crisis existenciales, había quemado sus garabatos para dedicarse a vender electrodomésticos.

Mas, de vez en cuando, alguien mencionaba el nombre de uno de los aprendices que había escapado del anonimato, ganando un concurso o una beca.

 

Hablando del Concurso de Poesía “Paralelo Cero”, Cesado el nombre, libro con el que lo ganaste, ¿fue escrito específicamente pensando en el certamen o era un trabajo que se había gestado mucho tiempo atrás?

Cuando empecé a tener noción seria de la escritura, sentía una obligación entera por escribir sin pensar en nadie y en nada más que el libro ni siquiera en el interlocutor o imposible lector del otro lado. De hecho, para mí no había otro lado, simplemente era materializar la certeza que me acompañó en todo ese proceso. Luego, claro, estuvo el sacarlo del horno y ver cuáles eran las posibilidades para publicarlo y ahí estuvo el último día de entrega para “Paralelo Cero”, sin haberle dado tanto meneo a la cuestión.

En tus palabras, ¿cómo describirías a Cesado el nombre?

¡Uy!, Cesado el nombre es un libro sobre mis lecturas de filosofía: de que había un camino silenciado pero presente entre la palabra poética y el decir filosófico, que el trajinar de la duda por el reto y la existencia de condiciones opuestas, varias son ese “todo es dudoso” de Pirrón.

Mencionar ese diálogo entre poesía y filosofía me dio mucha luz en el campo de la evocación del lugar y del objeto, de modo que terminé creando un mini tratado sobre eso.

La evolución es inevitable no solo biológica, sino artísticamente. En ese sentido, ¿hay cambios entre el poeta de Cesado el nombre y el de ahora?, ¿en qué ha variado?

Cambios progresivos, pero en un continuum de estar consciente del todo y de la nada, que me siguen rodeando y maravillando. Tengo ciclos, aunque no como las estaciones, sino de aquellos que no vuelven aparecer sino hasta después de unos años.

Crecer en el campo me hizo muy abierto a sentirme por dentro, explorarme en lo que puedo y no alcanzo a decir. En ese sentido, he cambiado en explorar más profundamente esa “vecindad del cielo, y el desierto, con la poesía de los espejismos” que decía Cioran sobre el corazón de uno mismo.

 

Por las calles de Quito, “a toda madre”, Pablo Flores se interna, sin importar la hora, a lomos de su caballo de metal: una bicicleta a la que ama como a su vida.

Con frecuencia, un conocido lo ve, a lo lejos, y tiene la impresión de que no es un poeta, sino un puñal con vida que penetra, veloz, en el cuero de esa mujer esquizoide y raquítica que es el Quito del siglo veintiuno.

Él, sin frenar su carrera y agitando la mano derecha, grita: “¡acabo de publicar en México!” o “¡volví ayer de España!”.

 

Después del premio “Paralelo Cero” varias puertas se abrieron, incluso conseguiste una residencia creativa con la Fundación Antonio Gala de España, ¿cómo fue ese año fuera de Ecuador?, ¿relacionarse con otros artistas jóvenes alimentó tu literatura?, ¿cambia mucho una experiencia de este tipo a los artistas?

Ese año, siento que me adelanté al Pablo que se hubiese quedado en Ecuador en formas que nunca antes había experimentado: lo registraba todo, no en un sentido de acumulación sino vivencial. El haberme permitido nutrirme de otros artistas que vivieron conmigo y que luego se hicieron mis hermanos y hermanas, fue maravilloso. Gracias a esa beca pude beber otras aguas, viajar.

¿El poeta termina amando u odiando a la tierra que lo vio nacer después de esos autoexilios?

Por ahí, hoy escuché que decían “cuando pierdes el techo, ganas las estrellas”, creo que el espejo de ese exilio, autoexilio, puede ser en cualquier parte, llámese Ecuador, llámese Nueva York, llámese Bangkok, llámese mi cuarto con la Bruma y el Ring.

Los premios, al menos en este “paralelo cero”, suelen ser la única forma de abrirse camino en el mundo del arte, sin embargo, es un fuego fatuo: los medios, el Estado, el público en general olvidan al ganador, quien termina en la indefensión total. ¿Sucedió así contigo o cómo fue la vida de Pablo Flores después del “Paralelo Cero” y de la beca de la Fundación Antonio Gala?

Siento que esos momentos de “olvido” son preciados que deben dedicarse a uno mismo. No me importó, como tampoco me importa el antes o el después.

Me encanta practicar el autosilencio o el silencio creativo que es más potente porque no se sabe de dónde viene o adónde va.

 

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Pablo Flores probó varias cosas: la carrera de Geografía, la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, la Universidad Central, la Facultad de Filosofía y Letras pero, perseguido por el sueño de Borges, se encerró en una biblioteca. Desempolvando tesis antiguas y textos despreciados por el común de los mortales. Es un poeta que busca su camino.

 

Al principio estudiaste en la carrera de Geografía de la Universidad Católica para luego abandonarla por la literatura. ¿En qué momento te diste cuenta que estabas en el sitio incorrecto?

No me acuerdo del momento, tal vez muchos, y las señales del mundo externo que me llamaban a la literatura y amarla hasta en mis sueños o pesadillas.

Lo que sí recuerdo es haberme enojado con un profesor cuando este me dijo: “oye, Pablo, este trabajo escrito es muy bueno como para ser tuyo, me huele a plagio”, en ese instante dije: “¿sabe qué?, si es plagio, me plagié a mí mismo, pero eso no lo va a entender”.

El resto fue liberarme de toda la cursilería y el padrinazgo que es estar en una universidad privada, dejarlo todo por la Central, donde me he sentido como en casa, donde respiras la “ecuatorianidad” en chiquito.

De la mano con tu poesía están tus estudios en la escuela de Lengua y Literatura de la Universidad Central y también el trabajo de bibliotecario, ¿es difícil compaginar esas actividades?, ¿el artista termina convertido en un subversivo que escribe para vengarse de ese mundo que le obliga a ganarse la vida “con el sudor de la frente”?

Siempre digo que vivo en la Central, estudiar y trabajar allí me permite hacer un proceso de inmersión, de escritura, de lectura, de lo que también siempre he sido que es un modelo 4×4, un estudiante producto de la educación pública desde pequeño (la de aquí, de Estados Unidos cuando estudiaba Electricidad en un colegio técnico, de cuando camellé en construcción en Danbury), y le saco el jugo a esa materia prima de condición social tan arraigada en mí porque a veces sé dejarme llevar por el yo que sigue viviendo en la “Yoni” como cualquier otro emigrante. Como te dije, no le devuelvo al mundo lo que arroja, tampoco lo que no me brinda.

En tu trabajo, por ser dentro de la universidad y, como tal, dentro del sector público, te toca lidiar con la burocracia, ¿cómo enfrenta el poeta ese mundo kafkiano, termina pareciéndose a un personaje del escritor checo?

(Risas.) Ciertamente es un mundo kafkaniano y en la Central, como en otras instituciones públicas análogas, creo que más, pero eso justamente hace que sea más temperamental el asunto de hasta qué punto mi 4×4 logra trascender esas limitaciones y las convierte en oportunidades “bellatinezcas”.

También has dirigido algunos talleres de literatura – como el “Cinegético de Excritura” –, ¿en qué consisten y en qué se diferencian de otros? ¿Aportan algo a tu proceso creativo?

Como escritor en formación, nunca me gustaron los talleres de creación literaria regidos por aquello que ha sido constante en la historia de la literatura: la seriedad y el intelecto sumado con el esfuerzo de la tradición. Me refiero a, por llamarlo de alguna forma, ese “ente” al cual le dices: “a ver, sólo ha existido ese camino de concebir un taller literario, es decir, trabajo duro y de oficio, de taller y mucha lectura y mucha corrección, duro, duro, duro…”

Creo que la pedagogía de un taller literario debe darte otro tipo de posibilidades de aprendizaje, lejos de lo que imponga la imagen de un “escritor”. En ese sentido, el “Cinegético de Excritura” se apartaba de esas prácticas ya normadas y proponía lo opuesto.

Hay otros esfuerzos mucho más amplios, incluso con cátedras de creación literaria y de prácticas relacionadas con este concebir distinto de la práctica escritural. Por ejemplo: la cátedra de la Universidad Diego Portales que basa sus estudios en la experimentación o la “Escuela Dinámica de Escritores” de Mario Bellatin que existió en México.

 

Ahora, Pablo Flores vive en su búnker con un gato y dos perros. Se trata de un pequeño departamento en la planta baja de cierto edificio a medio construir ubicado en el norte de Quito.

Aparte de la cama, el baño y la cocina hay libros. Muchos libros. Los Bellatines, Borges y otros dioses y semidioses del Olimpo literario se encuentran apilados junto a la pared, sobre el escritorio, y al lado de la computadora.

Los visitantes deben brincar sobre los montoncitos de libros y, si la suerte los acompaña, el poeta les mostrará, como dando a luz un ángel, cierto texto que ha armado durante meses (literalmente porque, además de escribirlo, él ha pegado y cosido las hojas de cada uno de los ejemplares existentes). La creatura se llama Res Extensa.

 

¿Qué es Res Extensa?

Res Extensa es el principio (una de las partes) de un libro – código madre que se autoreproduce y muta en otros libros, respondiendo a un fin experimental.

Es un libro experimental que no completa un pensamiento o una frase, sino que, a manera de un río, va a parar donde tenga que parar.

Al leerlo creo que es inevitable pensar en la poesía japonesa antigua, donde tanto el texto como los ideogramas buscaban provocar un efecto sobre el lector, haciendo imposible la separación del “fondo” y de la “forma”, ¿es correcta la comparación o es otra la idea que esconde el libro?

Hay algunas ideas sobre el principio mentor – rizomático de la Res, pero sí, la forma compositiva del libro opera igual que los ideogramas en esa proyección de las letras hacia el infinito. Además de plantear, después de terminado este mega proyecto, que los libros puedan adquirir un espacio como exposición artística de la escritura conceptual.

Publicar en Ecuador – y, sobre todo, publicar poesía – es muy complejo, sin embargo, actualmente estás luchando para que Res Extensa aparezca en las librerías, ¿cómo ha sido tu relación con esa suerte de circo romano que es el mundo editorial?

Es la primera vez que me enfrento a eso de “buscar editorial” porque los anteriores libros se publicaron por premios y el primero, de hecho, por un vínculo con los agentes de la red de poetas salvajes de México.

Entonces todavía soy un inexperto, pero siento que hay una fuerte movida de editoriales independientes dentro del país que, a través de la autogestión y la unidad entre ellas, generan un panorama distinto para el lector.

 

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Pablo sonríe cuando estamos a punto de despedirnos: piensa en su querido Mario Bellatin, los talleres de experimentación literaria, los libros y otros bellos demonios.

Unos minutos antes, su novia, quien hasta ese momento ha escuchado la charla con la indulgencia del médico que ya se ha acostumbrado a los desatinos de sus pacientes hipocondriacos, le critica por no beber el café negro, fuerte y sin azúcar. Él, luego de rascarse la cabeza, dice que es algo más que le falta aprender y ríe con esa risa tranquila que solo he escuchado en las personas que viven en paz.

Apócrifo

Toledo, 12-09-2006.- Imagen de una de las obras que componen la exposición sobre Dalí que se inaugura mañana en Cuenca. ©Salvador Dalí, Fundació Gala-Salvador Dalí, Cuenca, 2006

El Quijote a través de los ojos de Dalí. ©Salvador Dalí, Fundació Gala-Salvador Dalí, Cuenca, 2006

La segunda parte de la novela cayó en sus manos cuando aún estaba inconclusa y solo la muerte podía vengarlo.

Buscó al plagiario entre escritores y escribidores, amigos y enemigos, pero hasta su nombre era apócrifo.

— Debe ser un poeta

— Pero el libro tiene errores que un escritor no cometería.

— Es una trampa para desviar la atención.

El autor, entonces, decidió ejecutar su venganza – el nombre del enemigo aparecería tarde o temprano, sin duda –. Se sentó frente a la mesa y se puso a garabatear sin pausa, despreciando la llegada del alba o de la noche.

Meses después, la venganza estaba lista:

… suplico a los dichos señores, mis albaceas, que si la buena suerte les trujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí con el título de Segunda parte de las hazañas de don Quijote de la Mancha, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe, porque parto desta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos.

Era el año 1615. El autor que se escondía bajo el seudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda, el plagiario, jamás apareció y Cervantes había comprendido que la única forma de vencerlo – a él y a cualquier otro impostor – era matando al Quijote.

Los lectores se congelan en Quito

En el mundo de Fahrenheit 451 los libros se queman, pero en Ecuador, se congelan.

Según un estudio de la UNESCO, en este país se lee medio libro al año, mientras que en China, Noruega, Suecia o Finlandia, cuarenta y ocho. En términos futbolísticos, somos la selección de Samoa que perdió 31 a 0 contra Australia…

Se podría aventurar cientos de explicaciones – bibliotecas públicas mal provistas, alto precio de los libros, poca o nula iniciativa estatal, falta de interés, etcétera –, pero lo cierto es que Ecuador no está solo, la mayoría de América Latina, y hasta España, mantienen cifras bajas, lo que seguramente explicaría el nivel de los políticos que elegimos.

LibriMundi de la calle Juan León Mera.

LibriMundi de la calle Juan León Mera.

Unas semanas atrás se supo que la antigua casa de LibriMundi en la calle Juan León Mera iba a cerrar sus puertas luego 43 años, al tiempo que Librerías Crisol levantaban anclas y se volvían al Perú.

Por un lado, malas noticias porque quedan cada vez menos alternativas para comprar libros y por otro, buenas porque aparecen los saldos, lo que, aquí, es menos frecuente que ver llorar a un cuadro de la Virgen María.

El problema es que estoy desempleado, de manera que comprar libros, aun a mitad de precio, se convierte en un deporte extremo…

Las dudas, sin embargo, se disiparon cuando el Fondo de Cultura Económica (FCE) de México aterrizó en Quito, esa misma semana, luego de una larga espera.

Centro Cultura Caros Fuentes de Quito. Fotografía de Notimex.

Centro Cultura Caros Fuentes de Quito. Fotografía de Notimex.

Aquel fondo editorial, enfocado en temas como antropología, política, sociología, literatura y filosofía, se plantó en Ecuador con el apoyo de los gobiernos de Ecuador y México, con la idea de fomentar la cultura en sus diversas manifestaciones, esto es, no solo a través de la venta de libros, sino de espacios como galerías, conversatorios, presentaciones artísticas.

No pudo escoger mejor hospedaje que la antigua casa del expresidente Galo Plaza en la avenida 6 de Diciembre y tampoco un nombre más apropiado para el Centro Cultural que el de Carlos Fuentes, escritor azteca que vivió en este país y que abogaba por la creación de una cultura latinoamericana que superase los torpes nacionalismos, en los que, gracias a la politiquería, nos empantanamos desde hace un siglo.

El tour de compras empezó en Crisol. La tienda del Quicentro Shopping de aquella cadena estaba muy diferente a como la recordaba cuando fui librero. Tenía el aspecto de una casa saqueada más que de librería y todo estaba listo para el viaje final de regreso a Lima.

Supe que los libros que aspiraba a comprar habían caído en manos de viciosos clientes que, como yo, se aprovechaban de los despojos del mundo librero ecuatoriano. Hallé, de todas maneras, tres volúmenes interesantes y los adquirí, advirtiendo que no necesitaba que me los empaquetaran porque me los llevaría puestos.

El pozo de la antigua casa de Galo Plaza.

El pozo de la antigua casa de Galo Plaza.

Al Centro Cultural Carlos Fuentes fui dos veces, la primera solo y la segunda con mi novia. Cuando no fui acompañado, compré un libro de crónica periodística latinoamericana, edición conjunta del Fondo de Cultura Económica y de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, y una antología del relato colombiano en dos tomos.

El gato de Cheshire del Centro Cultural.

El gato de Cheshire del Centro Cultural.

Contentísimo volví al día siguiente con mi novia, interesado en explotar su amor con fines literarios, pero no cayó en la trampa. Optamos, no obstante, por pasear dentro de la librería, los jardines y el resto de la casa.

El ambiente no está viciado como el de las tiendas de los centros comerciales, por lo que el visitante puede tomar un café, conversar e incluso sentarse a respirar al borde de un viejo pozo mientras cierto gato con sonrisa de Cheshire se soba contra las pantorrillas o caza algún bicho entre el pasto.

Es refrescante saber que, pese a que proyectos interesantes quedaron truncos, como el de Crisol – que quiso, sin perder el sentido comercial, elevar el nivel de literatura que se vende en esta comarca – o el de Enrique Grosse – Leumern en LibriMundi; surjan iniciativas como la del Fondo de Cultura, que desestiman el objetivo meramente comercial y se enfocan en lo intelectual.

*Lea este artículo también en el blog Ciencia Ficción en Ecuador.