Biografía Apócrifa: el honorable Pulvapies

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¡Fotografía del político más limpio de la historia! Tomada de su propia página web.

1967 fue el único año en el que ese raquítico monstruo llamado “Democracia” no pudo decirse a sí mismo que era un fracaso.

Es una mañana tibia de julio. En la pequeña población de Picoazá, Manabí, la gente acude, con una mezcla de incertidumbre y aburrimiento, a las escuelas donde se han instalado centros de votación.

Una tras otra, las papeletas salen de las mesas electorales para entrar en las urnas, como violándolas. Los votantes, enajenados, desfilan por aquí y por allá firmando, tachando y volviendo a firmar…

Afuera, partidarios de uno u otro candidato para la junta parroquial aguardan ansiosos y, con disimulo de hiena, entregando de vez en cuando papeluchos con ofertas incumplibles.

Entre las arenas de ese desierto político, hombres con camisetas verdes se dedican a repartir volantes. “¡Es publicidad comercial!”, se defienden cuando los gendarmes les acusan de incumplir con las inefables normas electorales.

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Una efectiva campaña electoral…

Y es verdad. En aquellas hojas solo se lee:

“PARA ALCALDE: ¡HONORABLE PULVAPIES!”

“VOTE POR CUALQUIER CANDIDATO, PERO SI QUIERE BIENESTAR E HIGIENE, ¡VOTE POR PULVAPIES!”

La gente, como no podía ser de otra manera, optó por el bienestar y la higiene.

Al hacer el conteo de votos, los funcionarios del Tribunal Electoral se dieron cuenta de que el alcalde elegido fue el honorable Pulvapies (sin tilde). Una doble proeza si se tiene en cuenta que Picoazá es una parroquia y, por lo mismo, no elige dignidades de tal índole.

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¡El único realmente honorable!

Acaso esa victoria no tuvo trascendencia política, pero sí fue lo suficientemente llamativa para llegar hasta ese caníbal de la novedad que es el público estadounidense.

Los cazadores de noticias falsas incluso hoy invierten horas y esfuerzos para comprobar si la historia no fue más que un bulo o un error repetido por periódicos como el New York Times. La verdad es esquiva, sin embargo.

¿Los ecuatorianos confunden hasta a los cazadores de noticias falsas?

Lea la nota en los archivos del New York Times.

Holy – good

UNO

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Cine Hollywood. Fuente: blog “Colombia & България

En los años setenta y ochenta, anacondas humanas se enroscaban alrededor de ese gigantesco cuerpo de cemento en cuyas entrañas habitaba el cine Hollywood.

Cada escama de la culebra tenía ojos, piernas y un sexo anhelante, pero, pese al prejuicio, los espectadores no eran perversos violadores o proxenetas en decadencia, más bien se trataba de empleados públicos a los que sus jefes, diputadillos o ministretes, opacaban hasta el punto de convertirlos en borrones del libro de la vida.

Por aquellos años había libre ingreso para las mujeres y ellas, como vetas de oro, sobresalían con sus faldas cortísimas entre el tropel de funcionarios con la corbata tan perfectamente anudada que parecía una horca.

Putas”, les decían las señoronas a aquellas vetas de oro y quizás era cierto, el caso es que nunca se pudo comprobar que una hiciera sus negocios dentro del cine o eso es lo que repetían hasta el cansancio administradores y porteros.

En pleno siglo veintiuno las mujeres dejaron de ser admitidas para evitar líos con la policía. Las beatas de los setenta hubieran estado felices, pero su victoria llegó tan tarde que, si estaban vivas, ya ni siquiera les importaba.

Antes, en los sesenta, no solo que podían ingresar las féminas, sino que vedettes colombianas o argentinas preparaban presentaciones para el Hollywood provocando felicidad inenarrable en solitarios onanistas y grises funcionarios que buscaban combatir su estrés laboral con piernas y nalgas.

Las anacondas humanas reptaban sobre las diminutas veredas de las calles Guayaquil y Espejo a cualquier hora, pero entre las doce y las cinco de la tarde era el momento preferido para hundirse en las butacas.

Pasadas las seis, el voyeur, si quería quedarse, debía mutar en masoquista, pues el sector se llenaba de malandros incapaces de respetar el éxtasis ajeno.

Para el hombre de la taquilla casi ninguno de sus visitantes era un misterio. Desconocía sus nombres, pero sus caras eran muy familiares: los amantes del Hollywood eran asiduos.

Algunos sufrían de timidez. Casi siempre sus ojos miraban el piso, entregando la boleta sin levantar la cara. Otros, desafiantes, contemplaban a los empleados con una sonrisa burlona, y también había indiferentes que, sin duda, eran los más llamativos porque no había sombra de felicidad, tristeza o vergüenza en sus expresiones.

Impenetrables, acudían al cine con la misma frialdad con que un contador despachaba una tarea desagradable. Era imposible no preguntarse sobre su vida: ¿serían infiltrados, gente contratada para averiguar si se producían actos ilícitos dentro del cine? O ¿era gente sin nada que hacer y que iba únicamente para no estar sola o, lo que es peor, acompañada por alguien a quien no querían?

Mientras tanto, en la sala de proyecciones, el encargado se aseguraba de que las cintas estuvieran en buen estado, pues, en caso de enredarse, se verían obligados a suspender la función por minutos u horas.

En medio de esos percances, la gente se volvía loca, era capaz de lanzarse por los pasillos iluminados con luces rojas en busca del técnico para hacerle pagar con su vida por el corte. Es natural, esas personas quedaban truncadas en su camino al éxtasis.

De todas maneras, aquello era una rareza. El encargado era un experto en manipular los rollos de película y si hubo suspensiones, ciertamente no fue por su ineficiencia.

La peor tarde se produjo cuando un anciano sufrió un infarto en medio de cierta función y los servicios médicos solo lograron llegar para verlo muerto sobre la alfombra sucia.

El resto de asistentes no le dieron asistencia al verlo colapsar, solo se pusieron a huir como si temiesen contagiarse con alguna peste.

“Es que temen ser reconocidos…”

Lea otra crónica sobre el cine Hollywood en Caja Negra.

DOS

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“La musa” pide cédula para entrar al cine. Fuente: Deskgram Cristhian Parrado.

El declive fue vertiginoso. Podría culparse al VHS, al DVD, al internet o a cualquier otro adminículo de origen extranjero capaz de reducir la distancia entre el sexo en audiovideo y los espectadores circunstanciales.

La razón, sin embargo, es el aburrimiento.

En otro tiempo ir a ver pornografía en el cine era un acto de rebeldía, un escupitajo en la cara de los pacatos, pero, con el pasar de los años, lo que dijeran las beatas o los curas dejó de importar, tanto que ambas especies se convirtieron en fieras con peligro de extinguirse.

La gente, si bien seguía siendo hipócrita ante el sexo, ya no se tapaba sus ojitos para no disfrutar las delicias del pecado.

Por la ausencia de público, los dueños del cine Hollywood y de su primo hermano, el América, se vieron obligados a despedir empleados y la panza de la bestia de cemento y celuloide se vació.

El hombre de la boletería pasó a cumplir funciones de acomodador y hasta técnico de proyección. Empresarios y últimos empleados asistían con un silencio resignado a la derrota de su gigante.

Los espectadores eran una luz en el ocaso. Su número se redujo de forma considerable con el transcurso de los años, es cierto, pero unos veinte o quizá treinta se rehusaban a abandonar el barco, manteniéndose fieles desde los años sesenta.

Estos hombres, ahora vetustos como las alfombras del cine, parecían amantes que, víctimas de la costumbre, habían quedado ligados al celuloide y la llegada de internet o del blu – ray no consiguió librarlos de su maldición.

Estos hombres perdieron mucho tiempo atrás la vergüenza. Cuando alguien les plantaba conversación en el vestíbulo del cine, impasibles, respondían como en medio de un despacho del Ministerio de Comercio Exterior.

Se trataba de vejetes con anteojos gruesos y piel pálida que no se atrevían a comprar celulares por un pánico cerval a las  pantallas táctiles.

Por aquellos años, fue que las mujeres quedaron vetadas del cine. Los vecinos del sector se quejaban de que las prostitutas entraban con sus amantes de ocasión para ahorrarse el costo del motel o simplemente porque las urgencias no permitían llegar a ninguno.

“¡Eso un puterío!”, “¡este es un barrio decente!”, “¿adónde vamos a parar así?”

Lo cierto es que el cine había funcionado sin problema conviviendo con la decencia del barrio por seis décadas. Sobrevivió a las beatas y a las feministas new age, sin embargo, la pornografía en discos piratas cerraba poco a poco un lazo sobre el cuello de los dueños del cine y el escándalo con la policía habría sido el fin del fin.

Evitar que las mujeres, putas o no, entraran al cine era una estrategia desesperada para prolongar la agonía del Hollywood, gigante de cemento que, huérfano de la anaconda, sobrevivía a trompicones entre burlas y saldos en rojo.

TRES

Su fin llegó al mismo tiempo que el auge de los cines de centro comercial. Aquel fue el puntillazo en el lomo de la bestia de celuloide que ya no podía adaptarse al nuevo tiempo.

Las autoridades exigían que los administradores instalaran parqueaderos gigantescos, con espacio para trescientos vehículos, pese a que los asistentes no llegaban ni a cien.

Querían múltiples puertas de escape cuando en el centro de la ciudad tumbar una pared hubiera significado el derrumbe de la construcción entera y acaso de las aledañas.

En octubre de 2017, mientras en los cines de centro comercial se estrenaba el último blockbuster de Marvel y la gente se apilaba en las salas con formato imax, los últimos trabajadores del Hollywood recibían los papeles de su liquidación.

Entre octubre y noviembre, los asistentes acudieron a ver viejísimas películas porno italianas de los setenta con la tristeza propia de un funeral. Eran los muñones de esa anaconda que, ahora, estaba cómodamente sentada en una sala con aire acondicionado y sonido estéreo viendo a un Thor convertido en esclavo después de la aniquilación de su planeta.

Los viejecitos no iban a abandonar a su creatura de celuloide (uno de los pocos cines de contenido puramente erótico en el país) hasta que respirara su última bocanada de aire.

Los gemidos de las italianas de la película parecían los de la sala entera que abandonaba la vida entre quejidos y erecciones como dicen que les sucede a los ahorcados. En este caso, el estrangulamiento no se hacía con sogas, sino con deudas.

El médico forense, sin embargo, habría de escribir en el parte mortuorio que la verdadera causa de muerte fue el paso del tiempo que aniquila a hombres y cosas que son incapaces de adaptarse al cambio.

LLEGARON LOS MARCIANOS

UNO

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Artículo de periódico donde se reseña el incendio de Radio Quito y El Comercio.

La noche del 12 de febrero de 1949 era helada. Por aquellos años, Quito aún era hipotérmico, lo que no impedía a una alta sociedad, que muy rara vez superaba el metro setenta, pasearse entre teatros y conventos.

Las narices, aguadas por el frío pero erectas por un tan opaco como erótico abolengo, apuntaban golosas a los neonatos anuncios publicitarios de multinacionales que empezaban a sustituir los “Zapatería Fulano” o “Sastrería Mengano”.

Ajenos a los divertimentos culturales de la gente de casi metro setenta, el zapatero Fulano y el sastre Mengano escuchaban la radio. Las noches de los sábados eran especialmente atractivas porque tríos, cuartetos, quintetos y sextetos de músicos se paseaban por las emisoras de radio para tocar pasillos y boleros.

Radio Quito era una de las predilectas. Los borrachitos se ponían a oírla, empujando cada vaso de aguardiente o chicha fermentada con las cancioncillas tristonas, que combinaban con el frío de la noche.

Mientras tanto, sus mujeres, escuchando los mismos do, re, mi, fa, planchaban el segundo y último terno (este negro y el otro, el de trabajo, café) que sus maridos ebrios vestirían en la mañana siguiente para ir a misa.

Esa noche, sin embargo, fue distinta. Al poco de que había empezado a escucharse un pasillo (también pudo ser un vals peruano), la voz neutra y casi sin emoción de cierto locutor interrumpió para decir que un evento extraño había ocurrido en las islas Galápagos. No obstante, era imposible precisarlo porque los reportes oficiales no arrojaban datos claros, se hablaba de platillos voladores y tonterías de esa laya.

Los músicos volvieron a tocar sus pasillos y boleros y los borrachitos a ahogarse con trago, mientras sus mujeres lo hacían con el humo de las planchas de carbón.

Como un puñal, la voz del locutor volvió para acuchillar la calma de aquella noche. Violador fetichista, ordenó que las mujeres se pusieran las enaguas y se quitaran los camisones.

“La situación podría agravarse”, explicó.

Y es que ahora las naves espaciales ya no solo estaban entre tortugas y lobos marinos, sino que habían aterrizado en las afueras de Quito, en Cotocollao, aniquilando el pueblito que, ahora, en pleno siglo veintiuno, es un barrio más de la ciudad.

Escuche fragmentos de “La guerra de los mundos” transmitida por Radio Quito en 1949 (guión del chileno Eduardo Alcaraz , bajo la dirección artística del gran Leonardo Páez, luego autoexiliado en Venezuela).

Zutanos y Menganos sintieron que los vapores del alcohol se disipaban y salieron de las chicherías de La Ronda para ir a sus casas. Durante el trayecto, el cielo se había cubierto de nubes y caía una llovizna tan testaruda que ni quería amainar ni convertirse en aguacero.

La mayoría llegaron a tiempo para ver a sus mujeres empacando ropas y alguna que otra reliquia que valía más en nostalgia que en dinero. Las recriminaciones de ellas iban de la mano con los berridos de los niños y de la voz del locutor, ya no neutra, y que recomendaba ponerse a salvo.

Los pilotos de las naves tenían nombre completo: M-A-R-C-I-A-N-O-S.

De alguna manera, los periodistas habían averiguado la nacionalidad de los invasores y en años en los que el enemigo más terrible de un ecuatoriano era el peruano, debió resultar una novedad refrescante que hubiera alguien mucho más poderoso y que incluso podría aniquilarlos también.

El ministro del Interior y de Defensa hablaron sobre la amenaza. Dijeron que ni las armas de última tecnología del ejército (ciertamente eran de última) eran capaces de detener a los invasores, quienes, sin mayor esfuerzo, habían aniquilado a los pobres soldaditos que fueron héroes derrotados en la guerra de 1941.

Para entonces, la gente de casi metro setenta que no fue al teatro ya había salido de su casa con colchones, cobijas, santos y joyas para descender a Guápulo o a Chillo. Los marcianos seguramente no estarían interesados en las vacas o en las cosechas, así que esos eran sitios seguros.

Muchos no salieron enseguida, deambulando como almas en pena por las calles esquizoides en busca de los familiares perdidos que, sumidos en las películas o en las obras de teatro, ni siquiera se habían enterado del fin del mundo.

Y era el Apocalipsis porque, según el locutor, en Estados Unidos, Europa y hasta en Japón se había reportado el arribo de naves espaciales, sin que hubiera ejército capaz de enfrentar a los invasores.

Tal era la desesperación que en la Radio Quito, alguien sugirió que la chanza había llegado lejos, pero era tarde: hasta un batallón del Ejército Nacional se había movilizado para enfrentar patrióticamente a los marcianos.

Las explicaciones de que se trataba de una radionovela inspirada en el libro La guerra de los mundos y etcétera, etcétera, etcétera, no sirvieron para nada.

La gente, entre incrédula e indignada, escuchaba las disculpas del guionista chileno que había causado, años antes, el mismo lío en su tierra.

Cuando el susto cedió el paso a la ira, Zutanos, Menganos y también Perencejos, que hasta entonces andaban escondidos con las putas de los tugurios cercanos a la Plaza del Teatro, a la espera de la aniquilación mundial entre perfumes de rosa y medias de seda, empezaron a agruparse para cobrar la única deuda que jamás se perdona: la burla.

Ricos y pobres, como en película de bajo presupuesto, marcharon sobre la ciudad con la consigna primero de exigir disculpas y, luego, de castigar a los clowns que se habían burlado de la muy noble y franciscana ciudad de Quito.

Nadie sabe a quién se le ocurrió la idea ni en qué momento, pero la sede de la radio, donde también funcionaba el Diario El Comercio, empezó a quemarse y la turba, en la que cultísimos encopetados y Zutanos, Menganos y Perencejos se confundían, atizaba las llamas sin distinguir entre justos y pecadores o entre talentosos y zoquetes.

Las tropas acantonadas en la ciudad, acaso avergonzadas por haber caído en la chanza, se hicieron de la vista gorda y dejaron a los artistas a su albur.

En el Teatro Sucre la función de esa noche se suspendió a tiempo para que los espectadores pudieran ver un espectáculo con hogueras.

Los rumores esparcidos por la ciudad afirmaban que el guionista, un chileno brillante, logró escapar del populacho saltando sobre tejados y paredes de conventos donde lo habían refugiado las monjas.

DOS

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Orson Welles durante “La guerra de los mundos” y la portada de The New York Times que reseña el pánico de los radioescuchas. Foto tomada de: En lengua propia.

Una década antes, el 30 de octubre de 1938, Orson Welles incendió Nueva York.

Cerca de las ocho de la noche, la transmisión musical de la CBS se interrumpió para informar que un tal profesor Farrel del Observatorio de Mount Jenings había detectado una serie de explosiones en Marte seguidas de la caída de un meteorito en Nueva Jersey. El mismo que, en realidad, resultó ser una nave del espacio.

En los minutos previos, se había informado que iba a estrenarse una radionovela inspirada en La guerra de los mundos de H.G. Wells. La adaptación había sido preparada por Orson Welles y su compañía de teatro, la Mercury Theatre, pero pocos escucharon la introducción o, si lo hicieron, no les importó.

Tras el anuncio, la transmisión normal se retomó para volver a cortarse varios minutos después con un boletín que informaba sobre el aterrizaje de naves o avistamientos de ellas en diversas partes de Nueva Jersey y Nueva York. El formato escogido tenía la apariencia de una noticia en desarrollo.

La gente estaba atemorizada, sin embargo, solo se hundió en el pánico cuando Carl Phillips, supuesto enviado especial de CBS, empezó a transmitir desde Nueva Jersey los detalles de la invasión que había arrancado en aquel lugar.

Entre otras cosas mencionó que pudo ver los verdosos y brillantes ojos de los marcianos…

Más tarde, la música de baile se interrumpió para que el “presidente Franklin Delano Roosevelt” emitiera un mensaje a la nación, explicando los esfuerzos del gobierno federal para detener la amenaza, al tiempo que llamaba a la calma y, aproximadamente a los cuarenta minutos, el propio Orson Welles, “locutor de la CBS”, fallecía en la azotea del edificio ahogado por gases venenosos.

Escuche “War of the Worlds” adaptada para la radio por Orson Welles en 1938.

Luego, se emitió un nuevo anuncio indicando que todo había sido una dramatización, parte de una serie de adaptaciones radiales de obras literarias. A nadie le interesó.

Nueva York se consumía entre llamas. Cientos de personas, desfiguradas por el miedo, trotaban por calles y avenidas y los autos se chocaban en las autopistas.

Ni el posible bombardeo de aviones japoneses a San Francisco durante la Segunda Guerra Mundial provocaría tanto miedo como las tropas de Marte aquella noche, víspera de Halloween.

La transmisión se cerró a los 59 minutos. Después de la muerte de Welles y de la segunda advertencia, se narraban, en tercera persona, los eventos que culminaron con la muerte de los marcianos y el fin de la invasión.

Para entonces, los teléfonos de estaciones de policía, bomberos, hospitales y periódicos estaban colapsados en el área de Nueva York y Nueva Jersey. Nadie conseguía información oficial debido a la cantidad de gente desesperada por averiguar si la historia era real y, si era el caso, una forma de salvar la vida.

Se reportaron supuestos envenenados por gas tóxico, personas desmayadas, accidentes de tránsito y hasta suicidios.

Al día siguiente, en pleno Halloween, la carrera de Orson Welles estuvo a punto de morir asesinada por los mismos gases tóxicos que su personaje de la noche anterior. El público pedía su cabeza porque se consideraba víctima de una burla macabra.

Él, de 23 años, se enfrentó a los periodistas y les dijo que nadie en su equipo imaginó que podían producirse aquellos efectos. La idea fue adaptar la novela de H. G. Wells, al igual que otras obras como El conde de Montecristo o Drácula, a la realidad estadounidense, al fin y al cabo, a nadie le interesaría, en aquellos años de puro realismo, una historia escenificada en la distante y neblinosa Inglaterra de la reina Victoria.

Pese a las amenazas, la carrera de Orson Welles subió como la espuma y tanto él como Howard Koch, su guionista estrella y el responsable de cambiar Hyde Park por Central Park, se convirtieron en poderosas figuras de Hollywood.

El primero, además de vestirse con el traje de l’enfant terrible de la industria del espectáculo, recibió el empuje que le faltaba para emprender un proyecto audaz llamado Citizen Kane y el otro, cuatro años más tarde, terminaría discutiendo con el director Michael Curtiz el final adecuado para Casablanca. El realismo de los Estados Unidos se puso de rodillas ante la ficción.

EL OTRO BARRERA

UNO

Josés Barreras
A la izquierda, José Barrera, artesano. A la derecha, José Barrera, escribidor. Sobre el primero puede encontrar un video en Youtube como parte de la iniciativa #100HéroesEcuatorianos.

Soy José Barrera y la persona de la que se ocuparán las siguientes líneas, también.

Soy un escribidor y él un maestro artesano que trabaja con madera noble.

No somos parientes.

Hasta hace algunos meses, ninguno había oído hablar del otro, pero una casualidad (de esas que, según las inexactas ciencias exactas, no son tal) hizo que cierto día de febrero se me ocurriera visitar el barrio de San Marcos donde mantiene su taller.

La coincidencia es mayor: fui a ese barrio para buscar la casa donde mi padre, también José Barrera, vivió durante gran parte de su vida.

Encontré a José Barrera, el artesano, de sopetón y sin aviso previo.

Estaba caminando por la plaza de ese lugar que, en otro tiempo se conoció como la Loma Chica, mientras las incongruencias fulminaban mis ojos.

A la derecha, la casa que fue de Sebastián de Benalcázar y que, ahora, no tiene ni fantasmas solo un guardia sin garbo al que contrató el Municipio. A la izquierda, la placita con una pileta que desborda palomas. En el centro, una iglesia en cuyo frontispicio cuelga un letrero, poético y colorado, con la leyenda: “¡SAN MARCOS SIN CACA!”

Me volteé y pude ver atrincherado en un pequeño local a cierto hombre de cabello gris y bigote frondoso. Detecté incluso el cristal de sus lentes brillando herido de muerte por la luz del opaco sol de las tardes supuestamente invernales de Quito y su concentración, idéntica a la de un neurocirujano frente a una tumefacta masa encefálica.

Entré para curiosear y, naufragando entre cajitas, peines y piezas de ajedrez, todos hechos a mano, vi una tarjeta de presentación, de las que nadie usa ya, que anunciaba con letras negras a “JOSÉ BARRERA”.

Le pregunté si era ese su nombre y cuando lo hubo confirmado, le confesé cuál era el mío.

La escena no habrá igualado en dramatismo a la que protagonizaron Livingstone y Stanley en el Tanganica, pero me sentí en medio de un cuento de Borges en el que dobles del futuro enfrentan a los del pasado para recriminarse las torpezas.

DOS

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Iglesia de San Marcos con senda admonición en contra de los pecados escatológicos.

Desde entonces, varias veces lo he visitado. Su humor es de ébano. Se burla de alcaldes, políticos, viejos amigos, de mí, de él, de todo, pero esa ironía no esconde odio, solo añoranza por tiempos en los que la gente no pasaba por la vida con indiferencia.

― Antes, era un enemigo declarado de cualquier viejo que se atrevía a decir “todo tiempo pasado fue mejor”; ahora, soy uno de ellos.

Su discurso salta, como las piezas de ajedrez que fabrica, de un lugar a otro: le pregunto cómo empezó en el oficio y habla de la historia de los artesanos quiteños, digo que me gustan las cajas que diseña y me responde que le fastidia la programación de la radio los fines semana…

― En los años sesenta, las esposas de los carpinteros eran las que charolaban y el material utilizado para ello se hacía mezclando goma laca con alcohol metílico (no el que te tomas el viernes), pero esa sustancia manchaba los dedos, dándoles una tonalidad amarilla y fea.

Aquella cicatriz de guerra, lejos de avergonzarlas, era un motivo de orgullo. Las mujeres de los artesanos aseguraban que ese hecho es el que había inspirado a los europeos para inventar los pintaúñas.

― A propósito, el charol se pasaba sobre la madera con una tela de algodón y, antes, la ropa interior era de ese material. Entonces, las mujeres de los artesanos iban a pedir a los vecinos, quienes eran igual de pobres que sus maridos, los calzoncillos y las camisetas para trabajar. Ahora, yo he mejorado algo: compró la tela (es cierto que Quito sigue siendo una ciudad de gente pobre, pero ya nadie usa interiores de algodón).

Su diálogo está cargado de humor, pero, como es propio del quiteño, esconde tristeza.

En el caso de José Barrera ese sentimiento se produce porque ha visto transformarse a Quito, su Quito, en una vieja raquítica capaz de engullir a cada uno de los habitantes para satisfacer su insaciable apetito de progreso. Seguramente, al final, esa voracidad la llevará a tragarse a sí misma como una culebra que se muerde la cola.

Su decepción también es por ese joven que acude a los barrios antiguos para aniquilar su tranquilidad con ideas únicas que ya se les había ocurrido a uno, dos, tres, quince individuos parecidos a él.

― Quito es la ciudad del emprendimiento del vecino: si se te ocurre una idea, mañana aparecerá otro que querrá hacer lo mismo que vos una cuadra más abajo y luego otro y otro y otro…

Da una chupada a su cigarrillo y continúa:

― Es una ciudad anárquica, sin identidad, de fácil conquista: nuestros viejos eran idénticos unos de otros, unos Gardeles impecables que bailaban tango, más argentinos que el asado…

El celular de su compañera, Alejita, suena y nos hace saltar a los tres. Ambos tenían un almuerzo pactado, pero mi impertinencia les arruinó el plan.

De todas maneras, José Barrera es un Atila imperturbable. Fuma y habla como si fuese un lunes y no uno de esos domingos en los que ni Dios quiere trabajar:

― En mi generación, la llegada de los chilenos por la caída de Allende, transformó la ciudad: todos empezamos a uniformarnos “a la chilena”; cierto es que creció también la industria porque hasta entonces era casi nula en Quito, ciudad que lo único que producía era fieros burócratas, pero nos disfrazamos de chilenos y hasta los salesianos nos cambiaron el uniforme del colegio para estar a la moda del sur.

Cuando alguien entra en su taller y le dice “¡qué lindo esto!”, los mira con suspicacia porque sabe que a esa frase la seguirá el “ya regreso, voy a sacar dinero del banco”, equivalente a un “adiós para siempre”.

― Tendría que operarme de las rodillas si los esperase parado…

Sin embargo, hay una luz que lo ilumina cuando empuña el cincel para trabajar la madera.

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Peine fabricado por José Barrera, artesano, que José Barrera, escribidor, nunca usará por su prematura alopecia.

― Esto, para mí, es un oficio de vida, pero, claro, se convirtió en aquello porque, al asumirlo, ya no tenía compromisos financieros fuertes como el estudio de mis hijos o sostener económicamente la casa. Al fin y al cabo, el artesano siempre es pobre, mal visto, la última rueda del coche.

De pronto, recuerda a Eugenio Espejo, quien definió al quiteño como un individuo “nacido en la oscuridad, educado en la desdicha y destinado a vivir en la pobreza”.

Siento que habla de sí mismo o de sus compañeros de armas…

― Quito es una ciudad de artesanos, pero nadie se acuerda de que sus manos fueron las que la construyeron. En una conferencia que tuve la oportunidad de dar, les dije que debían estar conscientes de todo lo que les deben, algo que es muy difícil considerando que siempre han visto los nombres de alcaldes, ingenieros, arquitectos y demás personalidades en las placas conmemorativas, jamás el suyo y el de otros hombres que hicieron posible aquello.

José Barrera es un personaje del Romanticismo. Pintaba para médico, pero un día se dio cuenta que empuñar escalpelos no era lo suyo y los cambió por las herramientas del ebanista.

La madera lo llamaba.

La especialidad que escogió en sus años de estudiante de medicina fue la ginecoobstetricia y, pronto, fue a trabajar como ayudante de su maestro el doctor, Alfredo Jijón, en la Maternidad Isidro Ayora.

Él era el médico de las monjas de claustro y el único autorizado para visitarlas. Mientras lo esperaba, el futuro artesano se ponía a curiosear entre las reliquias guardadas en los conventos y museos. Esas piezas de madera habían sido trabajadas por las manos, casi siempre anónimas, de la gente de la Escuela Quiteña. El enamoramiento por su futuro oficio había empezado.

― Pero antes, hace sesenta años más o menos, por casualidad, fui a vivir en Cayambe, donde nació mi padre. En nuestro barrio, y probablemente en todo el pueblo, había un solo carpintero que se llamaba Elías Páez, el famoso “Elías Paiz”, quien vivía cerca de la casa. Yo solía jugar con los maderas y virutas que encontraba en su taller y, una vez, por pedido de mi abuela, él nos hizo un carro gigante, todo de madera. Probablemente aquello despertó mi interés por el oficio, pues me di cuenta de que la madera es un material tan noble que puedes crear cualquier cosa con ella.

La taracea, especialidad de José Barrera, es un arte en peligro de extinción. Conozca más sobre ella en este video de la Agencia EFE.

Ahora, el reconocimiento a su trabajo ha llegado. Las cajas de madera noble que crea viajan por lugares del mundo que no hubiera imaginado en otro tiempo.

Cierta mañana, varios años atrás, el alcalde apareció y quiso refundirlo en un cuartito en la calle de La Ronda junto con otros maestros de diversos oficios.

Le dijo que no. A él le interesa trabajar en paz y no ser un espectáculo.

― Hasta para ver a las fieras en los circos se tiene que pagar entrada – sonríe.

Su conocimiento sobre la ciudad también es uno de sus sellos. Cuando habla de Quito y de sus rincones desconocidos, embelesa.

― Pero a los extranjeros – aclara – no a los locales, porque la gente de aquí no conoce Quito y es imposible amar lo desconocido.

Le hago notar que Goethe escribió algo muy parecido y responde con un guiño de ojo:

― ¡Seguramente tu alemán me copió!

Apenas hubo terminado el colegio, José Barrera se fue a Colombia con un par de amigos. La Universidad Central había sido clausurada por Velasco Ibarra y no quedaba más que ir al vecino del norte para hablar del vecino del sur.

Sin embargo, allí, no supo qué decir.

Viajando entre Bogotá y Cartagena, se percató de que había caminado, durante años, por las calles de su ciudad sin conocerla, mientras que en Colombia los niños hablaban de las piedras y las paredes con una familiaridad increíble.

A su regreso, se propuso conocer Quito a fondo, visitando los rincones más bellos y los más terribles.

Fue a las chicherías de La Ronda donde los borrachos se bebían la vida en vasos llenos de naranjilla y canela fermentadas y que, según los rumores, solían adobar usando huesos humanos y magia negra.

En medio de esas correrías, cayó en San Marcos, el sitio adonde trasladó su taller.

Quince años atrás, había participado en la formación de un grupo de mujeres para convertirlas en microempresarias y dueñas de un restaurante (“salón” o “fonda”) de comida quiteña.

Él, para apoyarlas, iba a almorzar en el sitio y también a leer en la plaza. Entonces, encontró la ubicación perfecta para su taller.

― Me di cuenta de que San Marcos es el único barrio por el que no se pasa, hay que entrar, o sea, ir con la intención específica de visitarlo. Antes, al norte y al sur había quebradas, de modo que el barrio era una isla y, a pesar del paso del tiempo, sigue siendo así, lo que lo ha convertido en un sitio independiente del resto del centro histórico, uno en el que se mantiene la vecindad que ya no hay en otros lugares (con los inconvenientes y beneficios de aquello).

Cuando se le pregunta sobre las generaciones contemporáneas y su falta de identificación con Quito, sonríe.

― El quiteño siempre ha tenido un comportamiento barroco, pero, claro, vive entre montañas y quebradas, está encerrado en una suerte de fortaleza natural (alguna vez parece que la gente pensó en amurallar la ciudad, desistiendo al darse cuenta del sinsentido), entonces su actitud es la del trickster, un burlador divino empeñado en escapar de su encierro como esa Virgen del Panecillo que solo tiene alas porque sabe que solo podrá salir volando…

A medida que avanza la tarde, Alejita, su compañera, lo mira apremiante y me hace un gesto para que los deje marchar, al fin que desde que vi su tarjeta no he dejado de preguntar tonterías.

La admonición gestual no logró detener mi ímpetu y le suelto a quemarropa una última pregunta, permitida solamente a los malos periodistas:

― ¿Cómo te imaginas que estarás dentro de diez años?

― Diez años significaría que soy demasiado optimista… En cinco, espero mantenerme bien, seguir haciendo esto que es lo que me ha permitido, a los casi setenta años, estar bien físicamente. Creo que hay que morirse cuando uno quiera, no cuando Dios disponga y estoy preparándome para eso. Me encantaría que me entierren en El Tejar porque en ese cementerio, la primera tumba a la izquierda de la puerta principal es la de Eugenio Espejo y deseo estar a su lado para conversar con él en la otra vida y preguntarle cómo era ese Quito maravilloso que ya no existe y que no merece el destino que le tocó vivir.

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Fragmento de la carta de Gonzalo Arango a Ulises Estrella.

José Barrera enciende su cigarrillo veinte mil, mientras leo la leyenda que hay en un cuadrito colgado cerca de la puerta del taller, es un fragmento de cierta carta que el nadaísta Gonzalo Arango le escribió al tzánzico Ulises Estrella:

“Sigo creyendo en los hombres que se juegan la vida hasta los huesos por un pan ganado con la dignidad de su trabajo y con sabor a paraíso”.

Lea la entrevista de Edwin Madrid a Ulises Estrella en La Barra Espaciadora donde se menciona la carta de Gonzalo Arango.

BIOGRAFÍA APÓCRIFA DE UN GALLINAZO

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Gallinazo vigilante de Lima. Fuente: El Comercio.

 

Esa mañana el cielo permanecía encapotado, pero el sol acribillaba con balas de fuego perforando nubes y cuerpos.

Nuestro coche avanzó sobre los caminitos de tierra que, como riachuelos lodosos, desembocan en la torrentosa carretera de cemento que une los balnearios de Esmeraldas.

Llegamos a Tonchigüe. La playa no estaba manchada de turistas y el pueblo entero, con casas y gentes, se hundía en la modorra de media mañana.

A pocas cuadras de la plaza central, una res destazada daba la bienvenida a los extranjeros con sus muñones cubiertos de moscas verdes. Las gargantas se llenaban de nudos o los nudos de gargantas.

Por fin, el coche llegó a la plaza y un garrotazo de olor a podredumbre hizo añicos el parabrisas. A la izquierda, un Everest de bolsas de basura de Dios sabe qué época agonizaba por los picotazos de cuatro gallinazos.

Las aves eran gordas y azabaches. Batían sus alas y se atragantaban como aristócratas cenando luego de la ópera.

Las vísceras de las bolsas se esparcían por aquí y por allá, pasando del suelo a las barrigas de los pajarracos. Uno, sin duda el que lideraba, con un movimiento de sus extremidades se puso a controlar la gula de sus compinches. Sus picotazos eran los privilegiados, pues la carne descompuesta era suya, solo suya.

Frente a la escena del banquete pajaril, a nuestra derecha, cuatro hombres reposaban sobre hamacas. En el suelo, doce o quince botellas de cerveza hervían por acción del sol furibundo.

Indiferentes, se abalanzaban cada cierto tiempo sobre la cerveza caliente. Sin embargo, uno, el que permanecía sentado, era el líder, el encargado de repartir la bebida. Los demás le obedecían y si alguno hubiese tenido la audacia de coger una botella sin su autorización, el castigo habría sido ejemplar.

Aquel hombre transpiraba poder, aun dentro del auto y a varios metros de distancia era posible sentirlo.

Hipnotizados por su influjo, dejamos de acelerar hasta que el motor, en medio de toses y corcoveos, se apagó. Hoy seguiríamos plantados en aquel sitio si un aleteo feroz, el del gallinazo jefe, no nos hubiera obligado a reaccionar.

El ave se elevó seguida de una de sus compañeras, mientras las otras permanecían en tierra devorando lo que quedaba de basura en medio de una estela de plumas azabaches.

Arrancamos el coche y lo último que pude ver fue que también tres de los hombres se habían esfumado. Solo quedaba uno, quien, desde la hamaca de su jefe, bebía de a poco lo que quedaba en cada una de las botellas de cerveza abandonadas.

Esa fue la primera vez que vi un gallinazo cara a cara y, ahora, por todo lo que ha ocurrido, comprendo que esa experiencia estuvo ligada con mi transformación.

 


 

Temprano el calor había sido tan fuerte como el de aquella mañana en Tonchigüe, sin embargo, en la tarde, cuando tuve el primer síntoma de mi cambio, el cielo empezó a sudar frío como si el planeta estuviese tratando de equilibrar su temperatura con transpiraciones de granizo.

Yo estaba acostado, meses atrás se había publicado mi primer libro y aunque me sentía contento, estaba inseguro. De repente, sentí una comezón incontrolable sobre los labios. Me rasqué casi hasta arrancarme el cuero y, al borde de la demencia, corrí al baño y me miré en el espejo: mi boca estaba hinchada, había empezado a crecer hasta formar un pico, al tiempo que mis labios se tornaban grises.

Quise pedir ayuda y solo fui capaz de proferir un suave gruñido, pero la vergüenza me alejó para siempre de los médicos.

Las transformaciones, en los días siguientes, no se detuvieron y tampoco se circunscribían a lo físico: psicológicamente cada vez me parecía más a un ave carroñera.

En la calle (a la que salía solo cubierto con capuchas y bufandas), cada persona, cada objeto incluso, me provocaba un apetito voraz incitándome a arrancarle pedazos con mi recién adquirido pico gris.

Las situaciones extrañas, los traumas, las malas costumbres de la gente hacían que mi estómago gruñera ansioso e incontrolable. Pero también lo hermoso…

Mientras los humanos comunes huían de los monstruos o de los agonizantes, yo me pegaba a ellos para destriparlos y, luego, en el silencio de mi cueva, los digería en forma de cuentos.

Ya nada me escandalizaba, al contrario, exacerbaba mi hambre. La hez, lo hediondo, lo cruel de la humanidad solo conseguía que la bestia interior aflorara chillando llena de gozo.

Con el pasar de los meses, dejé de sentir la necesidad de ocultarme. Era un gallinazo y ya no me importaba.

Me divertía cuando los niños, en esas reuniones familiares, se paraban a mirarme con estupor. Sus madres (mis tías, primas, hermanas) los alejaban tapándoles la boca y la nariz para evitar un posible contagio.

Mis brazos se convirtieron en alas, mis piernas en garras y mi piel se cubrió de plumas negras, mientras mis ojos aguados mejoraron su visión hasta el punto de que podía detectar una víctima a kilómetros de distancia.

Mi alimento era la novedad y, al digerirla, excretaba poemas, novelas, crónicas, ensayos.

Descubrí que no era el único, que otros como yo vivían semiocultos dentro de bares o refundidos entre funcionarios de cualquier clase de ministerio. Algunos procreaban belleza, otros, monstruosidad.

Los gallinazos empezamos a reunirnos y, pronto, se volvió evidente que algunos eran muy fuertes. Los débiles o los novatos huían bajo un aguacero de reverencias, mientras los demás desollaban primero a las presas. Los mejores cuentos salían de los picos de estas fieras terribles.

Solo un lugarteniente, un plumífero tan audaz y duro como su jefe, se atrevía a desafiar la autoridad de vez en cuando. Producía textos tan brillantes que los líderes temían perder su posición.

Por eso, el equilibrio de poder dentro de la comunidad de gallinazos siempre ha sido inestable: cualquier cosa puede acabar con el orden jerárquico. Hay tanta hambre de arte que algún día terminaremos por despellejarnos en busca de alguna joya que se encuentre incrustada dentro de nuestras tripas.

Esta clase de gula es por pura estética. No importa a quién o a qué haya que sacrificar, lo único que interesa es la creación y cuestionarlo todo, incluso a uno mismo.

Cuando vi los gallinazos en Tonchigüe no imaginé que un virus se inocularía dentro de mí. Tampoco sospechaba que, más temprano que tarde, me transformaría en un ave carroñera capaz de devorarlo todo, incluso a mi padre…

El día que murió, sin dudarlo, me lancé sobre su cuerpo helado y me puse a exprimir sus entrañas para hacer literatura. Quizá algún día, con el pico manchado de libros, me convertiré en el rey de los gallinazos.

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Busque el relato con ilustraciones magníficas de Majo Rodríguez en la edición especial de aves de Terra Incognita (agosto 2018).

BiblioRecreo, un bus que promueve la lectura

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El bus del BiblioRecreo se encuentra en uno de los parqueaderos del Centro Comercial El Recreo.

 

BiblioRecreo es una biblioteca, sí, pero también es el punto de encuentro de escritores y artistas con la comunidad.

Se trata de un proyecto que ha cumplido, oficialmente, cuatro años y en el que el Estado, a través de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, y la empresa privada, liderada por el Centro Comercial El Recreo, se aliaron para el desarrollo cultural de Quito, en especial la zona sur.

Claudia Bugueño, actual encargada del proyecto, es una comunicadora social que ha ejercido de todo menos de comunicadora social (salvo por un breve desliz al inicio de su vida laboral). Librera y ahora biblotecaria, cree que su objetivo es fortalecer los lazos, convirtiéndose en una facilitadora que reduzca la separación entre los artistas y el público en general.

Conversamos con ella sobre bibliotecas, cultura y otros demonios maravillosos.

 

¿Qué es el BiblioRecreo? ¿Cómo se puede definir a este proyecto?

BiblioRecreo es el proyecto de responsabilidad social permanente del Centro Comercial El Recreo, cuyo principal objetivo es satisfacer la necesidad de ocio constructivo en el sur de Quito, es además un centro de difusión cultural que realiza actividades permanentes enfocadas en difundir la lectura, siendo un mediador entre el mundo artístico y cultural de la ciudad.

Su principal servicio es el préstamo de libros a casa, previo la inscripción.

Tu profesión es la de comunicadora, en BiblioRecreo te has transformado en bibliotecaria y en gestora cultural, ¿tu formación ha sido un aporte para tu trabajo actual o te ha tocado hacer un borrón y cuenta nueva por las exigencias actuales?

Afortunadamente mi formación es la de comunicadora social para el desarrollo, lo cual implicó que aprendiese metodología de planificación y evaluación de proyectos, aspectos que he podido aplicar en mi actual trabajo. Sin embargo, la formación de bibliotecaria ha debido ser en un inicio empírica. Ayudó mucho mi oficio de librera durante siete años, de aquella experiencia aprendí sobre el mundo del libro en aspectos como autores que no estaban en mi registro lector, editoriales, importaciones, manejo de inventario, elaboración de pedidos y formación de personal librero. Este último aspecto es el más demandante.

En cuanto a la formación como gestora cultural, apenas siento que estoy iniciando, es un oficio que requiere de constante preparación y creatividad, pero nada es nuevo, las actividades que he ido implementando en BiblioRecreo son producto de constantes lecturas e investigación de actividades culturales exitosas en otras bibliotecas; es un constante ir probando, ajustando, mediando, pero sobre todo muchas de las ideas vienen del contacto constante con lectores y con personas vinculadas con el medio cultural.

Otro de los buenos retos de este oficio, es la demanda profesional que ha significado para mí y mi equipo de trabajo: capacitarme para capacitar luego, demostrar que este oficio requiere de constante auto formación. Como no existe una carrera oficial de bibliotecología en la ciudad, salvo en provincias y no ofrecen la modalidad de estudios a distancia, la opción es prepararse con talleres, cursos, diplomados, etc.

¿Qué tan receptivo es el público de Quito a los eventos que promueve el BiblioRecreo? ¿Hay interés en la literatura y el mundo del libro?

En un inicio, hay interés por probar, involucrarse con el mundo de la lectura, especialmente en los jóvenes, impulsados por la novedad de leer las sagas best – seller o libros que han sido adaptados a películas o series. Luego, poco a poco, las motivaciones van cambiando y es nuestra misión bibliotecaria que así sea, proponiendo nuevas  lecturas, creando lazos amistosos y cordiales con los lectores, es de esta manera que los convencemos y los seducimos para participar de las actividades culturales que proponemos y que ellos, con su participación exigua o masiva, nos dejen saber sus preferencias, pero si no se les propone distintas actividades no puedes saber qué funciona y que no.

No es un paraíso, hay que ser muy recursivo y apostar a varios frentes para atraer a la gente hacia los eventos, especialmente cuando se invita a escritores locales, ya que la literatura ecuatoriana en general no produce mucho interés entre la gente. Solo si pudiésemos revivir a un Pablo Palacio, a un César Dávila o a un Medardo Ángel Silva, los lectores vendrían sin tanta logística de por medio.

Sin embargo, cuando logras que vengan (después de explicarles con discursos, apelando al compromiso con el BiblioRecreo, después de llamadas, mensajes, etc.), cuando al fin lo logramos, digo, se sientan frente a los autores y lo disfrutan.

 

 

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BiblioRecreo ahora tiene un área, fuera del bus y dentro del centro comercial, dedicada exclusivamente al público infantil. Claudia Bugueño lidera el proyecto.

 

Hay un prejuicio en Quito: “en el sur de la ciudad no hay lectores”. Desde tu perspectiva, ¿es verdad esa afirmación o, más bien, el problema es que esa idea ha impedido la apertura de espacios para que los posibles interesados visiten y se reúnan?

En el sur se lee y yo diría que mucho, no en vano BiblioRecreo tiene un promedio de prestaciones de 600 a 800 libros al mes. Este dato es importante, vamos a los 3400 usuarios.

Creo que esa idea falsa de que en el sur no se lee, se fue repitiendo como un estigma negativo y ha sido necesario que pasen casi cinco años de funcionamiento del BiblioRecreo para que una librería decidiese abrir sus puertas y vender sus libros en el mismo centro comercial, así como para que un proyecto particular que lleva el nombre de biblioteca, pero que en realidad funciona como librería, porque vende libros, se posicionase en otro centro comercial del sur.

 

¿Los artistas e intelectuales son accesibles y colaboran para atraer a la gente o, por el contrario, convierten a la literatura en una cosa hermética?

Son accesibles cuando los invitas. Debo decir que BiblioRecreo ha ido construyendo una imagen de posicionamiento en el mundo cultural e intelectual, lo reconocen y le tienen estima y los que no lo han conocido, tratamos de que lo hagan a través de una agradable experiencia como invitados especiales en nuestro espacio, los tratamos con respeto y consideración.

Somos conscientes de que nuestras mejores referencias las dan los mismos usuarios y los actores culturales que se han acercado como invitados especiales. Ellos son nuestros promotores.

En el BiblioRecreo, los escritores van a cautivar a sus futuros lectores, no tienen conocidos ni está a su alrededor el mundo literario e intelectual que siempre los sigue, simplemente se encuentran frente a sus potenciales lectores y punto. Por tanto, para ellos resulta un reto también.

Además, como la sala es pequeña, el contacto es más íntimo, no se puede rehuir la mirada ni los gestos.

¿Qué hace que el BiblioRecreo sea diferente de otras bibliotecas?

Desde su presentación es distinto. La biblioteca se encuentra instalada o montada sobre un bus Ford de los años 70 que pertenecía a la Casa de la Cultura y que fue entregado bajo la figura de Comodato al Centro Comercial El Recreo.

Luego, BiblioRecreo asumió el riesgo de prestar libros a casa sin mayores trabas, ni requisitos para inscribirse. Solo pedimos un valor simbólico de $3 para menores de 12 años y $5 para mayores de 12 años anual como inscripción y referencias telefónicas de familiares. Nada más.

Es una biblioteca dedicada al placer de la literatura, no funcionamos con textos escolares ni académicos y su presentación es a stand abierto. El lema es: “el libro debe estar cerca y accesible para los lectores – usuarios”.

BiblioRecreo funciona como un organismo vivo, es decir, los lectores pueden conversar, reír, intercambiar ideas con otros y siempre están pasando cosas nuevas: eventos, actividades, movimiento, cambios. Así deben operar las bibliotecas hoy por hoy.

 

Precisamente, ¿Quito es una ciudad con suficientes bibliotecas, responden a las necesidades de la gente o, de plano, la gente no las visita y, por lo mismo, el Estado no las ve como una necesidad?

Creo que no se han levantado estadísticas actualizadas del número de lectores y tampoco se sabe qué tipo de bibliotecas son las que requieren (temáticamente hablando). Frente a esta situación creo que no se podría determinar si son suficientes o no.

La red Metropolitana de Bibliotecas atiende a un público más académico, la biblioteca Eugenio Espejo, maneja títulos históricos y opera más como archivología que como biblioteca.

No tenemos una biblioteca nacional, creo que desde allí ya puedes tener un diagnóstico de que el movimiento bibliotecario ha sido replegado y que el acceso a la información y educación, ha sido escaso.

Quizás las personas no visitan mucho las bibliotecas porque ahora tienen acceso directo a información, lo importante es saber separar la que vale de la que no. Creo que si las bibliotecas cumplen con la función de ofrecer un espacio de acceso a información o entretenimiento, pero que además logren convertirse en un sitio de encuentro para que personas con similares intereses se puedan compartir sus experiencias, serán más visitadas y valoradas por la comunidad.

 

 

Bibliotecarias

Claudia Bugueño, Sonia Ortega y Helen Mora son tres de las bibliotecarias que dan vida al proyecto “BiblioRecreo”.

 

Cuando se visita el BiblioRecreo, es frecuente encontrar muchos jóvenes solicitando libros, ¿se cae con esto la frase “los chicos de ahora no leen”? ¿Cuál es el principal público del BiblioRecreo?

Nuestro grupo cautivo son los jóvenes de entre 13 y 18 años, quienes representan el 38% de nuestros usuarios frecuentes y, mes a mes, son el grupo del que más solicitudes recibimos. Luego viene el grupo joven adulto que está entre los 19 y 25 años y que corresponden al 32% de usuarios activos. Otra dato interesante es que siempre hay más mujeres registrándose en el BiblioRecreo.

 

BiblioRecreo no solo es una biblioteca, también es una suerte de centro cultural donde se organizan eventos relacionados con cine y literatura, ¿cómo recibe el público dichos eventos? ¿Cuáles son las principales dificultades que presenta esta doble función del BiblioRecreo?

Creo que la nueva concepción de bibliotecas va enfocada a ser un centro de mediación lectora y difusión cultural, es el nuevo esquema que una biblioteca debe manejar para difundir lectura y cultura.

Requiere de planificación llevar la tarea de manejar operativamente la biblioteca, es decir, llevar control de inventario, estar al tanto de las novedades literarias, atención personalizada a los usuarios y planificar trimestralmente una agenda adecuada para pulirla mes a mes.

Es importante que la biblioteca se difunda a través de redes sociales, interactuando con ese público también para difundir asertivamente y masivamente nuestro servicio y agenda cultural.

Puedes tener muchas ideas, pero lo importante es probar con los usuarios cuáles son las actividades que les gustan. El tiempo nos ha demostrado que lo que más aprecian son aquellas actividades que los involucran activamente como los clubes de libro, por ejemplo.

Los “CinEncuentros”, se han establecido con la finalidad de comparar el lenguaje literario con el cinematográfico y tener una visión amplia y completa de las artes, entendiendo que se alimentan entre ellas, cada una con sus propias características. Es una forma de impulsar la lectura y hacerla más atractiva.

 

En septiembre de 2015, los Estados miembros de las Naciones Unidas adoptaron la nueva Agenda 2030 para el desarrollo sostenible, entre los temas que incluye, se expone el concepto de las bibliotecas como motores del cambio, ¿en Ecuador se está poniendo en práctica esta iniciativa o ha quedado en papeles?

Desafortunadamente, estamos muy retrasados en comparación a otros países de la región como Colombia, Chile y, claro, Argentina.

No aparecemos en el mapa de levantamiento de información de las bibliotecas, lo que quiere decir que no estamos trabajando en red, tampoco existe un organismo de regulación bibliotecaria, no tenemos un dato concreto de cuántas bibliotecas operan en el país y a cuántos usuarios benefician.

Hay mucho por hacer todavía. Por fortuna, existe una comunidad bibliotecaria que, por pequeña que parezca, está interesada en mejorar sus espacios de trabajo, a través de la permanente formación.

 

¿Cómo puede promoverse el desarrollo sustentable desde las bibliotecas y cómo se articulan estas dentro de los planes nacionales de desarrollo, considerando que la cultura usualmente es el rubro más descuidado del presupuesto nacional?

Las bibliotecas deben convertirse en organismos vivos en los que la comunidad pueda encontrar tanto información, como entretenimiento y un vínculo para relacionarse con sus pares.

Por ejemplo: existe la idea de que las bibliotecas en Ecuador se conviertan en centros de capacitación para educar en la manera de afrontar las emergencias.

En BiblioRecreo, queremos además apoyar a nuestros usuarios, lectores y profesores, en la realización de talleres de comprensión lectora, creación literaria, que los motiven a seguir relacionados con la lectura.

Otro de los conceptos que las bibliotecas y, por ende, los bibliotecarios debemos tener claro es que si la comunidad no viene a ti, hay que salir en su búsqueda, tratando de fomentar redes de apoyo sostenible con educadores, directores o autoridades que representen al mundo educativo o que estén destinados a hacer políticas públicas para mejorar el nivel de educación y cultura en el país.

BiblioRecreo, en su momento, hizo una alianza estratégica con una institución pública, la Casa de la Cultura, y con la empresa privada, marcas comerciales reconocidas, para lograr sacar adelante al proyecto y entregárselo a la comunidad del sur de Quito. Eso es el verdadero desarrollo sostenible, hacer todas las alianzas posibles en torno a un bien común.

 

Finalmente, ¿piensas que el BiblioRecreo es la prueba de que empresa privada y comunidad pueden trabajar juntos para el desarrollo del arte y la cultura?

Absolutamente, para el Centro Comercial, el BiblioRecreo es su proyecto estrella, una forma de relacionarse con sus clientes de una manera constructiva y alternativa, cambiando la “alteridad” del sector, ese concepto del que nos hablan tanto en sociología y comunicación, pero que es absolutamente viable y concreto en este proyecto: un antiguo bus blanco en medio del ajetreo diario al que muchos se acercan por curiosidad y otros porque es su espacio especial.

BiblioRecreo es la manera que encontró el C.C. El Recreo para hacer “marketing social” o de amor, el mismo que consiste en promocionar una marca a partir de proyectos nobles, innovadores y útiles para la gente.

Pablo Flores, poeta del paralelo cero

Pablo Flores Chávez estaba sentado en uno de esos sillones desgastados de la sala de talleres literarios. A su lado había otros diez o quince muchachos que, como él, habían respondido a una convocatoria de la Casa de la Cultura “Benjamín Carrión” para personas con inquietudes literarias que quisieran obtener “una suerte de beca por dos años” para perfeccionarse en el oficio de escribir.

Pablo sonreía escuchando las críticas que le soltaban a quemarropa varios de sus compañeros. Decían que su poesía era rara – aquella palabra tenía la pinta de un anatema – y se engolosinaban con quejas acerca de su estructura.

Diego Velasco, coordinador de los talleres, disfrazado del Argos de los cien ojos, miraba a todos en silencio. Solo cuando la mayoría de aprendices de escribidores hubo disparado, él, contemplando a Pablo Flores, le dijo: “sí, es diferente, pero eso no quiere decir que esté mal”.

 

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¿Cómo es un poeta de este paralelo cero, es igual al de otras partes del mundo o tiene alguna particularidad, producto acaso de complicaciones derivadas de la situación del país?

Un poeta de “la mitad del mundo” es como cualquier otro poeta en otra mitad de otro mundo: un referente simbólico de la vida, lo que equivale a salir del lugar común, como sería aquello de darse de “poeta”.

Vizinczey en sus diez mandamientos del escritor menciona que para ser escritor (poeta) hay que salir de esa casilla de no ser lo que el resto dice que eres: no ser, por ejemplo, una víctima de las circunstancias o las “complicaciones derivadas del país”. Y ahí me alejo enteramente de la escritura por compromiso social, ético, político, etcétera.

Tu poesía tiene mucho que ver con experimentación y acaso con desafiar a esos “bastardos del canon” de los que alguna vez habló cierto poeta ambateño de cuyo nombre no quiero acordarme, ¿sientes que es así?, ¿podrías ensayar una “definición” de tu poesía?

Eso de la esperanza del “más allá del canon” o las extremas advertencias del camino no me parece que deban tomarse en serio; por otro lado, ese luchar de Balzac contra las propias limitaciones o las creencias que se convierten en convicciones, sí.

Creo en la convicción de que el lenguaje experimental te da la opción de escoger otros caminos liberadores, vuelvo con Vizinczey “nada de lo que ya se ha hecho puede decirte cómo hacer algo nuevo”. Tienes que ir por la tangente, correr el riesgo, no repetir esas formulitas.

Ensayar mi arte poética sería un intento demasiado fútil por el momento, no creo en las interpretaciones del futuro o la cábala lingüística para definirme.

La filosofía aparece constantemente en tu poesía, ¿eres un lector que escribe? ¿Cuál es el papel de la lectura en tu proceso creativo?

Hay tantas formas de responder a esa pregunta (risas): es que es inevitable leer para escribir y escribir para leer, no hay manera de separarlas. Aquello te llega en miles de mensajes expositivos, panfletos, indirectas; videos como el que te mostré de Gamboa, en el que él mismo dice tanto porcentaje de lecturas clásicos, tanto porcentaje de poesía, tanto… etcétera, etcétera. (risas).

Además de que, antes de la escritura, disfruto mucho más leer: mezclo lecturas, hago libromancia y lectura creativa.

 

Los talleres literarios eran carreras de resistencia: había desertores que no pasaban los primeros cien metros planos u otros que aparecían, se esfumaban y volvían a aparecer…

Cada aprendiz se forjaba su camino como podía, con más dudas que certezas y, a veces y de casualidad, se escuchaba que alguno logró publicar un libro o que, en medio de crisis existenciales, había quemado sus garabatos para dedicarse a vender electrodomésticos.

Mas, de vez en cuando, alguien mencionaba el nombre de uno de los aprendices que había escapado del anonimato, ganando un concurso o una beca.

 

Hablando del Concurso de Poesía “Paralelo Cero”, Cesado el nombre, libro con el que lo ganaste, ¿fue escrito específicamente pensando en el certamen o era un trabajo que se había gestado mucho tiempo atrás?

Cuando empecé a tener noción seria de la escritura, sentía una obligación entera por escribir sin pensar en nadie y en nada más que el libro ni siquiera en el interlocutor o imposible lector del otro lado. De hecho, para mí no había otro lado, simplemente era materializar la certeza que me acompañó en todo ese proceso. Luego, claro, estuvo el sacarlo del horno y ver cuáles eran las posibilidades para publicarlo y ahí estuvo el último día de entrega para “Paralelo Cero”, sin haberle dado tanto meneo a la cuestión.

En tus palabras, ¿cómo describirías a Cesado el nombre?

¡Uy!, Cesado el nombre es un libro sobre mis lecturas de filosofía: de que había un camino silenciado pero presente entre la palabra poética y el decir filosófico, que el trajinar de la duda por el reto y la existencia de condiciones opuestas, varias son ese “todo es dudoso” de Pirrón.

Mencionar ese diálogo entre poesía y filosofía me dio mucha luz en el campo de la evocación del lugar y del objeto, de modo que terminé creando un mini tratado sobre eso.

La evolución es inevitable no solo biológica, sino artísticamente. En ese sentido, ¿hay cambios entre el poeta de Cesado el nombre y el de ahora?, ¿en qué ha variado?

Cambios progresivos, pero en un continuum de estar consciente del todo y de la nada, que me siguen rodeando y maravillando. Tengo ciclos, aunque no como las estaciones, sino de aquellos que no vuelven aparecer sino hasta después de unos años.

Crecer en el campo me hizo muy abierto a sentirme por dentro, explorarme en lo que puedo y no alcanzo a decir. En ese sentido, he cambiado en explorar más profundamente esa “vecindad del cielo, y el desierto, con la poesía de los espejismos” que decía Cioran sobre el corazón de uno mismo.

 

Por las calles de Quito, “a toda madre”, Pablo Flores se interna, sin importar la hora, a lomos de su caballo de metal: una bicicleta a la que ama como a su vida.

Con frecuencia, un conocido lo ve, a lo lejos, y tiene la impresión de que no es un poeta, sino un puñal con vida que penetra, veloz, en el cuero de esa mujer esquizoide y raquítica que es el Quito del siglo veintiuno.

Él, sin frenar su carrera y agitando la mano derecha, grita: “¡acabo de publicar en México!” o “¡volví ayer de España!”.

 

Después del premio “Paralelo Cero” varias puertas se abrieron, incluso conseguiste una residencia creativa con la Fundación Antonio Gala de España, ¿cómo fue ese año fuera de Ecuador?, ¿relacionarse con otros artistas jóvenes alimentó tu literatura?, ¿cambia mucho una experiencia de este tipo a los artistas?

Ese año, siento que me adelanté al Pablo que se hubiese quedado en Ecuador en formas que nunca antes había experimentado: lo registraba todo, no en un sentido de acumulación sino vivencial. El haberme permitido nutrirme de otros artistas que vivieron conmigo y que luego se hicieron mis hermanos y hermanas, fue maravilloso. Gracias a esa beca pude beber otras aguas, viajar.

¿El poeta termina amando u odiando a la tierra que lo vio nacer después de esos autoexilios?

Por ahí, hoy escuché que decían “cuando pierdes el techo, ganas las estrellas”, creo que el espejo de ese exilio, autoexilio, puede ser en cualquier parte, llámese Ecuador, llámese Nueva York, llámese Bangkok, llámese mi cuarto con la Bruma y el Ring.

Los premios, al menos en este “paralelo cero”, suelen ser la única forma de abrirse camino en el mundo del arte, sin embargo, es un fuego fatuo: los medios, el Estado, el público en general olvidan al ganador, quien termina en la indefensión total. ¿Sucedió así contigo o cómo fue la vida de Pablo Flores después del “Paralelo Cero” y de la beca de la Fundación Antonio Gala?

Siento que esos momentos de “olvido” son preciados que deben dedicarse a uno mismo. No me importó, como tampoco me importa el antes o el después.

Me encanta practicar el autosilencio o el silencio creativo que es más potente porque no se sabe de dónde viene o adónde va.

 

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Pablo Flores probó varias cosas: la carrera de Geografía, la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, la Universidad Central, la Facultad de Filosofía y Letras pero, perseguido por el sueño de Borges, se encerró en una biblioteca. Desempolvando tesis antiguas y textos despreciados por el común de los mortales. Es un poeta que busca su camino.

 

Al principio estudiaste en la carrera de Geografía de la Universidad Católica para luego abandonarla por la literatura. ¿En qué momento te diste cuenta que estabas en el sitio incorrecto?

No me acuerdo del momento, tal vez muchos, y las señales del mundo externo que me llamaban a la literatura y amarla hasta en mis sueños o pesadillas.

Lo que sí recuerdo es haberme enojado con un profesor cuando este me dijo: “oye, Pablo, este trabajo escrito es muy bueno como para ser tuyo, me huele a plagio”, en ese instante dije: “¿sabe qué?, si es plagio, me plagié a mí mismo, pero eso no lo va a entender”.

El resto fue liberarme de toda la cursilería y el padrinazgo que es estar en una universidad privada, dejarlo todo por la Central, donde me he sentido como en casa, donde respiras la “ecuatorianidad” en chiquito.

De la mano con tu poesía están tus estudios en la escuela de Lengua y Literatura de la Universidad Central y también el trabajo de bibliotecario, ¿es difícil compaginar esas actividades?, ¿el artista termina convertido en un subversivo que escribe para vengarse de ese mundo que le obliga a ganarse la vida “con el sudor de la frente”?

Siempre digo que vivo en la Central, estudiar y trabajar allí me permite hacer un proceso de inmersión, de escritura, de lectura, de lo que también siempre he sido que es un modelo 4×4, un estudiante producto de la educación pública desde pequeño (la de aquí, de Estados Unidos cuando estudiaba Electricidad en un colegio técnico, de cuando camellé en construcción en Danbury), y le saco el jugo a esa materia prima de condición social tan arraigada en mí porque a veces sé dejarme llevar por el yo que sigue viviendo en la “Yoni” como cualquier otro emigrante. Como te dije, no le devuelvo al mundo lo que arroja, tampoco lo que no me brinda.

En tu trabajo, por ser dentro de la universidad y, como tal, dentro del sector público, te toca lidiar con la burocracia, ¿cómo enfrenta el poeta ese mundo kafkiano, termina pareciéndose a un personaje del escritor checo?

(Risas.) Ciertamente es un mundo kafkaniano y en la Central, como en otras instituciones públicas análogas, creo que más, pero eso justamente hace que sea más temperamental el asunto de hasta qué punto mi 4×4 logra trascender esas limitaciones y las convierte en oportunidades “bellatinezcas”.

También has dirigido algunos talleres de literatura – como el “Cinegético de Excritura” –, ¿en qué consisten y en qué se diferencian de otros? ¿Aportan algo a tu proceso creativo?

Como escritor en formación, nunca me gustaron los talleres de creación literaria regidos por aquello que ha sido constante en la historia de la literatura: la seriedad y el intelecto sumado con el esfuerzo de la tradición. Me refiero a, por llamarlo de alguna forma, ese “ente” al cual le dices: “a ver, sólo ha existido ese camino de concebir un taller literario, es decir, trabajo duro y de oficio, de taller y mucha lectura y mucha corrección, duro, duro, duro…”

Creo que la pedagogía de un taller literario debe darte otro tipo de posibilidades de aprendizaje, lejos de lo que imponga la imagen de un “escritor”. En ese sentido, el “Cinegético de Excritura” se apartaba de esas prácticas ya normadas y proponía lo opuesto.

Hay otros esfuerzos mucho más amplios, incluso con cátedras de creación literaria y de prácticas relacionadas con este concebir distinto de la práctica escritural. Por ejemplo: la cátedra de la Universidad Diego Portales que basa sus estudios en la experimentación o la “Escuela Dinámica de Escritores” de Mario Bellatin que existió en México.

 

Ahora, Pablo Flores vive en su búnker con un gato y dos perros. Se trata de un pequeño departamento en la planta baja de cierto edificio a medio construir ubicado en el norte de Quito.

Aparte de la cama, el baño y la cocina hay libros. Muchos libros. Los Bellatines, Borges y otros dioses y semidioses del Olimpo literario se encuentran apilados junto a la pared, sobre el escritorio, y al lado de la computadora.

Los visitantes deben brincar sobre los montoncitos de libros y, si la suerte los acompaña, el poeta les mostrará, como dando a luz un ángel, cierto texto que ha armado durante meses (literalmente porque, además de escribirlo, él ha pegado y cosido las hojas de cada uno de los ejemplares existentes). La creatura se llama Res Extensa.

 

¿Qué es Res Extensa?

Res Extensa es el principio (una de las partes) de un libro – código madre que se autoreproduce y muta en otros libros, respondiendo a un fin experimental.

Es un libro experimental que no completa un pensamiento o una frase, sino que, a manera de un río, va a parar donde tenga que parar.

Al leerlo creo que es inevitable pensar en la poesía japonesa antigua, donde tanto el texto como los ideogramas buscaban provocar un efecto sobre el lector, haciendo imposible la separación del “fondo” y de la “forma”, ¿es correcta la comparación o es otra la idea que esconde el libro?

Hay algunas ideas sobre el principio mentor – rizomático de la Res, pero sí, la forma compositiva del libro opera igual que los ideogramas en esa proyección de las letras hacia el infinito. Además de plantear, después de terminado este mega proyecto, que los libros puedan adquirir un espacio como exposición artística de la escritura conceptual.

Publicar en Ecuador – y, sobre todo, publicar poesía – es muy complejo, sin embargo, actualmente estás luchando para que Res Extensa aparezca en las librerías, ¿cómo ha sido tu relación con esa suerte de circo romano que es el mundo editorial?

Es la primera vez que me enfrento a eso de “buscar editorial” porque los anteriores libros se publicaron por premios y el primero, de hecho, por un vínculo con los agentes de la red de poetas salvajes de México.

Entonces todavía soy un inexperto, pero siento que hay una fuerte movida de editoriales independientes dentro del país que, a través de la autogestión y la unidad entre ellas, generan un panorama distinto para el lector.

 

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Pablo sonríe cuando estamos a punto de despedirnos: piensa en su querido Mario Bellatin, los talleres de experimentación literaria, los libros y otros bellos demonios.

Unos minutos antes, su novia, quien hasta ese momento ha escuchado la charla con la indulgencia del médico que ya se ha acostumbrado a los desatinos de sus pacientes hipocondriacos, le critica por no beber el café negro, fuerte y sin azúcar. Él, luego de rascarse la cabeza, dice que es algo más que le falta aprender y ríe con esa risa tranquila que solo he escuchado en las personas que viven en paz.