Diccionario enciclopédico de clientes de librerías

Así es como quedan las librerías cuando los empresarios se dan cuenta de que no son rentables...

Así es como quedan las librerías cuando los empresarios se dan cuenta de que no son rentables…

Más o menos tres años estuve encerrado en dos librerías de centro comercial a las que conocía con el sobrenombre de “La Cueva” (Cueva 1 y Cueva 2, en realidad), básicamente porque pasaba allí desde que salía el sol hasta que se ocultaba.

No es exageración decir que podría producirse una catástrofe nuclear o una invasión extraterrestre, mientras los libreros, totalmente ignorantes del destino del planeta, limpian los estantes polvorientos.

Bueno, sí hay una hipérbole: las paredes de los centros comerciales, fabricadas con cartón, no resisten ni a los clientes que se arriman en ellas, menos aún bombas atómicas o sofisticadas armas del espacio exterior, así que en cualquiera de los escenarios los libreros morirían, pero en la inopia.

Por otro lado, ese aislamiento exterior permite conocer a fondo las interioridades de los clientes, es decir la pata de la que cojean, no solo en cuanto a los hábitos de lectura, sino a su carácter y manías. En ese sentido, creo que estoy capacitado para bosquejar una tipología del “homo qui legit”.

Es conviene, en todo caso, advertir que los tipos mencionados a continuación corresponden a personas reales, no hay ni un ápice de ficción en ellos, por lo que tiene todo el derecho de sentirse ofendido si “le queda el guante”…

 Lea también la crónica de mi último día como librero.

La madre tiránica:

Es una mujer de convicciones fuertes, con principios lectores sólidos, ¡ilustradísima! Por lo general, es una feminista que se considera dueña de una sensibilidad artística sin límites porque ha visto en internet dos pinturas de Frida Kahlo, pero jamás ha escuchado de Benedetta Cappa o Remedios Varo.

Usted la puede encontrar en las secciones infantiles de las librerías despotricando contra su hija de cinco años porque quiere un libro de princesas de Disney y no “algo educativo”.

El curioso que observe la escena – incluida la perorata de quince minutos donde la madre habló, acomodándose sobre el hombro su cartera Louis Vuitton, en contra del capitalismo, Mickey Mouse, la sociedad, Dios, Belén, los pastores, el perro, el machismo, Alí Babá – no debe maravillarse cuando surja de atrás de un estante la MADRE de la madre tiránica, como un “deus ex machina”, para decir: “hijita, ¿por qué le gritas a la guagua? Cómprale lo que quiere, si vos tenías una colección de muñequitas de Disney…”

 

Los “otakus”:

Bueno, lo admito. A mí también me gustan los cómics. Sí, sí, sí...

Bueno, bueno, lo admito. A mí también me gustan los cómics…

Una mañana helada, mientras limpiaba la sección de fotografía, llegaron a la tienda tres chicos ataviados con enormes abrigos. Eran dos hombres y una mujer, ella sostenía una cadena en su mano derecha con la que arrastraba al más alto y flaco de ellos. Este sonreía, jadeaba y hasta ladraba. Una compañera me susurró: “¡es un ‘kemonomimi’!”

La chica arrastró a su pokemon por toda la tienda, dándole cariñosas nalgadas a veces, reprendiéndolo cuando no cumplía una orden o intercambiando con él y el otro muchacho besos franceses en la sección de literatura infantil.

Finalmente, se plantaron ante mí indignados al descubrir que no teníamos el paquete completo de las Cincuenta sombras de Grey con esposas de terciopelo y los demás juguetes.

Los otakus leen, aparte de los mangas, novelas juveniles y de terror. Pueden pasar horas metidos en la tienda y, por lo general, se marchan sin comprar nada (descargan los cómics de internet), llevándose sus diademas con orejas de gato a una convención de fanáticos de las historietas con entrada libre.

 

“Los que han leído todo”:

Primera foto de Puñetas junto a su sufrido padre.

García Márquez, víctima de la crítica especializada en Bukowski.

Estos personajes no solo se pasean por las librerías (pasear es el verbo adecuado porque jamás gastan un céntimo), también es posible hallarlos en los festivales de cine independiente (gratuitos), bares alternativos (donde intentan que otros gasten por ellos), conciertos de “trip hop” (gratuitos) o en cafés (en los que no consumen nada). Se la pasan hablando durante todo el día y no es raro que utilicen lenguaje rebuscado para seducir a chicas vestidas con camisetas espartanas cuyo único adorno consiste en dos símbolos del género femenino entrelazados.

No hay cosa que se escape a su amplísimo bagaje cultural. Según ellos, han leído TODOS los libros y ninguno se escapa a su crítica ácida.

Desde Sófocles hasta Vargas Llosa, la literatura del mundo está plagada de imbéciles a excepción de Bukowski, “el único escritor que vale la pena porque le vomitó en la cara a la moralina burguesa estadounidense después de una noche de putas y alcohol” (lo que suena bastante bien, salvo porque el vómito es la única metáfora que le calza a esos libros)…

Lea también “Los lectores se congelan en Quito”.

Las socias del club de lectura:

“¡Soy amiga de [inserte el nombre de cualquier político, empresario o famoso hijo de vecina], atiéndame primero!”; “¿cómo que no hay descuento?, soy del club del libro ‘El desgraciado hijo de Orión’;  “¿cómo se atreve?”; “¿no me conoce?”; ¡llamaré a mi marido para que le cante sus tres verdades!”; “¿o sea que no puede devolverme el dinero solo porque compré el libro hace dos años, no tengo factura, está arrugado y le faltan dos páginas?, ¡es nuevito!”; “¡pésimo servicio!”; “¡nunca más volveré a esta librería!”

Estas frases definen a la típica socia de un club de lectura. Nunca quieren pagar el precio completo del libro, aunque usualmente les sobra el dinero y no tienen empacho en despilfarrarlo en una tienda de ropa, pero por UN libro, jamás querrán pagar el precio justo. Invocarán a todo el santoral de empresarios del mundo librero o a sus amigos, esposos y amantes, solo para obligar al librero a cumplir con sus designios.

Son peligrosísimas y no precisamente por sus influencias, sino porque han provocado que los escritores de novelitas y novelotas rosas e insustanciales ahora se reproduzcan como gremlins en una lavacara de agua helada.

 

Los sexualmente NO explícitos:

Siempre se debe ordenar con lógica (sexual) una librería (¿?)...

Siempre se debe ordenar con lógica (sexual) una librería (¿?)…

“Señor, ¿puede prestarnos ese libro de ‘Las cincuenta sombras de Grey’? De verdad no vamos a comprarlo… Es que queremos saber de qué se trata…” Con estas frases se acercaron a mí una pareja de jóvenes. Les entregué el libro mirándoles con una expresión que seguramente era producto de la risa contenida y la incredulidad.

Al poco, los vi sentados con los rostros colorados y carcajeándose mientras leían. Yo, un voyerista consagrado, me aproximé con disimulo, esperando algún escenario pornográfico, mas, mis esperanzas se fueron al tarro de la basura al escuchar que la mujer, acalorada, decía: “amor, ¿te das cuenta de las pendejadas que lee tu mamá?”

En este grupo también están los adolescentes que piden “El principito”, pero terminan comprando “El kamasutra de la masturbación” o “Sea una puta en la cama”…

Lea un crónica de estas y otras lindezas acerca de los lectores de las Cincuenta sombras de Grey…

 

Este artículo se ha prolongado demasiado y podría hacerlo aún más, teniendo en cuenta que faltan categorías como: “adolescentes que leen biografías de OTROS adolescentes con cuenta de YouTube”, “niñas obsesionadas con las novelas románticas”, “escritores que compran sus propios libros para regalar”, “viejitas adictas a las revistas de tejido”, “profesores universitarios enamorados de Foucault”, “aprendices de empresarios que quieren alcanzar el éxito en una semana”, etcétera, etcétera, etcétera…

El caso es que si bien el tópico de “dime qué amigos tienes y te diré quién eres” es dudoso, aquel de  “dime que libros lees y te diré cómo eres” es indiscutible. Fin.

Resumen de fin de año

Hasta Mark Zuckergberg se pregunta qué carajos estaba pensando durante todo este año.

Hasta Mark Zuckergberg se pregunta qué carajos estaba pensando durante todo este año.

Estoy parado frente a un monigote de año viejo. Mientras las llamas lo consumen, pienso en mi “resumen del año” que hace cinco minutos apareció en mi teléfono celular transformado en una notificación de Facebook. Es pobre, vergonzoso.

Quiero pensar que se trata de una jugarreta de Mark Zuckerberg y su perro “Beast”, por lo que, mientras el monigote lanza alaridos de camaretas, me pongo a recordar aquellos detalles que no se publicaron en la red social:

Cambié de trabajo tres veces en el 2015, pasando de librero a profesor y luego a cobrador de cuentas en mora. Lo adecuado en estas fechas sería agradecer estas experiencias y afirmar que he aprendido mucho de ellas, pues, parafraseando a Coelho, me han permitido ser el héroe de mi propia aventura vital. Mas, la verdad es que la única frase aplicable a los tres empleos es la de Bartleby: “preferiría no hacerlo”.

La librería donde empecé el año como administrador quebró. No fue mi culpa – creo –. Tal vez el error fue del dueño de la empresa, quien optó por colocar su tienda más importante al lado de uno de los baños del centro comercial Quicentro. Falla estratégica imperdonable, pues las estadísticas indican que en el Ecuador la gente no lee ni en el váter.

Antes de que naufragara la librería, me marché para dar clases en un colegio católico. Me recibieron como un rey, es decir, como a Luis XVI. De todas maneras, no fue necesario que me cortasen la cabeza, casi la pierdo sin necesidad de guillotina alguna cuando descubrí que los profesores tienen más de policías antidisturbios que de maestros.

Después de que salí, la librería quedó, literalmente, empapelada hasta en las puertas...

Después de que salí, la librería quedó, literalmente, empapelada hasta en las puertas…

Del colegio me sacaron por ineficiente o por ateo o por ineficiente ateo. El caso es que terminé en un centro de cobranzas, donde descubrí que una cartera no es de cuero ni sirve para guardar dinero o tarjetas de crédito, sino… En realidad, no sé qué es, pero está relacionada con banqueros y no se la consigue en una tienda de Louis Vuitton o de Carolina Herrera.

Entre el despido y el cambio de trabajo, viajé a Cuenca dos veces. En la primera ocasión, conocí a un belga que abandonó su vida en los Himalayas por una cuencana. El europeo es tan popular en el sur de este país como desconocido en el suyo, quiza su éxito se debe a que es un gran conversador en una lengua que habla mal o a su prodigalidad con la cerveza.

En la segunda, NO pude conocer a Sara, mujer apasionada de la bohemia cuencana y a quien sueño bella, inefable como una hurí, aunque mis amigos, que sí la vieron, afirman que se parece más a una vikinga robusta obsesionada con parecerse a la Siempreviva de Andrés Caicedo.

Por otro lado, obtuve una mención de honor en un concurso de relatos fantásticos. Acaso esto me habría evitado demasiadas “aventuras vitales” si, en vez de aquel género literario, hubiese optado por el de los lucrativos vampiros diabéticos o de las secretarias ninfómanas.

Finalmente, tengo un gato que me tiraniza, un libro de cuentos que no termino de escribir, un sueldo que no me alcanza, un país que me aburre y un presidente que no elegí.

"Pushkin", el gato tirano. Evidencias científicas contundentes sostienen que se trata de la reencarnación de Gengis Khan.

“Pushkin”, el gato tirano. Evidencias científicas contundentes sostienen que se trata de la reencarnación de Gengis Khan. :3

En la escala social soy como un futbolista polaco en un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial, pero sin temor a equivocarme, estoy seguro de que pronto me promoverán a la categoría de judío en el gueto de Varsovia.

Este sí es el resumen de mi año, básicamente…

Los pasteles de Alicia

El mapa del mundo de Alicia. Descárguelo gratis aquí.

Mapa del mundo de Alicia. Descárguelo gratis.

No conocí a Alicia en el País de las Maravillas, sino en su colegio. Yo había conseguido empleo como profesor de escritura creativa y uno de los cursos que me asignaron fue el suyo. Desde el primer día sentí atracción hacia ella, acaso por su halo de fatalidad – estaba tratando de recuperarse de la adicción a los pasteles que hacen crecer, vicio, según las psicólogas del Departamento de Orientación, que resultó de los “avances poco decorosos” de su tío, el diácono Carroll, durante la infancia – que le daba un aire de “nínfula” de novela de Nabokov.

Alicia y su novio de la adolescencia.

Alicia y su novio de la adolescencia.

Supe por otros profesores que las tragedias de Alicia no terminaban con su adicción y su pasado sórdido, pues vivía con un sombrerero, pariente suyo, que había enloquecido después de que su negocio de venta de panamás se fue a la quiebra por culpa de las fábricas centroamericanas y que ahora se dedicaba a gastar su dinero en alcohol y prostitutas, llegando borracho casi todos los días a casa para concluir la jornada con sesiones de diverso contenido en compañía de la muchacha.

Ante ese escenario, procuré que la literatura fuera un medio de escape, pero lo cierto es que Alicia tenía más interés en las matemáticas, a las que se dedicaba cada vez que salía de una nueva ingesta de pasteles para crecer. Los números, me explicó, eran su único consuelo para la depresión que le ocasionaban su adicción y el sombrerero loco.

— Quiero encontrar la cuadratura del círculo – me dijo –. ¡Mi tío, el diácono, murió intentándolo, profe!

Yo la escuchaba entre fascinado y compasivo.

Cierto día, salí del colegio cuando el sol ya se había puesto y cerca de la parada del autobús que utilizaba para volver a casa, encontré a Alicia.

— ¿Se siente bien?

Alicia acompaña a la presidenta de la Asamblea Nacional del Ecuador durante una de las más movidas sesiones del plenario.

Alicia acompaña a la presidenta de la Asamblea Nacional del Ecuador durante una de las más movidas sesiones del plenario.

Me miró con ojos enrojecidos y saltones. Supuse que había consumido pasteles y decidí llevarla a mi casa. Durante el camino dijo miles de incoherencias sobre conejos parlanchines y reinas de baraja. No entendí nada ni quise hacerlo, solo pensaba que era un caballero de armadura brillante y que la “nínfula” algún día – tal vez no ese, pero otro no muy lejano – sabría agradecérmelo.

Mientras la recostaba en mi cama, Alicia pareció tener un minuto de lucidez y me propuso probar los pasteles.

— Aún me queda uno, podemos compartirlo – sus ojos vidriosos me desarmaron.

Ella partió el pastel y me dio una mitad. Ambos engullimos la droga con sabor a vainilla y aunque al principio no sentí nada, con el transcurso de los minutos mi cuerpo sufrió una serie de mutaciones que me llevaron a tener la cabeza, las manos, los pies y, al final, el torso entero de dimensiones descomunales. Rompimos el techo y las paredes con nuestros cuerpos, cayendo luego en un sueño profundo.

Cuando desperté, los dos habíamos vuelto a la normalidad. Sentí sed, cansancio y tristeza, sin embargo, desde entonces no puedo parar de consumir los pasteles y siempre los acompaño con un licor que empequeñece.

Alicia y yo pasamos los días juntos, entre la menudencia y el gigantismo, convertidos en monstruos que intercambian ecuaciones y poemas de significado críptico para todos excepto nosotros.

Lea también este cuento en el blog de la Ciencia Ficción en el Ecuador de Iván Rodrigo..

¿Cómo se reproducen las telenovelas de narcotraficantes?

Angélica Blandón te invita a olvidar el cuerpo de las mujeres y a amar el "interior".

Angélica Blandón te invita a olvidar el cuerpo de las mujeres y a amar el “interior”.

En los últimos años hemos presenciado una extraordinaria proliferación de telenovelas cuya trama se desarrolla en el mundo de los capos de la droga, lo que nos empuja a preguntarnos: ¿de dónde salen?, ¿cómo se producen?, o mejor dicho: ¿cómo se reproducen? Sí, porque sobre su producción no hay mucho que decir, al fin y al cabo basta que un tal Cadavid con un tal John Jairo se reúnan en alguna oficina de un canal de televisión colombiano – o estadounidense pero de gran influencia latina – y firmen el contrato, macabra sentencia de muerte, que condenará a miles de espectadores, que no tienen dinero para pagar televisión por cable, a meses de tortura con acento paisa.

Por lo demás, lo que interesa a todo neuropsicólogo – grupo al que tengo el altísimo honor de circunscribirme – es conocer el génesis de cualquier fenómeno, puesto que es en la concepción donde se originan las anomalías genéticas.

En esa medida, ¿cuáles son los padres de este engendro mediático? Nadie sabe la respuesta, pero sí queda claro que se trata de seres malos – ¡muy malos! – que ante la completa falta de héroes latinoamericanos se han inclinado por hacer una fábula con los villanos; una fábula en la que, en principio, nos dicen que con el dinero mal habido se puede comprar todo, desde conciencias hasta “teticas”, para al final dejarnos con la gran lección moral de que no hay que ser mafioso porque se puede terminar preso en los Estados Unidos.

"No solo soy feo, soy el viejo Javi."

“No solo soy feo, soy el viejo Javi.”

Todo indica que la reproducción de las telenovelas de narcotraficantes no es sexual, más bien parece que es idéntica a la de las amebas, es decir por división celular, implicando que de una serie sale otra y de esta, otra y otra más, hasta que cuatro de los cinco canales principales de televisión nacional tienen al menos una historia de delincuentes en su horario estelar. Si ponemos en uno hallamos a un alias “Tanga Loca” acribillando con su metralleta a varios cristianos llamados Jairo, John o “viejo Javi”; en otro, nos encontramos con una fulana bien sensual – probablemente Leidy, Yomaira o Nayeli – que, con acento paisa y aguardentoso, seduce al obeso y calvo capo del cartel de Quindío. Si tiene suerte, sin embargo, puede ser que asista a una orgía con prepagos pereiranas en una hacienda del Valle del Cauca o a una cómica persecución de criminales más cercana a los gags de Charlot que a las escenas de acción de El padrino. ¡Qué emocionante ver un tiroteo en un corral donde gordas gallinas de campo expulsan huevos sobre la cabeza de un agente de la DEA que habla tan mal el inglés como el español!

Si practicásemos una ecografía para ver el feto de la telenovela de narcotraficantes, encontraríamos bellísimas actrices colombianas – lo mejor –, una amplia gama de actores que van desde los panzones hasta los ordinariamente musculosos – lo peor – o desde los mexicanos hasta los estadounidenses; también guiones, similares unos a otros – lo cual da pie a una nueva teoría sobre su origen: la clonación, llevada a cabo por una civilización extraterrestre que no busca destruir a la especie humana, sino sumirla en la absoluta vulgaridad –; y, por último, al FBI, la DEA, el DAS, la CIA, PAIS, ABCDE, FGHI, JKLMN y cualquier organización con o sin fines de lucro que pueda dedicarse a la tarea de perseguir narcotraficantes y/o a colaborar con ellos.

"¡No nos confundan, no somos prepagos, somos activistas de PETA!"

“¡No nos confundan, no somos prepagos, somos activistas de PETA!”

Es necesario tener en cuenta que la sobreexposición a esta clase de programas puede generar varios problemas como el onanismo, el instinto delictivo, el deseo antinatural de usar la jerga de los hampones colombianos y, el más peligroso de todos, ponerse el sobrenombre de “Jamón” para abrir una oficina dedicada al chulco en la Prosperina.

De todas maneras, para evitar que se tache a este estudioso de “apátrida” o “neoliberal” – ¡uy, qué miedo! –, he decidido concluir este artículo con una pequeña lista de cosas que no deben faltarle a un sujeto que decidió incursionar en el mundo de las telenovelas de narcotraficantes:

  • Calvicie; al contrario de lo que se cree, el pelo abundante hará que le pongan motes como “Fresita” o “Trapeador”, en cambio la alopecia lo transforma en un macho a carta cabal. Así que si tiene cabello, ¡RÁPESE YA!
  • Calvo, barbudo y con un gusto sofisticado para vestir, ¡así cualquiera puede enamorar!

    Calvo, barbudo y con un gusto sofisticado para vestir, ¡así cualquiera puede enamorar!

    Debe tener mucho pelo en el tórax, los brazos y el resto del cuerpo; este es complementario al anterior requerimiento, de forma que si le sobra mucho cabello en la cabeza y le falta en las nalgas, no dude en extirpárselo de la primera para implantárselo en las segundas.

  • Siempre termine sus frases con la conjunción “pues” aunque no venga al caso; por ejemplo: ¿por qué no te quieres casar conmigo, pues?, ¿tengo cara de delincuente, pues? ¿Qués’ pues, pues?
  • Obligue a sus amigos a llamarlo por un apodo tan simple como pegajoso: “chino”, “terciopelo”, “lima de uñas”, “vasectomía”, “colonoscopía”.
  • Rasúrese cada tres días, pues la lija en la cara es marca de masculinidad, similar al falo erecto que exhiben los monos en las selvas del África Subsahariana.
  • Sea machista, al fin que ningún tipo sería capaz de contratar a cincuenta prepagos para organizar una orgía pensando en que las mujeres tienen sentimientos… ¿o sí?
  • Si tiene esposa, novia, mamá, etcétera, olvídese de su nombre y llámela “vieja” a secas; de ahora en adelante para usted toda mujer es una vieja, no importa si es joven o vieja.
  • Hable mal el inglés o, mejor, no lo hable.
  • No acepte que le inviten a tomar aguardiente, sino un “aguardientico”.
  • Finalmente, ame las labores del campo, eso sí, siempre que estas incluyan cuidar al ganado porcino, vacuno y el refinamiento de la cocaína.
El cinturón de castidad del siglo veintiuno.

El cinturón de castidad del siglo veintiuno.

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