El otro Bioy

Borges y Bioy murieron después de enterarse de que, en una dimensión paralela, eran personajes de un mal cuento.

Borges y Bioy murieron después de enterarse de que, en una dimensión paralela, eran personajes de un mal cuento.

Leonardo Battaglia, quien fue capturado hace seis meses y se encontraba aguardando su condena por el asesinato de cuatro prostitutas, escapó la noche de ayer de prisión provocando la alarma en el área metropolitana de Buenos Aires.

La policía ha repartido fotografías del criminal en todos los diarios del país con el objeto de que la población se mantenga alerta y reporte en seguida cualquier noticia acerca del delincuente.

“Es un hombre muy peligroso, un malevo en toda regla, aconsejamos que nadie intente confrontarlo por su propia cuenta y que avise a las autoridades si conoce su paradero; cualquier detalle es crucial para capturarlo”, dijo el jefe de policía esta mañana.

Battaglia, nacido en Córdoba, migró a Buenos Aires al cumplir los quince años, huyendo de un padre alcohólico que lo maltrataba. Según el reporte psiquiátrico, su madre fue una prostituta que decidió abandonarlo en manos de su padre para luego desaparecer.

“Battaglia es brillante – informa el doctor Isidro Vidal, médico psiquiatra de Palermo –; su carácter es cínico, mordaz pero muy inteligente. Quizá demasiado… No obstante, sufre de una timidez patológica con las mujeres y rehúye mantener cualquier clase de contacto con ellas.”

El convicto parece que disfruta no solo de sus crímenes, sino del reto que representa para la policía descifrar el misterio.

“Siempre nos dejó pistas y gracias a esa constante manía de subestimarnos terminamos atrapándolo”, explicaba el gendarme a cargo de la captura del asesino.

Bioy apagó la radio.

“¿Qué tal si en una dimensión paralela Bioy no es amigo suyo, ni siquiera un escritor, solo un asesino como ese Battaglia?”

“¿Y si no fuera en una dimensión paralela?”, dijo Borges.

“¡Un doble!”

Ambos escritores se mantuvieron en silencio por unos minutos. La idea los obsesionaba.

“Un doppelgänger como el de William Wilson pero para Bioy”, sonrió Borges recordando el cuento de Poe.

Bioy era un caballero con suerte en los lances amorosos, brillante escritor y hombre pudiente. ¡Todo lo que usted y yo jamás seremos! :(

Bioy era un caballero con suerte en los lances amorosos, brillante escritor y hombre pudiente. ¡Todo lo que usted y yo jamás seremos! 😦

El teléfono sonó; era Silvina, quien deseaba conversar con Borges para preguntarle por la causa del mal humor con el que Bioy había llegado a casa.

“¡Está furioso! Supuse que tuvieron alguna pelea.”

“Pero si Bioy está aquí… Se lo comunico.”

Silvina, al escuchar la voz de su marido, colgó.

Los escritores se miraron fijamente: ¿era una broma?

“Le juro que no hice…”

“Tampoco yo…”

Sin decir una palabra más, Bioy se marchó a su casa.

"¿Y si en vez de escribir le compra chocolates a su novia?", me pregunta Silvina Ocampo.

“¿Y si en vez de escribir le compra chocolates a su novia?”, me pregunta Silvina Ocampo.

Allí  todo estaba tranquilo, nada anormal parecía haber sucedido, pero cuando quiso ingresar en la propiedad, un hombre idéntico a él le cerró el camino y sin darle tiempo a reaccionar, extrajo un revólver que llevaba en el bolsillo derecho de su gabardina, disparando unas, dos y hasta tres veces contra el recién llegado. Este murió en el acto.

Silvina había salido de compras después de que el otro Bioy la hubo convencido de la mala broma telefónica de Borges. A su regreso, se sentaron a cenar juntos y con la mayor naturalidad, mientras escuchaban por la radio otros detalles del escape de Battaglia.

Del criminal no se supo nada más y la opinión generalizada es que huyó de Argentina.

Por otro lado, Bioy y su amigo no interrumpieron sus reuniones y la anécdota, poco a poco, fue olvidada; sin embargo Borges a veces notaba incomodidad en su compañero al momento de hablar con Silvina o con cualquier otra mujer. Esto a pesar, claro, de que seguía siendo un gran seductor…

¡BANG!

Dentro, se pone los guantes – aunque está seguro de lo ridícula que es aquella precaución – y carga dos balas en el arma: la primera para disparar al pecho de su padre y la segunda para rematarlo con un tiro en la cabeza asegurándose de que el asesinato sea impecable.

En la foto: los próceres del 10 de agosto de 1809 convertidos en estatuas de sal gracias al pecado nefando del manoseo político.

En la foto: los próceres del 10 de agosto de 1809 convertidos en estatuas de sal gracias al pecado nefando del manoseo político.

Hoy es 10 de agosto; mientras en televisión y radio se suceden una infinidad de programas especiales, cadenas del gobierno y discursos patrioteros en honor al himno, a la bandera o a los próceres – quienes para el 99% de los ecuatorianos no son más que anónimas estatuas de cera en el museo del Pasaje Espejo –, Edipo se encuentra sentado a la mesa del comedor de su casa ultimando los detalles del asesinato que cometerá en unas horas.

La víctima es su padre y este texto es solo un registro de los eventos; no pretendemos con él justificar al parricida ni aportar detalles lamentables acerca de su niñez para que los lectores del futuro se compadezcan y lo perdonen por sus acciones. Por lo demás, nadie, ni su padre ni su madre, lo maltrataron cuando era niño, de hecho tuvo una infancia feliz y según las inefables pruebas psicológicas es un ser humano perfectamente normal. El delito que está a punto de cometer es un experimento y nada más.

Edipo no cree en los crímenes impecables, pero tiene la certeza de que este lo será. No quedarán rastros, pues el proceso está tan perfectamente hilvanado que arma, criminal y cuerpo del delito desaparecerán antes de que la balanza de la diosa Justicia se incline hacia uno u otro lado.

La mañana de ese día, el futuro criminal se levantó antes de que el sol despuntara, hizo su rutina de calistenia y después de desayunar se puso a repasar por última vez los detalles del asesinato – los tenía escritos en su diario desde el año 2011. Al leer las dos primeras frases comprendió que era inútil seguir: las conocía al revés y al derecho.

Edipo había tomado la precaución de trasladarse desde su casa – que naturalmente se encuentra muy lejos de aquella ciudad de Quito – durante la noche para evitar que alguien pudiera retrasarlo.

Con la certeza de que dominaba la materia, se echó en la cama de aquella mugrienta habitación alquilada en la pensión de una mujer que respondía al nombre de Mercedes.

A las cuatro en punto, se pone en pie encaminándose en seguida hacia la casa de su padre ubicada en la calle Chile. Lleva en su mano derecha un portafolio en cuyo interior había guardo los guantes, el revólver – paradójicamente, un viejo obsequio de la víctima – y un largo texto lleno de fórmulas matemáticas y diagramas.

Edipo le dijo a la esfinge que estaba pensando en participar en "¿Quién quiere ser millonario?" o, por lo menos, en un "talk-show" para sacarle un provecho adicional a la historia de su incesto.

Edipo le dijo a la esfinge que estaba pensando en participar en “¿Quién quiere ser millonario?” o, por lo menos, en un “talk-show” para sacarle un provecho adicional a la historia de su incesto.

Edipo conoce perfectamente las horas de salida y entrada de los diversos habitantes de la casa, así como también los puntos de acceso seguros. Por lo que, refugiado en una sastrería, espera a que su madre salga de la casa con la criada para ir al mercado; luego, con paso lento pero firme, se dirige hacia la parte posterior del edificio, donde una ventana de la bodega tiene la aldaba tan oxidada que con un ligero empujón cede para permitir que entre cualquier intruso con tranquilidad.

Dentro, se pone los guantes – aunque está seguro de lo ridícula que es aquella precaución – y carga dos balas en el arma: la primera para disparar al pecho de su padre y la segunda para rematarlo con un tiro en la cabeza asegurándose de que el asesinato sea impecable.

Cruza el patio interno evitando hacer ruido y luego sube al segundo piso, donde se ubica el cuarto de estudio de su progenitor. A esa hora él, absorto en sus fórmulas matemáticas, será incapaz de defenderse.

En efecto, Edipo abre de par en par la puerta y solo la ráfaga de viento que entra en la habitación hace que el ocupante reaccione. Este, sin embargo, no es un anciano, más bien aparenta tener la misma edad o quizá menos que el futuro asesino, quien le espeta con frialdad:

— ¡He venido a matarte!

El hombre lo contempla en silencio por unos segundos.

— ¿Se puede saber quién es usted?

— ¡Por supuesto! – extrae del maletín el fajo de hojas con fórmulas, tirándolas al escritorio –. ¡Lee, allí está explicado!

El aludido coge el texto y lo revisa, mientras Edipo no para de apuntarle con el revólver.

Cuando finalmente hubo terminado la lectura, el padre comenta:

— ¡Esto no es más que una sandez! ¡Exijo pruebas! Si me las da, permitiré que me mate sin oponer resistencia.

— ¿Más? Las tienes en esos documentos.

— Esto no es otra cosa que una serie de fórmulas matemáticas y desvaríos de un desatinado; no hay evidencias materiales…

— Eres un matemático, debería ser suficiente.

— Pues no, como santo Tomás, necesito hundir mi dedo en las llagas.

— ¡Te casaste con mi madre hace dos días!

— Cualquiera puede haber revelado esa información.

— Naciste en Otavalo, pero, por error consta Ibarra en el acta.

— No es un secreto ese detalle…

— Tu madre te concibió antes del matrimonio y tu abuelo hizo que ella y tu padre se marcharan en secreto a Baños para casarse antes de que nacieras.

La víctima coloca su mano disimuladamente sobre la manija de uno de los cajones del escritorio.

— ¡Es inútil! – dice Edipo –; la pistola la robó anoche una de las criadas para entregarla a su amante, un ladrón que será capturado borracho en una cantina de mala muerte el próximo domingo a las doce del día.

El hombre abre el cajón con la mano temblorosa y, en efecto, el arma no está.

— ¡Esto no es una prueba! Alguno de sus cómplices pudo tomarla…

— Es precisamente tu incredulidad una de las razones por las que decidí matarte; quizá si ambos nos hundimos en este misterio científico lograremos llegar a algún tipo de acuerdo.

— ¡Hombre de Dios, está loco!

— No, no lo estoy; yo soy tu hijo y he venido del futuro para matarte; ¡créelo!

El padre de Edipo, completamente confundido, se toma la cabeza con las manos.

— ¿Qué crees que pasará, papá, si te mato antes de que me hayas concebido? Resolver esa paradoja física ha sido mi anhelo desde que tú mismo me la rebelaste hace quince años o, mejor dicho: me la revelarás dentro de diecisiete.

— Admitamos que es cierto lo que dice: si me asesina antes de que lo engendre, ¿cómo me matará después?

— ¿Será posible que surja un universo alterno? ¿Varios?

— ¡O quizá se produzca una singularidad y todo se acabe de una vez y para siempre!

— Nunca has sido melodramático, papá, no empieces ahora.

Quisiera decir que mi pluma lo mató, pero no fue así...

Quisiera decir que mi pluma lo mató, pero no fue así…

— Bueno, el resultado solo podremos averiguarlo de una forma…

— ¡Ahora sí hablas como el hombre al que admiro! Sabía que anhelabas una respuesta tanto como yo.

— ¡No más elogios! ¡Hazlo de una vez, jovencito!

— ¿Jovencito? ¡Qué curioso, así me has llamado siempre! – Edipo vuelve a levantar el revólver –. ¿Y si todo se destruye como dijiste?

— Ahora tú eres el melodramático; en todo caso, es el precio que hay que pagar por el conocimiento; Adán y Eva lo hicieron antes.

— Tal vez el disparo sea el fin…

— Sí, probablemente… – el padre de Edipo cierra los ojos y aunque nunca fue un buen cristiano, improvisa una breve oración.

— ¡Adiós!

¡BANG!

Es el último ruido, luego no queda nada más que el silencio.

¬¬