Holy – good

UNO

cine hollywood

Cine Hollywood. Fuente: blog “Colombia & България

En los años setenta y ochenta, anacondas humanas se enroscaban alrededor de ese gigantesco cuerpo de cemento en cuyas entrañas habitaba el cine Hollywood.

Cada escama de la culebra tenía ojos, piernas y un sexo anhelante, pero, pese al prejuicio, los espectadores no eran perversos violadores o proxenetas en decadencia, más bien se trataba de empleados públicos a los que sus jefes, diputadillos o ministretes, opacaban hasta el punto de convertirlos en borrones del libro de la vida.

Por aquellos años había libre ingreso para las mujeres y ellas, como vetas de oro, sobresalían con sus faldas cortísimas entre el tropel de funcionarios con la corbata tan perfectamente anudada que parecía una horca.

Putas”, les decían las señoronas a aquellas vetas de oro y quizás era cierto, el caso es que nunca se pudo comprobar que una hiciera sus negocios dentro del cine o eso es lo que repetían hasta el cansancio administradores y porteros.

En pleno siglo veintiuno las mujeres dejaron de ser admitidas para evitar líos con la policía. Las beatas de los setenta hubieran estado felices, pero su victoria llegó tan tarde que, si estaban vivas, ya ni siquiera les importaba.

Antes, en los sesenta, no solo que podían ingresar las féminas, sino que vedettes colombianas o argentinas preparaban presentaciones para el Hollywood provocando felicidad inenarrable en solitarios onanistas y grises funcionarios que buscaban combatir su estrés laboral con piernas y nalgas.

Las anacondas humanas reptaban sobre las diminutas veredas de las calles Guayaquil y Espejo a cualquier hora, pero entre las doce y las cinco de la tarde era el momento preferido para hundirse en las butacas.

Pasadas las seis, el voyeur, si quería quedarse, debía mutar en masoquista, pues el sector se llenaba de malandros incapaces de respetar el éxtasis ajeno.

Para el hombre de la taquilla casi ninguno de sus visitantes era un misterio. Desconocía sus nombres, pero sus caras eran muy familiares: los amantes del Hollywood eran asiduos.

Algunos sufrían de timidez. Casi siempre sus ojos miraban el piso, entregando la boleta sin levantar la cara. Otros, desafiantes, contemplaban a los empleados con una sonrisa burlona, y también había indiferentes que, sin duda, eran los más llamativos porque no había sombra de felicidad, tristeza o vergüenza en sus expresiones.

Impenetrables, acudían al cine con la misma frialdad con que un contador despachaba una tarea desagradable. Era imposible no preguntarse sobre su vida: ¿serían infiltrados, gente contratada para averiguar si se producían actos ilícitos dentro del cine? O ¿era gente sin nada que hacer y que iba únicamente para no estar sola o, lo que es peor, acompañada por alguien a quien no querían?

Mientras tanto, en la sala de proyecciones, el encargado se aseguraba de que las cintas estuvieran en buen estado, pues, en caso de enredarse, se verían obligados a suspender la función por minutos u horas.

En medio de esos percances, la gente se volvía loca, era capaz de lanzarse por los pasillos iluminados con luces rojas en busca del técnico para hacerle pagar con su vida por el corte. Es natural, esas personas quedaban truncadas en su camino al éxtasis.

De todas maneras, aquello era una rareza. El encargado era un experto en manipular los rollos de película y si hubo suspensiones, ciertamente no fue por su ineficiencia.

La peor tarde se produjo cuando un anciano sufrió un infarto en medio de cierta función y los servicios médicos solo lograron llegar para verlo muerto sobre la alfombra sucia.

El resto de asistentes no le dieron asistencia al verlo colapsar, solo se pusieron a huir como si temiesen contagiarse con alguna peste.

“Es que temen ser reconocidos…”

Lea otra crónica sobre el cine Hollywood en Caja Negra.

DOS

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“La musa” pide cédula para entrar al cine. Fuente: Deskgram Cristhian Parrado.

El declive fue vertiginoso. Podría culparse al VHS, al DVD, al internet o a cualquier otro adminículo de origen extranjero capaz de reducir la distancia entre el sexo en audiovideo y los espectadores circunstanciales.

La razón, sin embargo, es el aburrimiento.

En otro tiempo ir a ver pornografía en el cine era un acto de rebeldía, un escupitajo en la cara de los pacatos, pero, con el pasar de los años, lo que dijeran las beatas o los curas dejó de importar, tanto que ambas especies se convirtieron en fieras con peligro de extinguirse.

La gente, si bien seguía siendo hipócrita ante el sexo, ya no se tapaba sus ojitos para no disfrutar las delicias del pecado.

Por la ausencia de público, los dueños del cine Hollywood y de su primo hermano, el América, se vieron obligados a despedir empleados y la panza de la bestia de cemento y celuloide se vació.

El hombre de la boletería pasó a cumplir funciones de acomodador y hasta técnico de proyección. Empresarios y últimos empleados asistían con un silencio resignado a la derrota de su gigante.

Los espectadores eran una luz en el ocaso. Su número se redujo de forma considerable con el transcurso de los años, es cierto, pero unos veinte o quizá treinta se rehusaban a abandonar el barco, manteniéndose fieles desde los años sesenta.

Estos hombres, ahora vetustos como las alfombras del cine, parecían amantes que, víctimas de la costumbre, habían quedado ligados al celuloide y la llegada de internet o del blu – ray no consiguió librarlos de su maldición.

Estos hombres perdieron mucho tiempo atrás la vergüenza. Cuando alguien les plantaba conversación en el vestíbulo del cine, impasibles, respondían como en medio de un despacho del Ministerio de Comercio Exterior.

Se trataba de vejetes con anteojos gruesos y piel pálida que no se atrevían a comprar celulares por un pánico cerval a las  pantallas táctiles.

Por aquellos años, fue que las mujeres quedaron vetadas del cine. Los vecinos del sector se quejaban de que las prostitutas entraban con sus amantes de ocasión para ahorrarse el costo del motel o simplemente porque las urgencias no permitían llegar a ninguno.

“¡Eso un puterío!”, “¡este es un barrio decente!”, “¿adónde vamos a parar así?”

Lo cierto es que el cine había funcionado sin problema conviviendo con la decencia del barrio por seis décadas. Sobrevivió a las beatas y a las feministas new age, sin embargo, la pornografía en discos piratas cerraba poco a poco un lazo sobre el cuello de los dueños del cine y el escándalo con la policía habría sido el fin del fin.

Evitar que las mujeres, putas o no, entraran al cine era una estrategia desesperada para prolongar la agonía del Hollywood, gigante de cemento que, huérfano de la anaconda, sobrevivía a trompicones entre burlas y saldos en rojo.

TRES

Su fin llegó al mismo tiempo que el auge de los cines de centro comercial. Aquel fue el puntillazo en el lomo de la bestia de celuloide que ya no podía adaptarse al nuevo tiempo.

Las autoridades exigían que los administradores instalaran parqueaderos gigantescos, con espacio para trescientos vehículos, pese a que los asistentes no llegaban ni a cien.

Querían múltiples puertas de escape cuando en el centro de la ciudad tumbar una pared hubiera significado el derrumbe de la construcción entera y acaso de las aledañas.

En octubre de 2017, mientras en los cines de centro comercial se estrenaba el último blockbuster de Marvel y la gente se apilaba en las salas con formato imax, los últimos trabajadores del Hollywood recibían los papeles de su liquidación.

Entre octubre y noviembre, los asistentes acudieron a ver viejísimas películas porno italianas de los setenta con la tristeza propia de un funeral. Eran los muñones de esa anaconda que, ahora, estaba cómodamente sentada en una sala con aire acondicionado y sonido estéreo viendo a un Thor convertido en esclavo después de la aniquilación de su planeta.

Los viejecitos no iban a abandonar a su creatura de celuloide (uno de los pocos cines de contenido puramente erótico en el país) hasta que respirara su última bocanada de aire.

Los gemidos de las italianas de la película parecían los de la sala entera que abandonaba la vida entre quejidos y erecciones como dicen que les sucede a los ahorcados. En este caso, el estrangulamiento no se hacía con sogas, sino con deudas.

El médico forense, sin embargo, habría de escribir en el parte mortuorio que la verdadera causa de muerte fue el paso del tiempo que aniquila a hombres y cosas que son incapaces de adaptarse al cambio.

Cuando Eva Green se desnudó para el doctor Frankenstein

Artículo publicado en colaboración con la web de la Ciencia Ficción en Ecuador de Iván Rodrigo Mendizábal.

Disponible también en La Casa Ártica.

La industrialización transformó a Londres en una ciudad tuberculosa.

La tecnología había despuntado, pero mientras los eruditos especulaban sobre el éter en sus mansiones, una masa de menesterosos se arrastraba por las calles.

Imagen para promocionar Penny Dreadful de Showtime.

Imagen para promocionar Penny Dreadful de Showtime.

Los Jack the Ripper acechaban en los callejones para arrancar las vísceras de las putas y los campesinos sentían recelo por esos científicos que conservaban monstruos africanos en sus laboratorios.

Entonces, el terror se puso de moda, surgiendo una publicación que entregaba espantos a cambio de un penique: “Penny Dreadful”.

El siglo veintiuno, igual que el diecinueve, está marcado por el miedo.

Las amenazas de antes son parecidas a las de hoy. El cáncer ha reemplazado a la tuberculosis y los ataques suicidas a la artillería alemana.

Los gustos también son similares.

Poe y los marcianos de Wells se han desempolvado y el cine y la televisión se apropian de ellos para satisfacer una remozada erótica de la sangre.

Showtime, marca de televisión conocida por producciones transgresoras, empezó a transmitir, desde mayo del 2014, una serie que extrae los personajes de las novelas de terror victorianas adaptándolos al mundo contemporáneo.

El resultado está cargado de sexo, humor negro y una trama tan perturbadora como original.

La inocencia del siglo diecinueve que se mantenía gracias a las cadenas de la moral, se quiebra, desnudando el gigantismo o la menudencia de las creaturas de Mary Shelley u Oscar Wilde.

La serie, como no podía ser de otra manera, se llama “Penny Dreadful”.

Eva Green está poseída por un demonio. Literalmente.

Eva Green está poseída por un demonio. Literalmente.

La trama, en apariencia, es sencilla: la vidente Vanessa Ives (Eva Green) y sir Malcolm Murray (Timothy Dalton) contratan a un pistolero estadounidense (Josh Harnett) y al doctor Frankenstein (Harry Treadaway) para rescatar a Mina Murray que ha sido secuestrada por vampiros.

Sin embargo, estos personajes son mucho más complejos y aterradores que los literarios porque comparten nuestras pasiones. Son más sinceros: sienten miedo, sangran y se consumen en libido.

El doctor Frankenstein de Showtime.

El doctor Frankenstein de Showtime.

La serie está infectada por ese virus contemporáneo cuyo síntoma más claro es el anhelo de desacralizar.

Víctor Frankenstein es uno de los más intrigantes. Es un hombre que sufre por el anhelo de crear a otro ser que lo entienda. No lo mueve la curiosidad científica, sino el pánico a la soledad.

Acepta cazar monstruos para conseguir dinero. No le interesa la lucha contra el mal.

Con el avance de la serie nos enteramos que su criatura, a la que da vida por azar, no es la primera. El primogénito también vive y termina asesinando a su hermano, como Caín a Abel.

Frankenstein, el dios fracasado que ha repudiado a su primer monstruo, comprende que está ligado a él y se convierte en su cómplice.

Lo ama. Lo odia. Mata por él. Crea por él. En la relación de ambos hay mucho más que la resignación de un padre para con su hijo, hay erotismo, atracción por la oscuridad.

De todas maneras, el sexo no parece interesarle – ignora los acercamientos de Vanessa Ives –, pero no porque sea impermeable al placer, sino porque el orgasmo biológico ha sido sustituido por el creativo.

La serie de Showtime tiene varios puntos altos – los actores, por ejemplo –, pero lo principal es la perspectiva del relato.

Eva Green se come a Dorian Grey...

Eva Green abusa de Dorian Grey…

No se trata de un simple cuento de fantasmas, tampoco de una historia de amor adolescente escondida entre la mitología vampírica, es un retrato de los tiempos actuales, con humanos mucho más terroríficos que las criaturas fantásticas.

En el siglo diecinueve los monstruos espantaban porque eran el arquetipo de lo desconocido. Hoy asustan precisamente por lo contrario: son nuestra imagen reflejada en un espejo.

Una bala en el ojo de la luna

La bala de cañón que se aprecia en el fotograma es la misma que destruyó el poderoso satélite ecuatoriano "Pegaso".

La bala de cañón que se aprecia en el fotograma es la misma que destruyó el poderoso satélite ecuatoriano “Pegaso”.

Yo no descubrí al cine gracias a Bambi o El rey león. Fue el fotograma de Méliès, ese de la bala incrustada en el ojo derecho de la luna, el que me animó a entrar, por primera vez – a los cinco años más o menos –, en una sala de cine.

Me refiero al fotograma en específico porque no vi el cortometraje Le voyage dans la Lune completo hasta la adolescencia, sin embargo, a aquel lo hallé plasmado en una página de la Enciclopedia Monitor que mi padre guardaba con cariño en su biblioteca.

A partir de entonces, la luna tuerta fue la protagonista de mis sueños. La veía, sin exageración, cada noche en el telón de mi mente, dedicándome, a la mañana siguiente, a construir con bloques de plástico naves espaciales que me permitieran llegar al satélite, cuya superficie, imaginaba – gracias a un relato incluido en la colección Cuenta Cuentos de Salvat –, debía ser de queso.

Imagino que Méliès, mago y admirador de Houdini, igual que yo se maravillaba con la idea de plasmar en imágenes las ficciones de Verne – a quien leía con avidez –, tratando de usar sus trucos de prestidigitador para que las estrellas pudieran sonreír, mientras la luna se quejaba por una herida en el ojo.

Después de haber visto el fotograma en la enciclopedia, estuve asomándome, por meses, a la ventana de mi casa con la esperanza de encontrar los ojos del satélite y mi padre requirió mucho esfuerzo para explicarme que solo se trataba de una película, no de la realidad. El cine, desde ese momento, tuvo significado para mí.

Igual que la literatura y que el arte en general, su finalidad es estimular la mente, la imaginación. Hacer que los niños quieran viajar a la luna o construir los “puentes de Madison”. Muchos científicos han confesado que se interesaron en la física por las serie de Viaje a las estrellas o los libros de Asimov. Entonces ¿sería aventurado decir que Gagarin o Armstrong fueron los hijos de Méliès? Creo que no.

Georges Méliès se pregunta en qué estaban pensando cuando le propusieron a Christian Bale hacer el papel de Moisés.

Georges Méliès se pregunta en qué estaban pensando cuando le propusieron a Christian Bale hacer el papel de Moisés.

Este hombre fue inventor, zapatero, industrial, mago y cineasta, una de las primeras víctimas de la piratería – perpetrada nada más y nada menos que por los acólitos de Thomas Alva Edison –. También es el responsable de introducir la ficción en el cine – los hermanos Lumière solo grababan escenas reales –, así como la superposición de imágenes, los fundidos y hasta el estudio de filmación.

Las generaciones contemporáneas ya no se conmueven por las películas del cineasta mago, muchos se burlan de los rudimentos de la tecnología que usó y miran con aire de superioridad los montajes, pues, luego de la era digital, nada es sorprendente para ellos. Sin embargo, los zombis, las naves espaciales y los monstruos generados por computadora no serían nada si este personaje que se quedó en la miseria por amor al cine, no hubiera dado el primer paso.

Méliès fue un artista y un inventor que, acaso sin percatarse, propició el auge del arte que es más cercano a la ciencia ficción, pues mientras la literatura es el resultado de la fantasía humana y funciona perfectamente solo con su intervención, el cine requiere aunar al hombre y sus ensueños con la cámara y el reproductor, artilugios mecánicos que, solo un siglo antes, eran tan fantásticos como lo es ahora un viaje a través del tiempo.

Todos deberíamos sentarnos a ver de nuevo sus películas. El hecho es que Méliès nació en una época en la que todo era nuevo y experimental. Por ello, la verdadera ciencia ficción – y el mérito, sobre todo – no está en las historias que contaban sus cortometrajes, sino en la manufactura de tantos artilugios que permitieron que aquellas llegaran a los ojos del espectador de principios del siglo veinte como una verdad indiscutible.

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Bioy Casares cruzó la Vía Láctea montado en una urraca

Bioy comprendía que el amor es una pasión que enceguece, empujando a los humanos a caer en pozos humillantes o encumbrándolos en cimas magníficas. Es una fuerza tal vez tan poderosa como la de la propia naturaleza, es quizá el único camino que nos queda, toda vez que la civilización se hunde en la guerra, la tiranía y la barbarie.

En aquellos tiempos el amor era una cosa mucho más complicada: había que conseguir la ayuda de las urracas; ahora basta con tener cuenta de Facebook.

En aquellos tiempos el amor era una cosa mucho más complicada: había que conseguir la ayuda de las urracas; ahora basta con tener cuenta de Facebook.

Cuenta cierta leyenda japonesa – hay una versión análoga en China – que la Princesa Tejedora, la estrella Vega, fabricaba para su padre, el Rey Celestial, telas preciosas, trabajando como esclava durante todo el día para tenerlas listas a tiempo. El trabajo es una de las causas principales de la infelicidad humana, y la muchacha, como la mayoría de los pobres, se veía obligada a hacerlo más horas de las que estipula el Código Laboral sin una remuneración justa y sobre todo sin la posibilidad de conocer a un compañero que haga su vida menos amarga.

Preocupado porque su mano de obra gratuita deje de rendir, el Rey Celestial invitó al pastor Hikoboshi, la estrella Altair, a tomarse unas copas en casa y el flechazo entre él y la tejedora fue instantáneo.

Ambos se casaron, pero no fueron felices para siempre. El fuego de la pasión calcina el cerebro de los esclavos, empujándolos a olvidar sus tareas; la flamante pareja no fue la excepción: ella abandonó el tejido, al tiempo que su cónyuge dejaba que el ganado de su suegro se desperdigara por los cuatro puntos cardinales del universo.

Furioso, el señor esclavista separó a los amantes, uno a cada lado del río Amanogawa, la Vía Láctea, pero los lloros de su pequeña lo conmovieron tanto que accedió a que, si los jóvenes terminaban sus tareas a tiempo, se encontraran una vez al año – el séptimo día del séptimo mes – para amarse. El problema, sin embargo, era que ambos tenían que atravesar el mencionado río y ni los gringos han sido capaces de construir un puente que cruce la vía Láctea; de manera que los lloros y los lamentos volvieron a entrar en escena hasta que, conmovidas, las urracas se ofrecieron a convertirse en el enlace sobre el que los amantes caminarían para estar juntos.

El anterior es el trasfondo mitológico que sustenta el festival de Tanabata, celebrado usualmente el 7 de julio de cada año en el Japón. Durante este los jóvenes enamorados cuelgan en árboles de bambú hojitas de papel llenas de deseos y al llegar la medianoche, mientras los fuegos artificiales iluminan el cielo, los echan al río con la esperanza de que los dioses los hagan realidad.

Si el diablo se ve como Elizabeth Hurley, para ¿qué quiere comprender al amor?

Si el diablo se ve como Elizabeth Hurley, para ¿qué quiere comprender al amor?

Es muy frecuente preguntarse por qué el amor es tan complicado como para que hasta Altair y Vega – ¡dos estrellas! – tengan que encaramarse sobre los lomos de unas aves de graznidos poco agradables para llegar a ser felices y supongo que, como escribió Dostoievski al respecto de las mujeres, “ni el diablo lo comprende”.

En todo caso, el amor es una fuerza motora tan poderosa que ha alcanzado, por obvias razones, a la más sofisticada de las creaciones humanas: el arte. Es tan cierto que incluso campos tan increíbles como la literatura, el cine y el teatro de ciencia ficción en algún momento mencionan a un romance enquistado en las membranas de la historia de una invasión extraterrestre o de un apocalipsis cibernético.

Adolfo Bioy Casares – escritor argentino injustamente relegado a segundo plano por la gigantesca figura de su amigo y cómplice Jorge Luis Borges –, por ejemplo, era un entusiasta tanto de la literatura fantástica como de la literatura de temas amatorios y no sorprende que aseverara en cierto momento que estos dos géneros eran los únicos que merecían la pena de ser escritos.

Bioy dice: "solo porque soy exitoso con las mujeres, pudiente y talentoso -I'm sexy and I know it!-, este sujeto me mete en su blog; ¡arribista!"

Bioy dice: “solo porque soy exitoso con las mujeres, pudiente y talentoso -I’m sexy and I know it!-, este sujeto me mete en su blog; ¡arribista!”

Tal vez la explicación de este gusto pueda hallarse en su propia personalidad. Por principio, Bioy era un hombre muy exitoso con las mujeres, pudiente y de extraordinario talento literario – tres cosas que ni usted, mi querido lector, ni yo seremos nunca –, además, educado en una civilización argentina de principios del siglo veinte que era reconocida por rivalizar en cultura con la propia París y en cuyas editoriales, escritores de Europa como Ramón Gómez de la Serna, no dudaban en publicar encantados.

Bioy, premio Cervantes de 1990, amaba el amor y, como Borges, amaba la literatura fantástica. Varias veces se dejó seducir por la idea de unificar ambas temáticas y en la mayoría de los casos tuvo éxito. Uno de sus experimentos más geniales es La invención de Morel.

La influencia de La isla del doctor Moreau de Wells se puede detectar más allá de la simple analogía entre títulos, pues el héroe de la historia es un personaje que huye de la civilización occidental por haber cometido un crimen – del que se desconocerán siempre los detalles –, recalando en una isla a la que todos los marineros temen ir porque cierta peste terrible – cuyos síntomas son similares a los de la radiación – ha aniquilado tanto a los habitantes como a los turistas que de tiempo en tiempo acudían a descansar en sus playas.

Al principio, el fugitivo piensa que se encuentra solo pero eventualmente se percata que hay varias personas vacacionando aún allí. Entre los turistas descubre a una mujer y, después de espiarla por algún periodo, termina enamorándose de ella; la investiga, sale de su escondite entre los pantanos de la isla, internándose en el museo donde habitan sus ignorantes compañeros. Estos aparecen y desaparecen, un instante están al alcance de las manos del fugitivo y casi en seguida se esfuman.

El misterio envalentona al héroe, empujándolo a ensayar un acercamiento con la mujer que ama para salvarla de las garras del infame doctor Morel, quien la acosa con su insistencia amorosa todas las tardes a vista y paciencia del fugitivo.

"La invención de Morel", una alternativa loable para los que leen a Osho o "Cincuenta sombras de Grey".

“La invención de Morel”, una alternativa loable para los que leen a Osho o “Cincuenta sombras de Grey”.

Su sorpresa es mayúscula cuando, decido a jugarse toda la baraja por su gran amor, descubre que ni ella ni ninguno de los vacacionistas existen en realidad y que solo son imágenes proyectadas por un reproductor de cine, inventado por el monstruoso Morel para atraparse a sí mismo y a la mujer que tantas veces lo rechazó dentro de una película; esta, cuando las mareas suben, se pone en acción reproduciendo a la pareja unida para siempre. El doctor había descubierto la manera de hacer que lo amen eternamente aunque sea dentro de un filme.

El fugitivo opta entonces por hacer lo mismo y se graba superponiéndose en la cinta sobre la imagen del malvado inventor, salvando así a su amada de una eternidad espantosa, al tiempo que se condena él mismo a otra igual.

Bioy comprendía que el amor es una pasión que enceguece, empujando a los humanos a caer en pozos humillantes o encumbrándolos en cimas magníficas. Es una fuerza tal vez tan poderosa como la de la propia naturaleza, es quizá el único camino que nos queda, toda vez que la civilización se hunde en la guerra, la tiranía y la barbarie. El amor, parafraseando a Pessoa, nos hace caer en el ridículo, pero qué criaturas tan ridículas seríamos si no caemos en el amor.

Hasta aquí el texto de esta semana, los dejo antes de que mi novia me maltrate por llegar tarde a nuestra cita…

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