Diccionario enciclopédico de clientes de librerías

Así es como quedan las librerías cuando los empresarios se dan cuenta de que no son rentables...

Así es como quedan las librerías cuando los empresarios se dan cuenta de que no son rentables…

Más o menos tres años estuve encerrado en dos librerías de centro comercial a las que conocía con el sobrenombre de “La Cueva” (Cueva 1 y Cueva 2, en realidad), básicamente porque pasaba allí desde que salía el sol hasta que se ocultaba.

No es exageración decir que podría producirse una catástrofe nuclear o una invasión extraterrestre, mientras los libreros, totalmente ignorantes del destino del planeta, limpian los estantes polvorientos.

Bueno, sí hay una hipérbole: las paredes de los centros comerciales, fabricadas con cartón, no resisten ni a los clientes que se arriman en ellas, menos aún bombas atómicas o sofisticadas armas del espacio exterior, así que en cualquiera de los escenarios los libreros morirían, pero en la inopia.

Por otro lado, ese aislamiento exterior permite conocer a fondo las interioridades de los clientes, es decir la pata de la que cojean, no solo en cuanto a los hábitos de lectura, sino a su carácter y manías. En ese sentido, creo que estoy capacitado para bosquejar una tipología del “homo qui legit”.

Es conviene, en todo caso, advertir que los tipos mencionados a continuación corresponden a personas reales, no hay ni un ápice de ficción en ellos, por lo que tiene todo el derecho de sentirse ofendido si “le queda el guante”…

 Lea también la crónica de mi último día como librero.

La madre tiránica:

Es una mujer de convicciones fuertes, con principios lectores sólidos, ¡ilustradísima! Por lo general, es una feminista que se considera dueña de una sensibilidad artística sin límites porque ha visto en internet dos pinturas de Frida Kahlo, pero jamás ha escuchado de Benedetta Cappa o Remedios Varo.

Usted la puede encontrar en las secciones infantiles de las librerías despotricando contra su hija de cinco años porque quiere un libro de princesas de Disney y no “algo educativo”.

El curioso que observe la escena – incluida la perorata de quince minutos donde la madre habló, acomodándose sobre el hombro su cartera Louis Vuitton, en contra del capitalismo, Mickey Mouse, la sociedad, Dios, Belén, los pastores, el perro, el machismo, Alí Babá – no debe maravillarse cuando surja de atrás de un estante la MADRE de la madre tiránica, como un “deus ex machina”, para decir: “hijita, ¿por qué le gritas a la guagua? Cómprale lo que quiere, si vos tenías una colección de muñequitas de Disney…”

 

Los “otakus”:

Bueno, lo admito. A mí también me gustan los cómics. Sí, sí, sí...

Bueno, bueno, lo admito. A mí también me gustan los cómics…

Una mañana helada, mientras limpiaba la sección de fotografía, llegaron a la tienda tres chicos ataviados con enormes abrigos. Eran dos hombres y una mujer, ella sostenía una cadena en su mano derecha con la que arrastraba al más alto y flaco de ellos. Este sonreía, jadeaba y hasta ladraba. Una compañera me susurró: “¡es un ‘kemonomimi’!”

La chica arrastró a su pokemon por toda la tienda, dándole cariñosas nalgadas a veces, reprendiéndolo cuando no cumplía una orden o intercambiando con él y el otro muchacho besos franceses en la sección de literatura infantil.

Finalmente, se plantaron ante mí indignados al descubrir que no teníamos el paquete completo de las Cincuenta sombras de Grey con esposas de terciopelo y los demás juguetes.

Los otakus leen, aparte de los mangas, novelas juveniles y de terror. Pueden pasar horas metidos en la tienda y, por lo general, se marchan sin comprar nada (descargan los cómics de internet), llevándose sus diademas con orejas de gato a una convención de fanáticos de las historietas con entrada libre.

 

“Los que han leído todo”:

Primera foto de Puñetas junto a su sufrido padre.

García Márquez, víctima de la crítica especializada en Bukowski.

Estos personajes no solo se pasean por las librerías (pasear es el verbo adecuado porque jamás gastan un céntimo), también es posible hallarlos en los festivales de cine independiente (gratuitos), bares alternativos (donde intentan que otros gasten por ellos), conciertos de “trip hop” (gratuitos) o en cafés (en los que no consumen nada). Se la pasan hablando durante todo el día y no es raro que utilicen lenguaje rebuscado para seducir a chicas vestidas con camisetas espartanas cuyo único adorno consiste en dos símbolos del género femenino entrelazados.

No hay cosa que se escape a su amplísimo bagaje cultural. Según ellos, han leído TODOS los libros y ninguno se escapa a su crítica ácida.

Desde Sófocles hasta Vargas Llosa, la literatura del mundo está plagada de imbéciles a excepción de Bukowski, “el único escritor que vale la pena porque le vomitó en la cara a la moralina burguesa estadounidense después de una noche de putas y alcohol” (lo que suena bastante bien, salvo porque el vómito es la única metáfora que le calza a esos libros)…

Lea también “Los lectores se congelan en Quito”.

Las socias del club de lectura:

“¡Soy amiga de [inserte el nombre de cualquier político, empresario o famoso hijo de vecina], atiéndame primero!”; “¿cómo que no hay descuento?, soy del club del libro ‘El desgraciado hijo de Orión’;  “¿cómo se atreve?”; “¿no me conoce?”; ¡llamaré a mi marido para que le cante sus tres verdades!”; “¿o sea que no puede devolverme el dinero solo porque compré el libro hace dos años, no tengo factura, está arrugado y le faltan dos páginas?, ¡es nuevito!”; “¡pésimo servicio!”; “¡nunca más volveré a esta librería!”

Estas frases definen a la típica socia de un club de lectura. Nunca quieren pagar el precio completo del libro, aunque usualmente les sobra el dinero y no tienen empacho en despilfarrarlo en una tienda de ropa, pero por UN libro, jamás querrán pagar el precio justo. Invocarán a todo el santoral de empresarios del mundo librero o a sus amigos, esposos y amantes, solo para obligar al librero a cumplir con sus designios.

Son peligrosísimas y no precisamente por sus influencias, sino porque han provocado que los escritores de novelitas y novelotas rosas e insustanciales ahora se reproduzcan como gremlins en una lavacara de agua helada.

 

Los sexualmente NO explícitos:

Siempre se debe ordenar con lógica (sexual) una librería (¿?)...

Siempre se debe ordenar con lógica (sexual) una librería (¿?)…

“Señor, ¿puede prestarnos ese libro de ‘Las cincuenta sombras de Grey’? De verdad no vamos a comprarlo… Es que queremos saber de qué se trata…” Con estas frases se acercaron a mí una pareja de jóvenes. Les entregué el libro mirándoles con una expresión que seguramente era producto de la risa contenida y la incredulidad.

Al poco, los vi sentados con los rostros colorados y carcajeándose mientras leían. Yo, un voyerista consagrado, me aproximé con disimulo, esperando algún escenario pornográfico, mas, mis esperanzas se fueron al tarro de la basura al escuchar que la mujer, acalorada, decía: “amor, ¿te das cuenta de las pendejadas que lee tu mamá?”

En este grupo también están los adolescentes que piden “El principito”, pero terminan comprando “El kamasutra de la masturbación” o “Sea una puta en la cama”…

Lea un crónica de estas y otras lindezas acerca de los lectores de las Cincuenta sombras de Grey…

 

Este artículo se ha prolongado demasiado y podría hacerlo aún más, teniendo en cuenta que faltan categorías como: “adolescentes que leen biografías de OTROS adolescentes con cuenta de YouTube”, “niñas obsesionadas con las novelas románticas”, “escritores que compran sus propios libros para regalar”, “viejitas adictas a las revistas de tejido”, “profesores universitarios enamorados de Foucault”, “aprendices de empresarios que quieren alcanzar el éxito en una semana”, etcétera, etcétera, etcétera…

El caso es que si bien el tópico de “dime qué amigos tienes y te diré quién eres” es dudoso, aquel de  “dime que libros lees y te diré cómo eres” es indiscutible. Fin.

Comunicado navideño

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Papá Noel hizo lo mismo que ustedes en Navidad.

Papá Noel sabía lo que iba a pedirle sin necesidad de que le escribiese una carta. Él, una vez más, estaba condenado a poner en marcha su poderosa maquinaria de elfos y enanos para cumplir mis anhelos navideños.

“¡Libros es lo único que pide!”, debió gritar, compartiendo la frustración que sienten mi familia, mi novia y mi gato.

Es inevitable: para mí, la Navidad significa una edición de lujo de los cuentos de Hoffmann o un volumen de la “Vida Nueva” de Dante en editorial Siruela y Papá Noel lo tiene claro.

Por desgracia, su fábrica no produce libros porque a poquísimos nos interesa leer, la mayoría prefiere vestir de luto horroroso marca Zara o calzar botines fosforescentes promocionados por Neymar. Por eso, siempre que el santo de los niños se topa con el niño que escribe esta columna, sufre una apoplejía.

Como en el Polo Norte no abundan las librerías – menos de libros en español –, Papá Noel aproximadamente entre el 10 y el 20 de diciembre viene a visitar las que aún existen en Ecuador. Este año, por fortuna para él, se han reducido las opciones y de las cadenas grandes, solo quedan Mr. Books y LibriMundi, que en teoría son diferentes, pero en la práctica, absoluta y desastrosamente iguales.

Santa Claus encontró muchos libros en el local de la primera ubicado en el Mall El Jardín, pero eran tantos que sumados no llegaban a uno, o, bueno, tal vez a uno, pero no mucho más. Claro, si lo que yo le exigía al anciano hubiera sido filosofía para el váter – autoayuda –, alguna sombra de Grey o de Xavier Moro, seguramente no habría existido problema alguno, mas como lo que yo solicitaba era un libro de Romain Gary o de Raymond Queneau, la situación se complicó.

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El Monstruo de las Galletas se come la galleta de la mala fortuna de leer “After”.

El hombre vestido de rojo se puso a recorrer los mil y un estantes en busca de buenos libros y claro que los encontró: estaban sepultados bajo kilos de hojas por las que el sacrificio de un árbol es un pecado nefando. A una bonita edición de las obras completas de Onetti, Papá Noel la halló entre el libro de los secretos de Steve Jobs para ser exitoso en la cama y el CUARTO volumen de la trilogía de la “Cincuenta sombras de Grey” que contiene la versión nunca antes contada por el Monstruo de las Galletas; a Homero, en cambió lo vio junto a un cuaderno de Homero Simpson para pintar y a Shakespeare no lo encontró, quizá estaba detrás de la biografía de Andre Agassi y hasta ese tenebroso sitio, ni el santo carmesí quiso llegar…

En todo caso, los ayudantes de Santa Claus contactaron a mis amigos libreros, quienes recomendaron muy buenos libros, lástima que costaban entre 40 y 90 dólares, bajos precios que el monopolio imperial de La Favorita, dueña de casi toda librería grande, ha impuesto sin el menor pudor en la capital.

Mr Books

La leyenda dice que entre estos estantes se ocultaba el Fantasma de las Navidades Pasadas, pero lo vendieron.

Afortunadamente, Papá Noel tuvo la opción de las librerías de viejo, donde con 10 dólares se pueden comprar aproximadamente 8 libros si se sabe negociar, todos en estado aceptable y de autores que los dueños de los grandes locales ni siquiera han escuchado de casualidad, pese a que sí están en el catálogo de Random House Mondadori, que es la editorial que abunda en la comarca, pero que corresponden a la categoría “no se venden”, un anatema inventado por el inefable conocedor que administra aquella empresa. Eso en cuanto a Mr. Books.

De LibriMundi no hay mucho más que decir, salvo que de la aventura que casi hunde al barco – los capitanes anteriores sabían navegar solo en la laguna artificial del parque de La Alameda – lo sacaron a flote los dueños de su antaño competidor para convertirla en una bodega con casi las mismas cosas aunque con estanterías de diseño más elegante.

Por fortuna, Papá Noel y sus enanos encontraron algunos libros usados y uno que otro nuevo a tiempo para colocarlos bajo las ruinas del árbol de Navidad que mi gato tumbó antes del 25 de diciembre.

Supongo que el santo de los niños pensará dos veces el próximo año antes de emprender la tarea de conseguir los regalos que yo quiero, no solamente por la dificultad que entraña, sino porque mi sevicia es tan inmunda que ni siquiera se me ocurrió dejarle un plato de galletas y un vaso de leche como agradecimiento. Fin del comunicado.

Último día como librero

Dos caras de la misma moneda (parte 1).

Aquel 7 de marzo cumplí 32 meses en el oficio de librero.

londonreview_2La tienda parecía un horno, vendedores y libros nos cocinábamos a fuego lento, víctimas del verano prematuro. Apenas hube cruzado la puerta, me dediqué a acomodar algunos volúmenes en la sección de literatura. Distraído, tomé una novela de Roncagliolo, pero fui incapaz de lograr que palabra alguna quedara en mi memoria.

“¿Tiene grapadoras?”, dijo, de repente, un sujeto sin siquiera atravesar la puerta. Negué, no tenía intención de explicarle que aquello era una LIBRERÍA.

Mi compañera de trabajo edificaba una pirámide con varios paquetes de las “Cincuenta sombras de Grey”, logrando que recordara cierto fotograma de “Ben – Hur” en el que un esclavo hebreo moría aplastado por las rocas con las que estaba construyendo el templo de Seti I.

Un comprador me detuvo mientras pasaba una franela sobre “El demonio del absoluto” de André Malraux, quería que le dijera por qué me dedicaba a vender libros “ahora que hay internet”. Le explique que aquel era mi último día – en otra época lo habría acribillado por la blasfemia –. Me felicitó.

Aparecieron dos señoronas que buscaban un libro para su “nietecito”. Quise saber la edad y me respondieron que aún no había nacido, pero que iba a ser inteligentísimo como su “papito”. Entonces, les vendí un librito del ratón Miguelito que soñaba con ser pintorcito.

La tienda se vació. El calor era cada vez más intenso, acaso la carne al carbón la vendíamos nosotros y no el restaurante “Vaco y Vaca” de enfrente.

Los minutos transcurrían con lentitud, tal vez porque yo no quería irme. Aquella tienda tenía mucho de mí: el orden de los libros, el tipo de literatura que predominaba e incluso la música.

Un niño y su madre entraron, dedicándose a extraer un ejemplar tras otro para luego, casi sin revisión, abandonarlos despiadadamente en un área a la que no pertenecían: infantiles en autoayuda, ciencias en esoterismo y literatura erótica en infantil. Cumpliendo con el trabajo de Sísifo, ordené el desorden como cientos o miles de veces en el pasado.

El libro del presidente Correa publicado en 2009 que Ecuador llevó como novedad a la Feria del Libro de Bogotá en 2011. Eso, no más.

El libro del presidente Rafael Correa publicado en 2009 y que Ecuador llevó como novedad a la Feria del Libro de Bogotá en 2011. Eso, no más.

El niño haló una de las mangas de mi camisa y me dijo que había leído el segundo libro de “Harry Potter y las reliquias de la muerte” y que “estuvo buenazo”. Lo miré maravillado, respondiéndole que yo acababa de leer la tercera parte de “El hobbit” y que también estaba buenaza. Luego, le vendí a su madre “Ecuador: de Banana Republic a la No Republica”, pues necesitaba un libro para entender el lenguaje de los adolescentes problemáticos. También pude ofrecerle algo de César Millán, pero no había en stock.

El calor solo se disipó en la noche, poco antes de que cerrase la tienda. Entonces, me atreví a entrar en la caja para revisar por última vez la computadora y los correos electrónicos institucionales. En la mañana había enviado un mensaje a los compañeros de otras tiendas de la cadena con mi despedida, sus respuestas me trajeron recuerdos de miles de libros, amigos y amores…

Al final, apagué las luces y mi compañera puso el candado en la puerta. Antes de despedirme de ella alcancé a ver que un libro se caía del anaquel de la vitrina.

“Mañana lo arreglas”, le dije y mi novia, que fue para acompañarme en el cierre de esa etapa, me tomó de la mano y sonrió.

Lea la segunda parte de esta crónica: “Primer día como profesor“.

La sombra de las “Cincuenta sombras de Grey”

Si no le pidieron el paquete con las esposas y el antifaz, usted no ha trabajado en una librería.

Si no le pidieron el paquete con las esposas y el antifaz, usted no ha trabajado en una librería.

Una pareja se acercó al mostrador de la librería; con tono misterioso, la mujer, una rubia de no más de veinticinco años, me dijo:

— ¿Tiene “Cincuenta sombras de Grey”?

Expliqué que solo me quedaba un ejemplar reservado para una cajera del Banco del Pacífico.

— ¡No importa! Lo que queremos es revisarlo, nada más, ¿se puede? Un ratiiiito…

Les entregué el libro y ambos se sentaron en el sillón de cuero rojo que se encuentra tras de la sección de autoayuda. Al poco, las carcajadas y los cuchicheos inundaban la tienda.

Yo, disimuladamente, me puse a escuchar su conversación:

— ¡Ja, ja, ja! ¿Te das cuenta de las pendejadas que lee tu mamá, mi amor? ¡Ja, ja, ja! ¡Cochinota! – decía ella mientras el muchacho, rojo como un tomate y sin dejar de sonreír, se tapaba los ojos tratando de no ver una realidad con la cara de su madre amarrada a un potro de torturas, esperando los azotes de Christian Grey en las nalgas.

Lo cierto es que más allá de las brillantes y siempre productivas discusiones sobre el valor cultural de este “best – seller”, lo cierto es que se trata de un fenómeno que ha impactado a una generación, la misma que pasó de no leer ni el periódico a devorar tres libros de seiscientas páginas con una avidez propia de un famélico, quien, después de no comer por semanas, encuentra un plato de macarrones con queso.

Las “Cincuenta sombras de Grey” para unos es maltrato hacia la mujer; para otros, una promesa de placeres secretos, basura, un tabú que hay que romper, romance o cursilería, pero la autora, E. L. James – un ama de casa nacida hace más de cincuenta años –, seguramente ve la trilogía con los mismos ojos con los que Pizarro contempló el cuarto lleno de oro entregado por Atahualpa.

Yo, por otro lado, al pensar en “Las sombras” recuerdo que justo cuando llegaron a Ecuador, empecé a trabajar en una librería y un buen porcentaje de los dodos literarios que he visto están relacionados con míster Grey y su esclava.

Sí, el escenario era algo así...

Sí, el escenario era algo así…

Cierta mañana, mientras me afanaba en el utilísimo trabajo de enfundar libros, un grupo de adolescentes disfrazados de personajes de cómic japonés entraron en la tienda; eran tres chicos, dos hombres y una mujer. Ella sostenía – literalmente – con una cadena a su novio, se acercaron al mostrador donde yo destruía la naturaleza con plástico y me preguntaron por una serie de “mangas” de cuyos nombres solo recuerdo que terminaban en “okoto” o “inata”. Luego del interrogatorio, la que llevaba al “perrito” – de metro ochenta de estatura – me dijo:

— ¿Y el paquete completo de las “Cincuenta sombras de Grey” cuánto cuesta?  Dicen que viene con un cuarto libro que cuenta la versión de la chica

Otro día, una seguidora de míster Grey me atrapó colgado de una lámpara cambiando un foco.

— Verá: no es para mí… O sea, una amiga me mandó a preguntar… O sea… A ver: ¿cuántos años debo, ejem… debe tener para comprar el libro? ¿Se puede con doce? ¿Le dije que era para una amiga, no?

Kamasutra de Grey

Sí, realmente existe “El kamasutra de Grey” y es casi tan aburrido como el libro que lo inspiró.

Y eso por no hablar de la ocasión en la que cuatro colegialas me acorralaron contra el estante de libros de Osho preguntándome si había leído “El kamasutra de Grey” y si creía que una chica aún virgen podría utilizarlo con su novio en la “primera vez”.

La leyenda dice que muchos libreros murieron aplastados cuando amas de casa desesperadas acudían como una manada de ñus a las tiendas para destruir los estantes en su desesperada búsqueda de las tangas de míster Grey; mientras que en la internet se publicaban anuncios solicitando sombríos príncipes grises que pudieran suplir la falta de carne en el nuevo héroe de papel.

La señora James utiliza esposas para frenar los ataques epilépticos que se producen en sus lectores por el exceso de azúcar que llega a sus cerebros.

La señora James utiliza esposas para frenar los ataques epilépticos que se producen en sus lectores por el exceso de azúcar que llega a sus cerebros.

Imagino que en poco tiempo, todos – excepto los “hipsters” y las feministas que todavía tienen aproximadamente unos quince millones de años para seguir quejándose del machismo y de la futilidad del libro – olvidaremos al azotador de E. L. James, pero lo que nunca pasará de moda será el sonrojo de las cajeras de supermercado que pedían el libro con voz casi inaudible, como si se tratase de una ametralladora en un vuelo a Nueva York o las adolescentes que luego de preguntar por lo menos doce títulos diferentes, se atrevían a solicitar un descuento por la trilogía entera o los tipos que siempre se veían en la necesidad de aclarar que el libro era “para una amiga” o, por último, las chicas que no estaban interesadas en las “Cincuenta sombras de Grey”, sino solo en “Filthy Shades of Grey”…

Yo no pasé de la página cincuenta y seis. Me aburrió. Jamás fui adepto a Corín Tellado ni a sus émulos – voluntarios o involuntarios –, además me parece un crimen gastar sesenta dólares en “softporn” cuando puedo conseguir “hardcore porn” en la internet sin pagar un centavo.

Por suerte, siempre tendremos a Sasha Grey

El “trailer” de la adaptación cinematográfica de “Cincuenta sombras de Grey”.

Sasha Grey y las cincuenta sombras de Marinetti

Este libro no tiene nada que ver con el Diario de Greg, aunque son bastante parecidos...

Este libro no tiene nada que ver con el Diario de Greg, aunque son bastante parecidos…

Parecían una pareja de recién casados – ninguno de los dos superaba los treinta años –; ambos se acercaron tímidamente y, tomando valor, pidieron el libro Cincuenta sombras de Grey. No pude evitar que una sonrisa burlona se dibujara en mi rostro, al fin y al cabo ese libro es tan común que era absurdo su tono confidencial y asustadizo. Me aclararon que solo querían revisarlo, que necesitaban “averiguar algo”… Volví a sonreír y con perversidad exclamé elevando el tono al máximo:

— ¿QUIEREN REVISAR LAS CINCUENTA SOMBRAS DE GREY?

Sasha Grey te dice que debes recomendar esta página para verte sexy.

Sasha Grey te dice que debes recomendar esta página para verte sexy.

Seis o siete personas que escudriñaban entre los estantes posaron sus ojos sobre la pareja y tuve la impresión de que ambos empequeñecían hasta convertirse en liliputiencies, experimentando un placer casi tan culposo como el que ellos sentían con aquellas sombras.

La pareja – habían soltado sus manos al mismo tiempo que adquirían el color granate – se sentó en el sofá, al fondo de la librería, y, ocultos los rostros tras del libro, se pusieron a revisarlo. A los diez minutos el temor y la vergüenza habían dejado lugar a las risitas picaronas y a las miradas cargadas de morbo.

Con la intención de revisar lo que hacían, me acerqué disimuladamente.

— Mi amor – dijo ella –, ¡estas son las cochinadas que lee tu mamá!

En efecto, el fenómeno de las novelas eróticas alcanza a todo público, desde los adolescentes hasta los viejos y desde los hombres hasta las mujeres. Ahora el planeta entero sufre de una ridícula avidez por novelas adobadas con sexo; todos leen sobre el tema y todos quieren escribir acerca de él. Sasha Grey, conocida por sus escenas de “porno experimental” – o sea raro –, sacó hace meses un libro de esa temática con un arranque potente como el de un Ferrari y un final espeluznantemente lento y soso como el de una tortuga con reumatismo. La blonda esposa de Jaime Bayly también nos ha legado otras cincuenta sombras y hasta Almudena Grandes se ha metido en honduras de ese estilo…

Hasta los bigotes de Marinetti se entusiasmaron con Sasha Grey (así que recomienda esta página si quieres verte sexy).

Hasta los bigotes de Marinetti se entusiasmaron con Sasha Grey (así que recomienda esta página si quieres verte sexy).

Hay para todos los gustos: sexo con humanos, vampiros, hombres lobo, franquistas, nazis, comunistas, empresarios y profesores de cine; con azotes o sin ellos; con uno, dos, tres o 10¹⁴ compañeros sexuales; en variedades oral, anal y normal; con 69 o sin él, etcétera, etcétera.

De todas maneras, estos amantes del “porno light” no han oído hablar de los poemas cargados de erotismo de Ovidio y de Shakespeare o del libro Cantar de los cantares, donde Salomón exalta la belleza de los pechos de una morena anónima. Menos aún de Masoch – el escritor que dio origen a la palabra “masoquismo” – o de Marinetti, quien defendía una sexualidad fría, violenta y brutal.

Precisamente este escritor italiano, creador del futurismo, una de las primeras corrientes de vanguardia, fue víctima de una persecución legal y del rechazo de la “gente educada” por sus teorías acerca del arte y de la vida en general.

Su novela Mafarka el futurista era en sí misma la aplicación literaria de su Manifiesto, el mismo que pretendía romper con los cánones de belleza que había impuesto el modernismo, buscando una sociedad acelerada, fuerte como una máquina y dispuesta al progreso violento.

Mafarka, el héroe de la novela, es un personaje que nos recuerda a esos paladines clásicos que tienen que atravesar una serie de pruebas antes de ascender a la esfera de las divinidades. En cualquier caso, es una de las cualidades anatómicas de este personaje la que le ocasionó líos a Marinetti, pues el pene de diez metros que nos saca en cara el propio héroe al principio de la novela no podía dejar indiferente a la católica Italia de principios del siglo veinte.

La versión mutilada de "Mafarka el futurista". La editorial italiana tuvo que circuncidar al personaje para que cupiese en el libro.

La versión mutilada de “Mafarka el futurista”. La editorial italiana tuvo que circuncidar al personaje para que cupiese en el libro.

De todas formas, el falo de Mafarka no convierte a esta novela en un texto parecido a los que actualmente se entiende como literatura erótica, no lo hacen tampoco las escenas de orgías entre esclavas africanas y soldados, ni el menage à trois que desesperadamente quieren ejecutar dos mujeres con Mafarka. Escribir algo erótico, de seguro, no es lo que pretendía Marinetti; en esencia, él era un agitador y sus intenciones reales eran provocar prurito, irritación en el seno de la clase conservadora, a manera de una nux – vómica que, después del caos, permita surgir a una vanguardia fresca.

El juicio por inmoralidad lo perdió el futurista en segunda y tercera instancia y su obra tuvo que circular mutilada por Italia, sin embargo, Ramón Gómez de la Serna la llevó a España y América Latina, aniquilando el intento de censura, que solo consiguió lo que en última término pretendía el autor italiano: ubicarse en la palestra pública.

Él jamás pudo adquirir la fama de sus coterráneos Pirandello, Calvino, Malaparte, D’Anunzio o Passolini, tanto porque su obra en sí misma no es genial como porque el autor fue un defensor a ultranza del fascismo y de Mussolini, mas, su personalidad controversial y su talento como agitador cultural lo convirtieron en una de las puntas de lanza de la vanguardia que batió los gustos almibarados que imperaban en el arte europeo.

Hoy me rehúso a escribir sobre sexo – básicamente porque lo adecuado no es escribir, sino practicar – y prefiero quedarme con la imagen del autómata que fabrica Mafarka en los últimos capítulos de la novela de Marinetti: el héroe finalmente rechaza los placeres de la carne, incluido el sexo y el poder, para transferir su alma, a través de un beso a un robot gigantesco que se eleva por los aires indiferente a la pasión como un automóvil o un tanque.

Quizá Marinetti hubiera pensado que sería más divertido perder el alma que leer las Cincuenta sombras de Grey

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Gabriel García Marqués de Sade

Obviamente esta NO es la trilogía de María A. Nadie, (¡yo nunca osaría comparar esta obra cumbre con la de aquella mujer!) de hecho "es igual, pero diferente, lo mismo y en el sentido contrario".

Obviamente esta NO es la trilogía de María A. Nadie (¡yo nunca osaría comparar esta obra cumbre con la de aquella mujer!), de hecho “es igual, pero diferente, lo mismo y en el sentido contrario”.

Bajo el extravagante nombre de Gabriel García Marqués de Sade, exitosísimo escritor de novelas eróticas, se escondía la tímida y rubicunda figura de María A. Nadie, empleada de bajo rango en una compañía de seguros de la ciudad de Nueva York; quien pasó de la miseria y la insipidez a la riqueza y la fama del jet set mundial, tras la publicación de su trilogía de novelas – curiosa amalgama de El convidado de piedra con Justine y cualquier culebrón televisivo de Delia Fiallo.

Como quiera que sea, María A. Nadie era rica, famosa y su seudónimo no era más que una formalidad del marketing, pues no existía una sola mujer en el mundo que no conociese la verdadera identidad del autor de la trilogía de Los diez millones novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve latigazos traviesos de Don Juan.

Sin embargo, la otrora fracasada agente de seguros no superaba su timidez y a pesar de que muchos hombres hubieran dado lo que fuera por descubrir si las proezas sexuales narradas en sus libros eran parte de su acervo erótico, ella era incapaz de hablar por mucho tiempo con otro ser humano. De hecho, si alguien tuviese la paciencia para cronometrar sus conversaciones se percataría de que estas nunca superaban los tres minutos con cuarenta y seis segundos y siete milésimas.

Todas las mañanas se levantaba de la cama dispuesta a cambiar y a conseguir al menos un amante del estilo de su Don Juan, pero, invariablemente, se acostaba al anochecer sola y decepcionada.

La literatura era su escape, el único método para vivir sus fantasías a plenitud, por eso escribía cientos y cientos de páginas como una posesa, derramando en ellas toda clase de anhelos insatisfechos y romances aburridos.

Cierta mañana las cosas cambiaron. La escritora ni siquiera se había levantado cuando alguien llamó a su puerta; ella, enfundada en una vieja salida de cama, abrió, encontrando fuera a un individuo atractivo y con traje español del siglo XVII.

— Mi señora, soy don Juan, vuestro esclavo.

María A. Nadie no supo qué responder y lo primero que se le ocurrió es que podía tratarse de una broma de mal gusto.

Don Juan cambió a la rellenita escritora por una dulce monjita de EWTN.

Don Juan cambió a la rellenita escritora por una dulce monjita de EWTN.

— Os equivocáis – le dijo el extraño anticipándose a sus palabras –, yo soy vuestro esclavo porque me creasteis y, hoy, por fin he venido a azotaros como siempre habíais soñado.

— Pero… pero… ¡Es absurdo!

—Absurdo es que este, vuestro servidor, haya esperado tanto para daros tal gustillo, después de todo, me habéis hecho el mayor de los regalos: la vida.

El supuesto Don Juan entró en la casa, conduciendo a la escritora hasta su habitación, que se había transformado en el frío calabozo de torturas de un castillo medieval.

— ¿Mi cama, mis cosas…?

— ¿Qué importancia tiene? ¡Dejaros llevar como Valerina, vuestra creatura!

María A. Nadie obedeció, pero no por placer, sino porque no se le ocurría otra forma de reaccionar. Así, la oronda escritora, de un momento a otro, quedó pendiendo por los brazos de cierto artefacto indescriptible, al tiempo que sus piernas se mantenían abiertas en un ángulo de casi ciento ochenta grados, gracias a unos arneses de cuero sin curtir.

— ¡Ahora sí tendréis lo que necesitáis! – dijo el español, mientras la azotaba con un látigo.

Los golpes, lejos de producirle satisfacción, le dolían cada vez más y su piel, en carne viva, discrepaba completamente de lo que ella misma había propuesto en sus libros.

El sado-masoquismo también puede llevarla al extremo de querer depilarse las cejas.

El sado-masoquismo también puede llevarla al extremo de querer depilarse las cejas.

— ¡Detente, me duele, me duele!

— ¡Callad! ¿No es esto lo que soñabais?

— ¡No, no, no!

— ¿No lo entendéis, verdad? ¡Este es vuestro castigo por hacerme un amante tan soso!

Permanecieron así por una hora hasta que María A. Nadie se desmayó. Al despertar, la escritora estaba en el suelo, desnuda y sobre un charco de agua maloliente.

La mujer se reincorporó, dirigiéndose en seguida hacia el baño, donde, después de lavarse, se puso a examinar su cuerpo; curiosamente, no había ni una sola marca de los azotes en él.

Esa mismo día, María A. Nadie dejó la literatura erótica para siempre.

 

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