No está ni tibio: una introducción brevísima a la ciencia ficción

Capitán Protón, “holonovela” de Star Trek Voyager.

Publicada también en la fantástica web La Casa Ártica.

La vida puede llegar a ser algo muy aburrido: levantarse, ir al váter, tomar un café, ir a trabajar, regresar a casa, ir al váter de nuevo, acostarse y, después, repetir la secuencia por trescientos sesenta y cinco días.

El tedioso trabalenguas anterior es el resumen de la vida en el mundo contemporáneo y, probablemente, a lo largo de la historia.

Porque, claro, los libros hablan de los descubrimientos, conquistas, viajes, héroes y heroínas, pero la verdad es que el mortal común y corriente siempre ha estado sumido en sus luchas diarias por llevar un pan a su mesa.

Por eso, crear historias es una necesidad, un plan de evasión justo y necesario, nuestro deber y salvación.

La ciencia ficción cumple con ese rol aunque usando diferentes maquillajes y es natural: el futuro preocupa.

¿Cómo será? ¿Existirán robots, naves espaciales? ¿Humanos?

La etiqueta de “ciencia ficción” es más bien del siglo veinte, pero mucho antes los narradores orales y escritos jugaron con las posibilidades de viajar al espacio, de vivir debajo del mar o modificar el futuro con una reescritura del pasado.

“El viaje a los Imperios del Sol y la Luna” de Cyrano de Bergerac (Imagen tomada de la página Viajes con mi tía).

Cyrano de Bergerac, por ejemplo, en el siglo diecisiete, se montó en una especie de trineo tirado por gansos y fue a parar en  la luna y el sol.

Filósofos han creado ciudades en esa estrella desde la Edad Media y hasta Kepler vio lunáticos – habitantes de la luna, quiero decir.

De todas maneras, hoy, la ciencia ficción está más de moda que nunca. Es una vieja costumbre que no se perderá jamás y menos en tiempos como el actual, en que la humanidad patojea entre la mediocridad de la vida diaria y la violencia y la maldad de la geopolítica, la economía y varios etcéteras.

Tal vez el génesis de nuestra remozada pasión por la ciencia esté en el despunte que tuvo la ciencia desde la publicación de los tres artículos de Einstein, a principios del siglo veinte, que revolucionaron la manera de ver el mundo.

Antes, hasta 1870, se creía que los humanos habían llegado al culmen del conocimiento, pero el físico alemán dijo desde una oficina de patentes: “¡no están ni tibios, mijiticos!”

Bueno, tal vez no fueron esas palabras exactamente.

El caso es que la revolución científica y tecnológica despertó la curiosidad de todos, sin importar si se trata de un Zutano que sabe de física cuántica o un Mengano que no sabe ni siquiera productos notables.

Algunos ven el futuro con asombro, otros con miedo, pero a todos nos llama la atención y el surgimiento de medios como el cine, la radio y la televisión – que, de por sí, parecen inventos de ficción científica – son como los ingredientes de una receta que los narradores, buenos y malos, han aprovechado.

Se puede hablar de diferentes ciencias ficciones: una fuerte y otra suave, es decir, muy rigurosa, enfocada en detalles científicos, la primera, y otra más elucubradora, no tan precisa, como es la segunda.

También se puede hablar de ciencias ficciones enfocadas en viajes a planetas o universos distantes – “space operas” –, de distopías, utopías, ucronías o, lo que es lo mismo, relatos que se enfocan en presentes alternos donde, por ejemplo, los nazis triunfaron en la Segunda Guerra Mundial o el Deportivo Quito ganó la final del Mundial de Clubes ante el Real Madrid.

Tierras idílicas o catastróficas. Humanidades extintas o idiotizadas. Cyberpunk – al estilo Matrix – o Post Cyberpunk, el abanico de posibilidades es interminable.

El hecho es que la ciencia ficción está allí porque somos curiosos, soñadores, pero también inconformistas y a veces hasta negativos.

De todas maneras, este cóctel no es malo, sino un combustible que ha impulsado a la humanidad – es inevitable pensar en la secuencia inicial de 2001: Odisea en el espacio – a pasar del animalillo asustado que luchaba por su supervivencia en el seno del África y que descubrió que un hueso podía ser un arma al animalote tenebroso capaz de ir a Marte o aniquilarse usando sus propias creaciones.

La ciencia ficción es entretenimiento, pero sobre todo es el resumen de las pasiones humanas. Aquellas historias no hacen más que reflejar la imperiosa necesidad que tenemos de transformar el mundo, el universo.

El homo sapiens no es sabio porque hace lo mejor siempre, sino porque a pesar de que el noventa por ciento del tiempo tropieza con la misma piedra, no duda en levantarse e inventar un nuevo truco.

La ciencia ficción es la crónica de esta maravilla.

Carta del señor Darcy

(Lea este artículo también enla web La Casa Ártica.)

Queridos lectores:

 

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Tristán e Isolda (verdadero romance) por Rogelio Egusquiza

¡Cuántas cosas se han dicho y se dirán sobre el amor! Tal vez todas se parecen y es que ya se ha dicho tanto…

Prefiero hablarles de las novelas de romance. Escogí el nombre sugerido por Guillermo Cabrera Infante porque novela rosa o novela romántica me suene a dislate.

Para mí, las novelas, hablen de amor o de muerte, se publican sobre papel blanco. Rara vez he visto alguna con hojas de colores diferentes.

Es verdad que las tapas, ahora especialmente, pasan del magenta al negro con la misma facilidad que un político deja de ser honesto para convertirse en corrupto. No creo, sin embargo, que los colores sean apropiados cuando se resume un contenido, toda vez que el rojo puede usarse tanto para simbolizar el amor como la muerte.

Por otro lado, la novela romántica es el nombre con el que los doctos doctores se refieren a la literatura escrita durante el periodo del Romanticismo, en los siglos dieciocho y diecinueve.

Si bien es cierto que las historias escritas durante este tiempo solían tener cargas poderosas de amores frustrados y pasiones incontrolables, no sería justo decir que los europeos nos pasamos setenta años escribiendo melodramas… como Jane Austen.

Pasadas estas precisiones antipáticas, tan naturales en alguien como yo, el señor Darcy, es correcto que definamos cuáles creo que son las características de una novela de romance:

Uno punto y raya: debe haber besos.

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Ni Jane Austen lo conoció…

Dos punto y raya: la historia debe estar centrada en dos personas dispuestas a enfrentar una serie de obstáculos para estar juntas. La idea es que el amor siempre se abre camino y el libro debe comprobarlo.

Tres punto y raya: hay un final feliz. ¿Si el amor no vence qué clase de amor es?

Cuatro punto y raya: siempre hay buenos y malos. Los malos pierden al final y los buenos triunfan, resumiéndose esta victoria en la recompensa de amor eterno, justo, leal, dulce, maravilloso, perfecto, etcétera, etcétera, etcétera.

Esta estructura puede sonar a cliché, pero tiene sentido. Incluso una misteriosa logia llamada Romance Writers of America ha escrito un canon que incluye ingredientes parecidos a los mencionados (se puede consultar en su página web).

La novela de romance se ha cruzado siempre con otras variedades como la ciencia ficción, el terror y el erotismo. Los resultados a veces se ven como Frankenstein o la loca del muelle de San Blas.

Imagínense los poderosos logros económicos que consigue una editorial mezclando naves espaciales, mundos destruidos, látigos, esposas de terciopelo y besos franceses.

Pero existen historias de amor que no siguen este esquema, me dirán ustedes. Es verdad, precisamente de esas quiero hablarles.

El amor no es tan fácil como decir “vine, vi y vencí”. Hay romances insatisfechos, rechazos, engaños… De manera que reducir una trama a un simple “inicio, nudo y final” es imposible.

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Cumbres borrascosas by Luis Buñuel

Para ejemplificarlo acaso podríamos recurrir a tres novelas muy diferentes, pese a que el amor es el eje más o menos explícito: Cumbres borrascosas, Fiesta y La invención de Morel.

En el primer libro tenemos la historia de un hombre que decide vengarse de las familias que lo rechazaron, incluida la de la mujer que amaba, pero que lo abandonó para casarse con otro. El odio es tan poderoso que alcanza no solo a su generación, sino a la siguiente.

La novela, con los años, se convirtió en una referencia de la literatura inglesa, sin embargo, al principio fue vista con escepticismo por los críticos, especialmente por su estructura, tan poco frecuente en los libros de aquella época.

Se trata de un relato que usa la técnica de la matrioska o caja china, es decir que una historia contiene a otra.

Hay elementos que hacen de esta novela una pieza muy original: la estructura, el tema del odio (capaz de destruir a varias generaciones) y el escenario.

Las descripciones de las tierras de Yokshire y el paralelo que hace entre su clima y los sentimientos de los personajes son propios de un pintor impresionista.

Por otro lado, Fiesta de Ernest Hemingway cuenta la historia de dos personas que se aman profundamente, pero se rehúsan a estar juntas.

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Hemingway optó por el título “The sun also rises” porque el sentido taurino de “Fiesta” no lo comprendería el público estadounidense.

Casi durante sesenta páginas, en las que nos hemos topado con un desfile de borrachos, prostitutas, toreros y soldados de la Primera Guerra Mundial, no tenemos la menor idea del porqué estos dos espíritus se frustran y se embriagan, pero no hacen el amor.

Después, se revela un secreto terrible, de la época de la Gran Guerra, que impedirá el triunfo del amor.

Él se resigna a amarla en silencio. Ella a buscar en otros hombres lo que perdió en él.

Ambos están condenados al fracaso.

La estructura de la novela es crucial. La técnica del “dato oculto” hace que una historia aparentemente trivial de expatriados estadounidenses en París se transforme en un drama opresivo y frustrante.

Por último, La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares es una novela de ciencia ficción, pero también de amor imposible.

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Bioy Casares era un entusiasta del cine. En esta novela se evidencia cuánto…

Al principio, el narrador – protagonista parece conducirnos a través de los derroteros de un relato fantástico hasta que aparecen una mujer y un rival perverso.

El héroe se empeña en salvarla, sin embargo, su abulia lo obliga a posponer cualquier acción.

Cuando finalmente decide intervenir se da cuenta de que es imposible porque la ciencia, Dios y el hombre están en su contra.

El descubrimiento lo transforma. El otrora cobarde “náufrago” se condena a una eternidad al lado de la mujer que ama. De ninguna manera, hay un triunfo del amor.

Solo el lector de la novela podrá comprender el sentido de este absurdo.

Bioy Casares era playboy, millonario y gran escritor. Tres cosas que yo, mister Darcy, jamás llegaré a ser.

Quizá en su carácter estaba la respuesta a la paradoja que nos plantean estas novelas: se puede tener a todos los amantes del mundo, mas, en la medida en que no sintamos la plenitud individualmente, siempre quedarán el vacío y la insatisfacción.

El único traidor de América

Una de las novelas de Kilgore Trout (¡imposible hallarla en Quitolandia!).

Una de las novelas de Kilgore Trout (¡imposible hallarla en Quitolandia!).

La entrevista al “único traidor de América”, Kilgore Trout, naufragó sobre la piel rosada de Marilyn Monroe.

En diciembre de 1953, Playboy publicaba su primer número con los desnudos de la estrella de “Some Like It Hot”. Solo “America’s worst enemy” podía competir con ella.

El autor de la entrevista fue un periodista desconocido que visitó a Trout en la prisión federal de Finletter, Georgia.

Hefner, igual que había hecho con las fotografías de Marilyn Monroe, compró el artículo para publicarlo como exclusiva.

“¿Siente arrepentimiento por haber traicionado a los Estados Unidos de América?”

“No tengo patria, vendo periódicos.”

Durante la entrevista, jamás se menciona que Trout había publicado un centenar de novelas de ciencia ficción y miles de relatos.

Para el entrevistador y el público en general, era un pobre diablo que se ganaba la vida repartiendo periódicos.

“¿Usted es comunista?”

“No. Más bien me gusta el aislamiento.”

“Muchos dicen que no es un criminal, sino un loco…”

“Como usted y todos los que dicen eso.”

La entrevista fue publicada poco después del estancamiento de la Guerra de Corea. El escritor se oponía a la intervención estadounidense.

Marilyn Monroe en Playboy.

Marilyn Monroe en Playboy.

Trout fue liberado un par de meses después, pero debía asistir al siquiatra una vez por semana y hacer trabajos comunitarios.

Nunca cumplió su sentencia y a nadie le importó.

En 2006, el escritor tuvo un infarto. Cierto adivino le dijo, horas antes, que George Bush volvería a ser presidente de los Estados Unidos.

La noticia del futuro lo mató.

Para cerrar la entrevista de 1953, el periodista soltó:

“Usted dijo que si el país se involucraba en la guerra, debía desaparecer…”

“Dije que debía irse a la mierda.”

En la página siguiente un pezón de Marilyn Monroe se erguía, indiferente a las sutilezas de la política.

Cuando Eva Green se desnudó para el doctor Frankenstein

Artículo publicado en colaboración con la web de la Ciencia Ficción en Ecuador de Iván Rodrigo Mendizábal.

Disponible también en La Casa Ártica.

La industrialización transformó a Londres en una ciudad tuberculosa.

La tecnología había despuntado, pero mientras los eruditos especulaban sobre el éter en sus mansiones, una masa de menesterosos se arrastraba por las calles.

Imagen para promocionar Penny Dreadful de Showtime.

Imagen para promocionar Penny Dreadful de Showtime.

Los Jack the Ripper acechaban en los callejones para arrancar las vísceras de las putas y los campesinos sentían recelo por esos científicos que conservaban monstruos africanos en sus laboratorios.

Entonces, el terror se puso de moda, surgiendo una publicación que entregaba espantos a cambio de un penique: “Penny Dreadful”.

El siglo veintiuno, igual que el diecinueve, está marcado por el miedo.

Las amenazas de antes son parecidas a las de hoy. El cáncer ha reemplazado a la tuberculosis y los ataques suicidas a la artillería alemana.

Los gustos también son similares.

Poe y los marcianos de Wells se han desempolvado y el cine y la televisión se apropian de ellos para satisfacer una remozada erótica de la sangre.

Showtime, marca de televisión conocida por producciones transgresoras, empezó a transmitir, desde mayo del 2014, una serie que extrae los personajes de las novelas de terror victorianas adaptándolos al mundo contemporáneo.

El resultado está cargado de sexo, humor negro y una trama tan perturbadora como original.

La inocencia del siglo diecinueve que se mantenía gracias a las cadenas de la moral, se quiebra, desnudando el gigantismo o la menudencia de las creaturas de Mary Shelley u Oscar Wilde.

La serie, como no podía ser de otra manera, se llama “Penny Dreadful”.

Eva Green está poseída por un demonio. Literalmente.

Eva Green está poseída por un demonio. Literalmente.

La trama, en apariencia, es sencilla: la vidente Vanessa Ives (Eva Green) y sir Malcolm Murray (Timothy Dalton) contratan a un pistolero estadounidense (Josh Harnett) y al doctor Frankenstein (Harry Treadaway) para rescatar a Mina Murray que ha sido secuestrada por vampiros.

Sin embargo, estos personajes son mucho más complejos y aterradores que los literarios porque comparten nuestras pasiones. Son más sinceros: sienten miedo, sangran y se consumen en libido.

El doctor Frankenstein de Showtime.

El doctor Frankenstein de Showtime.

La serie está infectada por ese virus contemporáneo cuyo síntoma más claro es el anhelo de desacralizar.

Víctor Frankenstein es uno de los más intrigantes. Es un hombre que sufre por el anhelo de crear a otro ser que lo entienda. No lo mueve la curiosidad científica, sino el pánico a la soledad.

Acepta cazar monstruos para conseguir dinero. No le interesa la lucha contra el mal.

Con el avance de la serie nos enteramos que su criatura, a la que da vida por azar, no es la primera. El primogénito también vive y termina asesinando a su hermano, como Caín a Abel.

Frankenstein, el dios fracasado que ha repudiado a su primer monstruo, comprende que está ligado a él y se convierte en su cómplice.

Lo ama. Lo odia. Mata por él. Crea por él. En la relación de ambos hay mucho más que la resignación de un padre para con su hijo, hay erotismo, atracción por la oscuridad.

De todas maneras, el sexo no parece interesarle – ignora los acercamientos de Vanessa Ives –, pero no porque sea impermeable al placer, sino porque el orgasmo biológico ha sido sustituido por el creativo.

La serie de Showtime tiene varios puntos altos – los actores, por ejemplo –, pero lo principal es la perspectiva del relato.

Eva Green se come a Dorian Grey...

Eva Green abusa de Dorian Grey…

No se trata de un simple cuento de fantasmas, tampoco de una historia de amor adolescente escondida entre la mitología vampírica, es un retrato de los tiempos actuales, con humanos mucho más terroríficos que las criaturas fantásticas.

En el siglo diecinueve los monstruos espantaban porque eran el arquetipo de lo desconocido. Hoy asustan precisamente por lo contrario: son nuestra imagen reflejada en un espejo.

El adivino Julio Verne

Artículo publicado en colaboración con el blog Ciencia Ficción en Ecuador de Iván Rodrigo Mendizábal el 29 de marzo.

Disponible también en La Casa Ártica.

Julio VerneLos transeúntes paseaban cerca del teatro donde iba a estrenarse una adaptación de “La  vuelta al mundo en 80 días”. Dentro, había un terrible ajetreo. Según los rumores el propio Verne daba sus especificaciones acerca del decorado y del montaje.

De pronto, se escuchó un estruendo y, acto seguido, un fuerte barrito. Un elefante gris hizo su aparición derribando la entrada del teatro, al tiempo que echaba a correr calle abajo con un sujeto encaramado sobre su lomo. Este gritaba con entusiasmo más que con miedo: “Allez! Allez! Allez!”

Humano y animal aparecieron unas horas después en otra manzana. El primero no era otro que Julio Verne, quien se había subido sobre el elefante para explicar cómo quería que se representase cierta escena de la obra, pero con tan mala fortuna que, en ese mismo instante, una parte del decorado se desplomó asustando al paquidermo.

Julio Verne, desde joven, soñó con los peligros del mar y una vida llena de acción, mas, la figura dominante de su padre lo frustró, dejándole, como único escape, la ficción.

Borges afirmaba que los escritores son cobardes que, incapaces de protagonizar su historia, la escriben. En el caso del escritor francés se cumple el axioma, pero entendiéndose la cobardía como el miedo a enfrentar primero al padre que alimenta y luego a la pérdida de la zona de confort burguesa que alcanzó con el transcurso de los años y la publicación de sus novelas. Si hay algo más terrible que la pobreza es el miedo a caer de nuevo en ella.

En todo caso, esta suerte de cobardía tuvo resultados fantásticos: Julio Verne logró unificar su pasión aventurera con la científica. Y es que si fue un viajero frustrado, en mayor medida fue un científico reprimido. La necesidad de aventura, no obstante, se desahogó en escritos y la de ciencia en lectura.

Verne consumía con deleite artículos de áreas tan variadas como geología, física, biología o química, alimentando su imaginación con descubrimientos, monstruos, leyendas platónicas y máquinas extraordinarias.

Incluso Cantinflas y David Niven se subieron al globo de Julio Verne...

Incluso Cantinflas y David Niven se subieron al globo de Julio Verne…

Pronto, su sed de aventura y de conocimiento se fundieron creando una obsidiana homogénea de la que, poco a poco, arrancaba lascas para convertirlas en relatos, unas veces más científicos que otras.

Pero ¿cómo es que este proceso aparentemente tan simple le sirvió para predecir adelantos técnicos? ¿Era un vidente? La respuesta es mucho menos astrológica de lo que cabría esperar: Verne no predijo nada, pero sí conjeturó con la misma habilidad que un científico contemporáneo sugiere la existencia de universos alternos o partículas elementales. El secreto fue la observación atenta de los descubrimientos de su época, junto con una imaginación nutrida por libros antiguos y contemporáneos.

Julio Verne no fue un simple agorero de la ciencia, fue un visionario que supo construir conjeturas aceptables y lógicas, basándose únicamente en la observación y la lectura. Fue un soñador, sí, pero no de aquellos que se limitan a la elucubración desbocada, sino de los que derriban los límites impuestos por la lógica y el tiempo solo con imaginación y curiosidad.

Variaciones de una demanda judicial

En 1947 Raymond Queneau publicó sus “Ejercicios de estilo”, libro en el que compilaba 99 variaciones de una escena opaca que presenció en un autobús parisino. A ese texto árido y desprovisto de detalles el escritor francés lo reconstruyó con diferentes tonos y técnicas.

Queneau era, aparte de literato, un matemático aficionado que perteneció a la Academia Francesa de aquella rama – además de la Academia Goncourt, la más prestigiosa de las letras galas – y un buen porcentaje de su trabajo se enfocó en la experimentación matemático – literaria.

 

Las mil caras de Raymond Queneau

Las mil caras de Queneau

Desde que actualicé este sitio, he recibido algunos correos preguntándome a qué me refiero con “perseguido por la justicia empresarial” en la sección donde explico quién soy.

Una simple crónica para explicarlo, sin embargo, no tendría sentido en un blog tan serio como La rue Morgue, de manera que, sin llegar a la estupenda cifra de 99, intentaré seguir el camino de Queneau, ofreciendo algunas variantes de lo ocurrido:

 

Notaciones.

Es mediodía. Un sujeto de piel cetrina pone un esferográfico y una carta de renuncia frente a otro de tez pálida, casi transparente. Este lo mira y le dice que no tiene pruebas para acusarlo de injurias. El sujeto de color cobrizo suda copiosamente y, tartamudeando, responde que no cabe la negación porque cualquiera puede comprobarlo en Twitter. El otro sonríe, toma la hoja y se dispone a salir con ella. Entonces, el de piel cetrina se pone a brincar a su lado, tratando de recuperar el papel que termina por romperse durante el forcejeo.

El pálido, dos semanas después, cambia de trabajo, aunque el nuevo es peligrosamente parecido al anterior.

 

Parábola de ciencia ficción.

Autómata.

Autómata con la misma vitalidad de un estudiante universitario que se alimenta con hamburguesas.

Al robot café se le fundió la tarjeta de procesamiento porque su dueño, un magnate de los váteres electrónicos, le exigió realizar una tarea demasiado compleja para su sistema: pensar por su propia cuenta.

El robot era prácticamente chatarra y solo por la exigencia del magnate, quien lo apreciaba tanto como a sus váteres, lograron convertirlo en mayordomo tras varios meses de composturas.

La última misión del autómata fue asesinar a un empleado de la fábrica de váteres. Al parecer, la sentencia se produjo porque a este se le ocurrió usar uno de los servicios higiénicos diseñados por el magnate y, al comprobar que no servía, lo publicó en la red holográfica.

El robot marrón fue a buscar a su víctima, pero antes de que pudiera cumplir su misión ordenó al empleado que le dejara ver el retrete. Su objetivo era destruir la evidencia del fracaso de su amo y al momento en que levantó la tapa, una poderosa descarga de electricidad proveniente del sistema de desagüe, terminó por fundir todos sus chips.

Lo último que se supo del empleado, después del incidente, es que fue a limpiar los retretes de otro magnate de los retretes.

 

Otra parábola (novela psicológica rusa).

Los duelos en Rusia, antes, tan populares; hoy, solo los practica Yugi Oh!

Los duelos en Rusia, antes tan populares; hoy, solo practicados por Yu-Gi-Oh!

Dimitri estaba frente a Volodia. Pocas horas antes había nevado y su aliento cálido salía de su boca transformado en neblina. Sentía una mezcla de miedo, odio y ansia. Miles de pensamientos se apiñaban en su cerebro y su corazón latía aceleradamente.

Recordó que el ermitaño Zósima le dijo, pocas horas antes, que la venganza no era el camino de un hombre que busca la redención… Pero ¿perdonar? ¿Acaso es admisible el perdón para un hombre que no fue capaz de aceptar una amistad desinteresada, cuyo único precio era agachar la cabeza y obedecer? A fin de cuentas, ¿no implica toda relación humana el renunciamiento a la dignidad individual a cambio del placer de no estar solo?

No cabía duda, el pálido era un enemigo peligroso, mas, no se sentía capaz de eliminarlo. Dimitri, pese a que no dudaba de que su deber era aniquilar a Volodia, le tenía terror a las consecuencias. No era capaz de asumir el rol de juez y verdugo; las palabras del ermitaño le martillaban la cabeza y el corazón. “¡La venganza no es redención, la venganza no es redención! ¡LA VENGANZA…!” ¿Y qué es la redención? ¿Existe siquiera?

De pronto, Volodia tomó la hoja que contenía la venganza de su rival e intentó llevársela, sin embargo, Dimitri pudo detenerlo. Hubo un forcejeo entre ambos contrincantes hasta que el papel se hizo añicos. Fue un empate.

A Volodia, pocos días después, otro Dimitri lo empleó. Los hombres amamos el fracaso.

 

Subjetivo (un punto de vista).

Mi gato hoy, mañana, siempre...

Mi gato ayer, hoy, mañana, siempre…

El pálido es tonto y feo. Yo soy una maravilla: lindo, inteligente y, pese a que no he leído ningún libro, periódico o revista, trabajo en una librería porque soy tan sabio como Osho. Entre otras cosas, sé que puedo usar a Twitter para expulsar a ese huevón de una empresa que no es mía.

Pero, ese pendejo es atrevido. Cuando le presenté su carta de renuncia obligatoriamente voluntaria, se atrevió a decirme que YO le estaba chantajeando y que eso es mucho más grave que cualquier injuria, sobre todo porque YO no tenía pruebas. Encima, fue tan descarado que intentó llevarse la carta de renuncia obligatoriamente voluntaria para que la revise su abogada. ¡Hijo de puta!

Tuve que rebajarme a su nivel y perseguirlo hasta la puerta para que me entregara su carta de renuncia obligatoriamente voluntaria que me pertenece porque YO la escribí. Como es obvio, con mi súper fuerza lo sometí y sé – rumores que a mí nunca me han interesado – que trabaja en otra librería limpiando el polvo de los estantes.

 

Animismo.

Garabatean sobre mí sin pudor. Me aruñan con sus lápices y sus esferográficos, espadas que hacen que me desangre con pintura azul, roja o negra. Mis hermanas y yo estamos acostumbradas, pero lo que me indigna es que ahora encima me jalan, me arrugan y finalmente me desechan solo porque sus caprichos les impiden recordar que soy frágil y que me rompo.

 

Traslación léxica[1]:

Sí, el ubí es una planta trepadora y no tiene nada que ver con un rubí.

Sí, el ubí es una planta trepadora y no tiene nada que ver con un rubí.

Es un médium, un sulfato de pierna cetrina que pone un esforrocino y un cartapel de renuncio fresal sobre otro que tiene una tía pálida, casi transparente. Este lo mira y le dice que no tiene psicastenia para acusarlo de injusticia. El sulfato de colorete cobrizo suda copiosamente y, tartamudeando, responde que no cabe el negatón porque cualquiera puede verlo en un ubí. El otro sonríe, toma el hojaldre y se dispone a salir con él. Entonces, el de pierna cetrina se pone a brincar en el ladrillal, tratando de recuperar la papelería que termina por romperse durante la forestación.

El pálido, dos semasiologías después, cambia de trabazón, aunque la nueva es peligrosamente parecida a la anterior.

 


 

[1] La traslación léxica es un ejercicio que consiste en reemplazar una palabra por otra siguiendo un método específico. En este caso opté por los sustantivos; el sistema se resume así: Sustantivo + 7, es decir, que la palabra escogida es el sustantivo que sigue inmediatamente a la séptima entrada del diccionario después de aquel que será cambiado.

Claves para leer “Underbreak”

Portada de "Underbreak"

Portada de “Underbreak”

Cristian Londoño Proaño publicó hace algunos meses “Underbreak“, su última novela, en formato digital. Se trata de una historia de ciencia ficción con un ritmo trepidante, capaz de atrapar al lector desde las primeras páginas como un buen thriller de Frederick Forsyth.

Londoño empieza su relato mostrándonos que en tres siglos el modo de vida de los humanos ha sufrido transformaciones enormes; no existen los países, pues el planeta ha quedado unificado en un solo Estado. Sin embargo, las corporaciones han tomado el control de diversos territorios donde los presidentes y sus juntas directivas tienen el capital suficiente para manejar ejércitos y ciudadanos. El gobierno mundial mantiene una constante pugna con estos pequeños estados feudales, luchando contra sus abusos y su corrupción.

En este marco, la policía terrestre posee una unidad especializada en la ejecución de los criminales que el gobierno central condenó pero que las corporaciones protegen. Este escuadrón funciona como una cuadrilla de sicarios que nadie puede identificar.

Uno de los agentes de esta unidad es el personaje principal de la historia y la orden de asesinar al presidente de una poderosa corporación que se dedica a la diversión de realidad virtual es el detonante para una trama conspirativa en donde nada es lo que parece.

Cristian Londoño Proaño

Cristian Londoño Proaño. Visite su página personal aquí.

Al leer las líneas de arriba se podría pensar que Londoño ha creado una simple novela de suspenso con trasfondo futurista. La realidad, sin embargo, es que la historia es un elegante pretexto para que el autor desenrolle, capítulo a capítulo, sus preocupaciones acerca del futuro y de la humanidad.

El texto esconde la sospecha de que la curiosidad científica y el afán creativo del ser humano lo pueden llevar a dañarse a sí mismo y nos obliga a reflexionar sobre los límites que estamos dispuestos a rebasar en pos del progreso.

A simple vista, el mundo que nos muestra Londoño es perfecto. La gente puede obtener lo que quiere gracias a las máquinas e incluso el amor y el sexo no complican a nadie porque la técnica ha conseguido emular casi todas las prácticas humanas, convirtiendo a los robots en sustitutos para las personas que no quieren o no pueden tener una relación sentimental con otro ser humano.

Incluso la justicia es tan perfecta que los criminales son ejecutados en silencio y a nadie le molesta verse libre de aquella que asumen es la escoria de la humanidad. El problema es que tampoco hay una sola persona que pueda asegurar que el dictamen fue justo, toda vez que el castigado no tuvo el derecho a un juicio legítimo. El gobierno dictaminó y, por ende, no debe existir error.

La realidad, sin embargo, es que el Estado llegó a tal punto que, por miedo a perder su hegemonía ante las corporaciones, pasa por alto cualquier procedimiento justo, limitándose a actuar como si los ciudadanos fueran objetos de las que puede disponer.

A estos, por otro lado, el placer los ha empujado a la pasividad total, convirtiéndolos en torpes marionetas de un régimen que esconde su perfidia bajo el refinado manto de lo cómodo.

 

Book trailer de “Underbreak”

Curiosamente, las primeras víctimas de este sistema son los mismos que, con su afán investigativo, ayudaron a crearlo: los científicos. La razón es muy sencilla: el Estado se sirve de sus capacidades para perennizarse, pero cuando ha exprimido todo el jugo, lo mejor que puede hacer es eliminar la cáscara, ya que comprende que esa misma inteligencia que le dio las herramientas para adquirir el control, puede descubrir la forma de quitárselo.

“Underbreak” atrapa desde el primer momento, cuando un hombre, aún desconocido para los lectores, rechaza el amor gélido que le ofrece su amante robot. De todas maneras, su valor no es simplemente el ritmo o los avances tecnológicos y científicos que nos describe, es algo mucho más profundo: la novela deja claro que, a pesar de su importancia, el ser humano no puede entregarse a un culto poco crítico de la técnica y no es que sea malo buscar, con la ciencia, un vida más fácil, pero sí lo es permitir que nuestros propios inventos, sean máquinas o sistemas de gobierno, terminen por anularnos, aniquilando nuestro esencia, nuestro espíritu.