Sangre entre nosotros

Hoy me da la gana de escribir sobre el amor, pero sobre el que nace entre máquinas de escribir y cámaras de fotos: el de los artistas.

Igual que el nuestro – es decir, de la gente “común” – no está exento de dramas, aunque, por la chifladura de sus protagonistas, alcanzan proporciones trágicas.

De Borges, por ejemplo, se tiene una imagen antiséptica, como si se tratase de un anacoreta que, asqueado, huía del sexo y de cualquier pasión excepto la intelectual. Un absurdo.

En su cuento “El Aleph”, el narrador – o sea, Borges – inicia relatando su encuentro con el poeta Carlos Argentino Daneri, rival que le arrebató el amor de Beatriz Viterbo. Ella ya ha muerto, pero el odio y los celos entre ambos, no.

La historia deriva, poco a poco, hacia lo fantástico y esa Beatriz, que recuerda a la Dante, termina por convertirse en el camino hacia el “punto que contiene todos los puntos y todas las líneas del universo”.

Daneri y Beatriz tienen las características de dos personajes extraídos de una biografía de Borges.

Él tenía 27 años y estaba enamorado de una muchacha mucho menor, Norah Lange, pelirroja de ojos profundos y con ancestros sacados de las tundras del norte de Europa.

En aquel tiempo, Borges todavía era ultraísta y, sobre todo, un obseso del mundo gaucho, las literaturas nacionales y otras monstruosidades, se emborrachaba y hay quienes dicen que hasta bailaba tangos. Pero era tímido hasta la médula.

Él y la muchacha – quien ya había publicado un libro, por supuesto, con prólogo de Borges – paseaban por las calles del Buenos Aires de los años veinte, hablando de poesía, vanguardias, de todo, menos de amor.

La tragedia se produjo una noche de verano, es decir, en noviembre como sucede en las antípodas. El escenario fue la Sociedad Rural Argentina, nombre apropiado para un anticlímax más que para un melodrama.

A Borges se le había ocurrido llevar a Norah al banquete organizado allí en honor de Ricardo Güiraldes y su “Don Segundo Sombra”. Entre los invitados estaba el Daneri de este cuento: Oliverio Girondo.

La Fortuna, diosa miserable, quiso que la pelirroja se sentase al lado de este y no del otro poeta. En medio de la cena, la muchacha golpeó involuntariamente una botella de vino tinto que pertenecía a Girondo y la hizo añicos.

― ¡Parece que va a correr sangre entre nosotros! – le dijo él con “voz de caoba”, mientras el vino se desparramaba.

La sangre fluyó de un Borges hecho añicos para el amor, pero que nació para la Literatura. Sus textos cambiaron el romance trasnochado por el color del misticismo, las matemáticas y la fantasía.

La pareja Lange – Girondo no se separó desde esa noche.

 

Rebeca Yanez

Rebeca Yánez Echaurren. Foto tomade de “El Mercurio”.

Chile, década de los 50. Curzio Malaparte, autor italiano al que debemos “Kaputt” y “La piel”, crónicas noveladas de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, llegó al país invitado por el gobierno para un agasajo junto a Neruda y Camilo José Cela.

Todo el mundillo intelectual y aristocrático se disputaba a ese encantador europeo que tenía respuestas ingeniosas en francés para cualquier pregunta que le hicieran. Las mujeres, sin importar la edad, se rendían ante sus palabras y su elegancia.

Una de las paradas de Malaparte durante esa gira fue la librería El Pacífico, entre cuyos estantes vagaba una dama de poco más de 30 años, rubísima y tan menuda como hermosa: Rebeca Yánez Echaurren.

Su familia era de prosapia – el escritor José Donoso se contaba entre sus primos – y ella se complacía en burlarse de su condición y de los “qué dirán” que venían con ese paquete.

El escándalo no era una de sus preocupaciones y cuando Curzio Malaparte apareció, no tuvo reparos en irse con él a Italia, abandonando aun a sus hijos.

Rebequita Yánez se había esfumado. La familia estaba desconcertada. No hubo cartas ni señales de vida por meses.

Es poco lo que se sabe de ese tiempo, salvo que el italiano era tan terrible con su verbo como con sus pasiones. Para él, el amor era una conquista; la amante, una propiedad.

Rebeca Yánez huyó – algunos dicen que lo hizo fugándose en bicicleta después de robarle un par de botas al mayordomo –, aunque decidió quedarse en Italia para aprender fotografía con Carlo Cisventi, fotoperiodista del neorrealismo.

“Rebechita”, como la llamaba Malaparte, se convirtió, pese y gracias a él – de forma involuntaria, desde luego – en la primera fotoperiodista chilena. Durante su carrera, capturó con su cámara a celebridades como Sofía Loren, Brigitte Bardot y Lucía Bosé.

En el libro “Los círculos morados”, Jorge Edwards recuerda el incidente de Rebeca Yánez y Curzio con estas palabras: “(a ella) la literatura, en buenas cuentas, le gustaba mucho, y eso no excluía, ni tenía por qué excluir, el gusto por los escritores”. Declaración de alguna manera emparentada con la analogía de Girondo entre el vino y la sangre de los enamorados, al fin y al cabo, el amor, sea entre poetas o simples mortales, está entre la admiración y la muerte.

La noche que Curzio Malaparte le robó la novia a Marcelo Chiriboga

“Villa Malaparte” en Capri, una isla muy feliz, mucho antes de que Ibiza estuviese de moda.

El mes pasado el diario “El Comercio” de Quito publicó un artículo sobre el escritor ecuatoriano Marcelo Chiriboga. Me sorprendió mucho leer el texto, toda vez que en Ecuador es muy frecuente olvidar a sus leyendas artísticas y este escritor – el único premio Cervantes nacional –, poco a poco, ha quedado en el olvido, siendo que hasta “La caja sin secreto”, su novela cumbre, está exiliada de cualquier librería local.

Curzio Malaparte, polemista y literato fascinante.

Curzio Malaparte, polemista y literato fascinante.

Pensar en Chiriboga me provoca estrés. No es que tenga algo en contra del riobambeño fallecido en 2005, pero me recuerda el proyecto de un libro sobre su vida que sigue en forma de archivo digital en una de las carpetas de mi computador.

Lo cierto es que en 2007, cuando cierto amigo le dijo a la última mujer de Chiriboga que yo quería escribir sobre él, me contactó, entregándome una serie de documentos – varios paquetes de cartas y diez diarios que corresponden al período que va desde 1950 hasta 1956 –. La mujer murió pocos meses después, ventajosamente sin enterarse de mi falta de constancia.

La sorpresa fue mayor, puesto que leí el artículo de “El Comercio” justo en la semana en que un compañero de trabajo me había prestado el libro de relatosSodoma y Gomorra” del italiano Curzio Malaparte. Recordé entonces que en sus diarios, Chiriboga mencionaba un breve aunque nada agradable encuentro con el autor nacido en Prato.

En 1952, Malaparte – seudónimo de Kurt Erich Suckert – recibió una invitación del gobierno chileno del general Carlos Ibáñez del Campo para representar a Italia en el Congreso Mundial de Prensa y Literatura de Santiago, donde lo homenajearían a él junto con Pablo Neruda, Camilo José Cela e Ilyá Ehremburg.

Jorge Edwards y Pablo Neruda.

Jorge Edwards y Pablo Neruda.

El chileno Jorge Edwards, uno de los amigos de Chiriboga, contó que el italiano era un seductor nato, un dandi – acaso ahora lo llamarían metrosexual –, capaz de enloquecer a todas las mujeres. De hecho, la sobrina del chileno José Donoso, otro de los miembros del “Boom”, cayó en sus garras después de que Edwards los presentara.

En todo caso, mientras aquel romance estaba en pleno auge, el italiano tuvo un par de “affaires” con otras mujeres. En Argentina, mientras asistía a una conferencia sobre periodismo y literatura, una muchacha, un poco mayor que la sobrina de Donoso, se acercó a Curzio Malaparte acompañada de un joven de piel cetrina.

Ella se llamaba Victoria Sacheri y él, Marcelo Chiriboga, quien por aquel tiempo estaba redactando la primera versión de “La caja sin secreto”, titulada “Hombres sin pasado”. La argentina era su novia.

Los tres fueron a cenar en un restaurante de Buenos Aires y durante toda la noche, el italiano los sedujo con sus historias sobre la Segunda Guerra Mundial, los nazis, Mussolini, Rommel, el Conde de Foxá, los cazadores lapones, etc.

Chiriboga escribió en su diario: “Estaba tan embobado que no me di cuenta del brillo en los ojos de Victoria.  Solo cuando en la puerta de su hotel, Malaparte, sin la menor vergüenza, le dijo que estaba seguro de que ella sería el ángel que lo iba a salvar de perderse en Buenos Aires, comprendí mi situación”.

Marcelo Chiriboga no supo casi nada de Victoria durante los cinco días que el italiano permaneció en la capital argentina y es probable que ella lo habría seguido a Punta del Este y luego de regreso a Chile, si la sobrina de Donoso no se interponía.

“¡Victoria no se acuerda de mí! Nunca pensé que odiaría tanto a alguien como odio ahora a Malaparte… ¡Que él y su ‘Piel’ se larguen a Italia!”, escribió al segundo día de desaparición de su novia. La muchacha se paseaba por todos los cafés, librerías y teatros con el italiano, retirándose juntos al hotel poco antes de que amaneciera.

“Los vi en la fiesta de F…, ella hizo como si no se diese cuenta de mi presencia. Me emborraché. Por fortuna soy obediente y cuando quise armar un escándalo, un amigo ordenó que me largara a dormir”.

“Villa Malaparte”, en Capri. Edificio ideado por el propio escritor.

Al día siguiente de la marcha de Malaparte, Victoria volvió a aparecer en la vida del ecuatoriano. Ambos fingieron que no había pasado nada. “Nos queremos, ¿qué vamos a hacer?”

Chiriboga supo después, por boca de Edwards, que el italiano regresó a su tierra durante los primeros meses de 1953, acompañado de Rebeca, la sobrina de José Donoso, y que nunca se mencionó a Victoria. No obstante, la chilena sufrió el mismo destino que su rival argentina: el olvido.

Chiriboga no volvió a encontrarse con el autor de “La Piel” y “Kaputt”, pero la admiración se había apagado. Incluso cuando Malaparte llevaba ya algunos años enterrado, el ecuatoriano dijo durante una visita a Capri – donde aquel tuvo una casa –, que lo único que arruinaba a la isla era precisamente “el repugnante espíritu de Curzio que merodea en las playas, dándoles un aire de lo más siniestro”.

¡Marcianos en Quito! ¡Marcianos en Quito!

Viejas chuchumecas deseándole lo mejor a todos los hombres de buena voluntad...
Viejas chuchumecas deseándole lo mejor a todos los hombres de buena voluntad…
Fuente: “Crítica y opinión cultural“.

Fue el 12 de febrero de 1949. Sábado. ¿Recuerdas? ¡El radioteatro encantaba a los quiteños! En una ciudad en la que la única diversión eran los sermones de los curas, cualquier cuenta cuentos como vos podía triunfar.

Conseguiste que trajeran a la radio al chileno que infartó a sus compatriotas para que infartara a las viejas chuchumecas que se persignaban quince millones de veces cada vez que se mencionaba la nueva película de Ava Gardner, “el animal más bello del mundo” con el que soñabas acostarte alguna vez.

La ciudad se congelaba – ¡como siempre! – y había llovido en la tarde. En la cabina de la radio los cantantes favoritos del público entonaban boleros o pasillos, mientras el chileno, el locutor de noticias y tú pulían los últimos detalles para salir al aire.

— ¡Es hora! – dijiste; ellos asintieron.

En seguida, con una señal mandaste a callar a los cantantes y el chileno se apoderó del micrófono:

— Buenas noches, radioescuchas, interrumpimos nuestra programación habitual para informarles que funcionarios del Observatorio Nacional han detectado unas extrañas explosiones en la superficie del planeta Marte. Por el momento no hay motivos para alarmarse; estaremos reportando durante el transcurso de la noche cualquier novedad. Hasta entonces continúen disfrutando de este sábado musical auspiciado por la Colonia Amarilla de los Peluqueros.

Los cantantes se miraron consternados; no sabían nada de su pequeña conspiración ¿cierto? Jijijijiji.

Ordenaste que retomaran los boleros. El chileno, por otro lado, permanecía completamente calmado, era un experto en el universo de las radionovelas, los extraterrestres y la hazaña que puso a Orson Welles en la palestra.

Sonaba un pasillo conocidísimo cuando volviste a interrumpir a los músicos para que el locutor anunciara que una nave espacial fue avistada sobre las islas Galápagos – ¡cómo se asustarían las tortugas! ¡Jojojojojo! –, dirigiéndose hacia la porción continental del Ecuador. Quizá la capital estaba en peligro, lo mejor era prepararse…

Las viejas chuchumecas se persignaron quince millones de veces más que cuando oían hablar de Ava Gardner y se pudieron a rezar a todos los santos. “¿Se parecerán los marcianos a Clark Gable?” Suspiritos, rezos a San Judas Tadeo, suspiritos…

— Damas y caballeros, los marcianos aterrizaron en Cotocollao y tenemos noticias de que la que población de Latacunga ha sido exterminada con algún tipo de gas letal, además huestes de criaturas verdes marchan sobre Otavalo. ¡Nos invaden, compatriotas, nos invaden!, ¡el país está perdido! – exclamó el locutor.

Los cantantes se pusieron a temblar.

— ¡No sean cojudos, cholitos! – les dijiste mientras el chileno fingía ser don Galito Plaza, el presidente, quien, desde la clandestinidad, pedía a los ecuatorianos luchar con tesón en contra del formidable adversario que amenazaba con aniquilar a la patria –. Es solo radioteatro, ¡qué marcianos ni que ocho cuartos! ¡Canten, pajaritos, canten!

— Ahora, una conexión con radio La Voz del Tomebamba – informó el locutor.

El chileno se puso a imitar el acento morlaco:

— En Cuenca no se han reportado ataques, pero las autoridades desplazaron dos destacamentos del ejército para afrontar cualquier eventualidad. Según parece, el presidente de la República ha ordenado trasladar, por el momento, la capital hasta nuestra ciudad; continuaremos informando.

Las comunicaciones desde el sur del país, Guayaquil y Ambato siguieron por varios minutos hasta que el locutor exclamó:

— ¡Damas y caballeros, los marcianos se encuentran aquí…! ¡Sí, aquí, dentro de la radio! ¡Estamos perdidos!

Con ayuda de tubos el chileno simuló el sonido de los disparos, cayendo en seguida fulminado el locutor. Silencio y luego una propaganda de cierto refresco gaseoso.

Incendiar el diario El Comercio no es una innovación del socialismo del siglo XXI, ya estaba de moda hace sesenta años.
Incendiar el diario El Comercio no es una innovación del socialismo del siglo XXI, ya estaba de moda hace sesenta años.

Lo que tú no sabías es que una turba de sastres, carpinteros, borrachos, señoras y señores de bien y no tan bien y viejas chuchumecas que se santiguan cuando oyen algo sobre Ava Gardner, suspiran por Clark Gable y rezan a la Virgen María, ya habían preparado colchones, orinales, periódicos y vituallas para huir a las laderas del Pichincha con la esperanza de que los marcianos le tengan miedo al soroche, disuadiéndose de perseguirlos hasta semejantes alturas.

Uno de los periodistas del diario que funcionaba en la otra planta apareció de pronto e hizo señales para que salieras de la cabina.

— ¡Los policías se movilizaron y la gente está enloquecida! ¡Avise de una buena vez que esto solo era teatro si no quiere que lo cuelguen!

Una secreta felicidad recorrió tu cuerpo, ¿no? ¡Engañaste a todos, igual que Orson Welles! Y, como él, intentaste salir del aprieto con un comentario divertido en el que advertías que lo anterior no fue otra cosa que una producción para amenizar la fría noche del sábado.

El humor quiteño, en todo caso, no se lo tomó muy bien. Las viejas chuchumecas dejaron los bacinicas y junto a los indignados chóferes de taxis, damas y caballeros de bien y no tan bien se encaminaron hacia el edificio de la radio y el periódico.

— ¡EXPLICACIONES, QUEREMOS EXPLICACIONES!

Los jefes de policía y ejército, indignados porque también los habían burlado, se hicieron de la vista gorda, encerrándose en los cuarteles para que “los artistitas chistositos arreglen por su cuenta sus enredos”.

Lo cierto es que, aterrado, ordenaste que cerraran las puertas de la cabina; los colegas del periódico hicieron lo propio con los demás accesos. Lejos de disuadir a la turba, esto la enardeció y uno de esos locos que nunca desperdician la oportunidad, sugirió cocinarlos vivos.

Al poco, el edificio ardía. El personal intentaba huir por las ventanas, lanzándose a los tejados de las casas vecinas. Uno de los locutores se quemó la mitad del rostro y una secretaria se desmayó por el humo. El papel, la tinta y los demás materiales inflamables hicieron el resto del trabajo que las viejas chuchumecas, las señoras y los señores de bien no se atrevían. Solo una amenaza de bomba en el edificio de correos, contiguo al tuyo, hizo reaccionar a las fuerzas del orden

Para entonces, ya habías saltado hacia un techo vecino, escapando del linchamiento. Las monjas de Santa Catalina te ocultaron esa noche y, al día siguiente, huiste igual que un criminal hacia Ibarra. El chileno, al que le horrorizaban las alturas, tuvo que entregarse.

¡Ocho personas murieron por tu chiste! Pero valió la pena, ¿no? Jejejejeje.

Leonardo Páez, el personaje real que inspiró este relato.
Leonardo Páez, el personaje real que inspiró este relato.

En Venezuela volviste a trabajar en radio, logrando alcanzar la fama y ahora eres un viejo – no verde, como los marcianos –, que se columpia en su mecedora, recordando la juventud gloriosa.

Pero ¿quieres saber algo? Yo no soy una voz en tu cabeza, un efecto de la demencia senil. Soy real, ¡muy real! Soy uno de esos marcianitos de los que hablabas en tu programa de radio, el caso es que no tengo piel fosforescente; más bien tengo cierto parecido con un virus: incubo en las cabezas de afortunados hombres como tú y, poco a poco, los someto a mi voluntad, sin que jamás se percaten de mi existencia. Los curo, los enfermo, los rejuvenezco, los mato, los revivo; hago con ustedes lo que me da la gana y me transmito a otros por la saliva o cualquier tipo de secreción corporal.

El mundo, tu mundo, está lleno de otros como yo. Tu mujer, tus hijos, el presidente de Venezuela, todos son  víctimas silenciosas y falta poco para que la conquista esté completa, entonces no quedará nada…

¿Por qué me revelo ante ti? Quizá porque tengo simpatía por los cuenta cuentos. Por lo demás, aunque intentaras advertir a tus congéneres, nadie te creería porque para ellos no eres más que un viejo gagá. Jijijijiji…

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