Primer día como profesor

Dos caras de la misma moneda (parte 2).

Arnold antes de quedar obeso por comerse todo el estado de California.

Arnold antes de quedar obeso por comerse todo el estado de California.

Llegué a las seis y media de la mañana. No madrugaba desde hace siete años – mis trabajos anteriores no empezaban antes de las nueve –, así que se trataba de una horrorosa nueva experiencia.

En la mañana, antes de las siete, todo se ve diferente en Quito: no hay tráfico, smog o gente, solo deportistas matutinos y perros.

Yo, a esa hora, apenas soy una sombra de mí mismo, por lo que el viaje desde mi cama hasta el colegio, pasando por la ducha y el autobús, equivale a atravesar el Amazonas montado en un monociclo. Más por miedo a dejar una mala imagen que por integridad, llegué media hora antes del inicio de las clases y creo que no me dormí en alguna de las aulas únicamente porque me preocupaba despertar con la cara cubierta de pinturas como le ocurrió a Arnold Schwarzenegger en un “kindergarden”.

Llegué al colegio con la convicción de ser un general de brigada, capaz de controlar a las hordas de adolescentes a punta de discursos altisonantes y alaridos propios de un sargento Guachamín a sus reclutas.

En el primer curso que me tocó en suerte, antes de que pudiera decir palabra, una estudiante me disparó a quemarropa: “¡no nos dé clases, la literatura no sirve!”.

Los adolescentes de hoy necesitan que los escuchen, pero hacerlo es la peor decisión que uno puede tomar: “profe, he ‘volvido’”, “licen, ¿toca leer el relato para saber de qué se trata?”, “¿para ser futbolista también necesito la literatura?”,

Un día normal de

Un día normal de “selfies” y WhatsApp ilimitado… en clases.

“¿puedo copiar en el examen?”, “¿hito se escribe con ge o con jota?”, “¿qué tiene de malo que me tome un ‘selfie’ en clase?”, “si los niños de África se mueren de hambre ¿por qué no nacen sin estómago?”

Al llegar al segundo curso con el que me premió el destino, sentí que los estudiantes me analizaban de pies a cabeza. Supongo que estaban ocupados en practicar un escaneo de rayos equis sobre mi cuerpo porque mientras más hablaba, menos atención me ponían. Les interesaba mi traje azul oscuro y mis zapatos, no la vida de Quevedo, ni siquiera les llamó la atención que este hubiera tenido la costumbre de huir de su encierro clerical para entregarse a los placeres de las tabernas españolas del Siglo de Oro. Solo cuando mencioné el “vino” que se consumía en ellas, me contestaron que seguramente “el Zhumir es más rico”.

Terminada la clase, mientras me dirigía a la sala de profesores, resbalé con una cáscara y alguien acertó a decir: “¡se cae la literatura!” Enrojecido y con la dignidad más estropeada que la pierna, me senté a comer un sándwich mientras escuchaba a varios colegas quejarse de que a los “educandos” no les interesan las matemáticas, el inglés, la biología, la química…

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Tras cuatro meses, sin embargo, una de mis compañeras me reclamó indignada porque algunas estudiantes estaban leyendo durante su clase un libro que yo les regalé, descuidando, gracias a la literatura, las teorías de Paul Watzlawick sobre la comunicación humana… No lo puedo negar: al final, me sentí satisfecho.

Lea la primera parte de esta crónica: “Último día como librero“.

¿Cómo se reproducen las telenovelas de narcotraficantes?

Angélica Blandón te invita a olvidar el cuerpo de las mujeres y a amar el "interior".

Angélica Blandón te invita a olvidar el cuerpo de las mujeres y a amar el “interior”.

En los últimos años hemos presenciado una extraordinaria proliferación de telenovelas cuya trama se desarrolla en el mundo de los capos de la droga, lo que nos empuja a preguntarnos: ¿de dónde salen?, ¿cómo se producen?, o mejor dicho: ¿cómo se reproducen? Sí, porque sobre su producción no hay mucho que decir, al fin y al cabo basta que un tal Cadavid con un tal John Jairo se reúnan en alguna oficina de un canal de televisión colombiano – o estadounidense pero de gran influencia latina – y firmen el contrato, macabra sentencia de muerte, que condenará a miles de espectadores, que no tienen dinero para pagar televisión por cable, a meses de tortura con acento paisa.

Por lo demás, lo que interesa a todo neuropsicólogo – grupo al que tengo el altísimo honor de circunscribirme – es conocer el génesis de cualquier fenómeno, puesto que es en la concepción donde se originan las anomalías genéticas.

En esa medida, ¿cuáles son los padres de este engendro mediático? Nadie sabe la respuesta, pero sí queda claro que se trata de seres malos – ¡muy malos! – que ante la completa falta de héroes latinoamericanos se han inclinado por hacer una fábula con los villanos; una fábula en la que, en principio, nos dicen que con el dinero mal habido se puede comprar todo, desde conciencias hasta “teticas”, para al final dejarnos con la gran lección moral de que no hay que ser mafioso porque se puede terminar preso en los Estados Unidos.

"No solo soy feo, soy el viejo Javi."

“No solo soy feo, soy el viejo Javi.”

Todo indica que la reproducción de las telenovelas de narcotraficantes no es sexual, más bien parece que es idéntica a la de las amebas, es decir por división celular, implicando que de una serie sale otra y de esta, otra y otra más, hasta que cuatro de los cinco canales principales de televisión nacional tienen al menos una historia de delincuentes en su horario estelar. Si ponemos en uno hallamos a un alias “Tanga Loca” acribillando con su metralleta a varios cristianos llamados Jairo, John o “viejo Javi”; en otro, nos encontramos con una fulana bien sensual – probablemente Leidy, Yomaira o Nayeli – que, con acento paisa y aguardentoso, seduce al obeso y calvo capo del cartel de Quindío. Si tiene suerte, sin embargo, puede ser que asista a una orgía con prepagos pereiranas en una hacienda del Valle del Cauca o a una cómica persecución de criminales más cercana a los gags de Charlot que a las escenas de acción de El padrino. ¡Qué emocionante ver un tiroteo en un corral donde gordas gallinas de campo expulsan huevos sobre la cabeza de un agente de la DEA que habla tan mal el inglés como el español!

Si practicásemos una ecografía para ver el feto de la telenovela de narcotraficantes, encontraríamos bellísimas actrices colombianas – lo mejor –, una amplia gama de actores que van desde los panzones hasta los ordinariamente musculosos – lo peor – o desde los mexicanos hasta los estadounidenses; también guiones, similares unos a otros – lo cual da pie a una nueva teoría sobre su origen: la clonación, llevada a cabo por una civilización extraterrestre que no busca destruir a la especie humana, sino sumirla en la absoluta vulgaridad –; y, por último, al FBI, la DEA, el DAS, la CIA, PAIS, ABCDE, FGHI, JKLMN y cualquier organización con o sin fines de lucro que pueda dedicarse a la tarea de perseguir narcotraficantes y/o a colaborar con ellos.

"¡No nos confundan, no somos prepagos, somos activistas de PETA!"

“¡No nos confundan, no somos prepagos, somos activistas de PETA!”

Es necesario tener en cuenta que la sobreexposición a esta clase de programas puede generar varios problemas como el onanismo, el instinto delictivo, el deseo antinatural de usar la jerga de los hampones colombianos y, el más peligroso de todos, ponerse el sobrenombre de “Jamón” para abrir una oficina dedicada al chulco en la Prosperina.

De todas maneras, para evitar que se tache a este estudioso de “apátrida” o “neoliberal” – ¡uy, qué miedo! –, he decidido concluir este artículo con una pequeña lista de cosas que no deben faltarle a un sujeto que decidió incursionar en el mundo de las telenovelas de narcotraficantes:

  • Calvicie; al contrario de lo que se cree, el pelo abundante hará que le pongan motes como “Fresita” o “Trapeador”, en cambio la alopecia lo transforma en un macho a carta cabal. Así que si tiene cabello, ¡RÁPESE YA!
  • Calvo, barbudo y con un gusto sofisticado para vestir, ¡así cualquiera puede enamorar!

    Calvo, barbudo y con un gusto sofisticado para vestir, ¡así cualquiera puede enamorar!

    Debe tener mucho pelo en el tórax, los brazos y el resto del cuerpo; este es complementario al anterior requerimiento, de forma que si le sobra mucho cabello en la cabeza y le falta en las nalgas, no dude en extirpárselo de la primera para implantárselo en las segundas.

  • Siempre termine sus frases con la conjunción “pues” aunque no venga al caso; por ejemplo: ¿por qué no te quieres casar conmigo, pues?, ¿tengo cara de delincuente, pues? ¿Qués’ pues, pues?
  • Obligue a sus amigos a llamarlo por un apodo tan simple como pegajoso: “chino”, “terciopelo”, “lima de uñas”, “vasectomía”, “colonoscopía”.
  • Rasúrese cada tres días, pues la lija en la cara es marca de masculinidad, similar al falo erecto que exhiben los monos en las selvas del África Subsahariana.
  • Sea machista, al fin que ningún tipo sería capaz de contratar a cincuenta prepagos para organizar una orgía pensando en que las mujeres tienen sentimientos… ¿o sí?
  • Si tiene esposa, novia, mamá, etcétera, olvídese de su nombre y llámela “vieja” a secas; de ahora en adelante para usted toda mujer es una vieja, no importa si es joven o vieja.
  • Hable mal el inglés o, mejor, no lo hable.
  • No acepte que le inviten a tomar aguardiente, sino un “aguardientico”.
  • Finalmente, ame las labores del campo, eso sí, siempre que estas incluyan cuidar al ganado porcino, vacuno y el refinamiento de la cocaína.
El cinturón de castidad del siglo veintiuno.

El cinturón de castidad del siglo veintiuno.

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