Romain Gary o el suicida que se mató varias veces

Romain Gary escribió: “Émile Ajar soy yo” y luego se voló los sesos con una pistola.

Romain Gary

Romain Gary

Tanto Gary como Ajar habían ganado el premio Goncourt, el más importante de las letras francesas y el mismo que solo se puede recibir una vez en la vida.

Sin embargo, ambos eran la misma persona. Aquellos nombres no eran más que los seudónimos – o los heterónimos – del lituano de origen judío, Roman Kacew.

Durante su juventud, él y su madre vivieron en diversas ciudades. Desde Vilna – en la que nació – hasta Varsovia y Niza, donde llegó a dominar el francés y decidió ser escritor.

Su madre le dijo que un nombre tan eslavo como el suyo no era adecuado si quería convertirse en una estrella de las letras francesas, por lo que durante meses, el joven buscó el seudónimo adecuado. Con los años, esta necesidad se convirtió en un placer, en un juego con el que el artista se escondía de los críticos y de los lectores para burlarse, desde una trinchera, de la banal crueldad de estos.

Romain Gary fue la primera máscara que adoptó Kacew y con ella publicó “Les racines du ciel” en 1956, novela que le hizo acreedor al premio Goncourt.

Se convirtió en un icono de las letras, pero, con el tiempo, los críticos y los lectores lo abandonaron, interesándose más en su vida personal, llena de vaivenes y escándalos por sus ideas políticas o por su matrimonio con la trágica actriz, Jean Seberg.

Jean Seberg también fue la protagonista de "Diana o la cazadora solitaria", una autobiografía novelada de Carlos Fuentes, quien fue su amante por un tiempo en México...

Jean Seberg también fue la protagonista de “Diana o la cazadora solitaria”, una autobiografía novelada de Carlos Fuentes, quien fue su amante por un tiempo en México…

La crítica, implacable, calificó a su literatura de trasnochada – “con aroma a romanticismo rancio” –, al tiempo que se entregaba a los encantos de un misterioso y joven escritor que, desde Río de Janeiro, enviaba sus novelas a la editorial Gallimard.

Nadie, ni sus editores, sabía una palabra de la vida de este joven escritor que se hacía llamar Émile Ajar y, pronto, muchos intelectuales sospecharon que él no era más que un disfraz tras el que se escondía algún autor consagrado como Raymond Queneau o Louis Aragon.

Lo cierto es que nadie imaginó que el trasnochado Gary se había puesto de sombrero a los críticos, a Francia y al mundo entero, transformándose en un genio adolescente de origen exótico.

Pero el triunfo definitivo de Kacew/Gary/Ajar – entre otros seudónimos – se produjo cuando los críticos que menospreciaban al escritor trasnochado otorgaron el Goncourt al misterioso Émile. Rabo y orejas se llevó el lituano nacionalizado francés, pues había violado el primer mandamiento del premio, poseyéndolo dos veces.

Las risas, sin embargo, duraron poco. Romain Gary ahora debía cargar sobre su espalda con el peso no solo de uno, sino de dos escritores famosos que competían entre sí. Incluso tuvo que convencer a un familiar suyo para que prestara su cara a Emile Ajar.

Su escape se transformó en una cárcel.

"Mimos" una novela escrita en forma de anillos (léala y comprenderá).

“Mimos” una novela escrita en forma de anillos (léala y comprenderá).

En 1979, Jean Seberg, su exesposa, se mató. Al parecer se había suicidado con una sobredosis de barbitúricos, incapaz de soportar la pérdida de su bebé y el acoso del FBI, que organizó una serie de campañas en su contra por considerarla simpatizante de los Panteras Negras, activistas afroamericanos.

Romain Gary no pudo superar la pérdida y apenas unos meses después decidió seguir aquel camino.

Hace unas semanas terminé de leer la novelaMimos” que lleva la firma de Emile Ajar. En esta, un hombre insignificante busca salvarse del anonimato a través del amor. Todos los días, espera con alegría la salida de la señorita Dreyfus, una compañera de trabajo, para verla aunque sea unos instantes, perdiéndose en sueños románticos que jamás pasan de eso.

Su hambre de amor lo empuja a adoptar una pitón para que su abrazo violento le haga sentirse amado. Eventualmente, el hombre insignificante se funde con el reptil hasta el punto de ser absorbido y termina en un manicomio, incapaz de detectar las diferencias entre el hombre y la fiera.

Acaso el fin de aquella novela es una alegoría de la vida del autor y de cualquier individuo de clase media o alta que ha vivido en la segunda mitad del siglo veinte: las comodidades, el lujo y la fama se utilizan como sustitutos sintéticos para la falta de amor. Son como el abrazo de la pitón que saca de la invisibilidad, pero solo para conducir al aislamiento, la demencia y el abandono.

(Lea este texto también en la web La Casa Ártica.)

Los lectores se congelan en Quito

En el mundo de Fahrenheit 451 los libros se queman, pero en Ecuador, se congelan.

Según un estudio de la UNESCO, en este país se lee medio libro al año, mientras que en China, Noruega, Suecia o Finlandia, cuarenta y ocho. En términos futbolísticos, somos la selección de Samoa que perdió 31 a 0 contra Australia…

Se podría aventurar cientos de explicaciones – bibliotecas públicas mal provistas, alto precio de los libros, poca o nula iniciativa estatal, falta de interés, etcétera –, pero lo cierto es que Ecuador no está solo, la mayoría de América Latina, y hasta España, mantienen cifras bajas, lo que seguramente explicaría el nivel de los políticos que elegimos.

LibriMundi de la calle Juan León Mera.

LibriMundi de la calle Juan León Mera.

Unas semanas atrás se supo que la antigua casa de LibriMundi en la calle Juan León Mera iba a cerrar sus puertas luego 43 años, al tiempo que Librerías Crisol levantaban anclas y se volvían al Perú.

Por un lado, malas noticias porque quedan cada vez menos alternativas para comprar libros y por otro, buenas porque aparecen los saldos, lo que, aquí, es menos frecuente que ver llorar a un cuadro de la Virgen María.

El problema es que estoy desempleado, de manera que comprar libros, aun a mitad de precio, se convierte en un deporte extremo…

Las dudas, sin embargo, se disiparon cuando el Fondo de Cultura Económica (FCE) de México aterrizó en Quito, esa misma semana, luego de una larga espera.

Centro Cultura Caros Fuentes de Quito. Fotografía de Notimex.

Centro Cultura Caros Fuentes de Quito. Fotografía de Notimex.

Aquel fondo editorial, enfocado en temas como antropología, política, sociología, literatura y filosofía, se plantó en Ecuador con el apoyo de los gobiernos de Ecuador y México, con la idea de fomentar la cultura en sus diversas manifestaciones, esto es, no solo a través de la venta de libros, sino de espacios como galerías, conversatorios, presentaciones artísticas.

No pudo escoger mejor hospedaje que la antigua casa del expresidente Galo Plaza en la avenida 6 de Diciembre y tampoco un nombre más apropiado para el Centro Cultural que el de Carlos Fuentes, escritor azteca que vivió en este país y que abogaba por la creación de una cultura latinoamericana que superase los torpes nacionalismos, en los que, gracias a la politiquería, nos empantanamos desde hace un siglo.

El tour de compras empezó en Crisol. La tienda del Quicentro Shopping de aquella cadena estaba muy diferente a como la recordaba cuando fui librero. Tenía el aspecto de una casa saqueada más que de librería y todo estaba listo para el viaje final de regreso a Lima.

Supe que los libros que aspiraba a comprar habían caído en manos de viciosos clientes que, como yo, se aprovechaban de los despojos del mundo librero ecuatoriano. Hallé, de todas maneras, tres volúmenes interesantes y los adquirí, advirtiendo que no necesitaba que me los empaquetaran porque me los llevaría puestos.

El pozo de la antigua casa de Galo Plaza.

El pozo de la antigua casa de Galo Plaza.

Al Centro Cultural Carlos Fuentes fui dos veces, la primera solo y la segunda con mi novia. Cuando no fui acompañado, compré un libro de crónica periodística latinoamericana, edición conjunta del Fondo de Cultura Económica y de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, y una antología del relato colombiano en dos tomos.

El gato de Cheshire del Centro Cultural.

El gato de Cheshire del Centro Cultural.

Contentísimo volví al día siguiente con mi novia, interesado en explotar su amor con fines literarios, pero no cayó en la trampa. Optamos, no obstante, por pasear dentro de la librería, los jardines y el resto de la casa.

El ambiente no está viciado como el de las tiendas de los centros comerciales, por lo que el visitante puede tomar un café, conversar e incluso sentarse a respirar al borde de un viejo pozo mientras cierto gato con sonrisa de Cheshire se soba contra las pantorrillas o caza algún bicho entre el pasto.

Es refrescante saber que, pese a que proyectos interesantes quedaron truncos, como el de Crisol – que quiso, sin perder el sentido comercial, elevar el nivel de literatura que se vende en esta comarca – o el de Enrique Grosse – Leumern en LibriMundi; surjan iniciativas como la del Fondo de Cultura, que desestiman el objetivo meramente comercial y se enfocan en lo intelectual.

*Lea este artículo también en el blog Ciencia Ficción en Ecuador.

¿A QUÉ HORA MATARÁ A PUSHKIN?

Este relato pertenece a una de las partes culminantes de la novela que estoy preparando y hoy lo someto al escarnio público.

 

http://frankmonner.blogspot.com/2010/04/la-caja-secreta-nuevo-libro-de-marcelo.html

El libro que Marcelo Chiriboga publicó después de muerto (¿?).

Estábamos reunidos en La Mariscal, en la cafetería de siempre. Los cuatro conversábamos sobre un proyecto extraño: fundar una revista en la que los ingenieros escriban sobre el amor y los poetas sobre terminales de buses abandonadas. Yo había propuesto llamarla “Cadáver exquisito” aunque mi opinión no lograba seducir al resto.

De repente, Saúl, el antropólogo poeta de Medellín, me disparó a quemarropa:

“Oiga, compadre, ¿le conté ayer que su viejo amigo Marcelo Chiriboga fue a visitarme en mi casa?”

Negué.

“¡No puede ser! Él está en los Estados Unidos, internado en un hospital por el tema de su cáncer. El domingo conversamos por teléfono.”

“¡Le garantizo que no! Ayer fue a mi casa para pedirme, en realidad PEDIRNOS, algo muy raro.”

“¿Qué?”

“Que usted y yo seamos sus padrinos en un duelo pasado mañana.”

Comprendí que me tomaba el pelo y me eché a reír.

“¡No es broma, hermano, hablo en serio: el hombre me dijo que estaba harto del enemigo en cuestión y que había decido matarlo de una vez por todas. Piénselo: está condenado a morir de cáncer, de forma que una bala reventándole los sesos debe ser, para él, un fin mucho más digno.”

No supe qué responder. Su expresión era muy firme y convencida, no había rastro de burla.

“Pero ¿cómo es que no me lo dijiste antes?”

“Lo olvidé, hermano, lo siento…”

Su olvido era absurdo. Quise saber si Marcelo le había dejado un número de teléfono o una dirección donde pudiéramos contactarlo; él asintiendo me entregó un pedazo de papel en el que estaban escritas las señas de una pensión muy cercana.

Me despedí de todos apresuradamente y me encaminé hacia la calle Calama donde se había hospedado mi amigo. El lugar era sencillo y agradable, se trataba de una casa antigua restaurada de apenas dos pisos en la que se alojan los extranjeros con frecuencia.

Timbré cuatro veces antes de que apareciera una mujer de aproximadamente cincuenta años con rostro adusto que me soltó un “¿qué quiere?” a manera de saludo. Cuando le hube informado que buscaba a Chiriboga, me dijo que subiera al segundo piso, hasta el cuarto del fondo donde dormía “ese carcamal”.

Encontré a Marcelo en la cama, vistiendo solamente unos calzoncillos y un bividí blancos. Las cortinas permanecían cerradas y su equipaje, que aparentemente consistía en una sola maleta, estaba aún empacado.

“¿Cómo es eso de que quiere matarse a tiros? ¡No entiendo nada!”

“¡Ah, eso!”

Guardamos silencio por unos minutos.

“¡Me siento tan viejo!”, dijo de pronto, “cuando era niño todavía se escuchaban historias de sujetos que se abaleaban en duelos cuando sus mujeres los habían transformado en cornudos… ¡El honor! Ahora todo eso es tan old fashioned…”

Estaba sombrío, devastado. No se quejaba de dolor alguno, mas por las expresiones dibujadas en su rostro noté que sufría mucho. La degradación se había posado sobre su piel que ahora tenía el tinte amarillento propio de las enfermedades hepáticas, y muchas, muchísimas más arrugas que cuando lo conocí un año atrás.

“¿Sabe? Al tipo al que voy a matar lo traigo entre ceja y ceja desde hace tiempo y no voy a tener remordimientos después de que lo haga, usted tampoco debería tenerlos: ¡es un desgraciado!”

“¿Y si él lo mata?”

“Por desgracia eso no pasará, no tengo derecho a una muerte digna…”

No se me ocurrió intentar disuadirlo con la idea de que podrían encerrarlo en prisión; lo único que hice es quedarme callado mientras mis ojos contemplaban fijamente un cuadro horrible colgado junto a la puerta del baño.

“La argentina cree que vine a despedirme de mis amigos; no quería dejarme salir de casa supuestamente para cuidar mi salud, pero cuando le dije que iba a hacer lo que me viniera en gana, me mandó a la mierda”, soltó una risita burlona.

La argentina, la amante de Chiriboga, era un ser extraño; nadie conocía a ciencia cierta sus sentimientos por él: amor, odio, admiración, apego o necesidad de dinero. Quizá fuera una amalgama de todo.

“¡Es una mujer impresionante! Aún ahora que es una vieja sigue siendo atractiva, valiente. No le costará encontrarme más de un reemplazo (estoy seguro de que ya tiene uno), acuérdese de mis palabras. El mismo día de mi funeral empezará a sacarles un beneficio económico a mi nombre y a mis obras, algo que ni siquiera yo mismo puedo hacer.” Explicó con tono agrio.

Chiriboga era un Hércules contemporáneo, un semidios literario que estaba afrontando su decadencia como podía. La aspiración de quemarse en una pira cubierto del manto embarrado con la sangre de Neso ya no era posible, así que matar o morir por un pistoletazo quizá era su único camino para huir del morbo de la enfermedad.

“¿No hay forma de disuadirlo de cometer esta estupidez?”, dije sin convicción.

“No. Usted lo sabe muy bien.”

Sentí que un escalofrío me recorría la espalda.

“¿Al menos me dirá el nombre del tipo con el que se va batir”

“No lo va a creer…”

“¡Esta historia es increíble de principio a fin, Marcelo!”

“Hubiera preferido que lo vea con sus propios ojos, pero si insiste: mataré a Pushkin.”

“¿Quién? ¿Quién es Pushkin?”

“Usted sabe de quién estoy hablando; varias veces me ha dicho que admira muchísimo su obra.”

Me quedé congelado. Solo podía tratarse de una broma.

“Hablo en serio, por eso no quise comentárselo antes: estoy seguro de que ahora que lo sabe tratará de convencerme de que no mate a uno de sus escritores favoritos.”

“¿Cree que es eso lo que me preocupa?”

Pushkin, el amante de la amante de Chiriboga, observando las turbulentas y poéticas aguas del lago artificial del parque de La Alameda.

Pushkin, el amante de la amante de Chiriboga, observando las turbulentas y poéticas aguas del lago artificial del parque de La Alameda.

“¿Y qué más?”

“Marcelo, usted y yo sabemos que ese Pushkin murió hace casi dos siglos.”

“¿Está loco, jovencito? Antes de ayer le envié una carta de desafío a su casa, remitiéndome él en seguida su tarjeta personal con la aceptación. Espere.”

Extendió su brazo derecho y tanteó en el velador de al lado de su cama. Sus ojos estaban fijos sobre mí y casi bota la lámpara antes de entregarme una pequeña tarjeta de color blanco con letras negras. Claramente se leía: “Aleksandr Serguéyevich Pushkin”. Bajo el nombre estaban algunas palabras escritas en cirílico y luego la dirección: “Mariana de Jesús y América”.

“¡Esto es una broma!”

“No, es muy serio.” Suspiró. “¿No entiende? Todo es culpa de la argentina… Ella tiene un affaire con el ruso desde hace años. Ambos se han aprovechado de que la literatura me tenía vendado los ojos, dejándome como un pendejo, pero no crea que porque estoy a punto de morir permitiré que me traten de esa forma”

“Admitiendo que toda esto no es más que una locura, ¿cómo es posible que ellos sean amantes si su mujer vive en París y Pushkin a diez minutos de donde estamos?”

“Sé que la visita cuando yo voy a Barcelona o a Estados Unidos.”

No quise hacer más objeciones; estaba claro que el gran novelista ecuatoriano del “Boom” había enloquecido.

“Lamento sinceramente tener que matar a uno de sus literatos predilectos, pero que yo esté hecho una mierda no significa que debo permitir que sigan burlándose de mí, ¿no le parece?”

Dejé a Marcelo en su habitación, prometiéndole que le invitaría a comer al día siguiente. “La última cena”, me había dicho con retintín.

 

Llamé a Saúl para contarle todo. Él no se sorprendió.

“Ya lo sabía; no quise decírselo, hermano, porque creí que era mejor que él lo hiciera, al fin y al cabo usted admira mucho a Pushkin.”

“¿O sea que tú también crees esa historia?” Balbuceé.

“No entiendo, ¿a qué se refiere?”

“¡A Pushkin! ¡Él está muerto y enterrado desde hace casi dos siglos!”

Saúl guardó silencio por un minuto y luego me dijo que debía descansar, notaba que la impresión me había afectado.

Colgué el teléfono. Esa noche no pude dormir, daba vueltas en mi cama víctima de un nerviosismo extraño, como si mi vida fuese la que corría peligro. Quizá mi mayor preocupación era mi cordura, ¿acaso estaba perdiéndola? ¿O era una conspiración de mis amigos para burlarse de mí?

Mis ojeras y mi apariencia en general probablemente daban un espectáculo bastante lamentable porque cuando llegué a la librería, mi compañera de trabajo me recomendó ir a casa hasta que se me “pase el efecto de la borrachera”.

Deambulé por el local revisando uno que otro libro hasta que encontré una antología de relatos de Pushkin. Leí el cuento “La dama de picas” y tuve la sensación de que mi destino, el de Chiriboga y el del ruso estaban sellados como el de Hermann – el héroe trágico de la historia – por una mujer vieja y llena de secretos.

 

Poco antes de las siete me presenté en la pensión de Marcelo para ir a cenar. Lo encontré  elegantemente vestido y, aunque el color amarillento de su piel lo hacía ver enfermo, estaba de muy buen humor.

“Siento que vuelvo a nacer, jovencito…”

Borges le dice a Bioy: "¿verdad que solo era un doble tuyo el de esta historia? ¿VERDAD?"

Borges le dice a Bioy: “¿verdad que solo era un doble tuyo el de esta historia? ¿VERDAD?”

Caminamos por las calles de La Mariscal hasta un restaurante argentino – a Chiriboga le pareció adecuado.

“Como otros se tragan mi asado, creo que tengo el derecho de tener uno que solo yo pueda digerir.”

Guardé silencio. No me tuve deseo siquiera de discutir su comentario.

“No sé por qué se preocupa tanto. Escritores hay por toneladas; uno o dos menos no le afectarán a nadie. Piénselo: cualquiera de nosotros que se vaya al infierno recibirá una sepultura digna, le harán alguna ceremonia en el Congreso y, con suerte, hasta tendrá una estatua en el Parque de El Ejido, ¿no le parece bonito?”

“Oiga, Marcelo, ¡ya es hora de que me deje de joder la paciencia!”

Me miró sorprendido.

“Nunca lo había visto reaccionar así. ¿le gustaría que le diga que todo es una payasada, una burla que le preparamos con sus amigos? Lamentablemente no, el duelo es real y, en unas horas más, Pushkin o yo veremos la cara de Tánatos.”

“No sé qué pensar, me siento tan confundido… Pushkin… ¡Pushkin está muerto!”

“Aún no, pero pronto será así.”

“Usted no entiende o finge no hacerlo. ¡ESE HOMBRE MURIÓ EN 1837!”

“Mejor comamos, el hambre lo hace desvariar.”

Nos sentamos a la mesa. No probé bocado, al contrario de Chiriboga quien se puso a engullir su comida casi como un animal. Asqueado, me dediqué a mirar un televisor que transmitía cierto partido de fútbol de Segunda División.

“Creo que no debí pedirle que fuera mi padrino”, me dijo de repente, “ noto que la situación lo está afectando mucho; ni siquiera ha comido…”

“Usted… ¡todos me quieren volver loco!”

Me miró consternado.

“Sabía que admiraba a Pushkin, mas nunca imaginé que fuese tanto. De todas maneras es muy tarde para retroceder… ¡haría el ridículo!”

Me sobé la barbilla exasperado.

“Bueno, quiero acabar con esta pendejada de una vez, ¿a qué hora matará a Pushkin?”

“¿No le dijo Saúl? A las seis de la mañana en el Parque de La Alameda.”

“Correcto, entonces lo acompañaré a su pensión, quiero ir a dormir pronto. ¡Estoy entusiasmadísimo!”

Pagué la cuenta y nos marchamos.

 

El cielo estaba nublado y algunas gotas de lluvia golpeaban nuestras caras. Chiriboga, Saúl y yo aguardábamos a Pushkin y a sus compañeros sentados en una banca junto al lago artificial.

Creía que tarde o temprano los dos, echándose a reír, me dirían que todo era producto de una jugarreta de mal gusto.

Los minutos continuaban transcurriendo y las esporádicas gotas de agua se transformaron en una tormenta.

Bontempelli y Pirandello se preguntan por qué insisto en meterlos en esta colada.

Bontempelli y Pirandello se preguntan por qué insisto en meterlos en esta colada.

“Ya es suficiente, ¿no? ¿Me van a decir la verdad para que podamos ir a desayunar?”

Ambos intercambiaron una mirada.

“Espere un poco más, jovencito, deben estar cerca.”

En ese mismo instante tres hombres cubiertos con abrigos y sombreros aparecieron saludándonos en francés. Uno de ellos se descubrió, era Pushkin o se le parecía…

Me sentí mareado y, como entre sueños, pude comprender que el ruso afirmaba estar listo.

“Hay algo que debemos comentarle, hermano”, me dijo Saúl.

Pensé que en ese momento se iba a destapar la mascarada y sonreí aliviado.

“¿Por fin me van a presentar a su actor? Verdaderamente se parece a Pushkin, ¡es magnífico!”

“¿Qué dice, hombre? ¡Él es Pushkin!”

“El caso es que yo no voy a batirme en duelo”, intervino Chiriboga, “ese engaño fue porque tenemos un plan para usted.”

“¿Cuál?”

“¡La muerte!”

Abrí los ojos desmesuradamente y pude ver que los dos compañeros de Pushkin se sacaban los sombreros dejando al descubierto sus rostros. Eran, sin lugar a dudas, Massimo Bontempelli y Adolfo Bioy Casares. Todos estaban armados con revólveres.

Saúl se despidió de mí alejándose lentamente hacia la parada de buses. De pronto, la sirena de una ambulancia los desconcertó y yo aproveché aquel instante para abalanzarme sobre Chiriboga y desarmarlo, luego descargué un tiro en su vientre, pero el resto de conspiradores me abatieron. Antes de que se nublaran mis ojos alcancé a ver que los cómplices de Chiriboga acudían a ayudarle entre gritos desesperados.

Finalmente me dormí…

 

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Biografía apócrifa: El puñetazo de Vargas Llosa a García Márquez

Retrato hablado de la escena del alumbramiento, según la vio Germán Valdés, Tin Tan.

A última hora de la tarde del 12 de febrero de 1976, una multitud de personalidades de la cultura y del espectáculo se agolpaba en el Palacio de Bellas Artes de México. Todos habían acudido a ese lugar, guiados por una estrella roja, para presenciar el nacimiento de un nuevo ser.

Tiresias, vidente beodo – o sea de Beocia -, advierte a Gabo sobre el duro parto de Puñetas.

Pero algo indefinible hacía presumir que la vida del neonato sería violenta, agitada; tal vez fuera el canibalismo de la película Supervivientes de los Andes – cuyo guión lo había escrito uno de los padres de la criatura, Mario Vargas Llosa, y que estaba a punto de estrenarse en ese mismo sitio –, el olor a rancio Realismo Mágico que se impregnaba en los muros del Palacio de Bellas Artes o las predicciones de Tiresias, el adivino de Beocia, que había subido de los infiernos para asistir al alumbramiento.

“Los padres sufrirán por su culpa, como Heracles sufrió por amor”, dijo el sabio de Tebas. Sin embargo, todos pensaron que se trataba de un miembro de la cienciología, ignorándolo con desprecio – varios testigos afirmarían, años después, que “si se escuchara siempre a los ancianos locos que suben del infierno, se evitarían las tragedias” –.

Gabo, Varguitas y José Donoso durante la luna de miel de los dos primeros – previa a la gestación de Puñetas – . En la foto también se pueden ver a las esposas de los escritores un poco aburridas de escucharlos hablar de la crítica kantiana a la arepa con huevo.

Poco antes de que la película empezara, uno de los padres, Gabriel García Márquez, “Gabo”, como era conocido en el mundo del hampa – por aquellos años enfrentaba un largo proceso por haber asesinado a Dios[1] – vio a alias “Varguitas” y se puso muy contento porque, según había dicho, necesitaba a su amigo para que le sostuviese la mano durante las labores de parto. Sin embargo, el recibimiento del escritor peruano no fue cortés, mucho menos cariñoso.

“¿Cómo te atreves a hablarme después de lo que le hiciste a Patricia en Barcelona?”, espetó este, refiriéndose justamente al momento en el que el niño fue gestado.

Primera foto de Puñetas junto a su sufrido padre.

El colombiano comprendió entonces que la criatura estaba a punto de nacer y se lo hizo saber al resto de la concurrencia pronunciando un teatral “¡ay!”, al tiempo que se desplomaba sobre el suelo alfombrado.

Los asistentes, que estaban seguros desde hacía meses de que el niño nacería por aquellas fechas, no sospecharon, sin embargo, que el alumbramiento sería tan difícil. De hecho, fue necesario que varios médicos sacaran al pobre Gabo en hombros, cual torero de las Ventas, para llevarlo a una casa asistencial.

El niño era enfermizo y de color morado – con el pasar de los días, mudó a negro y luego a amarillo, por lo que los médicos le diagnosticaron ictericia – y, desgraciadamente, no tuvo la cualidad de unificar a la familia como es el caso de otros bebés, sino que más bien los separó para siempre.

Por lo demás, la vida del pequeño fue breve y es muy poco lo que se sabe de ella. Haber nacido en el seno de una familia disfuncional en la que uno de los progenitores defendía los democráticos talentos del humanista y nada ambicioso Fidel Castro, y el otro, la sensibilidad de Adam Smith, hizo que el pequeño se convirtiera en un rebelde sin causa, enemigo acérrimo de las artes y los trabajos intelectuales.

Última foto de Puñetas junto a Gabo. Aquí se los ve a ambos sorprendidos por los extraños libros que pueden salir de la cabeza de un premio Nobel.

Durante las semanas subsiguientes al parto, Puñetas – nombre con el que fue bautizado la criatura – fue visto en Las Vegas, Montecarlo y Acapulco; siempre en estado etílico, libando en la vía pública o participando de combates pugilísticos ilegales.

“Nunca quiso aceptar nuestra ayuda – escribió José Donoso en una carta dirigida a su cónyuge –, es como si pretendiera ser un obsceno pájaro de la noche”.

Sara Montiel desaprobaba la conducta del joven Puñetas. Mientras le tomaban esta foto, comentó: “¡joder, niño!”

“¡Que le chinguen por pendejo!”, le dijo Renato Leduc a Carlos Fuentes, después de que este les comentara, a él y a Sara Montiel, la paupérrima situación en la que vivía el joven Puñetas en París.

Finalmente, todos se olvidaron del inadaptado, igual que del “Boom”, hasta que las autoridades lo encontraron muerto – a Puñetas, no al “Boom” – por intoxicación con alcohol metílico en un mugroso callejón de la ciudad de Macondo, justo detrás del McDonald’s que habían inaugurado un par de días atrás para celebrar el estreno de la película El barrendero de Cantinflas.

El año pasado, Alfaguara anunció que publicaría una biografía completa de Puñetas, escrita por Carmen Ballcels y llena de detalles truculentos, entre lo que destacan: asesinatos, estrellas de Hollywood en decadencia, mafiosos con nombres sutiles como Polenta e incestos que terminan con sus protagonistas convertidos en cerdos, ajiacos y ceviches peruanos.


[1] La crónica de este crimen nefando puede ser leída en Historia de un deicidio, escrita por el otro padre de la criatura, Vargas Llosa.

El secreto de la caja de Marcelo Chiriboga

Póster promocional de “El secreto de la caja”, con un comentario de Carlos Fuentes, amigo de Marcelo Chiriboga.

Era una caja común y corriente,

sin embargo, la  miramos estupefactos,

como si, de un momento a otro, fueran a salir de ella

todos los males del mundo. 

Marcelo Chiriboga

El secreto de la caja

El año pasado publiqué en mi blog Junto a la montaña y bajo la lluvia una ponencia que escribí para el Encuentro de Talleres Literarios “Gustavo Garzón”, desde entonces he recibido de ustedes, mis queridos lectores, una serie de correos electrónicos preguntándome sobre la vida y obra de Marcelo Chiriboga, aquel escritor tan magnífico como desconocido.

Portada de El secreto de la caja de Marcelo Chiriboga, libro extremadamente recomendado.

Su enorme interés – producto, probablemente, de un grave TDAH[1] – es el que me lleva a tocar de nuevo el tema, aunque la verdad es que mi abulia me impide volver a escribir sobre este personaje del que se ha dicho tanto durante tres décadas, por eso prefiero dejarles una reseña sobre su novela póstuma, El secreto de la caja.

Dicho texto permaneció varios años en el olvido, confinado a una gaveta donde el escritor había guardado cientos de hojas con apuntes e historias a medio terminar, las mismas que solo fueron exhumadas por el empuje de la catalana Nuria Monclùs, amiga y exagente del literato, pues la esposa de Chiriboga, quien, por entonces, se dedicaba al despilfarro y a la seducción de jóvenes efebos, había olvidado por completo tanto a la literatura como a su marido.

La catalana, percatándose enseguida del potencial de El secreto de la caja – único relato finalizado dentro de esa maraña de papeles –, lo ofreció a varias editoriales de renombre en el mundo de las letras hispanas. Alfaguara, Planeta, entre otras, la rechazaron, argumentando principalmente que era “un absurdo sacar a la luz el libro de un escritor muerto del que nadie se acuerda, ya que ni su obra principal, la que lo catapultó al Premio Cervantes [La caja sin secreto], encuentra acogida en los estantes de las librerías.”

De todas maneras, Monclùs, convencida de que la publicación de la novela era un deber para con su amigo fallecido y, principalmente, para con su cuenta de banco, recurrió a sus contactos y a su amplia experiencia como agente literario, consiguiendo que Plaza & Janés se hiciera cargo de editarla. Decisión acertada si tenemos en cuenta que la obra se transformó, en España y América Latina, en un instantáneo best – seller y que críticos de diversos lugares del globo han afirmado que El secreto de la caja está destinada a ser la obra más importante de la literatura universal.

Gavin Menzies, en una entrevista realizada por la BBC, afirmó que Marcelo Chiriboga sabía que los chinos de la dinastía Ming fueron los primeros en explorar Ganímedes, satélite al que llegaron montados en unicornios de Arcadia.

Tal ha sido el revuelo provocado por el libro que incluso investigadores de temas paranormales o conspirativos como J. J. Benítez y Gavin Menzies se han interesado en él, afirmando que la novela guarda un misterio que Chiriboga dejó codificado en forma de un mensaje cabalístico entre sus 777 páginas – “el número de la perfección… ¡de Dios!”, ha dicho Menzies –.

Pero ¿qué es El secreto de la caja? Un libro supremamente largo – y fascinante, claro… –. La historia empieza la noche del sábado 20 de agosto de 1921, en el Café Pombo de Madrid, donde varios intelectuales se han reunido, como de costumbre, para participar en la tertulia liderada por Ramón Gómez de la Serna; de repente, obedeciendo a una señal de este, don Eduardo Lamela, dueño del local, les presenta a los tertulianos una antigua caja de madera vacía. Todos, estupefactos, guardan silencio sin saber cómo reaccionar, mientras el narrador, un joven poeta sudamericano, explica que siente una mezcla de pavor y atracción por aquel objeto.

Gómez de la Serna bebe un trago de absenta y luego dice con sencillez: “… es una caja como cualquier otra, lo único interesante en ella es que tiene un secreto, uno muy estúpido pero que durante siglos ha torturado a las mentes más lúcidas… ¡Bueno, hasta que cayó en mis manos, mis queridos amigos! ¡Así es! Yo he resuelto el acertijo y voy a compartirlo con vosotros, a condición de que lo guardéis para siempre.

Revólver Colt Python calibre 357; a estas alturas usted debe tener muchas ganas de usarlo contra el dueño de este blog.

Enseguida, la novela hace un flashforward, que nos lleva al instante en que el protagonista de La caja sin secreto – posteriormente descubrimos que es el primogénito del joven poeta del Café Pombo – decide suicidarse porque su hijo optó ser hincha del FC Barcelona y vegano. Según mi criterio, se trata del momento más excelso de este relato, ya que el personaje, un ecuatoriano autoexiliado – sin duda, el álter ego del autor – amante de los churrascos y convertido en un acérrimo madridista después de llegar a España, se siente devastado por las decisiones de su hijo e increpa a Dios, culpándolo por la desgracia de su progenie, mientras sostiene el cañón de su viejo revólver de marca Colt contra la sien.

Por lo demás, no llegamos a presenciar el suicidio de aquel hombre porque un nuevo salto en el tiempo nos muestra a su hijo, Fulgencio, convertido en un famoso guionista de telenovelas mexicanas, quien durante la filmación del capítulo final de su nuevo éxito Yo no te puedo amar porque soy de Lesbos, recuerda que su abuelo le regaló en el lecho de muerte una caja de madera que en apriencia había recorrido el mundo durante varios siglos, en busca de alguien que fuera capaz de develar su secreto. A continuación se producen una serie de flashbacks y flashforwards, en los que varios narradores nos bombardean con soliloquios tan profundos como incomprensibles y que lo único que consiguen es abrumar al lector con la genialidad de Chiriboga o perderlo en un laberinto del que solamente sale para percatarse de que está leyendo la crónica de un momento en la vida de un viejo y sarnoso perro – exactamente veintisiete páginas, correspondientes a dos minutos y medio de la agonía del animal –, que muere en la más patética miseria.

Galería de arte conceptual, entrada al infierno, ¡en serio!

Muchas son los capítulos que merecen ser mencionados, por ejemplo aquel en el que Fulgencio baja al infierno – al cual se excede por la puerta trasera de una galería neoyorquina de arte conceptual –, para pedirle a su padre que le revele el secreto de la caja, o aquella memorable escena donde ese mismo personaje, cumplidos los trece años, descubre que no quedó embarazado por masturbarse en la ducha.

Esta novela recorre, a saltos y brincos, innumerables generaciones, desde el ancestro del guionista de telenovelas, un extremeño que arribó a América con Hernán Cortés, hasta la extinción de la humanidad, en el año 2017, por una epidemia de obesidad mórbida y el aburrimiento de Dios.

Al final, en el último párrafo reaparece Ramón Gómez de la Serna – aunque también puede ser la divinidad o el Teletubbie morado – diciéndonos: “¡Eh – oh! ¿Cómo puede haber alguien capaz de pagar cuarenta dólares por casi ochocientas páginas de un cuento sobre una caja cuyo único secreto es que no tiene ninguno…?

Es claro que esta última declaración es un bulo, un guiño del autor que pretende escondernos la Verdad tras un sutil velo de ironía.

Ramón Gómez de la Serna le pregunta a su novia/maniquí: “¿qué mierda es un blog y qué diablos es un José Luis Barrera?”

En resumen, El secreto de la caja es una novela de aprendizaje, al estilo de aquellas que nos legó el racionalismo del siglo dieciocho, pero salpicada por leyendas propias del Realismo Mágico y escrita en un estilo más cercano a los relatos subjetivistas que a cualquier otra cosa.

Finalmente, ¿qué fue lo que incentivó a Marcelo Chiriboga para que escribiera esta obra maestra? Quizás la respuesta se halle escondida dentro de la caja, pues en uno de los momentos culminantes, Fulgencio dice: “… cuando vi que ese par de cerdos se transformaron en humanos como castigo divino al incesto cometido, me pregunté: ‘¿es este el significado de la vida: amar lo prohibido… amar a un puerco?’[2]

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[1] Trastorno por déficit de atención con hiperactividad, si usted cree padecerlo, debe leer esto.

[2] Hollywood ya ha comprado los derechos de este libro y todo parece indicar que el estreno de la adaptación cinematográfica será en junio del 2013, estaremos atentos ante cualquier adelanto.

Marcelo Chiriboga: el gran novelista ecuatoriano del “boom”

http://frankmonner.blogspot.com/2010/04/la-caja-secreta-nuevo-libro-de-marcelo.html

Una persecución que traspasa el Averno.

Exactamente hace dos años se apareció en mi casa la sombra de Jorge Enrique Adoum, era seguramente muy parecida a la de aquel rey danés que terminó por enloquecer con el fuego de la venganza a su hijo y, con certeza, sus intenciones eran muy parecidas. En pocas palabras, el espíritu del escritor había traspasado el umbral de la muerte con la finalidad de convencerme de que lo ayudara a buscar a cierto sujeto que, a saber, llevaba el título del mejor literato ecuatoriano de todos los tiempos. Su nombre era Marcelo Chiriboga.

Yo, la verdad, tengo que admitir que mi conocimiento de la literatura es más bien escaso y se lo expliqué al fantasmagórico vate, mas, él insistió, convencido de que no era muy necesaria la erudición para la tarea. “El hecho es, me dijo, que desde que los ecuatorianos supimos por primera vez de este individuo, allá por los años ochenta, hubo múltiples tentativas por darle caza, todas infructuosas; yo quiero que, por fin, alguien culmine la tarea”.  No pude discutir más, el carácter dominante de mi interlocutor me subyugó.

La primera pista que tuve consistió en un par de artículos que el mismo Adoum compuso para la revista Diners. En el último – de julio de 1997 – nos dice: “… tuve ya la certeza de que ese compatriota había sido inventado (…) cuando sorpresivamente Ángel F. Rojas escribió (El Comercio, Quito, 29 de agosto de 1995) un artículo en el que preguntaba, y respondía, acerca de Chiriboga: ‘¿Era ficticio o vivía en la realidad? Hace pocos días me encontré, en el Norte, de manos a boca con él. Pude llegar a saber que era nativo de Cuenca y en la más reciente novela del escritor chileno Jorge [sic] Donoso, se le hace morir de cáncer. Se trataba de un personaje imaginario. ¿Algún autor en clave? Hasta entonces lo dudábamos.’”

Jose Donoso

José Donoso, “el más literato de los escritores del ‘boom'”.

Supuse que Rojas se refería a José Donoso, el autor de El obsceno pájaro de la noche, y con la ayuda del Internet, esa fuente inagotable de sabiduría, descubrí que no eran una, sino dos novelas las que se referían directa o indirectamente al autor ecuatoriano.

Por lo demás, las biografías sobre Chiriboga o, peor, sus obras eran imposibles de hallar, casi tanto como la mayoría de las de su apólogo de Chile. Ni siquiera La caja sin secreto, su principal novela, la que lo catapultó al Premio Cervantes, asomaba por los estantes de las librerías de la ciudad de Quito.

Recurrí, entonces, a las fuentes de las que disponía: El jardín de al lado y Donde van a morir los elefantes, los libros de Donoso. La imagen que nos ofrecen es tan disímil. En el primero que data de 1981, el escritor cuencano (sospechoso origen si tenemos en cuenta que su apellido es propio de Riobamba) es un hombre en el pináculo del éxito, que recorre las calles de Barcelona acompañado de su agente literario, la catalana Núria Monclùs. En el segundo, de 1995, el gigante está en decadencia y acude a dar una conferencia en una pequeña universidad del sur de los Estados Unidos, como si este fuera el último braceo de un ahogado.

Pero, ¿cómo era Marcelo Chiriboga? Literariamente, una complicada fusión entre García Márquez, Vargas Llosa y Cortázar, cuya obra, sin embargo, y en palabras de Donoso, “sobresale casi sola en medio de los pretenciosos novelistas latinoamericanos de su generación…”

Físicamente es descrito como: “… pequeño, flaco, tan bien hecho como una de esas figuras creadas por orfebres renacentistas…”, con un ”cuidado cabello entrecano, [que] es tan reconocible como la figura de un galán de cine”.

Su personalidad es apabullante, de discurso vivaz y lenguaje florido. Con la misma facilidad con la que seduce a una jovencita tímida o a una señorona libertina puede charlar y encantar al Papa, a Brigitte Bardot o a Fidel Castro. No es difícil imaginarse que su piel cetrina, su aristocrático comportamiento y su enorme reputación le atraían los favores de cientos de mujeres, que él sabía aprovechar con la prudencia y la modestia que caracteriza a todos los latinoamericanos. Sus convicciones son serias, firmes, cree en el arte, o mejor, en la salvación por el arte, de tal manera que fue capaz de renegar de su filiación comunista porque el partido se empeñaba en imponerle una ética creativa; aunque su volcamiento hacia la derecha y el libre – mercado tampoco le trajo la confianza de una clase burguesa, que veía en este hombre a un traidor peligroso.

Nadie se mantiene eternamente en auge y este cuencano no fue la excepción. Sus últimos días son más bien lamentables, no solo porque es víctima de un cáncer, sino porque moralmente está destruido. El éxito del pasado no es más que un recuerdo vago en la memoria de uno que otro profesor de literatura “antigua”.  Chiriboga que siempre ha creído en esa quimera que es la gloria se hunde en una realidad negra, en la que muy probablemente él, diez años después, no será ni siquiera polvo. Además, el recuerdo de la patria abandonada, de ese Ecuador del que se exilió porque lo rechazaba por sus convicciones políticas, vuelve para atormentarlo como un espectro que le ordena regresar, aunque comprende que aquello es imposible, pues sus lazos con la tierra andina se han esfumado al igual que su gloria y él es más francés que americano.

Al final, el gran escritor muere prácticamente solo y en el olvido, convencido, como nos diría años más tarde Cornejo Menacho en su novela Las segundas criaturas, de que “… su ambición era escribir buenas novelas, y en todo caso recibir reconocimientos por su literatura, y que, si eso era ser burgués de mierda, él no podía hacer nada.” Y que los miembros de los partidos que lo vilipendiaban eran víctimas de una “especie de tenia filosófica o ideológica […] [que penetró] en sus cabezas, incluso en las más brillantes, para matar la literatura, para liquidar la novela, que es la expresión artística más importante y más compleja de todos los tiempos, el mejor instrumento para estudiar el alma humana y para liberarnos”.

A estas alturas yo había descubierto que Chiriboga no era mencionado apenas por Donoso, sino que el mexicano Carlos Fuentes y, más contemporáneamente, el escritor Diego Cornejo Menacho, citado anteriormente, también lo hacían aparecer en sus novelas.

Carlos Fuentes, el ‘playboy’ de las letras mexicanas.

En el caso del escritor azteca, la figura del azuayo adquiere un matiz mordaz, hasta sardónico, de hecho en Diana o la cazadora solitaria (1994) no es más que una referencia de pasada en uno de los capítulos culminantes, donde el narrador nos cuenta que pretendía interceder por el ecuatoriano ante su agente para intentar impulsar su carrera artística, la cual se desperdicia en un sillón para funcionarios de segundo orden en el Ministerio de Relaciones en Quito; y en Cristobal Nonato se nos dice que “… fue expulsado [de México] por decreto presidencial” luego de que “suramericanizó [sic] velozmente predios enteros de la todavía entonces ciudad de México”.

Cornejo Menacho, finalmente, nos regala detalles de la vida de Chiriboga que se les escaparon tanto a Donoso como a Fuentes. Descubrimos, por ejemplo, sus inicios, las razones de su deserción del Partido Comunista y cómo esto fue el detonante para que buscara salir del país con la ayuda de Benjamín Carrión, quien, por aquellos días, asumía su embajada en México.

 

La verdad sale a la luz.

Creía que mi labor como detective estaba llegando a su fin, cuando un nuevo material hizo que mis suposiciones dieran un giro de tuerca.

Adoum reapareció, sugiriéndome que leyera una entrevista realizada para El Comercio en el año 2001 a Carlos Fuentes. En ella, él declara con todo desparpajo que Chiriboga fue una creación suya y de Donoso para sacar a la literatura ecuatoriana de su anonimato dentro del boom. En pocas palabras, se trataba de un favor, una concesión hacia los marginados.

Al principio, me sentí irritado, pero después me percaté de que había empezado a trabajar instigado por un muerto, y que conversaba periódicamente con él, por lo que no era nada excepcional que el exitoso escritor ecuatoriano no fuera otra cosa que un esperpento de ficción y yo un obtuso con un pie en el manicomio.

Cuando conseguí tranquilizarme nuevamente, me puse a analizar la situación con frialdad, preguntándome si realmente debíamos enfurecernos los ecuatorianos por esta burla o, por otro lado, reírnos con ese humor que Pablo Palacio nos recomendaba tener en alguna de sus novelas.

Jorge Enrique Adoum, el escritor que siempre negó ser el “verdadero” Marcelo Chiriboga.

Las voces son diversas. El propio Adoum se sintió más o menos ofendido y otros han expresado que nadie tiene el derecho de hablar así de la literatura ecuatoriana. Yo creo, sin embargo, que el problema va por otro lado: ¿es Chiriboga meramente una caricatura de la literatura nacional?

No, se trata más bien de un icono burdo de todo el boom y sobre todo de aquellos escritores que gracias a él alcanzaron el éxito, pero que nunca lograron sentirse satisfechos, pues sus convicciones ideológicas chocaban con el nivel de vida que habían alcanzado y con los ideales artísticos en los que creían.

No haber tenido algún genio descollante que representara al Ecuador en esta generación, quizá hizo que nuestra literatura se perdiera en el olvido y que solamente algunos nombres como el de Icaza fueran mencionados en los círculos intelectuales. Por otro lado, tiene una ventaja, nosotros nos escapamos de ese lamentable escollo en el que se hunde todo aquel que sigue cierto canon: la falta de originalidad, de individualidad, que casi siempre termina por asesinar a la imaginación.

Pero ¿cómo debe enfrentarse esta disyuntiva, de la que Chiriboga es el arquetipo, es decir, la del literato como artista o como agitador político? La verdad es que cualquier creación humana – la ciencia, el arte – no se puede librar de las opiniones, de las ideas de su creador, al fin y al cabo, este se funde a sí mismo para con esa materia resultante hacer algo nuevo. Él es su obra.

Aunque tampoco esto quiere decir que la literatura, la pintura, el cine son simples mecanismos de propaganda, panfletos desagradables cuya finalidad es el adoctrinamiento.

 Donoso pareció comprenderlo, aunque la ancianidad y la cercanía de la muerte también lo empujaron a preguntarse hasta qué punto esa obsesión por la obra de arte perfecta, la belleza o la gloria literaria no es tan fútil como casi cualquier otra empresa humana. Él predijo que diez años después de su muerte nadie lo recordaría y es triste constatar que, ahora, muy pocos de sus libros aparecen en las existencias de las librerías. En cambio, ese monigote de Marcelo Chiriboga, como si de una broma macabra se tratara, sale de las sombras para escribir en la contraportada de una recopilación póstuma de cuentos de su propio creador (Nueve novelas breves, publicadas por Alfaguara en 1997), y, por allí, en el mundo de la cibernética, circula el frontispicio de una nueva novela llamada La caja secreta, continuación de La caja sin secreto, al parecer perdida en un baúl y rescatada del olvido por la esposa del inexistente escritor cuencano.

No puedo evitar pensar en Adoum y en Ángel Felicísimo Rojas que desde el más allá nos deben mirar sonriendo burlonamente porque un espectro literario ha cobrado vida, imponiéndose a su padre y logrando que, una vez más, la realidad imite a la ficción, como escribió hace tiempo Oscar Wilde.