El pie de Lord Byron

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Lord Byron con traje albano. Imagen extraída de Wikipedia.

Edward Trelawny llegó tarde, Lord Byron había muerto de fiebre seis días antes. Su cuerpo estaba embalsamado.

Se había borrado la marca que la pasión imprime en la piel. Su rostro blanquísimo, como cincelado en mármol, no tenía arrugas y su expresión era serena.

Griegos e ingleses se empeñaban en desmembrar el cadáver. Trelawny debía protegerlo, pero fue el primero en violarlo.

Descorrió la sábana y miró esos pies que, por pudor, se evitaban mencionar.

El poeta había vivido con una deformidad congénita: las piernas no eran simétricas y los pies estaban torcidos. Sus dedos se cerraban, tratando de hacer puño.

Los deseos del poeta no se cumplieron: el velo que cubría su deformidad se descorrió y, además, el cadáver fue abierto.

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La tumba de Lord Byron en Notthinghamshire. Foto tomada del sitio Tokitan.tv.

Los ingleses solo consiguieron sacar de Grecia un cuerpo sin corazón.

Dos meses después, el muerto llegó a Londres, pero el deán de la Abadía de Westminster se opuso a que enterraran a un libertino en tierra sagrada.

La peregrinación terminó en Nottinghamshire, feudo de los Byron.

En 1938, un canónigo profanó la tumba para demostrar a los incrédulos que nadie había tocado al muerto por más de un siglo.

Por efectos del embalsamamiento, el cadáver estaba en buen estado, solo su pierna se había desprendido. El cuerpo aún no se resignaba a su deformidad.

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Lápida en Westminster. Foto original en el sitio Poets’ Graves.

Hace unas semanas visité el Poets’ Corner en la Abadía de Westminster y mientras contemplaba la tumba de Chaucer y la del Matusalén inglés, Thomas Parr, pisé una lápida. Pertenecía a Lord Byron.

Un guía turístico pasó a mi lado. Dijo que la absolución inglesa para el poeta llegó en 1969.

Lo dejaron en su sepultura original, pero dándole un espacio en Westminster, cerca de donde reposan varios deanes como el que quiso impedir su ingreso en esa tierra sagrada.

Rígor mortis

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Fotograma de Viridiana de Luis Buñuel.

Me puse el mejor traje que tenía en el clóset, evitando mirar las cobijas revueltas de la cama matrimonial que estaba a mis espaldas.

Ayer, justo después de que los hombres de la funeraria se llevaron el cuerpo de mi mujer, me eché en la cama sin siquiera tenderla. Su muerte era terriblemente dolorosa, pero me preocupaba más lo que enfrentaría luego: amigos dándome el pésame, misas de muerto y entierro.

Durante la noche no logré conciliar el sueño, temeroso de que aparecieran los sepultureros para enterrar el cuerpo antes de tiempo. Poco antes de ir a la cama, mi hermana dijo por teléfono: “¡ellos no se equivocan!”

Creo que me dormí minutos antes de las seis de la mañana, después de que unos gatos callejeros tumbaran un par de tejas mientras se cortejaban sobre mi techo.

Desperté a las siete, más agotado que antes de acostarme. Media hora después aparecieron los hombres de la funeraria para que firmase algunos papeles, al tiempo que informaban el código de vestir que debía llevar durante el velorio, la misa y el entierro. Luego se marcharon sonrientes. No hubo siquiera un “lo siento por su pérdida”.

Entré en la cocina y vi el cadáver de mi mujer sentado frente a la mesa. Los empleados de la funeraria la habían vestido de etiqueta y, pese al rígor mortis, me pareció más bella que nunca. Besándola, salí.

La limusina y el ataúd me esperaban. Entré en este luego de saludar al chófer y a su ayudante, quien lo selló mientras yo cruzaba los brazos. En seguida, sentí que me subían al auto y lo ponían en marcha para conducirme a mi entierro.

Biografía apócrifa: el pajarito chiquitico

Aclaración indispensable 

El problema al que se enfrenta todo biógrafo serio – como yo – es que al momento de escribir sobre un personaje célebre debe abordar tanto su psicología como el efecto que esta tuvo en sus acciones y en las personas que lo rodearon. Esta premisa se complica en el caso del sabio Hugo Chávez, quien después de ser enterrado como todo un socialista – es decir, con una modestísima ceremonia –, decidió resucitar como un ave, haciendo que crezcan geométricamente la cantidad de experiencias merecedoras de un capítulo especial en el libro de la vida de este extraordinario individuo.

En vista de lo anterior, opté por reducir el espectro investigativo a un periodo de tiempo tan corto como crucial y sobre el que seguramente nadie querrá trabajar, dado el prejuicio que siempre tiene la comunidad científica por cosas que se escapan a la “razón”; me refiero a los treinta días que demoró el Comandante para regresar a la Tierra desde el otro mundo.

En esta titánica tarea varias fuentes que van desde dioses griegos hasta enfermos de un sanatorio mental me han ayudado, a todos ellos les entrego mi reconocimiento.

 

En el capítulo especial de "Aló, presidente" desde el Tártaro no solo se habló del imperialismo yanqui, sino también del imperialismo, del imperialismo, del imperialismo y de la señora Zulema que "hace deliciosas arepas".

En el capítulo especial de “Aló, presidente” desde el Tártaro no solo se habló del imperialismo yanqui, sino también del imperialismo, del imperialismo, del imperialismo y de la señora Zulema que “hace deliciosas arepas”.

Hugo Chávez organizó una edición especial de “Aló, presidente” desde el Tártaro, adonde había ido a parar, según él, porque Minos, Éaco y Radamantis eran unos capitalistas asesinos. De hecho, durante la emisión de su programa televisivo dijo que los tres jueces de almas eran en realidad los mismos que destruyeron Marte y que, siglos más tarde, escondidos en un laboratorio de la CIA en Nevada, habían inventado el cáncer.

Hades y Perséfone estaban en medio de su cena cuando escucharon la acusación. El dios del Inframundo estaba cansado del bolivariano.

― Tráiganme al loco, quizá pueda hacerlo entrar en razón.

Chávez, sin embargo, no estaba dispuesto a negociar, él quería volver a la vida a cualquier costo, aunque eso significara organizar manifestaciones violentas, empuñar los fusiles, llamar a Rafael Correa o, lo que es peor, dejar en el aire el programa “Aló, presidente” por los siglos de los siglos…

En la imagen se puede ver a Perséfone desmayada en los brazos de Hades, mientras varios miembros de las milicias bolivarianas los acosan con toallas higiénicas reutilizables.

En la imagen se puede ver a Perséfone desmayada en los brazos de Hades, mientras varios miembros de las milicias bolivarianas los acosan con toallas higiénicas reutilizables.

Hades no hizo caso de las amenazas, supuso que un socialista como aquel no sería tan perverso como para cumplirlas, pero estaba en un error: esa misma noche el Comandante se apareció en los sueños de Rafael Correa, Evo Morales y Cristina Fernández; les dijo que debían bajar al Inframundo para rescatarlo porque los gringos imperialistas estaban conspirando contra la revolución, al tiempo que les autorizaba a utilizar cualquier medio que fuera necesario para cumplir con el cometido, aun si esto significaba sacar los 137 millones de dólares que su familia había ahorrado en bancos yanquis imperialistas para alimentar a los niños pobres que viven en la Fosa de las Marianas.

Los tres mandones[1], víctimas del desasosiego, se pusieron a cumplir con su misión, acudiendo a la UNASUR y “a la” ALBA. Se denunció a las organizaciones de derechos humanos, a la prensa y hasta a Dios por haber creado la muerte con el fin de destruir al socialismo. Durante esta épica lucha, Cristina se compró carteras Louis Vuitton, Rafael encerró a dos fulanos  por conspiradores y Evo se puso a experimentar con pollos para encontrar la cura de la calvicie.

Los culpables de la calvicie y la homosexualidad de los europeos, según Evo (¡!).

Los culpables de la calvicie y la homosexualidad de los europeos, según Evo (¡!).

De todas maneras, ver en televisión las caras de estos tres adalides no fue lo que hizo que Hades se doblegara – aunque sí le provocaron una subida de tensión que por poco termina en un derrame cerebral –, sino las interminables arengas de Hugo que casi siempre iban seguidas de una cadena de expropiaciones.

― ¡Lárgate, Chávez, lárgate y no vuelvas por aquí! ¡Ni al transformarme en el snack de Crono, mi padre, sufrí tanto como ahora!

En seguida, el bolivariano espíritu se puso a cantar una ranchera de Vicente Fernández, al tiempo que se preparaba para su regreso.

― Sin embargo – le dijo el dios del Inframundo con una sonrisa imperceptible –, no podrás volver como humano, eso es imposible; lo máximo que puedo ofrecerte es que lo hagas como roedor o pájaro. Tú decides.

El comandante, comprendiendo que esa era su única opción, optó por el ave porque rata ya había sido.

Así, el espíritu bolivariano – en este caso es literal – fue hasta las orillas del Aqueronte, donde un barquero aguardaba para llevar a los muertos de un lado a otro. Como Chávez no poseía un óbolo[2] para pagar el viaje, se quedó varado.

Caronte luchando contra la correntosa retórica de Chávez, casi muere ahogado.

Caronte luchando contra la correntosa retórica de Chávez, casi muere ahogado.

Caronte fue inflexible. La promesa de regalarle una lata de caviar iraní si lo dejaba cruzar la primera vez nunca se cumplió, así que no volvería a engañarlo.

― Chico, pareces un imperialista yanqui, ¡déjame pasar, cónchale vale!

El aludido ni siquiera se molestó en contestar.

― Ya sé quién tú eres, a mí no me engañas… Eres míster Danger, por eso me impides salir, lo que quieres es matarme de nuevo, ¡terrorista, capitalista!

El barquero, harto de la perorata, dijo:

― ¡Está bien, te llevaré, pero cállate!

El Comandante, fulminado por el miedo, solo se atrevió a murmurar: “¡expropie!” Por lo demás, finalmente pudo comprender que su retórica era un poderoso instrumento de tortura.

El barquero y Hugo emergieron en la región de Epiro, en Grecia. Apenas la luz del sol se hizo presente, el alma encarnó en un nuevo cuerpo bolivariano, el de un pájaro llamado “tapaculo” (Scytalopus latrans); era pequeño, negro y, por fortuna, no podía hablar.

Decepcionado de su suerte, voló sin descanso hasta llegar a Venezuela y apenas estuvo en Margarita, supo que su Delfín se hallaba en aprietos porque, otra vez, los imperialistas intentaban acabar con el mayor logro del socialismo bolivariano: las toallas higiénicas reutilizables.

El pajarito chiquitico. el tapaculo se supone que es experto en tapar orificios como el de Maduro (me refiero al de la cabeza).

El pajarito chiquitico. El tapaculo es un tipo de ave que se supone que es experta en tapar orificios como el de Maduro (me refiero al de la cabeza).

El 3 de abril de 2013, Chávez – tapaculo fue a encontrarse con su destino en Barinas, apareciéndose ante su sucesor, Nicolás Maduro, y, encaramado en una viga de madera de una capilla donde este hacía algo, no se sabe con certeza qué – ¿rezar? –, se puso a silbar. El tono inconfundible lo detectó el Delfín, respondiendo de la misma forma.

“¡Que me des alpiste! – repetía el tapaculo desesperado sin lograr que lo comprendiera –. ¡Deja de silbar, pendejo!”

El Comandante pajarito se dio cuenta, entonces, que la única forma de salvar a la revolución era quedarse al lado de Maduro y, sin pensarlo, se puso a anidar en su cabeza, al fin y al cabo era un lugar completamente vacío y oscuro donde los capitalistas conspiradores jamás lo buscarían para asesinarlo, inoculándole el cáncer de nuevo.

 

Maduro nos conmueve con su revelación.

Llegada de Chávez al Inframundo. La desazón de los que lo recibieron se puede ver en sus rostros.
No es una suela de zapato, no es una simple toalla higiénica, ¡es el origen del agua de rosas!
¬¬

[1] Mandatarios, fue un lapsus lingüístico.

[2] Antigua moneda imperialista con la que los imperialistas del imperialista Inframundo impedían que los pobres descansen en paz.

Montecassino

Bundesarchiv_Bild_146-2005-0004,_Italien,_Monte_CassinoLa tarde del 14 de febrero ocupé una casa abandonada cerca de Cassino; toda la gente del pueblo y sus alrededores había huido por los combates sostenidos entre alemanes y aliados. Yo sabía, gracias mis conexiones con oficiales estadounidenses, que se preparaba un ataque a gran escala para terminar de una vez por todas con una operación que, después de casi un mes, parecía destinada a convertirse en un verdadero fracaso.

Ver el desangre de mi Italia era doloroso y el agotamiento moral y físico me tenían al borde del suicidio. Luego de que me liberaron de una prisión – donde, por orden expresa de Mussolini, estuve encerrado desde poco antes de la Navidad de 1943 –, yo actuaba como oficial de enlace y periodista para las tropas aliadas.

Aquel día me separé de mi unidad para ir al campo y buscar a una familia de campesinos, viejos amigos míos, con el fin de advertirles del peligro que corrían. Sin embargo, no pude hallarlos y, agotado, me metí en una casa vacía para descansar.

De repente, unos gritos me hicieron saltar del catre y, convencido de que eran alemanes, desenfundé mi pistola al tiempo que echaba cuidadosamente un vistazo por una de las ventanas. Lo único que vi fue a dos hombres, apenas unos años más jóvenes que yo, discutiendo mientras una ragazza los contemplaba aterrada.

Salí sin guardar mi arma y les dije que se identificaran.

― ¡Lárguese, maldito fascista! – respondió uno de ellos.

― ¡Identifíquense o disparo! – hice una pausa y luego agregué –; estoy con los americanos.

― ¡No nos importa el país de sus jefes, todos son unos infelices!

La muchacha y el otro joven permanecían en silencio. En ese momento, pude ver que el hombre más agresivo llevaba un cuchillo.

― ¡Suelte su arma!

― ¡No lo haré! Este lío es entre este maledetto y yo, no tiene nada que ver con alemanes o americanos.

― ¡Señor, deténgalos! – intervino la ragazza –, la adivina me advirtió que mi vida se convertiría en una pesadilla cuando me enamorase…

― ¡Cállate, Adriana, no digas idioteces!

― No son idioteces, señor, ellos se quieren matar por celos, por… ¡porque no quiero escoger!

― ¡Que te calles!

― Aquí nadie se va a matar – dije, apuntándolos con mi pistola – entréguenme sus armas; ambos están arrestados.

― ¡Eso es lo que crees, fascista…! – exclamó el joven más violento, al tiempo que se abalanzaba sobre su rival con el cuchillo en alto.

Sin más opciones, disparé y el atacante cayó muerto.

La ragazza echó a correr, perdiéndose tras unos árboles. El otro muchacho y yo la buscamos pero la tierra se la había tragado.

Al anochecer, conduje al chico a un refugio y volví a integrarme a mi unidad.

 

B17overAbbeyEl 15 de febrero las tropas aliadas lanzaron un nuevo ataque sobre Montecassino. Los aviones bombardeaban con furia la abadía, pues el Alto Mando estaba convencido de que allí se habían atrincherado los Granaderos Panzer y los paracaidistas alemanes. Enseguida, los soldados británicos emprendieron el avance, siendo recibidos con la misma violencia de los días anteriores. La operación fue un fracaso.

 

El 18 de mayo, cuando finalmente los polacos pudieron tomar la colina, llegando hasta las ruinas del antiguo monasterio, lo único que hallaron, aparte de miles de cadáveres, fue a un par de médicos alemanes.

El jefe de la unidad en la que me encontraba recibió a los prisioneros y como él no hablaba alemán o italiano, me dijo que los interrogase. Ellos se sentían orgullosos del esfuerzo de sus compatriotas y explicaron que no se habían marchado por atender a los heridos, la mayoría campesinos sobrevivientes del bombardeo de febrero.

― Así es – dijo uno de ellos – en el monasterio solo estaba gente inocente que quiso refugiarse de la guerra en un lugar santo; sus aviones casi no nos hicieron daño, al contrario que a estos civiles, pero es el precio de la guerra, ¿no?

Aquel médico era un individuo extraño. A pesar de haberse quedado en ese lugar para ayudar a un grupo de gente desconocida, no parecía importarle la violencia o la muerte, solo cumplía su deber.

Al día siguiente, volví a hablar con él y me dijo que un herido en especial lo empujó a permanecer allí, mientras sus compatriotas se retiraban: una italianita hermosa a la que las esquirlas de un impacto de obús habían lastimado gravemente.

― Es curioso – comentó el alemán –, antes de morir creo que ella dijo: “la adivina me advirtió acerca del desamor”.

Nada es gratis y siempre hay que pagar

SEGUNDO MICRORELATO MACABRO.

Sí, tu amigo, el escultor Lucas Hernández, había asesinado a una modelo para que su rostro reflejara el verdadero color de la muerte. Luego, al culminar el clímax creativo, conciente, ¡por fin!, de su crimen, se suicidó.

Para ti descubrir la verdad no fue difícil. Varias veces charlaron, medio borrachos, sobre un hipotético pacto con el diablo, en el que este les permitía crear la obra de arte más sublime a cambio de una vida. Él te dijo que era capaz de eso y de cualquier otra cosa peor.

Sin embargo, ahora estaba muerto, y frente a ti estaba una escultura bellísima, única y quizás postrera oportunidad para que pudieras salir del anonimato, de la pobreza.

Antes de que los policías descubrieran el cuerpo, sacaste la estatua para esconderla en tu casa y cuando las cosas se hubieron calmado, revelaste “tu” obra maestra, convirtiéndote casi enseguida en el artista de moda.

Eras feliz y nosotras te deseábamos, queríamos tu cuerpo, tu cama… Pero, nada es eterno y el precio de lo gratuito es el más difícil de pagar. Ahora sí entiendas, ¿verdad?

La noche fatal llovía con fuerza, tú bebías coñac sentado en el sofá de la sala de tu casa. De pronto, un ruido proveniente del ático… ¡ejem!, perdón… del taller, hizo que te pusieras en pie, asustado por la posibilidad de que algún sucio ladrón quisiera sacarte del mundo perfecto que habías creado. Mas, no se trataba de un delincuente sino de un fantasma y no cualquiera: la modelo muerta a la que debías tu fama había decidido hacerte una visita.

— He oído que eres todo un macho – dijo –, un amante único, casi tan genial en la cama como en la escultura y por eso quiero que vengas conmigo a pasar el verano en Tonchigüe.

— ¡No, ni siquiera sé dónde es eso!

A ella no le importó y, tras hacer que estallaran dos focos de cincuenta vatios, te llevó al inframundo.

Nadie te ha vuelto a ver y solo nosotras sabemos dónde estás. Tal vez algún día nos decidamos a sacarte de allí, hasta entonces practica tus habilidades como escultor y como amante, pues nada en el mundo es gratis y tú tendrás que pagar…

El pueblo de los endemoniados

Anochecía cuando llegué. Llevaba mi cámara de fotos, una grabadora, lápiz y mi vieja libreta con pasta de cuero; caminé por una calle de tierra – realmente, de lodo, por las últimas lluvias –, única vía que conectaba ambos extremos del pueblo. A ambos lados, se alineaban unas cuantas casitas de adobe con techos de madera y paja, en las que no se podía detectar la menor señal de vida. Ni luces ni ruido, sólo un inquietante silencio.

Una extraña opresión en el pecho me acompañó durante todo el trayecto y pensé que lo mejor era marcharme, al fin y al cabo, aquel lugar estaba desierto. Cuando emprendía el regreso a la carretera principal, alcancé a ver un brillo saliendo de la más alejada de las viviendas. Indeciso, permanecí de pie unos instantes. A lo lejos, en las montañas, una fiera aullaba lastimeramente.

La curiosidad, sin embargo, me empujó hasta la casita y golpeé tímidamente la puerta, maltrecha por el tiempo y el clima. Casi enseguida, una mujer descuidada, de aspecto montaraz y sucio, apareció.

— ¿Quién eres? – Dijo, al tiempo que sus ojos negros me escrutaban de pies a cabeza.

— Tuve un accidente en la carretera y como este pueblo es el más cercano…

— A mí, eso no me importa.

— Es que no hay a quién más acudir.

La mujer reflexionó.

— Tienes razón, entra.

El interior de la casa era bastante miserable. Al fondo, había un catre viejo; junto a la puerta, una cocineta con una tetera encima; y, frente a ésta, dos banquitos de madera.

— Siéntate.

Obedecí y ambos permanecimos en silencio, escuchando embobados el ruido que hacía el agua al hervir. Mi corazón latía a una velocidad inusitada; algo minúsculo, que escapaba a mis sentidos pero no a mi inconsciente, estaba por ocurrir.

— No te sorprendas de que el pueblo esté vacío – dijo, de pronto, la mujer –, todos están muertos.

— ¿Muertos, por qué? – Pregunté con un mal disimulado terror.

— Los han matado.

— ¿Qué… quiénes?

— ¿Quién va a ser? ¡Los demonios, imbécil!

La miré fijamente; sus facciones adquirieron cierto matiz y ya no eran tan groseras sino de una belleza críptica y descuidada.

— Si quieres verlos, señor periodista, ve hacia el río, se halla a cincuenta metros de esta casa.

— ¿Cómo supo que yo…?

— Tienes una cámara, pero no pinta de turista; así que es obvio – hizo una pausa y luego agregó –; ahora, ¡lárgate y déjame en paz!

Me levanté y antes de salir, volteé a ver, una vez más, a la mujer; su rostro había vuelto a ser feo.

Afuera, la noche era oscura, la luna casi no iluminaba. Caminé hasta el río y me puse a otear, en busca de algo, cualquier cosa que me permitiera escribir un artículo.

Una nueva serie de aullidos me dio la bienvenida. “Me tomó el pelo”, pensé. En ese instante algo duro golpeó mi pie. “¿Un cadáver?” Sí. Un hilillo de sangre salía de él e iba a parar en una diminuta isla, treinta metros río arriba. Caminé hasta allí. Un chacal se había encaramado sobre ella, sus ojos brillantes me miraron, retándome. Enseguida, abrió las fauces y tomó algo del suelo, ¡una  cabeza! Sobresaltado, miré la isla y descubrí una serie de brazos, piernas y cráneos.

— ¡No es de tierra sino de cuerpos amontonados! – Grité, echando a correr.

Al día siguiente, la policía fue al pueblo. Yo, que había realizado la denuncia, no quise acompañarlos. Sentado en el despacho del capitán, esperaba el resultado de las pesquisas.

De pronto, sonó el teléfono y un gendarme contestó.

— ¿Cómo? – Dijo, mirándome burlonamente –. ¿No hay pueblo ni muertos? Sí, yo hago el informe.