Ser puta es grave

Preparándose para la sabatina...

Preparándose para la sabatina…

Ser puta es grave, pero ser cliente es peor. ¿Qué derecho hay de buscar placer? El Estado, con el Ministerio de Educación a la cabeza, nos explicó desde la escuela que los cuerpos que se entregan al deseo son primitivos.

Encontrar prostitutas es más difícil que conseguir platino, sin embargo, durante una noche de borrachera, uno de mis amigos del colegio me dijo mientras ingería su décima botella de cerveza: ¡vamos de putas!

No es miedo lo que tuve. O sí… no sé. En cualquier caso, no fuimos.

Sin embargo, las semanas siguientes solo pensé en sexo y prostitutas. En la cama me daba vueltas como un endemoniado, preguntándome cómo se sentía el cuerpo de una mujer. Había conversado con ellas y en la escuela los maestros me explicaron cuáles eran las diferencias entre un niño y una niña, pero en la práctica, yo, igual que cientos de miles de hombres, no vi jamás una muchacha desnuda y, peor, la toqué.

Al borde de la desesperación, telefoneé a mi amigo. Al principio, dijo que no me entendía, que él jamás estuvo con una prostituta ni con mujer alguna, que es un pecado contra la patria, contra Dios y no sé qué más.

No permití que siguiera echándome cuentos. Le hice ver que no era un mocoso y que deseaba estar con una mujer, no mañana, no pasado, ¡ya!

“¿Siquiera sabes lo que es un liguero?”

Llegó a mi casa con un “six pack” de cervezas para darse ánimo. No era tan experimentado como pretendía, supongo.

Durante el camino no cruzamos palabra. El viaje en taxi duró una hora y llegamos, algo borrachos, a un galpón enorme en medio de la nada. Tuve la impresión de que alguien acechaba en la oscuridad – no se veía nada, los únicas luces eran las de los carros que pasaban por la carretera de vez en cuando –, pero estaba demasiado bebido como para que me importara.

Mi amigo golpeó en una pequeña puerta lateral hasta que una voz, desde dentro, hizo cierta pregunta que no pude comprender. “El virgen”, fue la respuesta.

Casi vomito por las carcajadas.

Al poco, un hombre alto y con aliento repulsivo abrió. “Solo están la Camila, la Sandy y la Lucero”. Pagué por la última, su nombre me pareció bonito.

El galpón oscuro y el tufo a cigarrillo, sudor y trago me provocaron un nuevo acceso de náuseas. Mi amigo se sentó, explicándome que la Lucero se iba a demorar un poco, el cuidador le había dicho que estaba con un burócrata, “de esos que hacen las leyes contra las putas”.

Le pregunté qué era un liguero, temiendo que pudiese arruinar el encuentro si no lo averiguaba, pero él no pudo contestarme porque una mujer, que había salido de entre la nube de humo de cigarrillo, me tomó de la mano y me arrastró hacia una puerta, tras del escenario donde otras putas – la Camila y la Sandy – bailaban quitándose sus bikinis.

Al entrar al cuarto, tuve miedo. No del sexo, no de la mujer, solo del liguero. ¿Podía enfermarme por su culpa? ¿O ir a la cárcel? Le pedí a Lucero que me explicase.

Risas.

El amor sin amor...

El amor sin amor…

Terminé de bruces en la cama, con el cuarto convertido en un carrusel. El edredón de la cama estaba húmedo, creo que por el sudor del fulano que había entrado primero.

Más náusea.

Lucero – por fin pude verla: era horrible, tan horrible que resultaba hermosa – empezó a quitarse la blusa – estaba disfrazada de enfermera –, mientras yo pensaba con desesperación en el liguero.

“¿El liguero te liga a alguien? ¿A Lucero, a las putas?”

Una sirena sonó de repente y luego un par de balazos. Un breve silencio y, al final, golpes, gritos, maldiciones.

“¡Puta madre!”, dijo la puta y yo volví a preguntar sobre el liguero. Lucero me abofeteó por pendejo y en seguida entraron los policías.

Una poetisa a la picota

PoetisaTodas las noches Jaime llegaba a su casa con la sensación de que había cometido un delito, sin embargo le pagaban para eso y el sueldo no era nada deleznable. “¿Es preferible condenar a muerte a un par de poetas y periodistas – se preguntaba – o no hacerlo y perder el automóvil de último modelo, las vacaciones semestrales al Caribe y los almuerzos en el Hotel Hilton?”

El funcionario tenía cuatro posgrados, dos maestrías y un doctorado, todos en Ciencias Sociales y cuando presentó su currículo para el cargo de Secretario Observador y Calificador de Contenidos de Medios Escritos, Audiovisuales y Electrónicos del Ministerio de Propaganda de la República Nacional y Soberana de Estulticia, lo aceptaron inmediatamente – el sustantivo “censor” se eliminó en una reforma de ley para que quede claro a nivel internacional que en el país nunca se censura.

El proceso de selección para cualquier puesto burocrático en Estulticia dependía de la cantidad de títulos del aspirante y, sobre todo, de su adhesión incondicional al Régimen. Dichas cualidades le sobraban a Jaime, pues era imposible que faltase a un mitin político o un curso para obtener un nuevo diploma; de hecho sus familiares sostenían orgullosos que en vez de tapiz, las paredes estaban cubiertas de títulos y banderas del partido. En pocas palabras: era un genio de la tecnocracia y, por ende, un gigante de la mediocridad.

Aquel día el trabajo fue mucho más duro que de costumbre, tuvo que condenar a las brasas la obra completa de una joven y bellísima poetisa porque estaba en contra del canon estético de la República. La muchacha se había atrevido a escribir sobre el amor, sin importarle que el Jerarca dijo, en uno de sus miles de millones de enlaces televisivos, que ese sentimiento es el germen de la sedición. “¡No hay peor rebeldía que querer a otro ser humano!”

De todos modos Jaime sintió compasión por ella, al fin y al cabo la quema de sus libros significaba, en el mejor de los escenarios, la cárcel. Y era tan hermosa…

La mañana siguiente, lo primero que hizo fue llamar a sus contactos para averiguar el estado de la muchacha, al tiempo que preguntaba si había algo que se pudiese hacer para librarla del escarnio y la muerte. Finalmente, cuando le informaron que todo era inútil porque el Jerarca había dado la orden de ejecutarla por sediciosa, se encaminó a la prisión.

Muy poco es lo que ella le dijo, estaba reacia a cualquier clase de contacto con un “esclavo del tirano”. Sin embargo Jaime no se resignó, visitándola a diario desde entonces.

Pasaron algunas semanas y justo la tarde previa a la ejecución de la poetisa, esta pareció rendirse y se puso a conversar por horas con él, confesándole incluso su miedo a la muerte y su certeza de que debía existir un mundo mejor.

Jaime volvió al Ministerio víctima de la pasión y la tristeza, mas, no tuvo tiempo para pensar en alguna solución porque un par de policías le franquearon la entrada a su oficina, al mismo tiempo que le entregaban una orden de arresto firmada por el Jerarca. Lo acusaba de haberse enamorado de una sediciosa, convirtiéndose él también en uno.

Enseguida lo encerraron, aislándolo de todos – hasta los guardias tenían prohibido hablarle – y con una alimentación exigua, pero sufría más por el destino de su poetisa y por el miedo a su propia muerte.

1Un día – era imposible saber cuántos transcurrieron durante ese cautiverio – uno de los guardias de la cárcel le dijo que saliese y que, en un juicio sumario, se había resuelto su situación: su condena no era la muerte, era peor, al menos para él: lo degradaban a limpia – letrinas del Ministerio, quitándole todos sus títulos y diplomas.

Luego de obligarle a enfundarse un viejo overol, lo llevaron a una de los baños más inmundos del edificio.

— ¡Limpia! – le dijo el guardia –. Y si te interesa saber, la poetita está muerta y disfrutamos mucho al degollarla.

— ¡No me importa! – respondió Jaime con sinceridad.