Mafarka, el antifuturista

Artículo publicado originalmente en Teoría Ómicron en abril de 2018. Puede leerla en la sección “Héroes Ómicron“.

Portada de “Mafarka el futurista”

Lejos quedan aquellos años del Renacimiento cuando un futuro mejor parecía posible. Hoy, gran cantidad de escritores (divulgadores de ciencia o novelistas) se rehúsan a creer en un mundo idílico en el que la humanidad haya alcanzado un altísimo grado de evolución espiritual, capaz de alejarla de guerras, hambrunas y ambiciones estúpidas.

Tiene sentido: el planeta se cae a pedazos. El animal más inteligente de la Creación deja, a cada paso, evidencias nuevas de su torpeza.

Cuando Orwell, Bradbury o Huxley imaginaron sus planetas distópicos, el mundo había atravesado al menos una guerra mundial, presenciaba el ascenso de los totalitarismos (de izquierda y derecha) y estaba a punto de conocer la devastación que puede provocar un simple átomo al partir su núcleo en dos. Pese a eso, los humanos de entonces no tenían la consciencia plena de su propia pequeñez y hasta finales del siglo diecinueve, antes de la Teoría de la Relatividad y de la Física Cuántica, existía la convicción de que “todo” estaba descubierto.

Con los hongos de Hiroshima y Nagasaki, el optimismo se esfumó y los escritores, derrotados, empezaron a cuestionarse su lugar en la Tierra. Las historias de horrores futuristas empezaron a reproducirse en diversos lugares del orbe, mientras las inquietudes y los miedos eran el alimento de cada mañana.

Sin embargo, antes, a principios del siglo veinte, el germen del fascismo había aparecido en Europa y muchos escritores rompían filas en su defensa o en la del bolchevismo, un antagonista que, a la larga, no era más que otro lobo con disfraz de oveja.

En Italia, D’Annunzio era el principal abanderado del nacionalismo en las letras, pero no el único: un agitador cultural nacido en Alejandría, Filippo Tommaso Marinetti, empezaba a despotricar, donde se le diera la gana, contra todo y contra todos.

Era un personaje extraño, con gesto arrogante, mirada fogosa y bigotes cuyas puntas, desafiantes, se elevaban hacia al cielo como flechas en contra de los dioses.

A diario, este africano con sangre italiana gritaba que el futuro no pertenecería a esas democracias débiles como lo de Woodrow Wilson, sino a imperios que, a la usanza de la Roma de César, impondrían el “progreso” a punta de lanza.

Marinetti era un apóstol de la ciencia y, sobre todo, de la tecnología, pero su visión del futuro, su futurismo, era violenta y terrible.

Escuche el “Sanjuanito futurista”, pieza compuesta por el ecuatoriano Luis Humberto Salgado, inspirándose en el estilo musical propuesto por el movimiento futurista.

Sostenía que un automóvil es mucho más bello que la Victoria de Samotracia, resumiendo con ello su admiración por un futuro despiadado donde el conductor se fundirá con la máquina para arrollar a esos necios transeúntes empeñados en quedarse en el pasado.

Marinetti y sus seguidores entienden que el futuro es velocidad y que solo hay dos alternativas: correr a su encuentro o extinguirse.

Con esas ideas, en 1910, Marinetti publicó en FranciaMafarka, el futurista”, libro que, en palabras de sus editores, es una novela de amor intenso, pero que centra su trama, en realidad, en la vida de un héroe africano, epítome del hombre futurista, quien debe enfrentar al usurpador de su trono y que, luego de derrotarlo, opta por retirarse del mundo encaramado en un robot gigantesco que fabricó para alcanzar el cielo.

La construcción de esta máquina solo se dará después de años de purificación en los que el héroe prueba toda clase de placeres carnales: sexo (en casi cualquier variedad posible), poder, riqueza, etcétera.

Orgías y asesinatos llenan las páginas de “Mafarka” y por eso, el mismo año de su publicación, se inicia un proceso en su contra en la Tercera Sección del Tribunal de Milán. Se acusaba al libro y, desde luego a su autor, de “pornográfico, ofensivo e innecesario”.

Marinetti, lejos de sentirse deprimido, consideró que este juicio era la primera batalla que le planteaban los defensores del mundo caduco a los futuristas.

Enseguida, la prensa liberal se llenó de artículos, poniendo de moda la frase “libertad de expresión”, mientras los conservadores hablaban de decadencia y vulgaridad:

― ¿Cómo se puede defender un libro cuyo primer capítulo se titula ‘El estupro de las negras’?” – decían y luego se engolosinaban enumerando todas las proezas sexuales de Mafarka.

Escritores de la talla de Luigi Capuana hablaron en defensa de la novela. Decían que las intenciones de Marinetti fueron malinterpretadas y que su Mafarka, en efecto, era explícito y fuerte, pero su finalidad no era la de hacer una apología de la violencia, sino que, a manera de una “nux vomica”, buscaba sacar de la modorra a espíritus habituados a la mediocridad y el conformismo.

Marinetti y su mujer, la pintora Benedetta Cappa, posando para una típica foto familiar… Fuente: Zeroconfini.

El autor de la novela sonreía en silencio: ni sus defensores lograban comprenderlo.

Cuando le llegó el turno de hablar, Marinetti se puso de pie y miró con ojos de suficiencia al fiscal y al juez.

Lo que yo quiero es darle una descarga de electricidad a Italia para devolverle la vida; sí, quiero sacarla de la modorra, pero no con viejos valores, sino llevándola a un nueva era. ¿Por qué hay violencia? Porque así será el nuevo mundo: ¡veloz! Y la velocidad es agresiva, despiadada… El que lo entienda vivirá y el que no está destinado a la desaparición.

Llegó la absolución para Mafarka y muchos la vieron como un triunfo de la libertad de expresión, pero Marinetti estaba lejos de ser uno de sus apóstoles. Con el ascenso de Mussolini al poder, él se transformó en su poeta oficial y uno de los más despiadados enemigos de cualquier intelectual que se atreviese a cuestionarlo.

Paradojas más, paradojas menos, la carrera de Marinetti terminó junto con la de “il Duce”. Cuando la Italia y su sucesora fascista, Saló, boqueaban, el padre de Mafarka murió de un ataque al corazón.

Había sido voluntario en el Frente Oriental por unos meses y en Abisinia cuando los italianos intentaron restaurar el Imperio Romano a costa de los etíopes. Había saboreado el éxito al convertir al Futurismo en el arte oficial de Italia y también el fracaso por publicar artículos de judíos en su revista. En cualquier caso, el tiempo quiso que solo perduraran sus estigmas y, en este siglo, pocos recuerdan a Marinetti.

Mafarka, no obstante, sobrevivió incluso a su creador. Hoy, con el mundo hecho añicos, este príncipe africano nos mira, desafiante e irónico, desde los cielos y dentro de su robot gigante, recordándonos que tal vez el futuro de Marinetti no es el soñado, pero sí el más probable…

El Borges que no quiso escribir ciencia ficción

El paraíso de Borges era una biblioteca; el nuestro, la mansión de Playboy Y una biblioteca.

El paraíso de Borges era una biblioteca; el nuestro, la mansión de Playboy Y una biblioteca.

Jorge Luis Borges fue un admirador de Wells y Bradbury; se apasionaba por las novelas y cuentos que sus amigos – Bioy, por ejemplo – creaban sobre artilugios técnicos o científicos, toda vez que, como él mismo escribió, raras son las ocasiones en las que algún autor de estas comarcas se atreve a incursionar en la ciencia ficción.

Curiosamente, esta premisa es casi completamente aplicable al propio Borges, quien optó por la literatura fantástica, los juegos matemáticos, las elucubraciones metafísicas, los dobles, los laberintos, pero jamás se aventuró con los extraterrestres o los viajes espaciales. ¿La razón? Acaso nadie pueda descifrarla. El hecho es que quizá había algo de pudor en el argentino, una suerte de miedo a convertirse en un falsario o a que que la impecable voz narrativa que conduce a sus lectores desde el orificio en las escaleras de un desván hasta el “punto que contiene todos los puntos del universo” sin dar posibilidad a discusión, se transforme en un falsete por completo disonante al mencionar a marcianos o a máquinas del tiempo.

El cuentista es un prestidigitador, cuyos embustes solo resultan eficaces si no se revelan las trampas, si se esconden bien los elásticos debajo del puño de la levita en el que yace la carta secreta o el compartimiento en la chistera donde duerme el conejo y que, por otro lado, se vuelven ridículos al mostrarlos. En ese sentido, quizás Borges prefirió la evasión al riesgo de que sus trucos sean descubiertos.

Pero estas son solo especulaciones…

De todos modos, recuerdo dos cuentos en los que el autor cruzó la línea mojándose en las aguas de la ciencia ficción: There are more things y Utopía de un hombre que está cansado; es posible que en ellos encontremos la respuesta a la pregunta que nos planteamos.

El primero es un homenaje a Lovecraft, escritor que según el argentino era un genial parodista de Edgar Allan Poe. Borges quería librarse de la espina que el creador de La ciudad sin nombre le había clavado en el alma y el exorcismo adecuado era un cuento. La literatura se cura con más literatura.

El narrador – personaje es un hombre que está a punto de terminar la universidad en Austin, Texas y que, tras enterarse de la muerte de su tío, Edwin Arnet, decide volver a Argentina para recoger los despojos de un litigio que se había realizado por la venta de una casa que el fallecido construyó años atrás en cierta localidad cercana a Buenos Aires. Al llegar descubre que ninguno de los habitantes de la zona quiere acercarse al edificio y que corren extraños rumores alrededor de este.

Los monstruos de Lovecraft tienen un preocupante parecido con las sabatinas de Rafael Correa.

Los monstruos de Lovecraft tienen un preocupante parecido con las sabatinas de Rafael Correa.

El sobrino de Arnet se dedica entonces a hacer una serie de investigaciones y, movido por la curiosidad más peligrosa, entra en la vieja propiedad, hallando el habitáculo de una criatura que quizá vino de otro mundo o que fue creada por un sudamericano doctor Moreau. Del monstruo no se puede decir mucho, acaso porque el narrador cae víctima de su ferocidad o porque la mejor manera de terminar un cuento es dejándolo sin final…

Por otra parte, Utopía de un hombre que está cansado es, creo yo, el que tiene la llave del secreto de Borges que nos ocupa. El narrador nos cuenta la crónica de su visita a la casa de un hombre – quien se rehúsa a revelar su identidad –. Sabemos, no obstante, que no vive en este tiempo, que es alguien del futuro.

Su voz no es optimista ni negativa, es indiferente. Parece comprender que ha vivido mucho y que el tiempo de morir llegó, pero no hay la menor tragedia, es solo un ciclo normal y hasta un descanso. Los hombres del futuro viven mucho, las enfermedades han desaparecido – aun las peores: la política y los gobernantes – y son un recuerdo lejano. Además la diversidad idiomática se ha esfumado para dejar sitio al latín como única lengua.

¿Y los viajes al espacio, ese acariciado sueño de los hombres? Han terminado por aburrir, pues como afirma el anfitrión del futuro con absoluta lógica: “todo viaje es espacial. Ir de un planeta a otro es como ir a la granja de enfrente. Cuando usted entró en este cuarto estaba ejecutando un viaje espacial”.

El hombre cansado es aquel que tiene que trabajar a diario.

El hombre cansado es aquel que tiene que trabajar a diario.

El dinero es otro recuerdo negro, igual que la pobreza. Incluso los libros impresos se han tornado en reliquias y la literatura no consiste en una interminable publicación de sandeces sino en la revisión de unas pocas obras que son la cumbre del pensamiento humano – recordemos que Borges consideraba que apreciar un buen libro era sinónimo de haberlo leído muchísimas veces.

El final del relato acaso sea siniestro: el hombre del futuro acude por su voluntad a un crematorio para entregarse a la muerte, sin embargo en una sociedad como la que nos describe Borges la vida no tiene mucho valor: solo se viene al mundo con el objeto de cumplir con una o varias funciones – el arte, la ciencia, etc. –, para luego marcharse sin dañar a los jóvenes, evitando quitarles el derecho a comer y a respirar.

¿Un mundo perfecto o el peor de los mundos?

Quiero pensar que aquí está la clave del rechazo de Borges a escribir ciencia ficción; me refiero a su miedo al futuro, a lo que vendrá y, sobre todo, a las pocas esperanzas en el porvenir que un hombre entregado al cultivo del intelecto podía tener en medio del siglo veinte, uno de los más violentos e irracionales a pesar de todos los avances de la ciencia y la tecnología.

Borges seguramente no hubiera usado un iPod o un Samsung Galaxy porque sus ojos, cerrados a luz y a los colores, miraban al pasado, convencidos de que los griegos de la época de Platón ya sabían todo…

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