La caza grande de Cepeda Samudio

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Álvaro Cepeda Samudio. Fuente: El Tiempo.

Álvaro Cepeda Samudio (Barranquilla, 1926) fue un Bartleby. Escribió poco o, de plano, prefirió no hacerlo. Sus amigos, incluido García Márquez, le recriminaban la supuesta pereza que lo llevó a publicar apenas tres libros – fuera de varios relatos desperdigados en las páginas de los periódicos –: “Todos estábamos a la espera”, “La casa grande” y “Los cuentos de Juana”, con doce y diez años de distancia entre uno y otro.

Carmen Balcells, la mente maestra tras del Boom, varias veces intentó convertirlo en otro más de esa hojarasca de escritores latinoamericanos que habían conquistado Europa, pero él se excusaba “porque lo que es el amor eterno sigue…”

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Álvaro Cepeda Samudio y García Márquez en el aeropuerto de Barranquilla. Fuente: Ver Bien Magazín.

Cepeda era como pocos. Hombre de lecturas, admirador de los escritores estadounidenses contemporáneos suyos y un convencido de que la literatura colombiana debía tomar un nuevo derrotero de silencios al estilo de Hemingway y de grandes epopeyas al estilo de Faulkner.

Pero el barranquillero no solo era un Bartleby, también era un sobreviviente. Toreaba la necesidad como podía: si era necesario hacer una campaña para las cervecerías de los Santo Domingo, multimillonarios de la costa atlántica, él ideaba un eslogan que decía cerveza “Águila, sin igual y siempre igual” o no dudaba en largarse a los Estados Unidos para estudiar periodismo aunque, dos años después, regresara sin título bajo el brazo.

Parece razonable creer que Cepeda no se convirtió en un narrador de tiempo completo porque la necesidad de ganarse la vida le obligaba a dejar que se desvanezca – paradoja contemporánea –, sin embargo, eso no es más que un error de perspectiva.

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Algunos de los integrantes del Grupo de Barranquilla en El Heraldo. Fuente: El Heraldo.

Él era un adelantado y, como tal, se percató de algo que recién en los últimos veinte o treinta años los latinoamericanos hemos aceptado: el periodismo ES la nueva literatura.

Sí, los García Márquez, los Vargas Llosa y casi todos los autores de éxito desde México hasta la Patagonia han recaído con mayor o menor fortuna en las redes del periodismo, pero, en la mayoría de los casos, lo han hecho como si se tratase de una actividad subsidiaria capaz de permitirles sobrevivir, mientras descifraban el misterio de cómo pasar los días sin morirse de hambre mientras se fabrican ficciones.

En cambio, Cepeda Samudio conoció de primera mano, gracias a su paso por las aulas de los Estados Unidos, el caldo de cultivo del “nuevo periodismo”, ese que ahora está de moda, ese que usa las “técnicas” de la literatura para describir el mundo “real”.

Desde las páginas de Crónica – revista en la que colaboraron además de Cepeda, García Márquez, Alfonso Fuenmayor, entre otros – El Heraldo, El Nacional, Sporting News y Diario del Caribe empezó a instaurar una nueva forma de narrar la realidad a través del humor inteligente, la anécdota y la belleza literaria.

Lea el reportaje de Cepeda Samudio sobre el futbolista brasileño Garrincha: “Yo vivo la vida, la vida no me vive a mí“.

Pero eso no es todo.

Lo esencial del escritor barranquillero es que fue un cazador de experiencias tan audaz que hizo algo que pocos se atreven: vivió su vida como le dio la gana.

Escribió cuando quiso, estudió cuando quiso, se murió cuando quiso. Se fue del planeta sin quedar en deuda con nadie porque comprendió que la literatura no solo se hace escribiendo sobre una cuartilla de papel, se hace sobre todo en la calle, en la vida, tomando decisiones que a muchos les pueden parecer absurdas, pero que a uno lo hacen feliz.

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Portada del libro editado por Alfaguara.

Hace un par de meses, compré la recopilación de todos los textos de ficción de Álvaro Cepeda Samudio a cargo de la editorial Alfaguara. Se trata de un viaje que lleva al lector desde la matanza de trabajadores dentro de una bananera gringa en la costa caribeña de Colombia hasta un bar del sur de los Estados Unidos, para mostrarnos la soledad, la miseria – espiritual más que económica –, así como también la grandeza que se esconde en el alma humana. En todos sus relatos, está el ojo clínico del periodista que usa la historia – reciente y no tanto – para aquilatar el cuento.

En definitiva, al cerrar el libro uno se queda con la sensación de que este escritor, hoy casi olvidado, es uno de los pocos que comprendió lo que Novalis había advertido más de un siglo antes: “al final todo será poesía“.

“El poeta tiene la obligación de cantar”

Entrevista publicada originalmente en la revista digital “Libro de Arena“.

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Jorge Humberto Chávez es autor del poemario “Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto” (foto: Luis Pegut).

Con el telón de fondo de la Feria Internacional de Libro de Quito 2016, Jorge Humberto Chávez aterrizó en Ecuador para presentar su libro “Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto” y dirigir un breve taller sobre creación literaria en el Centro Cultural Carlos Fuentes del Fondo de Cultura Económica.

El día de la presentación del poemario, el cielo estaba oscuro. La lluvia había ahuyentado a la gente durante toda la mañana.

Faltando cinco minutos para el inicio del acto, estábamos ocho personas  –cinco eran amigos y familiares del autor–. Iván Oñate se levantó para arrancar con la presentación y nos anticipó que estábamos ante un poeta de gran fuerza. No mintió.

Apenas unos versos más tarde nos dimos cuenta de que Chávez – nacido en Ciudad Juárez en 1959 y ganador del Premio Nacional de Poesía de Aguascalientes de 2013 – era un poeta poco convencional, capaz de convertir el lenguaje periodístico en versos de potencia abrumadora.

Gracias a la poesía, a esa poesía, la sala terminó abarrotada hasta la bandera.

El poeta, profesor y enólogo – como le gusta definirse – tuvo la amabilidad de responder algunas de nuestras preguntas, pese a las complejidades de las agendas, la distancia entre los Andes y México y al gélido mundo de los correos electrónicos.

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El poeta junto a su esposa Rosy Zamora (foto: Efraín Benavente).

¿Ya “no hay río ni llanto” en México?

Este verso emblemático esconde algunas realidades sombrías. En su peor momento Ciudad Juárez aportaba 15 muertos por día a la guerra del narco. Eso – pensaba yo – es una cuota que no puede durar mucho: no hay tanto llanto para esa hecatombe. El río Bravo, por su parte, dejó de correr. Lamentablemente, nadie vio venir que la violencia permearía a todo el país como ocurre ahora.

Es frecuente escuchar que la única respuesta a la violencia es más violencia, pero ¿es cierto?, ¿qué posición debe tomar un artista al respecto?

El poeta tiene la obligación de cantar. Ese es su trabajo. El periodismo produce textos de corta duración en el imaginario de las personas: las noticias se olvidan para dar paso a las nuevas notas del día. La poesía está montada sobre un soporte estético, está hecha para durar más tiempo que el poeta o que la misma sociedad que la genera.

En las décadas de los sesenta y setenta, las palabras escritor y político prácticamente eran  sinónimas. ¿Esa idea se sostiene hoy o ha cambiado?

No estoy seguro de la verdad de esta afirmación. Desde luego distingo casos como los de Dalton, Cardenal, Jara. Pero había otros poetas actuando en la literatura en español que no se ajustaban al modelo. Paz era poeta, pensador y diplomático; Chumacero y Bonifaz Nuño, eran poetas al cien. Casos así hay muchos en Argentina, Chile, Colombia y Cuba.

¿Es posible el “arte por el arte”?

No sé. Ignoro el contexto de esta frase. Cuando enseñaba estética en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez decía a mis estudiantes que la pura intención declarada por un artista nos obligaba a tomar su obra como una obra de arte, independientemente de que ejerciéramos o no una crítica. Eso es la base del arte conceptual. En lo personal, pienso que el arte debe trascender la forma inmediata y que debe extender un nexo interpretativo –no escribí significativo- para los demás.

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Jorge Humberto Chávez (d) y el poeta Iván Oñate (i) en en la Feria Internacional del Libro de Quito 2016 (foto: José Luis Barrera).

¿Cómo empezó a escribir poesía Jorge Humberto Chávez? ¿Era una rebelión en contra del medio violento en el que le tocó vivir?

Nunca fue así. Mis primeros textos eran el resultado de la poderosa atracción que la poesía, leída en mis libros escolares, ejercía sobre mí. Mis últimos poemas son el resultado de la poderosa atracción que ejerce sobre mí el cantar, a pesar de que la canción sea muy triste. Pero no olvido que canto para mí y también para todos los otros.

El estilo de sus versos es seco, casi periodístico, pero de una fuerza poco vista. ¿Se trata de una característica innata de Jorge Humberto Chávez o es el resultado de una disciplina autoimpuesta?

Fui periodista cultural entre 1984 y 1994. Escribí dos columnas: “Cuaderno de Jonás”, con textos sobre sociedad y cultura; y “Del recreo al Reforma”, donde combinaba mi conocimiento de la vida nocturna de la frontera con temas de arte y actualidad. Mi formato predilecto era la crónica. En “Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto” me propuse usar la crónica, construir poemas sólidamente narrativos y utilizar un lenguaje preciso y sin ornamentos líricos: como escribir con un bisturí. Y no hay nada de innato en mi poesía actual: tengo algunos poemas tan horrorosamente lindos que dan malestar.

Jorge Humberto Chávez dirigió un taller para jóvenes poetas en Quito y lo ha hecho también en México, lo que le ha permitido conocer a las nuevas voces de Latinoamérica que quieren entrar en el mundo de la poesía. ¿Tienen alguna característica en común que le haya llamado la atención? ¿El “Boom” ha sido superado o es el “padre que aún no hemos matado”?

Nada de eso. Impartí un taller en Ciudad Juárez durante 11 años. Fundé el Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes de Tierra Adentro en México y lo dirigí por 7 años. Aún hoy doy talleres donde me lo piden –cobro en cajas de tinto- por dos razones: me cuido de mantener vigente mi capacidad crítica y autocrítica, como lo recomendaban Miguel Donoso Pareja y David Ojeda; y porque leer a los autores jóvenes te obliga a mantenerte en su nivel.

La noche que Curzio Malaparte le robó la novia a Marcelo Chiriboga

“Villa Malaparte” en Capri, una isla muy feliz, mucho antes de que Ibiza estuviese de moda.

El mes pasado el diario “El Comercio” de Quito publicó un artículo sobre el escritor ecuatoriano Marcelo Chiriboga. Me sorprendió mucho leer el texto, toda vez que en Ecuador es muy frecuente olvidar a sus leyendas artísticas y este escritor – el único premio Cervantes nacional –, poco a poco, ha quedado en el olvido, siendo que hasta “La caja sin secreto”, su novela cumbre, está exiliada de cualquier librería local.

Curzio Malaparte, polemista y literato fascinante.

Curzio Malaparte, polemista y literato fascinante.

Pensar en Chiriboga me provoca estrés. No es que tenga algo en contra del riobambeño fallecido en 2005, pero me recuerda el proyecto de un libro sobre su vida que sigue en forma de archivo digital en una de las carpetas de mi computador.

Lo cierto es que en 2007, cuando cierto amigo le dijo a la última mujer de Chiriboga que yo quería escribir sobre él, me contactó, entregándome una serie de documentos – varios paquetes de cartas y diez diarios que corresponden al período que va desde 1950 hasta 1956 –. La mujer murió pocos meses después, ventajosamente sin enterarse de mi falta de constancia.

La sorpresa fue mayor, puesto que leí el artículo de “El Comercio” justo en la semana en que un compañero de trabajo me había prestado el libro de relatosSodoma y Gomorra” del italiano Curzio Malaparte. Recordé entonces que en sus diarios, Chiriboga mencionaba un breve aunque nada agradable encuentro con el autor nacido en Prato.

En 1952, Malaparte – seudónimo de Kurt Erich Suckert – recibió una invitación del gobierno chileno del general Carlos Ibáñez del Campo para representar a Italia en el Congreso Mundial de Prensa y Literatura de Santiago, donde lo homenajearían a él junto con Pablo Neruda, Camilo José Cela e Ilyá Ehremburg.

Jorge Edwards y Pablo Neruda.

Jorge Edwards y Pablo Neruda.

El chileno Jorge Edwards, uno de los amigos de Chiriboga, contó que el italiano era un seductor nato, un dandi – acaso ahora lo llamarían metrosexual –, capaz de enloquecer a todas las mujeres. De hecho, la sobrina del chileno José Donoso, otro de los miembros del “Boom”, cayó en sus garras después de que Edwards los presentara.

En todo caso, mientras aquel romance estaba en pleno auge, el italiano tuvo un par de “affaires” con otras mujeres. En Argentina, mientras asistía a una conferencia sobre periodismo y literatura, una muchacha, un poco mayor que la sobrina de Donoso, se acercó a Curzio Malaparte acompañada de un joven de piel cetrina.

Ella se llamaba Victoria Sacheri y él, Marcelo Chiriboga, quien por aquel tiempo estaba redactando la primera versión de “La caja sin secreto”, titulada “Hombres sin pasado”. La argentina era su novia.

Los tres fueron a cenar en un restaurante de Buenos Aires y durante toda la noche, el italiano los sedujo con sus historias sobre la Segunda Guerra Mundial, los nazis, Mussolini, Rommel, el Conde de Foxá, los cazadores lapones, etc.

Chiriboga escribió en su diario: “Estaba tan embobado que no me di cuenta del brillo en los ojos de Victoria.  Solo cuando en la puerta de su hotel, Malaparte, sin la menor vergüenza, le dijo que estaba seguro de que ella sería el ángel que lo iba a salvar de perderse en Buenos Aires, comprendí mi situación”.

Marcelo Chiriboga no supo casi nada de Victoria durante los cinco días que el italiano permaneció en la capital argentina y es probable que ella lo habría seguido a Punta del Este y luego de regreso a Chile, si la sobrina de Donoso no se interponía.

“¡Victoria no se acuerda de mí! Nunca pensé que odiaría tanto a alguien como odio ahora a Malaparte… ¡Que él y su ‘Piel’ se larguen a Italia!”, escribió al segundo día de desaparición de su novia. La muchacha se paseaba por todos los cafés, librerías y teatros con el italiano, retirándose juntos al hotel poco antes de que amaneciera.

“Los vi en la fiesta de F…, ella hizo como si no se diese cuenta de mi presencia. Me emborraché. Por fortuna soy obediente y cuando quise armar un escándalo, un amigo ordenó que me largara a dormir”.

“Villa Malaparte”, en Capri. Edificio ideado por el propio escritor.

Al día siguiente de la marcha de Malaparte, Victoria volvió a aparecer en la vida del ecuatoriano. Ambos fingieron que no había pasado nada. “Nos queremos, ¿qué vamos a hacer?”

Chiriboga supo después, por boca de Edwards, que el italiano regresó a su tierra durante los primeros meses de 1953, acompañado de Rebeca, la sobrina de José Donoso, y que nunca se mencionó a Victoria. No obstante, la chilena sufrió el mismo destino que su rival argentina: el olvido.

Chiriboga no volvió a encontrarse con el autor de “La Piel” y “Kaputt”, pero la admiración se había apagado. Incluso cuando Malaparte llevaba ya algunos años enterrado, el ecuatoriano dijo durante una visita a Capri – donde aquel tuvo una casa –, que lo único que arruinaba a la isla era precisamente “el repugnante espíritu de Curzio que merodea en las playas, dándoles un aire de lo más siniestro”.

¿A QUÉ HORA MATARÁ A PUSHKIN?

Este relato pertenece a una de las partes culminantes de la novela que estoy preparando y hoy lo someto al escarnio público.

 

http://frankmonner.blogspot.com/2010/04/la-caja-secreta-nuevo-libro-de-marcelo.html

El libro que Marcelo Chiriboga publicó después de muerto (¿?).

Estábamos reunidos en La Mariscal, en la cafetería de siempre. Los cuatro conversábamos sobre un proyecto extraño: fundar una revista en la que los ingenieros escriban sobre el amor y los poetas sobre terminales de buses abandonadas. Yo había propuesto llamarla “Cadáver exquisito” aunque mi opinión no lograba seducir al resto.

De repente, Saúl, el antropólogo poeta de Medellín, me disparó a quemarropa:

“Oiga, compadre, ¿le conté ayer que su viejo amigo Marcelo Chiriboga fue a visitarme en mi casa?”

Negué.

“¡No puede ser! Él está en los Estados Unidos, internado en un hospital por el tema de su cáncer. El domingo conversamos por teléfono.”

“¡Le garantizo que no! Ayer fue a mi casa para pedirme, en realidad PEDIRNOS, algo muy raro.”

“¿Qué?”

“Que usted y yo seamos sus padrinos en un duelo pasado mañana.”

Comprendí que me tomaba el pelo y me eché a reír.

“¡No es broma, hermano, hablo en serio: el hombre me dijo que estaba harto del enemigo en cuestión y que había decido matarlo de una vez por todas. Piénselo: está condenado a morir de cáncer, de forma que una bala reventándole los sesos debe ser, para él, un fin mucho más digno.”

No supe qué responder. Su expresión era muy firme y convencida, no había rastro de burla.

“Pero ¿cómo es que no me lo dijiste antes?”

“Lo olvidé, hermano, lo siento…”

Su olvido era absurdo. Quise saber si Marcelo le había dejado un número de teléfono o una dirección donde pudiéramos contactarlo; él asintiendo me entregó un pedazo de papel en el que estaban escritas las señas de una pensión muy cercana.

Me despedí de todos apresuradamente y me encaminé hacia la calle Calama donde se había hospedado mi amigo. El lugar era sencillo y agradable, se trataba de una casa antigua restaurada de apenas dos pisos en la que se alojan los extranjeros con frecuencia.

Timbré cuatro veces antes de que apareciera una mujer de aproximadamente cincuenta años con rostro adusto que me soltó un “¿qué quiere?” a manera de saludo. Cuando le hube informado que buscaba a Chiriboga, me dijo que subiera al segundo piso, hasta el cuarto del fondo donde dormía “ese carcamal”.

Encontré a Marcelo en la cama, vistiendo solamente unos calzoncillos y un bividí blancos. Las cortinas permanecían cerradas y su equipaje, que aparentemente consistía en una sola maleta, estaba aún empacado.

“¿Cómo es eso de que quiere matarse a tiros? ¡No entiendo nada!”

“¡Ah, eso!”

Guardamos silencio por unos minutos.

“¡Me siento tan viejo!”, dijo de pronto, “cuando era niño todavía se escuchaban historias de sujetos que se abaleaban en duelos cuando sus mujeres los habían transformado en cornudos… ¡El honor! Ahora todo eso es tan old fashioned…”

Estaba sombrío, devastado. No se quejaba de dolor alguno, mas por las expresiones dibujadas en su rostro noté que sufría mucho. La degradación se había posado sobre su piel que ahora tenía el tinte amarillento propio de las enfermedades hepáticas, y muchas, muchísimas más arrugas que cuando lo conocí un año atrás.

“¿Sabe? Al tipo al que voy a matar lo traigo entre ceja y ceja desde hace tiempo y no voy a tener remordimientos después de que lo haga, usted tampoco debería tenerlos: ¡es un desgraciado!”

“¿Y si él lo mata?”

“Por desgracia eso no pasará, no tengo derecho a una muerte digna…”

No se me ocurrió intentar disuadirlo con la idea de que podrían encerrarlo en prisión; lo único que hice es quedarme callado mientras mis ojos contemplaban fijamente un cuadro horrible colgado junto a la puerta del baño.

“La argentina cree que vine a despedirme de mis amigos; no quería dejarme salir de casa supuestamente para cuidar mi salud, pero cuando le dije que iba a hacer lo que me viniera en gana, me mandó a la mierda”, soltó una risita burlona.

La argentina, la amante de Chiriboga, era un ser extraño; nadie conocía a ciencia cierta sus sentimientos por él: amor, odio, admiración, apego o necesidad de dinero. Quizá fuera una amalgama de todo.

“¡Es una mujer impresionante! Aún ahora que es una vieja sigue siendo atractiva, valiente. No le costará encontrarme más de un reemplazo (estoy seguro de que ya tiene uno), acuérdese de mis palabras. El mismo día de mi funeral empezará a sacarles un beneficio económico a mi nombre y a mis obras, algo que ni siquiera yo mismo puedo hacer.” Explicó con tono agrio.

Chiriboga era un Hércules contemporáneo, un semidios literario que estaba afrontando su decadencia como podía. La aspiración de quemarse en una pira cubierto del manto embarrado con la sangre de Neso ya no era posible, así que matar o morir por un pistoletazo quizá era su único camino para huir del morbo de la enfermedad.

“¿No hay forma de disuadirlo de cometer esta estupidez?”, dije sin convicción.

“No. Usted lo sabe muy bien.”

Sentí que un escalofrío me recorría la espalda.

“¿Al menos me dirá el nombre del tipo con el que se va batir”

“No lo va a creer…”

“¡Esta historia es increíble de principio a fin, Marcelo!”

“Hubiera preferido que lo vea con sus propios ojos, pero si insiste: mataré a Pushkin.”

“¿Quién? ¿Quién es Pushkin?”

“Usted sabe de quién estoy hablando; varias veces me ha dicho que admira muchísimo su obra.”

Me quedé congelado. Solo podía tratarse de una broma.

“Hablo en serio, por eso no quise comentárselo antes: estoy seguro de que ahora que lo sabe tratará de convencerme de que no mate a uno de sus escritores favoritos.”

“¿Cree que es eso lo que me preocupa?”

Pushkin, el amante de la amante de Chiriboga, observando las turbulentas y poéticas aguas del lago artificial del parque de La Alameda.

Pushkin, el amante de la amante de Chiriboga, observando las turbulentas y poéticas aguas del lago artificial del parque de La Alameda.

“¿Y qué más?”

“Marcelo, usted y yo sabemos que ese Pushkin murió hace casi dos siglos.”

“¿Está loco, jovencito? Antes de ayer le envié una carta de desafío a su casa, remitiéndome él en seguida su tarjeta personal con la aceptación. Espere.”

Extendió su brazo derecho y tanteó en el velador de al lado de su cama. Sus ojos estaban fijos sobre mí y casi bota la lámpara antes de entregarme una pequeña tarjeta de color blanco con letras negras. Claramente se leía: “Aleksandr Serguéyevich Pushkin”. Bajo el nombre estaban algunas palabras escritas en cirílico y luego la dirección: “Mariana de Jesús y América”.

“¡Esto es una broma!”

“No, es muy serio.” Suspiró. “¿No entiende? Todo es culpa de la argentina… Ella tiene un affaire con el ruso desde hace años. Ambos se han aprovechado de que la literatura me tenía vendado los ojos, dejándome como un pendejo, pero no crea que porque estoy a punto de morir permitiré que me traten de esa forma”

“Admitiendo que toda esto no es más que una locura, ¿cómo es posible que ellos sean amantes si su mujer vive en París y Pushkin a diez minutos de donde estamos?”

“Sé que la visita cuando yo voy a Barcelona o a Estados Unidos.”

No quise hacer más objeciones; estaba claro que el gran novelista ecuatoriano del “Boom” había enloquecido.

“Lamento sinceramente tener que matar a uno de sus literatos predilectos, pero que yo esté hecho una mierda no significa que debo permitir que sigan burlándose de mí, ¿no le parece?”

Dejé a Marcelo en su habitación, prometiéndole que le invitaría a comer al día siguiente. “La última cena”, me había dicho con retintín.

 

Llamé a Saúl para contarle todo. Él no se sorprendió.

“Ya lo sabía; no quise decírselo, hermano, porque creí que era mejor que él lo hiciera, al fin y al cabo usted admira mucho a Pushkin.”

“¿O sea que tú también crees esa historia?” Balbuceé.

“No entiendo, ¿a qué se refiere?”

“¡A Pushkin! ¡Él está muerto y enterrado desde hace casi dos siglos!”

Saúl guardó silencio por un minuto y luego me dijo que debía descansar, notaba que la impresión me había afectado.

Colgué el teléfono. Esa noche no pude dormir, daba vueltas en mi cama víctima de un nerviosismo extraño, como si mi vida fuese la que corría peligro. Quizá mi mayor preocupación era mi cordura, ¿acaso estaba perdiéndola? ¿O era una conspiración de mis amigos para burlarse de mí?

Mis ojeras y mi apariencia en general probablemente daban un espectáculo bastante lamentable porque cuando llegué a la librería, mi compañera de trabajo me recomendó ir a casa hasta que se me “pase el efecto de la borrachera”.

Deambulé por el local revisando uno que otro libro hasta que encontré una antología de relatos de Pushkin. Leí el cuento “La dama de picas” y tuve la sensación de que mi destino, el de Chiriboga y el del ruso estaban sellados como el de Hermann – el héroe trágico de la historia – por una mujer vieja y llena de secretos.

 

Poco antes de las siete me presenté en la pensión de Marcelo para ir a cenar. Lo encontré  elegantemente vestido y, aunque el color amarillento de su piel lo hacía ver enfermo, estaba de muy buen humor.

“Siento que vuelvo a nacer, jovencito…”

Borges le dice a Bioy: "¿verdad que solo era un doble tuyo el de esta historia? ¿VERDAD?"

Borges le dice a Bioy: “¿verdad que solo era un doble tuyo el de esta historia? ¿VERDAD?”

Caminamos por las calles de La Mariscal hasta un restaurante argentino – a Chiriboga le pareció adecuado.

“Como otros se tragan mi asado, creo que tengo el derecho de tener uno que solo yo pueda digerir.”

Guardé silencio. No me tuve deseo siquiera de discutir su comentario.

“No sé por qué se preocupa tanto. Escritores hay por toneladas; uno o dos menos no le afectarán a nadie. Piénselo: cualquiera de nosotros que se vaya al infierno recibirá una sepultura digna, le harán alguna ceremonia en el Congreso y, con suerte, hasta tendrá una estatua en el Parque de El Ejido, ¿no le parece bonito?”

“Oiga, Marcelo, ¡ya es hora de que me deje de joder la paciencia!”

Me miró sorprendido.

“Nunca lo había visto reaccionar así. ¿le gustaría que le diga que todo es una payasada, una burla que le preparamos con sus amigos? Lamentablemente no, el duelo es real y, en unas horas más, Pushkin o yo veremos la cara de Tánatos.”

“No sé qué pensar, me siento tan confundido… Pushkin… ¡Pushkin está muerto!”

“Aún no, pero pronto será así.”

“Usted no entiende o finge no hacerlo. ¡ESE HOMBRE MURIÓ EN 1837!”

“Mejor comamos, el hambre lo hace desvariar.”

Nos sentamos a la mesa. No probé bocado, al contrario de Chiriboga quien se puso a engullir su comida casi como un animal. Asqueado, me dediqué a mirar un televisor que transmitía cierto partido de fútbol de Segunda División.

“Creo que no debí pedirle que fuera mi padrino”, me dijo de repente, “ noto que la situación lo está afectando mucho; ni siquiera ha comido…”

“Usted… ¡todos me quieren volver loco!”

Me miró consternado.

“Sabía que admiraba a Pushkin, mas nunca imaginé que fuese tanto. De todas maneras es muy tarde para retroceder… ¡haría el ridículo!”

Me sobé la barbilla exasperado.

“Bueno, quiero acabar con esta pendejada de una vez, ¿a qué hora matará a Pushkin?”

“¿No le dijo Saúl? A las seis de la mañana en el Parque de La Alameda.”

“Correcto, entonces lo acompañaré a su pensión, quiero ir a dormir pronto. ¡Estoy entusiasmadísimo!”

Pagué la cuenta y nos marchamos.

 

El cielo estaba nublado y algunas gotas de lluvia golpeaban nuestras caras. Chiriboga, Saúl y yo aguardábamos a Pushkin y a sus compañeros sentados en una banca junto al lago artificial.

Creía que tarde o temprano los dos, echándose a reír, me dirían que todo era producto de una jugarreta de mal gusto.

Los minutos continuaban transcurriendo y las esporádicas gotas de agua se transformaron en una tormenta.

Bontempelli y Pirandello se preguntan por qué insisto en meterlos en esta colada.

Bontempelli y Pirandello se preguntan por qué insisto en meterlos en esta colada.

“Ya es suficiente, ¿no? ¿Me van a decir la verdad para que podamos ir a desayunar?”

Ambos intercambiaron una mirada.

“Espere un poco más, jovencito, deben estar cerca.”

En ese mismo instante tres hombres cubiertos con abrigos y sombreros aparecieron saludándonos en francés. Uno de ellos se descubrió, era Pushkin o se le parecía…

Me sentí mareado y, como entre sueños, pude comprender que el ruso afirmaba estar listo.

“Hay algo que debemos comentarle, hermano”, me dijo Saúl.

Pensé que en ese momento se iba a destapar la mascarada y sonreí aliviado.

“¿Por fin me van a presentar a su actor? Verdaderamente se parece a Pushkin, ¡es magnífico!”

“¿Qué dice, hombre? ¡Él es Pushkin!”

“El caso es que yo no voy a batirme en duelo”, intervino Chiriboga, “ese engaño fue porque tenemos un plan para usted.”

“¿Cuál?”

“¡La muerte!”

Abrí los ojos desmesuradamente y pude ver que los dos compañeros de Pushkin se sacaban los sombreros dejando al descubierto sus rostros. Eran, sin lugar a dudas, Massimo Bontempelli y Adolfo Bioy Casares. Todos estaban armados con revólveres.

Saúl se despidió de mí alejándose lentamente hacia la parada de buses. De pronto, la sirena de una ambulancia los desconcertó y yo aproveché aquel instante para abalanzarme sobre Chiriboga y desarmarlo, luego descargué un tiro en su vientre, pero el resto de conspiradores me abatieron. Antes de que se nublaran mis ojos alcancé a ver que los cómplices de Chiriboga acudían a ayudarle entre gritos desesperados.

Finalmente me dormí…

 

¬¬

El Macondo de Gaby (la bobada del 2013)

Gaby sonríe tímidamente después de haber recibido la noticia de que García Márquez tuvo un derrame cerebral cuando escuchó la definición de Macondo improvisada por ella.

Gaby sonríe tímidamente después de haber recibido la noticia de que García Márquez tuvo un derrame cerebral cuando escuchó la definición de Macondo improvisada por ella.

Gaby salió de su casa para ir a la Asamblea, sin embargo al atravesar el umbral pudo ver que la calle pavimentada había desaparecido, siendo reemplazada repentinamente por un viejo empedrado, al tiempo que los modernos edificios daban lugar a viejas casitas blancas con techos anaranjados y patios internos.

“¡Uy, parece que estoy en Ibarra!”, pensó. De todas maneras pronto desechó la idea, al percatarse de la humedad y el calor tropical. “Pero ¿dónde estoy? ¿Será que anoche bebimos mucha guayusa con los camaradas de Arrasa País?”

— ¡No, lady Gaby! – dijo un hombre vestido con extraños ropajes que se había acercado a ella de repente –. Estáis en el Macondo de vuestros sueños, el de la utopía del que hablasteis hace casi un año.

— ¿Qué dice? ¿Está loco? Por su puta madre, ¿quién es usted?

— Oh, lamento informaros que cometisteis dos errores: ni estoy loco ni mi madre era una puta…

— Perdóneme, es que a veces tuiteo usando esas palabras y me olvido que suenan peor de lo que se ven; pero dígame de una vez: ¿quién es usted?

— Soy Tomás Moro, el hombre al que cortaron la cabeza no por oponerse a la reforma religiosa de Enrique VIII, sino por escribir Utopía y enfrentar a los poderes fácticos de la burguesía capitalista como vos tuvisteis la bondad de informar al mundo.

Gaby dudó por unos instantes.

— ¿Cómo llegué a este lugar? Ayer estaba pegándome los tragos en la Asamblea por Navidad y estoy segura de haber regresado a casa… De hecho, creo haber desayunado un encebollado allí…

— La forma cómo llegasteis tiene poca importancia, lo que quiero es que me acompañéis, pues dado que sois una defensora acérrima de la utopía del Macondo en la Mitad del Mundo, creo que tenéis el derecho de ser la primera extranjera en verla de cerca.

Tomás Moro se enfureció cuando le informaron que tenía que escuchar a Gaby; dijo, indignado, que prefería las "putadas de Ana Bolena".

Tomás Moro se enfureció cuando le informaron que tenía que escuchar a Gaby; dijo, indignado, que prefería las “putadas de Ana Bolena”.

Tomás Moro, convertido en un Virgilio del Socialismo del Siglo XXI, tomó de la mano a Gaby y la condujo por las calles del pueblo de los cien años de soledad.

— Os llevaré primero a la casa de los coprófagos.

— ¡Qué lindo! ¿Una banda local de música protesta?

— No, un grupo de ricos que están condenados a comer estiércol.

— ¡“Bienhechito”!

Después de caminar diez minutos a través de una calle ancha, llegaron a una antigua mansión. Sin anunciarse, Tomás Moro abrió la puerta.

— Deben estar cenando – dijo al tiempo que la conducía al comedor.

Apenas entraron el olor a excrementos hizo que Gaby tuviera náuseas.

— Hola, Tomás – exclamó uno de los comensales – ¿quieres un poco de mierda?

El erudito, luego de rechazar el delicioso ofrecimiento, presentó a su acompañante, ordenando que le explicaran las razones que los llevaron a consumir a diario aquellas viandas.

En el Macondo de Gaby nadie se convierte en cerdo por ser incestuoso, pero sí en "hijo de puta" por no ser correísta.

En el Macondo de Gaby nadie se convierte en cerdo por ser incestuoso, pero sí en “hijo de puta” por no ser correísta.

— Verá: antes éramos profesores, intelectualoides de segundo orden que no ganábamos más de quinientos dólares al mes, pero, un día, llegó al poder un jerarca caritativo que nos trata como nos lo merecemos y, de la noche a la mañana, pasamos a ganar tres mil dólares por hacer larguísimos informes con títulos rimbombantes y aplaudir al gobernante inefable aunque hable pendejadas o nos humille como a gusanos. Dado que la premisa básica del Macondo utópico es que los ricos deben comer caca, desde entonces nos vemos obligados a alimentarnos con ella…

Gaby no pudo comprender, naturalmente, y Tomás Moro prefirió sacarla de la casa pestilente, llevándola a la plaza principal donde había una tarima sobre la que un payaso se dedicaba a hacer bromas absurdas. Los espectadores con el rostro lleno de disgusto le gritaban toda clase de improperios, arrojándole al mismo tiempo fruta podrida.

— ¿Por qué me trajiste a ver esto?

— En el Macondo utópico los tiranos no asumen el poder por la fuerza, sino por voto popular, sin embargo deben pasar una prueba después de ganar las elecciones: vestirse con su verdadero traje, es decir, el de payasos.

— No entiendo.

Un político cualquiera - de preferencia joven - robando.

Un político cualquiera – de preferencia joven – robando.

— Es más sencillo de lo que pensáis: todo tirano se pone la máscara de sabiduría, decencia y dignidad, cuando en realidad es ridículo, vanidoso, ignorante y torpe; por lo mismo, el pueblo de Macondo ha instaurado la “ley de andar sin disfraz por un día” para todo aquel que quiere gobernar; durante este periodo la gente tiene derecho a golpearlo, insultarlo, humillarlo, pues esto es lo que él hará después con ellos mientras gobierne, es como un impuesto que tiene que pagar.

Gaby tampoco comprendió, naturalmente.

Tomás Moro le dijo a su acompañante que la llevaría a un último sitio y, de la mano, la condujo hacia una casa enorme donde, según decía el letrero de la entrada, funcionaba el Ministerio de Propaganda. Dentro, bajaron por una escalera casi interminable hasta una habitación helada en la que no había otra cosa aparte de un sofá y una televisión con estéreo.

Esta es la cara que puso Gaby cuando se entero de que tenía que escucharse a sí misma.

Esta es la cara que puso Gaby cuando se entero de que tenía que escucharse a sí misma.

— Tomad asiento, os lo ruego; esta es vuestra última parada.

Gaby hizo lo que le pedían y, en seguida, el erudito puso un DVD y encendió el televisor.

— Hay otra tradición entre la gente de Macondo: los políticos usualmente se aprovechan del desconocimiento del pueblo y hablan sandeces sin el menor pudor, por eso creamos un castigo que consiste en hacer que escuchen cada tontería dicha por ellos una y otra vez por espacio de cinco años, sin pausas y a todo volumen. En realidad nosotros lo vemos como una purificación más que como una tortura, incluso creemos que es el único método para que aprendan a hablar con prudencia.

Gaby enrojeció y, antes de que pudiera responder, Tomás Moro puso en acción el reproductor, marchándose sin decir una sola palabra más.

Al mirar la pantalla, la mujer horrorizada pudo verse a sí misma antes de empezar su discurso el día que asumió la presidencia de la Asamblea; la esperaban cinco años terribles…

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Marcelo Chiriboga: el gran novelista ecuatoriano del “boom”

http://frankmonner.blogspot.com/2010/04/la-caja-secreta-nuevo-libro-de-marcelo.html

Una persecución que traspasa el Averno.

Exactamente hace dos años se apareció en mi casa la sombra de Jorge Enrique Adoum, era seguramente muy parecida a la de aquel rey danés que terminó por enloquecer con el fuego de la venganza a su hijo y, con certeza, sus intenciones eran muy parecidas. En pocas palabras, el espíritu del escritor había traspasado el umbral de la muerte con la finalidad de convencerme de que lo ayudara a buscar a cierto sujeto que, a saber, llevaba el título del mejor literato ecuatoriano de todos los tiempos. Su nombre era Marcelo Chiriboga.

Yo, la verdad, tengo que admitir que mi conocimiento de la literatura es más bien escaso y se lo expliqué al fantasmagórico vate, mas, él insistió, convencido de que no era muy necesaria la erudición para la tarea. “El hecho es, me dijo, que desde que los ecuatorianos supimos por primera vez de este individuo, allá por los años ochenta, hubo múltiples tentativas por darle caza, todas infructuosas; yo quiero que, por fin, alguien culmine la tarea”.  No pude discutir más, el carácter dominante de mi interlocutor me subyugó.

La primera pista que tuve consistió en un par de artículos que el mismo Adoum compuso para la revista Diners. En el último – de julio de 1997 – nos dice: “… tuve ya la certeza de que ese compatriota había sido inventado (…) cuando sorpresivamente Ángel F. Rojas escribió (El Comercio, Quito, 29 de agosto de 1995) un artículo en el que preguntaba, y respondía, acerca de Chiriboga: ‘¿Era ficticio o vivía en la realidad? Hace pocos días me encontré, en el Norte, de manos a boca con él. Pude llegar a saber que era nativo de Cuenca y en la más reciente novela del escritor chileno Jorge [sic] Donoso, se le hace morir de cáncer. Se trataba de un personaje imaginario. ¿Algún autor en clave? Hasta entonces lo dudábamos.’”

Jose Donoso

José Donoso, “el más literato de los escritores del ‘boom'”.

Supuse que Rojas se refería a José Donoso, el autor de El obsceno pájaro de la noche, y con la ayuda del Internet, esa fuente inagotable de sabiduría, descubrí que no eran una, sino dos novelas las que se referían directa o indirectamente al autor ecuatoriano.

Por lo demás, las biografías sobre Chiriboga o, peor, sus obras eran imposibles de hallar, casi tanto como la mayoría de las de su apólogo de Chile. Ni siquiera La caja sin secreto, su principal novela, la que lo catapultó al Premio Cervantes, asomaba por los estantes de las librerías de la ciudad de Quito.

Recurrí, entonces, a las fuentes de las que disponía: El jardín de al lado y Donde van a morir los elefantes, los libros de Donoso. La imagen que nos ofrecen es tan disímil. En el primero que data de 1981, el escritor cuencano (sospechoso origen si tenemos en cuenta que su apellido es propio de Riobamba) es un hombre en el pináculo del éxito, que recorre las calles de Barcelona acompañado de su agente literario, la catalana Núria Monclùs. En el segundo, de 1995, el gigante está en decadencia y acude a dar una conferencia en una pequeña universidad del sur de los Estados Unidos, como si este fuera el último braceo de un ahogado.

Pero, ¿cómo era Marcelo Chiriboga? Literariamente, una complicada fusión entre García Márquez, Vargas Llosa y Cortázar, cuya obra, sin embargo, y en palabras de Donoso, “sobresale casi sola en medio de los pretenciosos novelistas latinoamericanos de su generación…”

Físicamente es descrito como: “… pequeño, flaco, tan bien hecho como una de esas figuras creadas por orfebres renacentistas…”, con un ”cuidado cabello entrecano, [que] es tan reconocible como la figura de un galán de cine”.

Su personalidad es apabullante, de discurso vivaz y lenguaje florido. Con la misma facilidad con la que seduce a una jovencita tímida o a una señorona libertina puede charlar y encantar al Papa, a Brigitte Bardot o a Fidel Castro. No es difícil imaginarse que su piel cetrina, su aristocrático comportamiento y su enorme reputación le atraían los favores de cientos de mujeres, que él sabía aprovechar con la prudencia y la modestia que caracteriza a todos los latinoamericanos. Sus convicciones son serias, firmes, cree en el arte, o mejor, en la salvación por el arte, de tal manera que fue capaz de renegar de su filiación comunista porque el partido se empeñaba en imponerle una ética creativa; aunque su volcamiento hacia la derecha y el libre – mercado tampoco le trajo la confianza de una clase burguesa, que veía en este hombre a un traidor peligroso.

Nadie se mantiene eternamente en auge y este cuencano no fue la excepción. Sus últimos días son más bien lamentables, no solo porque es víctima de un cáncer, sino porque moralmente está destruido. El éxito del pasado no es más que un recuerdo vago en la memoria de uno que otro profesor de literatura “antigua”.  Chiriboga que siempre ha creído en esa quimera que es la gloria se hunde en una realidad negra, en la que muy probablemente él, diez años después, no será ni siquiera polvo. Además, el recuerdo de la patria abandonada, de ese Ecuador del que se exilió porque lo rechazaba por sus convicciones políticas, vuelve para atormentarlo como un espectro que le ordena regresar, aunque comprende que aquello es imposible, pues sus lazos con la tierra andina se han esfumado al igual que su gloria y él es más francés que americano.

Al final, el gran escritor muere prácticamente solo y en el olvido, convencido, como nos diría años más tarde Cornejo Menacho en su novela Las segundas criaturas, de que “… su ambición era escribir buenas novelas, y en todo caso recibir reconocimientos por su literatura, y que, si eso era ser burgués de mierda, él no podía hacer nada.” Y que los miembros de los partidos que lo vilipendiaban eran víctimas de una “especie de tenia filosófica o ideológica […] [que penetró] en sus cabezas, incluso en las más brillantes, para matar la literatura, para liquidar la novela, que es la expresión artística más importante y más compleja de todos los tiempos, el mejor instrumento para estudiar el alma humana y para liberarnos”.

A estas alturas yo había descubierto que Chiriboga no era mencionado apenas por Donoso, sino que el mexicano Carlos Fuentes y, más contemporáneamente, el escritor Diego Cornejo Menacho, citado anteriormente, también lo hacían aparecer en sus novelas.

Carlos Fuentes, el ‘playboy’ de las letras mexicanas.

En el caso del escritor azteca, la figura del azuayo adquiere un matiz mordaz, hasta sardónico, de hecho en Diana o la cazadora solitaria (1994) no es más que una referencia de pasada en uno de los capítulos culminantes, donde el narrador nos cuenta que pretendía interceder por el ecuatoriano ante su agente para intentar impulsar su carrera artística, la cual se desperdicia en un sillón para funcionarios de segundo orden en el Ministerio de Relaciones en Quito; y en Cristobal Nonato se nos dice que “… fue expulsado [de México] por decreto presidencial” luego de que “suramericanizó [sic] velozmente predios enteros de la todavía entonces ciudad de México”.

Cornejo Menacho, finalmente, nos regala detalles de la vida de Chiriboga que se les escaparon tanto a Donoso como a Fuentes. Descubrimos, por ejemplo, sus inicios, las razones de su deserción del Partido Comunista y cómo esto fue el detonante para que buscara salir del país con la ayuda de Benjamín Carrión, quien, por aquellos días, asumía su embajada en México.

 

La verdad sale a la luz.

Creía que mi labor como detective estaba llegando a su fin, cuando un nuevo material hizo que mis suposiciones dieran un giro de tuerca.

Adoum reapareció, sugiriéndome que leyera una entrevista realizada para El Comercio en el año 2001 a Carlos Fuentes. En ella, él declara con todo desparpajo que Chiriboga fue una creación suya y de Donoso para sacar a la literatura ecuatoriana de su anonimato dentro del boom. En pocas palabras, se trataba de un favor, una concesión hacia los marginados.

Al principio, me sentí irritado, pero después me percaté de que había empezado a trabajar instigado por un muerto, y que conversaba periódicamente con él, por lo que no era nada excepcional que el exitoso escritor ecuatoriano no fuera otra cosa que un esperpento de ficción y yo un obtuso con un pie en el manicomio.

Cuando conseguí tranquilizarme nuevamente, me puse a analizar la situación con frialdad, preguntándome si realmente debíamos enfurecernos los ecuatorianos por esta burla o, por otro lado, reírnos con ese humor que Pablo Palacio nos recomendaba tener en alguna de sus novelas.

Jorge Enrique Adoum, el escritor que siempre negó ser el “verdadero” Marcelo Chiriboga.

Las voces son diversas. El propio Adoum se sintió más o menos ofendido y otros han expresado que nadie tiene el derecho de hablar así de la literatura ecuatoriana. Yo creo, sin embargo, que el problema va por otro lado: ¿es Chiriboga meramente una caricatura de la literatura nacional?

No, se trata más bien de un icono burdo de todo el boom y sobre todo de aquellos escritores que gracias a él alcanzaron el éxito, pero que nunca lograron sentirse satisfechos, pues sus convicciones ideológicas chocaban con el nivel de vida que habían alcanzado y con los ideales artísticos en los que creían.

No haber tenido algún genio descollante que representara al Ecuador en esta generación, quizá hizo que nuestra literatura se perdiera en el olvido y que solamente algunos nombres como el de Icaza fueran mencionados en los círculos intelectuales. Por otro lado, tiene una ventaja, nosotros nos escapamos de ese lamentable escollo en el que se hunde todo aquel que sigue cierto canon: la falta de originalidad, de individualidad, que casi siempre termina por asesinar a la imaginación.

Pero ¿cómo debe enfrentarse esta disyuntiva, de la que Chiriboga es el arquetipo, es decir, la del literato como artista o como agitador político? La verdad es que cualquier creación humana – la ciencia, el arte – no se puede librar de las opiniones, de las ideas de su creador, al fin y al cabo, este se funde a sí mismo para con esa materia resultante hacer algo nuevo. Él es su obra.

Aunque tampoco esto quiere decir que la literatura, la pintura, el cine son simples mecanismos de propaganda, panfletos desagradables cuya finalidad es el adoctrinamiento.

 Donoso pareció comprenderlo, aunque la ancianidad y la cercanía de la muerte también lo empujaron a preguntarse hasta qué punto esa obsesión por la obra de arte perfecta, la belleza o la gloria literaria no es tan fútil como casi cualquier otra empresa humana. Él predijo que diez años después de su muerte nadie lo recordaría y es triste constatar que, ahora, muy pocos de sus libros aparecen en las existencias de las librerías. En cambio, ese monigote de Marcelo Chiriboga, como si de una broma macabra se tratara, sale de las sombras para escribir en la contraportada de una recopilación póstuma de cuentos de su propio creador (Nueve novelas breves, publicadas por Alfaguara en 1997), y, por allí, en el mundo de la cibernética, circula el frontispicio de una nueva novela llamada La caja secreta, continuación de La caja sin secreto, al parecer perdida en un baúl y rescatada del olvido por la esposa del inexistente escritor cuencano.

No puedo evitar pensar en Adoum y en Ángel Felicísimo Rojas que desde el más allá nos deben mirar sonriendo burlonamente porque un espectro literario ha cobrado vida, imponiéndose a su padre y logrando que, una vez más, la realidad imite a la ficción, como escribió hace tiempo Oscar Wilde.