BIOGRAFÍA APÓCRIFA DE UN GALLINAZO

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Gallinazo vigilante de Lima. Fuente: El Comercio.

 

Esa mañana el cielo permanecía encapotado, pero el sol acribillaba con balas de fuego perforando nubes y cuerpos.

Nuestro coche avanzó sobre los caminitos de tierra que, como riachuelos lodosos, desembocan en la torrentosa carretera de cemento que une los balnearios de Esmeraldas.

Llegamos a Tonchigüe. La playa no estaba manchada de turistas y el pueblo entero, con casas y gentes, se hundía en la modorra de media mañana.

A pocas cuadras de la plaza central, una res destazada daba la bienvenida a los extranjeros con sus muñones cubiertos de moscas verdes. Las gargantas se llenaban de nudos o los nudos de gargantas.

Por fin, el coche llegó a la plaza y un garrotazo de olor a podredumbre hizo añicos el parabrisas. A la izquierda, un Everest de bolsas de basura de Dios sabe qué época agonizaba por los picotazos de cuatro gallinazos.

Las aves eran gordas y azabaches. Batían sus alas y se atragantaban como aristócratas cenando luego de la ópera.

Las vísceras de las bolsas se esparcían por aquí y por allá, pasando del suelo a las barrigas de los pajarracos. Uno, sin duda el que lideraba, con un movimiento de sus extremidades se puso a controlar la gula de sus compinches. Sus picotazos eran los privilegiados, pues la carne descompuesta era suya, solo suya.

Frente a la escena del banquete pajaril, a nuestra derecha, cuatro hombres reposaban sobre hamacas. En el suelo, doce o quince botellas de cerveza hervían por acción del sol furibundo.

Indiferentes, se abalanzaban cada cierto tiempo sobre la cerveza caliente. Sin embargo, uno, el que permanecía sentado, era el líder, el encargado de repartir la bebida. Los demás le obedecían y si alguno hubiese tenido la audacia de coger una botella sin su autorización, el castigo habría sido ejemplar.

Aquel hombre transpiraba poder, aun dentro del auto y a varios metros de distancia era posible sentirlo.

Hipnotizados por su influjo, dejamos de acelerar hasta que el motor, en medio de toses y corcoveos, se apagó. Hoy seguiríamos plantados en aquel sitio si un aleteo feroz, el del gallinazo jefe, no nos hubiera obligado a reaccionar.

El ave se elevó seguida de una de sus compañeras, mientras las otras permanecían en tierra devorando lo que quedaba de basura en medio de una estela de plumas azabaches.

Arrancamos el coche y lo último que pude ver fue que también tres de los hombres se habían esfumado. Solo quedaba uno, quien, desde la hamaca de su jefe, bebía de a poco lo que quedaba en cada una de las botellas de cerveza abandonadas.

Esa fue la primera vez que vi un gallinazo cara a cara y, ahora, por todo lo que ha ocurrido, comprendo que esa experiencia estuvo ligada con mi transformación.

 


 

Temprano el calor había sido tan fuerte como el de aquella mañana en Tonchigüe, sin embargo, en la tarde, cuando tuve el primer síntoma de mi cambio, el cielo empezó a sudar frío como si el planeta estuviese tratando de equilibrar su temperatura con transpiraciones de granizo.

Yo estaba acostado, meses atrás se había publicado mi primer libro y aunque me sentía contento, estaba inseguro. De repente, sentí una comezón incontrolable sobre los labios. Me rasqué casi hasta arrancarme el cuero y, al borde de la demencia, corrí al baño y me miré en el espejo: mi boca estaba hinchada, había empezado a crecer hasta formar un pico, al tiempo que mis labios se tornaban grises.

Quise pedir ayuda y solo fui capaz de proferir un suave gruñido, pero la vergüenza me alejó para siempre de los médicos.

Las transformaciones, en los días siguientes, no se detuvieron y tampoco se circunscribían a lo físico: psicológicamente cada vez me parecía más a un ave carroñera.

En la calle (a la que salía solo cubierto con capuchas y bufandas), cada persona, cada objeto incluso, me provocaba un apetito voraz incitándome a arrancarle pedazos con mi recién adquirido pico gris.

Las situaciones extrañas, los traumas, las malas costumbres de la gente hacían que mi estómago gruñera ansioso e incontrolable. Pero también lo hermoso…

Mientras los humanos comunes huían de los monstruos o de los agonizantes, yo me pegaba a ellos para destriparlos y, luego, en el silencio de mi cueva, los digería en forma de cuentos.

Ya nada me escandalizaba, al contrario, exacerbaba mi hambre. La hez, lo hediondo, lo cruel de la humanidad solo conseguía que la bestia interior aflorara chillando llena de gozo.

Con el pasar de los meses, dejé de sentir la necesidad de ocultarme. Era un gallinazo y ya no me importaba.

Me divertía cuando los niños, en esas reuniones familiares, se paraban a mirarme con estupor. Sus madres (mis tías, primas, hermanas) los alejaban tapándoles la boca y la nariz para evitar un posible contagio.

Mis brazos se convirtieron en alas, mis piernas en garras y mi piel se cubrió de plumas negras, mientras mis ojos aguados mejoraron su visión hasta el punto de que podía detectar una víctima a kilómetros de distancia.

Mi alimento era la novedad y, al digerirla, excretaba poemas, novelas, crónicas, ensayos.

Descubrí que no era el único, que otros como yo vivían semiocultos dentro de bares o refundidos entre funcionarios de cualquier clase de ministerio. Algunos procreaban belleza, otros, monstruosidad.

Los gallinazos empezamos a reunirnos y, pronto, se volvió evidente que algunos eran muy fuertes. Los débiles o los novatos huían bajo un aguacero de reverencias, mientras los demás desollaban primero a las presas. Los mejores cuentos salían de los picos de estas fieras terribles.

Solo un lugarteniente, un plumífero tan audaz y duro como su jefe, se atrevía a desafiar la autoridad de vez en cuando. Producía textos tan brillantes que los líderes temían perder su posición.

Por eso, el equilibrio de poder dentro de la comunidad de gallinazos siempre ha sido inestable: cualquier cosa puede acabar con el orden jerárquico. Hay tanta hambre de arte que algún día terminaremos por despellejarnos en busca de alguna joya que se encuentre incrustada dentro de nuestras tripas.

Esta clase de gula es por pura estética. No importa a quién o a qué haya que sacrificar, lo único que interesa es la creación y cuestionarlo todo, incluso a uno mismo.

Cuando vi los gallinazos en Tonchigüe no imaginé que un virus se inocularía dentro de mí. Tampoco sospechaba que, más temprano que tarde, me transformaría en un ave carroñera capaz de devorarlo todo, incluso a mi padre…

El día que murió, sin dudarlo, me lancé sobre su cuerpo helado y me puse a exprimir sus entrañas para hacer literatura. Quizá algún día, con el pico manchado de libros, me convertiré en el rey de los gallinazos.

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Busque el relato con ilustraciones magníficas de Majo Rodríguez en la edición especial de aves de Terra Incognita (agosto 2018).

Biografía apócrifa: Trabajo

Metropolis

Los trabajadores del mundo bajo el mundo de Metrópolis (1927) de Fritz Lang. Foto tomada del foro “Fritz Lang y su «Metrópolis».

Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Porque polvo eres y al polvo volverás”. Así define el libro del Génesis (capítulo 3, versículo 19) al trabajo, es decir, como un castigo divino. Verdad imposible de rebatir para una humanidad que, desde el incidente del fruto prohibido, ha tenido que sudar la gota gorda para comer a diario.

Claro, siempre se puede encontrar gente que hace loas al trabajo, incluso los mismos trabajadores (¿?). Acaso la explicación psicológica de este fenómeno sea el síndrome de Estocolmo, al fin y al cabo, el empleado es un rehén por ocho (o más) horas. Durante ese tiempo, con un sueldo básico apuntándole a la sien, malgasta su vida para enriquecer a cierto personaje con el que rara vez se cruza (afortunadamente) y al que el glorioso arte de dorar la píldora llama “empleador”.

Desde luego, tú, mi atormentado lector, habrás descubierto una vastísima literatura en la que se repiten hasta el cansancio lemas como “¡el trabajo os hace libres!” (“arbeit macht frei!”), cuyos orígenes se remontan a esa época dorada de los campos de concentración, donde esos humanistas imponderables, los nazis, lo colocaban para motivar a sus víctimas.

Mucho antes del fascismo, sin embargo, el Trabajo (desde este punto, nos referiremos a él con mayúscula como lo haríamos con el Monstruo del doctor Frankenstein, al que nadie tuvo la decencia de darle un nombre propio como Carlitos o Juanito) ya era un “bloody bastard”.

Por ejemplo, Hércules, hijo del “capo di tutti capi” del Olimpo, ya tuvo que afrontarlo no una, sino ¡doce veces! Igual que en el caso de la Biblia judeocristiana, el héroe fue castigado por sus crímenes con labores mal remuneradas.

Hércules se vio obligado a limpiar establos llenos de mierda en Élide, matar pajarracos que se cagaban sobre los cultivos de los alrededores del lago Estínfalo, domar leones en los zoológicos de Nemea, capturar cerdos salvajes en Erimanto, montar caballos que comían carne humana en Tracia, entre otros empleos que, en los años noventa, pasaron a engrosar los currículos de los emigrantes turcos en Alemania.

Contemporáneo de Hércules, Teseo también fue un proletario. Entre sus trabajos cabe mencionar el de sicario, cuando visitó Creta para matar al cornudo hijo del rey Midas. Luego, fue paramilitar y combatió a una banda de narcoterroristas, liderada por Perifetes, Sinis, Esciro, Cerción y Procustes, que pretendía controlar el comercio de cierta droga a base de flor de loto.

Finalmente, después de probar estos y otros oficios, optó por el peor: político. Dicha bajeza, en la que usualmente se cae por necesidad (de riqueza), hizo que terminara su vida encadenado dentro del inframundo.

Durante la Edad Media, el Trabajo sufrió mucho. Tuvo que pagar sus crímenes pasados y futuros soportando el desprecio de la gente de bien, al tiempo que se resignaba a martirizar parias.

Los señores feudales, gente nobilísima, decidieron que dedicarse a un empleo era poco respetable y fueron a hacer la guerra en oriente, occidente, arriba, abajo, al centro y para adentro, dejando el Trabajo en manos de los siervos, personas que prácticamente no eran personas.

En el Renacimiento, las cosas fueron parecidas. La gente de bien (y de mal) prefería ir a buscar la fuente de la eterna juventud, El Dorado o el País de la Canela, mientras que el Trabajo tenía que resignarse a vivir entre campesinos sicilianos, andaluces o tolosanos que lo odiaban de la manera más terrible.

Sin embargo, con la llegada de la época de la industrialización a fines del siglo diecinueve, todo cambió. El Trabajo recuperó su poder, mudándose a vivir en grandes ciudades como Londres o Nueva York, mientras trababa amistad con banqueros, empresarios y capataces de fábricas, quienes amaban de él sus consejos, como aquel de crear una  jornada laboral de doce o dieciséis horas, sin excluir ni a niños ni a mujeres (con la mitad o la mitad de la mitad de la paga normal por ser incapaces de producir lo mismo que un varón mal alimentado y tuberculoso).

El planeta se llenó de humo. El Trabajo llevaba carbón de aquí para allá y de allá para acá, convirtiéndose en un personaje tan importante que escritores de la talla de Charles Dickens lo retrataban en casi todas sus novelas (esas que al abrirlas uno termina con la cara cubierta de hollín y los pulmones llenos de esmog).

Esta era gloriosa no duró tanto porque aparecieron los sindicatos y, con ellos, las huelgas y la persecución al Trabajo. La gente imaginaba que tenía derechos y ¡hasta se atrevió a exigir jornadas laborales de ocho horas!

El Trabajo estaba devastado, volvían los años oscuros de la Edad Media, pero, por fortuna, lo salvaron el crac de la bolsa en 1929 y las guerras mundiales, obligando a los humanos a trabajar no solo para alimentarse, sino por el bien de la patria.

En cualquier caso, desde la segunda mitad del siglo veinte el biografiado se ha convertido en un ser maduro, capaz de comprender que el camino para la felicidad no consiste en hacer que la gente le dedique su tiempo a la fuerza, sino en convencerla de que es necesario, de modo que, en vez de molestarse por tener que colocar sus posaderas como idiota durante ocho horas sobre una silla, lo agradezca y hasta pida más.

Hoy el Trabajo es un hombre de negocios (con maletín de cuero y todos esos juguetes) que dice que debes agradecerle por tenerlo de tu lado, por pagarte poco, recalcando que es demasiado para lo que haces, por quitarte la vida convenciéndote de que te la está dando y, sobre todo, por obligarte a vivir para trabajar, en vez de trabajar para vivir.

El Trabajo se ha convertido en un astuto inversionista de Wall Street, seguro de sí mismo, vanidoso, audaz. Un engominado que come “crudités” en reuniones de beneficencia y hace que fabriques las mismas bobadas que te convence que necesitas comprar. Es un jugador, un playboy y nosotros, queridos lectores, somos sus amantes masoquistas que le agradecemos por azotarnos las nalgas con la esperanza de que, algún día, podremos retirarnos a nuestras casas para descansar con el orgullo de haber cumplido con nuestro deber…

Sangre entre nosotros

Hoy me da la gana de escribir sobre el amor, pero sobre el que nace entre máquinas de escribir y cámaras de fotos: el de los artistas.

Igual que el nuestro – es decir, de la gente “común” – no está exento de dramas, aunque, por la chifladura de sus protagonistas, alcanzan proporciones trágicas.

De Borges, por ejemplo, se tiene una imagen antiséptica, como si se tratase de un anacoreta que, asqueado, huía del sexo y de cualquier pasión excepto la intelectual. Un absurdo.

En su cuento “El Aleph”, el narrador – o sea, Borges – inicia relatando su encuentro con el poeta Carlos Argentino Daneri, rival que le arrebató el amor de Beatriz Viterbo. Ella ya ha muerto, pero el odio y los celos entre ambos, no.

La historia deriva, poco a poco, hacia lo fantástico y esa Beatriz, que recuerda a la Dante, termina por convertirse en el camino hacia el “punto que contiene todos los puntos y todas las líneas del universo”.

Daneri y Beatriz tienen las características de dos personajes extraídos de una biografía de Borges.

Él tenía 27 años y estaba enamorado de una muchacha mucho menor, Norah Lange, pelirroja de ojos profundos y con ancestros sacados de las tundras del norte de Europa.

En aquel tiempo, Borges todavía era ultraísta y, sobre todo, un obseso del mundo gaucho, las literaturas nacionales y otras monstruosidades, se emborrachaba y hay quienes dicen que hasta bailaba tangos. Pero era tímido hasta la médula.

Él y la muchacha – quien ya había publicado un libro, por supuesto, con prólogo de Borges – paseaban por las calles del Buenos Aires de los años veinte, hablando de poesía, vanguardias, de todo, menos de amor.

La tragedia se produjo una noche de verano, es decir, en noviembre como sucede en las antípodas. El escenario fue la Sociedad Rural Argentina, nombre apropiado para un anticlímax más que para un melodrama.

A Borges se le había ocurrido llevar a Norah al banquete organizado allí en honor de Ricardo Güiraldes y su “Don Segundo Sombra”. Entre los invitados estaba el Daneri de este cuento: Oliverio Girondo.

La Fortuna, diosa miserable, quiso que la pelirroja se sentase al lado de este y no del otro poeta. En medio de la cena, la muchacha golpeó involuntariamente una botella de vino tinto que pertenecía a Girondo y la hizo añicos.

― ¡Parece que va a correr sangre entre nosotros! – le dijo él con “voz de caoba”, mientras el vino se desparramaba.

La sangre fluyó de un Borges hecho añicos para el amor, pero que nació para la Literatura. Sus textos cambiaron el romance trasnochado por el color del misticismo, las matemáticas y la fantasía.

La pareja Lange – Girondo no se separó desde esa noche.

 

Rebeca Yanez

Rebeca Yánez Echaurren. Foto tomade de “El Mercurio”.

Chile, década de los 50. Curzio Malaparte, autor italiano al que debemos “Kaputt” y “La piel”, crónicas noveladas de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, llegó al país invitado por el gobierno para un agasajo junto a Neruda y Camilo José Cela.

Todo el mundillo intelectual y aristocrático se disputaba a ese encantador europeo que tenía respuestas ingeniosas en francés para cualquier pregunta que le hicieran. Las mujeres, sin importar la edad, se rendían ante sus palabras y su elegancia.

Una de las paradas de Malaparte durante esa gira fue la librería El Pacífico, entre cuyos estantes vagaba una dama de poco más de 30 años, rubísima y tan menuda como hermosa: Rebeca Yánez Echaurren.

Su familia era de prosapia – el escritor José Donoso se contaba entre sus primos – y ella se complacía en burlarse de su condición y de los “qué dirán” que venían con ese paquete.

El escándalo no era una de sus preocupaciones y cuando Curzio Malaparte apareció, no tuvo reparos en irse con él a Italia, abandonando aun a sus hijos.

Rebequita Yánez se había esfumado. La familia estaba desconcertada. No hubo cartas ni señales de vida por meses.

Es poco lo que se sabe de ese tiempo, salvo que el italiano era tan terrible con su verbo como con sus pasiones. Para él, el amor era una conquista; la amante, una propiedad.

Rebeca Yánez huyó – algunos dicen que lo hizo fugándose en bicicleta después de robarle un par de botas al mayordomo –, aunque decidió quedarse en Italia para aprender fotografía con Carlo Cisventi, fotoperiodista del neorrealismo.

“Rebechita”, como la llamaba Malaparte, se convirtió, pese y gracias a él – de forma involuntaria, desde luego – en la primera fotoperiodista chilena. Durante su carrera, capturó con su cámara a celebridades como Sofía Loren, Brigitte Bardot y Lucía Bosé.

En el libro “Los círculos morados”, Jorge Edwards recuerda el incidente de Rebeca Yánez y Curzio con estas palabras: “(a ella) la literatura, en buenas cuentas, le gustaba mucho, y eso no excluía, ni tenía por qué excluir, el gusto por los escritores”. Declaración de alguna manera emparentada con la analogía de Girondo entre el vino y la sangre de los enamorados, al fin y al cabo, el amor, sea entre poetas o simples mortales, está entre la admiración y la muerte.