BIOGRAFÍA APÓCRIFA: LA RARA BESTIA QUE COMPRA LIBROS

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Ilustración de “El libro de los animales”, parte de la colección “Cuenta Cuentos” de Salvat.

Usualmente, el vendedor (si no es un librero por convicción) cree que una persona que compra libros es igual a la que adquiere medias o salchichas, pero no es cierto: el bibliófilo es una bestia veleidosa.

Es erróneo pensar que el comprador de libros trata de adquirir un título o un autor específico, pues, al entrar en la librería, con frecuencia no tiene claro qué es lo que quiere. Sabe que desea un libro, pero no cuál, de modo que curiosea entre los estantes pellizcando por aquí y por allá hasta que una frase o una palabra llaman su atención.

Entonces, se detiene, hojea, huele, disfruta del ejemplar que tiene entre sus manos porque para el bibliófilo no solo se trata de satisfacer una burda sed de conocimiento, sino de un placer como el vino o el amor.

¿Cómo describir a esta clase de comprador? No siempre es un erudito universitario. Sí, los hay por supuesto, pero un gran porcentaje de amantes de libros no ha terminado una carrera de tercero o cuarto nivel.

En realidad, es un personaje elusivo que se interesa más en el goce silencioso de aprender sin interferencias de terceros, por lo que usualmente deja inconclusa su carrera para abstraerse en lecturas interminables.

Es culto. A veces irónico y presumido. Generalmente, vive en las ciudades (a las que dice detestar, pese a que sin ellas no puede vivir). Su edad varía: los más jóvenes suelen estar entre los veinte años y los más viejos, pasan de los setenta. Su pasión es genética, la heredaron de padres, abuelos o tíos con monstruosas bibliotecas. Llueva o truene, nunca les falta un libro bajo el brazo o dentro de la mochila y casi siempre se los puede ver leyendo en buses, cafeterías e incluso váteres.

El comprador de libros es un lector desde luego, pero también es un coleccionista. Ama leer, aunque también es un fanático del objeto libro. Necesita tanto el contenido como el continente.

A diferencia de otras clases de compradores, el que adquiere libros se siente atraído por los más antiguos y extravagantes, por eso es que rara vez acude a una librería con una idea clara de lo que se llevará.

No le gusta que le hagan recomendaciones porque, como es un aventurero que jamás se sometería a una aventura, sabe que el buceo dentro de los estantes es el único deporte extremo que practicará. Además, tiene la certeza de que lo que se promociona con ahínco es oropel y lo que se esconde es diamante.

La búsqueda de libros es una forma de sinestesia. Siempre alguno trae a la memoria la voz de Fulano o el perfume de Zutana. Por eso, cuando el bibliófilo toca una pasta de cuero piensa en la abuela y cuando ve una edición de Moby Dick, en el padre… Pese a su carácter en apariencia burlón, es sensible, las letras lo han vuelto así.

En definitiva, se compran libros por necesidad de saber, pero también por pasión, por saudade, porque algunas ilustraciones son maravillosas o por la rareza de ciertos ejemplares… No hay un solo motivo, la bestia que compra libros es irracional, pues está dispuesta a gastarse todo el sueldo en una librería aunque aquello signifique penuria.

Para comprar, lo más corriente es meterse en decenas de librerías para terminar volviendo a la de siempre, a la de aquel librero en el que se confía a ojo cerrado.

Este, como cazador ante la fiera, sabe que es inútil recomendar, así que recurre a la charla y entre chiste y chiste desliza comentarios sobre algún autor que cree podría interesarle a su víctima.

Ella a veces cae y otras sonríe indeciso, mientras pasa sus ojos por los estantes a la espera de hallar algo curioso. Casi siempre lo consigue y regresa a casa con un libro, que a veces se resiste a esperar para ser leído, seduciéndolo sobre la mesa de una cafetería o sobre la sucia banca de una estación de buses.

Al llegar a casa, tarde y desconcertado, alguien, una esposa o un hijo, miran al comprador de libros con suspicacia porque saben que aunque intente ocultarlo aquel libro que carga no es “uno de los viejos”, sino el culpable de otra quincena sin carne.

Hemingway contra Borges

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Hemingway y su concepto del arte.

“Me divertí muchísimo con usted o tal vez deba decir gracias a usted, por eso y porque no suelo responder si no es con los puños, he decidido ignorar la mierda que escribió sobre mi ‘Tener y no tener’”.

Así empieza la última de las dos cartas que Hemingway envió a Borges.

“No me malentienda: no le guardo rencor”, continúa Hemingway, “incluso he decidido hacerle un regalo”.

El obsequio consistía en una edición “in quarto” de “Rey Lear” del año 1620.

En la carta, el estadounidense le explica a Borges que cierto amigo en París descubrió, “no me dijo dónde o cómo”, esa tercera edición “in quarto” – se conocían solo dos – y que pese a ser una joya, “está dispuesto a venderla por un buen precio a un amante de Shakespeare. Sé que usted cumple mejor que yo con esa condición”.

Borges y Bioy, casuales, burlándose de Hemingway.

Borges y Bioy, casuales, criticando a Hemingway.

Para entonces, la obra de Borges ya era conocida en Europa, por lo que, según Hemingway, no fue difícil convencer al coleccionista para que vendiese el libro. Concluye la carta con las indicaciones para contactarlo, adjuntándose algunas fotografías.

La historia hubiera quedado inconclusa, pero en 1999 se hallaron fragmentos de un diario de Bioy Casares que mencionan el episodio[1].

Borges, pese a sospechar un engaño, no pudo resistirse y le propuso a su amigo que le hiciera un préstamo. “Naturalmente, jamás pensé en cobrárselo”.

El dinero llegó a Francia, pero el libro no a Argentina.

Enviaron cartas, contactaron amigos, sin conseguir cosa alguna. El comerciante se había esfumado.

Borges estuvo amargado durante meses, hasta que una tarde, después de almorzar con Silvina Ocampo, le pidió a Bioy que lo acompañara al correo.

“A estas alturas, importa poco lo que piensen de mí, pero si no mando esta carta estaré intranquilo. Tome, léala.”. En inglés decía:

 

Hemingway:

 

Felicitaciones, la broma lo ha convertido en uno de sus personajes. Claro, usted y yo sabemos lo poco que valen.

 

Cordialmente:

 

J.L Borges

 

[1] Ediciones Destino no los incluyó en “Borges” (2006), acaso respetando la decisión de Bioy Casares de eliminar los fragmentos en el proyecto original.