En la piel de Arjuna

Cuando tu intelecto haya pasado más allá del espejismo de la ilusión,

recién entonces alcanzarás la diferencia de las cosas

oídas y por oír.

SRIMAD – BHAGAVAD – GITA


En el sueño yo era Arjuna. Estaba de pie, encaramado sobre mi carro, con un arco en la mano izquierda, una espada en el cinto y un carcaj de cuero en la espalda. Había pedido a Krishna que me condujera al centro de la planicie de Kurukshetra con la intención de ver a los Pandavas, nuestros enemigos. Eran éstos hombres fieros, audaces, dispuestos a todo por obtener la victoria. Mi deber era odiarlos, pero no podía pues, además de ser mis adversarios eran también mis parientes, quienes, enloquecidos por la ambición y el egoísmo, levantaron sus lanzas.

—No puedo pelear con ellos – dije –; es cierto que los corroe la vanidad, mas veo sus rostros y recuerdo el tiempo en que algunos jugaron conmigo; y, otros, sus padres, me enseñaron a tensar el arco; por sus venas corre la misma sangre que por las mías, no quiero matarlos.

— Arjuna – intervino Krishna –, debes cumplir con tu destino; desecha tus dudas, miles de hombres dependen de ti.

— ¿No escuchas? Los Pandavas no son mis adversarios, sino mi familia.

— Tú eres el que no escucha – sus ojos despedían llamas mientras que a su cuerpo lo cubría un halo dorado –, te voy a decir la verdad: no existen el pasado, el presente o el futuro, no hay vida ni muerte; yo soy todo eso.

Enmudecí. Sus ojos eran estrellas y su cuerpo, el universo entero. Las palabras que decía llegaban a mis oídos como un eco distante y mi mirada no podía despegarse de él.

— Mira mi mano – ordenó.

Obedecí y, aterrado, observé miles y miles de planetas, en los que hombres y bestias nacían para morir apenas unos instantes después. Me pude ver a mí, Arjuna, con el corazón lleno de dudas y a mi padre, reposando en el seno materno. Sin embargo cuando creí que la espantosa visión había terminado, Krishna cerró el puño y el mundo fue presa de las tinieblas y el frío.

— ¡He comprendido, Señor, he comprendido! – Grité.

El dios abrió la mano y la luz reapareció.

— Entonces ¡a pelear!

Apenas nos reunimos con el resto del ejército, Bhisma, soplando en su concha marina, dio la orden de atacar. Miles de guerreros sobre formidables carros se abalanzaron contra el enemigo que esperaba en posición defensiva.

El polvo obligó a que me cubriese la cara hasta que, de repente, el ruido del campo de batalla desapareció. No se escuchaban los cascos de las bestias golpeando el suelo ni el choque de las espadas. Destapé, entonces, mis ojos y descubrí que ambos ejércitos habían desaparecido, quedando solamente Krishna, un Pandava y yo.

— Soldado eres, ¡haz la guerra! – Exclamó el dios, señalando al enemigo.

Salté del carro con la espada en la mano y me dirigí hacia el lugar donde aquel guerrero me esperaba con tranquilidad. Cuando estuve cerca, pude ver su rostro: era yo.

— ¡Haz la guerra! – Repitió Krishna.

Sin dudarlo, descargué mi espada sobre ese, que no era otro que yo mismo. Agresor y víctima caímos al suelo.

Mis ojos, nublados por la sangre, se cerraban lentamente al tiempo que, a lo lejos, se escuchaba una risa feroz. En ese instante, desperté.

La llave de los espejos

Solamente cuando le dije que Pushkin era uno de mis escritores favoritos, José Antonio me perdonó que fuera serrano. Esta antipatía la llevaba tatuada en el pecho desde niño y por más que intentaba, no conseguía acabar con ella. De todas formas, la admiración por el poeta ruso nos acercó de tal manera que el resto de la entrevista fluyó con facilidad.

Era impresionante, aquel periodista de ochenta y nueve años era dueño de una memoria envidiable, que le permitía relatar con fidelidad, lucidez y sentido del humor el interminable conjunto de anécdotas que había recolectado durante su vida.

— … El único viaje que realice fuera del país fue a mis diecisiete años, poco antes de que estallara la Guerra Civil Española. Me embarqué como grumete en un buque francés que partía hacia Japón; hubiera permanecido allí de buen grado para castigar a mi madre, que impidió que contrajera matrimonio con mi prima – lanzó una bocanada de humo y se rió socarronamente –, pero, a la larga, tuve que regresar; aquel lugar era demasiado diferente, yo extrañaba el Guayas, las haciendas de mis amigos montubios, el cacao…

— Fuera de Japón, ¿visitó otros países?

— ¡Muchos! Y en cada uno, aprendí cosas extraordinarias.

Sonreí. Los ojos del anciano parecían mirar hacia otro lado, su mente no estaba en esa pequeña casita de Guayaquil sino en el mar o quizás en el monte Fujiyama. Sin darme cuenta habían trascurrido tres horas desde que empezó la entrevista.

— José Antonio, creo que es hora de que me vaya, es muy tarde…

— Es verdad, es verdad – respondió ausente.

Me puse de pie y extendí la mano.

— ¿Se va? – Reaccionó – Espere, tengo que decirle algo.

— ¿De qué se trata?

— Quiero que tenga un recuerdo mío, algo que obtuve en cierto país de Asia – se levantó del sillón y fue a su cuarto.

Me quedé de pie, mirando las paredes casi desnudas. Ni toda su vida, consagrada al periodismo y a las letras, había enriquecido a ese hombre.

— Aquí está – José Antonio reapareció con una llave dorada entre sus manos -, tome, es un regalo muy valioso.

— ¿Una llave, qué abre?

— Cualquier espejo.

— No entiendo.

— Es sencillo, busque uno muy grande, preferiblemente antiguo, luego, use esta llave para abrirlo.

Lo miré con incredulidad, no sabía si bromeaba o había enloquecido.

— Espero verle pronto – concluyó, sin dar más explicaciones.

Tras guardar aquel objeto en el bolsillo, salí de la casa.

Las semanas siguientes estuve muy atareado e, involuntariamente, olvidé aquel episodio hasta que un desconocido me envió un espejo, justo como el que José Antonio había descrito. Pensé que era un jugarreta, mas, era necesario asegurarse.

Fui a buscar el obsequio de mi amigo y caminé hasta el espejo. Mi figura se reflejó, aunque tuve la impresión de que no se trataba de mí, de que aquella imagen pertenecía a alguien diferente. Jugueteé con la llave un poco y, finalmente, la extendí hacia el cristal. A pesar de que, al principio, hubo una leve resistencia, aquél, tras un crujido, se abrió.

Mis ojos no daban crédito a lo que estaba ocurriendo.

Al otro lado del espejo, se hallaba un cuarto, sumido en las tinieblas, aunque de ambiente cálido, opresivo. Entré y me puse a caminar con los brazos adelante, por miedo a tropezar; no había llegado a dar diez pasos cuando un ruido hizo que me detuviera.

— ¿Hay alguien aquí? – interrogué.

Silencio.

— ¿Hay… hay alguien aquí?

No hubo respuesta, sin embargo, un gruñido pavoroso acabó con la calma y enseguida sentí que algo se abalanzaba sobre mí, derribándome sin que pudiera hacer, al menos, un movimiento defensivo. De bruces en el suelo y en medio de la tiniebla, alcancé a ver tres ojos brillantes, que en vez de pupilas poseían diminutos relojes de arena, girando incesantemente. La bestia abrió las fauces y en el instante en que su fétido aliento me anunció sus intenciones, perdí la conciencia.

Desperté nuevamente en mi casa – no estoy seguro cuánto tiempo pasó –, la luz del sol hería mis ojos. Me reincorporé confundido y contemplé mi cuerpo, el único rastro de aquella aventura eran tres desgarros en la parte inferior de mi camiseta. No existían, sin embargo, heridas, llave o espejo.

Llamé a la casa de José Antonio, nadie respondió. Pasaron un par de semanas antes de que lo visitara nuevamente, mas, era muy tarde, había fallecido tras un breve coma diabético, dos días después de la última ocasión en que lo vi.

Su único legado era una nota escrita con letra apretada: “el Tiempo nos devora, José Antonio…