Claves para leer “Underbreak”

Portada de "Underbreak"

Portada de “Underbreak”

Cristian Londoño Proaño publicó hace algunos meses “Underbreak“, su última novela, en formato digital. Se trata de una historia de ciencia ficción con un ritmo trepidante, capaz de atrapar al lector desde las primeras páginas como un buen thriller de Frederick Forsyth.

Londoño empieza su relato mostrándonos que en tres siglos el modo de vida de los humanos ha sufrido transformaciones enormes; no existen los países, pues el planeta ha quedado unificado en un solo Estado. Sin embargo, las corporaciones han tomado el control de diversos territorios donde los presidentes y sus juntas directivas tienen el capital suficiente para manejar ejércitos y ciudadanos. El gobierno mundial mantiene una constante pugna con estos pequeños estados feudales, luchando contra sus abusos y su corrupción.

En este marco, la policía terrestre posee una unidad especializada en la ejecución de los criminales que el gobierno central condenó pero que las corporaciones protegen. Este escuadrón funciona como una cuadrilla de sicarios que nadie puede identificar.

Uno de los agentes de esta unidad es el personaje principal de la historia y la orden de asesinar al presidente de una poderosa corporación que se dedica a la diversión de realidad virtual es el detonante para una trama conspirativa en donde nada es lo que parece.

Cristian Londoño Proaño

Cristian Londoño Proaño. Visite su página personal aquí.

Al leer las líneas de arriba se podría pensar que Londoño ha creado una simple novela de suspenso con trasfondo futurista. La realidad, sin embargo, es que la historia es un elegante pretexto para que el autor desenrolle, capítulo a capítulo, sus preocupaciones acerca del futuro y de la humanidad.

El texto esconde la sospecha de que la curiosidad científica y el afán creativo del ser humano lo pueden llevar a dañarse a sí mismo y nos obliga a reflexionar sobre los límites que estamos dispuestos a rebasar en pos del progreso.

A simple vista, el mundo que nos muestra Londoño es perfecto. La gente puede obtener lo que quiere gracias a las máquinas e incluso el amor y el sexo no complican a nadie porque la técnica ha conseguido emular casi todas las prácticas humanas, convirtiendo a los robots en sustitutos para las personas que no quieren o no pueden tener una relación sentimental con otro ser humano.

Incluso la justicia es tan perfecta que los criminales son ejecutados en silencio y a nadie le molesta verse libre de aquella que asumen es la escoria de la humanidad. El problema es que tampoco hay una sola persona que pueda asegurar que el dictamen fue justo, toda vez que el castigado no tuvo el derecho a un juicio legítimo. El gobierno dictaminó y, por ende, no debe existir error.

La realidad, sin embargo, es que el Estado llegó a tal punto que, por miedo a perder su hegemonía ante las corporaciones, pasa por alto cualquier procedimiento justo, limitándose a actuar como si los ciudadanos fueran objetos de las que puede disponer.

A estos, por otro lado, el placer los ha empujado a la pasividad total, convirtiéndolos en torpes marionetas de un régimen que esconde su perfidia bajo el refinado manto de lo cómodo.

 

Book trailer de “Underbreak”

Curiosamente, las primeras víctimas de este sistema son los mismos que, con su afán investigativo, ayudaron a crearlo: los científicos. La razón es muy sencilla: el Estado se sirve de sus capacidades para perennizarse, pero cuando ha exprimido todo el jugo, lo mejor que puede hacer es eliminar la cáscara, ya que comprende que esa misma inteligencia que le dio las herramientas para adquirir el control, puede descubrir la forma de quitárselo.

“Underbreak” atrapa desde el primer momento, cuando un hombre, aún desconocido para los lectores, rechaza el amor gélido que le ofrece su amante robot. De todas maneras, su valor no es simplemente el ritmo o los avances tecnológicos y científicos que nos describe, es algo mucho más profundo: la novela deja claro que, a pesar de su importancia, el ser humano no puede entregarse a un culto poco crítico de la técnica y no es que sea malo buscar, con la ciencia, un vida más fácil, pero sí lo es permitir que nuestros propios inventos, sean máquinas o sistemas de gobierno, terminen por anularnos, aniquilando nuestro esencia, nuestro espíritu.

Paris ya no era una fiesta

metro de París

Era las nueve de la noche. Iba a bajarme en la plaza Vendôme justo cuando irrumpiste en el metro. Pude ver la decepción en tus ojos al notar que era el único ocupante, sin embargo, estabas decidido a cumplir con tus planes pese al contratiempo.

Me insultaste, ordenando que no me moviera.

Obedecí y, en ese momento, supe, por tu expresión, que de alguna forma habías descubierto mi identidad. Tu entusiasmo se renovaba.

El metro no se detenía, el chirrido de las ruedas y los rieles me parecieron un réquiem. Cerré los ojos mientras soltabas una nueva serie de insultos, salpicados de referencias al paraíso y a las huríes.

Reí. Furioso, mostraste el chaleco de explosivos, informándome que nadie iba a salvarme porque tus compañeros se habían encargado de impedir que las fuerzas de seguridad intervengan.

Solo atiné a decir que no te juzgaba y que haría lo mismo.

Nos miramos por unos instantes sin agregar palabra, luego activaste el explosivo. Fueron apenas unos segundos los que se demoró en explotar, pero los suficientes para explicarte que sabía que, tarde o temprano, los humanos iban a matarme a mí, a Dios.

El oscuro doctor en Letras

La

La “Divina comedia” en la edición preparada por don Enrique de Montalbán.

La primera vez que escuché hablar de don Enrique de Montalbán, doctor en Letras, fue por mi padre, quien me presentó uno de los volúmenes más preciados de su biblioteca: la “Divina comedia” de Dante, editada, según parece, en 1888 por la Librería Española de Garnier hermanos en París.

En aquel tiempo – yo tenía doce años –, estaba más interesado en los videojuegos, por lo que no compartí el entusiasmo de papá por el libro, el mismo que había llegado a sus manos como parte de la herencia de su tío abuelo, quien lo adquirió en la desaparecida Librería Sucre de la Plaza de la Independencia.

Mi padre sostenía que aparte de las ilustraciones de Yan D’Argent y los estudios introductorios, su mayor mérito eran las notas explicativas elaboradas por Montalbán.

La “Divina comedia” es un libro que, para ser apreciado en su justa medida, requiere aclaraciones acerca de la multitud de personajes citados por Dante, pues sus personalidades y conflictos con el poeta italiano son los que aportan sentido al poema.

Aproximadamente unos diez años más tarde, al leer la epopeya por primera vez, comprendí lo que papá había querido explicarme en el instante en que yo estaba ocupado con la nueva aventura de Donkey Kong para Game Boy.

Por las páginas de aquel volumen rojo desfilaban los Montesco y los Capuleto, acompañados de papas, reyes, filósofos griegos. Hombres y mujeres, alineados con los güelfos o los gibelinos. Homosexuales, genios, ninfómanas, corruptos, santos y asesinos, en pocas palabras, un mosaico completo de los principados italianos del Medioevo. Sin las notas de don Enrique de Montalbán solo un erudito historiador – y acaso ni él – podría entender las razones por las que las puertas infernales se abrían para unos y se cerraban para otros.

Bice Portinari, probable modelo de la Beatriz de Dante.

Bice Portinari, probable modelo de la Beatriz de Dante.

Leer solo las notas del doctor en Letras español es una aventura literaria e histórica. Cada nombre mencionado resume las pasiones de Dante y los prejuicios de la Edad Media. A través de aquellas descubrimos que el príncipe de los poetas italianos era un hombre como nosotros, a quien la política había marcado hasta el punto de convertirlo en un insultador exquisito, al tiempo que su alma de poeta le hizo consagrarse a una mujer, Beatriz, con la que, si existió, acaso jamás llegó a materializar su amor.

Pero ¿quién era don Enrique de Montalbán, doctor en Letras? Cuando terminé de leer el libro emprendí su búsqueda en internet, pero lo que encontré fue mucho más sorprendente que su conocimiento de la Edad Media italiana: ¡nada! Montalbán era un fantasma.

Por otro lado, la editorial que publicó el libro, Garnier Frères, había sufrido una serie de avatares, incluida la quiebra en 1983 y su posterior reubicación del número 6 de la calle de los Saints-Pères al número 6 de la calle de la Sorbonne. Mas, no existían datos en el sitio de internet sobre sus libros antiguos en español.

En noviembre de 2004, perdida ya la esperanza de hallar algún rastro de Montalbán, el Centro Virtual Cervantes colocó en su página web un artículo de Fernando Sorrentino sobre el doctor en Letras. La casualidad quiso que yo lo descubriera una mañana mientras buscaba cierta imagen del infierno de Dante para un texto en preparación. La sorpresa fue mayúscula: aquel jamás existió.

Antiguo edificio de la editorial de los hermanos Garnier en París.

Antiguo edificio de la editorial de los hermanos Garnier en París.

Los hermanos Garnier, vendedores astutos, decidieron fabricar a este erudito, convirtiéndolo en el autor de unas notas que no eran otra cosa que un plagio de la edición de la “Divina comedia” preparada por Manuel Aranda Sanjuán en 1868. La del doctor en Letras contiene variaciones mínimas que se reducen a cambios de palabras – parecido a lo que hacen algunos de mis estudiantes de Literatura al descargar información de internet para una tarea –, pero en esencia es la misma. Montalbán resultó ser un personaje más del libro de Dante.

En cuanto a los Garnier – quienes para sus ediciones españolas contrataron a figuras de la talla de los hermanos Machado –, sus colecciones de clásicos eran magníficas y aun hoy se siguen publicando en una versiónreload” de la editorial parisina, que ha abierto su mercado a los libros digitales y se dedica a la difusión y rescate de las obras antiguas en su biblioteca virtual.

Me pregunto qué habría pensado Borges sobre el caso de don Enrique de Montalbán y los editores parisinos. ¿Acaso aquello habría generado un cuento? No lo dudo.

Los forajidos

 

Hace algunos meses visité un pueblo cercano a Bucay. Por aquel tiempo, el calor era tan intenso que, al menor esfuerzo, sudaba copiosamente.

En uno de mis paseos, descubrí el café en el que todos los habitantes recaían tarde o temprano. Era un lugar pequeño, bien cuidado, pero demasiado cálido, pues el dueño, que también era barman y, a veces, hasta cocinero; se rehusaba a comprar un aparato de aire acondicionado o, por lo menos, un par de ventiladores.

La gente, por otro lado, era alegre, jovial y muchas veces se acercó a mi mesa para conversar e invitarme a un trago; sin embargo, al sexto día de mi llegada, las cosas cambiaron. Todos se mantenían silenciosos, distantes y cualquier intento de acercamiento era rechazado casi con agresividad.

El ambiente era pesado e, incluso, el viejo gramófono, que, por lo general, repetía, una y otra vez, cierto disco de Julio Jaramillo; estaba apagado. Opté, entonces, por quedarme cerca de la barra, bebiendo un vaso de cerveza y a la espera de una persona que quisiera informarme algo, cualquier cosa.

De repente, un individuo, al que no había visto antes, entró, colocándose a mi lado.

— ¿Qué haces aquí? – Le dijo el dueño del local, mirándole con desconfianza.

— Un vaso de aguardiente – fue su única respuesta.

— Deberías estar en tu casa, con tu mujer.

— ¡Eso, a ti que te importa! Además no entiendo por qué, hoy, todo el mundo me jode.

El dueño del local le sirvió el licor, mirando de reojo un reloj oxidado que colgaba de la pared del fondo.

Contemplé al resto de visitantes del café y sentí que un escalofrío me invadía el cuerpo. Aquellos hombres miraban al recién llegado con una extraña expresión, mezcla de ansiedad, desprecio y miedo.

— ¡Tómate eso y lárgate! – Exclamó el dueño, observando, una vez más, el reloj.

— Me iré cuando quiera – apuró de un  trago la copa y, dirigiéndose a mí, prosiguió –: en la Capital, el servicio no debe ser tan malo como aquí, ¿verdad?

No supe qué responder.

— ¡Cállate, Manuel! – le dijo uno de los comensales de la mesa más cercana a nosotros.

— No puede ser tan malo – continuó el aludido, ignorándolo –, ¿sabe? Yo vivo en la casa que está junto a este local y hasta hace una semana, venía todos los días a comer y a beber, pero, por alguna razón inexplicable, me convertí en un apestado.

— ¡Basta! – Exclamó un hombre corpulento, haciendo ademán de levantarse.

— ¿Qué, vas a matarme? ¡Qué miedo!

El fortachón iba a reaccionar, pero la puerta se abrió y un pequeño, agotado y a punto de estallar en sollozos, entró, gritando:

— ¡Son ellos, ya llegaron!

— ¡Lárgate a tu casa, imbécil, tu esposa…! – Dijo el dueño del café.

El hombre se puso de pie y sin decir una palabra, echó a correr, saliendo del establecimiento.

— ¿Qué ocurre? – Pregunté tímidamente.

En ese momento, se escucharon un grito de mujer y dos disparos.

— Son ellos… – Respondió el dueño –. Todos los meses es igual, se llevan, al menos, a uno…

— ¿Quiénes, a quién se refiere?

— Los forajidos – dijo, temblando.