El brillo de la fogata

fogata

La mujer estaba sola aquella noche, su esposo había salido al mediodía, horas antes de que empezara la tempestad. El viento, el agua y el granizo azotaban los cristales de las ventanas.

Un golpe en la puerta principal hizo que se sobresaltara.

Luego, silencio.

— ¿Carlos? – dijo acercándose.

La única contestación fue un nuevo golpe. La mujer no iba a abrir, pero luego pensó que quizá su marido estaría empapándose fuera por culpa de su miedo. Tímidamente, quitó el cerrojo. En seguida un hombre entró empujándola.

No era Carlos.

El extraño echó seguro en la puerta y le dijo que no se asustara, que no quería nada de ella, solo refugiarse del frío hasta el amanecer. La mujer se quedó mirándolo boquiabierta.

Reaccionando, fue hasta la cocina y le trajo una botella de aguardiente y un vaso. El extraño se puso a beber. La mujer, entonces, le ofreció ropa seca.

Después de cambiarse, el hombre se puso a beber el resto del aguardiente.

Por fin, la tormenta se detuvo.

— Me van a matar, ¿sabe? – dijo él.

La mujer no hizo ningún comentario. Calentó la comida que había sobrado del almuerzo, sirviéndosela al extraño, quien la engullía sin disfrutarla, casi por compromiso.

De pronto, se puso de pie.

— ¿Oye eso?

Escucharon algo parecido al ruido que hace un enjambre de abejas. Ambos supieron que la visita no duraría hasta el amanecer.

— ¿Cómo se llama su libro? – dijo ella.

El extraño sonrió, esa mujer había comprendido todo. Sin decirle nada, salió de la casa y el enjambre de abejas se transformó en una turba de gente que gritaba enfurecida.

El brillo de una gran fogata alumbró la noche.

¿Hubo quejas? Si fue así, la mujer no pudo reconocerlas entre el ruido que hacía la turba, pero pensó que es correcto quemar a los escritores para evitar que sigan escribiendo libros.

 


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Hogueras de vida

En Ecuador, ya nos aburrimos de quemar muñecos de políticos porque, pese al esfuerzo, estos resultan, cada año que pasa, más malos que los anteriores.

En Ecuador, ya nos aburrimos de quemar muñecos de políticos porque, pese al esfuerzo, estos resultan, cada año que pasa, más malos que los anteriores.

Sé que se acerca el fin de año por cómo me miran los jóvenes en la calle.

Lo peor es que no solo los desconocidos están dominados por esa ansia violenta en contra de mí. Hijo y nieto, sangre de mi sangre, también me odian y desprecian.

A veces me pregunto si se trata de paranoia – ¡los viejos le tememos a todo! –, pero no creo: ellos también quieren matarme.

Lo bueno es que después del 1 de enero, el agua retorna a su cauce. Mi familia vuelve a ser buena conmigo y en la calle lo peor que puede pasar es que me ignoren. Acaso seguiré siendo odiado, pero con la máscara de amor y ternura que se pone la gente de bien.

He tratado de buscar un refugio para esos dos días – a pesar de que sé que la muerte sería el fin de mis achaques y de la soledad, me aferro a la vida como las cucarachas de la cocina –, pero en cualquier sitio que piso, la mirada asesina de la juventud aparece, recordándome que soy uno de los condenados, tal vez no de este año, pero sí del próximo.

Es mejor encerrarse en la habitación con cerrojo y ver la televisión… ¡No, mejor no! Los noticieros pasan a cada instante noticias de un jubilado que ha caído víctima de la vorágine, del desespero que tiene la vida por asesinar a la muerte.

En este instante, mientras escribo, oigo golpes que acompañan a los alaridos y las súplicas de otros viejos que, como yo, se rehúsan a morir incinerados.

Parece que la costumbre se originó en el siglo veinte. Los ecuatorianos quemaban muñecos rellenos de periódicos o aserrín cada fin de año, esperanzados de que lo malo desaparecería con ellos. Con el transcurrir de los siglos, se cambiaron los monigotes por ancianos de carne y hueso, seguramente porque la gente se aburrió de ver reflejada la muerte en sus arrugas.

Aunque tengo miedo, los comprendo: yo también fui uno de aquellos jóvenes que incineraban viejos.

¬¬

La chilena

La chilena...

La chilena…

Amaba tanto a la chilena que llegué a odiarla.

Todos la querían. Una noche la encontré conversando con el cargador del mercado en la puerta de mi casa; a la mañana siguiente, con el vecino; y en la tarde, con su confesor. Los mocosos del barrio me llamaban “chivito”.

Empecé a viajar frecuentemente, no por mi profesión – soy médico  –, sino para evitar cruzarme con ella, olerla, sentir su aroma a sexo, a traición. Quise irme o cometer suicidio, pero el deseo de volver a tocar a la chilena hacía que me arrastrara para lamer sus pies. Después: la vergüenza.

Finalmente, una noche, llegué a casa algunas horas antes de lo previsto. Estaba oscuro. Sigiloso y convencido de que el silencio se interrumpía con gemidos de placer, subí a mi habitación; al abrir la puerta, vi a la chilena que, sudorosa y jadeante, se había entregado a su cura confesor.

En la cómoda había una tijera…

Luego, mis recuerdos son borrosos, solo tengo claro que mucha sangre se escurría por mis manos, mientras un viejo – vagamente conocido – gritaba: “¡hijita, hijita, aquí no hay ningún doctor! Te suplico: ¡deja las tijeras!”

Bioy, el gato de Schrödinger

Adolfo Bioy Casares

Bioy te mira.

A Bioy lo acosaba una mujer melosa y obsesiva. Harto de tener que rechazarla, siguió el consejo de un amigo que había sufrido el mismo problema: encerrarse en un cajón inventado por cierto grupo de médicos para, después de una hibernación, despertar en el futuro libre de ella.

Sin embargo, su minúsculo ataúd no resultó cómodo y tampoco solitario. Dentro, cohabitaban cientos de hombres y mujeres que, como Bioy, huían del mundo con la esperanza de que las circunstancias mejorasen.

La oscuridad, no obstante, impedía que el escritor pudiese ver a sus semejantes aunque sentía muy cerca la agridulce pestilencia a sudor y desechos humanos.

¿Cómo lograron meter a tantos hombres en aquel lugar? Alguien aventuró que los médicos conocían la pócima para reducir cabezas – y acaso cuerpos – inventado por aquella tribu indígena de las regiones amazónicas.

De repente el morbo del hacinamiento empezó a enloquecer a todos y ni Bioy pudo evadir la ira y el desprecio.

Cierto día la violencia se desató y alguien – nadie pudo explicar cómo – obtuvo un puñal. Lo que ocurrió luego es innecesario mencionarlo, basta con decir que el anhelo del genocida era quedarse solo, eliminando cualquier compañía, olor y voz.

La puerta fue abierta eventualmente y los médicos, los mismos que lo encerraron – acaso no habían pasado ni quince minutos –, sacaron a Bioy con un puñal cubierto de sangre en la mano, entregándolo a los brazos de la mujer de la que en un principio había intentado huir.

“El gato de Schrödinger solo necesitaba unos minutos de silencio”, comentó alguien mientras los amantes, reunidos una vez más, se abrazaron.

El otro Bioy

Borges y Bioy murieron después de enterarse de que, en una dimensión paralela, eran personajes de un mal cuento.

Borges y Bioy murieron después de enterarse de que, en una dimensión paralela, eran personajes de un mal cuento.

Leonardo Battaglia, quien fue capturado hace seis meses y se encontraba aguardando su condena por el asesinato de cuatro prostitutas, escapó la noche de ayer de prisión provocando la alarma en el área metropolitana de Buenos Aires.

La policía ha repartido fotografías del criminal en todos los diarios del país con el objeto de que la población se mantenga alerta y reporte en seguida cualquier noticia acerca del delincuente.

“Es un hombre muy peligroso, un malevo en toda regla, aconsejamos que nadie intente confrontarlo por su propia cuenta y que avise a las autoridades si conoce su paradero; cualquier detalle es crucial para capturarlo”, dijo el jefe de policía esta mañana.

Battaglia, nacido en Córdoba, migró a Buenos Aires al cumplir los quince años, huyendo de un padre alcohólico que lo maltrataba. Según el reporte psiquiátrico, su madre fue una prostituta que decidió abandonarlo en manos de su padre para luego desaparecer.

“Battaglia es brillante – informa el doctor Isidro Vidal, médico psiquiatra de Palermo –; su carácter es cínico, mordaz pero muy inteligente. Quizá demasiado… No obstante, sufre de una timidez patológica con las mujeres y rehúye mantener cualquier clase de contacto con ellas.”

El convicto parece que disfruta no solo de sus crímenes, sino del reto que representa para la policía descifrar el misterio.

“Siempre nos dejó pistas y gracias a esa constante manía de subestimarnos terminamos atrapándolo”, explicaba el gendarme a cargo de la captura del asesino.

Bioy apagó la radio.

“¿Qué tal si en una dimensión paralela Bioy no es amigo suyo, ni siquiera un escritor, solo un asesino como ese Battaglia?”

“¿Y si no fuera en una dimensión paralela?”, dijo Borges.

“¡Un doble!”

Ambos escritores se mantuvieron en silencio por unos minutos. La idea los obsesionaba.

“Un doppelgänger como el de William Wilson pero para Bioy”, sonrió Borges recordando el cuento de Poe.

Bioy era un caballero con suerte en los lances amorosos, brillante escritor y hombre pudiente. ¡Todo lo que usted y yo jamás seremos! :(

Bioy era un caballero con suerte en los lances amorosos, brillante escritor y hombre pudiente. ¡Todo lo que usted y yo jamás seremos! 😦

El teléfono sonó; era Silvina, quien deseaba conversar con Borges para preguntarle por la causa del mal humor con el que Bioy había llegado a casa.

“¡Está furioso! Supuse que tuvieron alguna pelea.”

“Pero si Bioy está aquí… Se lo comunico.”

Silvina, al escuchar la voz de su marido, colgó.

Los escritores se miraron fijamente: ¿era una broma?

“Le juro que no hice…”

“Tampoco yo…”

Sin decir una palabra más, Bioy se marchó a su casa.

"¿Y si en vez de escribir le compra chocolates a su novia?", me pregunta Silvina Ocampo.

“¿Y si en vez de escribir le compra chocolates a su novia?”, me pregunta Silvina Ocampo.

Allí  todo estaba tranquilo, nada anormal parecía haber sucedido, pero cuando quiso ingresar en la propiedad, un hombre idéntico a él le cerró el camino y sin darle tiempo a reaccionar, extrajo un revólver que llevaba en el bolsillo derecho de su gabardina, disparando unas, dos y hasta tres veces contra el recién llegado. Este murió en el acto.

Silvina había salido de compras después de que el otro Bioy la hubo convencido de la mala broma telefónica de Borges. A su regreso, se sentaron a cenar juntos y con la mayor naturalidad, mientras escuchaban por la radio otros detalles del escape de Battaglia.

Del criminal no se supo nada más y la opinión generalizada es que huyó de Argentina.

Por otro lado, Bioy y su amigo no interrumpieron sus reuniones y la anécdota, poco a poco, fue olvidada; sin embargo Borges a veces notaba incomodidad en su compañero al momento de hablar con Silvina o con cualquier otra mujer. Esto a pesar, claro, de que seguía siendo un gran seductor…

¡BANG!

Dentro, se pone los guantes – aunque está seguro de lo ridícula que es aquella precaución – y carga dos balas en el arma: la primera para disparar al pecho de su padre y la segunda para rematarlo con un tiro en la cabeza asegurándose de que el asesinato sea impecable.

En la foto: los próceres del 10 de agosto de 1809 convertidos en estatuas de sal gracias al pecado nefando del manoseo político.

En la foto: los próceres del 10 de agosto de 1809 convertidos en estatuas de sal gracias al pecado nefando del manoseo político.

Hoy es 10 de agosto; mientras en televisión y radio se suceden una infinidad de programas especiales, cadenas del gobierno y discursos patrioteros en honor al himno, a la bandera o a los próceres – quienes para el 99% de los ecuatorianos no son más que anónimas estatuas de cera en el museo del Pasaje Espejo –, Edipo se encuentra sentado a la mesa del comedor de su casa ultimando los detalles del asesinato que cometerá en unas horas.

La víctima es su padre y este texto es solo un registro de los eventos; no pretendemos con él justificar al parricida ni aportar detalles lamentables acerca de su niñez para que los lectores del futuro se compadezcan y lo perdonen por sus acciones. Por lo demás, nadie, ni su padre ni su madre, lo maltrataron cuando era niño, de hecho tuvo una infancia feliz y según las inefables pruebas psicológicas es un ser humano perfectamente normal. El delito que está a punto de cometer es un experimento y nada más.

Edipo no cree en los crímenes impecables, pero tiene la certeza de que este lo será. No quedarán rastros, pues el proceso está tan perfectamente hilvanado que arma, criminal y cuerpo del delito desaparecerán antes de que la balanza de la diosa Justicia se incline hacia uno u otro lado.

La mañana de ese día, el futuro criminal se levantó antes de que el sol despuntara, hizo su rutina de calistenia y después de desayunar se puso a repasar por última vez los detalles del asesinato – los tenía escritos en su diario desde el año 2011. Al leer las dos primeras frases comprendió que era inútil seguir: las conocía al revés y al derecho.

Edipo había tomado la precaución de trasladarse desde su casa – que naturalmente se encuentra muy lejos de aquella ciudad de Quito – durante la noche para evitar que alguien pudiera retrasarlo.

Con la certeza de que dominaba la materia, se echó en la cama de aquella mugrienta habitación alquilada en la pensión de una mujer que respondía al nombre de Mercedes.

A las cuatro en punto, se pone en pie encaminándose en seguida hacia la casa de su padre ubicada en la calle Chile. Lleva en su mano derecha un portafolio en cuyo interior había guardo los guantes, el revólver – paradójicamente, un viejo obsequio de la víctima – y un largo texto lleno de fórmulas matemáticas y diagramas.

Edipo le dijo a la esfinge que estaba pensando en participar en "¿Quién quiere ser millonario?" o, por lo menos, en un "talk-show" para sacarle un provecho adicional a la historia de su incesto.

Edipo le dijo a la esfinge que estaba pensando en participar en “¿Quién quiere ser millonario?” o, por lo menos, en un “talk-show” para sacarle un provecho adicional a la historia de su incesto.

Edipo conoce perfectamente las horas de salida y entrada de los diversos habitantes de la casa, así como también los puntos de acceso seguros. Por lo que, refugiado en una sastrería, espera a que su madre salga de la casa con la criada para ir al mercado; luego, con paso lento pero firme, se dirige hacia la parte posterior del edificio, donde una ventana de la bodega tiene la aldaba tan oxidada que con un ligero empujón cede para permitir que entre cualquier intruso con tranquilidad.

Dentro, se pone los guantes – aunque está seguro de lo ridícula que es aquella precaución – y carga dos balas en el arma: la primera para disparar al pecho de su padre y la segunda para rematarlo con un tiro en la cabeza asegurándose de que el asesinato sea impecable.

Cruza el patio interno evitando hacer ruido y luego sube al segundo piso, donde se ubica el cuarto de estudio de su progenitor. A esa hora él, absorto en sus fórmulas matemáticas, será incapaz de defenderse.

En efecto, Edipo abre de par en par la puerta y solo la ráfaga de viento que entra en la habitación hace que el ocupante reaccione. Este, sin embargo, no es un anciano, más bien aparenta tener la misma edad o quizá menos que el futuro asesino, quien le espeta con frialdad:

— ¡He venido a matarte!

El hombre lo contempla en silencio por unos segundos.

— ¿Se puede saber quién es usted?

— ¡Por supuesto! – extrae del maletín el fajo de hojas con fórmulas, tirándolas al escritorio –. ¡Lee, allí está explicado!

El aludido coge el texto y lo revisa, mientras Edipo no para de apuntarle con el revólver.

Cuando finalmente hubo terminado la lectura, el padre comenta:

— ¡Esto no es más que una sandez! ¡Exijo pruebas! Si me las da, permitiré que me mate sin oponer resistencia.

— ¿Más? Las tienes en esos documentos.

— Esto no es otra cosa que una serie de fórmulas matemáticas y desvaríos de un desatinado; no hay evidencias materiales…

— Eres un matemático, debería ser suficiente.

— Pues no, como santo Tomás, necesito hundir mi dedo en las llagas.

— ¡Te casaste con mi madre hace dos días!

— Cualquiera puede haber revelado esa información.

— Naciste en Otavalo, pero, por error consta Ibarra en el acta.

— No es un secreto ese detalle…

— Tu madre te concibió antes del matrimonio y tu abuelo hizo que ella y tu padre se marcharan en secreto a Baños para casarse antes de que nacieras.

La víctima coloca su mano disimuladamente sobre la manija de uno de los cajones del escritorio.

— ¡Es inútil! – dice Edipo –; la pistola la robó anoche una de las criadas para entregarla a su amante, un ladrón que será capturado borracho en una cantina de mala muerte el próximo domingo a las doce del día.

El hombre abre el cajón con la mano temblorosa y, en efecto, el arma no está.

— ¡Esto no es una prueba! Alguno de sus cómplices pudo tomarla…

— Es precisamente tu incredulidad una de las razones por las que decidí matarte; quizá si ambos nos hundimos en este misterio científico lograremos llegar a algún tipo de acuerdo.

— ¡Hombre de Dios, está loco!

— No, no lo estoy; yo soy tu hijo y he venido del futuro para matarte; ¡créelo!

El padre de Edipo, completamente confundido, se toma la cabeza con las manos.

— ¿Qué crees que pasará, papá, si te mato antes de que me hayas concebido? Resolver esa paradoja física ha sido mi anhelo desde que tú mismo me la rebelaste hace quince años o, mejor dicho: me la revelarás dentro de diecisiete.

— Admitamos que es cierto lo que dice: si me asesina antes de que lo engendre, ¿cómo me matará después?

— ¿Será posible que surja un universo alterno? ¿Varios?

— ¡O quizá se produzca una singularidad y todo se acabe de una vez y para siempre!

— Nunca has sido melodramático, papá, no empieces ahora.

Quisiera decir que mi pluma lo mató, pero no fue así...

Quisiera decir que mi pluma lo mató, pero no fue así…

— Bueno, el resultado solo podremos averiguarlo de una forma…

— ¡Ahora sí hablas como el hombre al que admiro! Sabía que anhelabas una respuesta tanto como yo.

— ¡No más elogios! ¡Hazlo de una vez, jovencito!

— ¿Jovencito? ¡Qué curioso, así me has llamado siempre! – Edipo vuelve a levantar el revólver –. ¿Y si todo se destruye como dijiste?

— Ahora tú eres el melodramático; en todo caso, es el precio que hay que pagar por el conocimiento; Adán y Eva lo hicieron antes.

— Tal vez el disparo sea el fin…

— Sí, probablemente… – el padre de Edipo cierra los ojos y aunque nunca fue un buen cristiano, improvisa una breve oración.

— ¡Adiós!

¡BANG!

Es el último ruido, luego no queda nada más que el silencio.

¬¬

¿A QUÉ HORA MATARÁ A PUSHKIN?

Este relato pertenece a una de las partes culminantes de la novela que estoy preparando y hoy lo someto al escarnio público.

 

http://frankmonner.blogspot.com/2010/04/la-caja-secreta-nuevo-libro-de-marcelo.html

El libro que Marcelo Chiriboga publicó después de muerto (¿?).

Estábamos reunidos en La Mariscal, en la cafetería de siempre. Los cuatro conversábamos sobre un proyecto extraño: fundar una revista en la que los ingenieros escriban sobre el amor y los poetas sobre terminales de buses abandonadas. Yo había propuesto llamarla “Cadáver exquisito” aunque mi opinión no lograba seducir al resto.

De repente, Saúl, el antropólogo poeta de Medellín, me disparó a quemarropa:

“Oiga, compadre, ¿le conté ayer que su viejo amigo Marcelo Chiriboga fue a visitarme en mi casa?”

Negué.

“¡No puede ser! Él está en los Estados Unidos, internado en un hospital por el tema de su cáncer. El domingo conversamos por teléfono.”

“¡Le garantizo que no! Ayer fue a mi casa para pedirme, en realidad PEDIRNOS, algo muy raro.”

“¿Qué?”

“Que usted y yo seamos sus padrinos en un duelo pasado mañana.”

Comprendí que me tomaba el pelo y me eché a reír.

“¡No es broma, hermano, hablo en serio: el hombre me dijo que estaba harto del enemigo en cuestión y que había decido matarlo de una vez por todas. Piénselo: está condenado a morir de cáncer, de forma que una bala reventándole los sesos debe ser, para él, un fin mucho más digno.”

No supe qué responder. Su expresión era muy firme y convencida, no había rastro de burla.

“Pero ¿cómo es que no me lo dijiste antes?”

“Lo olvidé, hermano, lo siento…”

Su olvido era absurdo. Quise saber si Marcelo le había dejado un número de teléfono o una dirección donde pudiéramos contactarlo; él asintiendo me entregó un pedazo de papel en el que estaban escritas las señas de una pensión muy cercana.

Me despedí de todos apresuradamente y me encaminé hacia la calle Calama donde se había hospedado mi amigo. El lugar era sencillo y agradable, se trataba de una casa antigua restaurada de apenas dos pisos en la que se alojan los extranjeros con frecuencia.

Timbré cuatro veces antes de que apareciera una mujer de aproximadamente cincuenta años con rostro adusto que me soltó un “¿qué quiere?” a manera de saludo. Cuando le hube informado que buscaba a Chiriboga, me dijo que subiera al segundo piso, hasta el cuarto del fondo donde dormía “ese carcamal”.

Encontré a Marcelo en la cama, vistiendo solamente unos calzoncillos y un bividí blancos. Las cortinas permanecían cerradas y su equipaje, que aparentemente consistía en una sola maleta, estaba aún empacado.

“¿Cómo es eso de que quiere matarse a tiros? ¡No entiendo nada!”

“¡Ah, eso!”

Guardamos silencio por unos minutos.

“¡Me siento tan viejo!”, dijo de pronto, “cuando era niño todavía se escuchaban historias de sujetos que se abaleaban en duelos cuando sus mujeres los habían transformado en cornudos… ¡El honor! Ahora todo eso es tan old fashioned…”

Estaba sombrío, devastado. No se quejaba de dolor alguno, mas por las expresiones dibujadas en su rostro noté que sufría mucho. La degradación se había posado sobre su piel que ahora tenía el tinte amarillento propio de las enfermedades hepáticas, y muchas, muchísimas más arrugas que cuando lo conocí un año atrás.

“¿Sabe? Al tipo al que voy a matar lo traigo entre ceja y ceja desde hace tiempo y no voy a tener remordimientos después de que lo haga, usted tampoco debería tenerlos: ¡es un desgraciado!”

“¿Y si él lo mata?”

“Por desgracia eso no pasará, no tengo derecho a una muerte digna…”

No se me ocurrió intentar disuadirlo con la idea de que podrían encerrarlo en prisión; lo único que hice es quedarme callado mientras mis ojos contemplaban fijamente un cuadro horrible colgado junto a la puerta del baño.

“La argentina cree que vine a despedirme de mis amigos; no quería dejarme salir de casa supuestamente para cuidar mi salud, pero cuando le dije que iba a hacer lo que me viniera en gana, me mandó a la mierda”, soltó una risita burlona.

La argentina, la amante de Chiriboga, era un ser extraño; nadie conocía a ciencia cierta sus sentimientos por él: amor, odio, admiración, apego o necesidad de dinero. Quizá fuera una amalgama de todo.

“¡Es una mujer impresionante! Aún ahora que es una vieja sigue siendo atractiva, valiente. No le costará encontrarme más de un reemplazo (estoy seguro de que ya tiene uno), acuérdese de mis palabras. El mismo día de mi funeral empezará a sacarles un beneficio económico a mi nombre y a mis obras, algo que ni siquiera yo mismo puedo hacer.” Explicó con tono agrio.

Chiriboga era un Hércules contemporáneo, un semidios literario que estaba afrontando su decadencia como podía. La aspiración de quemarse en una pira cubierto del manto embarrado con la sangre de Neso ya no era posible, así que matar o morir por un pistoletazo quizá era su único camino para huir del morbo de la enfermedad.

“¿No hay forma de disuadirlo de cometer esta estupidez?”, dije sin convicción.

“No. Usted lo sabe muy bien.”

Sentí que un escalofrío me recorría la espalda.

“¿Al menos me dirá el nombre del tipo con el que se va batir”

“No lo va a creer…”

“¡Esta historia es increíble de principio a fin, Marcelo!”

“Hubiera preferido que lo vea con sus propios ojos, pero si insiste: mataré a Pushkin.”

“¿Quién? ¿Quién es Pushkin?”

“Usted sabe de quién estoy hablando; varias veces me ha dicho que admira muchísimo su obra.”

Me quedé congelado. Solo podía tratarse de una broma.

“Hablo en serio, por eso no quise comentárselo antes: estoy seguro de que ahora que lo sabe tratará de convencerme de que no mate a uno de sus escritores favoritos.”

“¿Cree que es eso lo que me preocupa?”

Pushkin, el amante de la amante de Chiriboga, observando las turbulentas y poéticas aguas del lago artificial del parque de La Alameda.

Pushkin, el amante de la amante de Chiriboga, observando las turbulentas y poéticas aguas del lago artificial del parque de La Alameda.

“¿Y qué más?”

“Marcelo, usted y yo sabemos que ese Pushkin murió hace casi dos siglos.”

“¿Está loco, jovencito? Antes de ayer le envié una carta de desafío a su casa, remitiéndome él en seguida su tarjeta personal con la aceptación. Espere.”

Extendió su brazo derecho y tanteó en el velador de al lado de su cama. Sus ojos estaban fijos sobre mí y casi bota la lámpara antes de entregarme una pequeña tarjeta de color blanco con letras negras. Claramente se leía: “Aleksandr Serguéyevich Pushkin”. Bajo el nombre estaban algunas palabras escritas en cirílico y luego la dirección: “Mariana de Jesús y América”.

“¡Esto es una broma!”

“No, es muy serio.” Suspiró. “¿No entiende? Todo es culpa de la argentina… Ella tiene un affaire con el ruso desde hace años. Ambos se han aprovechado de que la literatura me tenía vendado los ojos, dejándome como un pendejo, pero no crea que porque estoy a punto de morir permitiré que me traten de esa forma”

“Admitiendo que toda esto no es más que una locura, ¿cómo es posible que ellos sean amantes si su mujer vive en París y Pushkin a diez minutos de donde estamos?”

“Sé que la visita cuando yo voy a Barcelona o a Estados Unidos.”

No quise hacer más objeciones; estaba claro que el gran novelista ecuatoriano del “Boom” había enloquecido.

“Lamento sinceramente tener que matar a uno de sus literatos predilectos, pero que yo esté hecho una mierda no significa que debo permitir que sigan burlándose de mí, ¿no le parece?”

Dejé a Marcelo en su habitación, prometiéndole que le invitaría a comer al día siguiente. “La última cena”, me había dicho con retintín.

 

Llamé a Saúl para contarle todo. Él no se sorprendió.

“Ya lo sabía; no quise decírselo, hermano, porque creí que era mejor que él lo hiciera, al fin y al cabo usted admira mucho a Pushkin.”

“¿O sea que tú también crees esa historia?” Balbuceé.

“No entiendo, ¿a qué se refiere?”

“¡A Pushkin! ¡Él está muerto y enterrado desde hace casi dos siglos!”

Saúl guardó silencio por un minuto y luego me dijo que debía descansar, notaba que la impresión me había afectado.

Colgué el teléfono. Esa noche no pude dormir, daba vueltas en mi cama víctima de un nerviosismo extraño, como si mi vida fuese la que corría peligro. Quizá mi mayor preocupación era mi cordura, ¿acaso estaba perdiéndola? ¿O era una conspiración de mis amigos para burlarse de mí?

Mis ojeras y mi apariencia en general probablemente daban un espectáculo bastante lamentable porque cuando llegué a la librería, mi compañera de trabajo me recomendó ir a casa hasta que se me “pase el efecto de la borrachera”.

Deambulé por el local revisando uno que otro libro hasta que encontré una antología de relatos de Pushkin. Leí el cuento “La dama de picas” y tuve la sensación de que mi destino, el de Chiriboga y el del ruso estaban sellados como el de Hermann – el héroe trágico de la historia – por una mujer vieja y llena de secretos.

 

Poco antes de las siete me presenté en la pensión de Marcelo para ir a cenar. Lo encontré  elegantemente vestido y, aunque el color amarillento de su piel lo hacía ver enfermo, estaba de muy buen humor.

“Siento que vuelvo a nacer, jovencito…”

Borges le dice a Bioy: "¿verdad que solo era un doble tuyo el de esta historia? ¿VERDAD?"

Borges le dice a Bioy: “¿verdad que solo era un doble tuyo el de esta historia? ¿VERDAD?”

Caminamos por las calles de La Mariscal hasta un restaurante argentino – a Chiriboga le pareció adecuado.

“Como otros se tragan mi asado, creo que tengo el derecho de tener uno que solo yo pueda digerir.”

Guardé silencio. No me tuve deseo siquiera de discutir su comentario.

“No sé por qué se preocupa tanto. Escritores hay por toneladas; uno o dos menos no le afectarán a nadie. Piénselo: cualquiera de nosotros que se vaya al infierno recibirá una sepultura digna, le harán alguna ceremonia en el Congreso y, con suerte, hasta tendrá una estatua en el Parque de El Ejido, ¿no le parece bonito?”

“Oiga, Marcelo, ¡ya es hora de que me deje de joder la paciencia!”

Me miró sorprendido.

“Nunca lo había visto reaccionar así. ¿le gustaría que le diga que todo es una payasada, una burla que le preparamos con sus amigos? Lamentablemente no, el duelo es real y, en unas horas más, Pushkin o yo veremos la cara de Tánatos.”

“No sé qué pensar, me siento tan confundido… Pushkin… ¡Pushkin está muerto!”

“Aún no, pero pronto será así.”

“Usted no entiende o finge no hacerlo. ¡ESE HOMBRE MURIÓ EN 1837!”

“Mejor comamos, el hambre lo hace desvariar.”

Nos sentamos a la mesa. No probé bocado, al contrario de Chiriboga quien se puso a engullir su comida casi como un animal. Asqueado, me dediqué a mirar un televisor que transmitía cierto partido de fútbol de Segunda División.

“Creo que no debí pedirle que fuera mi padrino”, me dijo de repente, “ noto que la situación lo está afectando mucho; ni siquiera ha comido…”

“Usted… ¡todos me quieren volver loco!”

Me miró consternado.

“Sabía que admiraba a Pushkin, mas nunca imaginé que fuese tanto. De todas maneras es muy tarde para retroceder… ¡haría el ridículo!”

Me sobé la barbilla exasperado.

“Bueno, quiero acabar con esta pendejada de una vez, ¿a qué hora matará a Pushkin?”

“¿No le dijo Saúl? A las seis de la mañana en el Parque de La Alameda.”

“Correcto, entonces lo acompañaré a su pensión, quiero ir a dormir pronto. ¡Estoy entusiasmadísimo!”

Pagué la cuenta y nos marchamos.

 

El cielo estaba nublado y algunas gotas de lluvia golpeaban nuestras caras. Chiriboga, Saúl y yo aguardábamos a Pushkin y a sus compañeros sentados en una banca junto al lago artificial.

Creía que tarde o temprano los dos, echándose a reír, me dirían que todo era producto de una jugarreta de mal gusto.

Los minutos continuaban transcurriendo y las esporádicas gotas de agua se transformaron en una tormenta.

Bontempelli y Pirandello se preguntan por qué insisto en meterlos en esta colada.

Bontempelli y Pirandello se preguntan por qué insisto en meterlos en esta colada.

“Ya es suficiente, ¿no? ¿Me van a decir la verdad para que podamos ir a desayunar?”

Ambos intercambiaron una mirada.

“Espere un poco más, jovencito, deben estar cerca.”

En ese mismo instante tres hombres cubiertos con abrigos y sombreros aparecieron saludándonos en francés. Uno de ellos se descubrió, era Pushkin o se le parecía…

Me sentí mareado y, como entre sueños, pude comprender que el ruso afirmaba estar listo.

“Hay algo que debemos comentarle, hermano”, me dijo Saúl.

Pensé que en ese momento se iba a destapar la mascarada y sonreí aliviado.

“¿Por fin me van a presentar a su actor? Verdaderamente se parece a Pushkin, ¡es magnífico!”

“¿Qué dice, hombre? ¡Él es Pushkin!”

“El caso es que yo no voy a batirme en duelo”, intervino Chiriboga, “ese engaño fue porque tenemos un plan para usted.”

“¿Cuál?”

“¡La muerte!”

Abrí los ojos desmesuradamente y pude ver que los dos compañeros de Pushkin se sacaban los sombreros dejando al descubierto sus rostros. Eran, sin lugar a dudas, Massimo Bontempelli y Adolfo Bioy Casares. Todos estaban armados con revólveres.

Saúl se despidió de mí alejándose lentamente hacia la parada de buses. De pronto, la sirena de una ambulancia los desconcertó y yo aproveché aquel instante para abalanzarme sobre Chiriboga y desarmarlo, luego descargué un tiro en su vientre, pero el resto de conspiradores me abatieron. Antes de que se nublaran mis ojos alcancé a ver que los cómplices de Chiriboga acudían a ayudarle entre gritos desesperados.

Finalmente me dormí…

 

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