BIOGRAFÍA APÓCRIFA DE UN GALLINAZO

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Gallinazo vigilante de Lima. Fuente: El Comercio.

 

Esa mañana el cielo permanecía encapotado, pero el sol acribillaba con balas de fuego perforando nubes y cuerpos.

Nuestro coche avanzó sobre los caminitos de tierra que, como riachuelos lodosos, desembocan en la torrentosa carretera de cemento que une los balnearios de Esmeraldas.

Llegamos a Tonchigüe. La playa no estaba manchada de turistas y el pueblo entero, con casas y gentes, se hundía en la modorra de media mañana.

A pocas cuadras de la plaza central, una res destazada daba la bienvenida a los extranjeros con sus muñones cubiertos de moscas verdes. Las gargantas se llenaban de nudos o los nudos de gargantas.

Por fin, el coche llegó a la plaza y un garrotazo de olor a podredumbre hizo añicos el parabrisas. A la izquierda, un Everest de bolsas de basura de Dios sabe qué época agonizaba por los picotazos de cuatro gallinazos.

Las aves eran gordas y azabaches. Batían sus alas y se atragantaban como aristócratas cenando luego de la ópera.

Las vísceras de las bolsas se esparcían por aquí y por allá, pasando del suelo a las barrigas de los pajarracos. Uno, sin duda el que lideraba, con un movimiento de sus extremidades se puso a controlar la gula de sus compinches. Sus picotazos eran los privilegiados, pues la carne descompuesta era suya, solo suya.

Frente a la escena del banquete pajaril, a nuestra derecha, cuatro hombres reposaban sobre hamacas. En el suelo, doce o quince botellas de cerveza hervían por acción del sol furibundo.

Indiferentes, se abalanzaban cada cierto tiempo sobre la cerveza caliente. Sin embargo, uno, el que permanecía sentado, era el líder, el encargado de repartir la bebida. Los demás le obedecían y si alguno hubiese tenido la audacia de coger una botella sin su autorización, el castigo habría sido ejemplar.

Aquel hombre transpiraba poder, aun dentro del auto y a varios metros de distancia era posible sentirlo.

Hipnotizados por su influjo, dejamos de acelerar hasta que el motor, en medio de toses y corcoveos, se apagó. Hoy seguiríamos plantados en aquel sitio si un aleteo feroz, el del gallinazo jefe, no nos hubiera obligado a reaccionar.

El ave se elevó seguida de una de sus compañeras, mientras las otras permanecían en tierra devorando lo que quedaba de basura en medio de una estela de plumas azabaches.

Arrancamos el coche y lo último que pude ver fue que también tres de los hombres se habían esfumado. Solo quedaba uno, quien, desde la hamaca de su jefe, bebía de a poco lo que quedaba en cada una de las botellas de cerveza abandonadas.

Esa fue la primera vez que vi un gallinazo cara a cara y, ahora, por todo lo que ha ocurrido, comprendo que esa experiencia estuvo ligada con mi transformación.

 


 

Temprano el calor había sido tan fuerte como el de aquella mañana en Tonchigüe, sin embargo, en la tarde, cuando tuve el primer síntoma de mi cambio, el cielo empezó a sudar frío como si el planeta estuviese tratando de equilibrar su temperatura con transpiraciones de granizo.

Yo estaba acostado, meses atrás se había publicado mi primer libro y aunque me sentía contento, estaba inseguro. De repente, sentí una comezón incontrolable sobre los labios. Me rasqué casi hasta arrancarme el cuero y, al borde de la demencia, corrí al baño y me miré en el espejo: mi boca estaba hinchada, había empezado a crecer hasta formar un pico, al tiempo que mis labios se tornaban grises.

Quise pedir ayuda y solo fui capaz de proferir un suave gruñido, pero la vergüenza me alejó para siempre de los médicos.

Las transformaciones, en los días siguientes, no se detuvieron y tampoco se circunscribían a lo físico: psicológicamente cada vez me parecía más a un ave carroñera.

En la calle (a la que salía solo cubierto con capuchas y bufandas), cada persona, cada objeto incluso, me provocaba un apetito voraz incitándome a arrancarle pedazos con mi recién adquirido pico gris.

Las situaciones extrañas, los traumas, las malas costumbres de la gente hacían que mi estómago gruñera ansioso e incontrolable. Pero también lo hermoso…

Mientras los humanos comunes huían de los monstruos o de los agonizantes, yo me pegaba a ellos para destriparlos y, luego, en el silencio de mi cueva, los digería en forma de cuentos.

Ya nada me escandalizaba, al contrario, exacerbaba mi hambre. La hez, lo hediondo, lo cruel de la humanidad solo conseguía que la bestia interior aflorara chillando llena de gozo.

Con el pasar de los meses, dejé de sentir la necesidad de ocultarme. Era un gallinazo y ya no me importaba.

Me divertía cuando los niños, en esas reuniones familiares, se paraban a mirarme con estupor. Sus madres (mis tías, primas, hermanas) los alejaban tapándoles la boca y la nariz para evitar un posible contagio.

Mis brazos se convirtieron en alas, mis piernas en garras y mi piel se cubrió de plumas negras, mientras mis ojos aguados mejoraron su visión hasta el punto de que podía detectar una víctima a kilómetros de distancia.

Mi alimento era la novedad y, al digerirla, excretaba poemas, novelas, crónicas, ensayos.

Descubrí que no era el único, que otros como yo vivían semiocultos dentro de bares o refundidos entre funcionarios de cualquier clase de ministerio. Algunos procreaban belleza, otros, monstruosidad.

Los gallinazos empezamos a reunirnos y, pronto, se volvió evidente que algunos eran muy fuertes. Los débiles o los novatos huían bajo un aguacero de reverencias, mientras los demás desollaban primero a las presas. Los mejores cuentos salían de los picos de estas fieras terribles.

Solo un lugarteniente, un plumífero tan audaz y duro como su jefe, se atrevía a desafiar la autoridad de vez en cuando. Producía textos tan brillantes que los líderes temían perder su posición.

Por eso, el equilibrio de poder dentro de la comunidad de gallinazos siempre ha sido inestable: cualquier cosa puede acabar con el orden jerárquico. Hay tanta hambre de arte que algún día terminaremos por despellejarnos en busca de alguna joya que se encuentre incrustada dentro de nuestras tripas.

Esta clase de gula es por pura estética. No importa a quién o a qué haya que sacrificar, lo único que interesa es la creación y cuestionarlo todo, incluso a uno mismo.

Cuando vi los gallinazos en Tonchigüe no imaginé que un virus se inocularía dentro de mí. Tampoco sospechaba que, más temprano que tarde, me transformaría en un ave carroñera capaz de devorarlo todo, incluso a mi padre…

El día que murió, sin dudarlo, me lancé sobre su cuerpo helado y me puse a exprimir sus entrañas para hacer literatura. Quizá algún día, con el pico manchado de libros, me convertiré en el rey de los gallinazos.

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Busque el relato con ilustraciones magníficas de Majo Rodríguez en la edición especial de aves de Terra Incognita (agosto 2018).

Biografía apócrifa: el socialismo bolivariano

"Marx me envidia porque soy sexy y divertido (y, además, tengo un buen peluquero). Dar FAV y RT."

“Marx me envidia porque soy sexy y divertido (y, además, tengo un buen peluquero). Dar FAV y RT.”

Como todos sabemos, desde que la sabiduría revolucionaria del siglo veintiuno llegó al poder para hacer de este un mundo honesto, democrático y culto, Bolívar tuvo un hijo y fue un mal padre; no cabe, de todas formas, juzgarlo porque con un primogénito tan feo como el suyo, lo menos que se puede ser es malo.

En efecto, Bolívar, el Libertador, ya había engendrado el socialismo científico mucho antes de que Marx siquiera naciese y este, envidioso del creador de aquel Frankenstein ideológico, esbozó, varios años más tarde, una amorosa y comedida biografía suya para la New American Cyclopedia en 1858[1].

No conviene, sin embargo, apresurarse, por lo que dividiremos esta tierna historia en tres partes que facilitarán la comprensión sobre la vida del Comandante – la verdad es que no sabemos el nombre de la creatura bolivariana – marxista, pero como esa gente siempre se concede a sí misma rangos militares de tal guisa, optamos por no desairarlos –, correspondiendo la primera a la concepción, la segunda a la infancia y la última a la pubertad y adultez. Sobre su descendencia no hablaremos porque sería un trabajo interminable, teniendo en cuenta que esta sigue reproduciéndose con cada babosada que se dice en cadenas de radio y televisión o en discursos oficiales.

Primera parte: el huevo                                                           

 

Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Ponte – Andrade y Blanco zarpó con rumbo a Europa, por primera vez, en 1798, regresando de allá completamente enamorado y con un nuevo estado civil: el de esposado. Todo indica que fue esta situación, como toda experiencia traumática, la que terminaría por generar al monstruito socialista – liberal – conservador que hoy emociona tanto a grandes y chicos.

María Teresa del Toro apenas llegó a Venezuela, dijo: "¡joder, Simoncito! Para ver estos pantanos, mejor nos hubiéramos ido a Italia..."

María Teresa del Toro apenas llegó a Venezuela, dijo: “¡joder, Simoncito! Para ver estos pantanos, mejor nos hubiéramos ido a Italia…”

En efecto, el joven Bolívar se enamoró, igual que todos, como un pendejo y, desoyendo a los adultos, hizo todo lo posible por traer consigo a América a una españolita de ascendencia venezolana – algo que es mucho más de lo que pueden decir la mayoría de emigrantes latinoamericanos, muy dados a la endogamia –; la muchacha en cuestión se llamaba María – Teresa Josefa Antonia Joaquina Rodríguez del Toro y Alayza y solo para colocar en el papel del contrato matrimonial los nombres de ambas víctimas fue necesario deforestar toda la Sierra Morena.

Simón Bolívar, sin embargo, no tuvo tiempo para disfrutar de las mieles del amor y, apenas ocho meses después de las nupcias, enviudó, quedando devastado y al borde de una crisis existencial que a otro pudo significarle la muerte, pero a él lo empujó a un sino aún más fatal: el socialismo del siglo XXI.

Bolívar se embarcaría, una vez más, hacia Europa y, tras un conmovedor encuentro con su suegro, viajó a Francia, donde, luego de probar los placeres que la Ciudad que da a Luz podía ofrecerle, emprendió un peregrinaje hacia Roma junto con su maestro de la infancia, el rousseauniano de los mil nombres, Simón Rodríguez o Carreño o Robinson.

Maestro y alumno subieron al monte Palatino y, ante el esplendor de la ciudad donde el comunista Julio César fue asesinado, juraron la independencia de la América hispana. El huevo del socialismo había aparecido.

Fuentes de la época nos dicen que aquel era grande y gordo como un bien alimentado miembro del politburó soviético y que Carreño/Rodríguez/Robinson lo cuidaba con esmero. Él que nunca había sido un hombre de familia se puso “chocho” con la llegada del Comandante.

Bolívar, por otro lado, estaba mucho más interesado en la gloria que en la paternidad, por lo que, pronto, se olvidó del huevo, marchando a América para encontrarse con su destino.

El peluquero de Marx es Jorge Russinsky.

El peluquero de Marx es Jorge Russinsky.

Así, el Comandante, a pesar de no haber empollado, terminaría alimentando una admiración especial hacia el padre ausente que lo empujaba a creer que este era perfecto.

Segunda parte: infancia.

 

Los primeros años del Comandante – ex huevo – los pasó apaciblemente en la capital francesa, bebiendo vino en vez de leche, al tiempo que observaba a los grandes personajes de Francia entrar y salir de los salones cubiertos de una rara amalgama de frivolidad y genio. El hijo del Libertador – igual que la mayoría de “revolucionarios” – se reveló contra la primera, pero revistiéndose con ella.

Las damas de Paris lo miraban como a un pequeño díscolo y le decían: “Comandantito, ve a tomar el biberón y no nos molestes”; los hombres, por otro lado, simplemente lo ignoraban. Por lo demás, el consuelo siempre venía acompañado de una palmada amistosa de Carreño que, con una sonrisa, le indicaba que iba por el buen camino. Lástima que el pobre intelectual estaba al borde de una miseria tan paupérrima que apenas tenía tiempo para ocuparse de su alumno.

A Comandantito le gustaba jugar a la guerra – igual que a casi todos los “revolucionarios” – y fusilaba encantado a sus compañeros cuando se alzaba con la victoria; finalmente, al caer estos bajo el fuego de su justicia, los obligaba a ponerse de pie para volver a fusilarlos.

Con sus mejores amigos, a saber un borracho, un loco y un ladrón, conformó un tribunal de justicia y se puso a la tarea de juzgar a todos los niños por sus delitos anti – revolucionarios: que si había comido un plato de habichuelas era un burgués; que si tenía tutor, un aristócrata; que si era gordo, un corrupto; que si era flaco, un avaro; nadie se salvaba de sus fusilamientos y, cierta mañana, se le ocurrió hasta armar una guillotina, costándole la travesura el encierro en un orfanato con todo el tinte novelesco de Charles Dickens.

Un miembro de un Politburó (de cualquiera).

Un miembro de un Politburó (de cualquiera).

Algunos meses después, mientras pagaba cincuenta rosarios en la iglesia del orfelinato como penitencia por haber dicho que se debía confiscar los bienes de la iglesia porque – igual que casi todos “revolucionarios” – consideraba que los curas, per se, solo eran millonarios amantes de la pedofilia; tuvo una revelación: debía buscar a su padre.

Tercera parte: pubertad y adultez.

Emprendió su aventura – igual que casi todos los “revolucionarios” – en compañía del ladrón y el loco. Juntos se embarcaron en Marsella a bordo de un navío perteneciente a cierto capitán holandés que juró ser amante de la justicia y de la libertad.

Como era de esperarse, terminaron en Argel y en manos de un inescrupuloso comerciante árabe que decidió venderlos como esclavos al sultán otomano. Consiguieron salvar sus vidas únicamente porque el Comandante, en una jugada maestra que repetirían sus admiradores a lo largo de la historia, amenazó con expropiar el barco, los remos, el mar, las mujeres, la arena e incluso la esclavitud.

— ¡Expropie, expropie, expropie, expropie! – se puso a gritar enloquecido, mientras todos lo miraban con miedo reverencial, pues suponían que se trataba de la encarnación de algún demonio chiflado del Sahara.

No pasaron ni veinticuatro horas antes de que, arrepentidos de su adquisición, los mercaderes de esclavos lo devolvieron a Europa con un pago adicional para que a nadie se le ocurriese mandarlo donde ellos de nuevo. ¡La grandeza se manifiesta en los momentos difíciles!

Finalmente, el Comandante llegó a América, pero como en este continente lo que más había era comandantes, generales, coroneles, etcétera, etcétera, etcétera, pasó desapercibido y Bolívar, demasiado ocupado en la campaña de Boyacá, ni siquiera tuvo un minuto para su primogénito.

Este, sin embargo, se la pasaba hablando de su linaje a los borrachos y a cualquier otro ingenuo dispuesto a escuchar sandeces.

— Mi padre encarna a Pachacutik, Wayna Capac, Atahualpa, Huáscar, Lautaro, Tupac Amaru, Hércules, Juan el Bautista, los doce apóstoles, Darth Vader, Julio César, Bruto, Indiana Jones, fulano, zutano, mengano, perencejo, don Manuel que vende habas en la esquina y la chichera que gracias a un microcrédito del Banco Nacional de Fomento abrirá una sucursal de su antro en el sur de Quito dentro de doscientos años…

La gente lo consideraba un demente y solo tomaron conciencia de su verdadero carácter una noche que anunció, en plena plaza de Angostura – que estaba más infestada de plagas que de casas –, que iba a redactar la diezmillonésima constitución de la República, la única que representaría al pueblo, aunque este ni siquiera estaba consciente de tener la primera.

Los habitantes de Angostura no sentían el menor interés por la famosa constitución, pero cuando el Comandante se puso a confiscar desde las gallinas hasta los calzones, se indignaron tanto que, ni el recién conformado Tribunal Bolivariano del Pueblo Oprimido por la Dictadura de los Desgraciados Capitalistas Burgueses de la Nueva República de Venezuela – TBPODDCBNRV, por sus siglas en español – pudo disuadirlos de linchar al revolucionario.

Turba enloquecida y peligrosa.

Turba enloquecida y peligrosa.

El pueblo, que siempre habla mal de la libertad hasta que se la quitan, salió a las calles con antorchas y azadones, dispuesta a lo peor. Este, infructuosamente, trató de expropiar aquellas armas y, cuando las amenazas fallaron, recurrió – igual que todo “revolucionario” – a culpar a la CIA de su trágico destino. De todas maneras, el hijo antinatural de Bolívar no fue asesinado esa noche; la gente se limitó a darle una buena azotaina en las nalgas por insolente y luego lo encerraron en un convento franciscano.

El socialista bolivariano nunca conoció al hombre que lo había inspirado – igual que todo “revolucionario” –, pero se pasaba hablando de él a diestra y siniestra hasta que una mujer, luego de enamorarlo, lo obligó a trabajar, con una tiranía que, según él, solo podía ser parte de una conspiración de los gringos imperialistas.

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[1] Leer el artículo de Marx sobre Bolívar (es en serio, ¡en serio!).

Biografía apócrifa: la vida secreta de Chewbacca

Dolph Lundgren dice: “¡devuélveme mi osito de peluche o te parto la cara!”

Puede sonar a clisé pero lo cierto es que la ficción siempre termina por subyugar a la realidad. La prueba está en la vida de muchos artistas – desde actores hasta músicos –, que han terminado opacándose ante el brillo de sus creaciones. Pocos saben quién fue Tirso de Molina, sin embargo, casi todos han oído hablar de don Juan Tenorio, y es más fácil recordar al frío Iván Drago de Rocky IV que al ingeniero químico y ganador de 1983 de la beca en matemáticas del Programa Fulbright, Dolph Lundgren, quien lo interpretó.

Asimismo, los geeks y los cinéfilos en general admiran al personaje de la saga de Star Wars llamado Chewbacca, mas, nadie conoce la historia dura y llena de sufrimiento del hombre – perro que lo encarnaría en la pantalla grande.

El verdadero nombre de esta extraña criatura fue Dmitri Sobaka y nació el 30 de agosto de 1945 – apenas quince días después de la rendición del Japón en la Segunda Guerra Mundial –, en una alejada región de Siberia; era el último sobreviviente de una antigua raza de hombres – perro que habitaban en las estepas rusas desde tiempos inmemoriales.

Retrato del niño-perro durante su estancia en el orfanato estatal. Aparentemente el artista que lo dibujó era un campesino ebrio que se creía Iván el Terrible.

Su infancia fue dura, marcada sobre todo por la prematura muerte de sus padres en la explosión de una fábrica de cueros en la ciudad de Tiumén y por el rechazo de sus compañeros “normales” en un orfanato comunista; en efecto, estos se burlaban de su cara, vello corporal, mal aliento y nariz húmeda. Incluso los profesores lo despreciaban alegando que su incapacidad para homogeneizarse era el primer síntoma del revisionismo trotskista y/o de los vicios del sistema pequeñoburgués anglo – estadounidense.

El joven Dmitri se sometía al fuerte régimen de entrenamiento preparado por los médicos del partido. La receta era: matarse de hambre, drogarse con anabólicos y bailar canciones de Danza Kuduro (en la imagen justamente lo vemos con “la mano arriba, la cintura sola, la media vuelta”).

Unos años antes de cumplir la mayoría de edad, Dmitri se mudó a Moscú para unirse al equipo nacional de baloncesto que iba a participar en los Juegos Olímpicos de Tokio 1964, su enorme estatura – 2.25 metros – era la única esperanza que le quedaba para sobresalir y ser aceptado, pues la soledad y el desprecio de la gente lo tenían al borde del suicidio. Al principio, el joven – perro tuvo éxito y sus entrenadores comprendieron que era innecesario usar cualquier clase de droga estimulante porque su velocidad y fuerza estaban más allá de lo normal.

“¡Es un animal!”, había exclamado, luego de conocerlo, Vasili Alexandrovich Petrov, un anciano de sesenta años que por aquel tiempo era el utilero del equipo.

Llegó el verano de 1964 y, con él, las Olimpiadas. Como de costumbre, los dos polos políticos del mundo, es decir Estados Unidos y la Unión Soviética, eran los grandes antagonistas y cada uno trataba de llevarse el mayor número de medallas. Su lógica era la siguiente: “si te puedo ganar en el waterpolo ¿cómo no te voy a ganar en capacidad productiva, educación o, mejor aún, en potencial destructivo?”

Joe Caldwell sonriendo socarronamente cuando, en medio del partido, Dmitri le exigió que le devolviese sus vellos púbicos.

En baloncesto, como en cualquiera de las otras disciplinas, el nivel competitivo era altísimo e incluso hoy los nostálgicos de ese deporte pueden recordar, no sin estremecerse de emoción, las lágrimas de impotencia que derramó Dmitri en el juego final, cuando el equipo estadounidense se alzó con la victoria por 73 a 59, en un partido durante el que el atleta peludo dejó literalmente la piel, porque el escolta Joe Caldwell, mientras lo marcaba, le arrancó un buen porcentaje de su dotación capilar en el área del bikini.

Decepcionado por la derrota, el joven – perro renunció al deporte, enrolándose como voluntario para transportar armamento obsoleto de la Segunda Guerra Mundial – el valioso aporte de los soviéticos para la defensa del comunismo – a Vietnam. De todas maneras, no era la ideología la que impulsaba a Dmitri; su motivación para viajar al teatro de la guerra era el escape. Estaba tan cansado de la segregación racial y el menosprecio, que había decidido pasarse, a la primera oportunidad, al lado de los vietnamitas del sur para luego huir a los Estados Unidos.

Era una acción arriesgada, pero ya no tenía nada que perder. “Cuando la vida se convierte en una carga – comentaría años más tarde en una entrevista para The New York Times –, la muerte deja de importar.”

Foto de Dmitri tomada en las selvas de Vietnam. El arma que porta es una modernísma ballesta de la Edad Media, parte del cargamento que la Unión Soviética envió a los vietnamitas para ayudarlos a luchar por el comunismo internacional.

Por lo demás, el plan tuvo éxito gracias a la colaboración de un cantinero de Hanoi que se hacía llamar “Dick Nixon”, quien, encantado con la pinta del “yanqui ruso” – como decidió apodarlo “porque solo los hippies yanquis son peludos” – lo hizo pasar al sur, atravesando el país por los lugares más selváticos e inhóspitos, además de obligarle a casarse con su hija, una chica vietnamita con una belleza tan exótica que espantaba – de cariño, su padre le decía: “mi pequeña con mandíbula de hipopótamo” –.

Durante casi un año, ambos vivieron en Saigón, ciudad en la que Dmitri se dedicaba a contrabandear licor, tabaco y abarrotes con la ayuda de un sargento estadounidense corrupto, el mismo que no tenía ningún reparo en robar provisiones al ejército y venderlas a tres veces su valor, todo con el fin de conseguir opio, droga de la que era un entusiasta.

Por otra parte, en la vida matrimonial el hombre – perro y su mujer vietnamita eran completamente infelices; ambos se quejaban de la cara de animal de su compañero, concluyendo que no hay peor cianuro para el apetito sexual que ser feo.

La primera esposa de Dmitri. Por esta época, él empezó a consumir drogas.

Cierto vecino de la pareja que actualmente dirige un restaurante de comida vietnamita en Central Park, chocheando, comenta: “siempre los vi pelear; que ¿por qué no te afeitas?, que ¿por qué no te compras un espejo? Todos los días con el mismo cuento, hasta que ella le dijo que se había hartado y se largó; parece que se fue con un amante ciego a Camboya y ambos murieron en un campo de reeducación de los jemeres rojos.”

Dmitri, contento de haberse librado de su mujer, hizo que su amigo y compinche, el sargento del ejército estadounidense, le consiguiera un salvoconducto para viajar a los Estados Unidos, seguro de que allí encontraría la felicidad que tanto buscaba.

Los primeros años vivió en Nueva York, pero como no conseguía empleo se hizo hippie y se puso a vagabundear por las Rocallosas consumiendo hongos y otras plantas alucinógenas.  Fuera de garrapatas, piojos, tifus y sífilis, durante estos años, consiguió el amor de Maggie.

El amor de Dmitri y Maggie era mal visto por la sociedad, pero a ellos no les importaba. Las plantas alucinógenas y la sífilis les permitían vivir en un mundo imaginario, donde nadie criticaba su amor.

“Ella es una mujer maravillosa – explicaba Dmitri en la misma entrevista para The New York Times citada líneas arriba –. Recuerdo que nos enamoramos cuando me contó que había abandonado a sus padres cuáqueros para convertirse en sacerdotisa suprema de la fertilidad y que no le daba asco mi vello corporal porque hacía juego con el suyo.”

La pareja, acompañada de cincuenta “hermanos”, se paseaba por bosques y ciudades predicando el amor libre, al tiempo que compartían todo, incluso los gérmenes y las enfermedades venéreas. Eran muy felices, mas, con la renuncia de Nixon, sobrevino el fin de su vida idílica, viéndose obligados a buscar empleo.

Dejaron las Rocallosas donde paseaban desnudos celebrando extraños ritos orgiásticos, por la célibe ciudad de Los Ángeles. Maggie consiguió un empleo como dependiente en una tienda de abarrotes y Dmitri hizo lo propio en una peluquería italiana.

Los “hermanos” celebrando un extraño ritual de sexo en las montañas Rocallosas. Aparentemente, era un grupo tan hermético que ni los piojos lograban penetrar en estas reuniones.

No obstante, su aspecto espantaba a los clientes, quienes se preguntaban cómo era posible que un tipo tan peludo pudiera trabajar en un lugar encargado de quitar el exceso de pelo – que por aquellos años no era demasiado, pues a todo el mundo le encantaba llevar enormes copetes, cubiertos de grasa, para emular a Elvis Presley –, así que fue despedido. Sin embargo, entre los clientes que acudían periódicamente a ese local se hallaba un director de cine llamado George Lucas, quien comprendió que el hombre – perro soviético era el individuo adecuado para encarnar a uno de los personajes de su futura película sobre imperios extraterrestres. Ironías de la vida: ¡el horrible aspecto de Dmitri lo llevaba a la fama!

La guerra de las galaxias fue el bálsamo que lo ayudó a salir de las drogas y, tanto él como Maggie, se convirtieron en la pareja de moda. Vogue, Vanity Fair, hasta Playboy se disputaban por tener fotografías, entrevistas, lo que fuera sobre estos debutantes en la Meca del Cine.

Durante la filmación de la Guerra de las Galaxias, Dmitri tuvo que evadir varios escándalos. Uno de ellos lo ligaba con la actriz Carrie Fisher; la foto de arriba fue tomada por un paparazzi y, aunque es más que sugestiva, ambas celebridades siempre negaron cualquier tipo de relación que no fuera la profesional.

De todas maneras, con la fama vinieron los escándalos y, aun a pesar de que Dmitri tuvo éxito en evadirlos durante el periodo de filmación de las tres primeras películas de la saga, finalmente, la noche del estreno de la última, una joven de dieciocho años acudió a un periódico amarillista de Los Ángeles para declarar que había sido violada por el hombre – perro y que quería que este fuese encarcelado por su crimen.

Nunca hubo una denuncia oficial, pero el escándalo minó tanto la relación de Dmitri con Maggie – apenas unos meses después ella exigió el divorcio – como su carrera en el cine. Solo y arruinado, tuvo que aceptar papeles en películas porno de línea hardcore, en las que casi siempre interpretaba a un repartidor de pizzas extraterrestre con desviaciones sexuales.

El último brillo de Dmitri. Después de casi veinte años de ausencia regresa a las marquesinas y se muere de un infarto. Las drogas, el sexo tántrico, el tifus y la sífilis son un escollo insuperable en la vida de todo actor. Antes de morir, el hombre-perro dijo: “¡ojalá Lindsay Lohan aprenda de mis errores!”

El bache moral fue tan largo que únicamente llegó a su fin casi veinte años después, cuando su viejo amigo George Lucas junto con Maggie – madre, en su segundo matrimonio con un granjero de Iowa, de cinco hijos – lo sacaron de un fumadero de opio para proponerle que volviese a interpretar a Chewbacca, en una de las precuelas de la saga de La guerra de las galaxias.

“Se entregó al proyecto con una pasión de adolescente, parecía comprender que ese, para él, era el último canto del cisne”, dijo Maggie en uno de los programas de Oprah, emitido un par de semanas después de que el hombre – perro falleciese de un infarto en la premier de La venganza de los Sith.

“Siempre quiso ser aceptado – dijo Oprah antes de enviar a comerciales – y creo que lo consiguió, ojalá que nos ladré con amor desde allá arriba. ¡El Señor lo bendiga![1]

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[1] Dedicado a la memoria de Dmitri Sobaka, conocido como Chewbacca, 1945 – 2005.

Biografía apócrifa: El puñetazo de Vargas Llosa a García Márquez

Retrato hablado de la escena del alumbramiento, según la vio Germán Valdés, Tin Tan.

A última hora de la tarde del 12 de febrero de 1976, una multitud de personalidades de la cultura y del espectáculo se agolpaba en el Palacio de Bellas Artes de México. Todos habían acudido a ese lugar, guiados por una estrella roja, para presenciar el nacimiento de un nuevo ser.

Tiresias, vidente beodo – o sea de Beocia -, advierte a Gabo sobre el duro parto de Puñetas.

Pero algo indefinible hacía presumir que la vida del neonato sería violenta, agitada; tal vez fuera el canibalismo de la película Supervivientes de los Andes – cuyo guión lo había escrito uno de los padres de la criatura, Mario Vargas Llosa, y que estaba a punto de estrenarse en ese mismo sitio –, el olor a rancio Realismo Mágico que se impregnaba en los muros del Palacio de Bellas Artes o las predicciones de Tiresias, el adivino de Beocia, que había subido de los infiernos para asistir al alumbramiento.

“Los padres sufrirán por su culpa, como Heracles sufrió por amor”, dijo el sabio de Tebas. Sin embargo, todos pensaron que se trataba de un miembro de la cienciología, ignorándolo con desprecio – varios testigos afirmarían, años después, que “si se escuchara siempre a los ancianos locos que suben del infierno, se evitarían las tragedias” –.

Gabo, Varguitas y José Donoso durante la luna de miel de los dos primeros – previa a la gestación de Puñetas – . En la foto también se pueden ver a las esposas de los escritores un poco aburridas de escucharlos hablar de la crítica kantiana a la arepa con huevo.

Poco antes de que la película empezara, uno de los padres, Gabriel García Márquez, “Gabo”, como era conocido en el mundo del hampa – por aquellos años enfrentaba un largo proceso por haber asesinado a Dios[1] – vio a alias “Varguitas” y se puso muy contento porque, según había dicho, necesitaba a su amigo para que le sostuviese la mano durante las labores de parto. Sin embargo, el recibimiento del escritor peruano no fue cortés, mucho menos cariñoso.

“¿Cómo te atreves a hablarme después de lo que le hiciste a Patricia en Barcelona?”, espetó este, refiriéndose justamente al momento en el que el niño fue gestado.

Primera foto de Puñetas junto a su sufrido padre.

El colombiano comprendió entonces que la criatura estaba a punto de nacer y se lo hizo saber al resto de la concurrencia pronunciando un teatral “¡ay!”, al tiempo que se desplomaba sobre el suelo alfombrado.

Los asistentes, que estaban seguros desde hacía meses de que el niño nacería por aquellas fechas, no sospecharon, sin embargo, que el alumbramiento sería tan difícil. De hecho, fue necesario que varios médicos sacaran al pobre Gabo en hombros, cual torero de las Ventas, para llevarlo a una casa asistencial.

El niño era enfermizo y de color morado – con el pasar de los días, mudó a negro y luego a amarillo, por lo que los médicos le diagnosticaron ictericia – y, desgraciadamente, no tuvo la cualidad de unificar a la familia como es el caso de otros bebés, sino que más bien los separó para siempre.

Por lo demás, la vida del pequeño fue breve y es muy poco lo que se sabe de ella. Haber nacido en el seno de una familia disfuncional en la que uno de los progenitores defendía los democráticos talentos del humanista y nada ambicioso Fidel Castro, y el otro, la sensibilidad de Adam Smith, hizo que el pequeño se convirtiera en un rebelde sin causa, enemigo acérrimo de las artes y los trabajos intelectuales.

Última foto de Puñetas junto a Gabo. Aquí se los ve a ambos sorprendidos por los extraños libros que pueden salir de la cabeza de un premio Nobel.

Durante las semanas subsiguientes al parto, Puñetas – nombre con el que fue bautizado la criatura – fue visto en Las Vegas, Montecarlo y Acapulco; siempre en estado etílico, libando en la vía pública o participando de combates pugilísticos ilegales.

“Nunca quiso aceptar nuestra ayuda – escribió José Donoso en una carta dirigida a su cónyuge –, es como si pretendiera ser un obsceno pájaro de la noche”.

Sara Montiel desaprobaba la conducta del joven Puñetas. Mientras le tomaban esta foto, comentó: “¡joder, niño!”

“¡Que le chinguen por pendejo!”, le dijo Renato Leduc a Carlos Fuentes, después de que este les comentara, a él y a Sara Montiel, la paupérrima situación en la que vivía el joven Puñetas en París.

Finalmente, todos se olvidaron del inadaptado, igual que del “Boom”, hasta que las autoridades lo encontraron muerto – a Puñetas, no al “Boom” – por intoxicación con alcohol metílico en un mugroso callejón de la ciudad de Macondo, justo detrás del McDonald’s que habían inaugurado un par de días atrás para celebrar el estreno de la película El barrendero de Cantinflas.

El año pasado, Alfaguara anunció que publicaría una biografía completa de Puñetas, escrita por Carmen Ballcels y llena de detalles truculentos, entre lo que destacan: asesinatos, estrellas de Hollywood en decadencia, mafiosos con nombres sutiles como Polenta e incestos que terminan con sus protagonistas convertidos en cerdos, ajiacos y ceviches peruanos.


[1] La crónica de este crimen nefando puede ser leída en Historia de un deicidio, escrita por el otro padre de la criatura, Vargas Llosa.

Biografía apócrifa: la próstata de Enrique VIII

Retrato de la próstata de Enrique VIII pintado por Dalí, siguiendo los testimonios escritos por algunos contemporáneos de aquélla, quienes supuestamente la habrían conocido.

La próstata de Enrique VIII vio la luz – expresión que debe ser tomada como un recurso literario porque, para felicidad del monarca, esta parte de su anatomía JAMÁS vio la luz – en el año de 1491. Su infancia estuvo marcada por la inocencia, la equitación, la caza y uno que otro golpe de pelota de royal tennis, que afectó más al resto de órganos genitales que a ella misma.

La joven próstata, testigo del enorme interés que mostraba Enrique por las letras, la filosofía, la ciencia, los idiomas, el deporte y la guerra; jamás supuso que tanto la política como el pudor sexual del siglo XVI se interpondrían en su camino de una manera tan emocionante como cruel e insólita.

♫♪♫ I’m Henry and I’m sexy and I know it! ♫♪♫

Cuando contaba con apenas diez años y aún no había alcanzado la madurez física y psicológica, se enteró que una de sus homólogas estaba a punto de contraer nupcias con un útero de origen español. En efecto, al hermano de Enrique, Arturo, de quince años, le habían arreglado un matrimonio con una joven de la casa de los Trastamara, una familia poderosa que unificó España y que, en ese momento, trataba de perpetuarse políticamente fomentando alianzas maritales con otras monarquías europeas.

Naturalmente, la próstata Enriqueta no dio importancia a la suerte de su hermana Arturina, pues, además de la despreocupación propia de la niñez, su tiempo era absorbido por los deportes, las lecciones de baile, de espada y los molestísimos paseos a caballo que la mareaban demasiado y que, sólo por pudor, no concluían con aquel extraño vómito blanco y espeso que en las caliginosas noches de verano empapaba los calzones de Enrique.

Sin embargo, Arturina y Arturo no pudieron disfrutar de la compañía de Catalina – que era el nombre de la infanta española – y su útero, ya que apenas cinco meses después del enlace aquéllos murieron, dejando aparentemente intacto el cuerpo de la princesa.

Catalina de Aragón era de signo sagitario, adoraba el jamón serrano y el flamenco, aunque prefería bailar salsa con sus amigos, y su pasatiempo predilecto era tomar mojitos durante los calurosos días ingleses.

La política siempre fue un poderoso afrodisiaco para reyes y emperadores europeos, por lo mismo, el padre de Enrique decidió que su nuevo heredero debía ocupar el espacio vacío en el lecho de su hermano e inició, secundado por los reyes españoles, un engorroso proceso, con el fin de asegurarse una dispensa papal para que nadie, en el futuro, pudiese discutir la validez del matrimonio. Hay que tener en cuenta que en el siglo dieciséis la industria del porno no estaba tan desarrollada, razón por la cual la gente no tenía mucha educación y pensaba que acostarse con una excuñada era equivalente a hacerlo con la hermana.

De todas maneras, el tiempo desperdiciado en papeleos, acabó por matar la pasión y el romance, haciendo que Enrique VII desistiera de la alianza con sus pares ibéricos. Enriqueta pudo descansar unos siete años más – con una que otra interrupción de menor importancia – hasta la muerte del rey. Entonces, el joven sucesor se dio cuenta de que una de las formas de asegurar su tranquilidad en el trono era neutralizando a Francia y que el matrimonio con Catalina le garantizaba un fuerte aliado en ese sentido.

El casamiento se efectuó poco antes de la coronación del nuevo monarca y ni las advertencias del papa Julio II acerca de un posible incesto lo detuvieron. Enseguida, el desenfrenado apetito sexual de Enrique hizo su aparición; “yo no quiero otra Guerra de las Rosas, ¡necesito hijos varones, muchos hijos varones!”, exclamaba, zahiriendo a Catalina, su útero, Catalisio, y sobre todo a la próstata Enriqueta, que ya empezaba a figurarse que su vida se iba a transformar en un calvario, propio de culebrón venezolano.

Útero de Catalina de Aragón; Dalí, a falta de fuentes, se inspiró en otro útero para crear este retrato.

Ni Enriqueta ni Catalisio, que entre zarandeos forjaron una hermosa amistad, sabían que sus esfuerzos por complacer a sus amos siempre serían infructuosos, pues una enfermedad, bautizada apenas en el siglo veinte con el nombre de Síndrome de McLeod, habitaba en los genes del joven rey, condenándolo a una pobre descendencia, a la ceguera y a la idiotez.

Los años pasaron y el único vástago que sobrevivió de este matrimonio fue una niña que por su candidez y dulzura sería conocida en el futuro como “Bloody Mary” – sí, el trago que usted toma los sábados lleva ese nombre en recuerdo de su sensibilidad –; situación nada satisfactoria para Enrique, que buscó la solución en los úteros de las damas de compañía de la reina, Isabel Blount y María Bolena, la primera cumplió con los anhelos reales, dándole un hijo que lamentablemente fallecería de tuberculosis diecisiete años después; y de la segunda solamente se puede decir que fue piropeada por Francisco I de Francia, quien la llamó: “una gran puta”, de manera que nadie puede asegurar que alguno de sus hijos no tuviera cromosomas de Enrique VIII.

Ana Bolena apareció en un vídeo de Pitbull, esa cochinada le costó la cabeza.

Mientras en nuestro tiempo el embarazo casi siempre es indeseado, en el Renacimiento era un noble anhelo, por lo que es comprensible la frustración del rey por los constantes fracasos. Harto, se propuso conseguir la anulación del matrimonio con Catalina – ¡casi veinticinco años de felicidad! – para poder desposar a una de sus damas, Ana Bolena, casualmente hermana de la “gran puta”, y de la que se encaprichó como adolescente porque se rehusaba a abrir las piernas cuando a él se le antojaba – al parecer más por ambición que por pudor[1] –.

La próstata Enriqueta, que se había acostumbrado a la tierna amistad de Catalisio, el útero, sufrió mucho cuando, en el parlamento, el tema de la “cuestión real” – es decir el derecho del rey para hacer lo que le dé la gana en la mayoría de aspectos –, quedó resuelto en favor de Enrique y la separación se hubo consumado.

Los eventos se precipitaron de tal forma que la antigua reina no terminaba de recoger sus cachivaches, cuando la Bolena ya estaba embarazándose de Isabel, al tiempo que adquiría un poder tan grande como ninguna otra reina hasta entonces.

La “gran puta” María Bolena. Su falda era el Triángulo de las Bermudas del siglo XVI.

El nuevo útero, X – hemos optado por este nombre para evitar los extraños malentendidos a los que podría conducir “Ano” –, no confraternizó muy bien con Enriqueta, pues era muy presuntuoso, vanidoso, egoísta y, lo peor de todo: testigo de Jehová. Así, mientras Ana y Enrique se la pasaban “de ataque” en alcobas, parques, plazas, caballerizas, etc.; X no paraba de hablar de Dios, la moral, las nuevas ideas de Lutero y Calvino – un viejo antipático que fastidiaba particularmente a Enriqueta – y lo hijo de tuta que era el Papa.

Por más profundos que fueran todos estos temas, le tenían sin el menor cuidado a la próstata de Enrique, ya que mientras ella era víctima de los, cada vez más frecuentes, mareos y vómitos, la filosofía, Lutero, Calvino y la moral podían irse al carajo. Ventajosamente, esta convivencia no supero los tres años y tanto X como Ana fueron a parar en la Torre de Londres y luego en la picota.

El príncipe azul y sus seis ilusionadas novias. Dos murieron decapitadas, una con cáncer al corazón (en serio), otra de infección puerperal y la última probablemente envenenada por su cuarto esposo. (¡Nunca dejen de buscar a su príncipe azul!)

Pocos días después de que la Bolena perdiera su cabeza – literalmente –, Enrique y su próstata consumaban un nuevo matrimonio con Jane Seymour, una dama de la que no hay mucho que decir salvo que fue la única en engendrar un príncipe y, por lo mismo, en convertirse en la más querida de las reinas de este Romeo sádico.

No se sabe con exactitud el momento en que Enrique atrapó la sífilis, pero lo más probable es que fuera entre el período de la “gran puta” y su putísima quinta esposa, Catalina Howard – la cuarta fue una alemana, que por parecer “una yegua” no tuvo oportunidad de disfrutar del “placer conyugal” –, una adolescente atractiva y coqueta con un útero amable, dicharachero y dispuesto a entablar amistad con cualquier próstata que se pusiera al frente. Catarinito, como se llamaba el útero en cuestión, pronto se ganó la simpatía de Enriqueta, contándole chistes de pastusos y políticos ecuatorianos. Lastimosamente, su fin fue el mismo que el de X.

Hans Holbein, antes de empezar este retrato de Enrique, visitó a Botero en Medellín para que le enseñase a pintar gordos feos.

Decepcionado de las mujeres jóvenes, Enrique se refugió en los brazos de una viuda madura, muy religiosa y que se escapó de perder la cabeza sólo porque la sífilis, el Síndrome de McLeod y una vieja lesión deportiva – un caballo le rompió los huesos de la pierna en una justa – había suavizado el corazón del brioso rey, aunque también es probable que la ceguera le impidiera firmar el decreto necesario. En cualquier caso, Enriqueta vivió sus últimos años sin tanto ajetreo y pudo descansar en soledad, ya que su amo, completamente chalado, se dedicaba más a quemar luteranos y calvinistas que a perseguir faldas de doncellas.

En 1547, tanto Enrique como su próstata pasaron a mejor vida. La gente lloró, las mujeres respiraron aliviadas, los protestantes y los católicos se frotaron las manos y luego irguieron las lanzas, y el mundo nunca volvió a ser el mismo, porque la próstata de Enrique VIII “eyaculó” una nueva iglesia.

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[1] Con tanta obstinación rechazaba cualquier acercamiento masculino que Thomas Wyatt, poeta de aquella época, escribió: “Whoso list to hunt, I know where is a hind,/ But as for me, alas!  I may no more,/ The vain travail hath wearied me so sore;/ I am of them that furthest come behind./ Yet may I by no means my wearied mind/ Draw from the deer; but as she fleeth afore/ Fainting I follow; I leave off therefore,/ Since in a net I seek to hold the wind./ Who list her hunt, I put him out of doubt/ As well as I, may spend his time in vain!/ And graven with diamonds in letters plain,/ There is written her fair neck round about;/ ‘Noli me tangere; for Cæsar’s I am,/ And wild for to hold, though I seem tame’”.