LLEGARON LOS MARCIANOS

UNO

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Artículo de periódico donde se reseña el incendio de Radio Quito y El Comercio.

La noche del 12 de febrero de 1949 era helada. Por aquellos años, Quito aún era hipotérmico, lo que no impedía a una alta sociedad, que muy rara vez superaba el metro setenta, pasearse entre teatros y conventos.

Las narices, aguadas por el frío pero erectas por un tan opaco como erótico abolengo, apuntaban golosas a los neonatos anuncios publicitarios de multinacionales que empezaban a sustituir los “Zapatería Fulano” o “Sastrería Mengano”.

Ajenos a los divertimentos culturales de la gente de casi metro setenta, el zapatero Fulano y el sastre Mengano escuchaban la radio. Las noches de los sábados eran especialmente atractivas porque tríos, cuartetos, quintetos y sextetos de músicos se paseaban por las emisoras de radio para tocar pasillos y boleros.

Radio Quito era una de las predilectas. Los borrachitos se ponían a oírla, empujando cada vaso de aguardiente o chicha fermentada con las cancioncillas tristonas, que combinaban con el frío de la noche.

Mientras tanto, sus mujeres, escuchando los mismos do, re, mi, fa, planchaban el segundo y último terno (este negro y el otro, el de trabajo, café) que sus maridos ebrios vestirían en la mañana siguiente para ir a misa.

Esa noche, sin embargo, fue distinta. Al poco de que había empezado a escucharse un pasillo (también pudo ser un vals peruano), la voz neutra y casi sin emoción de cierto locutor interrumpió para decir que un evento extraño había ocurrido en las islas Galápagos. No obstante, era imposible precisarlo porque los reportes oficiales no arrojaban datos claros, se hablaba de platillos voladores y tonterías de esa laya.

Los músicos volvieron a tocar sus pasillos y boleros y los borrachitos a ahogarse con trago, mientras sus mujeres lo hacían con el humo de las planchas de carbón.

Como un puñal, la voz del locutor volvió para acuchillar la calma de aquella noche. Violador fetichista, ordenó que las mujeres se pusieran las enaguas y se quitaran los camisones.

“La situación podría agravarse”, explicó.

Y es que ahora las naves espaciales ya no solo estaban entre tortugas y lobos marinos, sino que habían aterrizado en las afueras de Quito, en Cotocollao, aniquilando el pueblito que, ahora, en pleno siglo veintiuno, es un barrio más de la ciudad.

Escuche fragmentos de “La guerra de los mundos” transmitida por Radio Quito en 1949 (guión del chileno Eduardo Alcaraz , bajo la dirección artística del gran Leonardo Páez, luego autoexiliado en Venezuela).

Zutanos y Menganos sintieron que los vapores del alcohol se disipaban y salieron de las chicherías de La Ronda para ir a sus casas. Durante el trayecto, el cielo se había cubierto de nubes y caía una llovizna tan testaruda que ni quería amainar ni convertirse en aguacero.

La mayoría llegaron a tiempo para ver a sus mujeres empacando ropas y alguna que otra reliquia que valía más en nostalgia que en dinero. Las recriminaciones de ellas iban de la mano con los berridos de los niños y de la voz del locutor, ya no neutra, y que recomendaba ponerse a salvo.

Los pilotos de las naves tenían nombre completo: M-A-R-C-I-A-N-O-S.

De alguna manera, los periodistas habían averiguado la nacionalidad de los invasores y en años en los que el enemigo más terrible de un ecuatoriano era el peruano, debió resultar una novedad refrescante que hubiera alguien mucho más poderoso y que incluso podría aniquilarlos también.

El ministro del Interior y de Defensa hablaron sobre la amenaza. Dijeron que ni las armas de última tecnología del ejército (ciertamente eran de última) eran capaces de detener a los invasores, quienes, sin mayor esfuerzo, habían aniquilado a los pobres soldaditos que fueron héroes derrotados en la guerra de 1941.

Para entonces, la gente de casi metro setenta que no fue al teatro ya había salido de su casa con colchones, cobijas, santos y joyas para descender a Guápulo o a Chillo. Los marcianos seguramente no estarían interesados en las vacas o en las cosechas, así que esos eran sitios seguros.

Muchos no salieron enseguida, deambulando como almas en pena por las calles esquizoides en busca de los familiares perdidos que, sumidos en las películas o en las obras de teatro, ni siquiera se habían enterado del fin del mundo.

Y era el Apocalipsis porque, según el locutor, en Estados Unidos, Europa y hasta en Japón se había reportado el arribo de naves espaciales, sin que hubiera ejército capaz de enfrentar a los invasores.

Tal era la desesperación que en la Radio Quito, alguien sugirió que la chanza había llegado lejos, pero era tarde: hasta un batallón del Ejército Nacional se había movilizado para enfrentar patrióticamente a los marcianos.

Las explicaciones de que se trataba de una radionovela inspirada en el libro La guerra de los mundos y etcétera, etcétera, etcétera, no sirvieron para nada.

La gente, entre incrédula e indignada, escuchaba las disculpas del guionista chileno que había causado, años antes, el mismo lío en su tierra.

Cuando el susto cedió el paso a la ira, Zutanos, Menganos y también Perencejos, que hasta entonces andaban escondidos con las putas de los tugurios cercanos a la Plaza del Teatro, a la espera de la aniquilación mundial entre perfumes de rosa y medias de seda, empezaron a agruparse para cobrar la única deuda que jamás se perdona: la burla.

Ricos y pobres, como en película de bajo presupuesto, marcharon sobre la ciudad con la consigna primero de exigir disculpas y, luego, de castigar a los clowns que se habían burlado de la muy noble y franciscana ciudad de Quito.

Nadie sabe a quién se le ocurrió la idea ni en qué momento, pero la sede de la radio, donde también funcionaba el Diario El Comercio, empezó a quemarse y la turba, en la que cultísimos encopetados y Zutanos, Menganos y Perencejos se confundían, atizaba las llamas sin distinguir entre justos y pecadores o entre talentosos y zoquetes.

Las tropas acantonadas en la ciudad, acaso avergonzadas por haber caído en la chanza, se hicieron de la vista gorda y dejaron a los artistas a su albur.

En el Teatro Sucre la función de esa noche se suspendió a tiempo para que los espectadores pudieran ver un espectáculo con hogueras.

Los rumores esparcidos por la ciudad afirmaban que el guionista, un chileno brillante, logró escapar del populacho saltando sobre tejados y paredes de conventos donde lo habían refugiado las monjas.

DOS

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Orson Welles durante “La guerra de los mundos” y la portada de The New York Times que reseña el pánico de los radioescuchas. Foto tomada de: En lengua propia.

Una década antes, el 30 de octubre de 1938, Orson Welles incendió Nueva York.

Cerca de las ocho de la noche, la transmisión musical de la CBS se interrumpió para informar que un tal profesor Farrel del Observatorio de Mount Jenings había detectado una serie de explosiones en Marte seguidas de la caída de un meteorito en Nueva Jersey. El mismo que, en realidad, resultó ser una nave del espacio.

En los minutos previos, se había informado que iba a estrenarse una radionovela inspirada en La guerra de los mundos de H.G. Wells. La adaptación había sido preparada por Orson Welles y su compañía de teatro, la Mercury Theatre, pero pocos escucharon la introducción o, si lo hicieron, no les importó.

Tras el anuncio, la transmisión normal se retomó para volver a cortarse varios minutos después con un boletín que informaba sobre el aterrizaje de naves o avistamientos de ellas en diversas partes de Nueva Jersey y Nueva York. El formato escogido tenía la apariencia de una noticia en desarrollo.

La gente estaba atemorizada, sin embargo, solo se hundió en el pánico cuando Carl Phillips, supuesto enviado especial de CBS, empezó a transmitir desde Nueva Jersey los detalles de la invasión que había arrancado en aquel lugar.

Entre otras cosas mencionó que pudo ver los verdosos y brillantes ojos de los marcianos…

Más tarde, la música de baile se interrumpió para que el “presidente Franklin Delano Roosevelt” emitiera un mensaje a la nación, explicando los esfuerzos del gobierno federal para detener la amenaza, al tiempo que llamaba a la calma y, aproximadamente a los cuarenta minutos, el propio Orson Welles, “locutor de la CBS”, fallecía en la azotea del edificio ahogado por gases venenosos.

Escuche “War of the Worlds” adaptada para la radio por Orson Welles en 1938.

Luego, se emitió un nuevo anuncio indicando que todo había sido una dramatización, parte de una serie de adaptaciones radiales de obras literarias. A nadie le interesó.

Nueva York se consumía entre llamas. Cientos de personas, desfiguradas por el miedo, trotaban por calles y avenidas y los autos se chocaban en las autopistas.

Ni el posible bombardeo de aviones japoneses a San Francisco durante la Segunda Guerra Mundial provocaría tanto miedo como las tropas de Marte aquella noche, víspera de Halloween.

La transmisión se cerró a los 59 minutos. Después de la muerte de Welles y de la segunda advertencia, se narraban, en tercera persona, los eventos que culminaron con la muerte de los marcianos y el fin de la invasión.

Para entonces, los teléfonos de estaciones de policía, bomberos, hospitales y periódicos estaban colapsados en el área de Nueva York y Nueva Jersey. Nadie conseguía información oficial debido a la cantidad de gente desesperada por averiguar si la historia era real y, si era el caso, una forma de salvar la vida.

Se reportaron supuestos envenenados por gas tóxico, personas desmayadas, accidentes de tránsito y hasta suicidios.

Al día siguiente, en pleno Halloween, la carrera de Orson Welles estuvo a punto de morir asesinada por los mismos gases tóxicos que su personaje de la noche anterior. El público pedía su cabeza porque se consideraba víctima de una burla macabra.

Él, de 23 años, se enfrentó a los periodistas y les dijo que nadie en su equipo imaginó que podían producirse aquellos efectos. La idea fue adaptar la novela de H. G. Wells, al igual que otras obras como El conde de Montecristo o Drácula, a la realidad estadounidense, al fin y al cabo, a nadie le interesaría, en aquellos años de puro realismo, una historia escenificada en la distante y neblinosa Inglaterra de la reina Victoria.

Pese a las amenazas, la carrera de Orson Welles subió como la espuma y tanto él como Howard Koch, su guionista estrella y el responsable de cambiar Hyde Park por Central Park, se convirtieron en poderosas figuras de Hollywood.

El primero, además de vestirse con el traje de l’enfant terrible de la industria del espectáculo, recibió el empuje que le faltaba para emprender un proyecto audaz llamado Citizen Kane y el otro, cuatro años más tarde, terminaría discutiendo con el director Michael Curtiz el final adecuado para Casablanca. El realismo de los Estados Unidos se puso de rodillas ante la ficción.

La estulticia de mayo: el discurso de Gaby Rivadeneira

Discurso de Gaby; se recomienda verlo completo solo si no tiene diabetes.

Demóstenes creía que la buena preparación era el secreto del éxito de un orador. Él, se cree, memorizaba al revés y al derecho el texto que iba a decir en un ágora porque consideraba un fracaso olvidar aunque fuese una sola frase.

Demóstenes también quiso usar vaqueros rotos en el "cole", pero el licenciado Guachamín lo amenazó con un cero en conducta si lo hacía.

Demóstenes también quiso usar vaqueros rotos en el “cole”, pero el licenciado Guachamín lo amenazó con un cero en conducta si lo hacía.

¡Eran otros tiempos! La gente – más cool que la de hoy – se vestía con túnicas, hacía el amor con dioses y ninfas, iba al gimnasio desnuda y no la apresaban por hacer escándalo en estado de ebriedad, siempre y cuando fuera en honor a Dionisio.

Hoy, por otro lado, nos vestimos con vaqueros rotos y desteñidos, hacemos el amor con Viagra, vamos a Burguer King en vez de al gimnasio y retozamos ebrios en la acera de una zona roja donde Dionisio no pondría un pie por miedo a que le roben hasta los calzoncillos; en esas condiciones ¿a quién le importa hablar con conocimiento de causa?

Vivimos tiempos donde la clave no es ser culto sino un completo ignorante con mucha autoconfianza; no es necesario saber quién fue Homero, pero sí recitar los versos de la Ilíada en los que aparece Napoleón Bonaparte (¿?).

Los políticos son un ejemplo a seguir en este campo; sus bocas son matrices donde reposan cientos de fetos de idiotez prestos a salir y dar un zarpazo sobre las orejas del ingenuo que los escucha.

Considerando que la sociedad contemporánea, especialmente la hispanoamericana, está ansiosa por escuchar verborrea y banalidad adornada de la sabiduría de Perogrullo, he decidido crear una breve guía for dummies de lo que se debe hacer para convertirse en un orador capaz de hablar por una hora sin decir una sola cosa que valga la pena y, aun así, recibir todos los aplausos del mundo.

Maquiavelo sonriendo porque lo confundieron con Psy, el coreano que canta el Gangnam Style.

Maquiavelo sonriendo porque lo confundieron con Psy, el coreano que canta el Gangnam Style.

Igual que Maquiavelo, quien tomó a César Borgia y a Fernando de Aragón como modelos para El príncipe, yo decidí utilizar a Gabriela Rivadeneira como mi arquetipo de orador estrella (do).

Usemos la imaginación para ubicarnos en el salón del plenario del Congreso – quiero decir: Asamblea[1] –, el 24 de mayo de 2013; es una mañana soleada y varios mandatarios del mundo, resignados,  piensan que deberán soportar cinco horas de bobadas antes de ir a sentarse en el Palacio de Carondelet para engullir el almuerzo que ha preparado el chef belga – de Bélgica – en su honor.

La ceremonia de posesión del presidente Correa, de todos modos, probó ser cualquier cosa menos aburrida. Los gags aparecieron a cada instante, por ejemplo: la camisa de bordados Zuleta que usó el Posesionado – siempre con mayúscula como les gusta a los minúsculos – que no combinaba con su terno pero sí con el hermosísimo mural que hizo Guayasamín para el plenario y que, por un capricho morboso y cruel del hado, se salvó del incendio de hace diez años; la incapacidad de los presentes para comprender el significado del protocolo (mención aparte merece la bandera, pues fue la única que lo entendía); el teleprompter que era capaz de solucionar los problemas de memoria, pero no los de inteligencia; etcétera.

Luego de los sui generis eventos musicales – incluido el canto del Himno Nacional sin acompañamiento que dio el empujón a Paulina Aguirre para ingresar en el lista de desastres naturales –, Gabriela Rivadeneira, quien llegaba con los membretes de bella, culta, preparada – al terminar, se marchó sin membretes –,  subió al estrado para obnubilarnos con su verbo. No lo consiguió, sin embargo, los brillos de su blusa casi nos destruyen la retina, así que obtuvo un logro similar.

Gaby dice que aprendió en Coquito que nunca hay que avergonzarse de ser uno mismo porque no hay que ser envidiosos.

Gaby dice que aprendió en Coquito que nunca hay que avergonzarse de ser uno mismo porque no hay que ser envidiosos.

Se preguntarán qué es lo que dijo. Pues bien, habló de todo: pensadores ingleses del Renacimiento, decapitaciones, Macondo, discapacidades, héroes liberales, anti – liberalismo, socialismo, Simón Bolívar, Sucre, Neruda, largas noches, amaneceres, poesía, amor, odio, compañerismo, cooperación, bien, mal, proyectos educativos… Escrito de esta forma, parece que era un insulso galimatías y, en efecto, así fue. Mas, como expliqué anteriormente, el secreto no consiste en decir algo interesante sino en llenar horas, días, meses, años con cosas insubstanciales; es este el primer secreto de un orador del siglo veintiuno: NO PIENSE PARA HABLAR, SOLO HABLE MUCHO.

Algunos filósofos afirmarán que esto es un contrasentido, pues para decir cualquier cosa, hay, necesariamente, que acudir al pensamiento, pero eso es porque ellos jamás han llegado al nivel de sofisticación intelectual de un político ecuatoriano joven, ese manantial de esperanzas para la nación.

El segundo secreto es HABLAR DE UN LIBRO FAMOSO QUE POCOS HAN LEÍDO. En esto, Gaby es una experta: trapeó el suelo de la Asamblea con cada página de Utopía y hasta se dio el lujo de mezclarla con Macondo, de manera que los cerdos incestuosos de esta última terminaron por ser los artífices de la felicidad de Tomás Moro.

El desastre natural Paulina Aguirre. Este es el momento en que desataba el Apocalipsis y hacía revolcar en su tumba a Juan León Mera.

El desastre natural Paulina Aguirre. Este es el momento en que desataba el Apocalipsis y hacía revolcar en su tumba a Juan León Mera.

La tercera clave, quizás la más importante, es SIEMPRE SONREÍR, eso le da al hablador la imagen de alguien noble, seguro de sí mismo y lleno de dulzura. Si está hablando de desastres naturales sonría, igual si lo hace de Dios, la guerra en Palestina, el amor, la sonrisa, el holocausto. Sonría, sonría, sonría ¡S – O – N – R – Í – A! E ignore siempre aquel adagio que dice que la sonrisa abunda en la boca del idiota porque seguro lo dijo algún idiota (¿?).

En resumen, la receta para ser un gran orador es hablar mucho, decir poco, salpicar cada oración con referencias pseudo – eruditas, buscar en Wikipedia cualquier tópico manoseado que pueda servir para parchar los vacíos en el discurso, usar una que otra palabra griega o latina para fingir conocimiento y finalmente tener una bonita dentadura porque no hay nada más grotesco que ver una sonrisa nacarada y llena de caries por cincuenta minutos.

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[1] Este cambio de nombre ha incidido enormemente en el mejoramiento de la calidad; antes no se hacía nada, ahora se hace mucho pero es como si no se hiciera nada.

Montecassino

Bundesarchiv_Bild_146-2005-0004,_Italien,_Monte_CassinoLa tarde del 14 de febrero ocupé una casa abandonada cerca de Cassino; toda la gente del pueblo y sus alrededores había huido por los combates sostenidos entre alemanes y aliados. Yo sabía, gracias mis conexiones con oficiales estadounidenses, que se preparaba un ataque a gran escala para terminar de una vez por todas con una operación que, después de casi un mes, parecía destinada a convertirse en un verdadero fracaso.

Ver el desangre de mi Italia era doloroso y el agotamiento moral y físico me tenían al borde del suicidio. Luego de que me liberaron de una prisión – donde, por orden expresa de Mussolini, estuve encerrado desde poco antes de la Navidad de 1943 –, yo actuaba como oficial de enlace y periodista para las tropas aliadas.

Aquel día me separé de mi unidad para ir al campo y buscar a una familia de campesinos, viejos amigos míos, con el fin de advertirles del peligro que corrían. Sin embargo, no pude hallarlos y, agotado, me metí en una casa vacía para descansar.

De repente, unos gritos me hicieron saltar del catre y, convencido de que eran alemanes, desenfundé mi pistola al tiempo que echaba cuidadosamente un vistazo por una de las ventanas. Lo único que vi fue a dos hombres, apenas unos años más jóvenes que yo, discutiendo mientras una ragazza los contemplaba aterrada.

Salí sin guardar mi arma y les dije que se identificaran.

― ¡Lárguese, maldito fascista! – respondió uno de ellos.

― ¡Identifíquense o disparo! – hice una pausa y luego agregué –; estoy con los americanos.

― ¡No nos importa el país de sus jefes, todos son unos infelices!

La muchacha y el otro joven permanecían en silencio. En ese momento, pude ver que el hombre más agresivo llevaba un cuchillo.

― ¡Suelte su arma!

― ¡No lo haré! Este lío es entre este maledetto y yo, no tiene nada que ver con alemanes o americanos.

― ¡Señor, deténgalos! – intervino la ragazza –, la adivina me advirtió que mi vida se convertiría en una pesadilla cuando me enamorase…

― ¡Cállate, Adriana, no digas idioteces!

― No son idioteces, señor, ellos se quieren matar por celos, por… ¡porque no quiero escoger!

― ¡Que te calles!

― Aquí nadie se va a matar – dije, apuntándolos con mi pistola – entréguenme sus armas; ambos están arrestados.

― ¡Eso es lo que crees, fascista…! – exclamó el joven más violento, al tiempo que se abalanzaba sobre su rival con el cuchillo en alto.

Sin más opciones, disparé y el atacante cayó muerto.

La ragazza echó a correr, perdiéndose tras unos árboles. El otro muchacho y yo la buscamos pero la tierra se la había tragado.

Al anochecer, conduje al chico a un refugio y volví a integrarme a mi unidad.

 

B17overAbbeyEl 15 de febrero las tropas aliadas lanzaron un nuevo ataque sobre Montecassino. Los aviones bombardeaban con furia la abadía, pues el Alto Mando estaba convencido de que allí se habían atrincherado los Granaderos Panzer y los paracaidistas alemanes. Enseguida, los soldados británicos emprendieron el avance, siendo recibidos con la misma violencia de los días anteriores. La operación fue un fracaso.

 

El 18 de mayo, cuando finalmente los polacos pudieron tomar la colina, llegando hasta las ruinas del antiguo monasterio, lo único que hallaron, aparte de miles de cadáveres, fue a un par de médicos alemanes.

El jefe de la unidad en la que me encontraba recibió a los prisioneros y como él no hablaba alemán o italiano, me dijo que los interrogase. Ellos se sentían orgullosos del esfuerzo de sus compatriotas y explicaron que no se habían marchado por atender a los heridos, la mayoría campesinos sobrevivientes del bombardeo de febrero.

― Así es – dijo uno de ellos – en el monasterio solo estaba gente inocente que quiso refugiarse de la guerra en un lugar santo; sus aviones casi no nos hicieron daño, al contrario que a estos civiles, pero es el precio de la guerra, ¿no?

Aquel médico era un individuo extraño. A pesar de haberse quedado en ese lugar para ayudar a un grupo de gente desconocida, no parecía importarle la violencia o la muerte, solo cumplía su deber.

Al día siguiente, volví a hablar con él y me dijo que un herido en especial lo empujó a permanecer allí, mientras sus compatriotas se retiraban: una italianita hermosa a la que las esquirlas de un impacto de obús habían lastimado gravemente.

― Es curioso – comentó el alemán –, antes de morir creo que ella dijo: “la adivina me advirtió acerca del desamor”.

Transmitiendo desde el “otro” fin del mundo

El infierno de Bosco, ¡así que prepárate, maldito pecador!

Escribo esta entrada en mi blog justo al cuarto día del último año del mundo (¡por fin se acaba!), y tiene que admitirlo, lector optimista, esto es un motivo de alegría, porque al paso que va el planeta, lo MENOS malo que nos puede pasar a los humanos es la extinción.

En todo caso, este fin del mundo no es el primero al que se va a enfrentar la humanidad. Precisamente hoy escribo sobre uno que ocurrió en el 999 d.C., y del que tenemos noticia gracias a los historiadores decimonónicos, quienes nos legaron una reconstrucción terrible de aquel tiempo (sus colegas del siglo veintiuno, más aburridos y más petulantes, la refutan, pero, eso a nadie le interesa), en la que los nobles peregrinaban a Jerusalén para pedir clemencia, los avaros se arrepentían de sus mezquindades; las prostitutas, de su lujuria; los pobres, de su pobreza; el trigo, de convertirse en pan; y los burros, de ser burros.

Sin embargo, usted, lector optimista, que siempre anda bien informado, que conoce a fondo los avances de la ciencia y la tecnología y que es un catador refinado de las artes más exquisitas, se preguntará por qué carajo se les ocurrió a esos medievales que en el año mil se acabaría todo. Al parecer, el malentendido se originó en La Biblia, en el libro del Apocalipsis, pues en el capítulo veinte, versículos siete y ocho, está escrito:

“Y cuando se cumplan los mil años [de la venida de Cristo], Satanás será liberado de su prisión, saliendo a engañar a las naciones de los cuatro extremos de la tierra, a Gog y Magog. Los juntará para la guerra y su número será tan grande como las arenas de la orilla del mar.”

¿Un cientólogo medieval? ¡Peor, es Santo Tomás de Aquino!

No es difícil creer que la prédica enfebrecida de ciertos sacerdotes (más papistas que el Papa), la mala interpretación de los pasajes bíblicos antes citados y la elevadísima educación de la gente produjeron un cóctel Molotov de resultados harto peligrosos… Imagínense a un proto – cientólogo gritando en las afueras de alguna iglesia de un pueblo de Polonia: “¡vienen los alienígenas, vienen los alienígenas y matarán al diablo con sus espadas de láser, así que arrepiéntase y donen el ADN de su alma para que los clonen en Ganímedes!”.

Lastimosamente, en aquellos tiempos la televisión aún no se había inventado (me pregunto qué diablos hacía esta gente para suplir sus falencias culturales, pues todos sabemos que, sin ella, el mundo estaría lleno de ignorantes), de otra manera el cuadro que probablemente hubiéramos presenciado sería el siguiente:

(Suena una cantata de treinta segundos y aparece el presentador.)

— Buenas completas[1] a todos los televidentes fieles del mundo (a los infieles y a los posibles habitantes de las antípodas, de cuya redención dudamos y hasta renegamos, les deseamos el mayor tormento del infierno); interrumpimos la programación habitual para dar una noticia de última hora: durante la nona[2] se avistó a un horrible monstruo, que se presume es el diablo, aparecer en los bosques de Carintia, los habitantes de esa región han informado que la bestia se encontraba aterrorizando a los siervos, al tiempo que armaba un poderoso ejército del mal y fornicaba. Para más detalles, nos comunicamos con nuestro enviado especial, Johannes Morbosorger. Adelante, Johannes, te escuchamos…

Una foto de McDonald’s, tomada en el año 1012, en Salzburgo… Un momento… WTF?!

(Un tipo vestido de burgués – no de los que vamos a McDonald’s, sino de los de la Alta Edad Media – sonríe nerviosamente, mientras un enorme dragón escupe fuego y fornica con unas mujeres medio vulgares – presumiblemente putas – a sus espaldas.)

— Como pueden ver, queridos televidentes, a unos pocos codos de distancia, se encuentra Satanás… Hemos tratado de entrevistarlo, pero él, después de rehusarse, se dedicó a pronunciar el nombre de Dios, Yahvé, en vano… ¡Mierda, creo que ya hice la misma pendejada…! Volvemos al estudioooooooooo…

(El periodista es consumido por las llamas infernales – que siempre serán menos peligrosas que las persecuciones políticas –. Poco después, aparece de nuevo el presentador.)

— ¡Ejem…! Tenemos problemas técnicos, pero desde otro lugar de Europa, recibimos información importantísima (a pesar de que proviene de una mujer), vamos con Hildegard Ninfomaniainsoportableg, desde Augsburgo.

(Aparece una mujer con cofia y vestido verde.)

Nuevamente el movimiento feminista de España luchando en contra de la degradación sexual de la que se hace apología en este blog y de la falo – dependencia gramatical.

— Gracias, Friederich (por cierto ese chistecito sobre la inferioridad de las mujeres me tiene un poquito harta, ya verás como en mil años el feminismo estará tan adelantado en su lucha contra la falo – dependencia que les obligaremos a hacer destrozos en la gramática para que se coloquen lo artículos femeninos en todo lado, ¡PEDAZO DE IDIOTA!)… ¡ejem…! Sí, televidentes, el fin del mundo, en efecto, se acerca, nadie tiene dudas, pues en las afueras de esta ciudad han aparecido cuatro caballeros, quienes afirmaron llamarse Peste, Hambre, Guerra y Muerte, lo que nos hace presumir que son los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. Actualmente, estos personajes se encuentran relajándose en la taberna de la ciudad con cerveza y vino, y, según nos dijeron, no harán ninguna cosa hasta que el Diablo deje de fornicar y hacer el tonto, empezando a “tomarse enserio esta huevonada”. Por el momento es todo lo que podemos informarles desde Suabia, volvemos contigo, imbécil… digo, Friederich.

— Agradecemos a la acomplejada y comunista (perdón, eso todavía no existe) Hildegard. En el estudio se encuentra un musulmán, natural del Califato de Córdoba, capturado por los leoneses hace veinticuatro años en el cerco de Gormaz. Señor Muhammad, ¿qué opina del fin del mundo?

— ¡Ay, hermanos, los cristianos son unos infieles y deben morir! ¡Alá, que se haga tu voluntad, o sea, que se mueran estos miserables (y los judíos también)!

— Con esta declaración, nos despedimos de ustedes y quizás nos veamos en una mejor vida o durante el tormento eterno. ¡Gracias por su compañía y feliz año nuevo!

El infierno, en él están puestas todas mis esperanzas (¿?).

Como quiera que sea, lo que sí debe quedarles claro, mis pervertidos, optimistas, razonables y educados lectores, es que deben disfrutar de este año como si fuera el último (porque quizás lo sea), sin preocuparse de la salvación de su alma, ya que el paraíso está demasiado lejos para todos sin importar su índole; por ejemplo, si el Edén es comunista, ni los comunistas podrían entrar, si es capitalista, solo los dólares ingresarían, si, por otro lado, pertenece al socialismo del siglo XXI… bueno, nadie con sentido común quiere entrar en ese, así que no importa… El caso es que lo mejor que pueden hacer es entregarse a una vida hedonista de placeres y degradación moral para pagar sus pecados en la otra vida, a cómodas cuotas de tormentos infernales.

¡FELIZ 2012!

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[1] Forma de referirse a las seis de la tarde en los monasterios del medioevo.

[2] Entre las dos y las tres de la tarde.

El crisantemo y los cuatro jinetes

Los cuatro jinetes del Apocalipsis

 

Miguel Hombre se encontraba en la capital, cerrando un negocio con una corporación de productos electrónicos, cuando escuchó en el canal de noticias que esa tarde, al mediodía, se acabaría el mundo. Desde ese momento, su espíritu fue presa de una sucesión de sentimientos; primero, la perplejidad; luego, la incredulidad; más tarde, la negación; y finalmente, el horror.

Salió a la calle como un loco, pero a su paso sólo hallaba una marea de individuos que acudían a su trabajo con indiferencia.

El ambiente, de todas maneras, era pesado; un vaho amarillo y un intenso olor a azufre apenas lo dejaban respirar.

¿Qué les pasa, idiotas? ¿No comprenden que el mundo se acaba? – gritó, al tiempo que sacudía con violencia a un funcionario del gobierno.

— ¡Qué lástima! – dijo suspirando una mujer que pasaba a su lado -. Otro de esos loquitos…

Ni todos los esfuerzos del mundo le hubieran permitido a Miguel hacer entrar en razón a sus compatriotas. El problema de éstos no era el desconocimiento, sino, sencillamente, la indiferencia. Les daba lo mismo que el Apocalipsis se produjera esa tarde o cualquier otra.

— El mundo se acaba, ¡por Dios! ¡Reaccionen! – gritó Miguel Hombre, que se había parado en medio de una de las calles más concurridas de la ciudad, con la esperanza de llamar la atención.

Los pitos de los coches y las injurias fueron su única respuesta.

— ¡Ya lo sabemos, imbécil!, ¡ahora déjanos trabajar!

Desazonado, caminó hasta un parque y sentándose en un banco de piedra se puso a reflexionar en busca de una salida al problema. Un pordiosero se acercó para pedirle una limosna.

— ¿Quiere dinero? ¿Comida? ¡No sea tonto, hombre! El mundo se acaba y en unas horas lo menos importante será comer.

— Usted es el tonto… sí, usted, porque no comprende nada.

— ¡Ja, ja, ja! Yo soy el único que se percata de la gravedad de esta situación y resulta que soy el tonto.

— Así es – sonrió el pordiosero.

— Tome esto  y déjeme en paz – dijo Miguel Hombre, lanzándole unas cuantas monedas.

— ¿Quiere que le diga un secreto?

El interrogado hizo una mueca de desagrado, pero no respondió nada.

— El hecho es que las cosas son como son y si se quiere interferir en el Camino los resultados pueden ser desastrosos; esas gentes a las que usted ha intentado hacerles razonar, no son más que niños, cuya única satisfacción son sus juguetes y sus vidas artificiales, por lo mismo, no comprenderían lo que es una montaña ni siquiera golpeándose contra ella.

Miguel miró al pordiosero con perplejidad.

— ¿Quién es usted?

— Como le dijo Odiseo al Cíclope: yo soy Nadie; adiós.

Miguel Hombre permaneció con la mente en blanco, hasta que sus ojos descubrieron un solitario crisantemo.  “¡Qué hermoso!”, se dijo.

A lo lejos, se escucharon doce campanadas y un fuerte estruendo. Luego, aparecieron cuatro jinetes, cabalgando apenas a unos metros de Miguel que, de todas maneras, nunca dejó de contemplar su crisantemo.