Muerte al atardecer

“¡Escribo para mí!”, se defendió el joven poeta peruano antes de que alguien pensara siquiera en hablarle durante el recital.

Su paisano era diferente. Hablaba con soltura de cervezas, musas, vagabundos y hasta se reía, esforzándose en bajar del pedestal de la Universidad San Marcos.

Poetas urbanos contemporáneos...

Poetas urbanos contemporáneos…

El primer poeta respondía con un no sé categórico a cualquier pregunta que le formularan, perplejidad socrática tan admirable como banal. Si le decían “¿por qué empezó a escribir?”, respondía “no sé”; si le cuestionaban sobre el amor o la guerra, “no sé”. ¿La poesía, el arte, su vida?, “¡no sé, no sé, no sé!”.

Acaso Odiseo debió sentirse igual cuando enfrentó a la esfinge.

Esa actitud hierática provocaba en el público complejo de enanismo, como si fuésemos parte de una jungla microbiana a la que ese gigante de 1 metro 65 centímetros y no más de veinte años se acercaba con microscopio y forrado con preservativos de látex ultra resistente.

El otro poeta nos dijo que el día anterior estuvieron en una fiesta con su editor ecuatoriano y otros colegas. Había corrido la cerveza y ambos tenían resaca. En la cara de alguno de los asistentes se pudo detectar la sorpresa: “¿beben los poetas?, ¿no dice la ‘profe de lite del cole’ que los escritores son angelitos pulcros y castos que predican moralidad y buenas costumbres?”

En medio de estas lindezas, el editor sugirió que leyesen sus poemas. La sensación general fue que la biblioteca se transformaba en una plaza de toros y que aquella había sido la llamada al ruedo para el inicio de la faena.

El más joven acometió al primer toro de la tarde con desgano, sin arrimarse al pitón de la bestia poética. Era un torero diva en plaza de pueblo. Luego de dos o tres desplantes exagerados y de poco brillo, despachó al animal sin pena ni gloria y solo después de que su editor le tocara tres avisos, indicándole que debía pegar el micrófono a la boca, pues no se le escuchaba.

Su colega entró con más enjundia al ruedo. Se notaba cierta torpeza en sus lances, pero había audacia y entrega. Resolvió el último tercio de la lidia con un par de versos efectivos aunque no extraordinarios.

Machado te dice: "quiero una big mac sin cebollas, papas y cola agrandadas, un McFlurry y una orden nuggets para llevar".

Machado te dice: “quiero una Big Mac sin cebollas, con papas y gaseosa agrandadas, un McFlurry y una orden de nuggets para llevar”.

Este matador no era frío. Por el contrario, vigoroso y eso que hablaba de temas mucho más distantes de los que habitaban en la poesía de su compañero, quien escribía de la madre, el amor y el sexo con la misma frialdad con que un profesor de matemáticas dicta a los colegiales: “en un bus viajan x número de estudiantes…”

El tercero y el cuarto de la tarde llegaron después de una confusa rueda de preguntas en las que se escucharon cuestionamientos del tenor de “¿cómo se llama la chica que te inspira?” o “¿por qué los poetas escriben difícil y no sencillo para que entendamos?”.

No hay mucho que decir de la faena de ambos matadores en esta ocasión, salvo que al más joven casi no entra al ruedo. Solo la invitación un tanto indignada de su editor lo persuadió.

El penúltimo de la tarde fue el mejor. Al poeta más joven por fin le llegó el estro. Probablemente quiso cortar un par de orejas con su faena y por la expresión de los asistentes es evidente que hubieran colaborado con él, emulando todos a Van Gogh.

El caso es que el matador acometió a la fiera poética con bravura, con los desplantes propios de un Manolete literario y remates de pecho, gaoneras y una que otra chicuelina. La bestia, no obstante, se resistía y los versos sonaban a veces a bufidos o a quejas desesperadas.

El público de la plaza contemplaba maravillado la faena, incapaz de escoger una reacción adecuada: espanto (al empezar), alivio (al concluir) o indignación (en cualquier momento). El otro matador intentó arrancar con la lidia del sexto de la tarde, pero desistió al notar que, en medio del frenesí, su compañero no solo había despachado a su bestia poética, sino también a la de él.

Como no había botellas o almohadones que lanzar al ruedo, salimos todos en silencio del coso – biblioteca como en un velorio y acaso era lógico, al fin y al cabo “algo” había muerto ese atardecer.

29 de febrero

Ingmar Bergman_Septimo Sello

Jugando al ajedrez con la muerte. Fotograma de “El séptimo sello” de Ingmar Bergman.

Única conoció a mi abuela cuando ambas tenían 15 años.

Ella murió un par semanas después de cumplir 80 y su amiga de toda la vida fue al velorio. Era una mulata bellísima a la que nadie dejaba de mirar. Tenía 31.

La primera vez que la vi fue en mi décima fiesta de cumpleaños. No lograba comprender que mi abuela hablara de ella como una conocida de la infancia pese a su juventud.

“¡Hijito, nació en 29 de febrero!”. No comprendí.

Cuando yo estaba camino a los 33 y ella a los 36, aún la amaba, sin atreverme a confesárselo. Era evidente que solo le provocaba esa lástima con olor a naftalina que sienten los viejos por los adolescentes que pierden su vida entre bares y putas.

Cumplir un año cada cuatro es más una desventaja que una ventaja. Claro que ella había visto mucho – no voy a caer en ridículos catálogos históricos –, pero así como conoció gente, tuvo que enterrarla. Amigos, familia, siempre era igual.

Sus biznietos ni siquiera la recordaban, vivían como si Única hubiese muerto años atrás, obligándola a arrimarse a cualquier amigo nuevo, a sabiendas de que también lo iba a perder.

Una tarde lluviosa, me invitó a visitarla en su casa para mostrarme un álbum donde aparecían ella y mi abuela durante unas vacaciones en la playa. Al llegar, la encontré bebiendo una botella de whisky, estaba borracha y apenas entré, me arrinconó contra la puerta y dijo que sabía muy bien las ganas que le tenía. “Esta será la primera y última oportunidad que le daré a un mocoso como tú”.

Si piensan que voy a narrarles una aventura eróticoromántica se equivocan. Tuvimos sexo, pero con torpeza. Yo estaba más nervioso que excitado y ella más arrepentida que feliz.

En todo caso, cumplimos con la faena lo mejor posible y luego dormimos, acaso para evitar las conversaciones embarazosas y las caricias por compromiso.

Al despertar, tuve la sensación de haber dormido por años. Durante unos instantes permanecí en silencio, con la mirada fija en el techo y sin mover un solo músculo para evitar que Única despertase, pero como no escuché ni siquiera su respiración volteé a mirarla. Solté un alarido.

Estaba muerta.

Lo supe de inmediato porque la escultural mulata ahora era una pasa arrugada y amarillenta, casi sin cabello y más cercana a una momia que a la mujer que penetré.

Tal vez debí llamar a la policía en seguida o a una ambulancia o a la morgue, no sé, pero lo único que hice fue sentarme en silencio con las piernas cruzadas al estilo de un yogui, pensando que mi amor, o tal vez el amor en general, fue lo único capaz de acabar con su eternidad.

Contrabandista de órganos

trasplante_de_corazon

Siempre he imaginado que la frase “¡te entrego mi corazón!” se refiere a esto.

La costumbre era regalar corazones de chocolate hasta que estalló la plaga que aniquiló todos los cultivos de cacao. Desde entonces los amantes optaron por arrancarse su propio corazón – verdadera prueba de amor – para obsequiarlo durante el día de San Valentín.

El único problema fue que, con el transcurso de los meses y el declive del amor entre las parejas, el corazón se pudría.

Al principio, a nadie parecía importarle pero, poco a poco, la gente capaz de donar escaseó, creándose una necesidad que la ciencia y el Estado eran incapaces de suplir.

Las bandas criminales se dedicaron, entonces , a secuestrar personas para arrancarles el órgano y venderlo en el mercado negro a los adictos del placer efímero. Yo fui uno de los que sucumbió a este negocio.

Cuando vendí el corazón de mi mujer a nadie pareció importarle. Sin embargo, a medida que crecía la demanda, mis colegas y yo notamos que era imperativo conseguir más donantes, toda vez que no alcanzaba solo con los miembros de nuestras familias.

Capturamos las pocas colegialas con corazón que quedaban y, al terminarse, optamos por secuestrar bebés. Al poco tiempo, se acabaron las existencias dentro del país y seguir el negocio en otro era imposible porque las bandas locales cuidaban violentamente sus territorios.

Todo se agravó el día en que los científicos declararon que, en un giro lamarckiano, la nueva generación de humanos nacería sin corazón.

Aquel evento nos obligó a cambiar las perspectivas de nuestra empresa. Hoy, somos perfectamente legales y estamos clonando gente para arrancarle ese músculo. No es grave: se toma lo útil y se desecha lo demás.

Mientras escribo estas líneas aguardo a que uno de mis colegas me extraiga una muestra de ADN para producir una nueva camada de donantes.

En realidad me siento muy feliz: a fin de cuentas, ahora millones de personas poseen mi corazón.

Claves para leer “Underbreak”

Portada de "Underbreak"

Portada de “Underbreak”

Cristian Londoño Proaño publicó hace algunos meses “Underbreak“, su última novela, en formato digital. Se trata de una historia de ciencia ficción con un ritmo trepidante, capaz de atrapar al lector desde las primeras páginas como un buen thriller de Frederick Forsyth.

Londoño empieza su relato mostrándonos que en tres siglos el modo de vida de los humanos ha sufrido transformaciones enormes; no existen los países, pues el planeta ha quedado unificado en un solo Estado. Sin embargo, las corporaciones han tomado el control de diversos territorios donde los presidentes y sus juntas directivas tienen el capital suficiente para manejar ejércitos y ciudadanos. El gobierno mundial mantiene una constante pugna con estos pequeños estados feudales, luchando contra sus abusos y su corrupción.

En este marco, la policía terrestre posee una unidad especializada en la ejecución de los criminales que el gobierno central condenó pero que las corporaciones protegen. Este escuadrón funciona como una cuadrilla de sicarios que nadie puede identificar.

Uno de los agentes de esta unidad es el personaje principal de la historia y la orden de asesinar al presidente de una poderosa corporación que se dedica a la diversión de realidad virtual es el detonante para una trama conspirativa en donde nada es lo que parece.

Cristian Londoño Proaño

Cristian Londoño Proaño. Visite su página personal aquí.

Al leer las líneas de arriba se podría pensar que Londoño ha creado una simple novela de suspenso con trasfondo futurista. La realidad, sin embargo, es que la historia es un elegante pretexto para que el autor desenrolle, capítulo a capítulo, sus preocupaciones acerca del futuro y de la humanidad.

El texto esconde la sospecha de que la curiosidad científica y el afán creativo del ser humano lo pueden llevar a dañarse a sí mismo y nos obliga a reflexionar sobre los límites que estamos dispuestos a rebasar en pos del progreso.

A simple vista, el mundo que nos muestra Londoño es perfecto. La gente puede obtener lo que quiere gracias a las máquinas e incluso el amor y el sexo no complican a nadie porque la técnica ha conseguido emular casi todas las prácticas humanas, convirtiendo a los robots en sustitutos para las personas que no quieren o no pueden tener una relación sentimental con otro ser humano.

Incluso la justicia es tan perfecta que los criminales son ejecutados en silencio y a nadie le molesta verse libre de aquella que asumen es la escoria de la humanidad. El problema es que tampoco hay una sola persona que pueda asegurar que el dictamen fue justo, toda vez que el castigado no tuvo el derecho a un juicio legítimo. El gobierno dictaminó y, por ende, no debe existir error.

La realidad, sin embargo, es que el Estado llegó a tal punto que, por miedo a perder su hegemonía ante las corporaciones, pasa por alto cualquier procedimiento justo, limitándose a actuar como si los ciudadanos fueran objetos de las que puede disponer.

A estos, por otro lado, el placer los ha empujado a la pasividad total, convirtiéndolos en torpes marionetas de un régimen que esconde su perfidia bajo el refinado manto de lo cómodo.

 

Book trailer de “Underbreak”

Curiosamente, las primeras víctimas de este sistema son los mismos que, con su afán investigativo, ayudaron a crearlo: los científicos. La razón es muy sencilla: el Estado se sirve de sus capacidades para perennizarse, pero cuando ha exprimido todo el jugo, lo mejor que puede hacer es eliminar la cáscara, ya que comprende que esa misma inteligencia que le dio las herramientas para adquirir el control, puede descubrir la forma de quitárselo.

“Underbreak” atrapa desde el primer momento, cuando un hombre, aún desconocido para los lectores, rechaza el amor gélido que le ofrece su amante robot. De todas maneras, su valor no es simplemente el ritmo o los avances tecnológicos y científicos que nos describe, es algo mucho más profundo: la novela deja claro que, a pesar de su importancia, el ser humano no puede entregarse a un culto poco crítico de la técnica y no es que sea malo buscar, con la ciencia, un vida más fácil, pero sí lo es permitir que nuestros propios inventos, sean máquinas o sistemas de gobierno, terminen por anularnos, aniquilando nuestro esencia, nuestro espíritu.

Romain Gary o el suicida que se mató varias veces

Romain Gary escribió: “Émile Ajar soy yo” y luego se voló los sesos con una pistola.

Romain Gary

Romain Gary

Tanto Gary como Ajar habían ganado el premio Goncourt, el más importante de las letras francesas y el mismo que solo se puede recibir una vez en la vida.

Sin embargo, ambos eran la misma persona. Aquellos nombres no eran más que los seudónimos – o los heterónimos – del lituano de origen judío, Roman Kacew.

Durante su juventud, él y su madre vivieron en diversas ciudades. Desde Vilna – en la que nació – hasta Varsovia y Niza, donde llegó a dominar el francés y decidió ser escritor.

Su madre le dijo que un nombre tan eslavo como el suyo no era adecuado si quería convertirse en una estrella de las letras francesas, por lo que durante meses, el joven buscó el seudónimo adecuado. Con los años, esta necesidad se convirtió en un placer, en un juego con el que el artista se escondía de los críticos y de los lectores para burlarse, desde una trinchera, de la banal crueldad de estos.

Romain Gary fue la primera máscara que adoptó Kacew y con ella publicó “Les racines du ciel” en 1956, novela que le hizo acreedor al premio Goncourt.

Se convirtió en un icono de las letras, pero, con el tiempo, los críticos y los lectores lo abandonaron, interesándose más en su vida personal, llena de vaivenes y escándalos por sus ideas políticas o por su matrimonio con la trágica actriz, Jean Seberg.

Jean Seberg también fue la protagonista de "Diana o la cazadora solitaria", una autobiografía novelada de Carlos Fuentes, quien fue su amante por un tiempo en México...

Jean Seberg también fue la protagonista de “Diana o la cazadora solitaria”, una autobiografía novelada de Carlos Fuentes, quien fue su amante por un tiempo en México…

La crítica, implacable, calificó a su literatura de trasnochada – “con aroma a romanticismo rancio” –, al tiempo que se entregaba a los encantos de un misterioso y joven escritor que, desde Río de Janeiro, enviaba sus novelas a la editorial Gallimard.

Nadie, ni sus editores, sabía una palabra de la vida de este joven escritor que se hacía llamar Émile Ajar y, pronto, muchos intelectuales sospecharon que él no era más que un disfraz tras el que se escondía algún autor consagrado como Raymond Queneau o Louis Aragon.

Lo cierto es que nadie imaginó que el trasnochado Gary se había puesto de sombrero a los críticos, a Francia y al mundo entero, transformándose en un genio adolescente de origen exótico.

Pero el triunfo definitivo de Kacew/Gary/Ajar – entre otros seudónimos – se produjo cuando los críticos que menospreciaban al escritor trasnochado otorgaron el Goncourt al misterioso Émile. Rabo y orejas se llevó el lituano nacionalizado francés, pues había violado el primer mandamiento del premio, poseyéndolo dos veces.

Las risas, sin embargo, duraron poco. Romain Gary ahora debía cargar sobre su espalda con el peso no solo de uno, sino de dos escritores famosos que competían entre sí. Incluso tuvo que convencer a un familiar suyo para que prestara su cara a Emile Ajar.

Su escape se transformó en una cárcel.

"Mimos" una novela escrita en forma de anillos (léala y comprenderá).

“Mimos” una novela escrita en forma de anillos (léala y comprenderá).

En 1979, Jean Seberg, su exesposa, se mató. Al parecer se había suicidado con una sobredosis de barbitúricos, incapaz de soportar la pérdida de su bebé y el acoso del FBI, que organizó una serie de campañas en su contra por considerarla simpatizante de los Panteras Negras, activistas afroamericanos.

Romain Gary no pudo superar la pérdida y apenas unos meses después decidió seguir aquel camino.

Hace unas semanas terminé de leer la novelaMimos” que lleva la firma de Emile Ajar. En esta, un hombre insignificante busca salvarse del anonimato a través del amor. Todos los días, espera con alegría la salida de la señorita Dreyfus, una compañera de trabajo, para verla aunque sea unos instantes, perdiéndose en sueños románticos que jamás pasan de eso.

Su hambre de amor lo empuja a adoptar una pitón para que su abrazo violento le haga sentirse amado. Eventualmente, el hombre insignificante se funde con el reptil hasta el punto de ser absorbido y termina en un manicomio, incapaz de detectar las diferencias entre el hombre y la fiera.

Acaso el fin de aquella novela es una alegoría de la vida del autor y de cualquier individuo de clase media o alta que ha vivido en la segunda mitad del siglo veinte: las comodidades, el lujo y la fama se utilizan como sustitutos sintéticos para la falta de amor. Son como el abrazo de la pitón que saca de la invisibilidad, pero solo para conducir al aislamiento, la demencia y el abandono.

(Lea este texto también en la web La Casa Ártica.)

Trasplante de gato

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Julián se despertó en el cuerpo del gato a eso de las tres de la tarde. La operación había durado cinco horas y varias veces estuvo a punto de morir en el quirófano, sin embargo siempre logró superar las crisis.

La idea la tuvo Carmen, una chica que lo rechazaba porque no era “tan dulce como un gato”.

Cierta mañana, le dijo que había visto en la televisión la historia de un médico de Kazajistán que estaba realizando en el país trasplantes de conciencias humanas a cuerpos de perros, burros, vacas, ovejas, etc.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo funcionan aquellas operaciones, tampoco importa. El caso es que Julián terminó en el cuerpo de un gato persa de color marrón.

Pasado el tiempo de recuperación, Carmen llevó a su novio/mascota a su casa y el sueño de este se hizo realidad: ella le hacía caricias, le daba de comer y le permitía dormir a su lado.

Las primeras semanas fueron de ensueño. Ambos estaban completamente enamorados, aunque a veces surgían pequeños problemas, por ejemplo: Julián detestaba usar el arenero en vez del retrete y comer bolas con sabor a pescado y no bistec. De todas maneras, el amor lo sanaba todo.

Sin embargo, los líos empezaron precisamente por culpa de la pasión. Una noche, Carmen estaba dormida y su novio/mascota despertó de pronto, víctima de una libido insoportable. Se puso cariñoso, lamiendo la cara, el cuello y el pecho de la muchacha, sin lograr que despertase, pero, cuando intentó encaramarse sobre el pubis, el sueño dio paso a un alarido y un golpe. El gato Julián salió disparado, estampándose contra la pared.

Ese fue el fin de la luna de miel. Carmen, otrora muy cuidadosa, empezó a “olvidarse” que debía ponerle alimento, primero a la hora del desayuno, después en el desayuno y el almuerzo y finalmente durante todo el día.

No le permitía dormir en su cama y se encerraba en su habitación o a veces ni siquiera iba a dormir en casa.

El novio/mascota hizo lo posible por recuperar a Carmen, mas fue inútil. Ella no quería saber nada del “gato degenerado”.

Julián comprendió que solo quedaba una alternativa: buscar al médico para que le devolviese su cuerpo.

Escapó de la casa de Carmen y caminó casi hasta el amanecer buscando al médico, quien lo recibió furioso – no se levantaba antes de las diez, salvo que tuviera que hacer alguna cirugía –, aunque se calmó pronto ante la perspectiva de experimentar nuevamente sobre el gato Julián.

Admitió que jamás había intentado devolver la conciencia a su cuerpo original, pero que si el paciente estaba dispuesto a correr el riesgo y, sobre todo, los gastos – ¡elevadísimos! – lo intentaría. Julián aceptó.

La segunda operación duró el doble que la primera, pero fue un éxito o casi porque desde ese día Julián – con su cuerpo completamente humano – ya no tiene problemas para usar el arenero en vez del váter.

CUPIDO SE FUE A CUENCA

Cuando Cuenca se lo propone puede ser más fría que el Chimborazo.

Cuando Cuenca se lo propone puede ser más fría que el Chimborazo.

Gregor es un belga que vino a Ecuador para buscar lo que no se le ha perdido y por eso halló el amor.

Cuando lo conocimos, mis amigos y yo llevábamos suficiente cerveza dentro como para escuchar maravillados cualquier clase de relato, sin embargo, el de Gregor en realidad era fascinante: había sido guía turístico en India y Nepal, donde decenas de europeos liderados por él cruzaron montañas heladas y sobre todo ciudades fantásticas en busca de una espiritualidad que, en Occidente, desapareció incluso antes de que Alejandro Magno cortara el nudo gordiano en el año 333 a. C.

Con erres guturales y acompañado de una canción de rock de cuyo nombre no quiero acordarme, el exguía nos dijo que todo termina por volverse aburrido, de manera que abandonó su trabajo para buscar a su hermano, quien, incomprensiblemente, había recalado en un país sudaca con nombre de línea imaginaria. Aquel estaba casado con una cuencana, asumiendo el rol de “gringo” – para los ecuatorianos cualquier rubio que habla raro es estadounidense – por culpa del amor.

Como Cuenca tiene cuatro ríos, usted podrá hallar muchos puentes (incluso uno roto).

Como Cuenca tiene cuatro ríos, usted hallará muchos puentes (incluso uno roto).

En este punto de la historia, nuestra noche de bohemia en Cuenca empezaba a despegar. Tal vez por eso, el chapuceado español de Gregor tuvo mucho más sentido, aunque fue imposible comprender por qué su hermano fue a la capital azuaya en primer lugar.

Lo que sí quedó claro es que Cupido tiene acento morlaco, pues él también, mientras buscaba la casa de su cuñada, cayó perdidamente enamorado de una cuencana, a la que nos presentó orgullosa y fotográficamente a través de su iPad.

El anfitrión de la noche, mi amigo riobambeño, que por arte del Cupido morlaco también se ha nacionalizado azuayo, dijo en aquel instante que era momento de levantar anclas y marchar hacia un nueva discoteca.

Gregor nos acompañó y en el camino, siguió hablándonos de sus viajes, mientras yo me preguntaba cómo sonaría el acento cuencano con erres guturales.

Lo cierto es que las crónicas de viajes siempre empiezan con descripciones de paisajes o construcciones arquitectónicas, pero creo que igual que no se va al Serengueti para escribir un libro sobre la Embajada de España en Dar es – Salaam, lo adecuado es ocuparse de la fauna salvaje – la tipología humana más excéntrica –, refugiada en la vida nocturna y que rara vez se expone a la luz del sol, toda vez que ella resume las pulsiones y la idiosincrasia de cualquier sociedad.

Hasta aquí nos trajo la Zoociedad...

Hasta aquí nos trajo la Zoociedad…

Precisamente, nuestra “troupe”, guiada por el tambaleante riobambeño azuayo, se dirigió a una discoteca alternativa a orillas del río Tomebamba, cuyos dueños han decidido jugar con las palabras “sociedad”, “suciedad” y “zoo” – “zoológico” en inglés –, bautizándola con el nombre de “Zoociedad”. El guiño habría sido mejor recibido por todos, si no hubiésemos estado preocupados por ingresar sin rompernos la nariz, ya que era necesario saltar una baranda y cruzar un caminito de piedras y tierra húmeda antes de llegar a la entrada, casi en el río.

Dentro, una combinación de rock, cumbia, hip – hop y salsa nos sacaron de la modorra alcohólica. Gringos – estadounidenses o no –, colombianos, cuencanos, quiteños y guayaquileños se mezclaban formando una masa humana que chasqueaba los dedos, agitaba los brazos o se movía frenéticamente al son de “Sex Machine” o “Cali Pachanguero”.

Nuestro gringo particular, Gregor, saludaba con todos como si fueran viejos amigos e incluso nos presentaba en Zoociedad, acaso porque Cuenca, desde hace muchos años, es más cosmopolita que Quito o Guayaquil.

En la caja de Zoociedad, cuando se acerque a pedir una cerveza, encontrará admoniciones como esta...

En la caja de Zoociedad, cuando se acerque a pedir una cerveza, encontrará admoniciones como esta…

Conseguimos de milagro una mesa, sin embargo, esta parecía un búnker adosado a la pista de baile, dentro del que era tan difícil ver como ser visto. Por lo mismo, si se pretende disfrutar del ambiente, la única opción que resta es ponerse de pie y usar la mesa para que descansen las chaquetas y las botellas de cerveza.

Por donde se mirara, surgían espíritus poseídos por Stevie Wonder y frecuentemente grupos de hombres solos que se filtraban entre las parejas tratando de pescar a río revuelto. Por cierto, nunca vi a ningún sujeto salir victorioso en semejante trance, pero la perseverancia, aunque sea por estadística, debe rendir frutos algún día.

Gregor se había acomodado en un sofá y conversaba con el más ebrio de nuestro grupo. Alcancé a oír que hablaba de su novia y de la sociedad demasiado conservadora de Cuenca, al tiempo que, a menos de dos metros, un par de chicas se daban besos franceses con olor a pachuli.

La Compañía Brewpub. ¿Alguién pidió cerveza negra?

La Compañía Brewpub. ¿Alguién pidió cerveza negra?

Me acerqué al europeo y él, entusiasmado, me sirvió otro vaso de cerveza. “¡Como tu presidente se trajo una belga, yo tengo derecho a llevarme una ecuatoriana!”, exclamó. Le dije que sí, pero que, junto con ella, Rafael Correa importó un chef para que le cocine llapingachos, así que si quería equilibrar las fuerzas del cosmos era necesario que se llevase también un cocinero de picantería para que le prepare carbonada flamenca. No quedó muy convencido.

La noche pasó aceleradamente y Gregor, en cierto momento, desapareció, no sabremos nunca si absorbido por el amor o por el río Tomebamba.

Nosotros, caballeros a carta cabal, esperamos hasta las dos de la mañana – hora del toque de queda ecuatoriano – para que los dueños del bar nos expulsaran a escobazos.

El escenario de una fiesta que concluye siempre es deprimente, en especial cuando uno es el sobrio y los demás, incluso el que conoce la ciudad, están ebrios. Así que en el taxi de regreso, mientras todos dormían – hasta el conductor –, me dediqué a pensar en las cervezas artesanales del La Compañía Brewpub, el karaoke donde todos cantaban menos yo, el bar mexicano llamado “Chiplote” y los millones de litros de emoción que Cuenca derrama en forma de paisajes, construcciones antiguas y hasta mujeres. No en vano Cupido se mudó a vivir allá…

En Zoociedad…

(Vídeo del canal de Charbuk.)