EN LA CAJA

Este relato fue publicado originalmente en el Periódico Irreverentes de España el 2 de febrero de 2019. Léala siguiendo este enlace.

Aunque los verbos tirar, follar o coger son mejores, Fulano y Zutana habían hecho el amor esa noche.

Hubo fuegos artificiales, aruños, chupones en el cuello y camisas desgarradas, pero al terminar, ella no quiso quedarse recostada sobre su pecho ni conversar sobre las importantísimas tonterías del amor, solo se levantó, metiéndose con su implacable desnudez dentro de la caja que los hombres de la mudanza habían olvidado aquella mañana al desempacar la cocina nueva.

Fulano supuso que se trataba de una broma, pero con el paso de las horas empezó a preocuparse.

En ninguno de los libros o webs llenos de recetas infalibles para un matrimonio feliz se mencionaba caso similar y sus familiares lo único que le decían era: “¡te lo advertimos, ella no es una buena mujer!”

Las medias de seda que, de pronto, saltaban sobre su cuello desde algún armario o el cepillo de dientes huérfano en el baño le hacían lloriquear.

Zutana era necesaria. No había orden ni equilibrio sin ella.

Por las noches, entre lamentos e insultos trataba de persuadirla para que saliese. Mezclando piropos con injurias y cubriendo la caja con besos mocosos, se empeñaba por evitar que su vida perfecta se fuera al diablo.

Con la esperanza de destruir la fortaleza, decidió recurrir al infalible ariete de los celos, acostándose con finas scorts y pobres putas.

Era inútil, al regresar a casa, Fulano se ahogaba en el remolino de sus sábanas, mientras el objeto de madera, imperturbable, lo contemplaba desde la sala. Su silencio era de una elocuencia terrible.

Se mudó de la habitación al salón. Le hablaba a Zutana y hasta le cocinaba con la esperanza de que el estómago fuese más poderoso que la razón.

Nada. Los alimentos se pudrían igual que su vida.

Con los fuegos artificiales de año nuevo apareció el dueño de la casa para decirle que había decidido demolerla para construir un gigantesco parqueadero. Contaba con que el matrimonio se aparcase en otro lugar lo antes posible.

Fulano se puso a suplicar al pie de la caja, pero ni esta ni Zutana se inmutaron.

Rendido, fue a buscar fósforos en la cocina. Prefería quemarla y quemarse antes que aceptar el alivio de la derrota.

El fuego se rehusaba a masticar la madera, pero la persistencia de Fulano hizo que al tercer intento una llama, con forma de luciérnaga primero y luego de mantícora, empezase a devorarla.

En ese momento, chillidos como los de un bebé aterrado sacaron a Fulano de su orgasmo mortal. Con torpeza de homicida novato, pateó las maderas semiconsumidas hasta que se abrió un agujero negro.

De allí, emergió un gato anaranjado con las uñas desplegadas abalanzándose sobre la cara de Fulano. Él, que no sabía si la bestiecilla (y el universo entero) estaba viva, muerta o ambas cosas al mismo tiempo, tiró al animal contra una de las ventanas.

Al asomarse, vio cómo el cuerpo de Zutana se hundía entra la viscosidad de la calle mientras la lluvia de cristales lamía su piel.

BIOGRAFÍA APÓCRIFA: LA RARA BESTIA QUE COMPRA LIBROS

libro-animales-4
Ilustración de “El libro de los animales”, parte de la colección “Cuenta Cuentos” de Salvat.

Usualmente, el vendedor (si no es un librero por convicción) cree que una persona que compra libros es igual a la que adquiere medias o salchichas, pero no es cierto: el bibliófilo es una bestia veleidosa.

Es erróneo pensar que el comprador de libros trata de adquirir un título o un autor específico, pues, al entrar en la librería, con frecuencia no tiene claro qué es lo que quiere. Sabe que desea un libro, pero no cuál, de modo que curiosea entre los estantes pellizcando por aquí y por allá hasta que una frase o una palabra llaman su atención.

Entonces, se detiene, hojea, huele, disfruta del ejemplar que tiene entre sus manos porque para el bibliófilo no solo se trata de satisfacer una burda sed de conocimiento, sino de un placer como el vino o el amor.

¿Cómo describir a esta clase de comprador? No siempre es un erudito universitario. Sí, los hay por supuesto, pero un gran porcentaje de amantes de libros no ha terminado una carrera de tercero o cuarto nivel.

En realidad, es un personaje elusivo que se interesa más en el goce silencioso de aprender sin interferencias de terceros, por lo que usualmente deja inconclusa su carrera para abstraerse en lecturas interminables.

Es culto. A veces irónico y presumido. Generalmente, vive en las ciudades (a las que dice detestar, pese a que sin ellas no puede vivir). Su edad varía: los más jóvenes suelen estar entre los veinte años y los más viejos, pasan de los setenta. Su pasión es genética, la heredaron de padres, abuelos o tíos con monstruosas bibliotecas. Llueva o truene, nunca les falta un libro bajo el brazo o dentro de la mochila y casi siempre se los puede ver leyendo en buses, cafeterías e incluso váteres.

El comprador de libros es un lector desde luego, pero también es un coleccionista. Ama leer, aunque también es un fanático del objeto libro. Necesita tanto el contenido como el continente.

A diferencia de otras clases de compradores, el que adquiere libros se siente atraído por los más antiguos y extravagantes, por eso es que rara vez acude a una librería con una idea clara de lo que se llevará.

No le gusta que le hagan recomendaciones porque, como es un aventurero que jamás se sometería a una aventura, sabe que el buceo dentro de los estantes es el único deporte extremo que practicará. Además, tiene la certeza de que lo que se promociona con ahínco es oropel y lo que se esconde es diamante.

La búsqueda de libros es una forma de sinestesia. Siempre alguno trae a la memoria la voz de Fulano o el perfume de Zutana. Por eso, cuando el bibliófilo toca una pasta de cuero piensa en la abuela y cuando ve una edición de Moby Dick, en el padre… Pese a su carácter en apariencia burlón, es sensible, las letras lo han vuelto así.

En definitiva, se compran libros por necesidad de saber, pero también por pasión, por saudade, porque algunas ilustraciones son maravillosas o por la rareza de ciertos ejemplares… No hay un solo motivo, la bestia que compra libros es irracional, pues está dispuesta a gastarse todo el sueldo en una librería aunque aquello signifique penuria.

Para comprar, lo más corriente es meterse en decenas de librerías para terminar volviendo a la de siempre, a la de aquel librero en el que se confía a ojo cerrado.

Este, como cazador ante la fiera, sabe que es inútil recomendar, así que recurre a la charla y entre chiste y chiste desliza comentarios sobre algún autor que cree podría interesarle a su víctima.

Ella a veces cae y otras sonríe indeciso, mientras pasa sus ojos por los estantes a la espera de hallar algo curioso. Casi siempre lo consigue y regresa a casa con un libro, que a veces se resiste a esperar para ser leído, seduciéndolo sobre la mesa de una cafetería o sobre la sucia banca de una estación de buses.

Al llegar a casa, tarde y desconcertado, alguien, una esposa o un hijo, miran al comprador de libros con suspicacia porque saben que aunque intente ocultarlo aquel libro que carga no es “uno de los viejos”, sino el culpable de otra quincena sin carne.

Sangre entre nosotros

Hoy me da la gana de escribir sobre el amor, pero sobre el que nace entre máquinas de escribir y cámaras de fotos: el de los artistas.

Igual que el nuestro – es decir, de la gente “común” – no está exento de dramas, aunque, por la chifladura de sus protagonistas, alcanzan proporciones trágicas.

De Borges, por ejemplo, se tiene una imagen antiséptica, como si se tratase de un anacoreta que, asqueado, huía del sexo y de cualquier pasión excepto la intelectual. Un absurdo.

En su cuento “El Aleph”, el narrador – o sea, Borges – inicia relatando su encuentro con el poeta Carlos Argentino Daneri, rival que le arrebató el amor de Beatriz Viterbo. Ella ya ha muerto, pero el odio y los celos entre ambos, no.

La historia deriva, poco a poco, hacia lo fantástico y esa Beatriz, que recuerda a la Dante, termina por convertirse en el camino hacia el “punto que contiene todos los puntos y todas las líneas del universo”.

Daneri y Beatriz tienen las características de dos personajes extraídos de una biografía de Borges.

Él tenía 27 años y estaba enamorado de una muchacha mucho menor, Norah Lange, pelirroja de ojos profundos y con ancestros sacados de las tundras del norte de Europa.

En aquel tiempo, Borges todavía era ultraísta y, sobre todo, un obseso del mundo gaucho, las literaturas nacionales y otras monstruosidades, se emborrachaba y hay quienes dicen que hasta bailaba tangos. Pero era tímido hasta la médula.

Él y la muchacha – quien ya había publicado un libro, por supuesto, con prólogo de Borges – paseaban por las calles del Buenos Aires de los años veinte, hablando de poesía, vanguardias, de todo, menos de amor.

La tragedia se produjo una noche de verano, es decir, en noviembre como sucede en las antípodas. El escenario fue la Sociedad Rural Argentina, nombre apropiado para un anticlímax más que para un melodrama.

A Borges se le había ocurrido llevar a Norah al banquete organizado allí en honor de Ricardo Güiraldes y su “Don Segundo Sombra”. Entre los invitados estaba el Daneri de este cuento: Oliverio Girondo.

La Fortuna, diosa miserable, quiso que la pelirroja se sentase al lado de este y no del otro poeta. En medio de la cena, la muchacha golpeó involuntariamente una botella de vino tinto que pertenecía a Girondo y la hizo añicos.

― ¡Parece que va a correr sangre entre nosotros! – le dijo él con “voz de caoba”, mientras el vino se desparramaba.

La sangre fluyó de un Borges hecho añicos para el amor, pero que nació para la Literatura. Sus textos cambiaron el romance trasnochado por el color del misticismo, las matemáticas y la fantasía.

La pareja Lange – Girondo no se separó desde esa noche.

 

Rebeca Yanez

Rebeca Yánez Echaurren. Foto tomade de “El Mercurio”.

Chile, década de los 50. Curzio Malaparte, autor italiano al que debemos “Kaputt” y “La piel”, crónicas noveladas de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, llegó al país invitado por el gobierno para un agasajo junto a Neruda y Camilo José Cela.

Todo el mundillo intelectual y aristocrático se disputaba a ese encantador europeo que tenía respuestas ingeniosas en francés para cualquier pregunta que le hicieran. Las mujeres, sin importar la edad, se rendían ante sus palabras y su elegancia.

Una de las paradas de Malaparte durante esa gira fue la librería El Pacífico, entre cuyos estantes vagaba una dama de poco más de 30 años, rubísima y tan menuda como hermosa: Rebeca Yánez Echaurren.

Su familia era de prosapia – el escritor José Donoso se contaba entre sus primos – y ella se complacía en burlarse de su condición y de los “qué dirán” que venían con ese paquete.

El escándalo no era una de sus preocupaciones y cuando Curzio Malaparte apareció, no tuvo reparos en irse con él a Italia, abandonando aun a sus hijos.

Rebequita Yánez se había esfumado. La familia estaba desconcertada. No hubo cartas ni señales de vida por meses.

Es poco lo que se sabe de ese tiempo, salvo que el italiano era tan terrible con su verbo como con sus pasiones. Para él, el amor era una conquista; la amante, una propiedad.

Rebeca Yánez huyó – algunos dicen que lo hizo fugándose en bicicleta después de robarle un par de botas al mayordomo –, aunque decidió quedarse en Italia para aprender fotografía con Carlo Cisventi, fotoperiodista del neorrealismo.

“Rebechita”, como la llamaba Malaparte, se convirtió, pese y gracias a él – de forma involuntaria, desde luego – en la primera fotoperiodista chilena. Durante su carrera, capturó con su cámara a celebridades como Sofía Loren, Brigitte Bardot y Lucía Bosé.

En el libro “Los círculos morados”, Jorge Edwards recuerda el incidente de Rebeca Yánez y Curzio con estas palabras: “(a ella) la literatura, en buenas cuentas, le gustaba mucho, y eso no excluía, ni tenía por qué excluir, el gusto por los escritores”. Declaración de alguna manera emparentada con la analogía de Girondo entre el vino y la sangre de los enamorados, al fin y al cabo, el amor, sea entre poetas o simples mortales, está entre la admiración y la muerte.

Calle Larga

Calle larga

Crónica publicado en REVISTA MUNDO DINERS, edición de noviembre 2017.

UNO

Gregor es un belga que vino a Ecuador para buscar lo que no se le perdió.

Lo conocimos una noche dentro de cierto restaurante del centro de Cuenca. Mis amigos le habían invitado a sentarse a nuestra mesa después de verlo naufragando solo en un mar de alcohol.

Al principio no dijo su nombre, se limitó a presumirnos doscientas once fotos de su novia cuencana que guardaba en la memoria de un iPad. Deslizando su dedo por la pantalla, se quejaba de que los padres de la chica no les permitían pasear pasadas las seis de la tarde.

Salimos del restaurante como grandes amigos, a tiempo para ver el río de vendedores de carne en palito que fluía por la Calle Larga para desembocar en la plaza de La Merced. Allí, juerguistas caníbales se reúnen para armar picnics a la sombra de la luna.

La Calle Larga es una coleccionista de siglos: los atrapa, juguetea y al final obliga a que se amalgamen. A cada trecho las piedras incas se confunden con el bahareque y los adobes. Los restaurantes de nombres mexicanos se cruzan con discotecas en las que la gente se preocupa más por el canto que por el baile. Alegres y tristes saltan de un lugar a otro gritando los goles de algún equipo de fútbol europeo que por milagro de la física terminó atrapado en el televisor gigante de una tienda cuya supervivencia depende del humo de los cigarros.

El guía de nuestra troupe era un riobambeño que, como el belga, se hizo cuencano por amor. Nos llevó de karaokes a cervecerías y discotecas sin que alguno fuese capaz de encontrar su lugar en el espacio.

El guía decidió, entonces, que el único destino posible era una discoteca underground.

Nosotros, criaturas antediluvianas salidas del supuesto centro del planeta, seguro nos encontraríamos a gusto allí. Gregor – quien al fin mencionó su nombre – se dejó llevar sin discusión, preocupado por domar sus erres guturales y no por lo que podría depararle el destino.

Por el camino veíamos a oficinistas de treinta y tantos retozando con universitarios de veinte o a extranjeros la caza de nacionales.

Seguimos por la Calle Larga hasta alcanzar la Benigno Malo y luego la avenida 12 de Abril. Allí, a orillas del río Tomebamba, están instalados cuatro bares, tres visibles y uno invisible.

A nosotros nos interesaba el invisible.

El viento helado de la rivera nos azotó cuando saltamos la baranda del puente que separa la calle de la ribera donde está instalado el bar. Atravesamos un caminito de tierra resbalosa hasta encontrar la entrada, en la que dos hombres delgados pero con expresión amenazante hacían el cacheo de rutina.

Alguien preguntó cuánto costaba ingresar. “Nada – le dijeron –, el problema no es la entrada, sino la salida.”

Gregor no había parado de hablar en español desfigurado y, en ese momento, contaba que hasta un par de meses atrás, había sido un exitoso guía de turistas europeos que visitaban India, Nepal y Tíbet en busca de la nieve perpetua del Himalaya. La mayoría de sus clientes eran suizos y alemanes, pero no escaladores profesionales – “esos nunca buscan guías” –. Se trataba más bien de gente cansada de la rutina y desesperada por protagonizar su propia película de aventuras.

“Pero todo aburre, hasta lo bueno”, me dijo mientras los guardias terminaban su inspección.

Un año antes, su hermano, sin explicaciones de por medio, había dejado su trabajo en Bélgica para marcharse a Sudamérica. La familia no tuvo noticias de él por un tiempo hasta que, cierto día, envió un correo electrónico para decirles que vivía en Cuenca, Ecuador, aunque sin mencionar el porqué o con quién.

Gregor decidió entonces rechazar la propuesta de un grupo de europeos interesados en visitar Nepal para seguir los pasos de su hermano. No tenía una dirección exacta, solo números de teléfono.

Abriéndonos paso entre una multitud de bailarines con olor a humo de tabaco, penetramos en el corazón de la discoteca invisible.

James Brown gritó “¡sex machine!” y el belga se quedó con el resto de la historia atrancada en la garganta.

Una mesa al costado de la pista de baile estaba vacía. Era, en realidad, un búnker excavado en la pared, dentro del que no se podía ver a nadie ni nadie podía verlo a uno. Optamos por quedarnos de pie.

El riobambeño – cuencano me hizo un gesto para que comprara cerveza.

Fui a la caja y mientras esperaba las bebidas, vi un cartel pegado junto a la máquina registradora: “LAS MUJERES PERDIDAS SON… LAS MÁS BUSCADAS”.

Ilustración

Ilustración de Revista Mundo Diners. Por: Tito Martínez.

DOS

Las cervezas salieron heladas del refrigerador y llegaron calientes a la mesa, en la discoteca imperaba un clima tropical, acaso por los cuerpos hacinados y las pasiones contenidas.

Gregor saludaba a diestra con una chica de porcelana y a siniestra con un bailarín de hip hop. A cada parpadeo seguía una inclinación de cabeza o un choque de manos. Todos lo conocían.

Como buen anfitrión, nos repartió vasos de cerveza caliente mientras hablaba de su hermano.

“Cali Pachanguero” no quiso que nos enteráramos cómo lo halló o en qué estado, pero sí de que durante sus correrías por el centro de la ciudad conoció en un café bohemio a la mujer que, según él, sería la última.

Una muchacha diminuta lo interrumpió estampándole un beso en la mejilla. Luego lo arrastró a la pista de baile.

Solo después de que sonaran “Blurred Lines”, “La colegiala”, “Boogie Down” y “En los años 1600”, reapareció, sin embargo, sirviendo dos vasos de cerveza y sin prestarnos la menor atención, volvió a meterse entre la marea de gente.

Alcanzamos a ver que se los entregaba a la chica diminuta y a su pareja, quienes, luego de beber, se esfumaron.

Gregor regresó sonriente.

Se puso a sacar fotos de la multitud como si quisiera vengarse capturándola dentro del iPad.

“Al viajar solo se conoce a mucha gente, pero eso no significa que se deja de estar solo”.

El riobambeño – cuencano no estaba dispuesto a cederle terreno a la melancolía, así que le embutió al belga tres vasos de cerveza para que hablara del Himalaya.

Los ojos de Gregor volvieron a brillar y el ambiente pareció contagiarse de su entusiasmo renovado.

La voz de Rubén Blades hizo que varios salseros saltaran a la pista con “gringas” (europeas, japonesas, estadounidenses, pero con la particularidad de no hablar español) que hacían lo posible por seguir el ritmo. Luego sonaron mambo, cumbia argentina y hip hop.

Nadie se preocupaba por mantener el compás en ese instante, solo importaba moverse, olvidar todo y entregarse al frenesí de la noche.

Gregor dijo algunas frases más sobre su cuencana y sobre las montañas heladas del Asia pero, poco a poco, fue hundiéndose en la felicidad amnésica de los bailarines.

Dejó de pronunciar palabras y sus ojos se quedaron clavados sobre la multitud. El iPad volvió a su estuche.

Le hice un chiste que no entendió o no quiso entender. Su única respuesta fue irse a bailar.

Mis amigos lo siguieron y yo quedé arrimado a la pared del búnker.

La música sonaba cada vez más alto. Los oídos titilaban. Las manos hurgaban cuerpos ajenos. Las bocas chupaban cigarrillos, picos de botellas u otras bocas.

Y fue en medio de ese remolino que Stevie Wonder empezó a cantar “Part-Time Lover”.

Y fue en medio de ese remolino que vi por última vez a Gregor.

Creo que sonreía.

O quizá lloraba.

Zoociedad_caja

TRES

A las tres de la mañana, los trapeadores nos sacaron a patadas.

Salimos poco después de la manada de bailarines que, con el cese de la música, se habían transformado en maniquís. Entre ellos caminaba la menuda amiga de Gregor tomada de la mano de un muchacho.

Al principio no nos vieron, pero al llegar a la Calle Larga, pasamos a su lado y ella disparó a quemarropa: “¿dónde dejaron a Sara?”

“¿Cuál Sara?”, dijo el riobambeño – cuencano, “¿y tú, dónde dejaste a Gregor?”

“¿Gregor, cuál Gregor?”, respondió ella, caminando hacia los puestos de carne en palito de la Plaza de la Merced.

Carta del señor Darcy

(Lea este artículo también enla web La Casa Ártica.)

Queridos lectores:

 

egusquiza-rogelio-tristan-and-isolde

Tristán e Isolda (verdadero romance) por Rogelio Egusquiza

¡Cuántas cosas se han dicho y se dirán sobre el amor! Tal vez todas se parecen y es que ya se ha dicho tanto…

Prefiero hablarles de las novelas de romance. Escogí el nombre sugerido por Guillermo Cabrera Infante porque novela rosa o novela romántica me suene a dislate.

Para mí, las novelas, hablen de amor o de muerte, se publican sobre papel blanco. Rara vez he visto alguna con hojas de colores diferentes.

Es verdad que las tapas, ahora especialmente, pasan del magenta al negro con la misma facilidad que un político deja de ser honesto para convertirse en corrupto. No creo, sin embargo, que los colores sean apropiados cuando se resume un contenido, toda vez que el rojo puede usarse tanto para simbolizar el amor como la muerte.

Por otro lado, la novela romántica es el nombre con el que los doctos doctores se refieren a la literatura escrita durante el periodo del Romanticismo, en los siglos dieciocho y diecinueve.

Si bien es cierto que las historias escritas durante este tiempo solían tener cargas poderosas de amores frustrados y pasiones incontrolables, no sería justo decir que los europeos nos pasamos setenta años escribiendo melodramas… como Jane Austen.

Pasadas estas precisiones antipáticas, tan naturales en alguien como yo, el señor Darcy, es correcto que definamos cuáles creo que son las características de una novela de romance:

Uno punto y raya: debe haber besos.

hell_mister_darcy

Ni Jane Austen lo conoció…

Dos punto y raya: la historia debe estar centrada en dos personas dispuestas a enfrentar una serie de obstáculos para estar juntas. La idea es que el amor siempre se abre camino y el libro debe comprobarlo.

Tres punto y raya: hay un final feliz. ¿Si el amor no vence qué clase de amor es?

Cuatro punto y raya: siempre hay buenos y malos. Los malos pierden al final y los buenos triunfan, resumiéndose esta victoria en la recompensa de amor eterno, justo, leal, dulce, maravilloso, perfecto, etcétera, etcétera, etcétera.

Esta estructura puede sonar a cliché, pero tiene sentido. Incluso una misteriosa logia llamada Romance Writers of America ha escrito un canon que incluye ingredientes parecidos a los mencionados (se puede consultar en su página web).

La novela de romance se ha cruzado siempre con otras variedades como la ciencia ficción, el terror y el erotismo. Los resultados a veces se ven como Frankenstein o la loca del muelle de San Blas.

Imagínense los poderosos logros económicos que consigue una editorial mezclando naves espaciales, mundos destruidos, látigos, esposas de terciopelo y besos franceses.

Pero existen historias de amor que no siguen este esquema, me dirán ustedes. Es verdad, precisamente de esas quiero hablarles.

El amor no es tan fácil como decir “vine, vi y vencí”. Hay romances insatisfechos, rechazos, engaños… De manera que reducir una trama a un simple “inicio, nudo y final” es imposible.

abismos-de-pasion-3

Cumbres borrascosas by Luis Buñuel

Para ejemplificarlo acaso podríamos recurrir a tres novelas muy diferentes, pese a que el amor es el eje más o menos explícito: Cumbres borrascosas, Fiesta y La invención de Morel.

En el primer libro tenemos la historia de un hombre que decide vengarse de las familias que lo rechazaron, incluida la de la mujer que amaba, pero que lo abandonó para casarse con otro. El odio es tan poderoso que alcanza no solo a su generación, sino a la siguiente.

La novela, con los años, se convirtió en una referencia de la literatura inglesa, sin embargo, al principio fue vista con escepticismo por los críticos, especialmente por su estructura, tan poco frecuente en los libros de aquella época.

Se trata de un relato que usa la técnica de la matrioska o caja china, es decir que una historia contiene a otra.

Hay elementos que hacen de esta novela una pieza muy original: la estructura, el tema del odio (capaz de destruir a varias generaciones) y el escenario.

Las descripciones de las tierras de Yokshire y el paralelo que hace entre su clima y los sentimientos de los personajes son propios de un pintor impresionista.

Por otro lado, Fiesta de Ernest Hemingway cuenta la historia de dos personas que se aman profundamente, pero se rehúsan a estar juntas.

the-sun-also-rises-movie-2

Hemingway optó por el título “The sun also rises” porque el sentido taurino de “Fiesta” no lo comprendería el público estadounidense.

Casi durante sesenta páginas, en las que nos hemos topado con un desfile de borrachos, prostitutas, toreros y soldados de la Primera Guerra Mundial, no tenemos la menor idea del porqué estos dos espíritus se frustran y se embriagan, pero no hacen el amor.

Después, se revela un secreto terrible, de la época de la Gran Guerra, que impedirá el triunfo del amor.

Él se resigna a amarla en silencio. Ella a buscar en otros hombres lo que perdió en él.

Ambos están condenados al fracaso.

La estructura de la novela es crucial. La técnica del “dato oculto” hace que una historia aparentemente trivial de expatriados estadounidenses en París se transforme en un drama opresivo y frustrante.

Por último, La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares es una novela de ciencia ficción, pero también de amor imposible.

morel

Bioy Casares era un entusiasta del cine. En esta novela se evidencia cuánto…

Al principio, el narrador – protagonista parece conducirnos a través de los derroteros de un relato fantástico hasta que aparecen una mujer y un rival perverso.

El héroe se empeña en salvarla, sin embargo, su abulia lo obliga a posponer cualquier acción.

Cuando finalmente decide intervenir se da cuenta de que es imposible porque la ciencia, Dios y el hombre están en su contra.

El descubrimiento lo transforma. El otrora cobarde “náufrago” se condena a una eternidad al lado de la mujer que ama. De ninguna manera, hay un triunfo del amor.

Solo el lector de la novela podrá comprender el sentido de este absurdo.

Bioy Casares era playboy, millonario y gran escritor. Tres cosas que yo, mister Darcy, jamás llegaré a ser.

Quizá en su carácter estaba la respuesta a la paradoja que nos plantean estas novelas: se puede tener a todos los amantes del mundo, mas, en la medida en que no sintamos la plenitud individualmente, siempre quedarán el vacío y la insatisfacción.

Linaje de asesino

Nathalia Pushkina

Nathalia Pushkina

Le entregaron la carta a Pushkin después del desayuno. Decía que su mujer era una puta.

Intentaron convencerlo de ignorar el anónimo. Era imposible porque él estaba seguro de la identidad del autor.

Se trataba de Georges D’Anthès, militar alsaciano al servicio de la corte rusa y un seductor en toda regla.

Natalia Pushkina lo había rechazado, pero él jamás toleraba un no por respuesta.

En la guerra y la política, aceptar una negativa es sinónimo de fracaso. ¿Por qué el amor iba a ser diferente?

D’Anthes y sus compinches divulgaron entonces una serie de cartas en las que humillaban a los Pushkin. El poeta quedaba como un pusilánime y su mujer como una prostituta.

El duelo fue inevitable.

Sin ánimo de evitar los clichés, se hizo al amanecer, luego  de una noche nevada. Escogieron las pistolas para batirse.

Hubo un disparo y Pushkin cayó. La sangre brotaba de su vientre, pero pudo reincorporarse, hiriendo en el brazo a su rival…

Unas horas más tarde, dos oficiales llegaron a la casa de Georges D’Anthès, llevaban una carta de Pushkin y su orden de arresto.

El poeta lo perdonó antes de morir.

Georges D'Anthès

Georges D’Anthès

— Ese es D’Anthès, el biznieto del hombre que mató a Pushkin – le dijeron a Neruda en París.

Quiso conocerlo.

Era encantador. Amante de las intrigas políticas – como su ancestro –, pero reacio a hablar del “incidente ruso”.

— ¡Calumnias, fue un santo!

El poeta insistió

— Mire, señor Neruda: mi bisabuela prohibió hablar del tema y ni después de muerte nos atrevemos a contrariarla; recuerde que Natalia Pushkina era su hermana.

El robot de Ramón Gómez de la Serna

Gomez de la Serna y su muñeca inflable...

Gómez de la Serna y su muñeca inflable…

Ramón Gómez de la Serna coleccionaba toda clase de objetos en su torre de la Calle Velázquez, pero las joyas más valiosas eran las muñecas de cera.

Se sabe que el escritor tuvo dos: la primera murió de “rotura irreparable” y la segunda, después de que su sexo helado inspiró cientos de greguerías, fue abandonada por amor a un robot.

Un contertulio del Café Pombo le contó a Ramón que en Alemania habían fabricado una autómata capaz de mover cabeza y brazos.

El escritor no pudo resistirse.

Embarcaron al robot en Hamburgo. Iría por mar hasta territorio vasco y luego, por tierra, a Madrid.  Jamás llegó.

De Alemania enviaron un telegrama para Ramón, explicándole que el barco llevaba buen viento hasta que al entrar en el Cantábrico, el mar se agitó. Pese al empeño de los marineros, el naufragio fue inevitable.

Ramón estaba devastado. Era el viudo de una esposa que nunca pudo tocar.

En 2001, Telefé Noticias entrevistó a cierto estibador vasco exiliado en Buenos Aires desde los años de la Guerra Civil Española.

Antes de concluir, el periodista hizo una pregunta sobre escenas o personajes que le hubieran impresionado.

El anciano habló del sobreviviente alemán de un naufragio que había decidido aislarse de la gente, cerca de San Sebastián. El extranjero con fama de loco despertaba la curiosidad de todos los vecinos.

Fue a espiarlo, descubriendo a una mujer desnuda sentada en el sillón de la sala. El alemán la besaba una y otra vez, pero ella, frígida, no dejaba de mirar la misma ventana desde donde acechaba el vasco.

“Sus ojos eran los de una muerta, pero le juro que movía el cuerpo”, concluyó.