Sangre entre nosotros

Hoy me da la gana de escribir sobre el amor, pero sobre el que nace entre máquinas de escribir y cámaras de fotos: el de los artistas.

Igual que el nuestro – es decir, de la gente “común” – no está exento de dramas, aunque, por la chifladura de sus protagonistas, alcanzan proporciones trágicas.

De Borges, por ejemplo, se tiene una imagen antiséptica, como si se tratase de un anacoreta que, asqueado, huía del sexo y de cualquier pasión excepto la intelectual. Un absurdo.

En su cuento “El Aleph”, el narrador – o sea, Borges – inicia relatando su encuentro con el poeta Carlos Argentino Daneri, rival que le arrebató el amor de Beatriz Viterbo. Ella ya ha muerto, pero el odio y los celos entre ambos, no.

La historia deriva, poco a poco, hacia lo fantástico y esa Beatriz, que recuerda a la Dante, termina por convertirse en el camino hacia el “punto que contiene todos los puntos y todas las líneas del universo”.

Daneri y Beatriz tienen las características de dos personajes extraídos de una biografía de Borges.

Él tenía 27 años y estaba enamorado de una muchacha mucho menor, Norah Lange, pelirroja de ojos profundos y con ancestros sacados de las tundras del norte de Europa.

En aquel tiempo, Borges todavía era ultraísta y, sobre todo, un obseso del mundo gaucho, las literaturas nacionales y otras monstruosidades, se emborrachaba y hay quienes dicen que hasta bailaba tangos. Pero era tímido hasta la médula.

Él y la muchacha – quien ya había publicado un libro, por supuesto, con prólogo de Borges – paseaban por las calles del Buenos Aires de los años veinte, hablando de poesía, vanguardias, de todo, menos de amor.

La tragedia se produjo una noche de verano, es decir, en noviembre como sucede en las antípodas. El escenario fue la Sociedad Rural Argentina, nombre apropiado para un anticlímax más que para un melodrama.

A Borges se le había ocurrido llevar a Norah al banquete organizado allí en honor de Ricardo Güiraldes y su “Don Segundo Sombra”. Entre los invitados estaba el Daneri de este cuento: Oliverio Girondo.

La Fortuna, diosa miserable, quiso que la pelirroja se sentase al lado de este y no del otro poeta. En medio de la cena, la muchacha golpeó involuntariamente una botella de vino tinto que pertenecía a Girondo y la hizo añicos.

― ¡Parece que va a correr sangre entre nosotros! – le dijo él con “voz de caoba”, mientras el vino se desparramaba.

La sangre fluyó de un Borges hecho añicos para el amor, pero que nació para la Literatura. Sus textos cambiaron el romance trasnochado por el color del misticismo, las matemáticas y la fantasía.

La pareja Lange – Girondo no se separó desde esa noche.

 

Rebeca Yanez

Rebeca Yánez Echaurren. Foto tomade de “El Mercurio”.

Chile, década de los 50. Curzio Malaparte, autor italiano al que debemos “Kaputt” y “La piel”, crónicas noveladas de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, llegó al país invitado por el gobierno para un agasajo junto a Neruda y Camilo José Cela.

Todo el mundillo intelectual y aristocrático se disputaba a ese encantador europeo que tenía respuestas ingeniosas en francés para cualquier pregunta que le hicieran. Las mujeres, sin importar la edad, se rendían ante sus palabras y su elegancia.

Una de las paradas de Malaparte durante esa gira fue la librería El Pacífico, entre cuyos estantes vagaba una dama de poco más de 30 años, rubísima y tan menuda como hermosa: Rebeca Yánez Echaurren.

Su familia era de prosapia – el escritor José Donoso se contaba entre sus primos – y ella se complacía en burlarse de su condición y de los “qué dirán” que venían con ese paquete.

El escándalo no era una de sus preocupaciones y cuando Curzio Malaparte apareció, no tuvo reparos en irse con él a Italia, abandonando aun a sus hijos.

Rebequita Yánez se había esfumado. La familia estaba desconcertada. No hubo cartas ni señales de vida por meses.

Es poco lo que se sabe de ese tiempo, salvo que el italiano era tan terrible con su verbo como con sus pasiones. Para él, el amor era una conquista; la amante, una propiedad.

Rebeca Yánez huyó – algunos dicen que lo hizo fugándose en bicicleta después de robarle un par de botas al mayordomo –, aunque decidió quedarse en Italia para aprender fotografía con Carlo Cisventi, fotoperiodista del neorrealismo.

“Rebechita”, como la llamaba Malaparte, se convirtió, pese y gracias a él – de forma involuntaria, desde luego – en la primera fotoperiodista chilena. Durante su carrera, capturó con su cámara a celebridades como Sofía Loren, Brigitte Bardot y Lucía Bosé.

En el libro “Los círculos morados”, Jorge Edwards recuerda el incidente de Rebeca Yánez y Curzio con estas palabras: “(a ella) la literatura, en buenas cuentas, le gustaba mucho, y eso no excluía, ni tenía por qué excluir, el gusto por los escritores”. Declaración de alguna manera emparentada con la analogía de Girondo entre el vino y la sangre de los enamorados, al fin y al cabo, el amor, sea entre poetas o simples mortales, está entre la admiración y la muerte.

Trasplante de gato

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Julián se despertó en el cuerpo del gato a eso de las tres de la tarde. La operación había durado cinco horas y varias veces estuvo a punto de morir en el quirófano, sin embargo siempre logró superar las crisis.

La idea la tuvo Carmen, una chica que lo rechazaba porque no era “tan dulce como un gato”.

Cierta mañana, le dijo que había visto en la televisión la historia de un médico de Kazajistán que estaba realizando en el país trasplantes de conciencias humanas a cuerpos de perros, burros, vacas, ovejas, etc.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo funcionan aquellas operaciones, tampoco importa. El caso es que Julián terminó en el cuerpo de un gato persa de color marrón.

Pasado el tiempo de recuperación, Carmen llevó a su novio/mascota a su casa y el sueño de este se hizo realidad: ella le hacía caricias, le daba de comer y le permitía dormir a su lado.

Las primeras semanas fueron de ensueño. Ambos estaban completamente enamorados, aunque a veces surgían pequeños problemas, por ejemplo: Julián detestaba usar el arenero en vez del retrete y comer bolas con sabor a pescado y no bistec. De todas maneras, el amor lo sanaba todo.

Sin embargo, los líos empezaron precisamente por culpa de la pasión. Una noche, Carmen estaba dormida y su novio/mascota despertó de pronto, víctima de una libido insoportable. Se puso cariñoso, lamiendo la cara, el cuello y el pecho de la muchacha, sin lograr que despertase, pero, cuando intentó encaramarse sobre el pubis, el sueño dio paso a un alarido y un golpe. El gato Julián salió disparado, estampándose contra la pared.

Ese fue el fin de la luna de miel. Carmen, otrora muy cuidadosa, empezó a “olvidarse” que debía ponerle alimento, primero a la hora del desayuno, después en el desayuno y el almuerzo y finalmente durante todo el día.

No le permitía dormir en su cama y se encerraba en su habitación o a veces ni siquiera iba a dormir en casa.

El novio/mascota hizo lo posible por recuperar a Carmen, mas fue inútil. Ella no quería saber nada del “gato degenerado”.

Julián comprendió que solo quedaba una alternativa: buscar al médico para que le devolviese su cuerpo.

Escapó de la casa de Carmen y caminó casi hasta el amanecer buscando al médico, quien lo recibió furioso – no se levantaba antes de las diez, salvo que tuviera que hacer alguna cirugía –, aunque se calmó pronto ante la perspectiva de experimentar nuevamente sobre el gato Julián.

Admitió que jamás había intentado devolver la conciencia a su cuerpo original, pero que si el paciente estaba dispuesto a correr el riesgo y, sobre todo, los gastos – ¡elevadísimos! – lo intentaría. Julián aceptó.

La segunda operación duró el doble que la primera, pero fue un éxito o casi porque desde ese día Julián – con su cuerpo completamente humano – ya no tiene problemas para usar el arenero en vez del váter.

Un idilio verdaderamente bobo

L'amour fou!

L’amour fou!

No es que sea feo, mi nariz es un poco grande ancha y torcida, pero nada más. Bueno, también está esa verruga marrón que tengo en la mejilla derecha… ¡Ah! Y los dientes torcidos y amarillentos… Porque no creo que el estrabismo, el tartamudeo o las jorobas sean relevantes.

Soy apuesto, no hay duda. Si algún defecto poseo es mi pobreza y esta es la responsable de mi mala fortuna en el amor. Por eso, me suscribí a un programa para aprender inglés y hacer amistades por correspondencia en los Estados Unidos.

Tuve suerte. Mi primer contacto fue una muchacha de veintitrés años nacida en Montgomery, Alabama, quien buscaba a su Rodolfo Valentino en Sudamérica.

Me dediqué, entonces, a crear el disfraz adecuado, enamorándola sin dificultad.

Sus cartas estaban llenas de pasión. Ofrecía llevarme a fiestas con jazz, bailes hasta el amanecer y alcohol de contrabando. Incluso escribió que su padre me adoraría.

Alguna vez leí que el amor es milagroso. No hay duda. Cada mañana, yo me sentía más bello y mis poquísimos defectos eran lunares que aumentaban mi sensualidad.

Compré el libro de gimnasia de cierto atleta sueco, me puse a entrenar hasta la agonía y, a la mañana siguiente, no pude levantarme de la cama. No volví a intentarlo.

Las cartas siguieron llegando, aun durante mi convalecencia – que para la gringa, fue una cogida  mientras toreaba – y nuestro amor se hizo cada vez más intenso.

Transcurridos dos meses, me dijo que su padre y ella vendrían a Ecuador para conocerme y hablar de matrimonio. Quiso una foto y la dirección de mi casa. Estaba acabado. Sin embargo, me dije: “nuestro amor es demasiado intenso como para destruirse por una simple mentira”.

Envié la fotografía de un hombre que promocionaba agua de colonia en una revista cubana y más mentiras.

Mi gringa iba a llegar dentro de un mes. Practiqué boxeo, empeñado en mejorar mi condición física, hasta que uno de los entrenadores me sacó tres dientes con un solo jab y no volví a intentarlo.

Acudí también a un médico para pedirle medicamentos que hagan crecer el pelo en la coronilla o, al menos, una dieta que eliminara los granos del cuello. Se rió y no volví a intentarlo.

Los días previos a la llegada de padre e hija, les envié varios telegramas, pero su silencio fue total.

Esperé la respuesta por semanas. Una tarde, sin embargo, decidí escribir la carta de rompimiento con la gringa. Me costó mucho, mas, cuando estuve contento con el resultado, la coloqué dentro de un sobre, guardándola en el baúl de siempre, con las otras.

Hay miles y todas, incluso las de mis amantes, las he escrito yo…

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Cortocircuito

Luigi Pirandello, Marta Abba y Massimo Bontempelli leen este blog absolutamente consternados.

Luigi Pirandello, Marta Abba y Massimo Bontempelli leen este blog absolutamente consternados.

Le dijimos que había robots entre nosotros y ella se desconectó. No era una broma: en realidad la gente de carne y hueso no existe.

El cerebro es un procesador lleno de chips; el nervio, un circuito; y la energía que activa músculos y articulaciones, un impulso eléctrico.

La culpa me corroía – somos máquinas con conciencia – y era frecuente que huyese de mi casa para refugiarme en un bar de mala muerte.

Cierta noche un amigo me visitó.

— Somos imbéciles, ella sabía la verdad.

No comprendí.

— Es evidente: no existen los robots, somos humanos.

Quise creer que bromeaba.

— Piénsalo: si te lastimas ¿brota aceite?, ¿se puede curar la vejez actualizando el sistema o eliminar las enfermedades con softwares?

Hasta entonces sentía remordimiento, aunque sin perder la esperanza de que, tarde o temprano, algún laboratorio me la devolvería reconstruida.

La revelación de mi amigo me aniquiló.

Gabriel García Marqués de Sade

Obviamente esta NO es la trilogía de María A. Nadie, (¡yo nunca osaría comparar esta obra cumbre con la de aquella mujer!) de hecho "es igual, pero diferente, lo mismo y en el sentido contrario".

Obviamente esta NO es la trilogía de María A. Nadie (¡yo nunca osaría comparar esta obra cumbre con la de aquella mujer!), de hecho “es igual, pero diferente, lo mismo y en el sentido contrario”.

Bajo el extravagante nombre de Gabriel García Marqués de Sade, exitosísimo escritor de novelas eróticas, se escondía la tímida y rubicunda figura de María A. Nadie, empleada de bajo rango en una compañía de seguros de la ciudad de Nueva York; quien pasó de la miseria y la insipidez a la riqueza y la fama del jet set mundial, tras la publicación de su trilogía de novelas – curiosa amalgama de El convidado de piedra con Justine y cualquier culebrón televisivo de Delia Fiallo.

Como quiera que sea, María A. Nadie era rica, famosa y su seudónimo no era más que una formalidad del marketing, pues no existía una sola mujer en el mundo que no conociese la verdadera identidad del autor de la trilogía de Los diez millones novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve latigazos traviesos de Don Juan.

Sin embargo, la otrora fracasada agente de seguros no superaba su timidez y a pesar de que muchos hombres hubieran dado lo que fuera por descubrir si las proezas sexuales narradas en sus libros eran parte de su acervo erótico, ella era incapaz de hablar por mucho tiempo con otro ser humano. De hecho, si alguien tuviese la paciencia para cronometrar sus conversaciones se percataría de que estas nunca superaban los tres minutos con cuarenta y seis segundos y siete milésimas.

Todas las mañanas se levantaba de la cama dispuesta a cambiar y a conseguir al menos un amante del estilo de su Don Juan, pero, invariablemente, se acostaba al anochecer sola y decepcionada.

La literatura era su escape, el único método para vivir sus fantasías a plenitud, por eso escribía cientos y cientos de páginas como una posesa, derramando en ellas toda clase de anhelos insatisfechos y romances aburridos.

Cierta mañana las cosas cambiaron. La escritora ni siquiera se había levantado cuando alguien llamó a su puerta; ella, enfundada en una vieja salida de cama, abrió, encontrando fuera a un individuo atractivo y con traje español del siglo XVII.

— Mi señora, soy don Juan, vuestro esclavo.

María A. Nadie no supo qué responder y lo primero que se le ocurrió es que podía tratarse de una broma de mal gusto.

Don Juan cambió a la rellenita escritora por una dulce monjita de EWTN.

Don Juan cambió a la rellenita escritora por una dulce monjita de EWTN.

— Os equivocáis – le dijo el extraño anticipándose a sus palabras –, yo soy vuestro esclavo porque me creasteis y, hoy, por fin he venido a azotaros como siempre habíais soñado.

— Pero… pero… ¡Es absurdo!

—Absurdo es que este, vuestro servidor, haya esperado tanto para daros tal gustillo, después de todo, me habéis hecho el mayor de los regalos: la vida.

El supuesto Don Juan entró en la casa, conduciendo a la escritora hasta su habitación, que se había transformado en el frío calabozo de torturas de un castillo medieval.

— ¿Mi cama, mis cosas…?

— ¿Qué importancia tiene? ¡Dejaros llevar como Valerina, vuestra creatura!

María A. Nadie obedeció, pero no por placer, sino porque no se le ocurría otra forma de reaccionar. Así, la oronda escritora, de un momento a otro, quedó pendiendo por los brazos de cierto artefacto indescriptible, al tiempo que sus piernas se mantenían abiertas en un ángulo de casi ciento ochenta grados, gracias a unos arneses de cuero sin curtir.

— ¡Ahora sí tendréis lo que necesitáis! – dijo el español, mientras la azotaba con un látigo.

Los golpes, lejos de producirle satisfacción, le dolían cada vez más y su piel, en carne viva, discrepaba completamente de lo que ella misma había propuesto en sus libros.

El sado-masoquismo también puede llevarla al extremo de querer depilarse las cejas.

El sado-masoquismo también puede llevarla al extremo de querer depilarse las cejas.

— ¡Detente, me duele, me duele!

— ¡Callad! ¿No es esto lo que soñabais?

— ¡No, no, no!

— ¿No lo entendéis, verdad? ¡Este es vuestro castigo por hacerme un amante tan soso!

Permanecieron así por una hora hasta que María A. Nadie se desmayó. Al despertar, la escritora estaba en el suelo, desnuda y sobre un charco de agua maloliente.

La mujer se reincorporó, dirigiéndose en seguida hacia el baño, donde, después de lavarse, se puso a examinar su cuerpo; curiosamente, no había ni una sola marca de los azotes en él.

Esa mismo día, María A. Nadie dejó la literatura erótica para siempre.

 

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Nota necrológica de una diosa

atenea

¡El ‘look’ hipster hace ver muy sexy a Atenea!

Cierto día los mortales decidieron que no necesitaban más de nosotros, los dioses, declarándonos, luego de un juicio sumario, muertos.

Lo cierto es que nadie murió, solo salimos del Olimpo, empezando a vagar por la tierra como simples humanos. Algunos lo aceptamos mejor que otros, por ejemplo: Hércules se convirtió en campeón mundial de boxeo, Diana en activista del feminismo, Apolo en cantautor y yo, Palas Atenea, en periodista y escritora.

Por otro lado, Júpiter, Juno, Marte, Cupido y Venus no pudieron asimilar el cambio con dignidad. El primero espera la muerte en un asilo de ancianos, tratando de convencer a sus compañeros que alguna vez fue más grandioso que Napoleón.

Su esposa, en cambio, lo abandonó por un estudiante de antropología, con quien fue a vivir entre los pigmeos. Ambos murieron de disentería.

El antiguo dios de la guerra se unió a las filas de un ejército irregular en algún país del África Subsahariana pero con la desaparición de sus poderes, sus habilidades también mermaron, lo que lo llevó a ser degrado al rango de un simple soldadito encargado de la cocina.

Imagen del momento en que capturaron a ese pequeño bastardo (en realidad era bastardo, su padre nunca lo reconoció).

Imagen del momento en que capturaron a ese pequeño bastardo (en realidad era bastardo, su padre nunca lo reconoció).

Cupido, mientras caminaba por la calles de Nueva York con su carcaj en la espalda y su arco bajo el brazo, fue detenido por un piquete policial que buscaba a un terrorista árabe; lo condujeron a Guantánamo, donde, luego de permanecer algunos meses, fue asesinado en la cárcel durante un confuso incidente en el que otro preso se enfureció al saber que él era el responsable de su amor por una mujer que siempre lo vio como “un amigo”.

Finalmente, la historia de Venus quizá es la más lamentable porque ni su belleza ni sus habilidades de seducción le sirvieron para salir adelante en el competitivo mundo de los mortales de fines del siglo veinte.

En principio la carrera de modelo parecía la adecuada para ella; tuvo un impacto enorme en sus primeras campañas publicitarias, tanto que se convirtió en la fantasía de políticos, narcotraficantes y el resto de delincuentes poderosos.

Venus continuaba siendo bella y manipuladora, de manera que no le costó nada llevar al gobernante de Estulticia – un pequeño país sudamericano lleno solo de petróleo y necios – a su cama.

Venus fue la primera nudista de la historia.

Venus fue la primera nudista de la historia.

El Jerarca, como le gustaba ser llamado, era un sujeto peculiar sin belleza o inteligencia, pero con una cualidad muy atractiva para la ex – divinidad: desperdiciaba el dinero en sandeces. “Si no le importa – reflexionó ella – gastarse tanta plata en ridículas propagandas televisivas, ¿qué problema va a tener en regalármela a mí para que compre un par de zapatos?”

Lo que no se imaginó fue que el Jerarca era un sujeto con un vicio superior a la libido: el poder. A media mañana ordenaba al criado del Palacio de Gobierno que le trajera una botella llena de poder del bar más cercano y, desde ese momento, no paraba de beber hasta que, borracho como una cuba, se desplomaba en su cama, incapaz de amar a nadie, excepto a sí mismo y al solio presidencial.

El Jerarca, enceguecido por el vicio, se dedicaba a insultar y a agredir a cualquiera que pudiera sugerir que necesitaba revisar su comportamiento; incluso Venus trató de salvarlo, pero era imposible, nada lo hacía más feliz que embriagarse mientras una camarilla de hipócritas le servía el licor y lo alaba.

Venus nunca lo amó, es verdad, sin embargo no podía soportar que la relegaran a segundo plano, así que decidió poner un ultimátum: el vicio o ella.

El Jerarca durante sus borracheras de poder organizaba orgías, durante las cuales hasta la Justicia era víctima de sus desviaciones sádicas.

El Jerarca, en sus borracheras de poder, organizaba orgías, durante las cuales hasta la Justicia era víctima de sus desviaciones sádicas.

El Jerarca ni siquiera lo pensó: “es mejor que te largues – le dijo –, mientras tenga poder no necesito nada más.”

Esta vez la suerte no iba a sonreírle a la antigua diosa y nadie quiso contratarla como modelo nuevamente; ¿quién necesitaba en sus filas a una arribista?

Al borde de la pobreza, recibió la llamada de un francés que dijo ser director de cine.

― Quiero ofrecerle un papel en mi nueva película, la he visto en fotos y creo que es perfecta, espero que no tenga escrúpulos…

Venus ni siquiera sabía el significado de esa palabra.

Para trabajar tuvo que trasladarse a Los Ángeles, donde su nuevo jefe, un famoso director de cine porno, le dijo que la necesitaba para hacer un filme erótico sobre la vida de Baco; ella, con tanta experiencia en el mundo de las divinidades greco – romanas, podía interpretar perfectamente a Ariadna, la mujer que, después de ser abandonada por Teseo, se convirtió en la esposa del dios del vino.

Sasha Grey, sorprendida, le pregunta a Stoya: "¿era la diosa del sexo y no sabe qué es un 'strap-on'?"

Sasha Grey, sorprendida, le pregunta a Stoya: “¿era la diosa del sexo y no sabe qué es un ‘strap-on’?”

Venus consideraba degradante su papel y no porque tuviera que ejecutar extrañas proezas sexuales, sino porque reducían a un rol tan elemental a quien justamente había sido la diosa del amor, la belleza y el sexo.

De todas maneras, ahora ya no poseía manzanas de oro o algún hechizo que pudiera ayudarla, así que tuvo que resignarse a ese papel y su desempeño fue tan perfecto que después de esa película la bombardearon con ofertas de toda índole – siempre en el mundo del porno, claro –, experimentando un sinnúmero de cosas que ni siquiera en sus años de diosa de la sexualidad tuvo idea de que existían.

Vestida así tuitea Atenea, aunque sea muy "mainstream" (¡seguro ahora todo el mundo querrá imitarla!).

Vestida así tuitea Atenea, aunque sea muy “mainstream” (¡seguro ahora todo el mundo querrá imitarla!).

De todas maneras, la riqueza vino acompañada de una terrible presión y su carácter, que nunca fue muy estable, terminó por quebrarse, cayendo en las drogas. Primero la mariguana, luego la cocaína, el crac y la heroína. Su carrera declinó tanto que el director que la había descubierto le dijo:

― El problema son tus medidas, 93 – 61 – 94 no es lo adecuado para esta industria, quizá si te operases para llegar a 110 – 51 – 100…

Venus accedió, sin embargo su precario estado de salud y la poca asepsia de la clínica ilegal donde fue operada la liquidaron. La noche del 1 de mayo de 1996 murió víctima de una terrible infección en un quirófano pútrido de un suburbio de Los Ángeles.

La verdad es que yo nunca me llevé bien con ella – era demasiado mainstream para mí –, aunque no puedo negar que algunos de los consejos de belleza que me enseñó mientras estábamos en el Olimpo intercambiando opiniones acerca de su hijo Eneas, me han servido hasta hoy, por eso – y porque la señal de internet se cayó, impidiendo que pueda conectarme a Twitter – decidí escribir esta nada tendenciosa nota necrológica. Paz en su tumba.

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Montecassino

Bundesarchiv_Bild_146-2005-0004,_Italien,_Monte_CassinoLa tarde del 14 de febrero ocupé una casa abandonada cerca de Cassino; toda la gente del pueblo y sus alrededores había huido por los combates sostenidos entre alemanes y aliados. Yo sabía, gracias mis conexiones con oficiales estadounidenses, que se preparaba un ataque a gran escala para terminar de una vez por todas con una operación que, después de casi un mes, parecía destinada a convertirse en un verdadero fracaso.

Ver el desangre de mi Italia era doloroso y el agotamiento moral y físico me tenían al borde del suicidio. Luego de que me liberaron de una prisión – donde, por orden expresa de Mussolini, estuve encerrado desde poco antes de la Navidad de 1943 –, yo actuaba como oficial de enlace y periodista para las tropas aliadas.

Aquel día me separé de mi unidad para ir al campo y buscar a una familia de campesinos, viejos amigos míos, con el fin de advertirles del peligro que corrían. Sin embargo, no pude hallarlos y, agotado, me metí en una casa vacía para descansar.

De repente, unos gritos me hicieron saltar del catre y, convencido de que eran alemanes, desenfundé mi pistola al tiempo que echaba cuidadosamente un vistazo por una de las ventanas. Lo único que vi fue a dos hombres, apenas unos años más jóvenes que yo, discutiendo mientras una ragazza los contemplaba aterrada.

Salí sin guardar mi arma y les dije que se identificaran.

― ¡Lárguese, maldito fascista! – respondió uno de ellos.

― ¡Identifíquense o disparo! – hice una pausa y luego agregué –; estoy con los americanos.

― ¡No nos importa el país de sus jefes, todos son unos infelices!

La muchacha y el otro joven permanecían en silencio. En ese momento, pude ver que el hombre más agresivo llevaba un cuchillo.

― ¡Suelte su arma!

― ¡No lo haré! Este lío es entre este maledetto y yo, no tiene nada que ver con alemanes o americanos.

― ¡Señor, deténgalos! – intervino la ragazza –, la adivina me advirtió que mi vida se convertiría en una pesadilla cuando me enamorase…

― ¡Cállate, Adriana, no digas idioteces!

― No son idioteces, señor, ellos se quieren matar por celos, por… ¡porque no quiero escoger!

― ¡Que te calles!

― Aquí nadie se va a matar – dije, apuntándolos con mi pistola – entréguenme sus armas; ambos están arrestados.

― ¡Eso es lo que crees, fascista…! – exclamó el joven más violento, al tiempo que se abalanzaba sobre su rival con el cuchillo en alto.

Sin más opciones, disparé y el atacante cayó muerto.

La ragazza echó a correr, perdiéndose tras unos árboles. El otro muchacho y yo la buscamos pero la tierra se la había tragado.

Al anochecer, conduje al chico a un refugio y volví a integrarme a mi unidad.

 

B17overAbbeyEl 15 de febrero las tropas aliadas lanzaron un nuevo ataque sobre Montecassino. Los aviones bombardeaban con furia la abadía, pues el Alto Mando estaba convencido de que allí se habían atrincherado los Granaderos Panzer y los paracaidistas alemanes. Enseguida, los soldados británicos emprendieron el avance, siendo recibidos con la misma violencia de los días anteriores. La operación fue un fracaso.

 

El 18 de mayo, cuando finalmente los polacos pudieron tomar la colina, llegando hasta las ruinas del antiguo monasterio, lo único que hallaron, aparte de miles de cadáveres, fue a un par de médicos alemanes.

El jefe de la unidad en la que me encontraba recibió a los prisioneros y como él no hablaba alemán o italiano, me dijo que los interrogase. Ellos se sentían orgullosos del esfuerzo de sus compatriotas y explicaron que no se habían marchado por atender a los heridos, la mayoría campesinos sobrevivientes del bombardeo de febrero.

― Así es – dijo uno de ellos – en el monasterio solo estaba gente inocente que quiso refugiarse de la guerra en un lugar santo; sus aviones casi no nos hicieron daño, al contrario que a estos civiles, pero es el precio de la guerra, ¿no?

Aquel médico era un individuo extraño. A pesar de haberse quedado en ese lugar para ayudar a un grupo de gente desconocida, no parecía importarle la violencia o la muerte, solo cumplía su deber.

Al día siguiente, volví a hablar con él y me dijo que un herido en especial lo empujó a permanecer allí, mientras sus compatriotas se retiraban: una italianita hermosa a la que las esquirlas de un impacto de obús habían lastimado gravemente.

― Es curioso – comentó el alemán –, antes de morir creo que ella dijo: “la adivina me advirtió acerca del desamor”.