Biografía Apócrifa: el honorable Pulvapies

Honorable-Pulvapies-V2
¡Fotografía del político más limpio de la historia! Tomada de su propia página web.

1967 fue el único año en el que ese raquítico monstruo llamado “Democracia” no pudo decirse a sí mismo que era un fracaso.

Es una mañana tibia de julio. En la pequeña población de Picoazá, Manabí, la gente acude, con una mezcla de incertidumbre y aburrimiento, a las escuelas donde se han instalado centros de votación.

Una tras otra, las papeletas salen de las mesas electorales para entrar en las urnas, como violándolas. Los votantes, enajenados, desfilan por aquí y por allá firmando, tachando y volviendo a firmar…

Afuera, partidarios de uno u otro candidato para la junta parroquial aguardan ansiosos y, con disimulo de hiena, entregando de vez en cuando papeluchos con ofertas incumplibles.

Entre las arenas de ese desierto político, hombres con camisetas verdes se dedican a repartir volantes. “¡Es publicidad comercial!”, se defienden cuando los gendarmes les acusan de incumplir con las inefables normas electorales.

Pulvapies-1967
Una efectiva campaña electoral…

Y es verdad. En aquellas hojas solo se lee:

“PARA ALCALDE: ¡HONORABLE PULVAPIES!”

“VOTE POR CUALQUIER CANDIDATO, PERO SI QUIERE BIENESTAR E HIGIENE, ¡VOTE POR PULVAPIES!”

La gente, como no podía ser de otra manera, optó por el bienestar y la higiene.

Al hacer el conteo de votos, los funcionarios del Tribunal Electoral se dieron cuenta de que el alcalde elegido fue el honorable Pulvapies (sin tilde). Una doble proeza si se tiene en cuenta que Picoazá es una parroquia y, por lo mismo, no elige dignidades de tal índole.

Pulvapies-1970
¡El único realmente honorable!

Acaso esa victoria no tuvo trascendencia política, pero sí fue lo suficientemente llamativa para llegar hasta ese caníbal de la novedad que es el público estadounidense.

Los cazadores de noticias falsas incluso hoy invierten horas y esfuerzos para comprobar si la historia no fue más que un bulo o un error repetido por periódicos como el New York Times. La verdad es esquiva, sin embargo.

¿Los ecuatorianos confunden hasta a los cazadores de noticias falsas?

Lea la nota en los archivos del New York Times.

Nuevo empedrado para “La rue Morgue”

El nuevo tapiz de La rue Morgue es rojo porque roja tengo el alma y contigo perdí hasta mi calma... ¡Ejem, así no era!

El nuevo tapiz de La rue Morgue es rojo porque roja tengo el alma y contigo perdí hasta mi calma… ¡Ejem, así no era!

Este blog surgió de las cenizas del anterior, al que decidí incinerar cuando me percaté de que tanto sus textos como su título eran deficientes y kitsch.

De todas maneras, como no me resignaba a dejar el mundo bloguero di a luz a “La rue Morgue” – también deficiente y kitsch –. Al principio, convivieron ambas páginas pero, paulatinamente, abandoné la antigua para enfocarme en la nueva, aceptando, con más indiferencia que pena, que “Junto a la montaña y bajo la lluvia” había exhalado su último suspiro.

Un blog, sin importar el tema, es el reflejo de su autor y acaso esa sea la clave de aquel abandono.

Yo involucioné mucho – de hecho, aún lo hago – desde mayo de 2010, mes de creación de mi primera bitácora digital, hasta diciembre de 2011, cuando inventé “La rue Morgue”. Por ejemplo, había pasado de ser un lector de clásicos griegos y romanos, teatro isabelino, historia, Borges y novelas del siglo XIX a un morboso interesado en las crónicas españolas, las vanguardias europeas de los años veinte y treinta, Hoffmann y la mecánica cuántica. Había enfermado gravemente y, ahora lo sé, no tengo cura.

Naturalmente, todos los venenos consumidos se reflejaron en las cosas que escribía. El humor, alimentado por la patafísica, Queneau y Gómez de la Serna, impregnó mis textos, lo que me hizo abandonar el relato sobrio con aroma realista por la burla y el absurdo.

Luego apareció un veneno peor: la política. Me dediqué a escribir artículos de sátira donde los grandísimos… líderes latinoamericanos eran los protagonistas, pero, como es natural, pronto me aburrí y re – creé a “La rue Morgue”, fusionando el relato, la crónica y el artículo de opinión con la ironía y el absurdo.

Como el autor de esta crítica es tan considerado se dedicaba a insultarme en español e inglés para asegurarse de que lo entienda en cualquier idioma (faltó el esperanto, en todo caso).

Como el autor de esta crítica es tan considerado se dedicaba a insultarme en español e inglés para asegurarse de que lo entienda en cualquier idioma (faltó el esperanto, en todo caso).

Al principio de esta última etapa, los (per) seguidores, nacidos durante el periodo político, me dijeron varias cosas: mediocre, corrupto, arrogante, hijito de la “alta suciedad” – y de las putas – de la muy noble y leal ciudad de Quito, etcétera. De todas maneras, solo la pereza pudo detener por un tiempo la publicación de textos en “La rue Morgue”, contrario a la lluvia ácida de adjetivos y las posibles demandas judiciales, inocuas ante mi tozudez.

Desde hace unas semanas, los lectores frecuentes se habrán percatado de algunos cambios en este blog: colores, fuentes y diseño en general. En realidad todo eso solo es la punta del iceberg, no un simple capricho estético.

“La rue Morgue”, como fue diseñada originalmente, debe continuar pero se han vuelto necesarias algunas modificaciones para que la página siga siendo atractiva. Si bien se trata de un sitio personal, estoy convencido de que la aparición de voces foráneas – “actores invitados” – mejorarán mucho la calidad con perspectivas diferentes y, muchas veces, contrapuestas a las mías.

No se trata de un ejercicio democrático – ¡qué feo! –, sino de una idea que ha rondado por mi cabeza desde hace tiempo, una suerte de reto: pretendo que las “voces foráneas” asuman el desafío de escribir sobre temas a los que no están acostumbrados, sacándolos de la zona de confort. No sería justo, sin embargo, si yo no me someto al mismo reto, por lo que, una vez al mes, propondré un tema al invitado y el desafiado hará lo mismo conmigo.

Es un juego, pero también una oportunidad para convertir a “La rue Morgue” en un sitio interactivo y más interesante – además es el primer avance de un proyecto grande en el que estoy trabajando desde mi Baticueva. Por lo demás, no dejaré de publicar las sandeces a las que los he acostumbrado el resto de los días…

Finalmente, las personas que quieran participar pueden enviarme un mensaje explicando el porqué. La convocatoria estará abierta hasta el 28 de febrero y el primer texto se publicará en la segunda semana de marzo.

Gracias y fin del comunicado.

Variaciones de una demanda judicial

En 1947 Raymond Queneau publicó sus “Ejercicios de estilo”, libro en el que compilaba 99 variaciones de una escena opaca que presenció en un autobús parisino. A ese texto árido y desprovisto de detalles el escritor francés lo reconstruyó con diferentes tonos y técnicas.

Queneau era, aparte de literato, un matemático aficionado que perteneció a la Academia Francesa de aquella rama – además de la Academia Goncourt, la más prestigiosa de las letras galas – y un buen porcentaje de su trabajo se enfocó en la experimentación matemático – literaria.

 

Las mil caras de Raymond Queneau

Las mil caras de Queneau

Desde que actualicé este sitio, he recibido algunos correos preguntándome a qué me refiero con “perseguido por la justicia empresarial” en la sección donde explico quién soy.

Una simple crónica para explicarlo, sin embargo, no tendría sentido en un blog tan serio como La rue Morgue, de manera que, sin llegar a la estupenda cifra de 99, intentaré seguir el camino de Queneau, ofreciendo algunas variantes de lo ocurrido:

 

Notaciones.

Es mediodía. Un sujeto de piel cetrina pone un esferográfico y una carta de renuncia frente a otro de tez pálida, casi transparente. Este lo mira y le dice que no tiene pruebas para acusarlo de injurias. El sujeto de color cobrizo suda copiosamente y, tartamudeando, responde que no cabe la negación porque cualquiera puede comprobarlo en Twitter. El otro sonríe, toma la hoja y se dispone a salir con ella. Entonces, el de piel cetrina se pone a brincar a su lado, tratando de recuperar el papel que termina por romperse durante el forcejeo.

El pálido, dos semanas después, cambia de trabajo, aunque el nuevo es peligrosamente parecido al anterior.

 

Parábola de ciencia ficción.

Autómata.

Autómata con la misma vitalidad de un estudiante universitario que se alimenta con hamburguesas.

Al robot café se le fundió la tarjeta de procesamiento porque su dueño, un magnate de los váteres electrónicos, le exigió realizar una tarea demasiado compleja para su sistema: pensar por su propia cuenta.

El robot era prácticamente chatarra y solo por la exigencia del magnate, quien lo apreciaba tanto como a sus váteres, lograron convertirlo en mayordomo tras varios meses de composturas.

La última misión del autómata fue asesinar a un empleado de la fábrica de váteres. Al parecer, la sentencia se produjo porque a este se le ocurrió usar uno de los servicios higiénicos diseñados por el magnate y, al comprobar que no servía, lo publicó en la red holográfica.

El robot marrón fue a buscar a su víctima, pero antes de que pudiera cumplir su misión ordenó al empleado que le dejara ver el retrete. Su objetivo era destruir la evidencia del fracaso de su amo y al momento en que levantó la tapa, una poderosa descarga de electricidad proveniente del sistema de desagüe, terminó por fundir todos sus chips.

Lo último que se supo del empleado, después del incidente, es que fue a limpiar los retretes de otro magnate de los retretes.

 

Otra parábola (novela psicológica rusa).

Los duelos en Rusia, antes, tan populares; hoy, solo los practica Yugi Oh!

Los duelos en Rusia, antes tan populares; hoy, solo practicados por Yu-Gi-Oh!

Dimitri estaba frente a Volodia. Pocas horas antes había nevado y su aliento cálido salía de su boca transformado en neblina. Sentía una mezcla de miedo, odio y ansia. Miles de pensamientos se apiñaban en su cerebro y su corazón latía aceleradamente.

Recordó que el ermitaño Zósima le dijo, pocas horas antes, que la venganza no era el camino de un hombre que busca la redención… Pero ¿perdonar? ¿Acaso es admisible el perdón para un hombre que no fue capaz de aceptar una amistad desinteresada, cuyo único precio era agachar la cabeza y obedecer? A fin de cuentas, ¿no implica toda relación humana el renunciamiento a la dignidad individual a cambio del placer de no estar solo?

No cabía duda, el pálido era un enemigo peligroso, mas, no se sentía capaz de eliminarlo. Dimitri, pese a que no dudaba de que su deber era aniquilar a Volodia, le tenía terror a las consecuencias. No era capaz de asumir el rol de juez y verdugo; las palabras del ermitaño le martillaban la cabeza y el corazón. “¡La venganza no es redención, la venganza no es redención! ¡LA VENGANZA…!” ¿Y qué es la redención? ¿Existe siquiera?

De pronto, Volodia tomó la hoja que contenía la venganza de su rival e intentó llevársela, sin embargo, Dimitri pudo detenerlo. Hubo un forcejeo entre ambos contrincantes hasta que el papel se hizo añicos. Fue un empate.

A Volodia, pocos días después, otro Dimitri lo empleó. Los hombres amamos el fracaso.

 

Subjetivo (un punto de vista).

Mi gato hoy, mañana, siempre...

Mi gato ayer, hoy, mañana, siempre…

El pálido es tonto y feo. Yo soy una maravilla: lindo, inteligente y, pese a que no he leído ningún libro, periódico o revista, trabajo en una librería porque soy tan sabio como Osho. Entre otras cosas, sé que puedo usar a Twitter para expulsar a ese huevón de una empresa que no es mía.

Pero, ese pendejo es atrevido. Cuando le presenté su carta de renuncia obligatoriamente voluntaria, se atrevió a decirme que YO le estaba chantajeando y que eso es mucho más grave que cualquier injuria, sobre todo porque YO no tenía pruebas. Encima, fue tan descarado que intentó llevarse la carta de renuncia obligatoriamente voluntaria para que la revise su abogada. ¡Hijo de puta!

Tuve que rebajarme a su nivel y perseguirlo hasta la puerta para que me entregara su carta de renuncia obligatoriamente voluntaria que me pertenece porque YO la escribí. Como es obvio, con mi súper fuerza lo sometí y sé – rumores que a mí nunca me han interesado – que trabaja en otra librería limpiando el polvo de los estantes.

 

Animismo.

Garabatean sobre mí sin pudor. Me aruñan con sus lápices y sus esferográficos, espadas que hacen que me desangre con pintura azul, roja o negra. Mis hermanas y yo estamos acostumbradas, pero lo que me indigna es que ahora encima me jalan, me arrugan y finalmente me desechan solo porque sus caprichos les impiden recordar que soy frágil y que me rompo.

 

Traslación léxica[1]:

Sí, el ubí es una planta trepadora y no tiene nada que ver con un rubí.

Sí, el ubí es una planta trepadora y no tiene nada que ver con un rubí.

Es un médium, un sulfato de pierna cetrina que pone un esforrocino y un cartapel de renuncio fresal sobre otro que tiene una tía pálida, casi transparente. Este lo mira y le dice que no tiene psicastenia para acusarlo de injusticia. El sulfato de colorete cobrizo suda copiosamente y, tartamudeando, responde que no cabe el negatón porque cualquiera puede verlo en un ubí. El otro sonríe, toma el hojaldre y se dispone a salir con él. Entonces, el de pierna cetrina se pone a brincar en el ladrillal, tratando de recuperar la papelería que termina por romperse durante la forestación.

El pálido, dos semasiologías después, cambia de trabazón, aunque la nueva es peligrosamente parecida a la anterior.

 


 

[1] La traslación léxica es un ejercicio que consiste en reemplazar una palabra por otra siguiendo un método específico. En este caso opté por los sustantivos; el sistema se resume así: Sustantivo + 7, es decir, que la palabra escogida es el sustantivo que sigue inmediatamente a la séptima entrada del diccionario después de aquel que será cambiado.

2da. Mención Cuento Fantástico Concurso Equinoccio: “El sueño de la suerte”

Ron Mueck: "Máscara II"

“Máscara II” de Ron Mueck. Ilustración que acompaña a este relato publicado en la página CIENCIA FICCIÓN EN EL ECUADOR de Iván Rodrigo Mendizábal.

 

Por José Luis Barrera 

kirdzhali@gmail.com; hemingway_b@hotmail.com

2da. Mención, categoría Género Fantástico, I Concurso Equinoccio Ecuatoriano de Ciencia Ficción

(“Reblogueado” del sitio Ciencia Ficción en el Ecuador)

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José Luis Barrera. Nació en Quito el 16 de agosto de 1983. Participó en los Talleres Literarios de la Casa de la Cultura Ecuatoriana bajo la dirección del poeta Diego Velasco. En el año 2011 publicó un libro de relatos, El espejo de Mambruk (K-Oz), muchos de los cuales fueron escritos como parte de los ejercicios del taller. Otros de sus textos han sido publicados en antologías como Minimal (Efecto Alquimia, 2011). Actualmente mantiene un blog de literatura y humor titulado La rue Morgue.

(Originalmente publicado en el blog del escritor Fernando Naranjo Espinoza, Panóptico Galería Naranjo, Guayaquil, el 7 de mayo 2015)

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Benito Adolfo Gutiérrez fue entusiasmadísimo a la Conferencia de Jóvenes Naturalmente Estudiantes – COJONES –, en Ignorancia, la capital de la República de Estulticia, pero la primera ponencia era tan aburrida que se quedó dormido y no pudo volver a despertarse. Sus amigos probaron primero dándole ligeros empujones, luego violentos; echándole agua helada y caliente o propinándole puntapiés en la cara y en los genitales. Todo fue inútil: el otrora estudiante mediocre de Sociología de la Universidad Católica con aficiones políticas parecía un muerto; su cuerpo estaba completamente tieso y solo por sus ronquidos se podía alegar que la vida aún lo animaba.

La madre, una viuda de escasos recursos que había conseguido una beca para su vástago gracias a su empleo como jefa de limpieza de la universidad, clamó por ayuda para repatriar a su bello durmiente; nadie escuchaba sus ruegos, ni sus jesuíticos jefes ni los pocos familiares que la mujer tenía en Manabí. El drama estaba cobrando proporciones desastrosas porque un ministro de Estulticia dijo que: “la patria no puede hacerse cargo de un bulto que no es suyo”, ordenando que las autoridades policiales abandonasen al dormido en aguas internacionales si ninguno de sus compatriotas se hacía cargo de él en el transcurso de máximo setenta y dos horas.

El incidente se zanjó cuando el canciller ecuatoriano intervino ordenando que se sacaran fondos del erario nacional para repatriar al estudiante dormido “con el fin de que pueda reposar en el seno materno”.

La llegada de Benito Adolfo Gutiérrez a Quito fue un acontecimiento mediático de primer orden. La prensa local y extranjera se había dado cita en el nuevo aeropuerto de Tababela a las once en punto; sin embargo, no pudieron presenciar el arribo del avión hasta pasadas las doce por culpa del dios Eolo, quien tiene su mansión justo en esa zona del Ecuador.

La compuerta de pasajeros se abrió cuarto de hora antes de la una y, para decepción de los periodistas y de los curiosos en general, el dormido no hizo acto de presencia. Ante los gritos de protesta y enojo del público, tuvo que emerger de la aeronave el piloto para informar que Gutiérrez los estaba esperando en la sala de recepción de equipajes, pues él y su cama habían viajado con el resto de maletas.

Una multitud echó a correr en dirección de aquella sala encontrándose con una cama no mucho más grande que un ataúd en la que el joven de veintitrés años y piel cetrina reposaba plácidamente, ajeno a la gente y al ruido del aeropuerto. Las personas permanecieron estáticas frente al dormilón esperando quizá una reacción, mas, de repente, alguien los sacó de su éxtasis gritando: “¡es el Presidente!”

En efecto, en ese instante el primer mandatario se abría paso entre la multitud ayudado por sus cientos de miles de guardaespaldas y, levantando las manos para pedir que hicieran silencio, se puso a improvisar un hermoso discurso en el que se exhortaba a la juventud a seguir el ejemplo del joven Benito Adolfo Gutiérrez, “quien lucha incansablemente para mantener su sueño y al que ni las fuerzas anti–latinoamericanas lograrían someterlo a una vigilia vergonzosa”.

La gente allí reunida estalló en aplausos y luego voltearon a ver al estudiante con la esperanza de que aquel discurso hubiese tenido algún efecto sobre él. Este solo roncó. De todas maneras, el público luego de unos segundos de estupor bramó regocijado: era la pieza oratoria más excelsa de la historia.

Los alaridos de admiración y los aplausos no cesaron ni después de quince minutos y yo escuché que el presidente de la República, mientras salía discretamente, le ordenaba a uno de sus guardaespaldas que le pusiera “el ojo a ese mocoso porque puede cortar una pata del solio presidencial para que me vaya a la mierda…”

De la noche a la mañana, Gutiérrez se transformó en una celebridad. Lo invitaban a los programas de entrevistas serios y los no tan serios, le aparecieron amantes que él nunca había conocido e hijos que jamás engendró; incluso en una localidad de la provincia de Riobamba lo nombraron santo, endosándole milagros como curar ciegos o embarazar vírgenes sin tocarlas. Los empresarios nacionales también salieron beneficiados por la aparición del “Bello Durmiente” –como lo llamaban los periodistas en general desde su llegada a Quito–, manufacturando una gama de productos con su imagen que iban desde las camisetas y los “jabones para zonas íntimas” hasta unos cereales edulcorados que pretendían aniquilar el monopolio de Kellogg’s.

La madre de Benito Adolfo Gutiérrez, sin embargo, continuaba viviendo en medio de la pobreza sin que jamás hubiera visto un céntimo de toda la fortuna que hacían otros a costa de su hijo.

A este, por otra parte, los políticos, ávidos por conquistarlo para su bando, lo mantenían a cuerpo de rey sobre su cama aunque él solo respondiera con un ronquido despectivo a cualquier intento de seducción.

Si bien los placeres del poder no parecían llamar su atención, los de la carne sí: en varias ocasiones, damas de toda clase y reputación fueron sorprendidas saliendo de su cuarto en el Hotel Majestic –donde un miembro del partido de gobierno lo había encerrado en su anhelo de atraparlo para las próximas elecciones– y no era infrecuente que estas se enfrascaran en auténticos combates gatunos si es que se cruzaban en alguno de los pasillos.

Cierta mañana una comisión de miembros de un partido –cuya ideología era de derecha izquierdista central– se presentaron en la habitación de Benito Adolfo Gutiérrez con la propuesta de convertirlo en el próximo presidente de “la malhadada República del Ecuador”. Con un discurso lleno de circunloquios y palabras ridículamente anacrónicas le hicieron ver al durmiente que su participación representaba un hito en la historia de la patria y que no había existido desde los tiempos del general Eloy Alfaro una figura tan decisiva y con un porvenir tan brillante como el suyo. El homenajeado roncó y los políticos tomaron aquello como una aprobación sin condiciones.

A partir de ese instante el estudiante dormido y su cama fueron traslados de un rincón a otro de la República en el balde de camiones vetustos donde quedaba cubierto de esmog y, de vez en cuando, de lluvia, tierra y piedras.

El sueño de Gutiérrez, sin embargo, permanecía imperturbable. Sin importar si lo colocaban en el escenario de algún teatro de la gran ciudad o en una tarima rodeada de gallinas cluecas en medio de un pueblo de cuyo nombre nadie ha querido acordarse, el “Bello Durmiente” no daba la menor señal de vida, excepto por sus fuertes… fuertísimos ronquidos.

En un caserío de la costa ecuatoriana alguien le preguntó por un plan de contingencia en el caso de que se produjera una sequía como la que el año anterior que aniquiló a los cultivos de arroz.

—¡AAAAAAARRRRRRRRR! – fue la respuesta.

En la capital le averiguaron su opinión sobre el nivel independencia que deben mantener los gobiernos seccionales con respecto del gobierno central.

—¡AAAAAAAAAARRRRRRRRRRR! ¡AAAAAARRRRRG! – contestó el interpelado.

En un mitin de los candidatos de la lista para asambleístas clamaron por su intervención.

—¡AAAAAAAAAAAAAARRRRRRRRRR! ¡AAAAAAAAAAAAAARRRRRRGG! – dijo el candidato estrella una vez más.

Y así la campaña transcurrió entre ronquidos, bostezos y cabezadas; ¡nunca había sido tan lúcida la política ecuatoriana como durante esos meses!

Cierto día la prensa gobiernista amaneció con una noticia a siete columnas y en primera página: “LOS ESTUDIANTES ESTÁN HARTOS DE LA DEMAGOGIA: SE ANUNCIA EL AMANECER DEL DURMIENTE”. El texto informaba que un grupo de universitarios, cansados de la campaña de Benito Adolfo Gutiérrez boicotearían un evento en el teatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central, sacando a la luz “los trapos sucios de ese corrupto”. En seguida el Presidente de la República proclamó su apoyo irrestricto a esos valientes defensores de la patria.

Sin embargo, durante los primeros treinta minutos del acto, los ronquidos armónicos del “Bello Durmiente” no fueron interrumpidos por nadie y muchos supusimos que esa publicación era el último intento de la Secretaría de Comunicación por vencer a un rival que las encuestas daban por ganador indiscutible.

Cuando la catarata de ronquidos iba a finalizar una muchacha lanzó un zapato contra el candidato de la derecha izquierdista central y, acto seguido, hicieron lo mismo treinta estudiantes, dejando a Gutiérrez literalmente sepultado bajo el cuero.

Sus coidearios se apresuraron a sacarlo, descubriendo consternados que el “Bello Durmiente” finalmente había despertado.

El despertar de un buen sueño transforma a la realidad en pesadilla y para Benito Adolfo Gutiérrez esa fue una realidad terrible: de la noche a la mañana pasó de ser una celebridad, un político brillante y el mejor amante del mundo a un donnadie. Todo su carisma había desaparecido con su despertar y la gente lo rechazaba, su popularidad se fue a pique y sus coidearios optaron por cambiar a su candidato presidencial.

Naturalmente fracasaron y el gobiernista, que criticaba la posición de derecha izquierdista central de su contendiente desde su línea de izquierda derechista central, avasalló a la oposición sin problemas.

Mientras tanto, el ex –“Bello Durmiente”, destrozado por su fracaso, buscaba refugio en las drogas y el licor, aunque nada parecía satisfacerlo.

Las mujeres ahora no solo que lo ignoraban, sino que le huían asqueadas, y tanto políticos como viejos amigos hacían lo posible por no cruzarse en su camino.

Una noche lo encontré en un bar ahogando sus penas con aguardiente.

—¿No quiere un trago? —me dijo con tono plañidero.

En otras circunstancias me hubiese negado, pero un ídolo en desgracia es un tema que mueve a la curiosidad. Me contó, pensando que no lo reconocía, toda su historia –fragmentaria para él gracias a su largo sueño– y, al final, dijo que barajaba la posibilidad del suicidio.

—No es justo que me pase esto; desde niño aspiré a la fama y el éxito y cuando por fin los conseguí ni siquiera pude disfrutarlos porque estaba dormido; es como un sueño o peor, porque esos, al menos mientras duran, proporcionan placer… ¡Yo no me acuerdo ni de las mujeres que me tiré!

Bebimos hasta las cuatro de la mañana, luego el cantinero nos echó.

—¡Me largo, ya es hora de que me vaya a dormir!

Su tono me hizo pensar que había tomado una decisión fatal e intenté disuadirlo, pero él me rechazó alegando que era incapaz de comprenderlo. En seguida se fue dándome un empujón.

Lo seguí. Parecía que caminaba sin un rumbo fijo, tambaleándose por la borrachera. De pronto, nos metimos por una callejuela que iba a dar en la loma del Itchimbía y, aún con el cerebro nublado por el aguardiente, me puse a reflexionar. ¿Vivía él allí? ¿O quizá su madre?

Mientras divagaba arribamos a una zona donde a un lado de la calle se encontraba un barranco. Comprendí todo: pretendía despeñarse.

—¡Deténgase!

—¡No se meta, pendejo! —exclamó, al tiempo que echaba a correr en medio de la calle—. ¡Es mi vida…!

En ese instante escuché una sirena, alcanzando apenas a lanzarme sobre la vereda antes de que una ambulancia, que bajaba de lo más alto de la loma a toda velocidad, me arrollara. Benito Adolfo Gutiérrez, en cambio, fue impulsado al menos unos veinte metros antes de caer al asfalto dando tumbos. Murió al instante.

Esa noche pasé en un retén policial rindiendo declaraciones, mientras una escritora de cierto periódico sensacionalista costeño –único medio interesado en la historia– me miraba de vez en cuando con expresión de repugnancia y apuntaba en su libreta lo que yo o el gendarme decíamos. Alcancé a leer en una de las hojas: “Posible título: ‘OTRO ALCOHÓLICO QUE NO DESCANSARÁ EN PAZ’ ”.

ruco

“Ruco”. Ilustración de Fernando Naranjo, organizador del concurso, para el cuento, originalmente publicado en su sitio PANÓPTICO GALERÍA NARANJO.

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ACTA DEL JURADO DEL I CONCURSO ECUATORIANO DE LITERATURA FANTÁSTICA Y CIENCIA FICCIÓN EQUINOCCIO 2014

El día 21.03.2015, en Guayaqui, República del Ecuador, Fernando Naranjo, co-organizador de la Tertulia Guayaquileña de Ciencia Ficción, Fantasía y Terror y coordinadora del Concurso Equinoccio, recibió y contabilizó el puntaje enviado por el jurado del I Concurso Ecuatoriano de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción Equinoccio, conformado por (en orden alfabético):

Laura Ponce, República Argentina

José Miguel Sánchez “YOSS”, Cuba

Fernando Naranjo Espinoza, Ecuador

Tras la preselección de un total de 43 cuentos de fantasía y de ciencia ficción enviados a este buzón, se llegó a un total de 3 finalistas para cada modalidad. Dando como resultado el siguiente veredicto:

CATEGORÍA CIENCIA FICCIÓN

Ganador: YA NADIE CREE EN SUPERHÉROES / Daniel F. Benavides Cornejo (danielbenavides@gmail.com)

1era. Mención: EL MECÁNICO / Antonio José Zapater Cardoso (dys_ec@yahoo.com)

2da. Mención: BOTONES ROTOS / Dumany Omar Chapi Enríquez (paul_renato32@hotmail.com, donomardelamancha@gmail.com)

CATEGORÍA GÉNERO FANTÁSTICO

Ganador: LA TRAVESÍA DEL ALMA / Bryan Andrés Pico Mayorga (andres.beak@gmail.com)

1era. Mención: HUGO, NUESTRO ROJO SEÑOR / Gabriel Noriega Ormaza (gabriel.nrg@gmail.com)

2da. Mención: EL SUEÑO DE LA SUERTE / José Luis Barrera (kirdzhali@gmail.com; hemingway_b@hotmail.com)

Agradecemos a todos los escritores presentados su participación e interés y les invitamos a posteriores ediciones de este concurso. Agradecemos también especialmente a Raúl Aguiar de Cuba, quien colaboró efectivamente en la etapa de motivación para la estructuración de este concurso.

Guayaquil, 21.03.2015

Fernando Naranjo Espinoza

Co-Organizador de la Tertulia Guayaquileña de Ciencia Ficción, Fantasía y Terror

Coordinador General del I Concurso Ecuatoriano de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción Solsticios

Paris ya no era una fiesta

metro de París

Era las nueve de la noche. Iba a bajarme en la plaza Vendôme justo cuando irrumpiste en el metro. Pude ver la decepción en tus ojos al notar que era el único ocupante, sin embargo, estabas decidido a cumplir con tus planes pese al contratiempo.

Me insultaste, ordenando que no me moviera.

Obedecí y, en ese momento, supe, por tu expresión, que de alguna forma habías descubierto mi identidad. Tu entusiasmo se renovaba.

El metro no se detenía, el chirrido de las ruedas y los rieles me parecieron un réquiem. Cerré los ojos mientras soltabas una nueva serie de insultos, salpicados de referencias al paraíso y a las huríes.

Reí. Furioso, mostraste el chaleco de explosivos, informándome que nadie iba a salvarme porque tus compañeros se habían encargado de impedir que las fuerzas de seguridad intervengan.

Solo atiné a decir que no te juzgaba y que haría lo mismo.

Nos miramos por unos instantes sin agregar palabra, luego activaste el explosivo. Fueron apenas unos segundos los que se demoró en explotar, pero los suficientes para explicarte que sabía que, tarde o temprano, los humanos iban a matarme a mí, a Dios.

Trasplante de gato

razas-gatos-persa

Julián se despertó en el cuerpo del gato a eso de las tres de la tarde. La operación había durado cinco horas y varias veces estuvo a punto de morir en el quirófano, sin embargo siempre logró superar las crisis.

La idea la tuvo Carmen, una chica que lo rechazaba porque no era “tan dulce como un gato”.

Cierta mañana, le dijo que había visto en la televisión la historia de un médico de Kazajistán que estaba realizando en el país trasplantes de conciencias humanas a cuerpos de perros, burros, vacas, ovejas, etc.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo funcionan aquellas operaciones, tampoco importa. El caso es que Julián terminó en el cuerpo de un gato persa de color marrón.

Pasado el tiempo de recuperación, Carmen llevó a su novio/mascota a su casa y el sueño de este se hizo realidad: ella le hacía caricias, le daba de comer y le permitía dormir a su lado.

Las primeras semanas fueron de ensueño. Ambos estaban completamente enamorados, aunque a veces surgían pequeños problemas, por ejemplo: Julián detestaba usar el arenero en vez del retrete y comer bolas con sabor a pescado y no bistec. De todas maneras, el amor lo sanaba todo.

Sin embargo, los líos empezaron precisamente por culpa de la pasión. Una noche, Carmen estaba dormida y su novio/mascota despertó de pronto, víctima de una libido insoportable. Se puso cariñoso, lamiendo la cara, el cuello y el pecho de la muchacha, sin lograr que despertase, pero, cuando intentó encaramarse sobre el pubis, el sueño dio paso a un alarido y un golpe. El gato Julián salió disparado, estampándose contra la pared.

Ese fue el fin de la luna de miel. Carmen, otrora muy cuidadosa, empezó a “olvidarse” que debía ponerle alimento, primero a la hora del desayuno, después en el desayuno y el almuerzo y finalmente durante todo el día.

No le permitía dormir en su cama y se encerraba en su habitación o a veces ni siquiera iba a dormir en casa.

El novio/mascota hizo lo posible por recuperar a Carmen, mas fue inútil. Ella no quería saber nada del “gato degenerado”.

Julián comprendió que solo quedaba una alternativa: buscar al médico para que le devolviese su cuerpo.

Escapó de la casa de Carmen y caminó casi hasta el amanecer buscando al médico, quien lo recibió furioso – no se levantaba antes de las diez, salvo que tuviera que hacer alguna cirugía –, aunque se calmó pronto ante la perspectiva de experimentar nuevamente sobre el gato Julián.

Admitió que jamás había intentado devolver la conciencia a su cuerpo original, pero que si el paciente estaba dispuesto a correr el riesgo y, sobre todo, los gastos – ¡elevadísimos! – lo intentaría. Julián aceptó.

La segunda operación duró el doble que la primera, pero fue un éxito o casi porque desde ese día Julián – con su cuerpo completamente humano – ya no tiene problemas para usar el arenero en vez del váter.

El brillo de la fogata

fogata

La mujer estaba sola aquella noche, su esposo había salido al mediodía, horas antes de que empezara la tempestad. El viento, el agua y el granizo azotaban los cristales de las ventanas.

Un golpe en la puerta principal hizo que se sobresaltara.

Luego, silencio.

— ¿Carlos? – dijo acercándose.

La única contestación fue un nuevo golpe. La mujer no iba a abrir, pero luego pensó que quizá su marido estaría empapándose fuera por culpa de su miedo. Tímidamente, quitó el cerrojo. En seguida un hombre entró empujándola.

No era Carlos.

El extraño echó seguro en la puerta y le dijo que no se asustara, que no quería nada de ella, solo refugiarse del frío hasta el amanecer. La mujer se quedó mirándolo boquiabierta.

Reaccionando, fue hasta la cocina y le trajo una botella de aguardiente y un vaso. El extraño se puso a beber. La mujer, entonces, le ofreció ropa seca.

Después de cambiarse, el hombre se puso a beber el resto del aguardiente.

Por fin, la tormenta se detuvo.

— Me van a matar, ¿sabe? – dijo él.

La mujer no hizo ningún comentario. Calentó la comida que había sobrado del almuerzo, sirviéndosela al extraño, quien la engullía sin disfrutarla, casi por compromiso.

De pronto, se puso de pie.

— ¿Oye eso?

Escucharon algo parecido al ruido que hace un enjambre de abejas. Ambos supieron que la visita no duraría hasta el amanecer.

— ¿Cómo se llama su libro? – dijo ella.

El extraño sonrió, esa mujer había comprendido todo. Sin decirle nada, salió de la casa y el enjambre de abejas se transformó en una turba de gente que gritaba enfurecida.

El brillo de una gran fogata alumbró la noche.

¿Hubo quejas? Si fue así, la mujer no pudo reconocerlas entre el ruido que hacía la turba, pero pensó que es correcto quemar a los escritores para evitar que sigan escribiendo libros.

 


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