El Caballero

Finalmente, el Caballero se desplomó en la arena, estaba vencido, su cuerpo no podía moverse más. De la nada surgieron dos buitres que empezaron a volar en círculos sobre él. Todavía recordaba a Diotima – la mujer con la que prometió casarse –, su piel tersa, sus labios dulces y su mirada penetrante, pero todas eran imágenes nebulosas, como las de un sueño. Suspirando, hizo una plegaria y se durmió.

Al despertar, sin embargo, el infinito desierto había desaparecido para dar paso a un valle con frondosos árboles frutales, pájaros de múltiples variedades y un cristalino riachuelo que fluía a pocos pasos de él. Como un loco, se lanzó con las fuerzas que le quedaban, bebiendo hasta quedar saciado.

Se recostó satisfecho y mientras empezaba a dormirse, agradeció a Dios por aquel milagro.

La mañana siguiente, se puso a la tarea de explorar la campiña y, repentinamente, encontró lo que tanto buscaba: la rosa azul, la cual se hallaba en el centro de una pequeña meseta, rodeada de cientos o miles de flores de tipos inimaginables, desde claveles hasta violetas.

Lloró, al tiempo que se abría paso por el mágico bosquecillo, y luego, tras coger la rosa, la contempló por unos instantes, hasta que un rugido le hizo volverse: una horrible criatura con cuerpo de león y cabeza de hombre lo acechaba.

El Caballero comprendió que su viaje había sido en vano, que  no estaba destinado a poseer la flor. Sin armas, era incapaz de defenderse, así que cerró los ojos, preparándose para morir.

— ¡Despierta, Friederich, despierta! – dijo alguien, repentinamente.

Despegó los párpados. Estaba en una pequeña habitación, recostado en un camastro duro y un desconocido lo contemplaba con extrañeza.

— ¿Quién soy?, ¿dónde me encuentro? – preguntó.

— Eres Friederich, Friederich Hölderlin y ésta es la torre donde has vivido por cinco años.

El Ministerio

El señor Magog era funcionario del Ministerio de los Deseos en la República Democrática de Estulticia. Su trabajo consistía en censurar y destruir cualquier clase de impulso anómalo que pudiera tener un ciudadano.

Para cumplir con este fin, utilizaba una máquina diseñada por los ingenieros del gobierno, cuyo mecanismo, después de succionar al delincuente, lo convertía en fertilizante.

La tarea no fastidiaba a Magog. Enfundado en un impecable traje, acudía cada mañana al Ministerio, donde siempre encontraba a un crecido grupo de infractores que aguardaban su castigo.

Él nunca había roto una regla. No sabía que era el amor o la ambición, el sexo y el vino le parecían ridículos y el conocimiento, innecesario. Al igual que el resto de ciudadanos de Estulticia, se conformaba con un plato de comida, tres vasos de agua  y un techo. No conocía la felicidad, por eso no la necesitaba.

Sin embargo, las cosas cambiaron cuando una muchacha fue contratada para trabajar en su oficina. Ella era tan hermosa que le provocó un corto circuito en el cerebro a Magog.

Ignorante en esos temas, supuso que había enfermado y que la mujer era la fuente del contagio.

Después de que el radar de la máquina pitara, sacándolo de un sueño en el que la veía desnuda, comprendió la gravedad de su situación.

Como nunca antes, tuvo que mentir e incluso manipular aquel aparato para salvar su vida, con la esperanza de que el tiempo lo ayudaría a reprimir su instinto. Absurdo error: transcurrida una semana, el hombrecillo del traje italiano había sido derrotado por el peor de los delitos contra el Estado: la libido.

Intentó atraer a la joven a su despacho para saciarse. Como fue imposible, quiso forzarla, pero ella pudo evadirse, activando el aparato del gobierno que succionó a Magog y lo transformó en fertilizante.

Los República Democrática de Estulticia tuvo que gastar ingentes recursos en la fabricación de un nuevo artefacto para controlar los instintos. El anterior, al devorar a Magog, se sobrecargó, sufriendo una avería irreparable.

A minutos de la ejecución

Le 19 janvier 1870

De repente se oyó un fuerte ruido de ruedas;

y al cabo de unos instantes se nos informó que había

llegado la guillotina.

Todos nos lanzamos a la calle,

¡como si nos alegrásemos de la noticia!

I. S. Turguéniev

La ejecución de Troppmann

Troppmann miró al grupo de curiosos que lo rodeaban con ironía y lástima. ¿Qué deseaban de él?, ¿por qué hurgaban en su intimidad?

— Caballero – le dijo el mismo anciano que, unos minutos antes, le había colocado las correas de cuero en los brazos –, le suplico que se siente, de otra manera, no puedo proseguir…

Él asintió, acomodándose enseguida en un rústico banco de madera, único mobiliario de aquella estancia. El viejecillo, luego de extraer unas tijeras de su bolsa, se dedicó a recortar el cuello de su camisa.

“¡Maldición! – pensó el condenado –. ¿Tienen que dañar mi ropa?”

La operación duró unos cinco minutos, durante los cuales tuvo tiempo para reflexionar con tranquilidad, aprovechando el silencio que se había impuesto entre sus acompañantes. Sus pensamientos, en todo caso, no eran lúgubres sino banales y hasta absurdos; al parecer, aún no comprendía que estaba a punto de morir. Le preocupaba menos la guillotina que el frío, su camisa destruida o aquel hombre de estatura considerable y de cabellos blancos al que alguien llamó monsieur Turguéniev.

“Seguro que no es francés; parece ruso… No entiendo por qué me mira así, con inquietud, con tristeza…”

— ¡De pie! – Ordenó, de repente, un hombre físicamente muy parecido al extranjero que llamaba la atención de Troppmann –.Ya es la hora.

— ¿Insiste en decir que usted no fue el asesino sino un cómplice? – Intervino el inspector de policía.

— Sí.

— ¿No desea revelar los nombres de los asesinos?

— ¡No, no, no!

— Está bien, entonces, ¡qué Dios se apiade de su alma!

El condenado murmuró algo que nadie pudo comprender, al mismo tiempo que franqueaba la puerta con paso firme y rodeado por un grupo de soldados. El resto los siguió.

El corredor que comunicaba el salón dedicado al aseo de los delincuentes con la puerta principal, era oscuro y estrecho. Todos – prisionero, soldados, policía, visitantes –  daban la impresión de haberse convertido en un extravagante testudo romano.

Troppmann sentía en su cuello el aliento cálido de los que caminaban tras él. Sonriendo, se preguntó si el verdadero infierno era igual al descrito por el capellán.

Llegaron a la puerta; la luz pálida de aquella mañana de invierno les dio la bienvenida.

“¿En verdad voy a morir? – reflexionó el condenado, que se había detenido a contemplar la guillotina –. ¿Debo tener miedo?”

— ¡Sí! – exclamó una voz áspera, cavernosa.

— ¿Quién dijo eso? – tenía la boca seca.

— ¿A qué se refiere, Troppmann? – quiso saber uno de los guardias.

— Pensé que… No es nada.

El soldado lo empujó para que subiera al cadalso. Arriba, cayó de rodillas frente a aquel artefacto que iba a segar su vida y antes de que el verdugo le obligara a inclinarse, miró al monsieur ruso, quien permanecía de espaldas, evitando ser testigo del desenlace.

— Creo que no se siente bien – murmuró el delincuente –; seguro que es un buen hombre…

Unos instantes después, Turguéniev escuchó un golpe seco y comprendió que todo había terminado.

El sueño soñado

Siempre estuve enamorado de Cristina, por eso, cuando me telefoneó, invitándome a su casa; no dudé en aceptar. Sin embargo, había algo extraño en su voz, algo indefinible que me dejó perplejo.

— Necesito hablar contigo, es importante.

Pregunté de qué se trataba, pero, sin responderme, se puso a narrar un sueño que tuvo la noche anterior.

— … Yo era Chuang Tzu que soñaba que era una mariposa, la cual, en su vuelo, recorría una verde pradera, llena de rosas y tulipanes; de pronto, abría los ojos, convertida, otra vez, en el pensador chino, quien, desesperado, dijo algo que soy incapaz de recordar, pero que me puso tan nerviosa que desperté… Más tarde te cuento todo con detalle, no demores…

Llegué a su casa puntualmente. La puerta estaba abierta. Me dirigí a su habitación; no había la menor señal de Cristina, sin embargo, una mariposa roja apareció, posándose por unos segundos en mi hombro. Luego, aleteando con tristeza, se marchó…

El alfil rebelde

Asistí a la final del Campeonato Nacional de Ajedrez movido por la curiosidad que me despertaban los dos contendientes. El uno, Daniel Vega, campeón defensor, era un profesor de matemáticas, que había dedicado toda su vida al estudio de la ley de probabilidades. Su comportamiento era apático, frío, ordenado – igual que su forma de jugar –, aunque en ciertos momentos se podía descubrir en su rostro una fugaz expresión de arrogancia y desprecio hacia los demás.

Por otro lado, Emilio Cervera, su contendor, era un hombre corpulento, bilioso, enamorado del ajedrez desde que lo descubrió en la academia militar, mientras se preparaba para oficial. Para él, cada pieza parecía tener un significado místico, de manera que hasta consultaba con su alfil, antes de efectuar cualquier jugada.

Pasadas tres horas, el público era presa de una mezcla de cansancio y expectación. Ambos rivales no conseguían realizar un solo movimiento definitivo, pues cualquier intento era bloqueado enseguida con una facilidad impresionante.

El ambiente del salón era frío, opaco y aunque la mayoría espectadores deseaba que el juego terminase, nadie se movía de su asiento, convencido de que algo extraordinario estaba por ocurrir.

Los contendientes, por otro lado, casi ni se miraban y apenas habían cruzado un par de palabras para saludar, al comienzo de la partida.

De pronto, Cervera realizó un magnífico movimiento con su caballo, poniendo en jaque al rey de su rival. Éste, por primera vez en el juego, pareció perder por unos minutos la serenidad, luego de los cuales, salió del apuro, moviendo una torre.

— Dos jugadas más… – dijo, con una sonrisa burlona.

Cervera no respondió, dedicándose a mirar obstinadamente uno de sus alfiles.

— ¡Ja, ja, ja! – rió, como si repentinamente hubiera enloquecido –. Tiene usted razón, mi amigo dice que he perdido.

— ¿Su amigo?

— El alfil, ¿no lo ve?

— ¡Deje de hablar estupideces y juegue!

El retador, cuyas manos y piernas temblaban ligeramente, movió un peón.

— Se ha dado por vencido, ¿verdad? – interrogó Vega, al mismo tiempo que hacía avanzar a su caballo.

Cervera no dijo nada, pero sus ojos denotaban terror, locura. De pronto, con el dorso de la mano, derribó al rey, cayendo, luego, desmayado.

— Es natural, no podía soportar mucho tiempo más esta presión – afirmó Vega.

Me levanté de mi asiento para ayudar al retador, sin embargo, uno de mis vecinos me detuvo.

— No entiendo por qué se rindió.

— Estaba acabado, no podía hacer nada más; pero eso no importa, debemos…

— ¿Qué quiere decir con que estaba acabado? ¡Fíjese! – dijo, señalando un alfil –. Si lo movía, ganaba.

Miré el tablero. Aquel extraño tenía razón.

— Pero, ¿qué pasó, entonces?

— No lo sé, joven, tal vez el alfil no se quiso mover – afirmó, sonriendo con tranquilidad.

En una tierra sin nombre

Sucedió lejos de aquí,
en una tierra sin nombre,
donde la ley nada puede
contra el cariño de un hombre.

“Tierra sin nombre”

José Alfredo Jiménez

Era una mañana calurosa, no soplaba el viento y era casi imposible respirar. Nadie caminaba por las calles, por lo que el pueblo daba la impresión de estar abandonado. Me dirigí al único bar de la localidad y encontré en éste a la mayoría de los hombres del pueblo, que habían acudido en busca de sombra y de una bebida fría; de hecho, la barra y todas las mesas estaban ocupadas.

Volví sobre mis pasos, resignado a refugiarme en la habitación del hotel, cuando un individuo ebrio y de aspecto desgarbado me llamó:

— Oiga, gringo, ¿habla español?

— No soy gringo.

— ¡Ja! ¡Un gringo coterráneo! ¡Qué cosa más extraña! – repuso con cierto retintín –. ¿Por qué no se sienta conmigo?

Acepté, la verdad es que hubiera preferido marcharme, pero el ambiente del bar, a pesar de la cantidad de personas, era fresco y reconfortante.

— ¿Qué le trajo a este basurero? – preguntó, después de invitarme a beber un jarro de cerveza.

— Nada en especial; quería conocer este pueblo.

— ¡Debe estar arrepentido! – sonrió burlonamente.

— La verdad, no.

El hombre permaneció en silencio por un tiempo prolongado.

— ¿Quiere que le cuente algo? – preguntó, al fin –. ¡Estoy harto de vivir aquí! No hay una sola persona que valga la pena, todos son unos miserables.

— Bueno, en cualquier lugar…

— ¡No, no, no! ¡Aquí es peor!

Bebió otro jarro de cerveza y luego me dijo que sus paisanos eran gente desagradable, acostumbrada a vivir del chisme y de la calumnia, sin que les importara las consecuencias de sus actos.

— Pero eso no es lo peor, la hipocresía es lo más repugnante… Hipocresía como la de esas mujeres que siempre hablan de pureza y que… ¡Mejor me callo! ¿Otro trago?

Al anochecer, el hombre, en completo estado de embriaguez, se levantó de la mesa, extendiéndome la mano derecha.

— Un gusto conversar con usted, gringo coterráneo – dijo, mientras caminaba hacia la salida –. ¡Casi lo olvido! Hoy, a las nueve, se casa una amiga en la iglesia del pueblo; vaya, está invitado, le garantizo que no se arrepentirá.

Acudí a la iglesia, empujado por la curiosidad. A las nueve y cuarto, el automóvil de la novia se detuvo frente a la entrada y ésta bajó, radiante, con un vestido blanco, largísimo y de encajes. Realmente, era hermosa. Su futuro marido, por otra parte, esperaba en el templo. Cuando nos disponíamos a entrar, una voz aguardentosa hizo que nos detuviéramos:

— Julia, ¡tú te quedas!

Era el hombre del bar, con una pistola en la mano.

— ¿Estás loco? – exclamó la novia.

El hombre no dijo nada y, elevando el arma, disparó dos veces contra ella. Enseguida, la muchacha, inconsciente, rodó los peldaños del atrio, mientras, el asesino corría a abrazarla.

— ¿Por qué lo escogiste a él? Si no me hubieras engañado, estaríamos juntos, felices y, sobre todo, vivos… – balbuceó como un loco, con los ojos desencajados

La rosa azul de Novalis

MICRORELATO.

La mayor obsesión de Novalis fue la rosa azul, símbolo de la belleza inefable. Durante todo su vida la buscó, convencido de que la poesía y el amor eran los únicos caminos para hallarla.

Sin embargo, los años transcurrieron y la flor se mantenía esquiva, de manera que, cada vez más, se sumía en la desesperación. Durante ese tiempo, Sophie von Kühn, el amor de su vida, murió, haciendo su tristeza casi incontrolable.

Mientras administraba las minas de Weissenfels, en 1801, la tuberculosis – la misma enfermedad de su amada – se manifestó con fuerza. Postrado en la cama, la noche del veinticuatro de marzo, tuvo un acceso de tos y de fiebre que no le permitió dormir.

De pronto, cuando estaba a punto de salir el sol, se produjo el milagro: la rosa azul apareció. Flotaba sobre la cabeza de Novalis, rodeada de un halo tan brillante que hería sus ojos.

Con el último arresto de fuerzas, la tomó, sintiendo que su cuerpo era invadido por una calidez reconfortante, mágica. En ese momento, pudo ver también a Sophie, que, con una sonrisa dibujada en el rostro, lo esperaba…

— ¡Ya voy! – dijo, desplomándose en la cama inconsciente.

Algunas horas después, el criado encontró a su amo muerto y sosteniendo en la mano derecha una rosa negra.