Señor Asno, Ministro

ADVERTENCIA:

Todos los personajes de esta historia son ficticios;

el autor no se ha inspirado en ningún burro real

para su creación.

Los síntomas de la extraña enfermedad que Domínguez había adquirido en la selva amazónica tardaron algunos años en manifestarse. El médico le dijo que era natural que no se hubiera percatado de su condición porque la bacteria, luego de alojarse en el tracto respiratorio inferior, suele entrar en un período de hibernación de cuarenta meses durante los cuales su víctima, en apariencia, se encuentra perfectamente saludable.

— Pero, ¿debe existir una cura? – exclamó el enfermo, estremeciéndose por el recuerdo de las purulentas llagas que cubrían su cuerpo.

— Debo ser sincero con usted: no la hay.

— Entonces, ¿voy a morir?

— Bueno, existe una posibilidad, aunque es mínima y requiere de una operación complicadísima…

— No importa, doctor, haré lo que sea.

— Sin embargo debe saber que…

— Le digo que no me importa, lo único que quiero es que estas asquerosas llagas desaparezcan de una vez.

— Desaparecerán, señor Domínguez, desaparecerán – afirmó el médico sonriendo.

De todas maneras los resultados no fueron satisfactorios. Al menos no para el paciente, quien descubrió que la única forma de salvar su vida había sido trasladar su cerebro a otro cuerpo y dado que en estos casos los donantes voluntarios no abundan, se escogió como huésped a un perezoso burro del que su dueño se deshizo sin rechistar.

Las primeras semanas fueron una verdadera tortura para el asno. En su casa, su familia se rehusaba a aceptar que su bruto jefe de familia quería dormir parado y que para desayunar prefería una buena porción de heno en vez de una tortilla de huevos. Lo más grave, sin embargo, fue el rechazo de su mujer, quien, cada vez que él intentaba demostrarle afecto, se alejaba espantada.

«¿Por qué será?; es cierto que tengo unos dientes enormes y amarillos, una lengua pastosa y demasiado grande», hizo una pausa y continuó reflexionando, «mi labio inferior es belfo y babeo de vez en cuando; fuera de eso, soy un perfecto burro».

El caso es que ni estas razones disuadieron a su cónyuge de exigirle el divorcio.

Domínguez se sintió acabado. De buena gana se hubiera pegado un tiro, pero era incapaz de usar un arma por su cuenta y nadie quería cooperar con él.

Cierto día, mientras reposaba frente al televisor, escuchó a un astuto político que, tras desertar de su viejo partido, estaba formando uno propio e invitaba a la ciudadanía a afiliarse y colaborar en «la creación de un futuro brillante para la patria».

«¿Qué puedo perder?», pensó Domínguez, recuperando el brillo de los ojos.

Sin dudarlo más, fue a la oficina del político y éste, al principio sorprendido y luego encantado, le ayudó a llenar la hoja de afiliación.

En pocos días, la noticia de que un asno se dedicaba a la política se regó en cada rincón de la República Democrática de Estulticia y muchos se preguntaron si ésa no sería la solución que tanto esperaban.

Así, en las siguientes elecciones, Domínguez fue elegido diputado por una mayoría abrumadora y ya en el Congreso nadie dudó que era el indicado para el cargo de Primer Ministro.

El inicio de su mandato fue muy agitado. La creación de nuevas leyes – cientos de ellas –, además de los viajes que realizó por Estulticia lo mantuvieron tan ocupado que prácticamente olvidó a su ex – esposa e incluso al resto de su familia.

— Señor Ministro – le dijo uno de sus asesores cierta mañana mientras desayunaba zanahorias – no creo que deba mandar este texto al Congreso, los diputados están muy molestos y creo que…

— ¡Cállese! – rebuznó Domínguez –; no quiero escuchar más tonterías, ellos tienen que hacer lo que les ordeno y punto.

— Es que…

— ¡Silencio! ¡No quiero escucharlo!, ¡déjeme comer en paz!

El pobre tinterillo, intimidado por la imponencia de su jefe, se retiró, mordiéndose la lengua. El tiempo, sin embargo, le dio la razón y apenas dos días después se desató un terrible escándalo tanto en el seno del Congreso como entre los demás habitantes de la República.

No era para menos, al fin y al cabo, el Ministro se empeñaba en aprobar una ley para que los burros fueran liberados de su trabajo, al tiempo que los hombres lo asumían. Además, con el fin de mejorar la salud de los estólidos*, quería prohibir el consumo de carnes, limitando la dieta al heno, la alfalfa y las zanahorias.

Las protestas terminaron por degenerar en un violento desorden civil y, exactamente en la fecha en que se cumplían dos meses de que Domínguez asumió su nuevo cargo, una turba furiosa irrumpió en el patio del palacio de gobierno, amenazando con asesinarlo si no dimitía.

— ¿Qué hacemos, señor? – preguntó el único criado que había  permanecido a su lado.

— ¡Resistiremos! – dijo el burro en un arranque de heroísmo mientras miraba al populacho desde la ventana de su habitación –. Llegará un tiempo en que los estólidos reconocerán mi valor…

El rucio ministro fue sacrificado y esa gloriosa época nunca llegó. Tres generaciones después era aún tan odiado que provocó la muerte de una mula sólo por decir que lo admiraba.


* Gentilicio de los habitantes de la República Democrática de Estulticia.

El sueño del dragón

Desperté alarmado. Al mirar a mi alrededor, descubrí que la bestia, de cuyas fauces salía un humo gris, estaba frente a mí, dispuesta a devorarme.

Quedamente, llamé a Carlos.

— El dragón… – balbuceó.

Comprendí que tanto él como yo éramos víctimas de un complejo sentimiento, amalgama de miedo y de satisfacción por haber hallado, finalmente, a la bestia.

De repente, ésta saltó, abalanzándose sobre mi amigo y engulléndolo sin piedad. Luego, me miró y, con una velocidad sorprendente, se puso sobre mí, que no tuve el arresto necesario para huir.

Sentía su fétido aliento sobre mi cuerpo, mientras enormes gotas de sudor se escurrían por mi rostro. Estaba perdido.

Sin embargo, cerrando los ojos, levanté con torpeza mi mano derecha y golpeé al dragón; se escuchó un grito desgarrador, parecido a un maullido. Abrí los ojos y me percaté que estaba acostado sobre mi cama y que el gran monstruo no era otro que mi pobre gato que había intentado lamerme la cara antes de que le asestara un feroz puñetazo.

El asaltante espectral

El 3 de abril de 1888, una diligencia que viajaba desde cierta mina de oro en California hasta Saint Joseph, Missouri, fue asaltada por un misterioso ladrón que, curiosamente, no robo ni un solo lingote, conformándose con asustar al conductor, al tiempo que buscaba en el equipaje un objeto desconocido. El transportista aseguró que el bandolero poseía un «aire sobrenatural».

En aquella misma fecha se cumplía el sexto aniversario del homicidio de Jesse James a manos de Robert Ford, uno de sus compinches, quien aprovechó que su jefe estaba de espaldas, colgando un cuadro en la pared, para dispararle en la nuca y cobrar la recompensa que habían puesto por su cabeza.

Esta casualidad, añadida a las comentarios de los conductores y a que, desde entonces, cada noche el ataque se repitió invariablemente; hizo que los habitantes de la ciudad empezaran a especular con la posibilidad de que el ánima del bandido había regresado para vengarse.

Empero, los dueños de la agencia de detectives Pinkerton – la misma que había sido contratada años atrás apara perseguir a la banda de James –, se rehusaban a aceptar estas conjeturas, por lo que enviaron a uno de sus agentes a investigar. El elegido, un joven atlético, temerario y muy hábil con el revólver; viajó a Saint Joseph, emboscándose la misma noche de su llegada en un recodo de la carretera principal. No tuvo que esperar mucho; a las doce en punto, una carroza que venía del oeste, fue detenida por un jinete que surgió de la penumbra.

El detective, desenfundado su arma, fue en busca del delincuente y cuando estuvo a unos pocos pasos del coche, no pudo reprimir un alarido: tanto aquél como su caballo estaban cubiertos de un halo verde brillante y despedían un espantoso olor a carne podrida. El joven reapareció unas horas después en la taberna de la ciudad, pero no era el mismo, el terror lo había enloquecido.

Desde esa noche, nadie volvió a dudar de la existencia del espíritu de Jesse James y decenas de cazafantasmas e incluso brujos de reservas indígenas acudieron para tratar de eliminarlo. Todo fue inútil, cinco años transcurrieron antes de que plaga desapareciera, coincidiendo con la llegada de una nueva maestra a la escuela de la ciudad. La mujer era una institutriz inglesa que abandonó su país para aceptar la  plaza de trabajo en Missouri.

La diligencia que había tomado en la estación del tren, no pudo partir a tiempo por culpa de la ebriedad del conductor, así que se vieron obligados a realizar el trayecto en plena noche. El fantasma, como de costumbre, atacó la carroza y se puso a rebuscar en los baúles de los tres pasajeros. Al llegar al de la inglesa, pegó un alarido de felicidad, abalanzándose sobre ésta que, lívida, fue incapaz de reaccionar.

A la mañana siguiente, Saint Joseph era presa de la conmoción. El conductor narró, entre copas, que el tal James, después de abrazar a la pobre maestra, se la llevó en su caballo junto con el paquetito que había encontrado en el baúl.

— ¿Qué era? – dijo alguien.

— Me parece que, cuando empezamos el viaje, la señorita mencionó que se trataba de medicina para el dolor de cabeza; sufría de jaquecas.

Un profundo «¡ah!» se escuchó entre los presentes.

El caso es que después del incidente, la maestra, el caballo y el fantasma con migrañas nunca más fueron vistos en Saint Joseph, Missouri.

El Caballero

Finalmente, el Caballero se desplomó en la arena, estaba vencido, su cuerpo no podía moverse más. De la nada surgieron dos buitres que empezaron a volar en círculos sobre él. Todavía recordaba a Diotima – la mujer con la que prometió casarse –, su piel tersa, sus labios dulces y su mirada penetrante, pero todas eran imágenes nebulosas, como las de un sueño. Suspirando, hizo una plegaria y se durmió.

Al despertar, sin embargo, el infinito desierto había desaparecido para dar paso a un valle con frondosos árboles frutales, pájaros de múltiples variedades y un cristalino riachuelo que fluía a pocos pasos de él. Como un loco, se lanzó con las fuerzas que le quedaban, bebiendo hasta quedar saciado.

Se recostó satisfecho y mientras empezaba a dormirse, agradeció a Dios por aquel milagro.

La mañana siguiente, se puso a la tarea de explorar la campiña y, repentinamente, encontró lo que tanto buscaba: la rosa azul, la cual se hallaba en el centro de una pequeña meseta, rodeada de cientos o miles de flores de tipos inimaginables, desde claveles hasta violetas.

Lloró, al tiempo que se abría paso por el mágico bosquecillo, y luego, tras coger la rosa, la contempló por unos instantes, hasta que un rugido le hizo volverse: una horrible criatura con cuerpo de león y cabeza de hombre lo acechaba.

El Caballero comprendió que su viaje había sido en vano, que  no estaba destinado a poseer la flor. Sin armas, era incapaz de defenderse, así que cerró los ojos, preparándose para morir.

— ¡Despierta, Friederich, despierta! – dijo alguien, repentinamente.

Despegó los párpados. Estaba en una pequeña habitación, recostado en un camastro duro y un desconocido lo contemplaba con extrañeza.

— ¿Quién soy?, ¿dónde me encuentro? – preguntó.

— Eres Friederich, Friederich Hölderlin y ésta es la torre donde has vivido por cinco años.

El Ministerio

El señor Magog era funcionario del Ministerio de los Deseos en la República Democrática de Estulticia. Su trabajo consistía en censurar y destruir cualquier clase de impulso anómalo que pudiera tener un ciudadano.

Para cumplir con este fin, utilizaba una máquina diseñada por los ingenieros del gobierno, cuyo mecanismo, después de succionar al delincuente, lo convertía en fertilizante.

La tarea no fastidiaba a Magog. Enfundado en un impecable traje, acudía cada mañana al Ministerio, donde siempre encontraba a un crecido grupo de infractores que aguardaban su castigo.

Él nunca había roto una regla. No sabía que era el amor o la ambición, el sexo y el vino le parecían ridículos y el conocimiento, innecesario. Al igual que el resto de ciudadanos de Estulticia, se conformaba con un plato de comida, tres vasos de agua  y un techo. No conocía la felicidad, por eso no la necesitaba.

Sin embargo, las cosas cambiaron cuando una muchacha fue contratada para trabajar en su oficina. Ella era tan hermosa que le provocó un corto circuito en el cerebro a Magog.

Ignorante en esos temas, supuso que había enfermado y que la mujer era la fuente del contagio.

Después de que el radar de la máquina pitara, sacándolo de un sueño en el que la veía desnuda, comprendió la gravedad de su situación.

Como nunca antes, tuvo que mentir e incluso manipular aquel aparato para salvar su vida, con la esperanza de que el tiempo lo ayudaría a reprimir su instinto. Absurdo error: transcurrida una semana, el hombrecillo del traje italiano había sido derrotado por el peor de los delitos contra el Estado: la libido.

Intentó atraer a la joven a su despacho para saciarse. Como fue imposible, quiso forzarla, pero ella pudo evadirse, activando el aparato del gobierno que succionó a Magog y lo transformó en fertilizante.

Los República Democrática de Estulticia tuvo que gastar ingentes recursos en la fabricación de un nuevo artefacto para controlar los instintos. El anterior, al devorar a Magog, se sobrecargó, sufriendo una avería irreparable.

A minutos de la ejecución

Le 19 janvier 1870

De repente se oyó un fuerte ruido de ruedas;

y al cabo de unos instantes se nos informó que había

llegado la guillotina.

Todos nos lanzamos a la calle,

¡como si nos alegrásemos de la noticia!

I. S. Turguéniev

La ejecución de Troppmann

Troppmann miró al grupo de curiosos que lo rodeaban con ironía y lástima. ¿Qué deseaban de él?, ¿por qué hurgaban en su intimidad?

— Caballero – le dijo el mismo anciano que, unos minutos antes, le había colocado las correas de cuero en los brazos –, le suplico que se siente, de otra manera, no puedo proseguir…

Él asintió, acomodándose enseguida en un rústico banco de madera, único mobiliario de aquella estancia. El viejecillo, luego de extraer unas tijeras de su bolsa, se dedicó a recortar el cuello de su camisa.

“¡Maldición! – pensó el condenado –. ¿Tienen que dañar mi ropa?”

La operación duró unos cinco minutos, durante los cuales tuvo tiempo para reflexionar con tranquilidad, aprovechando el silencio que se había impuesto entre sus acompañantes. Sus pensamientos, en todo caso, no eran lúgubres sino banales y hasta absurdos; al parecer, aún no comprendía que estaba a punto de morir. Le preocupaba menos la guillotina que el frío, su camisa destruida o aquel hombre de estatura considerable y de cabellos blancos al que alguien llamó monsieur Turguéniev.

“Seguro que no es francés; parece ruso… No entiendo por qué me mira así, con inquietud, con tristeza…”

— ¡De pie! – Ordenó, de repente, un hombre físicamente muy parecido al extranjero que llamaba la atención de Troppmann –.Ya es la hora.

— ¿Insiste en decir que usted no fue el asesino sino un cómplice? – Intervino el inspector de policía.

— Sí.

— ¿No desea revelar los nombres de los asesinos?

— ¡No, no, no!

— Está bien, entonces, ¡qué Dios se apiade de su alma!

El condenado murmuró algo que nadie pudo comprender, al mismo tiempo que franqueaba la puerta con paso firme y rodeado por un grupo de soldados. El resto los siguió.

El corredor que comunicaba el salón dedicado al aseo de los delincuentes con la puerta principal, era oscuro y estrecho. Todos – prisionero, soldados, policía, visitantes –  daban la impresión de haberse convertido en un extravagante testudo romano.

Troppmann sentía en su cuello el aliento cálido de los que caminaban tras él. Sonriendo, se preguntó si el verdadero infierno era igual al descrito por el capellán.

Llegaron a la puerta; la luz pálida de aquella mañana de invierno les dio la bienvenida.

“¿En verdad voy a morir? – reflexionó el condenado, que se había detenido a contemplar la guillotina –. ¿Debo tener miedo?”

— ¡Sí! – exclamó una voz áspera, cavernosa.

— ¿Quién dijo eso? – tenía la boca seca.

— ¿A qué se refiere, Troppmann? – quiso saber uno de los guardias.

— Pensé que… No es nada.

El soldado lo empujó para que subiera al cadalso. Arriba, cayó de rodillas frente a aquel artefacto que iba a segar su vida y antes de que el verdugo le obligara a inclinarse, miró al monsieur ruso, quien permanecía de espaldas, evitando ser testigo del desenlace.

— Creo que no se siente bien – murmuró el delincuente –; seguro que es un buen hombre…

Unos instantes después, Turguéniev escuchó un golpe seco y comprendió que todo había terminado.

El sueño soñado

Siempre estuve enamorado de Cristina, por eso, cuando me telefoneó, invitándome a su casa; no dudé en aceptar. Sin embargo, había algo extraño en su voz, algo indefinible que me dejó perplejo.

— Necesito hablar contigo, es importante.

Pregunté de qué se trataba, pero, sin responderme, se puso a narrar un sueño que tuvo la noche anterior.

— … Yo era Chuang Tzu que soñaba que era una mariposa, la cual, en su vuelo, recorría una verde pradera, llena de rosas y tulipanes; de pronto, abría los ojos, convertida, otra vez, en el pensador chino, quien, desesperado, dijo algo que soy incapaz de recordar, pero que me puso tan nerviosa que desperté… Más tarde te cuento todo con detalle, no demores…

Llegué a su casa puntualmente. La puerta estaba abierta. Me dirigí a su habitación; no había la menor señal de Cristina, sin embargo, una mariposa roja apareció, posándose por unos segundos en mi hombro. Luego, aleteando con tristeza, se marchó…