El crisantemo y los cuatro jinetes

Los cuatro jinetes del Apocalipsis

 

Miguel Hombre se encontraba en la capital, cerrando un negocio con una corporación de productos electrónicos, cuando escuchó en el canal de noticias que esa tarde, al mediodía, se acabaría el mundo. Desde ese momento, su espíritu fue presa de una sucesión de sentimientos; primero, la perplejidad; luego, la incredulidad; más tarde, la negación; y finalmente, el horror.

Salió a la calle como un loco, pero a su paso sólo hallaba una marea de individuos que acudían a su trabajo con indiferencia.

El ambiente, de todas maneras, era pesado; un vaho amarillo y un intenso olor a azufre apenas lo dejaban respirar.

¿Qué les pasa, idiotas? ¿No comprenden que el mundo se acaba? – gritó, al tiempo que sacudía con violencia a un funcionario del gobierno.

— ¡Qué lástima! – dijo suspirando una mujer que pasaba a su lado -. Otro de esos loquitos…

Ni todos los esfuerzos del mundo le hubieran permitido a Miguel hacer entrar en razón a sus compatriotas. El problema de éstos no era el desconocimiento, sino, sencillamente, la indiferencia. Les daba lo mismo que el Apocalipsis se produjera esa tarde o cualquier otra.

— El mundo se acaba, ¡por Dios! ¡Reaccionen! – gritó Miguel Hombre, que se había parado en medio de una de las calles más concurridas de la ciudad, con la esperanza de llamar la atención.

Los pitos de los coches y las injurias fueron su única respuesta.

— ¡Ya lo sabemos, imbécil!, ¡ahora déjanos trabajar!

Desazonado, caminó hasta un parque y sentándose en un banco de piedra se puso a reflexionar en busca de una salida al problema. Un pordiosero se acercó para pedirle una limosna.

— ¿Quiere dinero? ¿Comida? ¡No sea tonto, hombre! El mundo se acaba y en unas horas lo menos importante será comer.

— Usted es el tonto… sí, usted, porque no comprende nada.

— ¡Ja, ja, ja! Yo soy el único que se percata de la gravedad de esta situación y resulta que soy el tonto.

— Así es – sonrió el pordiosero.

— Tome esto  y déjeme en paz – dijo Miguel Hombre, lanzándole unas cuantas monedas.

— ¿Quiere que le diga un secreto?

El interrogado hizo una mueca de desagrado, pero no respondió nada.

— El hecho es que las cosas son como son y si se quiere interferir en el Camino los resultados pueden ser desastrosos; esas gentes a las que usted ha intentado hacerles razonar, no son más que niños, cuya única satisfacción son sus juguetes y sus vidas artificiales, por lo mismo, no comprenderían lo que es una montaña ni siquiera golpeándose contra ella.

Miguel miró al pordiosero con perplejidad.

— ¿Quién es usted?

— Como le dijo Odiseo al Cíclope: yo soy Nadie; adiós.

Miguel Hombre permaneció con la mente en blanco, hasta que sus ojos descubrieron un solitario crisantemo.  “¡Qué hermoso!”, se dijo.

A lo lejos, se escucharon doce campanadas y un fuerte estruendo. Luego, aparecieron cuatro jinetes, cabalgando apenas a unos metros de Miguel que, de todas maneras, nunca dejó de contemplar su crisantemo.

 

El último viaje de Simbad

Simbad, debilitado por los horrores del viaje y por su avanzada edad, entró en la cueva. Su tripulación había perecido devorada por una extraña bestia que salió del mar mientras descansaban en la playa.

Deprimido, recordó a sus mujeres, a su casa, a sus queridos siervos; «nunca los volveré a ver», se dijo.

— ¿Para qué has venido? – exclamó, de pronto, una voz que provenía de lo más profundo de la caverna.

— ¿Quién eres? Yo soy Simbad el marino.

— He preguntado la razón de tu viaje; aquí, los nombres no tienen importancia.

— Un comerciante de Bagdad me contó, hace algunos meses, que en una de las islas de este archipiélago vive un poderoso mago que posee el secreto de la eterna juventud, y he venido a comprárselo.

— ¡Ja, ja, ja! ¿Por esa tontería has arriesgado tu vida?

— No es una tontería; la vejez ciertamente no lo es.

— La ancianidad es experiencia, sabiduría…

— … Y también muerte…

— ¿Has venido solo?

— No, pero toda mi tripulación fue devorada por un monstruo mientras descansábamos en la playa, antes de emprender la búsqueda del palacio del mago.

— ¿Te das cuenta de que tu deseo le ha costado la vida a cientos de hombres?

Simbad bajó la cabeza.

— ¿Sabes dónde está el palacio del mago? – dijo suavemente, casi como en un murmullo.

— No hay ningún palacio en esta isla.

— Entonces, ¿ha sido en vano todo?

— Tal vez te pueda ayudar, Simbad; antes, sin embargo, tendrás que pasar una prueba.

— La que sea.

Por unos instantes, todo quedó en silencio.

— Debes observar una cosa – dijo el dueño de la voz que, por primera vez, salía de las tinieblas de la cueva, presentándose al aventurero –, nada más…

— Lo que ordenes, pero ¿quién eres?

— Los nombres no importan, ya te lo dije.

El ermitaño, ataviado con la piel de una fiera, le entregó a Simbad un cuenco lleno de agua, al tiempo que le ordenaba concentrar todos sus sentidos en el fluido.

— El líquido mágico te mostrara el camino…

A los pocos minutos, el cuenco adquirió a los ojos de Simbad las dimensiones de un océano y pudo verse en él a sí mismo, joven, lozano y navegando en un hermoso barco.

— ¿Qué es este prodigio?

— ¡Tu futuro!

El marino guardó silencio mientras se sucedían las escenas de nuevos viajes por Oriente y Occidente; el descubrimiento de grandes tesoros y exóticas huríes. Vio montañas, ríos y mares extraños; animales y plantas indescriptibles; y a pesar de que los años parecían pasar, él, Simbad, continuaba pletórico, lleno de vida.

— ¡Esto es maravilloso!

— ¡Espera! Aún no termina.

Repentinamente, al fondo del cuenco, vio a una muchacha hermosísima que le extendía los brazos, al tiempo que con ojos llenos de pasión, lo llamaba.

— ¿Quién es?

— Una mujer que conocerás, si escoges la inmortalidad.

— ¡Claro que lo haré!

— ¿No comprendes? ¡Mira con atención!

El Simbad del cuenco abrazó a la joven y se fundieron en un largo beso, sin embargo, ella empezó a envejecer aceleradamente hasta que terminó por convertirse en un esqueleto putrefacto.

— ¡Por Alá! ¿Qué es esta monstruosidad? – gritó el marino, cubriéndose el rostro.

— ¡No dejes de mirar!

El agua, enturbiada, le mostró a todas las personas que amaba muriendo, pudriéndose, desapareciendo; mientras él, eternamente joven, quedaba aislado, solo y amargado.

— ¿Es realmente eso lo que quieres, Simbad?

— ¡No!, ¡no!, ¡no! Sólo quiero volver a mi casa, sólo eso…

— Tu deseo será cumplido…

En ese instante, el viejo marinero despertó en medio de una cómoda cama, junto a su esposa.

— ¡Qué bueno es volver a verte! – le dijo, abrazándola.

— ¿Qué dices, esposo mío? Parece que no me hubieras visto en meses.

— Así fue.

Ella le tocó la frente, preocupada por su salud. Simbad, por otro lado, estaba seguro de que Alá le había regalado un último viaje.

La Venus del cuadro

Botticelli

La esposa de López veía con preocupación como su marido se encerraba en el estudio hasta altas horas de la noche para trabajar en una misteriosa pintura. Ahora el arrepentimiento la consumía, pues fue ella misma la que lo alentó un par de meses atrás a retomar sus obras, largo tiempo abandonadas por una crisis creativa.

— Emilio – le dijo un día mientras desayunaban –, ¿por qué no descansas un poco? Desde que empezaste a pintar ese cuadro, casi no nos vemos.

— Laura, no exageres; comemos juntos y en la noche…

— Claro, pero te acuestas tan tarde que, por lo general, ya me he dormido cuando subes a la habitación.

El artista guardó silencio. Comprendía la amargura de su mujer, mas, estaba atrapado… Ella lo había atrapado.

— No te preocupes – aventuró, al fin –, pronto la pintura estará terminada.

— ¿Cuándo?

— No sé; hoy o mañana.

Laura hubiera querido creerle. «¡Dios!, ¿por qué tiene que ser tan transparente?»

El resto del desayuno se fue entre agudos silencios y miradas opacas. Luego, López volvió a desaparecer tras la puerta del sótano que utilizaba como estudio.

«Tengo que hacer algo o lo voy a perder, estoy segura», pensó Laura, sin saber a ciencia cierta qué era lo que le ocasionaba esa mezcla de celos, curiosidad y dolor.

Tratando de hacer el menor ruido posible, apegó la oreja a la puerta del sótano, empeñada en escuchar algo que le permitiera comprender la obsesión de su marido.

Al principio, silencio; luego, pudo oír algunas palabras entrecortadas, exclamaciones y gemidos. «¿Qué? ¡Maldita sea! ¡No entiendo bien!»

— … Es que siento pena – se escuchó.

— ¿Pena? ¿De ella? – dijo una voz dulce, femenina.

«¿Con quién habla? Debo saber quién es esa mujer?»  Suavemente, giró el picaporte – el seguro no estaba puesto –, y deslizando la cabeza por un resquicio, se puso a mirar el interior de la habitación. Casi todo estaba oscuro y apenas una mortecina luz amarilla iluminaba un rincón donde se había colocado un caballete, sin embargo, ni su marido ni la mujer aparecían.

— Tú eres sólo mío – volvió a hablar la voz femenina.

— No comprendes, es que…

— ¿Qué?

— ¡No puedo hacerle esto!

— Entonces, ¡olvídate de mí!

— No – murmuró el pintor.

Laura estaba abatida. Tras cerrar con suavidad la puerta, caminó hasta la sala, sentándose luego en el sofá, donde permaneció por varios minutos, llorando en silencio.

— Debo hacer algo – se dijo, al fin.

Movió la cabeza; buscaba una respuesta. Entonces sus ojos se posaron sobre un filoso cuchillo. «¡Eso es!», pensó, mientras, temblorosa, lo cogía.

Con la frialdad que tiene aquel que ha tomado una decisión fatal, fue hasta el sótano sin hacer el menor ruido y al franquear la entrada, escuchó a la mujer decir una vez más:

— La dejas o te olvidas de mí.

— Está bien, voy contigo – dijo López.

— ¡No, no, no! – gritó Laura, bajando las gradas lo más rápido que le permitían sus piernas.

La frialdad se había esfumado. Una ira incontrolable la obligaba a derribar los caballetes y a rasgar los lienzos, al tiempo que su boca soltaba toda clase de imprecaciones. Sólo el cansancio pudo detenerla.

— ¿Dónde están? ¿Dónde? – interrogó agotada.

No había señal de los amantes.

— ¿Escaparon…?

De repente, su mirada descubrió el único cuadro que pudo librarse de su venganza. Era el más grande y se encontraba en un rincón del sótano, protegido por la oscuridad. Con el cuchillo en alto, la mujer se acercó. Las tinieblas le impidieron ver con claridad la pintura, sin embargo, repentinamente, un intenso haz de luz entró por una claraboya, iluminándolo todo.

— ¡Dios mío! – alcanzó a murmurar Laura antes de caer desmayada.

Su marido, el pintor Emilio López, aparecía dibujado – ¡atrapado! – en el cuadro, junto a una hermosa mujer rubia, semejante a la Venus de Botticelli, que lo arrastraba hacia una isla llena de sirenas y faunos.

Señor Asno, Ministro

ADVERTENCIA:

Todos los personajes de esta historia son ficticios;

el autor no se ha inspirado en ningún burro real

para su creación.

Los síntomas de la extraña enfermedad que Domínguez había adquirido en la selva amazónica tardaron algunos años en manifestarse. El médico le dijo que era natural que no se hubiera percatado de su condición porque la bacteria, luego de alojarse en el tracto respiratorio inferior, suele entrar en un período de hibernación de cuarenta meses durante los cuales su víctima, en apariencia, se encuentra perfectamente saludable.

— Pero, ¿debe existir una cura? – exclamó el enfermo, estremeciéndose por el recuerdo de las purulentas llagas que cubrían su cuerpo.

— Debo ser sincero con usted: no la hay.

— Entonces, ¿voy a morir?

— Bueno, existe una posibilidad, aunque es mínima y requiere de una operación complicadísima…

— No importa, doctor, haré lo que sea.

— Sin embargo debe saber que…

— Le digo que no me importa, lo único que quiero es que estas asquerosas llagas desaparezcan de una vez.

— Desaparecerán, señor Domínguez, desaparecerán – afirmó el médico sonriendo.

De todas maneras los resultados no fueron satisfactorios. Al menos no para el paciente, quien descubrió que la única forma de salvar su vida había sido trasladar su cerebro a otro cuerpo y dado que en estos casos los donantes voluntarios no abundan, se escogió como huésped a un perezoso burro del que su dueño se deshizo sin rechistar.

Las primeras semanas fueron una verdadera tortura para el asno. En su casa, su familia se rehusaba a aceptar que su bruto jefe de familia quería dormir parado y que para desayunar prefería una buena porción de heno en vez de una tortilla de huevos. Lo más grave, sin embargo, fue el rechazo de su mujer, quien, cada vez que él intentaba demostrarle afecto, se alejaba espantada.

«¿Por qué será?; es cierto que tengo unos dientes enormes y amarillos, una lengua pastosa y demasiado grande», hizo una pausa y continuó reflexionando, «mi labio inferior es belfo y babeo de vez en cuando; fuera de eso, soy un perfecto burro».

El caso es que ni estas razones disuadieron a su cónyuge de exigirle el divorcio.

Domínguez se sintió acabado. De buena gana se hubiera pegado un tiro, pero era incapaz de usar un arma por su cuenta y nadie quería cooperar con él.

Cierto día, mientras reposaba frente al televisor, escuchó a un astuto político que, tras desertar de su viejo partido, estaba formando uno propio e invitaba a la ciudadanía a afiliarse y colaborar en «la creación de un futuro brillante para la patria».

«¿Qué puedo perder?», pensó Domínguez, recuperando el brillo de los ojos.

Sin dudarlo más, fue a la oficina del político y éste, al principio sorprendido y luego encantado, le ayudó a llenar la hoja de afiliación.

En pocos días, la noticia de que un asno se dedicaba a la política se regó en cada rincón de la República Democrática de Estulticia y muchos se preguntaron si ésa no sería la solución que tanto esperaban.

Así, en las siguientes elecciones, Domínguez fue elegido diputado por una mayoría abrumadora y ya en el Congreso nadie dudó que era el indicado para el cargo de Primer Ministro.

El inicio de su mandato fue muy agitado. La creación de nuevas leyes – cientos de ellas –, además de los viajes que realizó por Estulticia lo mantuvieron tan ocupado que prácticamente olvidó a su ex – esposa e incluso al resto de su familia.

— Señor Ministro – le dijo uno de sus asesores cierta mañana mientras desayunaba zanahorias – no creo que deba mandar este texto al Congreso, los diputados están muy molestos y creo que…

— ¡Cállese! – rebuznó Domínguez –; no quiero escuchar más tonterías, ellos tienen que hacer lo que les ordeno y punto.

— Es que…

— ¡Silencio! ¡No quiero escucharlo!, ¡déjeme comer en paz!

El pobre tinterillo, intimidado por la imponencia de su jefe, se retiró, mordiéndose la lengua. El tiempo, sin embargo, le dio la razón y apenas dos días después se desató un terrible escándalo tanto en el seno del Congreso como entre los demás habitantes de la República.

No era para menos, al fin y al cabo, el Ministro se empeñaba en aprobar una ley para que los burros fueran liberados de su trabajo, al tiempo que los hombres lo asumían. Además, con el fin de mejorar la salud de los estólidos*, quería prohibir el consumo de carnes, limitando la dieta al heno, la alfalfa y las zanahorias.

Las protestas terminaron por degenerar en un violento desorden civil y, exactamente en la fecha en que se cumplían dos meses de que Domínguez asumió su nuevo cargo, una turba furiosa irrumpió en el patio del palacio de gobierno, amenazando con asesinarlo si no dimitía.

— ¿Qué hacemos, señor? – preguntó el único criado que había  permanecido a su lado.

— ¡Resistiremos! – dijo el burro en un arranque de heroísmo mientras miraba al populacho desde la ventana de su habitación –. Llegará un tiempo en que los estólidos reconocerán mi valor…

El rucio ministro fue sacrificado y esa gloriosa época nunca llegó. Tres generaciones después era aún tan odiado que provocó la muerte de una mula sólo por decir que lo admiraba.


* Gentilicio de los habitantes de la República Democrática de Estulticia.

El sueño del dragón

Desperté alarmado. Al mirar a mi alrededor, descubrí que la bestia, de cuyas fauces salía un humo gris, estaba frente a mí, dispuesta a devorarme.

Quedamente, llamé a Carlos.

— El dragón… – balbuceó.

Comprendí que tanto él como yo éramos víctimas de un complejo sentimiento, amalgama de miedo y de satisfacción por haber hallado, finalmente, a la bestia.

De repente, ésta saltó, abalanzándose sobre mi amigo y engulléndolo sin piedad. Luego, me miró y, con una velocidad sorprendente, se puso sobre mí, que no tuve el arresto necesario para huir.

Sentía su fétido aliento sobre mi cuerpo, mientras enormes gotas de sudor se escurrían por mi rostro. Estaba perdido.

Sin embargo, cerrando los ojos, levanté con torpeza mi mano derecha y golpeé al dragón; se escuchó un grito desgarrador, parecido a un maullido. Abrí los ojos y me percaté que estaba acostado sobre mi cama y que el gran monstruo no era otro que mi pobre gato que había intentado lamerme la cara antes de que le asestara un feroz puñetazo.

El asaltante espectral

El 3 de abril de 1888, una diligencia que viajaba desde cierta mina de oro en California hasta Saint Joseph, Missouri, fue asaltada por un misterioso ladrón que, curiosamente, no robo ni un solo lingote, conformándose con asustar al conductor, al tiempo que buscaba en el equipaje un objeto desconocido. El transportista aseguró que el bandolero poseía un «aire sobrenatural».

En aquella misma fecha se cumplía el sexto aniversario del homicidio de Jesse James a manos de Robert Ford, uno de sus compinches, quien aprovechó que su jefe estaba de espaldas, colgando un cuadro en la pared, para dispararle en la nuca y cobrar la recompensa que habían puesto por su cabeza.

Esta casualidad, añadida a las comentarios de los conductores y a que, desde entonces, cada noche el ataque se repitió invariablemente; hizo que los habitantes de la ciudad empezaran a especular con la posibilidad de que el ánima del bandido había regresado para vengarse.

Empero, los dueños de la agencia de detectives Pinkerton – la misma que había sido contratada años atrás apara perseguir a la banda de James –, se rehusaban a aceptar estas conjeturas, por lo que enviaron a uno de sus agentes a investigar. El elegido, un joven atlético, temerario y muy hábil con el revólver; viajó a Saint Joseph, emboscándose la misma noche de su llegada en un recodo de la carretera principal. No tuvo que esperar mucho; a las doce en punto, una carroza que venía del oeste, fue detenida por un jinete que surgió de la penumbra.

El detective, desenfundado su arma, fue en busca del delincuente y cuando estuvo a unos pocos pasos del coche, no pudo reprimir un alarido: tanto aquél como su caballo estaban cubiertos de un halo verde brillante y despedían un espantoso olor a carne podrida. El joven reapareció unas horas después en la taberna de la ciudad, pero no era el mismo, el terror lo había enloquecido.

Desde esa noche, nadie volvió a dudar de la existencia del espíritu de Jesse James y decenas de cazafantasmas e incluso brujos de reservas indígenas acudieron para tratar de eliminarlo. Todo fue inútil, cinco años transcurrieron antes de que plaga desapareciera, coincidiendo con la llegada de una nueva maestra a la escuela de la ciudad. La mujer era una institutriz inglesa que abandonó su país para aceptar la  plaza de trabajo en Missouri.

La diligencia que había tomado en la estación del tren, no pudo partir a tiempo por culpa de la ebriedad del conductor, así que se vieron obligados a realizar el trayecto en plena noche. El fantasma, como de costumbre, atacó la carroza y se puso a rebuscar en los baúles de los tres pasajeros. Al llegar al de la inglesa, pegó un alarido de felicidad, abalanzándose sobre ésta que, lívida, fue incapaz de reaccionar.

A la mañana siguiente, Saint Joseph era presa de la conmoción. El conductor narró, entre copas, que el tal James, después de abrazar a la pobre maestra, se la llevó en su caballo junto con el paquetito que había encontrado en el baúl.

— ¿Qué era? – dijo alguien.

— Me parece que, cuando empezamos el viaje, la señorita mencionó que se trataba de medicina para el dolor de cabeza; sufría de jaquecas.

Un profundo «¡ah!» se escuchó entre los presentes.

El caso es que después del incidente, la maestra, el caballo y el fantasma con migrañas nunca más fueron vistos en Saint Joseph, Missouri.

El Caballero

Finalmente, el Caballero se desplomó en la arena, estaba vencido, su cuerpo no podía moverse más. De la nada surgieron dos buitres que empezaron a volar en círculos sobre él. Todavía recordaba a Diotima – la mujer con la que prometió casarse –, su piel tersa, sus labios dulces y su mirada penetrante, pero todas eran imágenes nebulosas, como las de un sueño. Suspirando, hizo una plegaria y se durmió.

Al despertar, sin embargo, el infinito desierto había desaparecido para dar paso a un valle con frondosos árboles frutales, pájaros de múltiples variedades y un cristalino riachuelo que fluía a pocos pasos de él. Como un loco, se lanzó con las fuerzas que le quedaban, bebiendo hasta quedar saciado.

Se recostó satisfecho y mientras empezaba a dormirse, agradeció a Dios por aquel milagro.

La mañana siguiente, se puso a la tarea de explorar la campiña y, repentinamente, encontró lo que tanto buscaba: la rosa azul, la cual se hallaba en el centro de una pequeña meseta, rodeada de cientos o miles de flores de tipos inimaginables, desde claveles hasta violetas.

Lloró, al tiempo que se abría paso por el mágico bosquecillo, y luego, tras coger la rosa, la contempló por unos instantes, hasta que un rugido le hizo volverse: una horrible criatura con cuerpo de león y cabeza de hombre lo acechaba.

El Caballero comprendió que su viaje había sido en vano, que  no estaba destinado a poseer la flor. Sin armas, era incapaz de defenderse, así que cerró los ojos, preparándose para morir.

— ¡Despierta, Friederich, despierta! – dijo alguien, repentinamente.

Despegó los párpados. Estaba en una pequeña habitación, recostado en un camastro duro y un desconocido lo contemplaba con extrañeza.

— ¿Quién soy?, ¿dónde me encuentro? – preguntó.

— Eres Friederich, Friederich Hölderlin y ésta es la torre donde has vivido por cinco años.