Papá Noel es un chulo

Papá Noel disfrazado de Papá Noel en el Quicentro Shopping.

Papá Noel disfrazado de Papá Noel en el Quicentro Shopping.

Me costó mucho contactar a Papá Noel; sabía, gracias a cierto amigo, que él abandonó el Polo Norte y a los cazadores lapones para vivir en el barrio de La Mariscal de Quito, entre transexuales esmeraldeños y “dealers” o “brujos” de Guayaquil.

Acordé el encuentro para la mañana del 26 de diciembre, justo después de Navidad, convencido de que, pasadas las fiestas, el hombre estaría más abierto a entablar un diálogo distendido conmigo.

Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que el lugar donde pernoctaba era un motel de mala muerte, ubicado entre una discoteca que solo vendía ron Caney y un bar de un hindú cuyo secreto para el éxito era la amalgama de la cerveza con los chibuquíes (pipas) y los shawarmas.

Su habitación era la número 69; lo curioso es que no existía ni la 68, ni la 67 y peor la 66, pues el tugurio constaba de cinco cuartos y a excepción del ocupado por Santa, los demás se rentaban por un par de horas a lo sumo.

Golpeé la puerta varias veces y como no hubo respuesta, decidí comprobar si el seguro estaba puesto. No era así y, después de entrar, pude ver al otrora candoroso Papá Noel acostado sobre el piso y con la cabeza arrimada a una pared; de su brazo derecho manaba un hilillo de sangre y su mano izquierda sostenía una jeringuilla usada. “Heroína”, pensé.

El director de Hogwarts también esnifaba polvo de estrellas de Campanita y además estuvo casado con Laura Bozzo.

El director de Hogwarts también esnifaba polvo de estrellas de Campanita y además estuvo casado con Laura Bozzo.

— No… no… no es lo que usted cree – me corrigió el anciano –, es solo elíxir para producir euforia; lo probé por primera vez cuando Albus Dumbledore me la regaló poco antes de la Primera Guerra Mágica y ahora la consigo gracias a un haitiano que la trae de Hogwarts para venderlo con bazuco, anfetaminas y polvo de estrellas de Campanita en la esquina de la Juan León Mera y Jorge Washington… no crea que soy adicto… no… es que me gusta meterme un poquito antes del desayuno…

En seguida, Papá Noel se puso a corretear de un lado a otro hablando de vampiros, renos, enanos y mujerzuelas, todo sin la menor coherencia, así que me senté en la cama y esperé a que los efectos del elíxir pasaran para poder conversar tranquilamente con aquel fantasma de las navidades pasadas.

Luego de una hora, durante la que revisé dos revistas pornográficas y un ejemplar de El Telégrafo – este vale exactamente lo que se paga por él: nada –, que encontré esparcidos por el suelo; Santa Claus reaccionó amenazándome con violencia pues supuso que yo era uno de los agentes de la KGB que querían secuestrarlo desde la época de la Guerra Fría.

Luego de calmarlo y recordarle nuestra entrevista, me dijo que me invitaba a desayunar en su restaurante predilecto. Admito que no esperaba que me llevase al Swiss Hotel, mas, cuando diez minutos después se puso a escarbar en un contenedor de basura en plena Plaza del Quinde, pidiéndome que escogiera entre unos restos de pizza envueltos en papel higiénico y una hamburguesa a medio comer con un extraño olor agridulce, me sentí orgulloso de mí mismo y de mi trabajo periodístico.

La Mariscal, el lugar donde los transexuales, las prostitutas, los borrachos y los traficantes se unen para protagonizar un capítulo más de la "Dimensión desconocida"

La Mariscal, el lugar donde los transexuales, las prostitutas, los borrachos y los traficantes se unen para protagonizar un capítulo más de la “Dimensión desconocida”

Mientras el anciano devoraba las dos suculentas viandas – yo me excusé por cuestiones de salud –, conversamos sobre su vida pasada y me dijo con cara de fastidio que renunció a ella solo porque odiaba cinco cosas: los renos, los regalos, los enanos, los trineos y los niños.

— Imagínate lo fastidioso que es recibir todas esas cartas mal escritas en las que me piden pendejadas: “Querido Papá Noel: quiero una muñeca, un perro, un tamagotchi, una computadora, un iPhone ‘como el de mi papi’, la señorita Robinson, ‘mi profe de primer grado’, etcétera, etcétera, etcétera”. Después, ese reno inmundo con la nariz roja que me recuerda todos los resfriados que he pescado por culpa del frío; el traje ridículo que tengo que usar y mi trasero quemado cuando a cierto payaso se le ocurría dejar la chimenea encendida. Finalmente, al llegar a casa luego de tanta miseria, siempre me encontraba con la vieja de mi mujer borracha y recriminándome el hecho de haber abandonado a un turco musculoso por mi obesidad y el hielo polar.

"Roxy" de Balzar tiene su "tumbao" griego, tailandés, cubano, usted solo pida.

“Roxy” de Balzar tiene su “tumbao” griego, tailandés, cubano, usted solo pida.

Terminado el desayuno fuimos a comprar polvo de estrellas de Campanita y a buscar a una prostituta de Balzar que se hacía llamar Roxy – Papá Noel era su chulo –. La morena en cuestión nos recibió con una sonrisa misteriosa y preguntándome si yo era otro de los “socios” de su “marido”; negué y dije que era periodista. La mujer, enloquecida de repente, amenazó con “sacarme la madre” si la fotografiaba. Por fortuna, Santa vino en mi ayuda al decir que a mí poco podía importarme una “pinche puta”.

La morena, calmada con el aplastante razonamiento de su chulo, nos invitó a pasar a su cuarto para tomar un café con pinta de agua sucia. Mientras yo degustaba la bebida, ellos se dedicaron a esnifar el polvo de estrellas de Campanita, sobreviniendo otras dos horas en las que revisé unas nuevas revistas pornográficas y un ejemplar de Familia hallados bajo la cama de Roxy.

Ella fue la primera en reaccionar ofreciéndome unos “masajitos griegos y tailandeses” porque estaba “de buen genio”. Acepté sin comprender a lo que se refería, pero tengo que admitir que ahora sé que son muy divertidos siempre y cuando a uno no lo atemorice el sida.

Al terminar, Papá Noel que nos había estado mirando con una sonrisa divertida dibujada en su rostro, me entregó mi ropa.

Parece que una chica como la de la foto fue la espía que amó a Papá Noel y lo llevó a la perdición.

Parece que una chica como la de la foto fue la espía que amó a Papá Noel y lo llevó a la perdición.

— Verás – me dijo –: decidí dejar esa vida asquerosa hace un año, cuando pasaba mis últimos días de vacaciones disfrazado de Papá Noel en un centro comercial de esta ciudad, una chica de veintitrés años quiso tomarse fotos conmigo y me gustó tanto que me sentí miserable pensando que al llegar a casa vería a esa vieja fea y amargada con la que estaba casado; me fui a vivir con la chica en cuestión pero ella, pronto, me dejó. Después de varios meses de excesos en La Mariscal me quedé sin un dólar, por lo que tuve que dedicarme a esta profesión para sobrevivir.

Quise saber sobre el fin que tuvieron Mamá Noel, los enanos, Rodolfo y el resto de renos; él, sonriendo burlonamente, me dijo que los cazadores lapones ya se habían comido a Rodolfo, literalmente, y que su ex mujer estaba amancebada con los enanos, subsistiendo de la venta de carne de rangífero.

Ya con la ropa puesta, estreché la mano de Santa y recibí un sonoro beso de Roxy como despedida. Cuando atravesaba el umbral de la puerta, el anciano me dijo que volviera a visitarlo, pues él y su morena me enseñarían a esnifar polvos de estrellas y a inyectarme el elíxir de la euforia como es debido.

¬¬

Mi tarjeta de Navidad para todos ustedes. 🙂

24: el bulevar de la avenida Naciones Unidas

 Esta historia es en tiempo real; los eventos narrados corresponden a lo ocurrido la mañana del viernes 5 de julio de 2013, entre las 8:51 y las 9:15 A.M.

 

Ni Jack Bauer podría sobrevivir a Augusto Barrera.

Ni Jack Bauer podría sobrevivir a Augusto Barrera.

8:51

Salí apresuradamente de mi casa, la misma que se encuentra a seis cuadras del Quicentro Shopping, convencido de que en menos de 10 minutos podría llegar.

Vivo en el séptimo piso de un edificio y usualmente prefiero bajar por las gradas, pero aquella mañana decidí hacerlo usando el ascensor que, casualmente, estaba un piso más arriba. Al abrirse la puerta vi dentro a una gitana con los brazos cruzados.

La gitana, a pesar de verse tan femenina, era ASÍ de fea.

La gitana, a pesar de verse tan femenina, era ASÍ de fea.

— Chico – me dijo apenas hube entrado –, hoy te atrasarás al trabajo, así que mejor no corras.

La ignoré; el fuerte olor a tabaco – o a sudor – hacía que sintiese un instintivo rechazo para con sus vaticinios. Cuando la puerta se abrió en la planta baja, me puse caminar con rapidez, dejando atrás a la adivina que soltó una carcajada.

8:53

Atravesé la puerta del edificio con tal descuido que estuve a punto de tumbar a una mujer mayor que iba acompañada de dos jóvenes de turgentes figuras, cuyo acento me hizo suponer que eran colombianas.

— ¡Papi, relájate! – dijo una de ellas, mientras la mayor me miraba con cara de pocos amigos –; se te ve muy estresado, deberías visitarnos en nuestro trabajo para darte un masajito rrrrrico… Es cerquita de aquí…

Reí nerviosamente y, balbuceando una disculpa, continué caminando.

El ruido de taladros, tractores y maquinaria pesada fue el ave de malagüero que anunciaba las eternas obras del bulevar de la avenida Naciones Unidas. Sin ánimo de ser prejuicioso pensé: “¡estoy jodido!”

8:56:42

Una columna de polvo me recibió en la esquina de la Naciones Unidas y Amazonas. Convertido en una víctima de la tosferina, me di modos para saltar sobre un agujero gigantesco que habían abierto entre los adoquines nuevos para colocar los cables de luz, sin embargo fui incapaz de evadir una piedra que, harta también del Ilustre Municipio de Quito y de sus trabajadores, se elevó con rebeldía del piso, al tiempo que desquitaba toda su ira contra mi entrepierna.

Caí de rodillas como un soldado de la Primera Guerra Mundial herido por las esquirlas de una granada, barbotando toda clase de improperios y juramentos. Un trabajador dijo con voz arrastrada:

— Es tu culpa, ve, por pasar por aquí cuando estamos trabajando.

8:59:15

El bulevar de la Naciones Unidas, una obra crucial que ha demorado en estar lista poco más que la Muralla China.

El bulevar de la Naciones Unidas, una obra crucial que ha demorado en estar lista poco más que la Muralla China.

Crucé la Amazonas sin percatarme que el semáforo aún estaba en amarillo – como todos sabemos, lo adecuado en esos casos es que los conductores aceleren a 100 kilómetros por segundo en vez de frenar o disminuir la velocidad –, salvándome por poco de morir aplastado. No pude evitar, de todas maneras, el florido lenguaje del chófer ecuatoriano, quien, en pocas palabras, vaticinó que moriría de sífilis, al tiempo que mencionaba con cariño tres veces a mi madre.

Dos turistas japoneses que habían presenciado la escena aplaudieron encantados, regalándome luego varias reverencias, seguramente satisfechos por el espectáculo criollo de un transeúnte que escapa de la muerte como un lobo marino de circo saltando a través de aros de fuego.

9:03:01

A la altura del Centro Comercial Naciones Unidas una columna de diez ciclistas estuvo a punto de atropellarme; igual que un torero me puse a evadirlos con sendos naturales, chicuelinas y pases de pecho. El “ole, ole, ole” parecía escucharse a lo lejos, aunque después me percaté de que en realidad se trataba de los gritos desaforados de un vendedor de agua con sábila y miel, quien, desde su cochecito de lata, trataba de llamar la atención de los caminantes:

— ¡Oye, oye, oye, sí tú, tienes cara de borrachito! ¡El agüita de sábila hasta te puede salvar del cáncer de estómago! ¡Oye, oye, oye!

9:06

No había terminado de escapar de los carruajes de dos ruedas, cuando, sin percatarme metí el pie en otro hueco. Caí estrepitosamente al suelo, al tiempo que varios ciclistas, peatones y uno que otro taxista se reían de mi desgracia y de mi falta de savoir – faire quiteño.

El pueblo quiteño atravesando el bulevar en época lluviosa. Sobre una piedra se puede ver al burgomaestre hablando de la "sociabilización de espacios".

El pueblo quiteño atravesando el bulevar en época lluviosa. Sobre una piedra se puede ver al burgomaestre hablando de la “sociabilización de espacios”.

Mientras me ponía en pie con un dolor agudo de nalgas y ego – que para entonces ya estaba más abajo que mis nalgas – observé una de aquellas fotografías que coloca el municipio en el bulevar para solaz del caminante; el gordo de la gigantografía, orondo, sonreía recostado al borde de una piscina, vengándose así de todas las veces que yo me burlé de él.

9:10:25

Oficialmente estaba atrasado, cojo, cubierto de polvo, indignado y probablemente estéril por el piedrazo en mis partes pudendas, sin embargo, hice un último esfuerzo para llegar a mi trabajo.

De pronto, una rana gigante y dos tipos con zancos me cerraron el paso. Me sentí como uno de los caballeros de la Mesa Redonda, solo que sin espada y con un sueldo mínimo y sin demasiados descuentos como único Grial.

Don Augusto nos explica que poco después del Apocalipsis estará terminado el bulevar; adicionalmente afirma que en el caso de verse bonito será obra de él y del Mashi, pero que si, por otra parte, quedase mal, será obra de las administraciones anteriores.

Don Augusto nos explica que poco después del Apocalipsis estará terminado el bulevar; adicionalmente afirma que en el caso de verse bonito será obra de él y del Mashi, pero que si, por otra parte, quedase mal, será obra de las administraciones anteriores.

— ¡Hoy nos volvimos locos! – gritó uno de los zanqueros mientras la rana me escupía cientos de panfletos de colores chillones –. ¡Cincuenta por ciento de descuento en todas las medicinas y veinticinco en artículos para el hogar! ¡Aprovecha, aprovecha, aprovecha ya!

Ni la mala cara, los empujones y la blasfemia espantaron a la rana gigante o a los demonios de patas de palo. El cruzado estaba vencido.

9:15:01

Llegué a mi trabajo cargado de panfletos, con el pantalón roto y cubierto de polvo; resignado a la multa, revisé mi bolsillo y, en seguida, un sudor frío me recorrió la espalda: mi billetera había desaparecido. Al parecer la rana no solo era un batracio capaz de escupir papeles, sino un hábil carterista.

La gitana seguramente debe estar riéndose de mí, mientras mira en su bola de cristal la cara de pendejo que tenía aquella mañana.

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¿Cómo se reproducen las telenovelas de narcotraficantes?

Angélica Blandón te invita a olvidar el cuerpo de las mujeres y a amar el "interior".

Angélica Blandón te invita a olvidar el cuerpo de las mujeres y a amar el “interior”.

En los últimos años hemos presenciado una extraordinaria proliferación de telenovelas cuya trama se desarrolla en el mundo de los capos de la droga, lo que nos empuja a preguntarnos: ¿de dónde salen?, ¿cómo se producen?, o mejor dicho: ¿cómo se reproducen? Sí, porque sobre su producción no hay mucho que decir, al fin y al cabo basta que un tal Cadavid con un tal John Jairo se reúnan en alguna oficina de un canal de televisión colombiano – o estadounidense pero de gran influencia latina – y firmen el contrato, macabra sentencia de muerte, que condenará a miles de espectadores, que no tienen dinero para pagar televisión por cable, a meses de tortura con acento paisa.

Por lo demás, lo que interesa a todo neuropsicólogo – grupo al que tengo el altísimo honor de circunscribirme – es conocer el génesis de cualquier fenómeno, puesto que es en la concepción donde se originan las anomalías genéticas.

En esa medida, ¿cuáles son los padres de este engendro mediático? Nadie sabe la respuesta, pero sí queda claro que se trata de seres malos – ¡muy malos! – que ante la completa falta de héroes latinoamericanos se han inclinado por hacer una fábula con los villanos; una fábula en la que, en principio, nos dicen que con el dinero mal habido se puede comprar todo, desde conciencias hasta “teticas”, para al final dejarnos con la gran lección moral de que no hay que ser mafioso porque se puede terminar preso en los Estados Unidos.

"No solo soy feo, soy el viejo Javi."

“No solo soy feo, soy el viejo Javi.”

Todo indica que la reproducción de las telenovelas de narcotraficantes no es sexual, más bien parece que es idéntica a la de las amebas, es decir por división celular, implicando que de una serie sale otra y de esta, otra y otra más, hasta que cuatro de los cinco canales principales de televisión nacional tienen al menos una historia de delincuentes en su horario estelar. Si ponemos en uno hallamos a un alias “Tanga Loca” acribillando con su metralleta a varios cristianos llamados Jairo, John o “viejo Javi”; en otro, nos encontramos con una fulana bien sensual – probablemente Leidy, Yomaira o Nayeli – que, con acento paisa y aguardentoso, seduce al obeso y calvo capo del cartel de Quindío. Si tiene suerte, sin embargo, puede ser que asista a una orgía con prepagos pereiranas en una hacienda del Valle del Cauca o a una cómica persecución de criminales más cercana a los gags de Charlot que a las escenas de acción de El padrino. ¡Qué emocionante ver un tiroteo en un corral donde gordas gallinas de campo expulsan huevos sobre la cabeza de un agente de la DEA que habla tan mal el inglés como el español!

Si practicásemos una ecografía para ver el feto de la telenovela de narcotraficantes, encontraríamos bellísimas actrices colombianas – lo mejor –, una amplia gama de actores que van desde los panzones hasta los ordinariamente musculosos – lo peor – o desde los mexicanos hasta los estadounidenses; también guiones, similares unos a otros – lo cual da pie a una nueva teoría sobre su origen: la clonación, llevada a cabo por una civilización extraterrestre que no busca destruir a la especie humana, sino sumirla en la absoluta vulgaridad –; y, por último, al FBI, la DEA, el DAS, la CIA, PAIS, ABCDE, FGHI, JKLMN y cualquier organización con o sin fines de lucro que pueda dedicarse a la tarea de perseguir narcotraficantes y/o a colaborar con ellos.

"¡No nos confundan, no somos prepagos, somos activistas de PETA!"

“¡No nos confundan, no somos prepagos, somos activistas de PETA!”

Es necesario tener en cuenta que la sobreexposición a esta clase de programas puede generar varios problemas como el onanismo, el instinto delictivo, el deseo antinatural de usar la jerga de los hampones colombianos y, el más peligroso de todos, ponerse el sobrenombre de “Jamón” para abrir una oficina dedicada al chulco en la Prosperina.

De todas maneras, para evitar que se tache a este estudioso de “apátrida” o “neoliberal” – ¡uy, qué miedo! –, he decidido concluir este artículo con una pequeña lista de cosas que no deben faltarle a un sujeto que decidió incursionar en el mundo de las telenovelas de narcotraficantes:

  • Calvicie; al contrario de lo que se cree, el pelo abundante hará que le pongan motes como “Fresita” o “Trapeador”, en cambio la alopecia lo transforma en un macho a carta cabal. Así que si tiene cabello, ¡RÁPESE YA!
  • Calvo, barbudo y con un gusto sofisticado para vestir, ¡así cualquiera puede enamorar!

    Calvo, barbudo y con un gusto sofisticado para vestir, ¡así cualquiera puede enamorar!

    Debe tener mucho pelo en el tórax, los brazos y el resto del cuerpo; este es complementario al anterior requerimiento, de forma que si le sobra mucho cabello en la cabeza y le falta en las nalgas, no dude en extirpárselo de la primera para implantárselo en las segundas.

  • Siempre termine sus frases con la conjunción “pues” aunque no venga al caso; por ejemplo: ¿por qué no te quieres casar conmigo, pues?, ¿tengo cara de delincuente, pues? ¿Qués’ pues, pues?
  • Obligue a sus amigos a llamarlo por un apodo tan simple como pegajoso: “chino”, “terciopelo”, “lima de uñas”, “vasectomía”, “colonoscopía”.
  • Rasúrese cada tres días, pues la lija en la cara es marca de masculinidad, similar al falo erecto que exhiben los monos en las selvas del África Subsahariana.
  • Sea machista, al fin que ningún tipo sería capaz de contratar a cincuenta prepagos para organizar una orgía pensando en que las mujeres tienen sentimientos… ¿o sí?
  • Si tiene esposa, novia, mamá, etcétera, olvídese de su nombre y llámela “vieja” a secas; de ahora en adelante para usted toda mujer es una vieja, no importa si es joven o vieja.
  • Hable mal el inglés o, mejor, no lo hable.
  • No acepte que le inviten a tomar aguardiente, sino un “aguardientico”.
  • Finalmente, ame las labores del campo, eso sí, siempre que estas incluyan cuidar al ganado porcino, vacuno y el refinamiento de la cocaína.
El cinturón de castidad del siglo veintiuno.

El cinturón de castidad del siglo veintiuno.

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La leyenda del shinobi de Chimbacalle

Hattori Hanzō, a pesar de lo que dicen las malas lenguas, no asaltaba a nadie en Chimbacalle.

Hattori Hanzō, a pesar de lo que dicen las malas lenguas, no asaltaba a nadie en Chimbacalle.

Cuando Hattori Hanzō cruzó Iga junto al futuro sogún Tokugawa Ieyasu en 1582, no pensó que casi quinientos años después surgiría en Sudamérica una nueva casta de guerreros que dicen ser los depositarios de sus técnicas.

Estos ninjas modernos viven ocultos y son parte de una sociedad tan hermética que casi nadie ha tenido la fortuna de conocerlos (es que POCOS revisamos los anuncios clasificados del diario El Extra, donde usualmente su escuela oferta cursos).

En efecto, un día que yo acometí la enriquecedora tarea de leer aquel periódico, mis ojos, luego de pasar por las turgentes partes del cuerpo de una modelo guayaquileña que confesaba estar enamorada de los “morenos sabrosones”, recayeron sobre un anuncio pequeño que, en negritas, decía: “APRENDA 11 ESTILOS DE COMBATE EN 11 DÍAS. Academia de ninjutsu El Hattori Hanzō de Chimbacalle.”

Quizá porque aún no conseguía recuperarme de la conmoción que me ocasionaron las confesiones psicosexuales de la modelo, mi cerebro no fue capaz de procesar bien la información, provocándome una exaltación rayana en la epifanía: ¡debía estudiar con ellos!

Al día siguiente, tomé un bus y atravesé la ciudad de cabo a rabo con la idea de que el horroroso tráfico, el sol canicular y las dos horas de viaje no solo valían la pena, sino que formaban parte de mi entrenamiento como guerrero.

Al llegar a Chimbacalle, lo único que hallé con relativa facilidad fueron las instalaciones del periódico El Comercio; por lo demás, de la escuela de artes marciales nadie había escuchado.

Sofisticada lectura. Nótese la abundancia de citas de grandes pensadores y los suplementos dedicados a la cultura y el arte.

Sofisticada lectura. Nótese la abundancia de citas de grandes pensadores y los suplementos dedicados a la cultura y el arte.

Estaba a punto de claudicar, cuando un muchacho de no más de doce años apareció de la nada dispuesto ayudarme en mi búsqueda. Al principio dudé, pues, en un acceso momentáneo de paranoia, creí ver que guardaba un picahielos bajo su camiseta.

Sin embargo, arriesgándome, dejé que el niño me condujera hasta el portal de una tienda de discos piratas.

— ¡Aquí es!

Estaba seguro de que me tomaba el pelo porque lo único que había allí eran películas pornográficas.

— Entre, en serio es aquí – afirmó –; el maestro Gualotuña siempre nos dice que no debemos juzgar al caramelo por la envoltura.

Subyugado por ese aplastante aserto, obedecí y juntos, mi guía y yo, sorteamos una serie de estantes donde se alineaba toda la filmografía del porno mundial: japonés, alemán, francés, estadounidense, soft, hard, gorno

Al fondo del local, franqueamos una puerta mal pintada, encontrando finalmente un dojo cuyo tatami alguna vez fue café y ahora solo era sucio; sobre él, un individuo de unos veintidós años meditaba en posición de loto, al tiempo que los ojos de Rafael Correa y Jean Claude Van Damme lo miraban desafiantes desde dos pósteres pegados en la pared de atrás.

El niño lo llamó con mucho respeto y la única respuesta que obtuvo fue un gesto para que guardase silencio.

— Tenemos que esperar, el maestro Gualotuña se pone bravo si le jodemos cuando está llegando al Nirvana.

Me puse a reflexionar en silencio mientras aguardaba mi turno para ser iluminado. Una hora más tarde, luego de que la humedad de la escuela me desató la rinitis y de que un par de clientes, que habían ido a comprar pornografía, interrumpieron el sagrado ensimismamiento del ninja, finalmente conversamos.

Me dijo que la tarifa era de quince dólares mensuales, además de un monto de treinta que se debía pagar una sola vez como inscripción; también explicó que su disciplina era férrea y que, de vez en cuando, me vería obligado a realizar ciertos “trabajos” en el mercado de San Roque como parte del entrenamiento.

— No te asustes – me dijo –, no se trata de robo, estamos cobrando deudas justas y nunca estarás solo, siempre mando a mis guerreros juntos, por si acaso.

Uno de los pósters que presidía la sala de entrenamiento. La leyenda rezaba: "El firme cuerpo de la Revolución".

Uno de los pósteres que presidía la sala de entrenamiento. La leyenda rezaba: “El firme cuerpo de la Revolución”.

De pronto, un ruido que provenía del local de películas porno nos hizo despertar de nuestro éxtasis místico. El maestro Gualotuña y su alumno salieron del dojo; escuchándose, en seguida, discusiones, gritos.

Movido por el miedo y la curiosidad, me asomé y pude ver a un sujeto escuálido y mal encarado que increpaba al ninja porque, según afirmó, este había tenido un affaire con su esposa mientras él estaba de viaje en Otavalo.

Las argumentaciones del maestro no fueron suficientes para el marido y en un abrir y cerrar de ojos se desató una pelea. Yo imaginé que iba a asistir a una escena de alguna película de Jet Li, pero no fue así: Gualotuña y su discípulo quedaron fuera de combate en menos de dos minutos. El agresor, insatisfecho, se dedicó a derribar todo lo que estaba a su paso y transformó la tienda en la ruina de un castillo japonés.

Cuando el silencio volvió a reinar en el lugar, me atreví a salir del dojo y pasando sobre las películas pisoteadas, los estantes caídos, los vidrios rotos y los luchadores heridos, me marché de la tienda sin mirar hacia atrás por miedo a que las Valquirias apareciesen  y, confundiéndome con un guerrero caído, me llevaran al Valhalla.

¡Estos guerreros (análogos a los de Chimbacalle) a cualquiera le inspiran miedo!

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Biografía apócrifa: el pajarito chiquitico

Aclaración indispensable 

El problema al que se enfrenta todo biógrafo serio – como yo – es que al momento de escribir sobre un personaje célebre debe abordar tanto su psicología como el efecto que esta tuvo en sus acciones y en las personas que lo rodearon. Esta premisa se complica en el caso del sabio Hugo Chávez, quien después de ser enterrado como todo un socialista – es decir, con una modestísima ceremonia –, decidió resucitar como un ave, haciendo que crezcan geométricamente la cantidad de experiencias merecedoras de un capítulo especial en el libro de la vida de este extraordinario individuo.

En vista de lo anterior, opté por reducir el espectro investigativo a un periodo de tiempo tan corto como crucial y sobre el que seguramente nadie querrá trabajar, dado el prejuicio que siempre tiene la comunidad científica por cosas que se escapan a la “razón”; me refiero a los treinta días que demoró el Comandante para regresar a la Tierra desde el otro mundo.

En esta titánica tarea varias fuentes que van desde dioses griegos hasta enfermos de un sanatorio mental me han ayudado, a todos ellos les entrego mi reconocimiento.

 

En el capítulo especial de "Aló, presidente" desde el Tártaro no solo se habló del imperialismo yanqui, sino también del imperialismo, del imperialismo, del imperialismo y de la señora Zulema que "hace deliciosas arepas".

En el capítulo especial de “Aló, presidente” desde el Tártaro no solo se habló del imperialismo yanqui, sino también del imperialismo, del imperialismo, del imperialismo y de la señora Zulema que “hace deliciosas arepas”.

Hugo Chávez organizó una edición especial de “Aló, presidente” desde el Tártaro, adonde había ido a parar, según él, porque Minos, Éaco y Radamantis eran unos capitalistas asesinos. De hecho, durante la emisión de su programa televisivo dijo que los tres jueces de almas eran en realidad los mismos que destruyeron Marte y que, siglos más tarde, escondidos en un laboratorio de la CIA en Nevada, habían inventado el cáncer.

Hades y Perséfone estaban en medio de su cena cuando escucharon la acusación. El dios del Inframundo estaba cansado del bolivariano.

― Tráiganme al loco, quizá pueda hacerlo entrar en razón.

Chávez, sin embargo, no estaba dispuesto a negociar, él quería volver a la vida a cualquier costo, aunque eso significara organizar manifestaciones violentas, empuñar los fusiles, llamar a Rafael Correa o, lo que es peor, dejar en el aire el programa “Aló, presidente” por los siglos de los siglos…

En la imagen se puede ver a Perséfone desmayada en los brazos de Hades, mientras varios miembros de las milicias bolivarianas los acosan con toallas higiénicas reutilizables.

En la imagen se puede ver a Perséfone desmayada en los brazos de Hades, mientras varios miembros de las milicias bolivarianas los acosan con toallas higiénicas reutilizables.

Hades no hizo caso de las amenazas, supuso que un socialista como aquel no sería tan perverso como para cumplirlas, pero estaba en un error: esa misma noche el Comandante se apareció en los sueños de Rafael Correa, Evo Morales y Cristina Fernández; les dijo que debían bajar al Inframundo para rescatarlo porque los gringos imperialistas estaban conspirando contra la revolución, al tiempo que les autorizaba a utilizar cualquier medio que fuera necesario para cumplir con el cometido, aun si esto significaba sacar los 137 millones de dólares que su familia había ahorrado en bancos yanquis imperialistas para alimentar a los niños pobres que viven en la Fosa de las Marianas.

Los tres mandones[1], víctimas del desasosiego, se pusieron a cumplir con su misión, acudiendo a la UNASUR y “a la” ALBA. Se denunció a las organizaciones de derechos humanos, a la prensa y hasta a Dios por haber creado la muerte con el fin de destruir al socialismo. Durante esta épica lucha, Cristina se compró carteras Louis Vuitton, Rafael encerró a dos fulanos  por conspiradores y Evo se puso a experimentar con pollos para encontrar la cura de la calvicie.

Los culpables de la calvicie y la homosexualidad de los europeos, según Evo (¡!).

Los culpables de la calvicie y la homosexualidad de los europeos, según Evo (¡!).

De todas maneras, ver en televisión las caras de estos tres adalides no fue lo que hizo que Hades se doblegara – aunque sí le provocaron una subida de tensión que por poco termina en un derrame cerebral –, sino las interminables arengas de Hugo que casi siempre iban seguidas de una cadena de expropiaciones.

― ¡Lárgate, Chávez, lárgate y no vuelvas por aquí! ¡Ni al transformarme en el snack de Crono, mi padre, sufrí tanto como ahora!

En seguida, el bolivariano espíritu se puso a cantar una ranchera de Vicente Fernández, al tiempo que se preparaba para su regreso.

― Sin embargo – le dijo el dios del Inframundo con una sonrisa imperceptible –, no podrás volver como humano, eso es imposible; lo máximo que puedo ofrecerte es que lo hagas como roedor o pájaro. Tú decides.

El comandante, comprendiendo que esa era su única opción, optó por el ave porque rata ya había sido.

Así, el espíritu bolivariano – en este caso es literal – fue hasta las orillas del Aqueronte, donde un barquero aguardaba para llevar a los muertos de un lado a otro. Como Chávez no poseía un óbolo[2] para pagar el viaje, se quedó varado.

Caronte luchando contra la correntosa retórica de Chávez, casi muere ahogado.

Caronte luchando contra la correntosa retórica de Chávez, casi muere ahogado.

Caronte fue inflexible. La promesa de regalarle una lata de caviar iraní si lo dejaba cruzar la primera vez nunca se cumplió, así que no volvería a engañarlo.

― Chico, pareces un imperialista yanqui, ¡déjame pasar, cónchale vale!

El aludido ni siquiera se molestó en contestar.

― Ya sé quién tú eres, a mí no me engañas… Eres míster Danger, por eso me impides salir, lo que quieres es matarme de nuevo, ¡terrorista, capitalista!

El barquero, harto de la perorata, dijo:

― ¡Está bien, te llevaré, pero cállate!

El Comandante, fulminado por el miedo, solo se atrevió a murmurar: “¡expropie!” Por lo demás, finalmente pudo comprender que su retórica era un poderoso instrumento de tortura.

El barquero y Hugo emergieron en la región de Epiro, en Grecia. Apenas la luz del sol se hizo presente, el alma encarnó en un nuevo cuerpo bolivariano, el de un pájaro llamado “tapaculo” (Scytalopus latrans); era pequeño, negro y, por fortuna, no podía hablar.

Decepcionado de su suerte, voló sin descanso hasta llegar a Venezuela y apenas estuvo en Margarita, supo que su Delfín se hallaba en aprietos porque, otra vez, los imperialistas intentaban acabar con el mayor logro del socialismo bolivariano: las toallas higiénicas reutilizables.

El pajarito chiquitico. el tapaculo se supone que es experto en tapar orificios como el de Maduro (me refiero al de la cabeza).

El pajarito chiquitico. El tapaculo es un tipo de ave que se supone que es experta en tapar orificios como el de Maduro (me refiero al de la cabeza).

El 3 de abril de 2013, Chávez – tapaculo fue a encontrarse con su destino en Barinas, apareciéndose ante su sucesor, Nicolás Maduro, y, encaramado en una viga de madera de una capilla donde este hacía algo, no se sabe con certeza qué – ¿rezar? –, se puso a silbar. El tono inconfundible lo detectó el Delfín, respondiendo de la misma forma.

“¡Que me des alpiste! – repetía el tapaculo desesperado sin lograr que lo comprendiera –. ¡Deja de silbar, pendejo!”

El Comandante pajarito se dio cuenta, entonces, que la única forma de salvar a la revolución era quedarse al lado de Maduro y, sin pensarlo, se puso a anidar en su cabeza, al fin y al cabo era un lugar completamente vacío y oscuro donde los capitalistas conspiradores jamás lo buscarían para asesinarlo, inoculándole el cáncer de nuevo.

 

Maduro nos conmueve con su revelación.

Llegada de Chávez al Inframundo. La desazón de los que lo recibieron se puede ver en sus rostros.
No es una suela de zapato, no es una simple toalla higiénica, ¡es el origen del agua de rosas!
¬¬

[1] Mandatarios, fue un lapsus lingüístico.

[2] Antigua moneda imperialista con la que los imperialistas del imperialista Inframundo impedían que los pobres descansen en paz.

Montecassino

Bundesarchiv_Bild_146-2005-0004,_Italien,_Monte_CassinoLa tarde del 14 de febrero ocupé una casa abandonada cerca de Cassino; toda la gente del pueblo y sus alrededores había huido por los combates sostenidos entre alemanes y aliados. Yo sabía, gracias mis conexiones con oficiales estadounidenses, que se preparaba un ataque a gran escala para terminar de una vez por todas con una operación que, después de casi un mes, parecía destinada a convertirse en un verdadero fracaso.

Ver el desangre de mi Italia era doloroso y el agotamiento moral y físico me tenían al borde del suicidio. Luego de que me liberaron de una prisión – donde, por orden expresa de Mussolini, estuve encerrado desde poco antes de la Navidad de 1943 –, yo actuaba como oficial de enlace y periodista para las tropas aliadas.

Aquel día me separé de mi unidad para ir al campo y buscar a una familia de campesinos, viejos amigos míos, con el fin de advertirles del peligro que corrían. Sin embargo, no pude hallarlos y, agotado, me metí en una casa vacía para descansar.

De repente, unos gritos me hicieron saltar del catre y, convencido de que eran alemanes, desenfundé mi pistola al tiempo que echaba cuidadosamente un vistazo por una de las ventanas. Lo único que vi fue a dos hombres, apenas unos años más jóvenes que yo, discutiendo mientras una ragazza los contemplaba aterrada.

Salí sin guardar mi arma y les dije que se identificaran.

― ¡Lárguese, maldito fascista! – respondió uno de ellos.

― ¡Identifíquense o disparo! – hice una pausa y luego agregué –; estoy con los americanos.

― ¡No nos importa el país de sus jefes, todos son unos infelices!

La muchacha y el otro joven permanecían en silencio. En ese momento, pude ver que el hombre más agresivo llevaba un cuchillo.

― ¡Suelte su arma!

― ¡No lo haré! Este lío es entre este maledetto y yo, no tiene nada que ver con alemanes o americanos.

― ¡Señor, deténgalos! – intervino la ragazza –, la adivina me advirtió que mi vida se convertiría en una pesadilla cuando me enamorase…

― ¡Cállate, Adriana, no digas idioteces!

― No son idioteces, señor, ellos se quieren matar por celos, por… ¡porque no quiero escoger!

― ¡Que te calles!

― Aquí nadie se va a matar – dije, apuntándolos con mi pistola – entréguenme sus armas; ambos están arrestados.

― ¡Eso es lo que crees, fascista…! – exclamó el joven más violento, al tiempo que se abalanzaba sobre su rival con el cuchillo en alto.

Sin más opciones, disparé y el atacante cayó muerto.

La ragazza echó a correr, perdiéndose tras unos árboles. El otro muchacho y yo la buscamos pero la tierra se la había tragado.

Al anochecer, conduje al chico a un refugio y volví a integrarme a mi unidad.

 

B17overAbbeyEl 15 de febrero las tropas aliadas lanzaron un nuevo ataque sobre Montecassino. Los aviones bombardeaban con furia la abadía, pues el Alto Mando estaba convencido de que allí se habían atrincherado los Granaderos Panzer y los paracaidistas alemanes. Enseguida, los soldados británicos emprendieron el avance, siendo recibidos con la misma violencia de los días anteriores. La operación fue un fracaso.

 

El 18 de mayo, cuando finalmente los polacos pudieron tomar la colina, llegando hasta las ruinas del antiguo monasterio, lo único que hallaron, aparte de miles de cadáveres, fue a un par de médicos alemanes.

El jefe de la unidad en la que me encontraba recibió a los prisioneros y como él no hablaba alemán o italiano, me dijo que los interrogase. Ellos se sentían orgullosos del esfuerzo de sus compatriotas y explicaron que no se habían marchado por atender a los heridos, la mayoría campesinos sobrevivientes del bombardeo de febrero.

― Así es – dijo uno de ellos – en el monasterio solo estaba gente inocente que quiso refugiarse de la guerra en un lugar santo; sus aviones casi no nos hicieron daño, al contrario que a estos civiles, pero es el precio de la guerra, ¿no?

Aquel médico era un individuo extraño. A pesar de haberse quedado en ese lugar para ayudar a un grupo de gente desconocida, no parecía importarle la violencia o la muerte, solo cumplía su deber.

Al día siguiente, volví a hablar con él y me dijo que un herido en especial lo empujó a permanecer allí, mientras sus compatriotas se retiraban: una italianita hermosa a la que las esquirlas de un impacto de obús habían lastimado gravemente.

― Es curioso – comentó el alemán –, antes de morir creo que ella dijo: “la adivina me advirtió acerca del desamor”.

El infierno con Dante

Chifa del señor Nifú Nifá, recomendado para los paladares más exigentes.

Yo fui el primer sorprendido al descubrir que la entrada al infierno estaba en un restaurante chino (y es literal).

Todo empezó cuando entré al chifa del señor Nifú Nifá, el 5 de enero a las dos de la tarde; la verdad es que me decidí por ese sitio porque fue el único que ofrecía un plato de comida y un vaso de té helado por menos de tres dólares (¡ay, mi boyante economía!).

Mientras esperaba mi almuerzo, me puse a observar el aspecto del local, percatándome que era un sitio bastante acogedor (más allá de las paredes negras y llenas de moho; las tuberías herrumbrosas, que habían sido colocadas morbosamente sobre los muros y no dentro de ellos; y, la cortina de baño que separaba el comedor de la cocina, en donde, por cierto, se escuchaban maullidos desesperados).

El mesero, un chino que, fuera de cuatro palabras (coca, cola, chaulafán, gato), hablaba siempre en cantonés, me sirvió el almuerzo, al tiempo que se reía macabramente.

— Disculpe, ¿dónde está el baño? – pregunté cuando, después de haber terminado con la comida, un dolor intenso (como si mi intestino estuviera desprendiéndose) empezó a torturarme.

— No baño, “infielno” – dijo el señor Nifú Nifá, extendiéndome un papel con la cuenta.

Aprovecho esta oportunidad para rogarles encarecidamente que no se tomen más fotos en los baños, es grotesco.

Con una mano sobre el abdomen y la otra donde termina la espalda, busqué el servicio higiénico, encontrándolo, para mi sorpresa, junto a la salida, en el lado izquierdo, contrario a la lógica convencional que indica que siempre debe estar al fondo y a la derecha (¿será porque los chinos viven en las antípodas?). La puerta del “tocador” no se abría con facilidad, de hecho pugné con ella por cinco minutos, y cuando al fin cedió, el problema fue volver a cerrarla.

Sin embargo, la verdadera pesadilla estaba por empezar: luego de que conseguí bloquear la entrada, el cuarto de baño, por arte de birlibirloque, se transformó en un ascensor que se puso a descender velozmente, deteniéndose sólo varios minutos más tarde, cuando mis entrañas clamaban por piedad o vendetta.

— ¿Dónde estamos? – le pregunté al primer sujeto que hallé fuera del baño/ascensor; un tipo vestido con capucha y una especie de túnica roja (yo supuse que era un actor de teatro experimental o ‘drag’, que básicamente es lo mismo).

— En el infierno – contestó.

— El infierno está en mi estómago… se lo suplico… un baño.

— ¿Qué es eso? Aquí no hay ese tipo de comida; mejor, déjeme guiarlo por este terrible antro, joven, y así podrá contarle a los mortales qué es lo que les espera.

— ¡BA-ÑO!

— No, mi nombre es Dante y estoy aquí por culpa de mi ira, egolatría, falsa amistad y presunción; ¡ahora, sígame!

¿Actor de teatro experimental o ‘drag’?

Resignado, obedecí a ese demente, quien primero me señaló una fosa fétida; luego, un valle con carbones encendidos; y, más tarde, una montaña de rocas gigantescas que se desplomaban sobre aquellos que pretendían escalarla.

De pronto, mientras caminábamos por la Pradera de los Imbéciles, se presentó ante nosotros una pareja de amantes que llevaban, por único ropaje, unas capuchas de látex.

— Nos castigaron por tener sexo sin preservativos – dijeron en coro.

Un poco más lejos, apareció un tipo que practicaba aeróbicos, al mismo tiempo que un diablillo se divertía azotándole con ortigas en el trasero para que no se detuviera.

— Yo te conozco – le dije –, tú eres el hombre que vende aparatos y programas para perder peso en tres días.

— Sí, y por eso estoy condenado a utilizarlos hasta que baje diez libras… ¡pero llevo cinco años aquí y no he conseguido reducir ni una onza!

— Démonos prisa – interrumpió Dante –, quiero mostrarte el río de lava donde nadan John Edgar Hoover y Richard Nixon, el basurero donde botaron a Stalin, Hitler, Franco, Mao y Pol Pot, y el pozo séptico donde viven los presidentes latinoamericanos.

— ¡No me interesa nada de eso; por amor a Dios, te lo suplico, UN BAÑO!

— ¿Cómo te atreves a pronunciar esa palabra en este lugar maldito?

— ¿Cuál, baño?

No pudo responderme, pues en ese momento, la tierra tembló, apareciendo enseguida un hombre cornudo y elegante, quien vestía con frac, capa y corbata de lazo.

Se lo ve tan dulce con su traje de etiqueta, ¡cómo crecen y uno no se da cuenta!

— ¡Ah, eres tú! – exclamó con desgano –. Ni siquiera merece la pena castigarte, al fin y al cabo, en un par de años tú serás nuestro huésped más ilustre.

— ¿Y yo por qué?

— Cínico, blasfemo, egoísta, ambicioso, necio, degenerado, vanidoso, violento…

— Bueno, bueno, ya entendí; ahora, ¿puedes prestarme un baño?

— Claro, está al fondo y a la derecha.

Me puse a correr y, en medio de mi desesperación, tropecé con una roca, cayendo al suelo con tal fuerza que perdí el conocimiento.

Al despertar, estaba en un hospital, con dos bolsas de suero conectadas al brazo, una mascarilla de oxígeno en la cara y, junto a mi cama, una enfermera que refunfuñaba:

— Por culpa de estos pendejos que comen basura en la calle, no puedo ir a casa temprano…

¬¬