1 de mayo, el día de los autómatas de Čapek

No, no es Nosferatu, el vampiro demonio. Es Karel Čapek.

No, no es Nosferatu, el vampiro demonio. Es Karel Čapek.

Aquel día era feriado, pero tuve que trabajar. Igual que durante sus homólogos de los años 2012 y 2011, antes no porque estaba becado por mi padre – situación que extraño profundamente –.  Durante las trágicas horas en las que sudaba la “gota gorda” en mi empleo mientras otros dormían la resaca en sus casas, me puse a reflexionar sobre el porqué existen vacaciones en los días consagrados a la celebración del trabajo.

Cabría pensar que el 1 de mayo todos debemos trabajar, literalmente, como esclavos, es decir subyugados por sujetos musculosos que nos azoten sin piedad mientras marchamos cadenciosamente sobre el lodo para hacer los ladrillos con los que se construirá la pirámide del faraón Mashi I.

¡Es que en el Día del Trabajo hay que trabajar! Nosotros, los empleados, pasamos el resto del año rascándonos el ombligo. Son aproximadamente 364 días de pereza e inutilidad; ¡qué descaro!

Esta reflexión actuó igual que un desinflamante sobre mi ánimo abatido. Comprendí que yo era uno de los pocos hombres honestos que cumple con su trabajo como un esclavo decente. ¡El resto son Espartacos!

Por lo demás, necesitaba encontrar un camino más rápido hacia la vileza que el simple hecho de trabajar hasta en vacaciones. “¡Eureka!”, me dije, “debo crear un método para que los demás compartan mi entusiasmo por la servidumbre voluntaria”.

Los trabajadores que usualmente se rascan el ombligo, en la obra de Čapek, deciden que ya es hora rascar el ombligo de sus jefes.

Los trabajadores que usualmente se rascan el ombligo, en la obra de Čapek, deciden que ya es hora rascar el ombligo de sus jefes.

Un idea me llevó a otra, recayendo repentinamente sobre el escritor checo Karel Čapek, actualmente un casi desconocido dramaturgo que se las ingenió para crear, contando con la cooperación de su hermano, el término “robot”. No obstante, este no se refería a aquellos artefactos de acero con la capacidad de cumplir toda clase de tareas y a los que, en cualquier momento, se los puede apagar apretando un simple botón. El autor pensaba en realidad en criaturas de carne y hueso diseñadas en una fábrica a imagen y semejanza de los humanos, mas sin la capacidad de soñar o razonar. Eran esclavos armados en un laboratorio.

Čapek visualizó a sus robots – etimológicamente aquella palabra proviene del checo “robota” que significa trabajo – como seres incansables aunque faltos de criterio que, en cierto momento, llegaron a obtenerlo, evidenciando su recién adquirido talento de la forma más brillante: no volvieron a trabajar.

Como es obvio la situación deriva en una guerra civil en la que los jefes esclavistas… quiero decir: jefes – a secas – son liquidados por sus otrora siervos, mientras la mujer que desató el pandemonio al revelarles, cual Prometeo, el valor del raciocinio, funda una nueva raza de criaturas decentes que también tendrán que trabajar como esclavos.

La robótica ofrenda a Čapek.

La robótica ofrenda a Čapek.

El dramaturgo checo fue olvidado poco a poco e incluso maestros de la ciencia ficción como Isaac Asimov le restaron importancia al criticar su incapacidad para definir de forma adecuada las características psicológicas de sus personajes, olvidando quizá que esa era la idea que el autor checo nos quería transmitir – un declarado enemigo del nazismo –: los sistemas económicos y sociales que se consagran a un trabajo exagerado e irreflexivo están condenados al fracaso porque evitan que la gente se cultive, reduciendo a los humanos al nivel de máquinas huecas, sin espíritu e incapaces de crear. ¿Qué profundidad espiritual pretendía hallar Asimov en esclavos idiotizados por la servidumbre? Lo más probable es que su optimismo positivista lo haya empujado a olvidar los riesgos de un mundo lleno de “robots[1]”.

En cualquier caso, cuando viaje a República Checa visitaré la tumba de Čapek para dejar sobre ella un robot de juguete, siguiendo el homenaje que la costumbre a impuesto para con el creador de aquel término, ahora tan manido.

Por lo pronto, sin embargo, me voy a dormir porque mañana tengo que trabajar…

 

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[1]En la novela La hora veinticinco el escritor rumano Virgil Gheorghiu nos da una escalofriante idea de un mundo sometido a esta clase de “progreso”.

El libro perdido del indio de las barbas hirsutas

 

A pesar del parecido, no se trata de un cola de gente que busca trabajo en el plan Socioempleo de Alianza Pais. Son solo discípulos de Osho admirando su Rolls Royce.

A pesar del parecido, no se trata de un cola de gente que busca trabajo en el plan Socioempleo de Alianza Pais. Son solo discípulos de Osho admirando su Rolls Royce.

Era una mañana despejada; el calor seco, la suave brisa y el polvo amarillo que se elevaba del suelo convertían a esa zona de Oregón en el arquetipo de un spaghetti western. Sin embargo, una interminable hilera de gente ataviada con túnicas de derviches aniquilaba la armonía lógica de la escena: no había vaqueros, caballos o duelos, solo miles de hippies empeñados en alcanzar algún tipo de iluminación.

De repente, a lo lejos, se escuchó el ruido agresivo de un claxon y las ruedas de un coche triturando la tierra. Los derviches rubios se pusieron en guardia mientras sus ojos oteaban el horizonte con la esperanza de capturar, aunque fuera por  unos segundos, la imagen del “Maestro”. Como en un sueño, apareció un bello Rolls – Royce de capó blanco, el mismo que a pesar de no ir a más de treinta kilómetros por hora, elevaba a su paso una nube de polvo tan espesa que solo en contadas ocasiones permitía ver en su interior a un hombre barbudo saludando con la mano derecha, al tiempo que en el asiento contiguo una mujer de rostro adusto – la ayudante del líder espiritual – murmuraba frases ininteligibles.

Finalmente, el coche desapareció dejando a los rubios derviches desconcertados. ¿De verdad era Bhagwan Shri Rajnísh ese hombre delgado que los saludó desde la ignota matriz de aquel auto? Pues sí, ese individuo era Osho.

Chandra Mohan Jain, alias “Acharia Rajnísh”, alias “Bhagwan Shri Rajnísh”, alias “Osho” era un personaje peculiar. Aparte de cambiarse de nombre aproximadamente una vez cada diez años, fue un profesor de filosofía muy audaz que abandonó la cátedra para dedicarse a predicar sobre sexo libre, sabiduría milenaria e iluminación montado en uno de sus cientos de Rolls Royces.

Un alto porcentaje de los millones de lectores de los libros atribuidos al hindú nacido en Bhopal, India, el 11 de diciembre de 1931 ignoran, entre otras cosas, que el gurú vivía en una opulencia exagerada mientras sus seguidores frecuentemente terminaban reducidos a la miseria por contribuir a sus caprichos – ¡iban a comprarle 365 Rolls Royces para que pudiera pasear en uno diferente cada día del año!

Otro misterio desconocido para sus millones de admiradores y que quedó oculto bajo las hirsutas barbas de Osho corresponde a sus libros. ¿Cuántos hay? ¿En qué momento pudo escribirlos si se dedicaba a la “meditación activa”, las conversaciones con sus adeptos, la búsqueda de la iluminación y la felicidad? Pero sobre todo: ¿cómo es posible que cada año aparezcan nuevos títulos si su autor hace más de veinte que mora, junto a los dodos, en el Valhalla?

No, no es Aldus Dumbledore, el profe de Harry Potter. Es Osho posando para la policía que lo arrestó por ser un buen hombre.

No, no es Aldus Dumbledore, el profe de Harry Potter. Es Osho posando para la policía que lo arrestó por ser un buen hombre.

Si descartamos las sesiones espiritistas, la respuesta a ese cuestionamiento es que otra persona se dedica a escribirlos y es bastante acertado: los libros de Osho que abarrotan los estantes de las librerías no son más que fragmentos de charlas que daba el maestro hindú a sus seguidores y que eran grabadas por sus ayudantes. De manera que la “Osho International Foundation”, depositaria del legado y de la fortuna del místico, se dedica a recoger y a agrupar todas las enseñanzas en diferentes tratados, adecuándolas a la conveniencia y al título. No hay nada nuevo, nada original, solo recalentados de treinta dólares.

Este descubrimiento me llevó a interrogarme sobre si sería posible conseguir un libro que realmente hubiera sido redactado por Osho, iniciando de esta manera un arduo peregrinaje por varias librerías de Quito de cuyo nombre no quiero acordarme.

En una, muy antigua, los dependientes con un retintín de ironía me comentaron que ni el propio hindú podría decirme un título de algún texto original suyo. En otra, el librero me condujo hacia un estante lleno de libros con portadas blancas y pertenecientes al sello editorial DeBols!llo, al tiempo que sin molestarse siquiera en escuchar mi explicación, me espetó con desprecio: “¡todos son de Osho!”.

Vagué desde un centro comercial al norte de la ciudad, en El Condado, hasta una minúscula librería en los confines de San Blas, en el centro, pasando por los valles aledaños a Quito. En ninguna de esas zonas pude encontrar un solo ser humano que me ofreciera con certeza un título verdaderamente escrito por el indio de las barbas hirsutas que, por alguna razón, me recordaba al chamán que guarda las piedras sagradas de Shiva en la película Indiana Jones y el templo de la perdición.

Una tarde lluviosa, cuando había perdido todas las esperanzas de encontrar un texto original de Osho, me senté en una de las mesas del Café Amazonas y pedí un ponche; estaba abatido por mi fracaso y me puse a mirar a los otros comensales distraídamente. De pronto, mis ojos repararon en un hombre vestido con pantalones otavaleños, sandalias de cuero y una camiseta color verde fosforescente que contenía la leyenda “GRINGOS, GO HOME!”; el sujeto en cuestión leía un libro con toda la pinta de ser una copia ilegal, pero en cuya portada estaba dibujado el retrato del gurú indio.

Otros cinco dólares desperdiciados en la vida de un pobre. Hoy, el libro reposa en un cementerio adecuado:  el basurero.

Otros cinco dólares desperdiciados en la vida de un pobre. Hoy, el libro reposa en un cementerio adecuado: el basurero.

— Disculpe – le dije – ¿qué está leyendo?

Vislumbres de una infancia dorada de Osho, es una autobiografía.

— ¿O sea que está escrita por él? – pregunté tontamente.

Aquel hombre sonrió y,  sin responderme, hizo un gesto con su cabeza señalando una carpa que vendía libros pirateados a una cuadra del café.

— Si quieres comprarlo, allá lo conseguirás.

Pagué y sin beber mi ponche, fui hasta el sitio señalado. En efecto, entre unas copias de mala calidad de Mi lucha, El libro del buen amor y el Manifiesto del Partido Comunista estaban varios ejemplares de obras del gurú barbudo, entre ellas, la autobiografía de la niñez áurea. La compré sin decir palabra y fui a mi casa para leerla.

Han trascurrido diez días y el libro está en la basura junto con los cuestionamientos que me empujaron a empezar esta crónica. ¿La razón? Las primeras quince páginas consistían en divagaciones aburridas, llenas de anécdotas repetitivas, humor pueril y un pseudo – positivismo bastante indigesto. A partir de la undécima hoja el texto parecía empezar ponerse interesante, pero como se trataba de una copia pirata, la calidad era pésima y justo esa parte ni siquiera aparecía impresa en su totalidad.

¿Quién sabe? Quizá ese fue el mensaje de algún dios benévolo que trataba de proteger mi salud mental. Prefiero no seguir contradiciéndolo…

 

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24: el bulevar de la avenida Naciones Unidas

 Esta historia es en tiempo real; los eventos narrados corresponden a lo ocurrido la mañana del viernes 5 de julio de 2013, entre las 8:51 y las 9:15 A.M.

 

Ni Jack Bauer podría sobrevivir a Augusto Barrera.

Ni Jack Bauer podría sobrevivir a Augusto Barrera.

8:51

Salí apresuradamente de mi casa, la misma que se encuentra a seis cuadras del Quicentro Shopping, convencido de que en menos de 10 minutos podría llegar.

Vivo en el séptimo piso de un edificio y usualmente prefiero bajar por las gradas, pero aquella mañana decidí hacerlo usando el ascensor que, casualmente, estaba un piso más arriba. Al abrirse la puerta vi dentro a una gitana con los brazos cruzados.

La gitana, a pesar de verse tan femenina, era ASÍ de fea.

La gitana, a pesar de verse tan femenina, era ASÍ de fea.

— Chico – me dijo apenas hube entrado –, hoy te atrasarás al trabajo, así que mejor no corras.

La ignoré; el fuerte olor a tabaco – o a sudor – hacía que sintiese un instintivo rechazo para con sus vaticinios. Cuando la puerta se abrió en la planta baja, me puse caminar con rapidez, dejando atrás a la adivina que soltó una carcajada.

8:53

Atravesé la puerta del edificio con tal descuido que estuve a punto de tumbar a una mujer mayor que iba acompañada de dos jóvenes de turgentes figuras, cuyo acento me hizo suponer que eran colombianas.

— ¡Papi, relájate! – dijo una de ellas, mientras la mayor me miraba con cara de pocos amigos –; se te ve muy estresado, deberías visitarnos en nuestro trabajo para darte un masajito rrrrrico… Es cerquita de aquí…

Reí nerviosamente y, balbuceando una disculpa, continué caminando.

El ruido de taladros, tractores y maquinaria pesada fue el ave de malagüero que anunciaba las eternas obras del bulevar de la avenida Naciones Unidas. Sin ánimo de ser prejuicioso pensé: “¡estoy jodido!”

8:56:42

Una columna de polvo me recibió en la esquina de la Naciones Unidas y Amazonas. Convertido en una víctima de la tosferina, me di modos para saltar sobre un agujero gigantesco que habían abierto entre los adoquines nuevos para colocar los cables de luz, sin embargo fui incapaz de evadir una piedra que, harta también del Ilustre Municipio de Quito y de sus trabajadores, se elevó con rebeldía del piso, al tiempo que desquitaba toda su ira contra mi entrepierna.

Caí de rodillas como un soldado de la Primera Guerra Mundial herido por las esquirlas de una granada, barbotando toda clase de improperios y juramentos. Un trabajador dijo con voz arrastrada:

— Es tu culpa, ve, por pasar por aquí cuando estamos trabajando.

8:59:15

El bulevar de la Naciones Unidas, una obra crucial que ha demorado en estar lista poco más que la Muralla China.

El bulevar de la Naciones Unidas, una obra crucial que ha demorado en estar lista poco más que la Muralla China.

Crucé la Amazonas sin percatarme que el semáforo aún estaba en amarillo – como todos sabemos, lo adecuado en esos casos es que los conductores aceleren a 100 kilómetros por segundo en vez de frenar o disminuir la velocidad –, salvándome por poco de morir aplastado. No pude evitar, de todas maneras, el florido lenguaje del chófer ecuatoriano, quien, en pocas palabras, vaticinó que moriría de sífilis, al tiempo que mencionaba con cariño tres veces a mi madre.

Dos turistas japoneses que habían presenciado la escena aplaudieron encantados, regalándome luego varias reverencias, seguramente satisfechos por el espectáculo criollo de un transeúnte que escapa de la muerte como un lobo marino de circo saltando a través de aros de fuego.

9:03:01

A la altura del Centro Comercial Naciones Unidas una columna de diez ciclistas estuvo a punto de atropellarme; igual que un torero me puse a evadirlos con sendos naturales, chicuelinas y pases de pecho. El “ole, ole, ole” parecía escucharse a lo lejos, aunque después me percaté de que en realidad se trataba de los gritos desaforados de un vendedor de agua con sábila y miel, quien, desde su cochecito de lata, trataba de llamar la atención de los caminantes:

— ¡Oye, oye, oye, sí tú, tienes cara de borrachito! ¡El agüita de sábila hasta te puede salvar del cáncer de estómago! ¡Oye, oye, oye!

9:06

No había terminado de escapar de los carruajes de dos ruedas, cuando, sin percatarme metí el pie en otro hueco. Caí estrepitosamente al suelo, al tiempo que varios ciclistas, peatones y uno que otro taxista se reían de mi desgracia y de mi falta de savoir – faire quiteño.

El pueblo quiteño atravesando el bulevar en época lluviosa. Sobre una piedra se puede ver al burgomaestre hablando de la "sociabilización de espacios".

El pueblo quiteño atravesando el bulevar en época lluviosa. Sobre una piedra se puede ver al burgomaestre hablando de la “sociabilización de espacios”.

Mientras me ponía en pie con un dolor agudo de nalgas y ego – que para entonces ya estaba más abajo que mis nalgas – observé una de aquellas fotografías que coloca el municipio en el bulevar para solaz del caminante; el gordo de la gigantografía, orondo, sonreía recostado al borde de una piscina, vengándose así de todas las veces que yo me burlé de él.

9:10:25

Oficialmente estaba atrasado, cojo, cubierto de polvo, indignado y probablemente estéril por el piedrazo en mis partes pudendas, sin embargo, hice un último esfuerzo para llegar a mi trabajo.

De pronto, una rana gigante y dos tipos con zancos me cerraron el paso. Me sentí como uno de los caballeros de la Mesa Redonda, solo que sin espada y con un sueldo mínimo y sin demasiados descuentos como único Grial.

Don Augusto nos explica que poco después del Apocalipsis estará terminado el bulevar; adicionalmente afirma que en el caso de verse bonito será obra de él y del Mashi, pero que si, por otra parte, quedase mal, será obra de las administraciones anteriores.

Don Augusto nos explica que poco después del Apocalipsis estará terminado el bulevar; adicionalmente afirma que en el caso de verse bonito será obra de él y del Mashi, pero que si, por otra parte, quedase mal, será obra de las administraciones anteriores.

— ¡Hoy nos volvimos locos! – gritó uno de los zanqueros mientras la rana me escupía cientos de panfletos de colores chillones –. ¡Cincuenta por ciento de descuento en todas las medicinas y veinticinco en artículos para el hogar! ¡Aprovecha, aprovecha, aprovecha ya!

Ni la mala cara, los empujones y la blasfemia espantaron a la rana gigante o a los demonios de patas de palo. El cruzado estaba vencido.

9:15:01

Llegué a mi trabajo cargado de panfletos, con el pantalón roto y cubierto de polvo; resignado a la multa, revisé mi bolsillo y, en seguida, un sudor frío me recorrió la espalda: mi billetera había desaparecido. Al parecer la rana no solo era un batracio capaz de escupir papeles, sino un hábil carterista.

La gitana seguramente debe estar riéndose de mí, mientras mira en su bola de cristal la cara de pendejo que tenía aquella mañana.

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La pornografía, esa sabia maestra

La Grande Epidemie de Pornographie

Sí, lector pervertido, leyó bien: hoy hablaré (¡sí, sí, sí, “escribir” es el verbo apropiado, sabihondos de porquería!) de aquel entretenimiento al que casi todos se han sometido, al menos, una vez en sus vidas, pero que pocos admiten haberlo hecho.

De atenernos al significado etimológico (al escribir esto me pongo unos lentes con marco ancho, carraspeo un par de veces hasta sonar como un sicólogo alemán o un sociólogo francés y me acaricio la barbilla, en un claro acto de desafío a las concepciones epistemológicas clásicas de la realidad), casi nada de lo que vemos o leemos es pornografía, ya que esta palabra procede de los vocablos porne, prostituta, y grafía, descripción; es decir que, en sentido estricto, aquella debería ser una reconstrucción cuasi detectivesca (muy al estilo de CSI) del noble oficio de esas damas conocidas con el nombre genérico de “putas”.

El hecho es que al leer una revista pornográfica o ver una película de ese género, usted sí puede encontrarse con prostitución, pero también con pasteles de manzana, pilotos, azafatas, fontaneros, amas de casa millonarias, pobres y de clase media, vírgenes, vividores, repartidores de pizza, pizzas, burros, perros, física nuclear, Aristóteles, Blanca Nieves, los siete enanos, Alicia, el País de las Maravillas, falos de plástico, ninjas, húngaras, látex, silicona (mucha), zombies, Carlomagno, sushi, etcétera, etcétera, etcétera…

Por lo demás, el porno (nombre cariñoso con el que nos referimos a la pornografía) ha desatado profundísimos debates, en los que, tanto defensores como acusadores, esgrimen argumentos sesudos, y bastante abstrusos, sobre su validez e importancia.

Tori Black, estrella porno y el recién descubierto amor de la ‘mia vita’.

Por un lado, productores, aficionados y actores sostienen que la pornografía, tal como la entendemos hoy, es una nueva forma de arte que permite que el ser humano se desahogue, liberándose de sus represiones en una suerte de catarsis, capaz de elevarlo a inmarcesibles paraísos de silicona.

Cierta línea de sicólogos[1], además de grupos feministas[2] y religiosos[3] (sí, degenerado lector, ¡juntos! ¡JUNTOS…! Bueno, algo así…), por otra parte, piensan que lo único que hace el porno es degradar tanto al ser humano como al sexo, ya que este es un acto bello, noble y puro, encaminado a la suprema complementación espiritual del hombre con la mujer, que produce como resultado la “gratificación” (o sea, el placer, rico, rico, rico)… ¡ah, cierto!, y también sirve para tener hijos.

Yo, como soy todo un Salomón, le recomiendo que haga lo que le dé la santa gana; si es un poquito morboso y voyerista, vaya a su tienda favorita y compre la película más cochina que tengan en stock (no se baje la versión pirata del Internet porque puede adquirir una enfermedad venérea… su computador), y, si, en cambio, piensa que el sexo es sagrado, funde un culto, similar a la Iglesia Marodoniana, donde se adoren falos y vaginas (¡en la India ya se le adelantaron en más de dos mil años!).

Movimiento feminista de España protestando contra la degradación sexual de la que se hace apología en este blog.

Para finalizar esta erupción de majaderías, quiero hacerle caer en cuenta que la pornografía nos ha enseñado mucho y que el valor de dichas enseñanzas quedará para la posteridad, igual que la invención de la escritura o la rueda. Por eso, a continuación publico una lista de las cinco cosas más importantes que hemos aprendido del porno:

1)   Siempre que quiera tener sexo, pida una pizza o llame a un fontanero.

2)   Es imposible (y léase bien: I-M-P-O-S-I-B-L-E) tener relaciones sexuales si el hombre se saca los calcetines y la mujer, los zapatos.

Esta es la cara que puso Tori Black cuando le dije que la amaba (lo siento, no pude contenerme, ¡tenía que subir otra foto…!)

3)   La mujer que quiera entablar un “escarceo erótico” debe usar botas o zapatos TRANSPARENTES y con taco muy, muy, muy alto.

4)   Si usted, lector, desea que su pareja le haga una felación, es necesario, ¡INEVITABLE!, que compre una buena colección de discos del hip – hop más vulgar o del techno más extraño, pues NUNCA se ha visto una escena de sexo oral que no tenga música.

5)   Engañe a su pareja, pero siempre asegurándose de que ella – o él – lo capture con las manos en la masa porque el resultado SIEMPRE será el mejor ménage à trois de su vida.

 

 

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[1] Si usted es de los que pierde el tiempo en cosas largas y aburridas aquí está el texto respectivo. De todas maneras, me veo en obligación de advertirle que si lo lee, corre el riesgo de decepcionarse de la “sexualidad”, abandonándola para hacerse monje en los montes Athos.

[2] Aunque incluso ellos tienen criterios muy divergentes, aquí un artículo sobre el tema.

[3] En el caso de la religión no se puede generalizar (seguramente habrán oído hablar del Tantrismo, donde el sexo, ¡en realidad!, es una forma de elevación cósmica – yo siempre lo supuse pero nunca lo dije –), sin embargo, les dejo un video sobre la posición islámica (no esperen mucho porque la mujer que lo “protagoniza” divaga demasiado), y un texto sobre la posición católica.

Tras la elegancia del erizo

Hace algunos meses compré un libro que, según los críticos, era una obra maestra de la literatura francesa contemporánea: La elegancia del erizo de Muriel Barbery. Claro, no todos los que lo habían leído concordaban con aquel criterio; muchos, de hecho, opinaban que era aburrido y hasta una basura.

Sin embargo, decidí adquirir el texto, convencido de que todo intelectual que se precie tiene que leer los mismos libros que aquella raza de iniciados que nunca se equivoca: los críticos.

Orgulloso, caminé por las calles que van desde la librería hasta mi casa, llevando, en una bolsa absurdamente grande, un librito de pasta blanca de la Editorial Seix Barral.

Mi corazón latía con fuerza, ansioso por esta aventura intelectual que había iniciado.

No era para menos, al fin y al cabo, en mis manos estaba “el libro más importante de la literatura francesa de los últimos diez años”, y yo, que siempre he querido ser un intelectual, comprendía que leerlo era la llave indicada para abrir la puerta del paraíso de estos hombres inefables.

Así pues, cómodamente sentado en un sofá, me puse a revisar este elegante texto. Con las primeras diez líneas, me asombré; con las siguientes quince, me aburrí; y con las treinta que seguían me quedé dormido. ¡Era una maravilla…! (Para quien estuviese buscando un efectivo método de autohipnosis).

Eventualmente, terminé de leer La elegancia del erizo y lo único que obtuve de él fue una pregunta: ¿dónde estaba dicha elegancia? Al principio, supuse que había caído bajo el sofá o la cama de mi dormitorio, pero por más ahínco que puse en la búsqueda, jamás la hallé.

Desesperado, acudí a la librería, pues la única explicación que se me ocurrió es que había adquirido un ejemplar defectuoso, sin elegancia.

— No, señor – me dijo el dependiente –, aquí se lo entregamos completito.

“Tal vez se me cayó, con la bolsa, en el basurero”, supuse, entonces.

Finalmente, después de varios días de frustraciones, acudí a la policía para denunciar la desaparición de la elegancia del erizo. Un tal Valverde (creo que era teniente) me recibió y anotando en su libreta, con una expresión inmutable en el rostro, dijo:

— La verdad, caballero, es que no le puedo dar muchas esperanzas; casos como este ocurren todo el tiempo y las Fuerzas del Orden no nos damos abasto con ellos, sin embargo, si sabemos algo de la inoperancia del erizo…

— ¡Elegancia! – corregí.

— Eso, eso… inobservancia del erizo, le avisaremos; hasta entonces, vaya tranquilo a su casa, tome una… varias tazas de café o una copita de aguardiente. Buenas tardes.

Estas líneas las escribo exactamente tres meses después del nefando incidente y ya no tengo la menor esperanza, por eso, convencido de que el erizo sin su elegancia no tiene la menor validez, he optado por llevar el libro al inodoro con la finalidad de utilizarlo, cuando la miseria se apodere de mi hogar, en ciertos menesteres no tan eruditos, pero sí muy naturales.

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