Helena de Troya, viajera del tiempo

Una Helena de Troya así te gustaría que te regalen por Navidad, ¿verdad?

Después de leer a Hesíodo, Eurípides, Sófocles, Virgilio y Ovidio[1], concluí que estaba enamorado de Helena de Troya y que nada me haría más feliz que casarme con ella.

Nunca pude superar esa obsesión y, anoche, tuve un sueño en el que esta se concretaba gracias a algún tipo de encantamiento efectuado por las brujas de Macbeth o por Walter Mercado – ese detalle no lo tengo muy claro –. A continuación, lo repito tal como lo recuerdo:

Mientras reposábamos desnudos en nuestro lecho, me puse a reflexionar sobre la ropa de Helena y pensé: “ya no debe vestirse más con ese peplo; con él, evidentemente, se verá muy ridícula, a menos que lo utilice para asistir a una fiesta de fraternidad universitaria[2]”. Por esta razón, antes de iniciar nuestra vida juntos, decidí llevarla al centro comercial.

Esa misma tarde, entramos a un mall – lo llamo así para sonar aburguesadamente agringado –; al principio, todo era alegría, caminábamos tomados de la mano, haciendo chistes y besándonos a la menor oportunidad, pero, de pronto, la enorme aglomeración de gente que estaba cubriendo de saliva las vitrinas, la grosería de las dependientes y la indecisión de mi acompañante[3], terminaron por conducirme a una peligrosa subida de tensión, cercana al derrame cerebral.

Ya con una buena cantidad de paquetes y endeudado por diez generaciones, la llevé a la zona de los restaurantes, donde descubrimos que no existía vino, pan griego y, menos aun, ciervo, lo que fue el detonante para que Helena perdiera, finalmente, la paciencia, haciéndola estallar en una rabieta de proporciones homéricas:

— ¿Cómo se te ocurre traerme a esta pocilga? ¡Ay, si no hubiera huido de mi Menelao para venir a vivir contigo! Bien que me lo advirtió Zeus, mi padre… “Ese hombre no te conviene, no tiene futuro”, me dijo, pero yo, como una tonta, me dejé llevar por un par de palabras bonitas y varias promesas que seguramente nunca vas a cumplir… ¿No dices nada? ¿Por qué te quedas callado mirándome como un pendejo?

— Me parece que…

— “Me parece, me parece…” – repitió, haciendo muecas y una burda imitación de mi voz melodiosa –, TODOS los hombres son iguales, viven del “me parece” y no son capaces de preguntar nunca lo que una quiere…

— ¿Qué es lo que quieres, mi vida? – suspiré.

— ¡Deberías saberlo! ¿No dices que me amas? ¡ESTO ES EL COLMO! ¡INSENSIBLE!

Polígono de Willis, donde se puede apreciar la exacta ubicación de la arteria basilar, que, en mi caso, estaba al borde del colapso.

En ese instante, mientras mi arteria basilar estaba luchando contra un coágulo recién formado, un sujeto, a paso de hiena[4], se acercó a la mesa con el perverso deseo de aprovecharse de la situación.

— ¡Señorita, tiene unas facciones tan perfectas que ni la ira puede deformarlas!

— ¡Ah…! ¿Enserio? ¿Usted cree?

— Sí, sí, y se lo puedo garantizar, porque soy representante de modelos.

— ¿Modelos?

— En efecto, si me acompaña, le explico mejor.

— No sé, es que yo…

— No lo piense demasiado, ¡puedo hacerla millonaria!

Esta frase fue lapidaria – para mí, claro –, y mientras Helena salía del mall junto con el desgraciado petimetre con cara de Brad Pitt venido a menos, yo iba camino al hospital con una trombosis en una de las arterias de mi cerebro.

Al despertar de un coma de varias meses – medio idiota y con el lado izquierdo del cuerpo paralizado –, me enteré, por la televisión, de que Helena, luego de colocarse unos implantes de mala calidad en los senos y en las nalgas, había ganado un concurso de belleza, pero que fue incapaz de ostentar el cetro por más dos horas, debido a que tuvo que ser intervenida de emergencia cuando las prótesis estallaron, en plena fiesta de coronación.

Chifa “de la patada”, perteneciente al señor Nifú Nifá, actual pareja de Helena de Troya.

— … Miss Troya actualmente vive con el dueño de un restaurante chino, el señor Nifú Nifá. Fuentes cercanas a la exmodelo dicen que esta se rehúsa a ser fotografiada porque ha engordado cien kilos y se halla en medio de una crisis depresiva grave – concluyó la presentadora de televisión, mientras yo hacía esfuerzos sobrehumanos para coger una cuchara y comer un pudín de pan.

En ese momento, sonó la alarma del reloj y desperté; mientras me secaba el sudor de la frente, me dije a mí mismo que no volvería a enamorarme, ni en sueños, de una reina griega.

¬¬


[1] Enumeración absolutamente innecesaria, pero que la pongo para recalcar mi profundísimo conocimiento de los clásicos (¿?).

[2] Eso tal vez la hubiese alegrado, si tenemos en cuenta que la degradación y decadencia de los estudiantes universitarios es equivalente o quizás hasta superior que la de su exmarido y sus “colegas”.

[3] Comprensible, ya que el mal gusto de las últimas décadas del siglo veinte y de la primera del veintiuno es incluso más mitológico que la belleza de la propia Helena.

[4] Véase Animal Planet para una comprensión clara de esta metáfora.

El extraño caso del señor Noel, muerto en el Machángara

Las cenas de Navidad son una porquería. Admítanlo: a ustedes les fastidia, tanto como a mí, mantener esos incómodos diálogos – supremamente educativos y tiernos – con parientes a los que no han visto en siglos y que se creen la fuente del saber universal.

— ¿Ya conseguiste empleo? ¿NO?

— Es que estoy dedicado al arte…

— ¿Artista? Eso no es un trabajo, hijito, solo pendejadas de comunistas o hippies vagos.

— Es que yo creo…

— No, tú no tienes que creer nada, debes trabajar, T-R-A-B-A-J-A-R, ¡TRABAJAR!, ¿ENTIENDES?

— Sí, pero…

— ¿Y ya te casaste?

— No, yo…

— ¿Hasta cuándo piensas esperar? ¡Ya sienta cabeza! Ese connubio con la gallina que compraste hace un año no va hacia ningún lado, ¡ES UN ANIMAL, CARAJO, NO UNA MUJER!

(Mi relación con Juliana la gallina es algo que se debe respetar, ¡nos amamos y no hay nada malo en eso!)

Sin embargo, este año la reunión de Navidad fue diferente, hasta interesante. Yo, como de costumbre, acudí con el soberbio propósito de embriagarme y apenas entré en la cocina para buscar una botella de vino, pude ver a un viejo flaco y barbudo, quien, más borracho que una cuba, insultaba a todo aquel que quería acercársele.

— Oye, viejo – dije engrosando la voz como me enseñaron en las cantinas de mala muerte –, ese es MI trago.

El hombre me miró con una sonrisa burlona.

— Tú pareces de los míos, ¿por qué, en vez de quitarme el vino, no bebemos juntos?

Primero supuse que se trataba de un pervertido, pero como mi alcoholismo es más poderoso que mi instinto de conservación, acepté.

— ¿Sabes? Mi nombre es Papá Noel

— ¿Ah, sí? ¡Qué bueno!

— Papá Noel, Santa Claus, San Nicolás ¿no te suena familiar?

— No, ni idea.

— El sujeto que regala juguetes en Navidad…

Me puse a reflexionar y, de pronto, recordé.

— ¿En serio? ¡No te creo! Solamente eres un viejo flaco, borracho y amargado; el verdadero Santa es un gordo bonachón.

— No, no, soy Papá Noel y si me encuentro en este estado, es por culpa de ustedes…

— ¿Por qué? Yo no te he hecho nada… al menos sobrio.

— Me refiero a los humanos en general. Verás: hace mucho tiempo los niños creían en mí sin discutir, esperaban alegres, durante meses, mi llegada, soñaban en Rodolfo el reno, el trineo y la bolsa de juguetes, pero, de un tiempo a esta parte, una corriente de gente inteligentísima se ha propuesto hacerme la guerra, dicen que no existo, que “la Navidad es una invención de los capitalistas burgueses, quienes alimentan el consumismo de la gente para enriquecerse indiscriminadamente”, o que soy “una figura de la que se apropió una transnacional para hacer propaganda por su asqueroso producto” y otras cosas por el estilo; ¡ya nadie disfruta de esta fecha, y ni siquiera los niños me escriben cartas para pedirme regalos! ¡Estoy acabado!

— Bueno, la verdad es que yo tampoco soy fanático de la Navidad, sin embargo, me da lo mismo si la gente cree en ella o si tú bajas cada año por las chimeneas para robarte la ropa interior de las universitarias, al fin y al cabo, suelo hacer lo mismo.

— Ojalá todos fueran tan comprensivos como tú, mi querido y borracho amigo; te confieso que la pena me ha empujado a tomar una decisión fatal: ¡me voy a suicidar!

— ¡No puedes hacer eso, Rodolfo se quedaría sin nadie que le dé la cena!

— Ya puse en adopción al reno, lo acogió una familia de ecologistas radicales; la última vez que nos vimos, lo estaban pelando porque ni ÉL debe llevar encima un abrigo fabricado con pelaje animal.

— Ya veo, ¿entonces estás decidido?

— Sí, por eso estoy en Quito, quiero ahogarme en el Machángara.

— ¡Qué asco! ¿Por qué?

— Es que deseo una muerte denigrante y no se me ocurrió un río más sucio e inmundo que ese – hizo una pausa para beber un último trago y luego concluyó –: bueno, me despido, fue un gusto haberte conocido.

Enseguida, extendiéndome la mano, se marchó.

Hace unas horas, encendí el televisor – aún tenía resaca por los excesos de la noche –, y en cierto canal estaban transmitiendo el noticiario. La presentadora hablaba de un hombre al que habían hallado flotando entre los desechos del río Machángara, la madrugada del 25 de diciembre.

— Entre sus pertenencias – dijo la mujer –, se halló una tarjeta, cuyo texto decía: “Papá Noel, Polo Norte, 00001.”

¬¬

Tras la elegancia del erizo

Hace algunos meses compré un libro que, según los críticos, era una obra maestra de la literatura francesa contemporánea: La elegancia del erizo de Muriel Barbery. Claro, no todos los que lo habían leído concordaban con aquel criterio; muchos, de hecho, opinaban que era aburrido y hasta una basura.

Sin embargo, decidí adquirir el texto, convencido de que todo intelectual que se precie tiene que leer los mismos libros que aquella raza de iniciados que nunca se equivoca: los críticos.

Orgulloso, caminé por las calles que van desde la librería hasta mi casa, llevando, en una bolsa absurdamente grande, un librito de pasta blanca de la Editorial Seix Barral.

Mi corazón latía con fuerza, ansioso por esta aventura intelectual que había iniciado.

No era para menos, al fin y al cabo, en mis manos estaba “el libro más importante de la literatura francesa de los últimos diez años”, y yo, que siempre he querido ser un intelectual, comprendía que leerlo era la llave indicada para abrir la puerta del paraíso de estos hombres inefables.

Así pues, cómodamente sentado en un sofá, me puse a revisar este elegante texto. Con las primeras diez líneas, me asombré; con las siguientes quince, me aburrí; y con las treinta que seguían me quedé dormido. ¡Era una maravilla…! (Para quien estuviese buscando un efectivo método de autohipnosis).

Eventualmente, terminé de leer La elegancia del erizo y lo único que obtuve de él fue una pregunta: ¿dónde estaba dicha elegancia? Al principio, supuse que había caído bajo el sofá o la cama de mi dormitorio, pero por más ahínco que puse en la búsqueda, jamás la hallé.

Desesperado, acudí a la librería, pues la única explicación que se me ocurrió es que había adquirido un ejemplar defectuoso, sin elegancia.

— No, señor – me dijo el dependiente –, aquí se lo entregamos completito.

“Tal vez se me cayó, con la bolsa, en el basurero”, supuse, entonces.

Finalmente, después de varios días de frustraciones, acudí a la policía para denunciar la desaparición de la elegancia del erizo. Un tal Valverde (creo que era teniente) me recibió y anotando en su libreta, con una expresión inmutable en el rostro, dijo:

— La verdad, caballero, es que no le puedo dar muchas esperanzas; casos como este ocurren todo el tiempo y las Fuerzas del Orden no nos damos abasto con ellos, sin embargo, si sabemos algo de la inoperancia del erizo…

— ¡Elegancia! – corregí.

— Eso, eso… inobservancia del erizo, le avisaremos; hasta entonces, vaya tranquilo a su casa, tome una… varias tazas de café o una copita de aguardiente. Buenas tardes.

Estas líneas las escribo exactamente tres meses después del nefando incidente y ya no tengo la menor esperanza, por eso, convencido de que el erizo sin su elegancia no tiene la menor validez, he optado por llevar el libro al inodoro con la finalidad de utilizarlo, cuando la miseria se apodere de mi hogar, en ciertos menesteres no tan eruditos, pero sí muy naturales.

¬¬

El alfil rebelde

Asistí a la final del Campeonato Nacional de Ajedrez movido por la curiosidad que me despertaban los dos contendientes. El uno, Daniel Vega, campeón defensor, era un profesor de matemáticas, que había dedicado toda su vida al estudio de la ley de probabilidades. Su comportamiento era apático, frío, ordenado – igual que su forma de jugar –, aunque en ciertos momentos se podía descubrir en su rostro una fugaz expresión de arrogancia y desprecio hacia los demás.

Por otro lado, Emilio Cervera, su contendor, era un hombre corpulento, bilioso, enamorado del ajedrez desde que lo descubrió en la academia militar, mientras se preparaba para oficial. Para él, cada pieza parecía tener un significado místico, de manera que hasta consultaba con su alfil, antes de efectuar cualquier jugada.

Pasadas tres horas, el público era presa de una mezcla de cansancio y expectación. Ambos rivales no conseguían realizar un solo movimiento definitivo, pues cualquier intento era bloqueado enseguida con una facilidad impresionante.

El ambiente del salón era frío, opaco y aunque la mayoría espectadores deseaba que el juego terminase, nadie se movía de su asiento, convencido de que algo extraordinario estaba por ocurrir.

Los contendientes, por otro lado, casi ni se miraban y apenas habían cruzado un par de palabras para saludar, al comienzo de la partida.

De pronto, Cervera realizó un magnífico movimiento con su caballo, poniendo en jaque al rey de su rival. Éste, por primera vez en el juego, pareció perder por unos minutos la serenidad, luego de los cuales, salió del apuro, moviendo una torre.

— Dos jugadas más… – dijo, con una sonrisa burlona.

Cervera no respondió, dedicándose a mirar obstinadamente uno de sus alfiles.

— ¡Ja, ja, ja! – rió, como si repentinamente hubiera enloquecido –. Tiene usted razón, mi amigo dice que he perdido.

— ¿Su amigo?

— El alfil, ¿no lo ve?

— ¡Deje de hablar estupideces y juegue!

El retador, cuyas manos y piernas temblaban ligeramente, movió un peón.

— Se ha dado por vencido, ¿verdad? – interrogó Vega, al mismo tiempo que hacía avanzar a su caballo.

Cervera no dijo nada, pero sus ojos denotaban terror, locura. De pronto, con el dorso de la mano, derribó al rey, cayendo, luego, desmayado.

— Es natural, no podía soportar mucho tiempo más esta presión – afirmó Vega.

Me levanté de mi asiento para ayudar al retador, sin embargo, uno de mis vecinos me detuvo.

— No entiendo por qué se rindió.

— Estaba acabado, no podía hacer nada más; pero eso no importa, debemos…

— ¿Qué quiere decir con que estaba acabado? ¡Fíjese! – dijo, señalando un alfil –. Si lo movía, ganaba.

Miré el tablero. Aquel extraño tenía razón.

— Pero, ¿qué pasó, entonces?

— No lo sé, joven, tal vez el alfil no se quiso mover – afirmó, sonriendo con tranquilidad.

En una tierra sin nombre

Sucedió lejos de aquí,
en una tierra sin nombre,
donde la ley nada puede
contra el cariño de un hombre.

“Tierra sin nombre”

José Alfredo Jiménez

Era una mañana calurosa, no soplaba el viento y era casi imposible respirar. Nadie caminaba por las calles, por lo que el pueblo daba la impresión de estar abandonado. Me dirigí al único bar de la localidad y encontré en éste a la mayoría de los hombres del pueblo, que habían acudido en busca de sombra y de una bebida fría; de hecho, la barra y todas las mesas estaban ocupadas.

Volví sobre mis pasos, resignado a refugiarme en la habitación del hotel, cuando un individuo ebrio y de aspecto desgarbado me llamó:

— Oiga, gringo, ¿habla español?

— No soy gringo.

— ¡Ja! ¡Un gringo coterráneo! ¡Qué cosa más extraña! – repuso con cierto retintín –. ¿Por qué no se sienta conmigo?

Acepté, la verdad es que hubiera preferido marcharme, pero el ambiente del bar, a pesar de la cantidad de personas, era fresco y reconfortante.

— ¿Qué le trajo a este basurero? – preguntó, después de invitarme a beber un jarro de cerveza.

— Nada en especial; quería conocer este pueblo.

— ¡Debe estar arrepentido! – sonrió burlonamente.

— La verdad, no.

El hombre permaneció en silencio por un tiempo prolongado.

— ¿Quiere que le cuente algo? – preguntó, al fin –. ¡Estoy harto de vivir aquí! No hay una sola persona que valga la pena, todos son unos miserables.

— Bueno, en cualquier lugar…

— ¡No, no, no! ¡Aquí es peor!

Bebió otro jarro de cerveza y luego me dijo que sus paisanos eran gente desagradable, acostumbrada a vivir del chisme y de la calumnia, sin que les importara las consecuencias de sus actos.

— Pero eso no es lo peor, la hipocresía es lo más repugnante… Hipocresía como la de esas mujeres que siempre hablan de pureza y que… ¡Mejor me callo! ¿Otro trago?

Al anochecer, el hombre, en completo estado de embriaguez, se levantó de la mesa, extendiéndome la mano derecha.

— Un gusto conversar con usted, gringo coterráneo – dijo, mientras caminaba hacia la salida –. ¡Casi lo olvido! Hoy, a las nueve, se casa una amiga en la iglesia del pueblo; vaya, está invitado, le garantizo que no se arrepentirá.

Acudí a la iglesia, empujado por la curiosidad. A las nueve y cuarto, el automóvil de la novia se detuvo frente a la entrada y ésta bajó, radiante, con un vestido blanco, largísimo y de encajes. Realmente, era hermosa. Su futuro marido, por otra parte, esperaba en el templo. Cuando nos disponíamos a entrar, una voz aguardentosa hizo que nos detuviéramos:

— Julia, ¡tú te quedas!

Era el hombre del bar, con una pistola en la mano.

— ¿Estás loco? – exclamó la novia.

El hombre no dijo nada y, elevando el arma, disparó dos veces contra ella. Enseguida, la muchacha, inconsciente, rodó los peldaños del atrio, mientras, el asesino corría a abrazarla.

— ¿Por qué lo escogiste a él? Si no me hubieras engañado, estaríamos juntos, felices y, sobre todo, vivos… – balbuceó como un loco, con los ojos desencajados

El puma plateado

Nunca antes había cazado, pero acepté unirme a la partida cuando Pablo, un antiguo amigo, me informó que lo que perseguíamos era a un extraño puma plateado. Animal que, para Benítez, jefe de la expedición, era la única razón para vivir.

En la selva, nos dedicamos a buscar algún rastro. Fue inútil, y transcurridos cinco días, el cansancio hizo mella en cada uno de los miembros del grupo. Pensé que desistiríamos, pero la voluntad de Benítez siempre terminaba por imponerse, obligándonos a continuar.

Al anochecer del sexto día, el jefe se confinó en su tienda. Mientras tanto, el calor y los mosquinos nos atacaban sin piedad. Noté en los ojos de mis compañeros, incluso en los de  Pablo, una enorme ira reprimida, nadie toleraba a su vecino y cualquier pequeña chispa desataría un incendio. Decidí, entonces, acostarme y, después de mucho esfuerzo, logré conciliar el  sueño, aunque éste era turbio y lleno de pesadillas.

En la madrugada, un grito me despertó. Permanecí recostado unos minutos, antes de atreverme a salir y, cuando lo hice, llevé  mi escopeta apretada contra en el pecho para que su frío y duro metal me diera valor.

— Creo que fue una pesadilla – me dije, después de avanzar unos pasos –; aquí, no hay nada.

Los ruidos de la selva me reconfortaron y opté por volver a mi carpa.

— Tú también lo oíste, ¿verdad? – Dijo, repentinamente, un hombre al que la oscuridad me impedía ver.

— Sí… – Asentí, elevando el cañón de la escopeta.

— Soy yo, Pablo; ¡baja el arma!

Mi corazón latía con demasiada fuerza, como si quisiera salirse del pecho.

— ¿El grito? – Pregunté con voz casi inaudible.

— ¡Ajá! – Hizo una pausa y luego prosiguió –. Creo que debemos buscar al…

Un nuevo alarido no lo dejó terminar; esta vez fue claro y proveniente de la carpa de Benítez, que, aún, estaba iluminada.

— ¡Él está aquí… Él…! – Dijo apenas nos vio.

— ¿Quién, el puma?

— Sí, ¡mire! – Señaló el fondo de la tienda.

— Señor, no hay nada, excepto su sombra.

El jefe se levantó enfurecido, abalanzándose sobre Pablo; ambos cayeron al suelo. Al poco tiempo, alertados por el ruido, llegaron el médico y tres hombres más.

— Voy a suministrarle un tranquilizante, es lo mejor – afirmó aquél, después de que le expliqué lo sucedido. Luego, volvimos a nuestras tiendas para descansar un poco.

A la mañana siguiente, el médico, que permaneció velando a Benítez, fue a despertarnos aterrado.

— Señores, algo terrible ocurrió…

— ¿Qué, hable, hombre?

— Me quedé dormido y, al despertar, el jefe había desaparecido.

— ¿No hay alguna señal de adónde pudo ir?

— No, pero… ¡Véanlo ustedes mismos! – Exclamó, señalando la carpa.

Levantamos el toldo y, en el suelo, junto al catre, vimos una gran mancha de sangre. Enseguida, el hombre de confianza de Benítez ordenó emprender la búsqueda y, siguiendo el rastro, arribamos a un descampado.

— ¡Encontré algo! – Gritó uno de los hombres.

Se trataba de la madriguera de una zarigüeya, donde aquel animalillo se lamía tranquilamente las patas traseras, que al igual que su morro, estaban untadas de sangre.

Los forajidos

 

Hace algunos meses visité un pueblo cercano a Bucay. Por aquel tiempo, el calor era tan intenso que, al menor esfuerzo, sudaba copiosamente.

En uno de mis paseos, descubrí el café en el que todos los habitantes recaían tarde o temprano. Era un lugar pequeño, bien cuidado, pero demasiado cálido, pues el dueño, que también era barman y, a veces, hasta cocinero; se rehusaba a comprar un aparato de aire acondicionado o, por lo menos, un par de ventiladores.

La gente, por otro lado, era alegre, jovial y muchas veces se acercó a mi mesa para conversar e invitarme a un trago; sin embargo, al sexto día de mi llegada, las cosas cambiaron. Todos se mantenían silenciosos, distantes y cualquier intento de acercamiento era rechazado casi con agresividad.

El ambiente era pesado e, incluso, el viejo gramófono, que, por lo general, repetía, una y otra vez, cierto disco de Julio Jaramillo; estaba apagado. Opté, entonces, por quedarme cerca de la barra, bebiendo un vaso de cerveza y a la espera de una persona que quisiera informarme algo, cualquier cosa.

De repente, un individuo, al que no había visto antes, entró, colocándose a mi lado.

— ¿Qué haces aquí? – Le dijo el dueño del local, mirándole con desconfianza.

— Un vaso de aguardiente – fue su única respuesta.

— Deberías estar en tu casa, con tu mujer.

— ¡Eso, a ti que te importa! Además no entiendo por qué, hoy, todo el mundo me jode.

El dueño del local le sirvió el licor, mirando de reojo un reloj oxidado que colgaba de la pared del fondo.

Contemplé al resto de visitantes del café y sentí que un escalofrío me invadía el cuerpo. Aquellos hombres miraban al recién llegado con una extraña expresión, mezcla de ansiedad, desprecio y miedo.

— ¡Tómate eso y lárgate! – Exclamó el dueño, observando, una vez más, el reloj.

— Me iré cuando quiera – apuró de un  trago la copa y, dirigiéndose a mí, prosiguió –: en la Capital, el servicio no debe ser tan malo como aquí, ¿verdad?

No supe qué responder.

— ¡Cállate, Manuel! – le dijo uno de los comensales de la mesa más cercana a nosotros.

— No puede ser tan malo – continuó el aludido, ignorándolo –, ¿sabe? Yo vivo en la casa que está junto a este local y hasta hace una semana, venía todos los días a comer y a beber, pero, por alguna razón inexplicable, me convertí en un apestado.

— ¡Basta! – Exclamó un hombre corpulento, haciendo ademán de levantarse.

— ¿Qué, vas a matarme? ¡Qué miedo!

El fortachón iba a reaccionar, pero la puerta se abrió y un pequeño, agotado y a punto de estallar en sollozos, entró, gritando:

— ¡Son ellos, ya llegaron!

— ¡Lárgate a tu casa, imbécil, tu esposa…! – Dijo el dueño del café.

El hombre se puso de pie y sin decir una palabra, echó a correr, saliendo del establecimiento.

— ¿Qué ocurre? – Pregunté tímidamente.

En ese momento, se escucharon un grito de mujer y dos disparos.

— Son ellos… – Respondió el dueño –. Todos los meses es igual, se llevan, al menos, a uno…

— ¿Quiénes, a quién se refiere?

— Los forajidos – dijo, temblando.