Tras la elegancia del erizo

Hace algunos meses compré un libro que, según los críticos, era una obra maestra de la literatura francesa contemporánea: La elegancia del erizo de Muriel Barbery. Claro, no todos los que lo habían leído concordaban con aquel criterio; muchos, de hecho, opinaban que era aburrido y hasta una basura.

Sin embargo, decidí adquirir el texto, convencido de que todo intelectual que se precie tiene que leer los mismos libros que aquella raza de iniciados que nunca se equivoca: los críticos.

Orgulloso, caminé por las calles que van desde la librería hasta mi casa, llevando, en una bolsa absurdamente grande, un librito de pasta blanca de la Editorial Seix Barral.

Mi corazón latía con fuerza, ansioso por esta aventura intelectual que había iniciado.

No era para menos, al fin y al cabo, en mis manos estaba “el libro más importante de la literatura francesa de los últimos diez años”, y yo, que siempre he querido ser un intelectual, comprendía que leerlo era la llave indicada para abrir la puerta del paraíso de estos hombres inefables.

Así pues, cómodamente sentado en un sofá, me puse a revisar este elegante texto. Con las primeras diez líneas, me asombré; con las siguientes quince, me aburrí; y con las treinta que seguían me quedé dormido. ¡Era una maravilla…! (Para quien estuviese buscando un efectivo método de autohipnosis).

Eventualmente, terminé de leer La elegancia del erizo y lo único que obtuve de él fue una pregunta: ¿dónde estaba dicha elegancia? Al principio, supuse que había caído bajo el sofá o la cama de mi dormitorio, pero por más ahínco que puse en la búsqueda, jamás la hallé.

Desesperado, acudí a la librería, pues la única explicación que se me ocurrió es que había adquirido un ejemplar defectuoso, sin elegancia.

— No, señor – me dijo el dependiente –, aquí se lo entregamos completito.

“Tal vez se me cayó, con la bolsa, en el basurero”, supuse, entonces.

Finalmente, después de varios días de frustraciones, acudí a la policía para denunciar la desaparición de la elegancia del erizo. Un tal Valverde (creo que era teniente) me recibió y anotando en su libreta, con una expresión inmutable en el rostro, dijo:

— La verdad, caballero, es que no le puedo dar muchas esperanzas; casos como este ocurren todo el tiempo y las Fuerzas del Orden no nos damos abasto con ellos, sin embargo, si sabemos algo de la inoperancia del erizo…

— ¡Elegancia! – corregí.

— Eso, eso… inobservancia del erizo, le avisaremos; hasta entonces, vaya tranquilo a su casa, tome una… varias tazas de café o una copita de aguardiente. Buenas tardes.

Estas líneas las escribo exactamente tres meses después del nefando incidente y ya no tengo la menor esperanza, por eso, convencido de que el erizo sin su elegancia no tiene la menor validez, he optado por llevar el libro al inodoro con la finalidad de utilizarlo, cuando la miseria se apodere de mi hogar, en ciertos menesteres no tan eruditos, pero sí muy naturales.

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El alfil rebelde

Asistí a la final del Campeonato Nacional de Ajedrez movido por la curiosidad que me despertaban los dos contendientes. El uno, Daniel Vega, campeón defensor, era un profesor de matemáticas, que había dedicado toda su vida al estudio de la ley de probabilidades. Su comportamiento era apático, frío, ordenado – igual que su forma de jugar –, aunque en ciertos momentos se podía descubrir en su rostro una fugaz expresión de arrogancia y desprecio hacia los demás.

Por otro lado, Emilio Cervera, su contendor, era un hombre corpulento, bilioso, enamorado del ajedrez desde que lo descubrió en la academia militar, mientras se preparaba para oficial. Para él, cada pieza parecía tener un significado místico, de manera que hasta consultaba con su alfil, antes de efectuar cualquier jugada.

Pasadas tres horas, el público era presa de una mezcla de cansancio y expectación. Ambos rivales no conseguían realizar un solo movimiento definitivo, pues cualquier intento era bloqueado enseguida con una facilidad impresionante.

El ambiente del salón era frío, opaco y aunque la mayoría espectadores deseaba que el juego terminase, nadie se movía de su asiento, convencido de que algo extraordinario estaba por ocurrir.

Los contendientes, por otro lado, casi ni se miraban y apenas habían cruzado un par de palabras para saludar, al comienzo de la partida.

De pronto, Cervera realizó un magnífico movimiento con su caballo, poniendo en jaque al rey de su rival. Éste, por primera vez en el juego, pareció perder por unos minutos la serenidad, luego de los cuales, salió del apuro, moviendo una torre.

— Dos jugadas más… – dijo, con una sonrisa burlona.

Cervera no respondió, dedicándose a mirar obstinadamente uno de sus alfiles.

— ¡Ja, ja, ja! – rió, como si repentinamente hubiera enloquecido –. Tiene usted razón, mi amigo dice que he perdido.

— ¿Su amigo?

— El alfil, ¿no lo ve?

— ¡Deje de hablar estupideces y juegue!

El retador, cuyas manos y piernas temblaban ligeramente, movió un peón.

— Se ha dado por vencido, ¿verdad? – interrogó Vega, al mismo tiempo que hacía avanzar a su caballo.

Cervera no dijo nada, pero sus ojos denotaban terror, locura. De pronto, con el dorso de la mano, derribó al rey, cayendo, luego, desmayado.

— Es natural, no podía soportar mucho tiempo más esta presión – afirmó Vega.

Me levanté de mi asiento para ayudar al retador, sin embargo, uno de mis vecinos me detuvo.

— No entiendo por qué se rindió.

— Estaba acabado, no podía hacer nada más; pero eso no importa, debemos…

— ¿Qué quiere decir con que estaba acabado? ¡Fíjese! – dijo, señalando un alfil –. Si lo movía, ganaba.

Miré el tablero. Aquel extraño tenía razón.

— Pero, ¿qué pasó, entonces?

— No lo sé, joven, tal vez el alfil no se quiso mover – afirmó, sonriendo con tranquilidad.

En una tierra sin nombre

Sucedió lejos de aquí,
en una tierra sin nombre,
donde la ley nada puede
contra el cariño de un hombre.

“Tierra sin nombre”

José Alfredo Jiménez

Era una mañana calurosa, no soplaba el viento y era casi imposible respirar. Nadie caminaba por las calles, por lo que el pueblo daba la impresión de estar abandonado. Me dirigí al único bar de la localidad y encontré en éste a la mayoría de los hombres del pueblo, que habían acudido en busca de sombra y de una bebida fría; de hecho, la barra y todas las mesas estaban ocupadas.

Volví sobre mis pasos, resignado a refugiarme en la habitación del hotel, cuando un individuo ebrio y de aspecto desgarbado me llamó:

— Oiga, gringo, ¿habla español?

— No soy gringo.

— ¡Ja! ¡Un gringo coterráneo! ¡Qué cosa más extraña! – repuso con cierto retintín –. ¿Por qué no se sienta conmigo?

Acepté, la verdad es que hubiera preferido marcharme, pero el ambiente del bar, a pesar de la cantidad de personas, era fresco y reconfortante.

— ¿Qué le trajo a este basurero? – preguntó, después de invitarme a beber un jarro de cerveza.

— Nada en especial; quería conocer este pueblo.

— ¡Debe estar arrepentido! – sonrió burlonamente.

— La verdad, no.

El hombre permaneció en silencio por un tiempo prolongado.

— ¿Quiere que le cuente algo? – preguntó, al fin –. ¡Estoy harto de vivir aquí! No hay una sola persona que valga la pena, todos son unos miserables.

— Bueno, en cualquier lugar…

— ¡No, no, no! ¡Aquí es peor!

Bebió otro jarro de cerveza y luego me dijo que sus paisanos eran gente desagradable, acostumbrada a vivir del chisme y de la calumnia, sin que les importara las consecuencias de sus actos.

— Pero eso no es lo peor, la hipocresía es lo más repugnante… Hipocresía como la de esas mujeres que siempre hablan de pureza y que… ¡Mejor me callo! ¿Otro trago?

Al anochecer, el hombre, en completo estado de embriaguez, se levantó de la mesa, extendiéndome la mano derecha.

— Un gusto conversar con usted, gringo coterráneo – dijo, mientras caminaba hacia la salida –. ¡Casi lo olvido! Hoy, a las nueve, se casa una amiga en la iglesia del pueblo; vaya, está invitado, le garantizo que no se arrepentirá.

Acudí a la iglesia, empujado por la curiosidad. A las nueve y cuarto, el automóvil de la novia se detuvo frente a la entrada y ésta bajó, radiante, con un vestido blanco, largísimo y de encajes. Realmente, era hermosa. Su futuro marido, por otra parte, esperaba en el templo. Cuando nos disponíamos a entrar, una voz aguardentosa hizo que nos detuviéramos:

— Julia, ¡tú te quedas!

Era el hombre del bar, con una pistola en la mano.

— ¿Estás loco? – exclamó la novia.

El hombre no dijo nada y, elevando el arma, disparó dos veces contra ella. Enseguida, la muchacha, inconsciente, rodó los peldaños del atrio, mientras, el asesino corría a abrazarla.

— ¿Por qué lo escogiste a él? Si no me hubieras engañado, estaríamos juntos, felices y, sobre todo, vivos… – balbuceó como un loco, con los ojos desencajados

El puma plateado

Nunca antes había cazado, pero acepté unirme a la partida cuando Pablo, un antiguo amigo, me informó que lo que perseguíamos era a un extraño puma plateado. Animal que, para Benítez, jefe de la expedición, era la única razón para vivir.

En la selva, nos dedicamos a buscar algún rastro. Fue inútil, y transcurridos cinco días, el cansancio hizo mella en cada uno de los miembros del grupo. Pensé que desistiríamos, pero la voluntad de Benítez siempre terminaba por imponerse, obligándonos a continuar.

Al anochecer del sexto día, el jefe se confinó en su tienda. Mientras tanto, el calor y los mosquinos nos atacaban sin piedad. Noté en los ojos de mis compañeros, incluso en los de  Pablo, una enorme ira reprimida, nadie toleraba a su vecino y cualquier pequeña chispa desataría un incendio. Decidí, entonces, acostarme y, después de mucho esfuerzo, logré conciliar el  sueño, aunque éste era turbio y lleno de pesadillas.

En la madrugada, un grito me despertó. Permanecí recostado unos minutos, antes de atreverme a salir y, cuando lo hice, llevé  mi escopeta apretada contra en el pecho para que su frío y duro metal me diera valor.

— Creo que fue una pesadilla – me dije, después de avanzar unos pasos –; aquí, no hay nada.

Los ruidos de la selva me reconfortaron y opté por volver a mi carpa.

— Tú también lo oíste, ¿verdad? – Dijo, repentinamente, un hombre al que la oscuridad me impedía ver.

— Sí… – Asentí, elevando el cañón de la escopeta.

— Soy yo, Pablo; ¡baja el arma!

Mi corazón latía con demasiada fuerza, como si quisiera salirse del pecho.

— ¿El grito? – Pregunté con voz casi inaudible.

— ¡Ajá! – Hizo una pausa y luego prosiguió –. Creo que debemos buscar al…

Un nuevo alarido no lo dejó terminar; esta vez fue claro y proveniente de la carpa de Benítez, que, aún, estaba iluminada.

— ¡Él está aquí… Él…! – Dijo apenas nos vio.

— ¿Quién, el puma?

— Sí, ¡mire! – Señaló el fondo de la tienda.

— Señor, no hay nada, excepto su sombra.

El jefe se levantó enfurecido, abalanzándose sobre Pablo; ambos cayeron al suelo. Al poco tiempo, alertados por el ruido, llegaron el médico y tres hombres más.

— Voy a suministrarle un tranquilizante, es lo mejor – afirmó aquél, después de que le expliqué lo sucedido. Luego, volvimos a nuestras tiendas para descansar un poco.

A la mañana siguiente, el médico, que permaneció velando a Benítez, fue a despertarnos aterrado.

— Señores, algo terrible ocurrió…

— ¿Qué, hable, hombre?

— Me quedé dormido y, al despertar, el jefe había desaparecido.

— ¿No hay alguna señal de adónde pudo ir?

— No, pero… ¡Véanlo ustedes mismos! – Exclamó, señalando la carpa.

Levantamos el toldo y, en el suelo, junto al catre, vimos una gran mancha de sangre. Enseguida, el hombre de confianza de Benítez ordenó emprender la búsqueda y, siguiendo el rastro, arribamos a un descampado.

— ¡Encontré algo! – Gritó uno de los hombres.

Se trataba de la madriguera de una zarigüeya, donde aquel animalillo se lamía tranquilamente las patas traseras, que al igual que su morro, estaban untadas de sangre.

Los forajidos

 

Hace algunos meses visité un pueblo cercano a Bucay. Por aquel tiempo, el calor era tan intenso que, al menor esfuerzo, sudaba copiosamente.

En uno de mis paseos, descubrí el café en el que todos los habitantes recaían tarde o temprano. Era un lugar pequeño, bien cuidado, pero demasiado cálido, pues el dueño, que también era barman y, a veces, hasta cocinero; se rehusaba a comprar un aparato de aire acondicionado o, por lo menos, un par de ventiladores.

La gente, por otro lado, era alegre, jovial y muchas veces se acercó a mi mesa para conversar e invitarme a un trago; sin embargo, al sexto día de mi llegada, las cosas cambiaron. Todos se mantenían silenciosos, distantes y cualquier intento de acercamiento era rechazado casi con agresividad.

El ambiente era pesado e, incluso, el viejo gramófono, que, por lo general, repetía, una y otra vez, cierto disco de Julio Jaramillo; estaba apagado. Opté, entonces, por quedarme cerca de la barra, bebiendo un vaso de cerveza y a la espera de una persona que quisiera informarme algo, cualquier cosa.

De repente, un individuo, al que no había visto antes, entró, colocándose a mi lado.

— ¿Qué haces aquí? – Le dijo el dueño del local, mirándole con desconfianza.

— Un vaso de aguardiente – fue su única respuesta.

— Deberías estar en tu casa, con tu mujer.

— ¡Eso, a ti que te importa! Además no entiendo por qué, hoy, todo el mundo me jode.

El dueño del local le sirvió el licor, mirando de reojo un reloj oxidado que colgaba de la pared del fondo.

Contemplé al resto de visitantes del café y sentí que un escalofrío me invadía el cuerpo. Aquellos hombres miraban al recién llegado con una extraña expresión, mezcla de ansiedad, desprecio y miedo.

— ¡Tómate eso y lárgate! – Exclamó el dueño, observando, una vez más, el reloj.

— Me iré cuando quiera – apuró de un  trago la copa y, dirigiéndose a mí, prosiguió –: en la Capital, el servicio no debe ser tan malo como aquí, ¿verdad?

No supe qué responder.

— ¡Cállate, Manuel! – le dijo uno de los comensales de la mesa más cercana a nosotros.

— No puede ser tan malo – continuó el aludido, ignorándolo –, ¿sabe? Yo vivo en la casa que está junto a este local y hasta hace una semana, venía todos los días a comer y a beber, pero, por alguna razón inexplicable, me convertí en un apestado.

— ¡Basta! – Exclamó un hombre corpulento, haciendo ademán de levantarse.

— ¿Qué, vas a matarme? ¡Qué miedo!

El fortachón iba a reaccionar, pero la puerta se abrió y un pequeño, agotado y a punto de estallar en sollozos, entró, gritando:

— ¡Son ellos, ya llegaron!

— ¡Lárgate a tu casa, imbécil, tu esposa…! – Dijo el dueño del café.

El hombre se puso de pie y sin decir una palabra, echó a correr, saliendo del establecimiento.

— ¿Qué ocurre? – Pregunté tímidamente.

En ese momento, se escucharon un grito de mujer y dos disparos.

— Son ellos… – Respondió el dueño –. Todos los meses es igual, se llevan, al menos, a uno…

— ¿Quiénes, a quién se refiere?

— Los forajidos – dijo, temblando.

Sindicado por robar el viernes

El cuarto era pequeño, opresivo. La única iluminación provenía de un brillante foco que, cual espada de Damocles, colgaba del techo, justo sobre nuestras cabezas; este último, de metal oxidado, escurría una herrumbre repugnante sobre las paredes verdes. Por otra parte, el único mobiliario consistía en una mesa, un cubo de madera y tres sillas. En una de las cuales estaba sentado yo; y, en las otras, dos hombres uniformados.

— ¿Por qué se empeña en hacernos perder el tiempo? ¡Confiese de una vez! – Gritó el de la derecha, un tipo de estatura descomunal.

— Cálmate, cálmate – dijo el otro, dándole una palmadita en el hombro; luego me miró –; no quiero que usted piense que somos unos matones sin escrúpulos, pero si no coopera, no voy a tener otra opción…

— Es que no entiendo por qué… – Balbuceé.

— Usted no tiene que entender nada, no le trajimos para eso, simplemente diga si se robó o no, el día viernes.

— Admito que el viernes me robé un libro del supermercado, pero….

— ¡No, no, no! Se da cuenta, ni siquiera hace un esfuerzo por ayudarnos – dio una chupada de su cigarrillo, exhalando el humo en mi cara –; a nosotros, ¿qué nos puede importar un estúpido libro? Lo acusamos de robarse el día viernes, ¿oyó? ¡El viernes!

— ¡Eso es ridículo! – Exclamé exasperado – ¿quién puede hacer eso?

— ¡Usted! – intervino el soldado enorme.

Bajé la cabeza y me sumí en mis pensamientos. Un corto silencio se hizo en la habitación.

— ¡Tráelo! – Dijo, al fin, el individuo que había conducido el interrogatorio.

El gigantesco militar salió, regresando casi enseguida con un joven semidesnudo, cuyo cuerpo estaba cubierto de heridas, moretones y sangre coagulada.

— Éste, ya no da más – informó.

— Ya veo; habrá que llevarlo a dormir, entonces – hizo una pausa y mirándome con una sonrisa siniestra, dijo –: ése es el único premio que gana un necio; ayúdese.

— Entiendan, señores: yo robé un libro el viernes, ¡nada más!

— No, usted se robo el viernes, completito, las veinticuatro horas exactas.

— ¡No, lo niego!

— Hagamos una cosa: me cae bien, por eso voy a darle una última oportunidad; reflexione, tranquilícese y tome una decisión mientras yo me encargo de poner a dormir a nuestro viejo amigo, ¿qué le parece?

No contesté. Guardia y prisionero salieron.

Transcurridos un par de minutos, el gigante me dijo:

— Eres un idiota si no hablas, el Coronel ha sido muy tolerante contigo – se escuchó un disparo, el militar volteó y se quedó mirando la puerta.

En ese instante me puse de pie y, tras tomar el cubo vacío, le asesté dos poderosos golpes en la cabeza; el militar cayó al suelo inconsciente. Enseguida, aprovechando que la puerta había quedado sin seguro, salí, y, ayudado por la oscuridad, pude evadirme de esa extraña cárcel.

En la calle, mientras corría en busca de un lugar más transitado, me pareció escuchar, a lo lejos, un sonido similar al tableteo de una ametralladora.

El pueblo de los endemoniados

Anochecía cuando llegué. Llevaba mi cámara de fotos, una grabadora, lápiz y mi vieja libreta con pasta de cuero; caminé por una calle de tierra – realmente, de lodo, por las últimas lluvias –, única vía que conectaba ambos extremos del pueblo. A ambos lados, se alineaban unas cuantas casitas de adobe con techos de madera y paja, en las que no se podía detectar la menor señal de vida. Ni luces ni ruido, sólo un inquietante silencio.

Una extraña opresión en el pecho me acompañó durante todo el trayecto y pensé que lo mejor era marcharme, al fin y al cabo, aquel lugar estaba desierto. Cuando emprendía el regreso a la carretera principal, alcancé a ver un brillo saliendo de la más alejada de las viviendas. Indeciso, permanecí de pie unos instantes. A lo lejos, en las montañas, una fiera aullaba lastimeramente.

La curiosidad, sin embargo, me empujó hasta la casita y golpeé tímidamente la puerta, maltrecha por el tiempo y el clima. Casi enseguida, una mujer descuidada, de aspecto montaraz y sucio, apareció.

— ¿Quién eres? – Dijo, al tiempo que sus ojos negros me escrutaban de pies a cabeza.

— Tuve un accidente en la carretera y como este pueblo es el más cercano…

— A mí, eso no me importa.

— Es que no hay a quién más acudir.

La mujer reflexionó.

— Tienes razón, entra.

El interior de la casa era bastante miserable. Al fondo, había un catre viejo; junto a la puerta, una cocineta con una tetera encima; y, frente a ésta, dos banquitos de madera.

— Siéntate.

Obedecí y ambos permanecimos en silencio, escuchando embobados el ruido que hacía el agua al hervir. Mi corazón latía a una velocidad inusitada; algo minúsculo, que escapaba a mis sentidos pero no a mi inconsciente, estaba por ocurrir.

— No te sorprendas de que el pueblo esté vacío – dijo, de pronto, la mujer –, todos están muertos.

— ¿Muertos, por qué? – Pregunté con un mal disimulado terror.

— Los han matado.

— ¿Qué… quiénes?

— ¿Quién va a ser? ¡Los demonios, imbécil!

La miré fijamente; sus facciones adquirieron cierto matiz y ya no eran tan groseras sino de una belleza críptica y descuidada.

— Si quieres verlos, señor periodista, ve hacia el río, se halla a cincuenta metros de esta casa.

— ¿Cómo supo que yo…?

— Tienes una cámara, pero no pinta de turista; así que es obvio – hizo una pausa y luego agregó –; ahora, ¡lárgate y déjame en paz!

Me levanté y antes de salir, volteé a ver, una vez más, a la mujer; su rostro había vuelto a ser feo.

Afuera, la noche era oscura, la luna casi no iluminaba. Caminé hasta el río y me puse a otear, en busca de algo, cualquier cosa que me permitiera escribir un artículo.

Una nueva serie de aullidos me dio la bienvenida. “Me tomó el pelo”, pensé. En ese instante algo duro golpeó mi pie. “¿Un cadáver?” Sí. Un hilillo de sangre salía de él e iba a parar en una diminuta isla, treinta metros río arriba. Caminé hasta allí. Un chacal se había encaramado sobre ella, sus ojos brillantes me miraron, retándome. Enseguida, abrió las fauces y tomó algo del suelo, ¡una  cabeza! Sobresaltado, miré la isla y descubrí una serie de brazos, piernas y cráneos.

— ¡No es de tierra sino de cuerpos amontonados! – Grité, echando a correr.

Al día siguiente, la policía fue al pueblo. Yo, que había realizado la denuncia, no quise acompañarlos. Sentado en el despacho del capitán, esperaba el resultado de las pesquisas.

De pronto, sonó el teléfono y un gendarme contestó.

— ¿Cómo? – Dijo, mirándome burlonamente –. ¿No hay pueblo ni muertos? Sí, yo hago el informe.