BIOGRAFÍA APÓCRIFA: EL NIÑO

programmatic-native-advertising-la-pubblicità-ai-tempi-del-mobile-first

A la izquierda de la foto puede verse a un niño y a la derecha a un autómata. Imagen tomada de: “Inside Marketing“.

El niño es una especie en peligro de extinción, agoniza rodeado de aparatos eléctricos y de juguetes que jamás utiliza.

Nadie escucha sus quejidos de muerte. Los graznidos que lanza su iPad con salpullido de huellas dactilares funcionan como un silenciador para los reclamos del infante.

Padres y abuelos cubren al niño, cada festividad, con artilugios nuevos, jugando a la adultez sin responsabilidad.

Antes, en la Grecia de Hércules, los muchachos iban a entrenar con el centauro Quirón, aprendían artes o tensaban arcos. Su sueño era ser héroes, pensadores. Hoy, ya casi no se encuentra un niño, menos un sueño.

Por las calles a veces aparece un infante, es un monstruo fantástico como esos zorros de cuatro colas y dos cabezas de la mitología japonesa. La gente lo mira y se pregunta: “¿de qué se alimenta?, ¿dónde vive?, ¿será una alucinación?”

La multitud se abre para dejarle seguir y guarda silencio igual que en un funeral cuando pasa el ataúd. El niño apenas camina (por no decir que se arrastra), es un superviviente agotado que anhela el suicidio.

Y es que él tiene todo, pero al mismo tiempo, nada: ya no come papillas porque hace daño el azúcar, no toma leche a menos que esté deslechada, tampoco chocolate salvo que sea deschocolatado. No estudia, no juega, no habla, no duerme, solo se embadurna con grasa colgado de un televisor.

El otro día encontré a un niño que volvía a casa después de la escuela. Era la encarnación del aburrimiento. Me dijo que su maestra le había quitado su teléfono celular y ya no le encontraba sentido a la vida.

En un artículo de prensa, leí que la World Wildlife Fund ha dictaminado que el niño se extinguirá en el 2020, pese a que en ciertos zoológicos mantienen algunos ejemplares en aislamiento con la esperanza de que sobrevivan para solaz de la gente hambrienta de extravagancias.

“Los niños que viven en cautiverio también morirán – concluye el artículo –, pues se ha descubierto que ni siquiera la cuarentena impide que se hagan viejos. Algunos llegan a tener arrugas en la cara, pero la mayoría mueren sin que aquello suceda porque su cerebro ya las ha desarrollado antes y es tan terrible la enfermedad que ese órgano termina plegándose hasta desaparecer”.

Apócrifo

Toledo, 12-09-2006.- Imagen de una de las obras que componen la exposición sobre Dalí que se inaugura mañana en Cuenca. ©Salvador Dalí, Fundació Gala-Salvador Dalí, Cuenca, 2006

El Quijote a través de los ojos de Dalí. ©Salvador Dalí, Fundació Gala-Salvador Dalí, Cuenca, 2006

La segunda parte de la novela cayó en sus manos cuando aún estaba inconclusa y solo la muerte podía vengarlo.

Buscó al plagiario entre escritores y escribidores, amigos y enemigos, pero hasta su nombre era apócrifo.

— Debe ser un poeta

— Pero el libro tiene errores que un escritor no cometería.

— Es una trampa para desviar la atención.

El autor, entonces, decidió ejecutar su venganza – el nombre del enemigo aparecería tarde o temprano, sin duda –. Se sentó frente a la mesa y se puso a garabatear sin pausa, despreciando la llegada del alba o de la noche.

Meses después, la venganza estaba lista:

… suplico a los dichos señores, mis albaceas, que si la buena suerte les trujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí con el título de Segunda parte de las hazañas de don Quijote de la Mancha, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe, porque parto desta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos.

Era el año 1615. El autor que se escondía bajo el seudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda, el plagiario, jamás apareció y Cervantes había comprendido que la única forma de vencerlo – a él y a cualquier otro impostor – era matando al Quijote.

Contrabandista de órganos

trasplante_de_corazon

Siempre he imaginado que la frase “¡te entrego mi corazón!” se refiere a esto.

La costumbre era regalar corazones de chocolate hasta que estalló la plaga que aniquiló todos los cultivos de cacao. Desde entonces los amantes optaron por arrancarse su propio corazón – verdadera prueba de amor – para obsequiarlo durante el día de San Valentín.

El único problema fue que, con el transcurso de los meses y el declive del amor entre las parejas, el corazón se pudría.

Al principio, a nadie parecía importarle pero, poco a poco, la gente capaz de donar escaseó, creándose una necesidad que la ciencia y el Estado eran incapaces de suplir.

Las bandas criminales se dedicaron, entonces , a secuestrar personas para arrancarles el órgano y venderlo en el mercado negro a los adictos del placer efímero. Yo fui uno de los que sucumbió a este negocio.

Cuando vendí el corazón de mi mujer a nadie pareció importarle. Sin embargo, a medida que crecía la demanda, mis colegas y yo notamos que era imperativo conseguir más donantes, toda vez que no alcanzaba solo con los miembros de nuestras familias.

Capturamos las pocas colegialas con corazón que quedaban y, al terminarse, optamos por secuestrar bebés. Al poco tiempo, se acabaron las existencias dentro del país y seguir el negocio en otro era imposible porque las bandas locales cuidaban violentamente sus territorios.

Todo se agravó el día en que los científicos declararon que, en un giro lamarckiano, la nueva generación de humanos nacería sin corazón.

Aquel evento nos obligó a cambiar las perspectivas de nuestra empresa. Hoy, somos perfectamente legales y estamos clonando gente para arrancarle ese músculo. No es grave: se toma lo útil y se desecha lo demás.

Mientras escribo estas líneas aguardo a que uno de mis colegas me extraiga una muestra de ADN para producir una nueva camada de donantes.

En realidad me siento muy feliz: a fin de cuentas, ahora millones de personas poseen mi corazón.

Variaciones de una demanda judicial

En 1947 Raymond Queneau publicó sus “Ejercicios de estilo”, libro en el que compilaba 99 variaciones de una escena opaca que presenció en un autobús parisino. A ese texto árido y desprovisto de detalles el escritor francés lo reconstruyó con diferentes tonos y técnicas.

Queneau era, aparte de literato, un matemático aficionado que perteneció a la Academia Francesa de aquella rama – además de la Academia Goncourt, la más prestigiosa de las letras galas – y un buen porcentaje de su trabajo se enfocó en la experimentación matemático – literaria.

 

Las mil caras de Raymond Queneau

Las mil caras de Queneau

Desde que actualicé este sitio, he recibido algunos correos preguntándome a qué me refiero con “perseguido por la justicia empresarial” en la sección donde explico quién soy.

Una simple crónica para explicarlo, sin embargo, no tendría sentido en un blog tan serio como La rue Morgue, de manera que, sin llegar a la estupenda cifra de 99, intentaré seguir el camino de Queneau, ofreciendo algunas variantes de lo ocurrido:

 

Notaciones.

Es mediodía. Un sujeto de piel cetrina pone un esferográfico y una carta de renuncia frente a otro de tez pálida, casi transparente. Este lo mira y le dice que no tiene pruebas para acusarlo de injurias. El sujeto de color cobrizo suda copiosamente y, tartamudeando, responde que no cabe la negación porque cualquiera puede comprobarlo en Twitter. El otro sonríe, toma la hoja y se dispone a salir con ella. Entonces, el de piel cetrina se pone a brincar a su lado, tratando de recuperar el papel que termina por romperse durante el forcejeo.

El pálido, dos semanas después, cambia de trabajo, aunque el nuevo es peligrosamente parecido al anterior.

 

Parábola de ciencia ficción.

Autómata.

Autómata con la misma vitalidad de un estudiante universitario que se alimenta con hamburguesas.

Al robot café se le fundió la tarjeta de procesamiento porque su dueño, un magnate de los váteres electrónicos, le exigió realizar una tarea demasiado compleja para su sistema: pensar por su propia cuenta.

El robot era prácticamente chatarra y solo por la exigencia del magnate, quien lo apreciaba tanto como a sus váteres, lograron convertirlo en mayordomo tras varios meses de composturas.

La última misión del autómata fue asesinar a un empleado de la fábrica de váteres. Al parecer, la sentencia se produjo porque a este se le ocurrió usar uno de los servicios higiénicos diseñados por el magnate y, al comprobar que no servía, lo publicó en la red holográfica.

El robot marrón fue a buscar a su víctima, pero antes de que pudiera cumplir su misión ordenó al empleado que le dejara ver el retrete. Su objetivo era destruir la evidencia del fracaso de su amo y al momento en que levantó la tapa, una poderosa descarga de electricidad proveniente del sistema de desagüe, terminó por fundir todos sus chips.

Lo último que se supo del empleado, después del incidente, es que fue a limpiar los retretes de otro magnate de los retretes.

 

Otra parábola (novela psicológica rusa).

Los duelos en Rusia, antes, tan populares; hoy, solo los practica Yugi Oh!

Los duelos en Rusia, antes tan populares; hoy, solo practicados por Yu-Gi-Oh!

Dimitri estaba frente a Volodia. Pocas horas antes había nevado y su aliento cálido salía de su boca transformado en neblina. Sentía una mezcla de miedo, odio y ansia. Miles de pensamientos se apiñaban en su cerebro y su corazón latía aceleradamente.

Recordó que el ermitaño Zósima le dijo, pocas horas antes, que la venganza no era el camino de un hombre que busca la redención… Pero ¿perdonar? ¿Acaso es admisible el perdón para un hombre que no fue capaz de aceptar una amistad desinteresada, cuyo único precio era agachar la cabeza y obedecer? A fin de cuentas, ¿no implica toda relación humana el renunciamiento a la dignidad individual a cambio del placer de no estar solo?

No cabía duda, el pálido era un enemigo peligroso, mas, no se sentía capaz de eliminarlo. Dimitri, pese a que no dudaba de que su deber era aniquilar a Volodia, le tenía terror a las consecuencias. No era capaz de asumir el rol de juez y verdugo; las palabras del ermitaño le martillaban la cabeza y el corazón. “¡La venganza no es redención, la venganza no es redención! ¡LA VENGANZA…!” ¿Y qué es la redención? ¿Existe siquiera?

De pronto, Volodia tomó la hoja que contenía la venganza de su rival e intentó llevársela, sin embargo, Dimitri pudo detenerlo. Hubo un forcejeo entre ambos contrincantes hasta que el papel se hizo añicos. Fue un empate.

A Volodia, pocos días después, otro Dimitri lo empleó. Los hombres amamos el fracaso.

 

Subjetivo (un punto de vista).

Mi gato hoy, mañana, siempre...

Mi gato ayer, hoy, mañana, siempre…

El pálido es tonto y feo. Yo soy una maravilla: lindo, inteligente y, pese a que no he leído ningún libro, periódico o revista, trabajo en una librería porque soy tan sabio como Osho. Entre otras cosas, sé que puedo usar a Twitter para expulsar a ese huevón de una empresa que no es mía.

Pero, ese pendejo es atrevido. Cuando le presenté su carta de renuncia obligatoriamente voluntaria, se atrevió a decirme que YO le estaba chantajeando y que eso es mucho más grave que cualquier injuria, sobre todo porque YO no tenía pruebas. Encima, fue tan descarado que intentó llevarse la carta de renuncia obligatoriamente voluntaria para que la revise su abogada. ¡Hijo de puta!

Tuve que rebajarme a su nivel y perseguirlo hasta la puerta para que me entregara su carta de renuncia obligatoriamente voluntaria que me pertenece porque YO la escribí. Como es obvio, con mi súper fuerza lo sometí y sé – rumores que a mí nunca me han interesado – que trabaja en otra librería limpiando el polvo de los estantes.

 

Animismo.

Garabatean sobre mí sin pudor. Me aruñan con sus lápices y sus esferográficos, espadas que hacen que me desangre con pintura azul, roja o negra. Mis hermanas y yo estamos acostumbradas, pero lo que me indigna es que ahora encima me jalan, me arrugan y finalmente me desechan solo porque sus caprichos les impiden recordar que soy frágil y que me rompo.

 

Traslación léxica[1]:

Sí, el ubí es una planta trepadora y no tiene nada que ver con un rubí.

Sí, el ubí es una planta trepadora y no tiene nada que ver con un rubí.

Es un médium, un sulfato de pierna cetrina que pone un esforrocino y un cartapel de renuncio fresal sobre otro que tiene una tía pálida, casi transparente. Este lo mira y le dice que no tiene psicastenia para acusarlo de injusticia. El sulfato de colorete cobrizo suda copiosamente y, tartamudeando, responde que no cabe el negatón porque cualquiera puede verlo en un ubí. El otro sonríe, toma el hojaldre y se dispone a salir con él. Entonces, el de pierna cetrina se pone a brincar en el ladrillal, tratando de recuperar la papelería que termina por romperse durante la forestación.

El pálido, dos semasiologías después, cambia de trabazón, aunque la nueva es peligrosamente parecida a la anterior.

 


 

[1] La traslación léxica es un ejercicio que consiste en reemplazar una palabra por otra siguiendo un método específico. En este caso opté por los sustantivos; el sistema se resume así: Sustantivo + 7, es decir, que la palabra escogida es el sustantivo que sigue inmediatamente a la séptima entrada del diccionario después de aquel que será cambiado.

Rígor mortis

viridiana-luis-buc3b1uel-5

Fotograma de Viridiana de Luis Buñuel.

Me puse el mejor traje que tenía en el clóset, evitando mirar las cobijas revueltas de la cama matrimonial que estaba a mis espaldas.

Ayer, justo después de que los hombres de la funeraria se llevaron el cuerpo de mi mujer, me eché en la cama sin siquiera tenderla. Su muerte era terriblemente dolorosa, pero me preocupaba más lo que enfrentaría luego: amigos dándome el pésame, misas de muerto y entierro.

Durante la noche no logré conciliar el sueño, temeroso de que aparecieran los sepultureros para enterrar el cuerpo antes de tiempo. Poco antes de ir a la cama, mi hermana dijo por teléfono: “¡ellos no se equivocan!”

Creo que me dormí minutos antes de las seis de la mañana, después de que unos gatos callejeros tumbaran un par de tejas mientras se cortejaban sobre mi techo.

Desperté a las siete, más agotado que antes de acostarme. Media hora después aparecieron los hombres de la funeraria para que firmase algunos papeles, al tiempo que informaban el código de vestir que debía llevar durante el velorio, la misa y el entierro. Luego se marcharon sonrientes. No hubo siquiera un “lo siento por su pérdida”.

Entré en la cocina y vi el cadáver de mi mujer sentado frente a la mesa. Los empleados de la funeraria la habían vestido de etiqueta y, pese al rígor mortis, me pareció más bella que nunca. Besándola, salí.

La limusina y el ataúd me esperaban. Entré en este luego de saludar al chófer y a su ayudante, quien lo selló mientras yo cruzaba los brazos. En seguida, sentí que me subían al auto y lo ponían en marcha para conducirme a mi entierro.

Paris ya no era una fiesta

metro de París

Era las nueve de la noche. Iba a bajarme en la plaza Vendôme justo cuando irrumpiste en el metro. Pude ver la decepción en tus ojos al notar que era el único ocupante, sin embargo, estabas decidido a cumplir con tus planes pese al contratiempo.

Me insultaste, ordenando que no me moviera.

Obedecí y, en ese momento, supe, por tu expresión, que de alguna forma habías descubierto mi identidad. Tu entusiasmo se renovaba.

El metro no se detenía, el chirrido de las ruedas y los rieles me parecieron un réquiem. Cerré los ojos mientras soltabas una nueva serie de insultos, salpicados de referencias al paraíso y a las huríes.

Reí. Furioso, mostraste el chaleco de explosivos, informándome que nadie iba a salvarme porque tus compañeros se habían encargado de impedir que las fuerzas de seguridad intervengan.

Solo atiné a decir que no te juzgaba y que haría lo mismo.

Nos miramos por unos instantes sin agregar palabra, luego activaste el explosivo. Fueron apenas unos segundos los que se demoró en explotar, pero los suficientes para explicarte que sabía que, tarde o temprano, los humanos iban a matarme a mí, a Dios.

Trasplante de gato

razas-gatos-persa

Julián se despertó en el cuerpo del gato a eso de las tres de la tarde. La operación había durado cinco horas y varias veces estuvo a punto de morir en el quirófano, sin embargo siempre logró superar las crisis.

La idea la tuvo Carmen, una chica que lo rechazaba porque no era “tan dulce como un gato”.

Cierta mañana, le dijo que había visto en la televisión la historia de un médico de Kazajistán que estaba realizando en el país trasplantes de conciencias humanas a cuerpos de perros, burros, vacas, ovejas, etc.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo funcionan aquellas operaciones, tampoco importa. El caso es que Julián terminó en el cuerpo de un gato persa de color marrón.

Pasado el tiempo de recuperación, Carmen llevó a su novio/mascota a su casa y el sueño de este se hizo realidad: ella le hacía caricias, le daba de comer y le permitía dormir a su lado.

Las primeras semanas fueron de ensueño. Ambos estaban completamente enamorados, aunque a veces surgían pequeños problemas, por ejemplo: Julián detestaba usar el arenero en vez del retrete y comer bolas con sabor a pescado y no bistec. De todas maneras, el amor lo sanaba todo.

Sin embargo, los líos empezaron precisamente por culpa de la pasión. Una noche, Carmen estaba dormida y su novio/mascota despertó de pronto, víctima de una libido insoportable. Se puso cariñoso, lamiendo la cara, el cuello y el pecho de la muchacha, sin lograr que despertase, pero, cuando intentó encaramarse sobre el pubis, el sueño dio paso a un alarido y un golpe. El gato Julián salió disparado, estampándose contra la pared.

Ese fue el fin de la luna de miel. Carmen, otrora muy cuidadosa, empezó a “olvidarse” que debía ponerle alimento, primero a la hora del desayuno, después en el desayuno y el almuerzo y finalmente durante todo el día.

No le permitía dormir en su cama y se encerraba en su habitación o a veces ni siquiera iba a dormir en casa.

El novio/mascota hizo lo posible por recuperar a Carmen, mas fue inútil. Ella no quería saber nada del “gato degenerado”.

Julián comprendió que solo quedaba una alternativa: buscar al médico para que le devolviese su cuerpo.

Escapó de la casa de Carmen y caminó casi hasta el amanecer buscando al médico, quien lo recibió furioso – no se levantaba antes de las diez, salvo que tuviera que hacer alguna cirugía –, aunque se calmó pronto ante la perspectiva de experimentar nuevamente sobre el gato Julián.

Admitió que jamás había intentado devolver la conciencia a su cuerpo original, pero que si el paciente estaba dispuesto a correr el riesgo y, sobre todo, los gastos – ¡elevadísimos! – lo intentaría. Julián aceptó.

La segunda operación duró el doble que la primera, pero fue un éxito o casi porque desde ese día Julián – con su cuerpo completamente humano – ya no tiene problemas para usar el arenero en vez del váter.