El único traidor de América

Una de las novelas de Kilgore Trout (¡imposible hallarla en Quitolandia!).

Una de las novelas de Kilgore Trout (¡imposible hallarla en Quitolandia!).

La entrevista al “único traidor de América”, Kilgore Trout, naufragó sobre la piel rosada de Marilyn Monroe.

En diciembre de 1953, Playboy publicaba su primer número con los desnudos de la estrella de “Some Like It Hot”. Solo “America’s worst enemy” podía competir con ella.

El autor de la entrevista fue un periodista desconocido que visitó a Trout en la prisión federal de Finletter, Georgia.

Hefner, igual que había hecho con las fotografías de Marilyn Monroe, compró el artículo para publicarlo como exclusiva.

“¿Siente arrepentimiento por haber traicionado a los Estados Unidos de América?”

“No tengo patria, vendo periódicos.”

Durante la entrevista, jamás se menciona que Trout había publicado un centenar de novelas de ciencia ficción y miles de relatos.

Para el entrevistador y el público en general, era un pobre diablo que se ganaba la vida repartiendo periódicos.

“¿Usted es comunista?”

“No. Más bien me gusta el aislamiento.”

“Muchos dicen que no es un criminal, sino un loco…”

“Como usted y todos los que dicen eso.”

La entrevista fue publicada poco después del estancamiento de la Guerra de Corea. El escritor se oponía a la intervención estadounidense.

Marilyn Monroe en Playboy.

Marilyn Monroe en Playboy.

Trout fue liberado un par de meses después, pero debía asistir al siquiatra una vez por semana y hacer trabajos comunitarios.

Nunca cumplió su sentencia y a nadie le importó.

En 2006, el escritor tuvo un infarto. Cierto adivino le dijo, horas antes, que George Bush volvería a ser presidente de los Estados Unidos.

La noticia del futuro lo mató.

Para cerrar la entrevista de 1953, el periodista soltó:

“Usted dijo que si el país se involucraba en la guerra, debía desaparecer…”

“Dije que debía irse a la mierda.”

En la página siguiente un pezón de Marilyn Monroe se erguía, indiferente a las sutilezas de la política.

Los enemigos del canon

Curzio Malaparte imitando a Humphrey Bogart en

Curzio Malaparte imitando a Humphrey Bogart en “Casablanca”.

Del matrimonio entre artistas y dictadores rara vez se ha obtenido algo bueno. Acaso esto se debe a que el arte es cuestionador, enemigo de una versión unívoca de la verdad o de los cánones éticos dictados por dudosos mesías.

En cualquier caso, los políticos son expertos en diezmar las filas de los artistas, atrayéndolos a las suyas, quizá con la esperanza de mejorar su discurso o mostrar una imagen superior y pulcra de los sistemas que defienden.

El 2 de enero de 1925, Curzio Malaparte – seudónimo de Kurt Erich Suckert – encabezaba una comitiva de fascistas radicales que visitó a Mussolini para instarle a desafiar al Parlamento que pretendía derrocarlo, por estar involucrado en el asesinato del diputado socialista Matteoti. El escritor quiso alcanzar con dicha acción un puesto influyente en la política italiana y apostó por el triunfo final de un Duce, quien aparentemente estaba condenado a la cárcel o al suicidio. La apuesta fue acertada pero el premio para Malaparte jamás llegó.

El fascismo italiano de los años treinta y cuarenta era diestro en provocar tanto amor como aversión entre los intelectuales, trasladando la pugna de las calles a periódicos, revistas y galerías. El fascismo fusionado con el futurismo del escritor Filippo Tomasso di Marinetti confrontaba a cualquiera que se opusiese a la idea de una nación poderosa y belicista.

Filippo Tomasso di Marinetti escribía porno gore, si no me cree lea

“, novela llena de sexo, guerra y robots. Algo así como una novela de Asimov protagonizada por Sasha Grey.

Mussolini era un genio de la propaganda. Había aprendido durante su período socialista la importancia de la información y de la desinformación. Por lo tanto, controlar a periodistas y escritores fue una de las primeras estrategias que aplicó. Los atrajo a su círculo, hizo que escribieran en su periódicoIl Popolo d’Italia”, financió revistas o simplemente los intimidó, logrando una maquinaria de propaganda oficial gigantesca y contra la que pocos audaces, como Gramsci, se atrevían a apuntar sus lanzas.

Lo cierto es que la mayoría de los intelectuales que formaron parte del círculo fascista, terminaron abandonándolo cuando el curso de la Segunda Guerra Mundial enfilaba hacia la derrota del Eje. Algunos se pasaron a la orilla comunista, convirtiéndose en implacables enemigos del partido al que habían apoyado – el propio Malaparte – y pocos – Marinetti, por ejemplo – se mantuvieron fieles hasta el final.

Los logros artísticos son más bien escuetos cuando se produce este matrimonio entre arte y política, básicamente porque al poder le interesa poco la fuerza creadora de aquel – el Renacimiento acaso es una de las excepciones que confirma la regla – y hasta lo teme, puesto que sabe que en su interior anida el germen de la crítica y la desobediencia a la sinrazón.

El propio Malaparte nos narra en su “Kaputt” que los nazis acantonados en Varsovia destruían los antiguos frescos de los palacios de la aristocracia polaca para reemplazarlos con las monstruosas pinturas que el régimen de Hitler propugnaba como el “verdadero arte”.

El problema no es que los artistas quieran hacer política, ni siquiera que los políticos pretendan hacer arte, pero sí que este se convierta en un mero instrumento de aquellos y que los artistas se entreguen al mejor postor, olvidando que su misión no es sentarse en un solio sino cuestionarlo, derribarlo si es necesario, evitando convertirse en marionetas o lo que es peor: en bastardos del canon.

(Lea este texto también en la web La Casa Ártica.)

 

Curzio Malaparte, su “Kaputt” y “La piel”.

La bobada de junio: Ecuador, “capacitador” en derechos humanos

Para cumplir con la nueva Ley de Comunicación, desde este mes La rue Morgue cuenta con un nuevo articulista y “observador” estatal que nos dará su “opinión” sobre los textos a publicarse. Naturalmente, como no se trata de un censor, su función consiste en decirnos lo que debemos y lo que no debemos subir al blog, nada más; adicionalmente cooperará con un artículo para alguna de nuestras secciones.

Yo me encuentro encantado con la llegada de este compañerito, el señor Kléber Tontazo – portador de seis maestrías y un doctorado –, sobre todo porque me exigió una oficina con todos los aderezos necesarios, tres asistentes y seis asistentes para sus asistentes, una secretaria “multiuso”, computadoras con una excelente memoria RAM y un teléfono rojo para comunicarse directamente con la presidencia – entidad con la que, obviamente, nada tiene que ver –; gastos que – palabras más, palabras menos – me tienen jodido. Sin embargo, cumpliendo con la ley, dejo a mis lectores en buenas manos y con la esperanza de que no nos abandonen.

El Ecuador, representado por un poderoso gato negro, defiende su soberanía de los embates de Assange, el inocente conejito.

El Ecuador, representado por un poderoso gato negro, defiende su soberanía de los embates de Assange, el inocente conejito.

El Ecuador es tierno como un gatito dormido, pero, cuando alguien se atreve a mancillar su soberanía, se transforma en una terrible pantera africana, de esas que salen en el canal gringo de animales, Penthouse. En efecto, los ecuatorianos somos gente amable y pacífica que se indigna contra aquellos que intentan pisotear su independencia – aunque sean BFFs como el Assange, quien solo nos molestó un poquito.

Así que ¡cuidado, imperialistas del mundo! Nunca permitiremos que se aprovechen de nosotros, a menos que quienes lo hagan sean chinos o venezolanos, porque la dignidad no se compra con dólares sino con yuanes o bolívares.

Tres funcionarios que muestran la mejor cara posible.

Tres funcionarios que muestran la mejor cara posible.

El mes pasado, el país fue titular en la mayoría de periódicos corruptos por una decisión histórica: entregar ayuda financiera para la capacitación de los Estados Unidos en materia de derechos humanos. Aún recuerdo el momento en que escuché la noticia en uno de los canales independientes e incautados por el gobierno; mi corazón ardiente por poco se incinera de la emoción y mis manos limpias casi se ensucian con un torrente de lágrimas. No era para menos, pues ¿quién se ha atrevido antes a dar una bofetada de dignidad a los gringos imperialistas? ¡NADIE!

Mi amigo Alvarado, con la frente en alto, demostró al mundo que “sí se puede” dejar a la diplomacia internacional, literalmente, boquiabierta usando una sola cosa: el cinismo.

Quiero, sin embargo, analizar detenidamente todo lo que nos convierte en el ejemplo a seguir en derechos humanos:

La policía y cincuenta y dos diputados destituidos jugando a "las cogidas".

La policía y cincuenta y dos diputados destituidos jugando a “las cogidas”.

1)      Nunca hemos violado la constitución, impidiendo que diputados elegidos por el pueblo ingresen al Congreso, al tiempo que negociábamos con sus suplentes para que ocupen su lugar. ¡NEVER!

2)      Jamás se nos ha pasado por la cabeza sacar cuarenta millones de dólares a un periodista que no gana ni mil al mes. ¡NEVER!

3)      Nadie ha escuchado a nuestro presidente denigrando a una persona por su condición física o intelectual. ¡NEVER!

4)      Nuestro sistema legal es tan justo y eficiente que “nunca de los nuncas” ha encerrado en la cárcel a una mujer porque “es fea y cae mal a todo el mundo”. ¡NEVER!

5)      Never in the life se ha escuchado que medios de comunicación incautados sigan funcionando por más de un año en manos del Estado, sin ser vendidos para pagar a la gente que, víctima de la corrupción de algunos banqueros, se quedó en la calle.

6)      Y jamás, jamás, jamás, entiéndase bien: J – A – M – Á – S se nos ha ocurrido bailar y cantar música protesta mientras nuestros compatriotas se matan a tiros.

¿Se pondría en esas carnes?

¿Se pondría en esas carnes?

Con todas estas cualidades, es evidente que somos los indicados para dar cátedra en derechos humanos. Mas ¿cuál es el plan que proponemos a los Estados Unidos para mejorar en esta área? No soy la persona indicada para responder una pregunta tan técnica, se necesitan un par de doctorados más para eso; aunque sí creo, modestamente, que puedo hacer un bosquejo:

En primer lugar debemos enseñarles a los gringos a escuchar las canciones de Fito Páez y Facundo Cabral, ya que no hay nada más criminal y antihumano que los temas de Lady Gaga.

También es importante que los yanquis dejen el fútbol americano y se dediquen a la macateta, deporte que los ecuatorianos – que somos medio boludos – dominamos desde la tierna infancia y que nos prepara para soportar los pelotazos de la política con la mayor alegría e ingenuidad.

Es adecuado explicarles a los gringos que las torturas en Guantánamo son obsoletas y basta con reemplazarlas con cadenas sabatinas de cuatro horas. Pruebas científicas realizadas en los invisibles laboratorios de la Universidad Central demuestran que el sufrimiento es infinitamente mayor.

Otra opción es desviar el dinero que se utilizaba en el espionaje de gente inocente hacia un programa para desarrollar el arte y la ciencia, el mismo que consiste en usar los recursos en la creación de  muchísimos ministerios, en vez de ofrecer becas para los artistas; al fin que “esas cosas no sirven para nada”.

Finalmente, debemos sugerir a los imperialistas que compren camisas estilo Zuleta, ya que esto es una prueba de respeto y admiración por los pueblos ancestrales que están llenos de indios de poncho de oro.

Kléber Fermín Tontazo

PhD y magister en Comunicación aplicada a la incomunicación de masas.

Señor Asno, Ministro

ADVERTENCIA:

Todos los personajes de esta historia son ficticios;

el autor no se ha inspirado en ningún burro real

para su creación.

Los síntomas de la extraña enfermedad que Domínguez había adquirido en la selva amazónica tardaron algunos años en manifestarse. El médico le dijo que era natural que no se hubiera percatado de su condición porque la bacteria, luego de alojarse en el tracto respiratorio inferior, suele entrar en un período de hibernación de cuarenta meses durante los cuales su víctima, en apariencia, se encuentra perfectamente saludable.

— Pero, ¿debe existir una cura? – exclamó el enfermo, estremeciéndose por el recuerdo de las purulentas llagas que cubrían su cuerpo.

— Debo ser sincero con usted: no la hay.

— Entonces, ¿voy a morir?

— Bueno, existe una posibilidad, aunque es mínima y requiere de una operación complicadísima…

— No importa, doctor, haré lo que sea.

— Sin embargo debe saber que…

— Le digo que no me importa, lo único que quiero es que estas asquerosas llagas desaparezcan de una vez.

— Desaparecerán, señor Domínguez, desaparecerán – afirmó el médico sonriendo.

De todas maneras los resultados no fueron satisfactorios. Al menos no para el paciente, quien descubrió que la única forma de salvar su vida había sido trasladar su cerebro a otro cuerpo y dado que en estos casos los donantes voluntarios no abundan, se escogió como huésped a un perezoso burro del que su dueño se deshizo sin rechistar.

Las primeras semanas fueron una verdadera tortura para el asno. En su casa, su familia se rehusaba a aceptar que su bruto jefe de familia quería dormir parado y que para desayunar prefería una buena porción de heno en vez de una tortilla de huevos. Lo más grave, sin embargo, fue el rechazo de su mujer, quien, cada vez que él intentaba demostrarle afecto, se alejaba espantada.

«¿Por qué será?; es cierto que tengo unos dientes enormes y amarillos, una lengua pastosa y demasiado grande», hizo una pausa y continuó reflexionando, «mi labio inferior es belfo y babeo de vez en cuando; fuera de eso, soy un perfecto burro».

El caso es que ni estas razones disuadieron a su cónyuge de exigirle el divorcio.

Domínguez se sintió acabado. De buena gana se hubiera pegado un tiro, pero era incapaz de usar un arma por su cuenta y nadie quería cooperar con él.

Cierto día, mientras reposaba frente al televisor, escuchó a un astuto político que, tras desertar de su viejo partido, estaba formando uno propio e invitaba a la ciudadanía a afiliarse y colaborar en «la creación de un futuro brillante para la patria».

«¿Qué puedo perder?», pensó Domínguez, recuperando el brillo de los ojos.

Sin dudarlo más, fue a la oficina del político y éste, al principio sorprendido y luego encantado, le ayudó a llenar la hoja de afiliación.

En pocos días, la noticia de que un asno se dedicaba a la política se regó en cada rincón de la República Democrática de Estulticia y muchos se preguntaron si ésa no sería la solución que tanto esperaban.

Así, en las siguientes elecciones, Domínguez fue elegido diputado por una mayoría abrumadora y ya en el Congreso nadie dudó que era el indicado para el cargo de Primer Ministro.

El inicio de su mandato fue muy agitado. La creación de nuevas leyes – cientos de ellas –, además de los viajes que realizó por Estulticia lo mantuvieron tan ocupado que prácticamente olvidó a su ex – esposa e incluso al resto de su familia.

— Señor Ministro – le dijo uno de sus asesores cierta mañana mientras desayunaba zanahorias – no creo que deba mandar este texto al Congreso, los diputados están muy molestos y creo que…

— ¡Cállese! – rebuznó Domínguez –; no quiero escuchar más tonterías, ellos tienen que hacer lo que les ordeno y punto.

— Es que…

— ¡Silencio! ¡No quiero escucharlo!, ¡déjeme comer en paz!

El pobre tinterillo, intimidado por la imponencia de su jefe, se retiró, mordiéndose la lengua. El tiempo, sin embargo, le dio la razón y apenas dos días después se desató un terrible escándalo tanto en el seno del Congreso como entre los demás habitantes de la República.

No era para menos, al fin y al cabo, el Ministro se empeñaba en aprobar una ley para que los burros fueran liberados de su trabajo, al tiempo que los hombres lo asumían. Además, con el fin de mejorar la salud de los estólidos*, quería prohibir el consumo de carnes, limitando la dieta al heno, la alfalfa y las zanahorias.

Las protestas terminaron por degenerar en un violento desorden civil y, exactamente en la fecha en que se cumplían dos meses de que Domínguez asumió su nuevo cargo, una turba furiosa irrumpió en el patio del palacio de gobierno, amenazando con asesinarlo si no dimitía.

— ¿Qué hacemos, señor? – preguntó el único criado que había  permanecido a su lado.

— ¡Resistiremos! – dijo el burro en un arranque de heroísmo mientras miraba al populacho desde la ventana de su habitación –. Llegará un tiempo en que los estólidos reconocerán mi valor…

El rucio ministro fue sacrificado y esa gloriosa época nunca llegó. Tres generaciones después era aún tan odiado que provocó la muerte de una mula sólo por decir que lo admiraba.


* Gentilicio de los habitantes de la República Democrática de Estulticia.