Biografía apócrifa: ESQUIZIUDADES

Esquiziudades“, publicada en noviembre de 2018 por el Núcleo Pichincha de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

Los escritores, escribidores y excretores cuando dan a luz un libro se empeñan en convencer a sus víctimas – lectores que tan interesante como la creatura es la historia de su gestación.

Lo cierto es que los casos de manuscritos hundiéndose en el mar o que siguieron el camino del olvido a bordo de vagones del Orient Express se repiten con la misma frecuencia con la que se publican libros que podrían haberse evitado tal destino.

Si usted, querido lector, es un entusiasta de las sopas de letras con seguridad habrá leído que Hemingway[1] perdió, a bordo de cierto tren que unía Francia con Suiza, una maleta llena de escritos.

Los que creen en la justicia divina[2] dirán que se trató de un castigo, pues la mujer que embarcó el equipaje en París fue la primera esposa del señor Papa[3], al mismo tiempo que este le buscaba un reemplazo definitivo.

Por aquellos años, un Kafka abatido por la tuberculosis, ordenaba a su amigo Max Brod y a su última pareja, Dora Damiant, que echasen a la pira sus trabajos, víctima de un pudor poco frecuente en el universo artístico.

Como sucede a menudo, los albaceas del difunto eran unos desgraciados y no le hicieron el menor caso: los papeles que poseía Brod fueron a parar en la imprenta, mientras que los de la “viuda”, en las oficinas de la Gestapo.

El fuego, no obstante, sí fue el asesino de los poemas de un Platón que todavía no era filósofo y de la versión primigenia de “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”.

¡Extraños casos!

El neonato que protagoniza este artículo, “Esquiziudades”, también tiene una historia curiosa. Es hijo de dos padres, como es habitual en casi todas las gestaciones, y ambos, como también es habitual casi todas las gestaciones, no se conocían antes del engendramiento.

La criatura – libro, por lo tanto, tiene el sello de la incertidumbre, pues ninguno de los progenitores sabía qué esperar de su experimento, como también es habitual en las gestaciones.

El escribidor de esta nota, siempre audaz, invita a través de sus redes sociales a enviarle declaraciones de guerra con la esperanza de que nadie le haga caso, pero cierta mañana, de esas septembrinas que no se puede saber si son de verano o de otoño, un mensaje cibernético proveniente de las sabanas bogotanas, cambió todo.

Se pregunta quién es el agradable sujeto que se esconde tras las líneas de este blog, averígüelo aquí.

Uno de los futuros padres[4], ecuatoriano en el exilio, había tenido la idea de presentar un libro de crónicas a cierto concurso propuesto por el Núcleo Pichincha de la Casa de la Cultura.

El problema que comparten autores buenos y malos es que, pese a estar por horas sembrados frente a un computador, lo producido nunca alcanza para llenar un libro porque es poco lo que en realidad logró pasar de la cabeza al archivo de Word o porque lo que sí lo consiguió no lo merecía. Así, cuando debe cumplir con un mínimo de páginas no tiene ni la mitad o, a veces, ni la mitad de la mitad.

El futuro padre en el exilio había leído algunos textos del futuro padre que no está en el exilio[5], animándose a remendar su criatura con retazos de la ajena.

Aunque no lo parezca, “Esquiziudades” es un libro cosmopolita. Algunas de sus personajes salen del patio trasero para visitar el delantero, aunque este se encuentre ocupado por Sherlock Holmes

Como es un hombre sagaz, el proponente se dio cuenta que ambos proyectos eran completamente diferentes: el primero, el suyo, era mucho más íntimo, enfocándose en sus experiencias y las personas que han configurado, sin saberlo, su personalidad. El segundo[6] era más frío porque, por lo general, hablaba de muertos.

Esta debilidad, que solo se evidenció cuando el plazo del concurso estaba a punto de vencer, pudo superarse con retórica[7]: “nuestro libro pretende enfatizar las diferencias entre las dos maneras de entender el género de la crónica[8]”.

Lea, en este enlace, qué es lo que hermana a Sherlock Holmes, Papá Noel, Romeo y Julieta. Una crónica incluida en “Esquiziudades”.

Para llegar a esa frase que dice tanto y tan poco al mismo tiempo, este escribidor había pasado noches en vela y horas de terrible desasosiego porque era incapaz de completar ni siquiera la cuarta parte de lo que su nuevo amigo le había solicitado…

Hubiera sido poco decoroso admitirle a la primera persona que respondió a la declaratoria de guerra que iba a desistir por falta de granadas, así que se hizo necesario recurrir a la invención de armas que jamás imaginó: extraterrestres y cines pornográficos, entre otras delicias.

El cóctel resultó exitoso y la retórica, por una vez, quedó respaldada con los hechos. Las “Esquiziudades” se convirtieron en un retrato de casi 160 páginas donde los demonios de las ciudades saltan en forma de letras para descerebrar a los lectores que nunca habían reparado, víctimas de su cotidianeidad, en el manicomio del mundo que los rodea.

El neonato ganó el concurso y los padres, entre exultantes y horrorizados, lo descubrieron cuando ya no había otra alternativa que someterse a la furia del destino, dejando que, con todo y errores, el libro siguiera su camino hacia la imprenta.

Ahora, el monstruo de Frankenstein, guillotinado y sangrando tinta, llega a sus manos, querido lector, para aterrarlo porque desnuda a las ciudades, pero también a usted, a sus hijos y a los mismos escribidores que lo crearon[9].


[1] “Big Pappa” para unos masáis que lo veían ir de aquí para allá cazando leones negros, avestruces sin alas o hipopótamos cúbicos

[2] No es nuestro caso, por supuesto.

[3] Hemingway, no el tubérculo o un tuberculoso infalible del Vaticano.

[4] Responde al nombre de Jonathan Álvarez.

[5] Es decir, yo.

[6] El mío.

[7] A la que se recurre siempre que no hay alternativas serias.

[8] Imprescindible leer esta frase con voz de erudito.

[9] Estas notas al pie, por otra parte, son prescindibles, pero es impensable un artículo serio sin ellas…

Biografía Apócrifa: el honorable Pulvapies

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¡Fotografía del político más limpio de la historia! Tomada de su propia página web.

1967 fue el único año en el que ese raquítico monstruo llamado “Democracia” no pudo decirse a sí mismo que era un fracaso.

Es una mañana tibia de julio. En la pequeña población de Picoazá, Manabí, la gente acude, con una mezcla de incertidumbre y aburrimiento, a las escuelas donde se han instalado centros de votación.

Una tras otra, las papeletas salen de las mesas electorales para entrar en las urnas, como violándolas. Los votantes, enajenados, desfilan por aquí y por allá firmando, tachando y volviendo a firmar…

Afuera, partidarios de uno u otro candidato para la junta parroquial aguardan ansiosos y, con disimulo de hiena, entregando de vez en cuando papeluchos con ofertas incumplibles.

Entre las arenas de ese desierto político, hombres con camisetas verdes se dedican a repartir volantes. “¡Es publicidad comercial!”, se defienden cuando los gendarmes les acusan de incumplir con las inefables normas electorales.

Pulvapies-1967
Una efectiva campaña electoral…

Y es verdad. En aquellas hojas solo se lee:

“PARA ALCALDE: ¡HONORABLE PULVAPIES!”

“VOTE POR CUALQUIER CANDIDATO, PERO SI QUIERE BIENESTAR E HIGIENE, ¡VOTE POR PULVAPIES!”

La gente, como no podía ser de otra manera, optó por el bienestar y la higiene.

Al hacer el conteo de votos, los funcionarios del Tribunal Electoral se dieron cuenta de que el alcalde elegido fue el honorable Pulvapies (sin tilde). Una doble proeza si se tiene en cuenta que Picoazá es una parroquia y, por lo mismo, no elige dignidades de tal índole.

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¡El único realmente honorable!

Acaso esa victoria no tuvo trascendencia política, pero sí fue lo suficientemente llamativa para llegar hasta ese caníbal de la novedad que es el público estadounidense.

Los cazadores de noticias falsas incluso hoy invierten horas y esfuerzos para comprobar si la historia no fue más que un bulo o un error repetido por periódicos como el New York Times. La verdad es esquiva, sin embargo.

¿Los ecuatorianos confunden hasta a los cazadores de noticias falsas?

Lea la nota en los archivos del New York Times.

BIOGRAFÍA APÓCRIFA: LA RARA BESTIA QUE COMPRA LIBROS

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Ilustración de “El libro de los animales”, parte de la colección “Cuenta Cuentos” de Salvat.

Usualmente, el vendedor (si no es un librero por convicción) cree que una persona que compra libros es igual a la que adquiere medias o salchichas, pero no es cierto: el bibliófilo es una bestia veleidosa.

Es erróneo pensar que el comprador de libros trata de adquirir un título o un autor específico, pues, al entrar en la librería, con frecuencia no tiene claro qué es lo que quiere. Sabe que desea un libro, pero no cuál, de modo que curiosea entre los estantes pellizcando por aquí y por allá hasta que una frase o una palabra llaman su atención.

Entonces, se detiene, hojea, huele, disfruta del ejemplar que tiene entre sus manos porque para el bibliófilo no solo se trata de satisfacer una burda sed de conocimiento, sino de un placer como el vino o el amor.

¿Cómo describir a esta clase de comprador? No siempre es un erudito universitario. Sí, los hay por supuesto, pero un gran porcentaje de amantes de libros no ha terminado una carrera de tercero o cuarto nivel.

En realidad, es un personaje elusivo que se interesa más en el goce silencioso de aprender sin interferencias de terceros, por lo que usualmente deja inconclusa su carrera para abstraerse en lecturas interminables.

Es culto. A veces irónico y presumido. Generalmente, vive en las ciudades (a las que dice detestar, pese a que sin ellas no puede vivir). Su edad varía: los más jóvenes suelen estar entre los veinte años y los más viejos, pasan de los setenta. Su pasión es genética, la heredaron de padres, abuelos o tíos con monstruosas bibliotecas. Llueva o truene, nunca les falta un libro bajo el brazo o dentro de la mochila y casi siempre se los puede ver leyendo en buses, cafeterías e incluso váteres.

El comprador de libros es un lector desde luego, pero también es un coleccionista. Ama leer, aunque también es un fanático del objeto libro. Necesita tanto el contenido como el continente.

A diferencia de otras clases de compradores, el que adquiere libros se siente atraído por los más antiguos y extravagantes, por eso es que rara vez acude a una librería con una idea clara de lo que se llevará.

No le gusta que le hagan recomendaciones porque, como es un aventurero que jamás se sometería a una aventura, sabe que el buceo dentro de los estantes es el único deporte extremo que practicará. Además, tiene la certeza de que lo que se promociona con ahínco es oropel y lo que se esconde es diamante.

La búsqueda de libros es una forma de sinestesia. Siempre alguno trae a la memoria la voz de Fulano o el perfume de Zutana. Por eso, cuando el bibliófilo toca una pasta de cuero piensa en la abuela y cuando ve una edición de Moby Dick, en el padre… Pese a su carácter en apariencia burlón, es sensible, las letras lo han vuelto así.

En definitiva, se compran libros por necesidad de saber, pero también por pasión, por saudade, porque algunas ilustraciones son maravillosas o por la rareza de ciertos ejemplares… No hay un solo motivo, la bestia que compra libros es irracional, pues está dispuesta a gastarse todo el sueldo en una librería aunque aquello signifique penuria.

Para comprar, lo más corriente es meterse en decenas de librerías para terminar volviendo a la de siempre, a la de aquel librero en el que se confía a ojo cerrado.

Este, como cazador ante la fiera, sabe que es inútil recomendar, así que recurre a la charla y entre chiste y chiste desliza comentarios sobre algún autor que cree podría interesarle a su víctima.

Ella a veces cae y otras sonríe indeciso, mientras pasa sus ojos por los estantes a la espera de hallar algo curioso. Casi siempre lo consigue y regresa a casa con un libro, que a veces se resiste a esperar para ser leído, seduciéndolo sobre la mesa de una cafetería o sobre la sucia banca de una estación de buses.

Al llegar a casa, tarde y desconcertado, alguien, una esposa o un hijo, miran al comprador de libros con suspicacia porque saben que aunque intente ocultarlo aquel libro que carga no es “uno de los viejos”, sino el culpable de otra quincena sin carne.

Biografía apócrifa: Vida y Muerte

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Le Petit Journal (suplemento ilustrado de diciembre de 1912). Fuente: Bibliothèque nationale de France

Muerte nació apenas unos instantes después de Vida. Ambas se habían gestado juntas, pero se consideraban completamente distintas.

Pronto, las diferencias se transformaron en odio y se desató una guerra que ha durado milenios. Humanos y no humanos, bestias y plantas han caído víctimas de aquella lucha fratricida.

Acaso una de los primeros peones del juego entre Vida y Muerte fue Adán, pues desde su tiempo hasta el “de Moisés todos tuvieron que morir. Adán tuvo que morir porque desobedeció el mandato de Dios” e “incluso los que no cometieron el pecado que cometió Adán, tuvieron que morir” (Romanos 5, 14).

El odio llevó a Muerte a convertirse en una agente al servicio de los dioses que la utilizaban con el protervo fin de manipular a las criaturas del cosmos.

Vida, cuando la lucha parecía haber llegado demasiado lejos, buscó la manera de alcanzar un entendimiento con su hermana, pero fue imposible, su locura estaba en un punto sin retorno en el que solo la sangre la satisfacía y ya ni los dioses conseguían controlarla.

Mató no solo a los Adanes de cada parte del universo, sino a los Hércules y a los Aquiles, a los Pitágoras y a los Anaxágoras, a los genios y a los tontos de capirote.

Por otro lado, su hermana se negaba a aceptar la derrota y a cada nueva víctima respondía con un alumbramiento.

Los humanos, bestias con el peor entendimiento, se empeñaban en llamar aquello un milagro, sin embargo, con el pasar de los siglos se percataron de que en realidad el juego de la Vida era tan macabro como el de la Muerte porque lo único que aquella hacía era producir víctimas capaces de saciar a su hermana.

Los filósofos, que habían defendido con virulencia a Vida, se declararon sus enemigos, escribiendo terribles tratados a favor de la aniquilación y, pronto, el resto de hombres marcharon a los campos de batalla para morir como dignos apóstoles de la Muerte.

Hoy, con el paso de los siglos, las hermanas siguen jugando y aunque parece que las criaturas del universo se han resignado a esta partida de ajedrez, hay una duda que no deja tranquilo a nadie: ¿hasta cuándo resistirán?

Más terrible que su guerra sería que una de las dos se rindiese, pues no se puede predecir qué es peor: Vida sin Muerte o Muerte sin Vida.

BIOGRAFÍA APÓCRIFA: EL NIÑO

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A la izquierda de la foto puede verse a un niño y a la derecha a un autómata. Imagen tomada de: “Inside Marketing“.

El niño es una especie en peligro de extinción, agoniza rodeado de aparatos eléctricos y de juguetes que jamás utiliza.

Nadie escucha sus quejidos de muerte. Los graznidos que lanza su iPad con salpullido de huellas dactilares funcionan como un silenciador para los reclamos del infante.

Padres y abuelos cubren al niño, cada festividad, con artilugios nuevos, jugando a la adultez sin responsabilidad.

Antes, en la Grecia de Hércules, los muchachos iban a entrenar con el centauro Quirón, aprendían artes o tensaban arcos. Su sueño era ser héroes, pensadores. Hoy, ya casi no se encuentra un niño, menos un sueño.

Por las calles a veces aparece un infante, es un monstruo fantástico como esos zorros de cuatro colas y dos cabezas de la mitología japonesa. La gente lo mira y se pregunta: “¿de qué se alimenta?, ¿dónde vive?, ¿será una alucinación?”

La multitud se abre para dejarle seguir y guarda silencio igual que en un funeral cuando pasa el ataúd. El niño apenas camina (por no decir que se arrastra), es un superviviente agotado que anhela el suicidio.

Y es que él tiene todo, pero al mismo tiempo, nada: ya no come papillas porque hace daño el azúcar, no toma leche a menos que esté deslechada, tampoco chocolate salvo que sea deschocolatado. No estudia, no juega, no habla, no duerme, solo se embadurna con grasa colgado de un televisor.

El otro día encontré a un niño que volvía a casa después de la escuela. Era la encarnación del aburrimiento. Me dijo que su maestra le había quitado su teléfono celular y ya no le encontraba sentido a la vida.

En un artículo de prensa, leí que la World Wildlife Fund ha dictaminado que el niño se extinguirá en el 2020, pese a que en ciertos zoológicos mantienen algunos ejemplares en aislamiento con la esperanza de que sobrevivan para solaz de la gente hambrienta de extravagancias.

“Los niños que viven en cautiverio también morirán – concluye el artículo –, pues se ha descubierto que ni siquiera la cuarentena impide que se hagan viejos. Algunos llegan a tener arrugas en la cara, pero la mayoría mueren sin que aquello suceda porque su cerebro ya las ha desarrollado antes y es tan terrible la enfermedad que ese órgano termina plegándose hasta desaparecer”.

Biografía apócrifa: Trabajo

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Los trabajadores del mundo bajo el mundo de Metrópolis (1927) de Fritz Lang. Foto tomada del foro “Fritz Lang y su «Metrópolis».

Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Porque polvo eres y al polvo volverás”. Así define el libro del Génesis (capítulo 3, versículo 19) al trabajo, es decir, como un castigo divino. Verdad imposible de rebatir para una humanidad que, desde el incidente del fruto prohibido, ha tenido que sudar la gota gorda para comer a diario.

Claro, siempre se puede encontrar gente que hace loas al trabajo, incluso los mismos trabajadores (¿?). Acaso la explicación psicológica de este fenómeno sea el síndrome de Estocolmo, al fin y al cabo, el empleado es un rehén por ocho (o más) horas. Durante ese tiempo, con un sueldo básico apuntándole a la sien, malgasta su vida para enriquecer a cierto personaje con el que rara vez se cruza (afortunadamente) y al que el glorioso arte de dorar la píldora llama “empleador”.

Desde luego, tú, mi atormentado lector, habrás descubierto una vastísima literatura en la que se repiten hasta el cansancio lemas como “¡el trabajo os hace libres!” (“arbeit macht frei!”), cuyos orígenes se remontan a esa época dorada de los campos de concentración, donde esos humanistas imponderables, los nazis, lo colocaban para motivar a sus víctimas.

Mucho antes del fascismo, sin embargo, el Trabajo (desde este punto, nos referiremos a él con mayúscula como lo haríamos con el Monstruo del doctor Frankenstein, al que nadie tuvo la decencia de darle un nombre propio como Carlitos o Juanito) ya era un “bloody bastard”.

Por ejemplo, Hércules, hijo del “capo di tutti capi” del Olimpo, ya tuvo que afrontarlo no una, sino ¡doce veces! Igual que en el caso de la Biblia judeocristiana, el héroe fue castigado por sus crímenes con labores mal remuneradas.

Hércules se vio obligado a limpiar establos llenos de mierda en Élide, matar pajarracos que se cagaban sobre los cultivos de los alrededores del lago Estínfalo, domar leones en los zoológicos de Nemea, capturar cerdos salvajes en Erimanto, montar caballos que comían carne humana en Tracia, entre otros empleos que, en los años noventa, pasaron a engrosar los currículos de los emigrantes turcos en Alemania.

Contemporáneo de Hércules, Teseo también fue un proletario. Entre sus trabajos cabe mencionar el de sicario, cuando visitó Creta para matar al cornudo hijo del rey Midas. Luego, fue paramilitar y combatió a una banda de narcoterroristas, liderada por Perifetes, Sinis, Esciro, Cerción y Procustes, que pretendía controlar el comercio de cierta droga a base de flor de loto.

Finalmente, después de probar estos y otros oficios, optó por el peor: político. Dicha bajeza, en la que usualmente se cae por necesidad (de riqueza), hizo que terminara su vida encadenado dentro del inframundo.

Durante la Edad Media, el Trabajo sufrió mucho. Tuvo que pagar sus crímenes pasados y futuros soportando el desprecio de la gente de bien, al tiempo que se resignaba a martirizar parias.

Los señores feudales, gente nobilísima, decidieron que dedicarse a un empleo era poco respetable y fueron a hacer la guerra en oriente, occidente, arriba, abajo, al centro y para adentro, dejando el Trabajo en manos de los siervos, personas que prácticamente no eran personas.

En el Renacimiento, las cosas fueron parecidas. La gente de bien (y de mal) prefería ir a buscar la fuente de la eterna juventud, El Dorado o el País de la Canela, mientras que el Trabajo tenía que resignarse a vivir entre campesinos sicilianos, andaluces o tolosanos que lo odiaban de la manera más terrible.

Sin embargo, con la llegada de la época de la industrialización a fines del siglo diecinueve, todo cambió. El Trabajo recuperó su poder, mudándose a vivir en grandes ciudades como Londres o Nueva York, mientras trababa amistad con banqueros, empresarios y capataces de fábricas, quienes amaban de él sus consejos, como aquel de crear una  jornada laboral de doce o dieciséis horas, sin excluir ni a niños ni a mujeres (con la mitad o la mitad de la mitad de la paga normal por ser incapaces de producir lo mismo que un varón mal alimentado y tuberculoso).

El planeta se llenó de humo. El Trabajo llevaba carbón de aquí para allá y de allá para acá, convirtiéndose en un personaje tan importante que escritores de la talla de Charles Dickens lo retrataban en casi todas sus novelas (esas que al abrirlas uno termina con la cara cubierta de hollín y los pulmones llenos de esmog).

Esta era gloriosa no duró tanto porque aparecieron los sindicatos y, con ellos, las huelgas y la persecución al Trabajo. La gente imaginaba que tenía derechos y ¡hasta se atrevió a exigir jornadas laborales de ocho horas!

El Trabajo estaba devastado, volvían los años oscuros de la Edad Media, pero, por fortuna, lo salvaron el crac de la bolsa en 1929 y las guerras mundiales, obligando a los humanos a trabajar no solo para alimentarse, sino por el bien de la patria.

En cualquier caso, desde la segunda mitad del siglo veinte el biografiado se ha convertido en un ser maduro, capaz de comprender que el camino para la felicidad no consiste en hacer que la gente le dedique su tiempo a la fuerza, sino en convencerla de que es necesario, de modo que, en vez de molestarse por tener que colocar sus posaderas como idiota durante ocho horas sobre una silla, lo agradezca y hasta pida más.

Hoy el Trabajo es un hombre de negocios (con maletín de cuero y todos esos juguetes) que dice que debes agradecerle por tenerlo de tu lado, por pagarte poco, recalcando que es demasiado para lo que haces, por quitarte la vida convenciéndote de que te la está dando y, sobre todo, por obligarte a vivir para trabajar, en vez de trabajar para vivir.

El Trabajo se ha convertido en un astuto inversionista de Wall Street, seguro de sí mismo, vanidoso, audaz. Un engominado que come “crudités” en reuniones de beneficencia y hace que fabriques las mismas bobadas que te convence que necesitas comprar. Es un jugador, un playboy y nosotros, queridos lectores, somos sus amantes masoquistas que le agradecemos por azotarnos las nalgas con la esperanza de que, algún día, podremos retirarnos a nuestras casas para descansar con el orgullo de haber cumplido con nuestro deber…

Biografía apócrifa de Nadie

Odiseo

Odiseo se hizo vegano después de esta experiencia

Nadie es brutal. Es un gato como el de Schrödinger, pero muchísimo más antiguo. Vive, igual que aquel, en una superposición cuántica, está vivo y muerto al mismo tiempo o, mejor dicho, existe y no existe, ¡es todo y nada!

Epopeyas, sagas y novelas eróticas se han escrito sobre él.

En Occidente, uno de los relatos más antiguos que lo menciona apareció en la Grecia clásica: Homero afirma que Nadie fue juez y verdugo en una disputa culinaria entre Odiseo y el gigante de un solo ojo, Polifemo.

El rey de Ítaca y sus marinos habían ido a parar en la Isla de los Cíclopes, quienes, respetando los tratados internacionales, les ofrecieron un banquete, al tiempo que les ayudaban a abastecer sus naves.

En aquella época, los convites no eran sencillos, de hecho, se servían platos exóticos, mientras danzas y obras de teatro animaban a los invitados. Por eso, los cíclopes encargaron a Polifemo, experto cocinero que había estudiado en la Academia Barilla de Parma, la preparación de la cena.

Contrario a su costumbre, explica Homero en el canto IX de la “Odisea”, Polifemo invitó a los marinos a acompañarlo mientras cocinaba. El chef era muy celoso con sus recetas, pero tratándose de invitados tan especiales hizo una excepción.

Los corresponsales de EFE, France – Presse y Prensa Latina que cubrían el evento difieren en lo que ocurrió después. Las dos primeras agencias publicaron que “el alcohol fue el detonante del conflicto”, mientras que la tercera aseguró que el problema “fue, como siempre, el imperialismo aqueo”.

Lo único claro es que cuando se hubo vaciado varias ánforas de vino, Polifemo se propuso cocinar a sus invitados. Los adobó con chimichurri y cerveza bávara, pero justo en el instante en que iba a ensartar un chuzo en medio de las nalgas de Odiseo, los vapores del alcohol lo noquearon.

Ebrio, no se percató de que entre los griegos se escondía Nadie, personaje cruel que le reventó el ojo con uno de los chuzos.

El dolor hizo despertar a Polifemo.

― ¿Quién me dejó ciego? ¿Quién? ¡Díganme el nombre y me vengaré! – exclamaba.

― Nadie fue – dijo el criminal sin el menor asomo de arrepentimiento.

― ¡Nadie me ha reventado el ojo! ¡Auxilio! ¡Atrapad a Nadie!

― Pero si nadie te ha hecho daño, ¿de qué te quejas? – respondían los otros cíclopes ocupados en armar piñatas.

Lo cierto es que los griegos y Nadie festejaron con el resto de gigantes hasta el amanecer, mientras Polifemo, durante veintidós horas, esperó en la sala de emergencias de uno de los hospitales del Seguro Social. El diagnóstico fue peritonitis.

En los siglos siguientes, Nadie dejó las fechorías para dedicarse a grandes hazañas, llegando a ser emperador, artista, científico, abogado, médico y cientos de profesiones y oficios más.

Pombo

Libro de Ramón Gómez de la Serna que resume todas las aventuras que un escritor puede tener dentro de una café conocido por provocar diarreas a los que lo visitan.

La gente empezó a llamarlo: “Don Nadie”.

― ¿Quién es? – preguntaba alguien.

― ¡Es un Don Nadie!

Impresionado, el escritor Ramón Gómez de la Serna le preparó una comida en el Café Pombo de Madrid. Sin embargo, aún estaba fresco el recuerdo del desastre en la Isla de los Cíclopes, de modo que varios intelectuales, encabezados por Miguel de Unamuno, se rehusaron a asistir. Alegaban que:

“Ese Don – que es un cierto don – y que supone que Don Nadie es, por lo menos, bachiller en artes, está lleno de veneno. Don Nadie el modesto profesional, esto es: de profesión modesta, es el más terrible enemigo que tenemos. Está teñido todo él con baba, hiel y bajas pasiones. No se fíen ustedes de Don Nadie. Y hasta abróchense cuando le vean acercarse”.[i]

[i] Cita de “Pombo. Biografía del célebre café y de otros cafés famosos” por Ramón Gómez de la Serna, página 299; Editorial Juventud Argentina, Buenos Aires, 1941.

Ramón, desde luego, defendió a su invitado. Para él, los problemas no los provocaba Don Nadie, sino Don Alguien porque, arrogante, siempre pretende hacer “algo” y termina por hacer “nada”.

Pese a los sabotajes, la tertulia fue un éxito para Nadie. Esta vez, no terminó con cíclopes ciegos, sino con el empujón que él necesitaba para retomar una carrera política que empezó siglos atrás, al ceñirse la corona de laureles del César en Roma.

Hoy, Nadie es un señor don. Ha ocupado el puesto de primer ministro y presidente en varios (o todos) los países del mundo. Sus ideales, su cosmovisión son los que nos gobiernan. La guerra y la paz se hacen por él y muchos hombres y mujeres han alcanzado increíbles orgasmos sobre su cama.

El caso es que Ramón Gómez de la Serna se equivocó: científicos serios afirman sin miedo a equivocarse que Don Nadie y Don Alguien no son amigos, hermanos y, peor, enemigos. Son, en realidad, lo mismo y a esta hora deben estar ganando una elección en alguna parte del planeta o quizás esperándole, querido lector, en su cuarto para hacerle el amor…