Hombres sin relleno

"Aquí, buscando el alma de esta mujer".

“Aquí, buscando el alma de esta mujer”.

El médico nos explicó que el procedimiento que iban a practicarle a Carla lo usaron durante la Segunda Guerra Mundial. Médicos del partido nazi fueron los pioneros en este tipo de intervenciones y, pese a eso, actualmente es una práctica aprobada por la Organización Mundial de Salud.

El médico pidió que nos mantuviéramos calmados y le dijo a Carla que la cirugía no era riesgosa.

Se ofreció, luego, a mostrarme la sala donde se recuperaban los pacientes con enfermedades análogas.

— Usted, mientras tanto, descanse – le dijo a ella.

Salimos de la habitación. Yo ni siquiera entendía a fondo el procedimiento al que iban a someter a Carla y cada vez que le pedía al médico que me explicara, este me arrojaba una catarata de palabras incomprensibles en tono neutro y exasperante.

En la sala de recuperación había un baño y seis camas sobre las que reposaban pacientes pálidos, casi transparentes.

El médico me condujo hacia uno de ellos, explicando con una sonrisa que se trataba de su mayor éxito. Aquel hombre permanecía con los ojos fijos en el techo; la delgadez, su piel pálida y las ojeras le daban el aire de un muerto viviente.

Saludamos, pero la única contestación fue un silbido nasal.

— No es nada… Todo procedimiento médico es invasivo, ¿comprende?

Mi guía se justificaba igual que un colegial al que atraparon cometiendo una falta.

— ¿Quedan cicatrices?

— ¡Oh, no, no! Bueno, nada fuera de lo normal…

Exigí ver alguna.

El médico recuperó repentinamente la calma y haciendo un gesto con el brazo, me señaló una puerta al fondo de la habitación.

— ¡Pase, pase! Allá está el paciente.

Entramos.

Sentí un escalofrío. En el rincón donde casi no llegaba la luz, una mujer dormitaba cubierta con una manta de la que solo sobresalía su cabeza.

El médico la destapó. Mis ojos, al instante, se posaron sobre el pecho de la enferma, observando un corte que iba desde el cuello hasta el pubis, al tiempo que varias tenazas de metal mantenían separada la piel.

Quise vomitar.

— ¿Y el corazón, las vísceras? – alcancé a decir.

— Congelados, no podemos ponerlos hasta extirpar el alma… Es que está debajo de todo, ¿sabe?

Las náuseas se hicieron insoportables. Eché a correr, iba a ir al baño, pero me detuve al recordar que Carla se encontraba sola. Tenía que sacarla antes de que le quitaran el alma.

Al llegar a su habitación, encontré a una enfermera.

— ¿Dónde está? ¿Qué le hicieron?

— ¿Quién? ¿De qué habla?

— ¡De Carla!

— ¡Ah, la enferma! Hace diez minutos que la llevaron al quirófano – me dijo con indiferencia.

La noche que Curzio Malaparte le robó la novia a Marcelo Chiriboga

“Villa Malaparte” en Capri, una isla muy feliz, mucho antes de que Ibiza estuviese de moda.

El mes pasado el diario “El Comercio” de Quito publicó un artículo sobre el escritor ecuatoriano Marcelo Chiriboga. Me sorprendió mucho leer el texto, toda vez que en Ecuador es muy frecuente olvidar a sus leyendas artísticas y este escritor – el único premio Cervantes nacional –, poco a poco, ha quedado en el olvido, siendo que hasta “La caja sin secreto”, su novela cumbre, está exiliada de cualquier librería local.

Curzio Malaparte, polemista y literato fascinante.

Curzio Malaparte, polemista y literato fascinante.

Pensar en Chiriboga me provoca estrés. No es que tenga algo en contra del riobambeño fallecido en 2005, pero me recuerda el proyecto de un libro sobre su vida que sigue en forma de archivo digital en una de las carpetas de mi computador.

Lo cierto es que en 2007, cuando cierto amigo le dijo a la última mujer de Chiriboga que yo quería escribir sobre él, me contactó, entregándome una serie de documentos – varios paquetes de cartas y diez diarios que corresponden al período que va desde 1950 hasta 1956 –. La mujer murió pocos meses después, ventajosamente sin enterarse de mi falta de constancia.

La sorpresa fue mayor, puesto que leí el artículo de “El Comercio” justo en la semana en que un compañero de trabajo me había prestado el libro de relatosSodoma y Gomorra” del italiano Curzio Malaparte. Recordé entonces que en sus diarios, Chiriboga mencionaba un breve aunque nada agradable encuentro con el autor nacido en Prato.

En 1952, Malaparte – seudónimo de Kurt Erich Suckert – recibió una invitación del gobierno chileno del general Carlos Ibáñez del Campo para representar a Italia en el Congreso Mundial de Prensa y Literatura de Santiago, donde lo homenajearían a él junto con Pablo Neruda, Camilo José Cela e Ilyá Ehremburg.

Jorge Edwards y Pablo Neruda.

Jorge Edwards y Pablo Neruda.

El chileno Jorge Edwards, uno de los amigos de Chiriboga, contó que el italiano era un seductor nato, un dandi – acaso ahora lo llamarían metrosexual –, capaz de enloquecer a todas las mujeres. De hecho, la sobrina del chileno José Donoso, otro de los miembros del “Boom”, cayó en sus garras después de que Edwards los presentara.

En todo caso, mientras aquel romance estaba en pleno auge, el italiano tuvo un par de “affaires” con otras mujeres. En Argentina, mientras asistía a una conferencia sobre periodismo y literatura, una muchacha, un poco mayor que la sobrina de Donoso, se acercó a Curzio Malaparte acompañada de un joven de piel cetrina.

Ella se llamaba Victoria Sacheri y él, Marcelo Chiriboga, quien por aquel tiempo estaba redactando la primera versión de “La caja sin secreto”, titulada “Hombres sin pasado”. La argentina era su novia.

Los tres fueron a cenar en un restaurante de Buenos Aires y durante toda la noche, el italiano los sedujo con sus historias sobre la Segunda Guerra Mundial, los nazis, Mussolini, Rommel, el Conde de Foxá, los cazadores lapones, etc.

Chiriboga escribió en su diario: “Estaba tan embobado que no me di cuenta del brillo en los ojos de Victoria.  Solo cuando en la puerta de su hotel, Malaparte, sin la menor vergüenza, le dijo que estaba seguro de que ella sería el ángel que lo iba a salvar de perderse en Buenos Aires, comprendí mi situación”.

Marcelo Chiriboga no supo casi nada de Victoria durante los cinco días que el italiano permaneció en la capital argentina y es probable que ella lo habría seguido a Punta del Este y luego de regreso a Chile, si la sobrina de Donoso no se interponía.

“¡Victoria no se acuerda de mí! Nunca pensé que odiaría tanto a alguien como odio ahora a Malaparte… ¡Que él y su ‘Piel’ se larguen a Italia!”, escribió al segundo día de desaparición de su novia. La muchacha se paseaba por todos los cafés, librerías y teatros con el italiano, retirándose juntos al hotel poco antes de que amaneciera.

“Los vi en la fiesta de F…, ella hizo como si no se diese cuenta de mi presencia. Me emborraché. Por fortuna soy obediente y cuando quise armar un escándalo, un amigo ordenó que me largara a dormir”.

“Villa Malaparte”, en Capri. Edificio ideado por el propio escritor.

Al día siguiente de la marcha de Malaparte, Victoria volvió a aparecer en la vida del ecuatoriano. Ambos fingieron que no había pasado nada. “Nos queremos, ¿qué vamos a hacer?”

Chiriboga supo después, por boca de Edwards, que el italiano regresó a su tierra durante los primeros meses de 1953, acompañado de Rebeca, la sobrina de José Donoso, y que nunca se mencionó a Victoria. No obstante, la chilena sufrió el mismo destino que su rival argentina: el olvido.

Chiriboga no volvió a encontrarse con el autor de “La Piel” y “Kaputt”, pero la admiración se había apagado. Incluso cuando Malaparte llevaba ya algunos años enterrado, el ecuatoriano dijo durante una visita a Capri – donde aquel tuvo una casa –, que lo único que arruinaba a la isla era precisamente “el repugnante espíritu de Curzio que merodea en las playas, dándoles un aire de lo más siniestro”.

Un periodista en la Primera Cruzada

¿Qué habría pasado si en la época de las cruzadas hubiesen existido periodistas como los de este tiempo? Es probable que el enemigo de los cristianos estaría registrado en los libros de historia con una categoría diferente a la de “musulmán”… A continuación exponemos al escrutinio de la comunidad científica un manuscrito hallado hace unas semanas en el sitio arqueológico de la ciudad de Antioquía, el mismo que parece demostrar que los periodistas ya estuvieron presentes en uno de los episodios más dramáticos de la Edad Media y que si bien no tenían cámaras de vídeo o apuntadores, el hecho es que ya se dedicaban a husmear en las vidas de los protagonistas de la historia.

El cielo negro cubría nuestras cabezas. Al trepar hasta las torres de la fortaleza se lograba ver a lo lejos el campamento de los infieles.

EL sitio de Antioquía. La obsesión de los cruzados era tomar vino y no comer ratas.

EL sitio de Antioquía. La obsesión de los cruzados era tomar vino y no comer ratas.

Aún medio dormido, me vestí apresuradamente luego de que el guardia me informó que la comisión de doce hombres ya estaba lista para bajar al sitio que, según el monje Pedro Bartolomé, escondía la Lanza Sagrada.

Cinco días atrás, buena porción de las tropas había desertado. Mermada y al borde de la muerte por la hambruna, Antioquía estaba a punto de capitular. Por otra parte, los líderes militares – Raymundo de Tolosa, Godofredo de Bouillon, Ademar de Monteil y Bohemundo de Tarento – mantenían rencillas internas por el derecho de reclamar como suya la ciudad recién conquistada. En resumen: los políticos, como siempre, nos tenían jodidos.

Sin embargo, Pedro Bartolomé, un fraile tan invisible como la inteligencia de Paris Hilton, apareció para informarnos que había soñado con San Andrés, quien le dijo que la Lanza Sagrada, la misma que hirió el costado del Salvador, yacía enterrada bajo la catedral de San Pedro y que esta era la única que nos permitiría triunfar sobre los turcos y sus aliados.

Algunos dudaron de sus palabras – principalmente porque en Constantinopla ya habíamos visto otra Lanza Sagrada y nadie recordaba que a Él lo hubieran atravesado en ambos costados –, pero la mayoría de tropas, que no habían comido casi nada, eran propensas a aferrarse a cualquier cuento, por lo que se dispuso que doce hombres excavásemos en busca de la reliquia.

Me puse las botas y salí de la posada. Afuera esperaban mis compañeros de aventura, entre los que cabe destacar al propio Raymundo de Tolosa, al obispo de Orange y al historiador Raymundo de Aguilers.

Una de las tantas Lanzas Sagradas...

Una de las tantas Lanzas Sagradas…

Llegamos a la catedral de la ciudad muy temprano y casi sin mediar palabra, nos pusimos a cavar – no empleamos aldeanos,  las manos de los siervos jamás deben profanar lo sagrado –. Al principio trabajamos con entusiasmo, pero a medida que los minutos iban transcurriendo sin que apareciera el tesoro, la decepción y el mal humor se apoderaron de nosotros. El conde Raimundo abandonó la búsqueda y el resto se resignó al fracaso.

De repente, Pedro Bartolomé, tomando impulso, saltó al hueco que habíamos abierto, ejecutando un par de volteretas antes de caer de cabeza.

— ¡La tenemos, incrédulos, la tenemos! – exclamó casi en seguida.

San Jorge mató a un dragón, ojalá se llevara a los políticos...

San Jorge mató a un dragón, ojalá se llevara a los políticos…

El fraile salió del orificio elevando la lanza y nos ordenó arrodillarnos.

Sin dejar de mirarlo con desconfianza, obedecimos por si acaso… Nadie quiere irse al infierno con un calor como el de allá y con ropa como la nuestra.

Con la Lanza Sagrada, la moral del ejército y de la población se elevó tanto que hasta aceptamos de buen grado el sacrificio de ayuno que ahora nos imponía Pedro por orden de San Andrés – acaso si no hubiésemos estado poseídos por el fervor religioso, rehusarnos a comer carne de rata, único menú de una ciudad sitiada si se descarta el canibalismo, ¡habría sido impensable! –. Con reliquia y hambre nos preparamos para el combate.

Trece días más tarde, luego de intentar una negociación con el enemigo, los cristianos abrieron las puertas de la fortaleza, atacando a los sitiadores. Llevaban consigo la Lanza Sagrada y algunos dicen que hasta San Jorge, San Demetrio y San Mauricio se unieron a la carga del ejército. Como quiera que sea, el vino y la dieta de rata favorecieron la aparición de santos y la victoria de los cristianos.

Las tropas regresaron a la ciudad, iniciando una fiesta que aun hoy no ha terminado. Me pregunto si los tres santos que ayudaron a la cristiandad estarán también hartándose de vino en algún callejón.

Merecido, si es así. Los buscaré para que hagan el milagro de pagarme una copa – o varias.

Hogueras de vida

En Ecuador, ya nos aburrimos de quemar muñecos de políticos porque, pese al esfuerzo, estos resultan, cada año que pasa, más malos que los anteriores.

En Ecuador, ya nos aburrimos de quemar muñecos de políticos porque, pese al esfuerzo, estos resultan, cada año que pasa, más malos que los anteriores.

Sé que se acerca el fin de año por cómo me miran los jóvenes en la calle.

Lo peor es que no solo los desconocidos están dominados por esa ansia violenta en contra de mí. Hijo y nieto, sangre de mi sangre, también me odian y desprecian.

A veces me pregunto si se trata de paranoia – ¡los viejos le tememos a todo! –, pero no creo: ellos también quieren matarme.

Lo bueno es que después del 1 de enero, el agua retorna a su cauce. Mi familia vuelve a ser buena conmigo y en la calle lo peor que puede pasar es que me ignoren. Acaso seguiré siendo odiado, pero con la máscara de amor y ternura que se pone la gente de bien.

He tratado de buscar un refugio para esos dos días – a pesar de que sé que la muerte sería el fin de mis achaques y de la soledad, me aferro a la vida como las cucarachas de la cocina –, pero en cualquier sitio que piso, la mirada asesina de la juventud aparece, recordándome que soy uno de los condenados, tal vez no de este año, pero sí del próximo.

Es mejor encerrarse en la habitación con cerrojo y ver la televisión… ¡No, mejor no! Los noticieros pasan a cada instante noticias de un jubilado que ha caído víctima de la vorágine, del desespero que tiene la vida por asesinar a la muerte.

En este instante, mientras escribo, oigo golpes que acompañan a los alaridos y las súplicas de otros viejos que, como yo, se rehúsan a morir incinerados.

Parece que la costumbre se originó en el siglo veinte. Los ecuatorianos quemaban muñecos rellenos de periódicos o aserrín cada fin de año, esperanzados de que lo malo desaparecería con ellos. Con el transcurrir de los siglos, se cambiaron los monigotes por ancianos de carne y hueso, seguramente porque la gente se aburrió de ver reflejada la muerte en sus arrugas.

Aunque tengo miedo, los comprendo: yo también fui uno de aquellos jóvenes que incineraban viejos.

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Viaje a la ciudad de los apestados

Un piadoso sacerdote alimentando a los famélicos en la Edad Media (¿?). (Imagen tomada de La guía 2000.)

Un piadoso sacerdote alimentando a los famélicos en la Edad Media (¿?). (Imagen tomada de La guía 2000).

Los viajes a Quito por turismo se terminaron en el 2121 y la ciudad se cerró definitivamente a cualquier clase de extranjeros en el 2134 con el estallido de la peste.

Fui parte del primer y único grupo de periodistas que consiguieron la autorización de Su Excelencia El Caudillo Omnipotente de la Izquierda Revolucionaria de Derecha para atravesar los muros de la otrora capital del extinto Ecuador.

Con el último brote de la peste de risa, el Jerarca y su corte decidieron trasladarse a la isla Fernandina en Galápagos, dejando la orden de cercar a la ciudad y a sus habitantes con un muro de concreto de cuarenta metros de alto. El único acceso es a través de una puerta que se encuentra al norte de la urbe y que no puede ser atravesada sin la autorización de la monarquía anticonstitucional.

Es un privilegio y, a la vez, un peligro terrible entrar en Quito. La peste de risa, según cuentan los cronistas, convirtió en payasos a más de trece millones de seres humanos en el año 2015 – durante el primer brote del que se tiene registro –. El origen de la plaga es todavía un misterio, pero los epidemiólogos creen que el “paciente cero” fue un funcionario de gobierno que se dedicaba a armar planes quinquenales de desarrollo.

El reloj no había marcado las siete de la mañana y nuestro coche ya estaba parqueado fuera de la oficina de control en la entrada de la ciudad. Nos recibió un guardia corpulento y de rostro adusto que, sin prólogos ni diplomacia, ordenó que le entregáramos nuestros documentos y la carta de autorización firmada por El Caudillo.

— No pueden entrar – dijo con fastidio.

— Pero hay una orden…

— Sí, pero esta carta puede ser falsa, así que debo confirmar los datos.

Nos informó, además, que bajo ningún concepto podríamos movernos de la oficina, pues, de comprobarse la falsedad del documento, quedaríamos bajo arresto.

El oficial dio la orden de vigilarnos a un par de militares, encerrándose, luego, en su despacho con una secretaria que apareció detrás de no sé qué puerta. Luego escuchamos risas, frases amorosas y crujidos de muebles.

Los guardias permanecieron en silencio, ignorándonos e ignorándose.

— ¿Nunca han entrado? — preguntó Álex, el fotoreportero.

Silencio.

Cantantes de reguetón medievales (imagen tomada de Planeta Sedna).

Cantantes de reguetón medievales (imagen tomada de Planeta Sedna).

— Debe ser muy solitario pasar día y noche en esta casucha, en la ciudad seguro que hay mujeres…

— ¿Y el precio? ¿Morir de risa? ¡No me joda! – dijo uno –. Si nos contagian, no podríamos salir de nuevo.

Sentí un escalofrío, nunca había barajado esa posibilidad. El anhelo de conocer la ciudad de mis ancestros hizo que olvidara el peligro.

No se volvió a pronunciar una palabra durante una hora. De repente, el oficial, con el rostro lívido, salió del despacho.

— ¡La peste! – dijo, mientras cerraba la puerta con seguro –. ¡Estamos jodidos!

Los soldados nos miraron con odio. Para ellos, todo era por nuestra culpa.

— ¡Fusílelos, mi teniente! – dijo uno, pero no tuvo tiempo de actuar. Una carcajada, luego otra y finalmente un torrente de ellas lo hicieron caer al piso.

Nos miramos con terror. El teniente, que iba a dar alguna orden, cayó fulminado por un ataque de risa, luego el otro soldado y, al final, Álex. Los cuatro hombres se revolcaban en el piso y, minutos después, lloraban por la tristeza de ser felices.

Abandoné el lugar a toda prisa. Con el tiempo, el miedo aplacó los remordimientos.

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La plaga

gulliver

Imagen toma del blog “En clave de niños”.

Al llegar al pueblo, no sabíamos nada de la plaga.

Mi mujer antes de instalarse en la casa nueva, había adquirido más de una amiga, ninguna era demasiado comunicativa. De lo único que conversaban era de trabajo y cuando intenté preguntarles sobre la vida en la ciudad y el ocio, me miraron con repugnancia.

Las cosas se aclararon después de encontrar a la plaga por primera vez.

Había salido a trabajar muy temprano. Varios obreros caminaban delante de mí cargando materiales de construcción y casi sin hablar, limitándose a cumplir su trabajo. A lo lejos, divisé a las amigas de mi mujer. Las saludé, pero ninguna respondió.

De repente, palidecieron mientras sus ojos se posaban sobre cierto punto en el horizonte. Seguí sus miradas, encontrando una gigantesca masa negra que se movía a toda velocidad sobre el terreno.

“¡La plaga! ¡La plaga!”, gritaron.

Quedé paralizado. Nunca había visto algo así.

“¿Qué haces? ¡No te quedes parado! ¡Corre, corre!”, dijo una de ella que, en su huida, pasó a mi lado.

La plaga aniquiló a cientos de obreros en un instante y, solo por azar, pude salvarme.

Regresé a casa sin saber qué decirle a mi esposa. Habíamos dejado nuestro antiguo hogar para buscar una vida segura y cómoda. La plaga iba a arruinarlo.

“Ya sé por qué no querían hablar de diversión – empecé a decirle con una sonrisa forzada – es que esta ciudad tiene un problemita…”

Al principio, escuchó la historia sin inmutarse.

“¿Para eso me trajiste? ¡Ahora resulta que hay gigantes! Antes era el empleo, luego los compañeros y ahora ¡los gigantes! ¡Una plaga de ellos!”

A medida que iba pronunciando cada palabra, aparecían un ligero temblor en su mentón y algunas arrugas en el ceño.

“Es verdad, mi corazón, yo no tengo nada que ver….”

“¡Pues te aguantas! – dijo con enojo mal disimulado –, ¡no volveré a mudarme!”

Le invité a comer para que se calmase, pero mientras atravesábamos una calle, la plaga volvió a aparecer. Mi mujer se quedó lívida y tuve que llevarla a un refugio a rastras.

“Tenemos que hablar con alguna autoridad”, murmuró cuando estuvimos a salvo.

Esa misma tarde fuimos al municipio y, sin esperar que la secretaria nos diese la autorización, entramos en la oficina del alcalde. La asistente quiso balbucear una disculpa, mas, mi mujer,  indignada, le cortó en seco:

“¿Qué son esos monstruos? ¡Exijo la verdad!”

Me sonrojé. Mi mujer es muy impulsiva.

“¿Qué dice? ¡No sé de qué habla!”, respondió el alcalde sonrojándose,

“¡De la plaga! ¡PLA-GA!”

“¡Ah eso!”

Nos contó que era un problema desde hacía años, pero que lo ocultaban para no ahuyentar al turismo. Luego, con absoluta desfachatez, dijo que nuestra situación no le importaba.

“No podemos hacer nada por ustedes. Ahora retírense, estoy ocupado.”

Mi mujer casi lo abofetea. Solo entre la secretaria y yo pudimos sacarla del despacho.

La funcionaria nos confesó que había un plan para exterminar a los gigantes. Lo habían puesto en marcha poco antes de que llegáramos. Esa tarde, cientos de soldados atacarían el refugio de la plaga para devorarla viva.

“¿Comérsela? ¡Es enorme…! ¡Es repugnante…! ¡Están locos, están locos!” repetía mi mujer, que había pasado de la ira al llanto y al desconcierto.

La saqué del municipio, pidiéndole que se tranquilizara. “Hoy nos largamos de aquí.”

De camino a casa, el ajetreo era general: miles de soldados trotaban hacia el norte, donde, según nos comentaron, vivía la plaga.

Luego de recoger las cosas más importantes, salimos de la casa, percatándonos en seguida de que todos nuestros vecinos huían en estampida.

“¡La plaga se adelantó! ¡Nos matará!”

El gigante avanzaba hacia la ciudad con rapidez y, a lo lejos, pude ver que una columna del ejército, en desorden, atacaba. Las tropas se encaramaban sobre el cuerpo del enemigo envenenándolo con la ponzoña de sus aguijones.

Minutos más tarde, durante la huida, escuchamos un estruendo que estuvo acompañado de temblores y una nube de polvo.

Las hormigas rojas subyugamos, por fin, a la plaga humana.

Un idilio verdaderamente bobo

L'amour fou!

L’amour fou!

No es que sea feo, mi nariz es un poco grande ancha y torcida, pero nada más. Bueno, también está esa verruga marrón que tengo en la mejilla derecha… ¡Ah! Y los dientes torcidos y amarillentos… Porque no creo que el estrabismo, el tartamudeo o las jorobas sean relevantes.

Soy apuesto, no hay duda. Si algún defecto poseo es mi pobreza y esta es la responsable de mi mala fortuna en el amor. Por eso, me suscribí a un programa para aprender inglés y hacer amistades por correspondencia en los Estados Unidos.

Tuve suerte. Mi primer contacto fue una muchacha de veintitrés años nacida en Montgomery, Alabama, quien buscaba a su Rodolfo Valentino en Sudamérica.

Me dediqué, entonces, a crear el disfraz adecuado, enamorándola sin dificultad.

Sus cartas estaban llenas de pasión. Ofrecía llevarme a fiestas con jazz, bailes hasta el amanecer y alcohol de contrabando. Incluso escribió que su padre me adoraría.

Alguna vez leí que el amor es milagroso. No hay duda. Cada mañana, yo me sentía más bello y mis poquísimos defectos eran lunares que aumentaban mi sensualidad.

Compré el libro de gimnasia de cierto atleta sueco, me puse a entrenar hasta la agonía y, a la mañana siguiente, no pude levantarme de la cama. No volví a intentarlo.

Las cartas siguieron llegando, aun durante mi convalecencia – que para la gringa, fue una cogida  mientras toreaba – y nuestro amor se hizo cada vez más intenso.

Transcurridos dos meses, me dijo que su padre y ella vendrían a Ecuador para conocerme y hablar de matrimonio. Quiso una foto y la dirección de mi casa. Estaba acabado. Sin embargo, me dije: “nuestro amor es demasiado intenso como para destruirse por una simple mentira”.

Envié la fotografía de un hombre que promocionaba agua de colonia en una revista cubana y más mentiras.

Mi gringa iba a llegar dentro de un mes. Practiqué boxeo, empeñado en mejorar mi condición física, hasta que uno de los entrenadores me sacó tres dientes con un solo jab y no volví a intentarlo.

Acudí también a un médico para pedirle medicamentos que hagan crecer el pelo en la coronilla o, al menos, una dieta que eliminara los granos del cuello. Se rió y no volví a intentarlo.

Los días previos a la llegada de padre e hija, les envié varios telegramas, pero su silencio fue total.

Esperé la respuesta por semanas. Una tarde, sin embargo, decidí escribir la carta de rompimiento con la gringa. Me costó mucho, mas, cuando estuve contento con el resultado, la coloqué dentro de un sobre, guardándola en el baúl de siempre, con las otras.

Hay miles y todas, incluso las de mis amantes, las he escrito yo…

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