EN LA CAJA

Este relato fue publicado originalmente en el Periódico Irreverentes de España el 2 de febrero de 2019. Léala siguiendo este enlace.

Aunque los verbos tirar, follar o coger son mejores, Fulano y Zutana habían hecho el amor esa noche.

Hubo fuegos artificiales, aruños, chupones en el cuello y camisas desgarradas, pero al terminar, ella no quiso quedarse recostada sobre su pecho ni conversar sobre las importantísimas tonterías del amor, solo se levantó, metiéndose con su implacable desnudez dentro de la caja que los hombres de la mudanza habían olvidado aquella mañana al desempacar la cocina nueva.

Fulano supuso que se trataba de una broma, pero con el paso de las horas empezó a preocuparse.

En ninguno de los libros o webs llenos de recetas infalibles para un matrimonio feliz se mencionaba caso similar y sus familiares lo único que le decían era: “¡te lo advertimos, ella no es una buena mujer!”

Las medias de seda que, de pronto, saltaban sobre su cuello desde algún armario o el cepillo de dientes huérfano en el baño le hacían lloriquear.

Zutana era necesaria. No había orden ni equilibrio sin ella.

Por las noches, entre lamentos e insultos trataba de persuadirla para que saliese. Mezclando piropos con injurias y cubriendo la caja con besos mocosos, se empeñaba por evitar que su vida perfecta se fuera al diablo.

Con la esperanza de destruir la fortaleza, decidió recurrir al infalible ariete de los celos, acostándose con finas scorts y pobres putas.

Era inútil, al regresar a casa, Fulano se ahogaba en el remolino de sus sábanas, mientras el objeto de madera, imperturbable, lo contemplaba desde la sala. Su silencio era de una elocuencia terrible.

Se mudó de la habitación al salón. Le hablaba a Zutana y hasta le cocinaba con la esperanza de que el estómago fuese más poderoso que la razón.

Nada. Los alimentos se pudrían igual que su vida.

Con los fuegos artificiales de año nuevo apareció el dueño de la casa para decirle que había decidido demolerla para construir un gigantesco parqueadero. Contaba con que el matrimonio se aparcase en otro lugar lo antes posible.

Fulano se puso a suplicar al pie de la caja, pero ni esta ni Zutana se inmutaron.

Rendido, fue a buscar fósforos en la cocina. Prefería quemarla y quemarse antes que aceptar el alivio de la derrota.

El fuego se rehusaba a masticar la madera, pero la persistencia de Fulano hizo que al tercer intento una llama, con forma de luciérnaga primero y luego de mantícora, empezase a devorarla.

En ese momento, chillidos como los de un bebé aterrado sacaron a Fulano de su orgasmo mortal. Con torpeza de homicida novato, pateó las maderas semiconsumidas hasta que se abrió un agujero negro.

De allí, emergió un gato anaranjado con las uñas desplegadas abalanzándose sobre la cara de Fulano. Él, que no sabía si la bestiecilla (y el universo entero) estaba viva, muerta o ambas cosas al mismo tiempo, tiró al animal contra una de las ventanas.

Al asomarse, vio cómo el cuerpo de Zutana se hundía entra la viscosidad de la calle mientras la lluvia de cristales lamía su piel.

BIOGRAFÍA APÓCRIFA DE UN GALLINAZO

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Gallinazo vigilante de Lima. Fuente: El Comercio.

 

Esa mañana el cielo permanecía encapotado, pero el sol acribillaba con balas de fuego perforando nubes y cuerpos.

Nuestro coche avanzó sobre los caminitos de tierra que, como riachuelos lodosos, desembocan en la torrentosa carretera de cemento que une los balnearios de Esmeraldas.

Llegamos a Tonchigüe. La playa no estaba manchada de turistas y el pueblo entero, con casas y gentes, se hundía en la modorra de media mañana.

A pocas cuadras de la plaza central, una res destazada daba la bienvenida a los extranjeros con sus muñones cubiertos de moscas verdes. Las gargantas se llenaban de nudos o los nudos de gargantas.

Por fin, el coche llegó a la plaza y un garrotazo de olor a podredumbre hizo añicos el parabrisas. A la izquierda, un Everest de bolsas de basura de Dios sabe qué época agonizaba por los picotazos de cuatro gallinazos.

Las aves eran gordas y azabaches. Batían sus alas y se atragantaban como aristócratas cenando luego de la ópera.

Las vísceras de las bolsas se esparcían por aquí y por allá, pasando del suelo a las barrigas de los pajarracos. Uno, sin duda el que lideraba, con un movimiento de sus extremidades se puso a controlar la gula de sus compinches. Sus picotazos eran los privilegiados, pues la carne descompuesta era suya, solo suya.

Frente a la escena del banquete pajaril, a nuestra derecha, cuatro hombres reposaban sobre hamacas. En el suelo, doce o quince botellas de cerveza hervían por acción del sol furibundo.

Indiferentes, se abalanzaban cada cierto tiempo sobre la cerveza caliente. Sin embargo, uno, el que permanecía sentado, era el líder, el encargado de repartir la bebida. Los demás le obedecían y si alguno hubiese tenido la audacia de coger una botella sin su autorización, el castigo habría sido ejemplar.

Aquel hombre transpiraba poder, aun dentro del auto y a varios metros de distancia era posible sentirlo.

Hipnotizados por su influjo, dejamos de acelerar hasta que el motor, en medio de toses y corcoveos, se apagó. Hoy seguiríamos plantados en aquel sitio si un aleteo feroz, el del gallinazo jefe, no nos hubiera obligado a reaccionar.

El ave se elevó seguida de una de sus compañeras, mientras las otras permanecían en tierra devorando lo que quedaba de basura en medio de una estela de plumas azabaches.

Arrancamos el coche y lo último que pude ver fue que también tres de los hombres se habían esfumado. Solo quedaba uno, quien, desde la hamaca de su jefe, bebía de a poco lo que quedaba en cada una de las botellas de cerveza abandonadas.

Esa fue la primera vez que vi un gallinazo cara a cara y, ahora, por todo lo que ha ocurrido, comprendo que esa experiencia estuvo ligada con mi transformación.

 


 

Temprano el calor había sido tan fuerte como el de aquella mañana en Tonchigüe, sin embargo, en la tarde, cuando tuve el primer síntoma de mi cambio, el cielo empezó a sudar frío como si el planeta estuviese tratando de equilibrar su temperatura con transpiraciones de granizo.

Yo estaba acostado, meses atrás se había publicado mi primer libro y aunque me sentía contento, estaba inseguro. De repente, sentí una comezón incontrolable sobre los labios. Me rasqué casi hasta arrancarme el cuero y, al borde de la demencia, corrí al baño y me miré en el espejo: mi boca estaba hinchada, había empezado a crecer hasta formar un pico, al tiempo que mis labios se tornaban grises.

Quise pedir ayuda y solo fui capaz de proferir un suave gruñido, pero la vergüenza me alejó para siempre de los médicos.

Las transformaciones, en los días siguientes, no se detuvieron y tampoco se circunscribían a lo físico: psicológicamente cada vez me parecía más a un ave carroñera.

En la calle (a la que salía solo cubierto con capuchas y bufandas), cada persona, cada objeto incluso, me provocaba un apetito voraz incitándome a arrancarle pedazos con mi recién adquirido pico gris.

Las situaciones extrañas, los traumas, las malas costumbres de la gente hacían que mi estómago gruñera ansioso e incontrolable. Pero también lo hermoso…

Mientras los humanos comunes huían de los monstruos o de los agonizantes, yo me pegaba a ellos para destriparlos y, luego, en el silencio de mi cueva, los digería en forma de cuentos.

Ya nada me escandalizaba, al contrario, exacerbaba mi hambre. La hez, lo hediondo, lo cruel de la humanidad solo conseguía que la bestia interior aflorara chillando llena de gozo.

Con el pasar de los meses, dejé de sentir la necesidad de ocultarme. Era un gallinazo y ya no me importaba.

Me divertía cuando los niños, en esas reuniones familiares, se paraban a mirarme con estupor. Sus madres (mis tías, primas, hermanas) los alejaban tapándoles la boca y la nariz para evitar un posible contagio.

Mis brazos se convirtieron en alas, mis piernas en garras y mi piel se cubrió de plumas negras, mientras mis ojos aguados mejoraron su visión hasta el punto de que podía detectar una víctima a kilómetros de distancia.

Mi alimento era la novedad y, al digerirla, excretaba poemas, novelas, crónicas, ensayos.

Descubrí que no era el único, que otros como yo vivían semiocultos dentro de bares o refundidos entre funcionarios de cualquier clase de ministerio. Algunos procreaban belleza, otros, monstruosidad.

Los gallinazos empezamos a reunirnos y, pronto, se volvió evidente que algunos eran muy fuertes. Los débiles o los novatos huían bajo un aguacero de reverencias, mientras los demás desollaban primero a las presas. Los mejores cuentos salían de los picos de estas fieras terribles.

Solo un lugarteniente, un plumífero tan audaz y duro como su jefe, se atrevía a desafiar la autoridad de vez en cuando. Producía textos tan brillantes que los líderes temían perder su posición.

Por eso, el equilibrio de poder dentro de la comunidad de gallinazos siempre ha sido inestable: cualquier cosa puede acabar con el orden jerárquico. Hay tanta hambre de arte que algún día terminaremos por despellejarnos en busca de alguna joya que se encuentre incrustada dentro de nuestras tripas.

Esta clase de gula es por pura estética. No importa a quién o a qué haya que sacrificar, lo único que interesa es la creación y cuestionarlo todo, incluso a uno mismo.

Cuando vi los gallinazos en Tonchigüe no imaginé que un virus se inocularía dentro de mí. Tampoco sospechaba que, más temprano que tarde, me transformaría en un ave carroñera capaz de devorarlo todo, incluso a mi padre…

El día que murió, sin dudarlo, me lancé sobre su cuerpo helado y me puse a exprimir sus entrañas para hacer literatura. Quizá algún día, con el pico manchado de libros, me convertiré en el rey de los gallinazos.

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Busque el relato con ilustraciones magníficas de Majo Rodríguez en la edición especial de aves de Terra Incognita (agosto 2018).

Margarita para dos

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Este relato fue publicado originalmente en Nunca se sabe. Antología de nuevos narradores ecuatorianos (Eskeletra y Cactus Pink, 2017).

Margarita me rechazó. Dijo alguno de esos tópicos que se usan en esas circunstancias – “me importa nuestra amistad, no quiero arruinarla” –, luego se marchó. Sospecho que fue a contárselo todo a su mejor amiga, Juliana, y ambas deben estar burlándose de mí.

Mis ganas de poseer a Margarita se mezclan con el anhelo de aniquilarla junto con la puta de su amiga.

Juliana es feminista, indigenista, animalista, ecologista y miles de “istas” más. La desprecio. La verdad es que se trata de una tipa común y corriente, sin gracia – o sea, sí es simpática… un poco bonita… o sea, sí está buena, pero es una pendeja –, una hijita de papá que llenó de cucarachas su cabeza cuando empezó estudiar en la universidad una carrera hippy como Antropología o Sociología.

Lo que me jode no es que sea una “ista”, sino que haya arrastrado consigo a mi Margarita. Por culpa suya, la relación que tenía con ella desde el colegio cambió. Entonces, éramos muy cercanos y quise – varias veces – decirle que la amaba, que quería hacerle el amor, que fuera la primera. No me atreví.

En la universidad opté por Literatura y ella por Geografía – “los ingenieros en petróleos tienen plata” –. En la ceremonia de graduación del colegio había sugerido que ingresáramos en una institución que tuviera ambas carreras para no separarnos y yo estaba convencido de que eso era una prueba de amor. Sin embargo, apenas inició el semestre, Margarita fue a una fiesta de su facultad y conoció a la pendeja de Juliana. ¡Todo se fue al carajo!, se cambió a la Escuela de Sociología y empezó a olvidarse de mí.

He tratado de enamorarla llevándola a presentaciones de libros de poesía erótica y llegué incluso a leer a Bukowsky, otro de sus nuevos ídolos. Veo solo cine independiente – nada “gringo y comercial porque TODO eso es una mierda” – e incluso me visto como a Margarita le gusta para complacerla. No lo consigo.

Últimamente ni siquiera quería salir conmigo, aunque quizá yo tengo un poco de culpa porque fui con Juliana y Margarita a dos de sus eventos y en ambos fracasé rotundamente.

El primero fue un mitin de un político que pretendía llegar dormido, literalmente, a la presidencia de la República. Creo que Margarita me dijo que estábamos en contra de él porque no se podía permitir que un durmiente gobernara al país… o quizá estábamos a favor… no recuerdo. Lo cierto es que terminamos en el retén de la policía pues, mientras huíamos del despelote que se armó, tropecé. Ellas, por ayudarme, cayeron conmigo en manos de los agentes.

El segundo fue mucho peor. Vino al país cierto filósofo alemán para impartir conferencias sobre el fin de la civilización burguesa. Margarita y Juliana estaban maravilladas y yo muerto de sueño. Mientras el alemán lanzaba sus alaridos, me dediqué, al principio, a leer a Hawthorne y luego a dormir. Más tarde, me dijeron, furiosas, que mis ronquidos eran muy fuertes y que no reaccionaba ni con codazos. En realidad, solo lo hice cuando un guardia nos echó a los tres en medio de las miradas burlonas del resto de asistentes y los alaridos hitlerianos del filósofo.

El perdón de Margarita lo compré con chocolates amargos y una edición de lujo de tres libros de Bukowski. Creo que los chocolates fueron un obsequio de gran calidad.

La puta de Juliana aprovechó la pelea para minar más mi posición. Margarita me contó que le dijo muchas veces que debía cortar para siempre conmigo porque la amistad con un burguesillo que lee a Melville o Kipling no vale la pena. “Tal vez si fuera Limónov, pero ¿Melville?”.

Quisiera gritarle a Juliana que es una pendeja pseudointelectual, pero es probable que ella diga que ese adjetivo me cuadra a mí y no podría responderle ni mierda.

Cuando finalmente Margarita me perdonó, creí que era mi última oportunidad para hacer que se enamorase de mí.

Le compré “Poesías Completas” de Pizarnik, más chocolates, más Bukowski y un poco de Nietzsche, incluso descargué canciones de Serrat en su iPod, intenté que recordara nuestros años de colegio, la promesa de no separarnos jamás y ofrecí entregarle todo lo que me pidiera, aun la vida si fuera necesario. En pocas palabras, le dije todas esas cagadas que se escupen cuando uno está enamorado hasta las patas. No sirvió.

Ella me miró con cara de asombro, como si le estuviera diciendo que, en realidad, Dios no había muerto o, peor, que ser comunista y seguidor de Nietzsche es un contrasentido… En fin, una monstruosidad.

Cuando se repuso de la primera impresión me dijo que ella no podría verme jamás como algo más que un amigo, que no tenía esa clase de gustos. “Tal vez si fueras diferente…”

Rogué que me dijera qué podía cambiar para que me amara, monté un drama inútil. Ella se largó de mi casa huyendo de la peste, o sea de mí.

Me levanté del suelo para ir al baño a limpiarme los mocos y las lágrimas. Permanecí unos minutos frente al lavabo dejando que el agua corriese, luego, mojé mis mejillas, párpados y nariz.

Con las manos aún sobre los cachetes, levanté la cabeza para mirarme en el espejo. Entonces vi a Juliana y me vi a mí, compartiendo un cuerpo que ni ella ni yo ni Margarita deseamos y que ni siquiera la muerte podrá separar.

Hice gárgaras y cerré el grifo.

Cuervos

Llevaba varios meses sin probar alcohol, pero aquellas semanas habían sido duras: delirios, ruptura de su compromiso matrimonial, enfermedades.

El gordo entró en la taberna cuando él ingería su tercer vaso de bourbon. El recién llegado, sentándose a su lado, le preguntó su nombre y al escucharlo, dijo que era un admirador de SU OBRA (subrayaba las palabras) y le estrechó la mano varias veces mientras se deshacía en elogios y sonrisas.

Empezaron a desfilar los vasos y luego las botellas hasta que el admirado casi no lograba mantenerse en pie. Entonces el admirador hizo desaparecer su borrachera mágicamente y abrazando al ebrio lo sacó de la taberna.

Fueron en coche hasta un centro electoral. Allí, el ebrio estampó una raya y su rúbrica. Luego, fueron a otro centro y después a otro y otro más, votando siempre por el mismo candidato…

El cielo estaba oscuro cuando el obeso abandonó al borracho tras una taberna de la ciudad de Baltimore.

Al encontrarlo, nadie fue capaz de precisar cuánto tiempo había permanecido en esa calle.

A instancias de cierto amigo lo trasladaron al hospital. Agonizaba.

En sus delirios repetía el nombre de una tía y la palabra “cuervo”.

— Es que es poeta – repetía el amigo como justificándolo.

Murió un domingo 7. En los periódicos, las esquelas lo tildaban de borracho, opiómano, depravado y solo de vez en cuando mencionaban a su “Arthur Gordon Pym” y a su “Eureka”.

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Poe dijo: “nevermore!” Fuente: “Una casa de palabras.

El doctor que lo atendió dijo a los periodistas que antes de morir había hablado de “cielos arqueados” y “decretos celestiales”, pero lo más seguro es que Edgar Allan Poe optó por el silencio.

Algunos días después, un tal Griswold publicó una crítica terrible sobre la obra y el hombre recién fallecido.

Hubo revuelo, luego olvido: hoy nadie recuerda a Griswold ni al político al que Poe favoreció varias veces con su voto.

Hemingway contra Borges

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Hemingway y su concepto del arte.

“Me divertí muchísimo con usted o tal vez deba decir gracias a usted, por eso y porque no suelo responder si no es con los puños, he decidido ignorar la mierda que escribió sobre mi ‘Tener y no tener’”.

Así empieza la última de las dos cartas que Hemingway envió a Borges.

“No me malentienda: no le guardo rencor”, continúa Hemingway, “incluso he decidido hacerle un regalo”.

El obsequio consistía en una edición “in quarto” de “Rey Lear” del año 1620.

En la carta, el estadounidense le explica a Borges que cierto amigo en París descubrió, “no me dijo dónde o cómo”, esa tercera edición “in quarto” – se conocían solo dos – y que pese a ser una joya, “está dispuesto a venderla por un buen precio a un amante de Shakespeare. Sé que usted cumple mejor que yo con esa condición”.

Borges y Bioy, casuales, burlándose de Hemingway.

Borges y Bioy, casuales, criticando a Hemingway.

Para entonces, la obra de Borges ya era conocida en Europa, por lo que, según Hemingway, no fue difícil convencer al coleccionista para que vendiese el libro. Concluye la carta con las indicaciones para contactarlo, adjuntándose algunas fotografías.

La historia hubiera quedado inconclusa, pero en 1999 se hallaron fragmentos de un diario de Bioy Casares que mencionan el episodio[1].

Borges, pese a sospechar un engaño, no pudo resistirse y le propuso a su amigo que le hiciera un préstamo. “Naturalmente, jamás pensé en cobrárselo”.

El dinero llegó a Francia, pero el libro no a Argentina.

Enviaron cartas, contactaron amigos, sin conseguir cosa alguna. El comerciante se había esfumado.

Borges estuvo amargado durante meses, hasta que una tarde, después de almorzar con Silvina Ocampo, le pidió a Bioy que lo acompañara al correo.

“A estas alturas, importa poco lo que piensen de mí, pero si no mando esta carta estaré intranquilo. Tome, léala.”. En inglés decía:

 

Hemingway:

 

Felicitaciones, la broma lo ha convertido en uno de sus personajes. Claro, usted y yo sabemos lo poco que valen.

 

Cordialmente:

 

J.L Borges

 

[1] Ediciones Destino no los incluyó en “Borges” (2006), acaso respetando la decisión de Bioy Casares de eliminar los fragmentos en el proyecto original.

29 de febrero

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Jugando al ajedrez con la muerte. Fotograma de “El séptimo sello” de Ingmar Bergman.

Única conoció a mi abuela cuando ambas tenían 15 años.

Ella murió un par semanas después de cumplir 80 y su amiga de toda la vida fue al velorio. Era una mulata bellísima a la que nadie dejaba de mirar. Tenía 31.

La primera vez que la vi fue en mi décima fiesta de cumpleaños. No lograba comprender que mi abuela hablara de ella como una conocida de la infancia pese a su juventud.

“¡Hijito, nació en 29 de febrero!”. No comprendí.

Cuando yo estaba camino a los 33 y ella a los 36, aún la amaba, sin atreverme a confesárselo. Era evidente que solo le provocaba esa lástima con olor a naftalina que sienten los viejos por los adolescentes que pierden su vida entre bares y putas.

Cumplir un año cada cuatro es más una desventaja que una ventaja. Claro que ella había visto mucho – no voy a caer en ridículos catálogos históricos –, pero así como conoció gente, tuvo que enterrarla. Amigos, familia, siempre era igual.

Sus biznietos ni siquiera la recordaban, vivían como si Única hubiese muerto años atrás, obligándola a arrimarse a cualquier amigo nuevo, a sabiendas de que también lo iba a perder.

Una tarde lluviosa, me invitó a visitarla en su casa para mostrarme un álbum donde aparecían ella y mi abuela durante unas vacaciones en la playa. Al llegar, la encontré bebiendo una botella de whisky, estaba borracha y apenas entré, me arrinconó contra la puerta y dijo que sabía muy bien las ganas que le tenía. “Esta será la primera y última oportunidad que le daré a un mocoso como tú”.

Si piensan que voy a narrarles una aventura eróticoromántica se equivocan. Tuvimos sexo, pero con torpeza. Yo estaba más nervioso que excitado y ella más arrepentida que feliz.

En todo caso, cumplimos con la faena lo mejor posible y luego dormimos, acaso para evitar las conversaciones embarazosas y las caricias por compromiso.

Al despertar, tuve la sensación de haber dormido por años. Durante unos instantes permanecí en silencio, con la mirada fija en el techo y sin mover un solo músculo para evitar que Única despertase, pero como no escuché ni siquiera su respiración volteé a mirarla. Solté un alarido.

Estaba muerta.

Lo supe de inmediato porque la escultural mulata ahora era una pasa arrugada y amarillenta, casi sin cabello y más cercana a una momia que a la mujer que penetré.

Tal vez debí llamar a la policía en seguida o a una ambulancia o a la morgue, no sé, pero lo único que hice fue sentarme en silencio con las piernas cruzadas al estilo de un yogui, pensando que mi amor, o tal vez el amor en general, fue lo único capaz de acabar con su eternidad.

Contrabandista de órganos

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Siempre he imaginado que la frase “¡te entrego mi corazón!” se refiere a esto.

La costumbre era regalar corazones de chocolate hasta que estalló la plaga que aniquiló todos los cultivos de cacao. Desde entonces los amantes optaron por arrancarse su propio corazón – verdadera prueba de amor – para obsequiarlo durante el día de San Valentín.

El único problema fue que, con el transcurso de los meses y el declive del amor entre las parejas, el corazón se pudría.

Al principio, a nadie parecía importarle pero, poco a poco, la gente capaz de donar escaseó, creándose una necesidad que la ciencia y el Estado eran incapaces de suplir.

Las bandas criminales se dedicaron, entonces , a secuestrar personas para arrancarles el órgano y venderlo en el mercado negro a los adictos del placer efímero. Yo fui uno de los que sucumbió a este negocio.

Cuando vendí el corazón de mi mujer a nadie pareció importarle. Sin embargo, a medida que crecía la demanda, mis colegas y yo notamos que era imperativo conseguir más donantes, toda vez que no alcanzaba solo con los miembros de nuestras familias.

Capturamos las pocas colegialas con corazón que quedaban y, al terminarse, optamos por secuestrar bebés. Al poco tiempo, se acabaron las existencias dentro del país y seguir el negocio en otro era imposible porque las bandas locales cuidaban violentamente sus territorios.

Todo se agravó el día en que los científicos declararon que, en un giro lamarckiano, la nueva generación de humanos nacería sin corazón.

Aquel evento nos obligó a cambiar las perspectivas de nuestra empresa. Hoy, somos perfectamente legales y estamos clonando gente para arrancarle ese músculo. No es grave: se toma lo útil y se desecha lo demás.

Mientras escribo estas líneas aguardo a que uno de mis colegas me extraiga una muestra de ADN para producir una nueva camada de donantes.

En realidad me siento muy feliz: a fin de cuentas, ahora millones de personas poseen mi corazón.