Los forajidos

 

Hace algunos meses visité un pueblo cercano a Bucay. Por aquel tiempo, el calor era tan intenso que, al menor esfuerzo, sudaba copiosamente.

En uno de mis paseos, descubrí el café en el que todos los habitantes recaían tarde o temprano. Era un lugar pequeño, bien cuidado, pero demasiado cálido, pues el dueño, que también era barman y, a veces, hasta cocinero; se rehusaba a comprar un aparato de aire acondicionado o, por lo menos, un par de ventiladores.

La gente, por otro lado, era alegre, jovial y muchas veces se acercó a mi mesa para conversar e invitarme a un trago; sin embargo, al sexto día de mi llegada, las cosas cambiaron. Todos se mantenían silenciosos, distantes y cualquier intento de acercamiento era rechazado casi con agresividad.

El ambiente era pesado e, incluso, el viejo gramófono, que, por lo general, repetía, una y otra vez, cierto disco de Julio Jaramillo; estaba apagado. Opté, entonces, por quedarme cerca de la barra, bebiendo un vaso de cerveza y a la espera de una persona que quisiera informarme algo, cualquier cosa.

De repente, un individuo, al que no había visto antes, entró, colocándose a mi lado.

— ¿Qué haces aquí? – Le dijo el dueño del local, mirándole con desconfianza.

— Un vaso de aguardiente – fue su única respuesta.

— Deberías estar en tu casa, con tu mujer.

— ¡Eso, a ti que te importa! Además no entiendo por qué, hoy, todo el mundo me jode.

El dueño del local le sirvió el licor, mirando de reojo un reloj oxidado que colgaba de la pared del fondo.

Contemplé al resto de visitantes del café y sentí que un escalofrío me invadía el cuerpo. Aquellos hombres miraban al recién llegado con una extraña expresión, mezcla de ansiedad, desprecio y miedo.

— ¡Tómate eso y lárgate! – Exclamó el dueño, observando, una vez más, el reloj.

— Me iré cuando quiera – apuró de un  trago la copa y, dirigiéndose a mí, prosiguió –: en la Capital, el servicio no debe ser tan malo como aquí, ¿verdad?

No supe qué responder.

— ¡Cállate, Manuel! – le dijo uno de los comensales de la mesa más cercana a nosotros.

— No puede ser tan malo – continuó el aludido, ignorándolo –, ¿sabe? Yo vivo en la casa que está junto a este local y hasta hace una semana, venía todos los días a comer y a beber, pero, por alguna razón inexplicable, me convertí en un apestado.

— ¡Basta! – Exclamó un hombre corpulento, haciendo ademán de levantarse.

— ¿Qué, vas a matarme? ¡Qué miedo!

El fortachón iba a reaccionar, pero la puerta se abrió y un pequeño, agotado y a punto de estallar en sollozos, entró, gritando:

— ¡Son ellos, ya llegaron!

— ¡Lárgate a tu casa, imbécil, tu esposa…! – Dijo el dueño del café.

El hombre se puso de pie y sin decir una palabra, echó a correr, saliendo del establecimiento.

— ¿Qué ocurre? – Pregunté tímidamente.

En ese momento, se escucharon un grito de mujer y dos disparos.

— Son ellos… – Respondió el dueño –. Todos los meses es igual, se llevan, al menos, a uno…

— ¿Quiénes, a quién se refiere?

— Los forajidos – dijo, temblando.

Mentira de piernas largas

Julio, desde niño, fue un mentiroso. Al principio, engañaba solamente para esconder sus travesuras, pero, con el paso del tiempo, hizo de aquello una costumbre muy agradable.

A los seis años, inventó su primera mentira de grandes proporciones: un amigo imaginario, inspirado por la envidia que sentía hacia un compañero de la escuela, al que la idea se le había ocurrido antes. “Yo puedo tener uno mejor”, se dijo y, en efecto, el resultado fue extraordinario.

A pesar de su poca experiencia, pudo percatarse con facilidad de que toda historia, para ser creíble, debe buscar la perfección incluso en el más pequeño de los detalles. Es así que Miguel, su nuevo camarada, adquirió familia, aficiones, miedos, un acogedor departamento con dirección exacta y una mascota; mas, transcurridos tres veranos, Julio cometió el error de endosarle a éste la autoría de cierta peligrosa travesura. Sus padres emprendieron, entonces, una larga y tortuosa investigación, cuyos resultados fueron concluyentes, además de asombrosos – tanto que olvidaron el castigo para el mentiroso.

El niño se convirtió en hombre, al tiempo que sus cuentos se hacían cada vez más largos y recurrentes. Sus amigos no le creían una palabra; y, algunos se alejaron; otros, lo compadecieron.

Cierto día, Julio se dio cuenta que era incapaz de crear más historias, las ideas se le habían agotado.

— ¡Ya sé! – Exclamó mientras preparaba el desayuno –. Debo decir una mentira tan absurda, que sólo mi genio logré transformarla en verdad.

Permaneció unos instantes en silencio hasta que escuchó en la radio, una voz que anunciaba el inicio de una serie llamada El hombre invisible.

— ¡Eso es! – Dijo, en medio de un paroxismo de felicidad.

Al día siguiente, salió de su casa con una amplia sonrisa en el rostro. Estaba alegre y rejuvenecido. En el trabajo, su jefe le llamó para pedirle que preparara un informe para unos empresarios italianos.

— Lo siento, señor, no puedo.

— ¿Por qué no?

— Porque soy invisible – respondió paladinamente.

El jefe estuvo a punto de despedirlo, mas, al percatarse que su empleado hablaba en serio, supuso que había enfermado.

— Creo que usted no se encuentra bien; descanse hoy y mañana conversamos con más calma.

— Estoy perfectamente, igual que ayer y anteayer, pero ahora soy invisible.

Durante todo el día, Julio repitió, incansablemente, aquel estribillo y en la mayoría de los casos, no produjo otra cosa que no fuera un estallido de carcajadas. Volvió a su casa deprimido, sin hambre y sumido en la desesperación.

A la mañana siguiente, fue al trabajo con desgano, pensando que su vida no tenía sentido. Sin embargo, en la oficina, sus compañeros no lo vieron.

— ¡Al fin! – Se dijo –. ¡Lo he conseguido!

El jefe hizo su aparición y, dirigiéndose a la secretaria, preguntó:

— ¿Julio no ha venido?

— No, señor.

— Creo que no vendrá más, el pobre ha enloquecido.

— No, estoy muy cuerdo, ¡ustedes han enloquecido por mí! – Estaba jubiloso, pero nadie le escuchó.

— Yo les advertí que era invisible; no finjan que son sordos, simplemente admitan que decía la verdad.

No hubo respuesta y así fue por el resto de su vida, porque nunca más se supo algo de Julio.

Sindicado por robar el viernes

El cuarto era pequeño, opresivo. La única iluminación provenía de un brillante foco que, cual espada de Damocles, colgaba del techo, justo sobre nuestras cabezas; este último, de metal oxidado, escurría una herrumbre repugnante sobre las paredes verdes. Por otra parte, el único mobiliario consistía en una mesa, un cubo de madera y tres sillas. En una de las cuales estaba sentado yo; y, en las otras, dos hombres uniformados.

— ¿Por qué se empeña en hacernos perder el tiempo? ¡Confiese de una vez! – Gritó el de la derecha, un tipo de estatura descomunal.

— Cálmate, cálmate – dijo el otro, dándole una palmadita en el hombro; luego me miró –; no quiero que usted piense que somos unos matones sin escrúpulos, pero si no coopera, no voy a tener otra opción…

— Es que no entiendo por qué… – Balbuceé.

— Usted no tiene que entender nada, no le trajimos para eso, simplemente diga si se robó o no, el día viernes.

— Admito que el viernes me robé un libro del supermercado, pero….

— ¡No, no, no! Se da cuenta, ni siquiera hace un esfuerzo por ayudarnos – dio una chupada de su cigarrillo, exhalando el humo en mi cara –; a nosotros, ¿qué nos puede importar un estúpido libro? Lo acusamos de robarse el día viernes, ¿oyó? ¡El viernes!

— ¡Eso es ridículo! – Exclamé exasperado – ¿quién puede hacer eso?

— ¡Usted! – intervino el soldado enorme.

Bajé la cabeza y me sumí en mis pensamientos. Un corto silencio se hizo en la habitación.

— ¡Tráelo! – Dijo, al fin, el individuo que había conducido el interrogatorio.

El gigantesco militar salió, regresando casi enseguida con un joven semidesnudo, cuyo cuerpo estaba cubierto de heridas, moretones y sangre coagulada.

— Éste, ya no da más – informó.

— Ya veo; habrá que llevarlo a dormir, entonces – hizo una pausa y mirándome con una sonrisa siniestra, dijo –: ése es el único premio que gana un necio; ayúdese.

— Entiendan, señores: yo robé un libro el viernes, ¡nada más!

— No, usted se robo el viernes, completito, las veinticuatro horas exactas.

— ¡No, lo niego!

— Hagamos una cosa: me cae bien, por eso voy a darle una última oportunidad; reflexione, tranquilícese y tome una decisión mientras yo me encargo de poner a dormir a nuestro viejo amigo, ¿qué le parece?

No contesté. Guardia y prisionero salieron.

Transcurridos un par de minutos, el gigante me dijo:

— Eres un idiota si no hablas, el Coronel ha sido muy tolerante contigo – se escuchó un disparo, el militar volteó y se quedó mirando la puerta.

En ese instante me puse de pie y, tras tomar el cubo vacío, le asesté dos poderosos golpes en la cabeza; el militar cayó al suelo inconsciente. Enseguida, aprovechando que la puerta había quedado sin seguro, salí, y, ayudado por la oscuridad, pude evadirme de esa extraña cárcel.

En la calle, mientras corría en busca de un lugar más transitado, me pareció escuchar, a lo lejos, un sonido similar al tableteo de una ametralladora.

El pueblo de los endemoniados

Anochecía cuando llegué. Llevaba mi cámara de fotos, una grabadora, lápiz y mi vieja libreta con pasta de cuero; caminé por una calle de tierra – realmente, de lodo, por las últimas lluvias –, única vía que conectaba ambos extremos del pueblo. A ambos lados, se alineaban unas cuantas casitas de adobe con techos de madera y paja, en las que no se podía detectar la menor señal de vida. Ni luces ni ruido, sólo un inquietante silencio.

Una extraña opresión en el pecho me acompañó durante todo el trayecto y pensé que lo mejor era marcharme, al fin y al cabo, aquel lugar estaba desierto. Cuando emprendía el regreso a la carretera principal, alcancé a ver un brillo saliendo de la más alejada de las viviendas. Indeciso, permanecí de pie unos instantes. A lo lejos, en las montañas, una fiera aullaba lastimeramente.

La curiosidad, sin embargo, me empujó hasta la casita y golpeé tímidamente la puerta, maltrecha por el tiempo y el clima. Casi enseguida, una mujer descuidada, de aspecto montaraz y sucio, apareció.

— ¿Quién eres? – Dijo, al tiempo que sus ojos negros me escrutaban de pies a cabeza.

— Tuve un accidente en la carretera y como este pueblo es el más cercano…

— A mí, eso no me importa.

— Es que no hay a quién más acudir.

La mujer reflexionó.

— Tienes razón, entra.

El interior de la casa era bastante miserable. Al fondo, había un catre viejo; junto a la puerta, una cocineta con una tetera encima; y, frente a ésta, dos banquitos de madera.

— Siéntate.

Obedecí y ambos permanecimos en silencio, escuchando embobados el ruido que hacía el agua al hervir. Mi corazón latía a una velocidad inusitada; algo minúsculo, que escapaba a mis sentidos pero no a mi inconsciente, estaba por ocurrir.

— No te sorprendas de que el pueblo esté vacío – dijo, de pronto, la mujer –, todos están muertos.

— ¿Muertos, por qué? – Pregunté con un mal disimulado terror.

— Los han matado.

— ¿Qué… quiénes?

— ¿Quién va a ser? ¡Los demonios, imbécil!

La miré fijamente; sus facciones adquirieron cierto matiz y ya no eran tan groseras sino de una belleza críptica y descuidada.

— Si quieres verlos, señor periodista, ve hacia el río, se halla a cincuenta metros de esta casa.

— ¿Cómo supo que yo…?

— Tienes una cámara, pero no pinta de turista; así que es obvio – hizo una pausa y luego agregó –; ahora, ¡lárgate y déjame en paz!

Me levanté y antes de salir, volteé a ver, una vez más, a la mujer; su rostro había vuelto a ser feo.

Afuera, la noche era oscura, la luna casi no iluminaba. Caminé hasta el río y me puse a otear, en busca de algo, cualquier cosa que me permitiera escribir un artículo.

Una nueva serie de aullidos me dio la bienvenida. “Me tomó el pelo”, pensé. En ese instante algo duro golpeó mi pie. “¿Un cadáver?” Sí. Un hilillo de sangre salía de él e iba a parar en una diminuta isla, treinta metros río arriba. Caminé hasta allí. Un chacal se había encaramado sobre ella, sus ojos brillantes me miraron, retándome. Enseguida, abrió las fauces y tomó algo del suelo, ¡una  cabeza! Sobresaltado, miré la isla y descubrí una serie de brazos, piernas y cráneos.

— ¡No es de tierra sino de cuerpos amontonados! – Grité, echando a correr.

Al día siguiente, la policía fue al pueblo. Yo, que había realizado la denuncia, no quise acompañarlos. Sentado en el despacho del capitán, esperaba el resultado de las pesquisas.

De pronto, sonó el teléfono y un gendarme contestó.

— ¿Cómo? – Dijo, mirándome burlonamente –. ¿No hay pueblo ni muertos? Sí, yo hago el informe.

En la piel de Arjuna

Cuando tu intelecto haya pasado más allá del espejismo de la ilusión,

recién entonces alcanzarás la diferencia de las cosas

oídas y por oír.

SRIMAD – BHAGAVAD – GITA


En el sueño yo era Arjuna. Estaba de pie, encaramado sobre mi carro, con un arco en la mano izquierda, una espada en el cinto y un carcaj de cuero en la espalda. Había pedido a Krishna que me condujera al centro de la planicie de Kurukshetra con la intención de ver a los Pandavas, nuestros enemigos. Eran éstos hombres fieros, audaces, dispuestos a todo por obtener la victoria. Mi deber era odiarlos, pero no podía pues, además de ser mis adversarios eran también mis parientes, quienes, enloquecidos por la ambición y el egoísmo, levantaron sus lanzas.

—No puedo pelear con ellos – dije –; es cierto que los corroe la vanidad, mas veo sus rostros y recuerdo el tiempo en que algunos jugaron conmigo; y, otros, sus padres, me enseñaron a tensar el arco; por sus venas corre la misma sangre que por las mías, no quiero matarlos.

— Arjuna – intervino Krishna –, debes cumplir con tu destino; desecha tus dudas, miles de hombres dependen de ti.

— ¿No escuchas? Los Pandavas no son mis adversarios, sino mi familia.

— Tú eres el que no escucha – sus ojos despedían llamas mientras que a su cuerpo lo cubría un halo dorado –, te voy a decir la verdad: no existen el pasado, el presente o el futuro, no hay vida ni muerte; yo soy todo eso.

Enmudecí. Sus ojos eran estrellas y su cuerpo, el universo entero. Las palabras que decía llegaban a mis oídos como un eco distante y mi mirada no podía despegarse de él.

— Mira mi mano – ordenó.

Obedecí y, aterrado, observé miles y miles de planetas, en los que hombres y bestias nacían para morir apenas unos instantes después. Me pude ver a mí, Arjuna, con el corazón lleno de dudas y a mi padre, reposando en el seno materno. Sin embargo cuando creí que la espantosa visión había terminado, Krishna cerró el puño y el mundo fue presa de las tinieblas y el frío.

— ¡He comprendido, Señor, he comprendido! – Grité.

El dios abrió la mano y la luz reapareció.

— Entonces ¡a pelear!

Apenas nos reunimos con el resto del ejército, Bhisma, soplando en su concha marina, dio la orden de atacar. Miles de guerreros sobre formidables carros se abalanzaron contra el enemigo que esperaba en posición defensiva.

El polvo obligó a que me cubriese la cara hasta que, de repente, el ruido del campo de batalla desapareció. No se escuchaban los cascos de las bestias golpeando el suelo ni el choque de las espadas. Destapé, entonces, mis ojos y descubrí que ambos ejércitos habían desaparecido, quedando solamente Krishna, un Pandava y yo.

— Soldado eres, ¡haz la guerra! – Exclamó el dios, señalando al enemigo.

Salté del carro con la espada en la mano y me dirigí hacia el lugar donde aquel guerrero me esperaba con tranquilidad. Cuando estuve cerca, pude ver su rostro: era yo.

— ¡Haz la guerra! – Repitió Krishna.

Sin dudarlo, descargué mi espada sobre ese, que no era otro que yo mismo. Agresor y víctima caímos al suelo.

Mis ojos, nublados por la sangre, se cerraban lentamente al tiempo que, a lo lejos, se escuchaba una risa feroz. En ese instante, desperté.

La llave de los espejos

Solamente cuando le dije que Pushkin era uno de mis escritores favoritos, José Antonio me perdonó que fuera serrano. Esta antipatía la llevaba tatuada en el pecho desde niño y por más que intentaba, no conseguía acabar con ella. De todas formas, la admiración por el poeta ruso nos acercó de tal manera que el resto de la entrevista fluyó con facilidad.

Era impresionante, aquel periodista de ochenta y nueve años era dueño de una memoria envidiable, que le permitía relatar con fidelidad, lucidez y sentido del humor el interminable conjunto de anécdotas que había recolectado durante su vida.

— … El único viaje que realice fuera del país fue a mis diecisiete años, poco antes de que estallara la Guerra Civil Española. Me embarqué como grumete en un buque francés que partía hacia Japón; hubiera permanecido allí de buen grado para castigar a mi madre, que impidió que contrajera matrimonio con mi prima – lanzó una bocanada de humo y se rió socarronamente –, pero, a la larga, tuve que regresar; aquel lugar era demasiado diferente, yo extrañaba el Guayas, las haciendas de mis amigos montubios, el cacao…

— Fuera de Japón, ¿visitó otros países?

— ¡Muchos! Y en cada uno, aprendí cosas extraordinarias.

Sonreí. Los ojos del anciano parecían mirar hacia otro lado, su mente no estaba en esa pequeña casita de Guayaquil sino en el mar o quizás en el monte Fujiyama. Sin darme cuenta habían trascurrido tres horas desde que empezó la entrevista.

— José Antonio, creo que es hora de que me vaya, es muy tarde…

— Es verdad, es verdad – respondió ausente.

Me puse de pie y extendí la mano.

— ¿Se va? – Reaccionó – Espere, tengo que decirle algo.

— ¿De qué se trata?

— Quiero que tenga un recuerdo mío, algo que obtuve en cierto país de Asia – se levantó del sillón y fue a su cuarto.

Me quedé de pie, mirando las paredes casi desnudas. Ni toda su vida, consagrada al periodismo y a las letras, había enriquecido a ese hombre.

— Aquí está – José Antonio reapareció con una llave dorada entre sus manos -, tome, es un regalo muy valioso.

— ¿Una llave, qué abre?

— Cualquier espejo.

— No entiendo.

— Es sencillo, busque uno muy grande, preferiblemente antiguo, luego, use esta llave para abrirlo.

Lo miré con incredulidad, no sabía si bromeaba o había enloquecido.

— Espero verle pronto – concluyó, sin dar más explicaciones.

Tras guardar aquel objeto en el bolsillo, salí de la casa.

Las semanas siguientes estuve muy atareado e, involuntariamente, olvidé aquel episodio hasta que un desconocido me envió un espejo, justo como el que José Antonio había descrito. Pensé que era un jugarreta, mas, era necesario asegurarse.

Fui a buscar el obsequio de mi amigo y caminé hasta el espejo. Mi figura se reflejó, aunque tuve la impresión de que no se trataba de mí, de que aquella imagen pertenecía a alguien diferente. Jugueteé con la llave un poco y, finalmente, la extendí hacia el cristal. A pesar de que, al principio, hubo una leve resistencia, aquél, tras un crujido, se abrió.

Mis ojos no daban crédito a lo que estaba ocurriendo.

Al otro lado del espejo, se hallaba un cuarto, sumido en las tinieblas, aunque de ambiente cálido, opresivo. Entré y me puse a caminar con los brazos adelante, por miedo a tropezar; no había llegado a dar diez pasos cuando un ruido hizo que me detuviera.

— ¿Hay alguien aquí? – interrogué.

Silencio.

— ¿Hay… hay alguien aquí?

No hubo respuesta, sin embargo, un gruñido pavoroso acabó con la calma y enseguida sentí que algo se abalanzaba sobre mí, derribándome sin que pudiera hacer, al menos, un movimiento defensivo. De bruces en el suelo y en medio de la tiniebla, alcancé a ver tres ojos brillantes, que en vez de pupilas poseían diminutos relojes de arena, girando incesantemente. La bestia abrió las fauces y en el instante en que su fétido aliento me anunció sus intenciones, perdí la conciencia.

Desperté nuevamente en mi casa – no estoy seguro cuánto tiempo pasó –, la luz del sol hería mis ojos. Me reincorporé confundido y contemplé mi cuerpo, el único rastro de aquella aventura eran tres desgarros en la parte inferior de mi camiseta. No existían, sin embargo, heridas, llave o espejo.

Llamé a la casa de José Antonio, nadie respondió. Pasaron un par de semanas antes de que lo visitara nuevamente, mas, era muy tarde, había fallecido tras un breve coma diabético, dos días después de la última ocasión en que lo vi.

Su único legado era una nota escrita con letra apretada: “el Tiempo nos devora, José Antonio…

Junto a la montaña y bajo la lluvia

— Nunca olvidaré el día que la conocí – dijo Domínguez, mientras sus ojos, ausentes como los de todo ciego, parecían buscarme en la penumbra –. Llovía torrencialmente. Caminaba hacia mi gimnasio, en el barrio de M…; la montaña estaba tan cerca, que, ni siquiera la concentración de nubes, me impedía admirarla.

« Como embobado, permanecí algunos minutos con las manos en los bolsillos y el agua escurriéndose sobre mi cuerpo. De repente, la voz de una muchacha me hizo reaccionar, era joven y de una belleza que nunca antes había visto.

« Me preguntó si estaba enfermo. “No, dije, después de un corto titubeo; es sólo que la montaña me entristece, no sé por qué.” Ella no se sorprendió, una misteriosa familiaridad había nacído entre nosotros. Tomándome de la mano, me llevó a su casa a tomar un café. Conversamos toda la tarde, no recuerdo de qué, tampoco tiene importancia, el hecho es que ambos sentíamos que ese encuentro no fue fortuito. Desde entonces nada nos ha separado.

Mientras hablaba de su Sara, yo recordaba los tiempos en que aquel hombre – ahora sumido en la oscuridad, en la ceguera – fue un magnífico boxeador, con un demoledor gancho cruzado y, ante el que muchos, los más fuertes, sucumbieron. Seguí su carrera desde el tercer combate hasta el último que sostuvo, casualmente, el primero en el que le tocó defender el Campeonato Amateur.

Fue una pelea magnífica, la mejor de su vida. Méndez, el rival de turno, con un veloz juego de piernas, se estaba convirtiendo en un bastión, en el que los poderosos jabs de Domínguez se estrellaban inútilmente. A los dos minutos del quinto asalto, el retador lanzó un certero uppercut, que por poco noquea al campeón, el cual, con el último arresto de fuerzas, se abalanzó contra su enemigo, derrotándolo con su famoso gancho cruzado. La gente estaba encantada; la pelea de esos dos boxeadores, para la mayoría, desconocidos, había sido extraordinaria.

Sin embargo, en el instante en que el anunciador pronunciaba su nombre, Domínguez se desplomó inconsciente sobre la lona. Permaneció en coma un par de días y cuando despertó había perdido la vista.

— Disculpe, joven – interrumpió la anciana que nos sirvió el café –, no quiero echarle, pero es muy tarde y Carlos debe descansar.

— No te preocupes, mamá, no me molesta; sólo quisiera saber a qué hora llega Sara…

— Muy pronto, hijo, muy pronto.

— En verdad es muy tarde – dije, levantándome –, es mejor que me retire.

La mujer me miró con una expresión de agradecimiento. Tras despedirme del boxeador, caminamos hasta la puerta.

— Muchas gracias por todo – le extendí la mano –, quisiera conversar con la señora Sara, ¿a qué hora puedo encontrarla?

La anciana sonrió con tristeza.

— A ninguna, Sara sólo existe desde que mi hijo despertó del coma y él es el único que la ve; yo no le he dicho la verdad porque tengo miedo de perderlo…

Sentí que se hacía un nudo en mi garganta y quise abrazar a aquella mujer, pero no me atreví.