El Telefunken de mi padre

Logo de Telefunken

Cuando en 1903 se creó la compañía alemana Telefunken, Georg Graf von Arco y Adolf Slaby, cabezas de las empresas cuya fusión la dio a luz, no se imaginaron que las torres gigantescas que edificaron en Estados Unidos y Europa retransmitirían las derrotas de Alemania en la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

Empero, Telefunken no solo producía radios, sino también micrófonos y equipos de telecomunicación de uso militar. La marca llegó a ser tan confiable que, en los sesenta, los Beatles grabaron sus canciones usando el amplificador modelo V – 72S que había en la consola de los “Abbey Road Studios”.

Antes, entre 1942 y 1944, lejos de la londinense área de Westminster donde funcionaban dichos estudios, en la ciudad de Quito, Ecuador, un muchacho de nueve años se apresuraba a llenar sus cuadernos escolares.

Como si la vida se le fuera en ello, apuñalaba la hoja con el lápiz y de la herida brotaban letras y números como sangre. El niño, Pepe, hacía sus tareas deprisa, esperando terminarlas antes del boletín que emitiría la BBC a las siete de la tarde.

Su tío abuelo le dijo la noche anterior que le confiscaría las revistas de la Embajada de los Estados Unidos a las que lo suscribió para que estuviese al tanto de los avances de las tropas aliadas en el norte de África y en las islas del Océano Pacífico, si no era capaz de mejorar su desempeño en la escuela.

Audio original de la primera transmisión regular de entretenimiento en radio. Argentina, año 1920. Los responsables fueron “los locos de la azotea“, averigüe quiénes eran.

Tampoco podría encender el viejo y gigantesco Telefunken que, paradoja de la guerra, arribó al sur de América proveniente de Alemania solo para transmitir la voz de un locutor inglés, quien mal disimulaba la alegría tras cada derrota alemana.

El muchacho era un experto en maniobras envolventes, tanques y batallas aéreas. Sin embargo, en la escuela, cuando su maestro le pedía resolver ejercicios de aritmética o le sometían a una lección sobre el pretérito perfecto del subjuntivo, su silencio era infranqueable.

Hijo único, había convertido a las escobas en ametralladoras y al patio de la casa antigua donde vivía en un descampado de Francia. Con una pistola de madera acometía las misiones más peligrosas, cambiando su cariñoso “Pepe” (Pater Putativus) por el implacable “Patton”.

Primera parte de una serie de audios que contienen los boletines de radio durante la Segunda Guerra Mundial (en el listado se puede encontrar el resto de la serie). Compilación de la KCRW de Santa Mónica, California.

En el Telefunken, la voz del locutor truena narrando victorias y derrotas aliadas, mientras el muchacho de nueve años dispara con su palo de escoba a enemigos invisibles que tienen cabezas de florero y se esconden bajo los bancones de la sala.

“¡Ta – ta – ta – ta – ta!”, dispara su ametralladora imaginaria, al tiempo que los gatos (hay siete en la casa) huyen despavoridos del victorioso soldado enemigo de los nazis.

El asalto a la fortaleza o a la colina que imagina en medio de la sala termina cuando el locutor de la BBC hace silencio, pero solo para reiniciar al día siguiente junto con un nuevo boletín.

El fin de la guerra llegó al Telefunken a lomos de un “flash” informativo. El periodista apenas podía disimular su satisfacción mientras narraba. Por otro lado, de la Embajada estadounidense llegaron unos cuantos folletos y revistas antes de esfumarse a finales de 1945.

Sin embargo, el ocaso del gigantesco radio alemán solo se produjo en los tiempos de la crisis del canal de Suez.

Radio Telefunken de válvulas modelo Operette 6

Era uno de esos días frecuentes en Quito: en la mañana sol irreductible y en la tarde, diluvio. Había pasado el mediodía cuando recibió un sablazo desde el cielo.

El rayó se cebó en cables y antenas, siendo su última víctima el Telefunken que luego de lanzar un quejido de estática se apagó para siempre. Tenía más de veinte años y moría en América, a cientos de kilómetros de una Alemania que se había desmenuzado en varios pedazos rojos azules y blancos.

Alejandro Sawa, el negro de Rubén Darío

Al señor don Rubén Darío,

¿Me impulsas a la violencia? Pues sea. Yo no soy el amigo herido por la desgracia que pide ayuda al que consideraba como un gran amigo suyo: soy un acreedor que presenta la cuenta de su trabajo.

Desde el mes de abril hasta el mes de agosto de 1905, yo he escrito por encargo tuyo hasta ocho cartas (de las cuales conservo en mi poder seis) que han aparecido con tu firma en el periódico de Buenos Aires ‘La Nación’…

Es el año 1908. En Madrid el aire está enrarecido por la derrota ante Estados Unidos, ya no hay colonias ni reino donde nunca se pone el sol. El pueblo, tambaleante entre decepción e indolencia, corre de arriba abajo a través de las calles empedradas evitando mirar los diarios donde quejas y agresiones son las notas musicales de un réquiem por el Imperio español.

Alejandro Sawa. Fotografía tomada de “El Imparcial“.

Entre ese tumulto camina un ciego. Sus cabellos están revueltos y la barba hirsuta. En sus pupilas lo único que brilla es la ausencia, mientras que en su levita asoman tímidamente los desgarrones. Traje y dueño resisten a la derrota con heroísmo.

Este “clochard español ha estado en París por años, pero oscuridad es lo único que ha importado desde la Ciudad de la Luz. Su nombre es Alejandro Sawa y su oficio es el de escritor.

Acaso llamarlo así resulte una afrenta para este personaje porque ni aquel sustantivo ni la influencia de los amigos, entre los que se encuentran Valle Inclán y Manuel Machado, le han permitido publicar una obra que él cree lo consagrará.

Está consciente de que la escritura nada tiene que ver con la publicación, pues ni todo el que escribe bien publica ni todo el que publica escribe bien, mas, ahora aquel aserto es apenas un consuelo de tontos para un Alejandro Sawa que ha llegado al punto de alquilar su pluma a varios Rubén Daríos por no morir de hambre.

Mientras el vate nicaragüense compone versos, Sawa ha garabateado cientos de hojas con artículos destinados a periódicos de ambos lados del Atlántico que si bien le permiten sobrevivir, no le reportan nombre o alegría.

Sawa jamás protestó por el acuerdo, al fin y al cabo, los “negros”, extras de la literatura que igual a los del cine hacen las piruetas que los famosos rehúsan, son habituales y no escandalizan.

No siempre hay luces en la bohemia. Siga los pasos de Alejandro Sawa por Europa.

No obstante, en cuanto su libro “Iluminaciones en la sombra” quedó terminado, el artista que habitualmente trabajaba entre sombras, quiso mostrarse en su máximo esplendor.

Empero, al no hallar alguien dispuesto a ayudarlo, el autofinanciamiento se presentó como última alternativa.

Desesperado, aruñó la cerámica de las alcancías y desfondó los bolsillos de sus trajes. Su esposa, que fue también su secretaria y que hacía milagros para llenar los pucheros, no consiguió estirar tanto las pesetas como para que cubriesen una edición.

Entonces, Sawa, Ájax furioso, se dedicó a arremeter no solo en contra de los enemigos, sino también en contra de los amigos y estos, que a menudo huyen del fracaso igual que de la peste convencidos de que la mala suerte se contagia, se esfumaron.

Breve documental sobre Alejandro Sawa en el canal UNED. Vea la web completa en este enlace.

Alejandro Sawa muta entonces en acreedor. Es su derecho: a los amigos se les puede regalar cualquier cosa, incluso el trabajo, pero ahora él está aislado.

Rubén Darío niega las deudas. Sawa insiste en ellas. Aquel dice que es la locura lo que afecta a su antiguo compañero, este responde que el otro es un sinvergüenza.

El “negro” del poeta nicaragüense es minucioso en su pobreza y sabe que lo adeudado es suficiente para cubrir una edición de “Iluminaciones en la sombra”, su canto final de cisne.

No importa comer, solo publicar.

La muerte de Alejandro Sawa. Foto tomada de la web Luis Antonio de Villena.

Pese a los esfuerzos, Odiseo ganó a Ájax: Sawa, ciego y loco, murió en su casita de la Calle Conde Duque número siete, en Madrid. Su testamento literario no pudo ver luz entre las sombras. Valle Inclán, conmovido por la majestuosidad de la desgracia, le escribió a Rubén Darío al poco de ver el cadáver de Sawa:

He llorado delante del muerto por él, por mí y por todos los pobres poetas. Yo no puedo hacer nada, usted tampoco, pero si nos juntamos unos cuantos algo podríamos hacer. Alejandro deja un libro inédito. Lo mejor que ha escrito. Un diario de esperanzas y tribulaciones. El fracaso de todos los intentos para publicarlo y una carta donde le retiraban una colaboración de sesenta pesetas que tenía en ‘El Liberal’, le volvieron loco durante los últimos días. Una locura desesperada. Quería matarse. Tuvo el fin de un rey de tragedia: murió loco, ciego y furioso.

Lea un artículo de “La Vanguardia” sobre la calle Conde Duque y el portal de la casa donde vivió Alejandro Sawa.

Mafarka, el antifuturista

Artículo publicado originalmente en Teoría Ómicron en abril de 2018. Puede leerla en la sección “Héroes Ómicron“.

Portada de “Mafarka el futurista”

Lejos quedan aquellos años del Renacimiento cuando un futuro mejor parecía posible. Hoy, gran cantidad de escritores (divulgadores de ciencia o novelistas) se rehúsan a creer en un mundo idílico en el que la humanidad haya alcanzado un altísimo grado de evolución espiritual, capaz de alejarla de guerras, hambrunas y ambiciones estúpidas.

Tiene sentido: el planeta se cae a pedazos. El animal más inteligente de la Creación deja, a cada paso, evidencias nuevas de su torpeza.

Cuando Orwell, Bradbury o Huxley imaginaron sus planetas distópicos, el mundo había atravesado al menos una guerra mundial, presenciaba el ascenso de los totalitarismos (de izquierda y derecha) y estaba a punto de conocer la devastación que puede provocar un simple átomo al partir su núcleo en dos. Pese a eso, los humanos de entonces no tenían la consciencia plena de su propia pequeñez y hasta finales del siglo diecinueve, antes de la Teoría de la Relatividad y de la Física Cuántica, existía la convicción de que “todo” estaba descubierto.

Con los hongos de Hiroshima y Nagasaki, el optimismo se esfumó y los escritores, derrotados, empezaron a cuestionarse su lugar en la Tierra. Las historias de horrores futuristas empezaron a reproducirse en diversos lugares del orbe, mientras las inquietudes y los miedos eran el alimento de cada mañana.

Sin embargo, antes, a principios del siglo veinte, el germen del fascismo había aparecido en Europa y muchos escritores rompían filas en su defensa o en la del bolchevismo, un antagonista que, a la larga, no era más que otro lobo con disfraz de oveja.

En Italia, D’Annunzio era el principal abanderado del nacionalismo en las letras, pero no el único: un agitador cultural nacido en Alejandría, Filippo Tommaso Marinetti, empezaba a despotricar, donde se le diera la gana, contra todo y contra todos.

Era un personaje extraño, con gesto arrogante, mirada fogosa y bigotes cuyas puntas, desafiantes, se elevaban hacia al cielo como flechas en contra de los dioses.

A diario, este africano con sangre italiana gritaba que el futuro no pertenecería a esas democracias débiles como lo de Woodrow Wilson, sino a imperios que, a la usanza de la Roma de César, impondrían el “progreso” a punta de lanza.

Marinetti era un apóstol de la ciencia y, sobre todo, de la tecnología, pero su visión del futuro, su futurismo, era violenta y terrible.

Escuche el “Sanjuanito futurista”, pieza compuesta por el ecuatoriano Luis Humberto Salgado, inspirándose en el estilo musical propuesto por el movimiento futurista.

Sostenía que un automóvil es mucho más bello que la Victoria de Samotracia, resumiendo con ello su admiración por un futuro despiadado donde el conductor se fundirá con la máquina para arrollar a esos necios transeúntes empeñados en quedarse en el pasado.

Marinetti y sus seguidores entienden que el futuro es velocidad y que solo hay dos alternativas: correr a su encuentro o extinguirse.

Con esas ideas, en 1910, Marinetti publicó en FranciaMafarka, el futurista”, libro que, en palabras de sus editores, es una novela de amor intenso, pero que centra su trama, en realidad, en la vida de un héroe africano, epítome del hombre futurista, quien debe enfrentar al usurpador de su trono y que, luego de derrotarlo, opta por retirarse del mundo encaramado en un robot gigantesco que fabricó para alcanzar el cielo.

La construcción de esta máquina solo se dará después de años de purificación en los que el héroe prueba toda clase de placeres carnales: sexo (en casi cualquier variedad posible), poder, riqueza, etcétera.

Orgías y asesinatos llenan las páginas de “Mafarka” y por eso, el mismo año de su publicación, se inicia un proceso en su contra en la Tercera Sección del Tribunal de Milán. Se acusaba al libro y, desde luego a su autor, de “pornográfico, ofensivo e innecesario”.

Marinetti, lejos de sentirse deprimido, consideró que este juicio era la primera batalla que le planteaban los defensores del mundo caduco a los futuristas.

Enseguida, la prensa liberal se llenó de artículos, poniendo de moda la frase “libertad de expresión”, mientras los conservadores hablaban de decadencia y vulgaridad:

― ¿Cómo se puede defender un libro cuyo primer capítulo se titula ‘El estupro de las negras’?” – decían y luego se engolosinaban enumerando todas las proezas sexuales de Mafarka.

Escritores de la talla de Luigi Capuana hablaron en defensa de la novela. Decían que las intenciones de Marinetti fueron malinterpretadas y que su Mafarka, en efecto, era explícito y fuerte, pero su finalidad no era la de hacer una apología de la violencia, sino que, a manera de una “nux vomica”, buscaba sacar de la modorra a espíritus habituados a la mediocridad y el conformismo.

Marinetti y su mujer, la pintora Benedetta Cappa, posando para una típica foto familiar… Fuente: Zeroconfini.

El autor de la novela sonreía en silencio: ni sus defensores lograban comprenderlo.

Cuando le llegó el turno de hablar, Marinetti se puso de pie y miró con ojos de suficiencia al fiscal y al juez.

Lo que yo quiero es darle una descarga de electricidad a Italia para devolverle la vida; sí, quiero sacarla de la modorra, pero no con viejos valores, sino llevándola a un nueva era. ¿Por qué hay violencia? Porque así será el nuevo mundo: ¡veloz! Y la velocidad es agresiva, despiadada… El que lo entienda vivirá y el que no está destinado a la desaparición.

Llegó la absolución para Mafarka y muchos la vieron como un triunfo de la libertad de expresión, pero Marinetti estaba lejos de ser uno de sus apóstoles. Con el ascenso de Mussolini al poder, él se transformó en su poeta oficial y uno de los más despiadados enemigos de cualquier intelectual que se atreviese a cuestionarlo.

Paradojas más, paradojas menos, la carrera de Marinetti terminó junto con la de “il Duce”. Cuando la Italia y su sucesora fascista, Saló, boqueaban, el padre de Mafarka murió de un ataque al corazón.

Había sido voluntario en el Frente Oriental por unos meses y en Abisinia cuando los italianos intentaron restaurar el Imperio Romano a costa de los etíopes. Había saboreado el éxito al convertir al Futurismo en el arte oficial de Italia y también el fracaso por publicar artículos de judíos en su revista. En cualquier caso, el tiempo quiso que solo perduraran sus estigmas y, en este siglo, pocos recuerdan a Marinetti.

Mafarka, no obstante, sobrevivió incluso a su creador. Hoy, con el mundo hecho añicos, este príncipe africano nos mira, desafiante e irónico, desde los cielos y dentro de su robot gigante, recordándonos que tal vez el futuro de Marinetti no es el soñado, pero sí el más probable…

EN LA CAJA

Este relato fue publicado originalmente en el Periódico Irreverentes de España el 2 de febrero de 2019. Léala siguiendo este enlace.

Aunque los verbos tirar, follar o coger son mejores, Fulano y Zutana habían hecho el amor esa noche.

Hubo fuegos artificiales, aruños, chupones en el cuello y camisas desgarradas, pero al terminar, ella no quiso quedarse recostada sobre su pecho ni conversar sobre las importantísimas tonterías del amor, solo se levantó, metiéndose con su implacable desnudez dentro de la caja que los hombres de la mudanza habían olvidado aquella mañana al desempacar la cocina nueva.

Fulano supuso que se trataba de una broma, pero con el paso de las horas empezó a preocuparse.

En ninguno de los libros o webs llenos de recetas infalibles para un matrimonio feliz se mencionaba caso similar y sus familiares lo único que le decían era: “¡te lo advertimos, ella no es una buena mujer!”

Las medias de seda que, de pronto, saltaban sobre su cuello desde algún armario o el cepillo de dientes huérfano en el baño le hacían lloriquear.

Zutana era necesaria. No había orden ni equilibrio sin ella.

Por las noches, entre lamentos e insultos trataba de persuadirla para que saliese. Mezclando piropos con injurias y cubriendo la caja con besos mocosos, se empeñaba por evitar que su vida perfecta se fuera al diablo.

Con la esperanza de destruir la fortaleza, decidió recurrir al infalible ariete de los celos, acostándose con finas scorts y pobres putas.

Era inútil, al regresar a casa, Fulano se ahogaba en el remolino de sus sábanas, mientras el objeto de madera, imperturbable, lo contemplaba desde la sala. Su silencio era de una elocuencia terrible.

Se mudó de la habitación al salón. Le hablaba a Zutana y hasta le cocinaba con la esperanza de que el estómago fuese más poderoso que la razón.

Nada. Los alimentos se pudrían igual que su vida.

Con los fuegos artificiales de año nuevo apareció el dueño de la casa para decirle que había decidido demolerla para construir un gigantesco parqueadero. Contaba con que el matrimonio se aparcase en otro lugar lo antes posible.

Fulano se puso a suplicar al pie de la caja, pero ni esta ni Zutana se inmutaron.

Rendido, fue a buscar fósforos en la cocina. Prefería quemarla y quemarse antes que aceptar el alivio de la derrota.

El fuego se rehusaba a masticar la madera, pero la persistencia de Fulano hizo que al tercer intento una llama, con forma de luciérnaga primero y luego de mantícora, empezase a devorarla.

En ese momento, chillidos como los de un bebé aterrado sacaron a Fulano de su orgasmo mortal. Con torpeza de homicida novato, pateó las maderas semiconsumidas hasta que se abrió un agujero negro.

De allí, emergió un gato anaranjado con las uñas desplegadas abalanzándose sobre la cara de Fulano. Él, que no sabía si la bestiecilla (y el universo entero) estaba viva, muerta o ambas cosas al mismo tiempo, tiró al animal contra una de las ventanas.

Al asomarse, vio cómo el cuerpo de Zutana se hundía entra la viscosidad de la calle mientras la lluvia de cristales lamía su piel.

Biografía apócrifa: ESQUIZIUDADES

Esquiziudades“, publicada en noviembre de 2018 por el Núcleo Pichincha de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

Los escritores, escribidores y excretores cuando dan a luz un libro se empeñan en convencer a sus víctimas – lectores que tan interesante como la creatura es la historia de su gestación.

Lo cierto es que los casos de manuscritos hundiéndose en el mar o que siguieron el camino del olvido a bordo de vagones del Orient Express se repiten con la misma frecuencia con la que se publican libros que podrían haberse evitado tal destino.

Si usted, querido lector, es un entusiasta de las sopas de letras con seguridad habrá leído que Hemingway[1] perdió, a bordo de cierto tren que unía Francia con Suiza, una maleta llena de escritos.

Los que creen en la justicia divina[2] dirán que se trató de un castigo, pues la mujer que embarcó el equipaje en París fue la primera esposa del señor Papa[3], al mismo tiempo que este le buscaba un reemplazo definitivo.

Por aquellos años, un Kafka abatido por la tuberculosis, ordenaba a su amigo Max Brod y a su última pareja, Dora Damiant, que echasen a la pira sus trabajos, víctima de un pudor poco frecuente en el universo artístico.

Como sucede a menudo, los albaceas del difunto eran unos desgraciados y no le hicieron el menor caso: los papeles que poseía Brod fueron a parar en la imprenta, mientras que los de la “viuda”, en las oficinas de la Gestapo.

El fuego, no obstante, sí fue el asesino de los poemas de un Platón que todavía no era filósofo y de la versión primigenia de “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”.

¡Extraños casos!

El neonato que protagoniza este artículo, “Esquiziudades”, también tiene una historia curiosa. Es hijo de dos padres, como es habitual en casi todas las gestaciones, y ambos, como también es habitual casi todas las gestaciones, no se conocían antes del engendramiento.

La criatura – libro, por lo tanto, tiene el sello de la incertidumbre, pues ninguno de los progenitores sabía qué esperar de su experimento, como también es habitual en las gestaciones.

El escribidor de esta nota, siempre audaz, invita a través de sus redes sociales a enviarle declaraciones de guerra con la esperanza de que nadie le haga caso, pero cierta mañana, de esas septembrinas que no se puede saber si son de verano o de otoño, un mensaje cibernético proveniente de las sabanas bogotanas, cambió todo.

Se pregunta quién es el agradable sujeto que se esconde tras las líneas de este blog, averígüelo aquí.

Uno de los futuros padres[4], ecuatoriano en el exilio, había tenido la idea de presentar un libro de crónicas a cierto concurso propuesto por el Núcleo Pichincha de la Casa de la Cultura.

El problema que comparten autores buenos y malos es que, pese a estar por horas sembrados frente a un computador, lo producido nunca alcanza para llenar un libro porque es poco lo que en realidad logró pasar de la cabeza al archivo de Word o porque lo que sí lo consiguió no lo merecía. Así, cuando debe cumplir con un mínimo de páginas no tiene ni la mitad o, a veces, ni la mitad de la mitad.

El futuro padre en el exilio había leído algunos textos del futuro padre que no está en el exilio[5], animándose a remendar su criatura con retazos de la ajena.

Aunque no lo parezca, “Esquiziudades” es un libro cosmopolita. Algunas de sus personajes salen del patio trasero para visitar el delantero, aunque este se encuentre ocupado por Sherlock Holmes

Como es un hombre sagaz, el proponente se dio cuenta que ambos proyectos eran completamente diferentes: el primero, el suyo, era mucho más íntimo, enfocándose en sus experiencias y las personas que han configurado, sin saberlo, su personalidad. El segundo[6] era más frío porque, por lo general, hablaba de muertos.

Esta debilidad, que solo se evidenció cuando el plazo del concurso estaba a punto de vencer, pudo superarse con retórica[7]: “nuestro libro pretende enfatizar las diferencias entre las dos maneras de entender el género de la crónica[8]”.

Lea, en este enlace, qué es lo que hermana a Sherlock Holmes, Papá Noel, Romeo y Julieta. Una crónica incluida en “Esquiziudades”.

Para llegar a esa frase que dice tanto y tan poco al mismo tiempo, este escribidor había pasado noches en vela y horas de terrible desasosiego porque era incapaz de completar ni siquiera la cuarta parte de lo que su nuevo amigo le había solicitado…

Hubiera sido poco decoroso admitirle a la primera persona que respondió a la declaratoria de guerra que iba a desistir por falta de granadas, así que se hizo necesario recurrir a la invención de armas que jamás imaginó: extraterrestres y cines pornográficos, entre otras delicias.

El cóctel resultó exitoso y la retórica, por una vez, quedó respaldada con los hechos. Las “Esquiziudades” se convirtieron en un retrato de casi 160 páginas donde los demonios de las ciudades saltan en forma de letras para descerebrar a los lectores que nunca habían reparado, víctimas de su cotidianeidad, en el manicomio del mundo que los rodea.

El neonato ganó el concurso y los padres, entre exultantes y horrorizados, lo descubrieron cuando ya no había otra alternativa que someterse a la furia del destino, dejando que, con todo y errores, el libro siguiera su camino hacia la imprenta.

Ahora, el monstruo de Frankenstein, guillotinado y sangrando tinta, llega a sus manos, querido lector, para aterrarlo porque desnuda a las ciudades, pero también a usted, a sus hijos y a los mismos escribidores que lo crearon[9].


[1] “Big Pappa” para unos masáis que lo veían ir de aquí para allá cazando leones negros, avestruces sin alas o hipopótamos cúbicos

[2] No es nuestro caso, por supuesto.

[3] Hemingway, no el tubérculo o un tuberculoso infalible del Vaticano.

[4] Responde al nombre de Jonathan Álvarez.

[5] Es decir, yo.

[6] El mío.

[7] A la que se recurre siempre que no hay alternativas serias.

[8] Imprescindible leer esta frase con voz de erudito.

[9] Estas notas al pie, por otra parte, son prescindibles, pero es impensable un artículo serio sin ellas…

Un café en la cripta

Crónica publicada originalmente en la Revista Mundo Diners de noviembre 2018.

UNO

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Calle de Carretas. Foto recuperada de la web “Secretos de Madrid“.

En 1920, Madrid también es una fiesta sin desastres anuales ni guerras civiles.

En una de sus calles, la de Carretas, donde lo que menos hay es carretas, transeúntes de cualquier estirpe se agolpaban en busca gelatinosas imitaciones de cerebros y corazones para estudiantes de la facultad de Medicina o sustitutos, más o menos ortopédicos, de piernas, manos y brazos para mutilados de la guerra hispano – estadounidense.

Aquel es el depósito de los miembros de goma, una isla absurda en el corazón de Madrid donde parece que el doctor Frankenstein desechó los sobrantes de su criatura con la finalidad de que funcionarios del correo, también ubicado allí, los entregasen a cualquier aficionado a las rarezas.

Precisamente, como náufragos, los carteros aparecen de pronto entre el mar de coleccionistas de muñones plásticos. Aún no los han dotado de bicicletas, de modo que trotan entre la multitud de forma incansable, abriéndose paso a veces con palabras, a veces con codazos. El caminante se pregunta al verlos si pronto no tendrán que cambiar sus pies de carne y hueso, desgastados e inservibles, por los de goma que se exhiben en las vitrinas.

Cercana a la Puerta del Sol, la calle de Carretas es una arteria de Madrid, oculta para aquellos que buscan la diversión banal.

Entre la multitud de paseantes camina un hombre vestido con traje negro. Es bajito y grueso, está peinado con brillantina y en su cara no asoma ni un solo vello. Es un hombre de sonrisa franca y mirada suspicaz al que todos conocen en la calle de Carretas, pues desde 1912, casi sin interrupciones, ha organizado en el Café y Botillería de Pombo, ubicado en el número 4 de esa vía, una tertulia sabatina.

 

En Madrid hay cientos de cafés, pero Pombo es un animal extraño al que la vanguardia del arte ha insuflado nueva vida. Convocados por el hombre bajito de terno negro (Ramón Gómez de la Serna), el pintor José Gutiérrez Solana, el filósofo Ortega y Gasset, escritores como Valery Larbaud, Valle Inclán, Grandmontagne y Antonio Machado se sentaron a las mesas de la vieja botillería transformándola en Sagrada Cripta.

De Pombo se sabe que el amanecer del alocado siglo veinte fue el responsable de disfrazarlo como café, haciendo desaparecer de forma definitiva su ropaje vetusto de fonda para viandantes. La especialidad era un sorbete de arroz, servido en temporada, que provocaba diarreas y que le valió el título nobiliario de “Café de los Cagones”.

Gómez de la Serna lo escogió porque sufría de una incontrolable pasión por las incongruencias y un sitio antiguo y tan castizo era el contraste perfecto para la que sería la sede de la vanguardia y el universalismo.

Los cofrades de Pombo eran variedades de rara avis que disfrutaban volar en contra del viento y que terminaron por acoplarse al café de igual forma que la anacrónica mesa donde se celebran los banquetes o la pintura de Gutiérrez Solana que capturó una de las tertulias y que acompañaría a los comensales hasta que el tiempo y las guerras la empujaron a un museo de nombre tan extenso que es mejor llamarlo solo Reina Sofía.

A Gómez de la Serna o Ramón, a secas, como prefería que lo llamasen, lo movió la idea de crear un refugio para los artistas libre de erudiciones y de pompa, capaz de acoger las ideas nuevas, pero también las antiguas que estuviesen dispuestas no a combatir al futuro, sino a coexistir y hasta participar en su marcha imparable.

Los invitados asistían exultantes a las reuniones, cumpliendo sus tareas de forma correcta durante el resto de la semana para que ninguna tarea se interpusiera en el disfrute de lecturas, recitales y charlas, pues a diferencia de otras, en la tertulia del Pombo no había alardes de grandeza, sino humor, audacia y poesía, la misma que era mucho más que una repetición de poemas enlatados, y guiaba cada segundo, cada actividad de la noche sabatina.

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La Sagrada Cripta del Pombo. Foto recuperada del blog “Descubriendo Ciudades“.

Sin embargo, a Pombo no solo llegaban los artistas. Desde el sótano donde se celebraban las tertulias, se podía divisar una fauna increíble compuesta por hipogrifos y salamandras que parecían haber escapado de la Puerta del Sol para entrar en la de la luna.

Carteros y carteristas, sordomudos y hermosos caballeros enamorados de la bohemia se reunían en torno a las mesas, mientras los vanguardistas hablaban sobre el cubismo.

Algunos se atrevían a bajar las gradas, introduciéndose en el mundo de Ramón de forma definitiva. Y es que él no era un hombre capaz de olvidar. Como mago o científico desquiciado, cada rostro y cada acción quedaba inmortalizada en forma de letras o dibujos que, con el tiempo, serían un ensayo, una novela, una greguería.

Así, entre todas estas criaturas, Gómez de la Serna adoptó a un mendigo para bautizarlo con el sobrenombre de “Pirandello”. Se distinguía de las demás por su humor, participando en cada juego de los pombianos como uno más.

Iba de aquí para allá con invitaciones a convites y hasta escribió, cierta noche, una carta para los artistas en la que les llamaba la atención sobre el absurdo de buscar un sentido a la vida.

Acabó sus días un domingo después de asistir a una tertulia en la Sagrada Cripta. La causa: insuficiencia mitral, problema cardiaco que resultó una auténtica paradoja, pues Ramón dijo alguna vez que aquel fue el hombre con el mejor corazón que había conocido.

 

DOS

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“La tertulia del Café Pombo” de Gutiérrez Solana. Cuadro del Museo Reina Sofía.

Con frecuencia, se organizaban banquetes en el Pombo para personajes extraordinarios.

José Ortega y Gasset, Francisco Grandmontagne, Enrique Diez – Canedo, Luis Bello y otras personalidades del mundo intelectual fueron homenajeadas en el sótano de la botillería. Sin embargo, el más llamativo es el que se hizo en honor de Don Nadie.

Ramón distribuyó una invitación a escritores de la generación española del 98 y también del 14 en la que se podía leer:

“Don Nadie, como su mismo nombre lo indica, no es nadie; pero no por esto debe creerse que no es nada (…) él no nos traicionará ni nos desdeñará. Cumplamos con este acto de creyentes, pues no podrán asistir a este banquete los que están proclamando siempre que ellos no creen en Nadie”.

Algunos, como Miguel de Unamuno declinaron el convite, arguyendo con elegancia que Don Nadie era peligroso porque escondía entre sus invisibles entrañas egoísmo y desvergüenza y su impersonalidad era la responsable de la corrupción que estaba corroyendo, según él, a la España de los años previos a la Segunda República.

La verdad es que en cada palabra de Unamuno se detecta un miedo o un repudio hacia la audacia burlona que el invento de Ramón contenía.

Él, en el discurso inaugural del banquete, defendió su idea explicando que era precisamente lo contrario: el problema no debía ser Don Nadie, sino Don Alguien o los cientos de “alguienes” que aparecen en cada esquina tratando de hacer que la gente se incline ante su falta de valor.

En el asiento que presidía el convite y que siempre se consagró al homenajeado, los pombianos sentaron a un simple paño blanco que cubría la invisible desnudez de Nadie.

Era una noche de invierno, cerca de fin de año.

 

TRES

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Ramón Gómez de la Serna. Fotografía recuperada de El Mundo.

Los años treinta y sus crisis hicieron que, poco a poco, cualquier tertulia en Madrid y España fuera inviable salvo que estuviese contaminada con política malsana.

Ya no había espacio para discusiones cúbicas sobre redondos movimientos literarios ni lecturas doradas de versos azules. En cada esquina de la ciudad se oían voces hablando de revolución “a la rusa” o nacionalismo “a la italiana” como si el mundo no fuera más que una receta de cocina.

La gente perdía el humor en el mismo momento en el que suscribía la papeleta de adhesión a cualquier movimiento político y, de manera paradójica, hombres como los cofrades de Pombo que habían criticado a aquellos que se resistían al avance feroz del tiempo, empezaron a convertirse en anacronismos.

Gómez de la Serna se marchó a Buenos Aires, encontrando argentinos que habían asistido alguna vez a su tertulia europea: Oliverio Girondo, Norah Borges y su hermano Jorge Luis…

Pese a que América lo recibió con admiración y cariño, el Ramón de la década pasada era una víctima del futuro que tanto amó. Había pasado de ser un agitador cultural audaz, punta de lanza de los nuevos creadores, a uno más de la legión de “viejos” a los que la juventud miran con sospecha, empeñándose en criticarlos sin importar si tienen o no razón.

Igual que en Europa, Gómez de la Serna se ganaba la vida escribiendo a mil por hora. Revistas, prensa y editoriales le solicitaban obras, ya no como una novedad, sino como la voz de otra época.

Mientras tanto, en España la Guerra Civil había aniquilado cualquier luz de bohemia y la gente se pasaba los días buscando pan o, castigada por el triunfante franquismo, construyendo absurdos mausoleos que solo la locura de un siglo que aspiraba a volver al tiempo de los faraones se podía dar el lujo de permitir.

Madrid ya no era una fiesta y París tampoco, pues mientras esta caía en las manos de Hitler, la otra se dedicaba a sortear la pobreza, moral y económica, que sobreviene a cualquier guerra.

Como a desagradables costras, la gente retiraba los carteles con las leyendas de “NO PASARÁN” o “¡ARRIBA, ESPAÑA!” para apilarlos junto a los muros caídos. Los palacios que en otro siglo eran símbolo del poder de un imperio donde no se ponía el sol, no eran más que un humo tan espeso que impedía ver cualquier estrella.

La Sagrada Cripta del Pombo desapareció y sus paredes se convirtieron en el refugio de prostitutas terriblemente delgadas que acudían después de una noche de “faena” para tomarse un café cortado o comer un sorbete de arroz. Los carteros, que ahora caminaban con el puño levantado hacia el cielo, las veían llegar desde la Puerta del Sol y el Café Zaragoza al que en son de burla, lo conocían como “el de la sífilis”.

En 1942, con un Ramón ausente y una serie de cofrades desperdigados por el mundo, el Pombo cerró sus puertas y un peletero compró el lugar llenándolo de pieles de animal que parecían ser las de la propia Sagrada Cripta a la que, por un ritual antiquísimo, alguien había despellejado.

 

CUATRO

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La Calle de Carretas hoy. Foto tomada de “El País“.

Jovencitas cargadas de paquetes salen de la tienda de Zara que se encuentra junto al lugar donde, por años, funcionó el Café y Botillería de Pombo.

Ahora, el sótano donde se reunían los cofrades de la Sagrada Cripta alberga un modernísimo garaje y el edificio en sí es una fachada tan actual que, forrada con vidrios y piedras, parece una pecera gigantesca.

Por la calle de Carretas todavía desfilan los carteros, pero ahora van en camioncitos y ya no hay mutilados que buscan piernas y manos de goma, sino adolescentes comprando hamburguesas en Burguer King para no ir con el estómago vacío a la cita que los aguarda en la Puerta del Sol.

Hay hostales, tiendas de ropa, joyerías, pequeñas agencias de banco, contenedores plásticos de basura, edificios en reparación y, a lo lejos, se ve el eterno anuncio del jerez Tío Pepe que se resiste a seguir el camino del Pombo.

No hay inscripciones, no hay placas que hablen de la Sagrada Cripta y en un puesto de libros usados que, por azar, el paseante encontrará no hay uno solo de los que Ramón publicó en honor a su café.

― ¿De Gómez de la Serna? – Responde una andaluza de ojos negrísimos –. ¡Nada! No me queda un solo libro, alguna vez tuve algo, pero no recuerdo qué…

Parece que esa frase es un dictamen: el único destino de los hombres es el olvido y el tiempo es su ejecutor implacable.

 

Mire un monólogo de Ramón Gómez de la Serna sobre la oratoria:

Holy – good

UNO

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Cine Hollywood. Fuente: blog “Colombia & България

En los años setenta y ochenta, anacondas humanas se enroscaban alrededor de ese gigantesco cuerpo de cemento en cuyas entrañas habitaba el cine Hollywood.

Cada escama de la culebra tenía ojos, piernas y un sexo anhelante, pero, pese al prejuicio, los espectadores no eran perversos violadores o proxenetas en decadencia, más bien se trataba de empleados públicos a los que sus jefes, diputadillos o ministretes, opacaban hasta el punto de convertirlos en borrones del libro de la vida.

Por aquellos años había libre ingreso para las mujeres y ellas, como vetas de oro, sobresalían con sus faldas cortísimas entre el tropel de funcionarios con la corbata tan perfectamente anudada que parecía una horca.

Putas”, les decían las señoronas a aquellas vetas de oro y quizás era cierto, el caso es que nunca se pudo comprobar que una hiciera sus negocios dentro del cine o eso es lo que repetían hasta el cansancio administradores y porteros.

En pleno siglo veintiuno las mujeres dejaron de ser admitidas para evitar líos con la policía. Las beatas de los setenta hubieran estado felices, pero su victoria llegó tan tarde que, si estaban vivas, ya ni siquiera les importaba.

Antes, en los sesenta, no solo que podían ingresar las féminas, sino que vedettes colombianas o argentinas preparaban presentaciones para el Hollywood provocando felicidad inenarrable en solitarios onanistas y grises funcionarios que buscaban combatir su estrés laboral con piernas y nalgas.

Las anacondas humanas reptaban sobre las diminutas veredas de las calles Guayaquil y Espejo a cualquier hora, pero entre las doce y las cinco de la tarde era el momento preferido para hundirse en las butacas.

Pasadas las seis, el voyeur, si quería quedarse, debía mutar en masoquista, pues el sector se llenaba de malandros incapaces de respetar el éxtasis ajeno.

Para el hombre de la taquilla casi ninguno de sus visitantes era un misterio. Desconocía sus nombres, pero sus caras eran muy familiares: los amantes del Hollywood eran asiduos.

Algunos sufrían de timidez. Casi siempre sus ojos miraban el piso, entregando la boleta sin levantar la cara. Otros, desafiantes, contemplaban a los empleados con una sonrisa burlona, y también había indiferentes que, sin duda, eran los más llamativos porque no había sombra de felicidad, tristeza o vergüenza en sus expresiones.

Impenetrables, acudían al cine con la misma frialdad con que un contador despachaba una tarea desagradable. Era imposible no preguntarse sobre su vida: ¿serían infiltrados, gente contratada para averiguar si se producían actos ilícitos dentro del cine? O ¿era gente sin nada que hacer y que iba únicamente para no estar sola o, lo que es peor, acompañada por alguien a quien no querían?

Mientras tanto, en la sala de proyecciones, el encargado se aseguraba de que las cintas estuvieran en buen estado, pues, en caso de enredarse, se verían obligados a suspender la función por minutos u horas.

En medio de esos percances, la gente se volvía loca, era capaz de lanzarse por los pasillos iluminados con luces rojas en busca del técnico para hacerle pagar con su vida por el corte. Es natural, esas personas quedaban truncadas en su camino al éxtasis.

De todas maneras, aquello era una rareza. El encargado era un experto en manipular los rollos de película y si hubo suspensiones, ciertamente no fue por su ineficiencia.

La peor tarde se produjo cuando un anciano sufrió un infarto en medio de cierta función y los servicios médicos solo lograron llegar para verlo muerto sobre la alfombra sucia.

El resto de asistentes no le dieron asistencia al verlo colapsar, solo se pusieron a huir como si temiesen contagiarse con alguna peste.

“Es que temen ser reconocidos…”

Lea otra crónica sobre el cine Hollywood en Caja Negra.

DOS

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“La musa” pide cédula para entrar al cine. Fuente: Deskgram Cristhian Parrado.

El declive fue vertiginoso. Podría culparse al VHS, al DVD, al internet o a cualquier otro adminículo de origen extranjero capaz de reducir la distancia entre el sexo en audiovideo y los espectadores circunstanciales.

La razón, sin embargo, es el aburrimiento.

En otro tiempo ir a ver pornografía en el cine era un acto de rebeldía, un escupitajo en la cara de los pacatos, pero, con el pasar de los años, lo que dijeran las beatas o los curas dejó de importar, tanto que ambas especies se convirtieron en fieras con peligro de extinguirse.

La gente, si bien seguía siendo hipócrita ante el sexo, ya no se tapaba sus ojitos para no disfrutar las delicias del pecado.

Por la ausencia de público, los dueños del cine Hollywood y de su primo hermano, el América, se vieron obligados a despedir empleados y la panza de la bestia de cemento y celuloide se vació.

El hombre de la boletería pasó a cumplir funciones de acomodador y hasta técnico de proyección. Empresarios y últimos empleados asistían con un silencio resignado a la derrota de su gigante.

Los espectadores eran una luz en el ocaso. Su número se redujo de forma considerable con el transcurso de los años, es cierto, pero unos veinte o quizá treinta se rehusaban a abandonar el barco, manteniéndose fieles desde los años sesenta.

Estos hombres, ahora vetustos como las alfombras del cine, parecían amantes que, víctimas de la costumbre, habían quedado ligados al celuloide y la llegada de internet o del blu – ray no consiguió librarlos de su maldición.

Estos hombres perdieron mucho tiempo atrás la vergüenza. Cuando alguien les plantaba conversación en el vestíbulo del cine, impasibles, respondían como en medio de un despacho del Ministerio de Comercio Exterior.

Se trataba de vejetes con anteojos gruesos y piel pálida que no se atrevían a comprar celulares por un pánico cerval a las  pantallas táctiles.

Por aquellos años, fue que las mujeres quedaron vetadas del cine. Los vecinos del sector se quejaban de que las prostitutas entraban con sus amantes de ocasión para ahorrarse el costo del motel o simplemente porque las urgencias no permitían llegar a ninguno.

“¡Eso un puterío!”, “¡este es un barrio decente!”, “¿adónde vamos a parar así?”

Lo cierto es que el cine había funcionado sin problema conviviendo con la decencia del barrio por seis décadas. Sobrevivió a las beatas y a las feministas new age, sin embargo, la pornografía en discos piratas cerraba poco a poco un lazo sobre el cuello de los dueños del cine y el escándalo con la policía habría sido el fin del fin.

Evitar que las mujeres, putas o no, entraran al cine era una estrategia desesperada para prolongar la agonía del Hollywood, gigante de cemento que, huérfano de la anaconda, sobrevivía a trompicones entre burlas y saldos en rojo.

TRES

Su fin llegó al mismo tiempo que el auge de los cines de centro comercial. Aquel fue el puntillazo en el lomo de la bestia de celuloide que ya no podía adaptarse al nuevo tiempo.

Las autoridades exigían que los administradores instalaran parqueaderos gigantescos, con espacio para trescientos vehículos, pese a que los asistentes no llegaban ni a cien.

Querían múltiples puertas de escape cuando en el centro de la ciudad tumbar una pared hubiera significado el derrumbe de la construcción entera y acaso de las aledañas.

En octubre de 2017, mientras en los cines de centro comercial se estrenaba el último blockbuster de Marvel y la gente se apilaba en las salas con formato imax, los últimos trabajadores del Hollywood recibían los papeles de su liquidación.

Entre octubre y noviembre, los asistentes acudieron a ver viejísimas películas porno italianas de los setenta con la tristeza propia de un funeral. Eran los muñones de esa anaconda que, ahora, estaba cómodamente sentada en una sala con aire acondicionado y sonido estéreo viendo a un Thor convertido en esclavo después de la aniquilación de su planeta.

Los viejecitos no iban a abandonar a su creatura de celuloide (uno de los pocos cines de contenido puramente erótico en el país) hasta que respirara su última bocanada de aire.

Los gemidos de las italianas de la película parecían los de la sala entera que abandonaba la vida entre quejidos y erecciones como dicen que les sucede a los ahorcados. En este caso, el estrangulamiento no se hacía con sogas, sino con deudas.

El médico forense, sin embargo, habría de escribir en el parte mortuorio que la verdadera causa de muerte fue el paso del tiempo que aniquila a hombres y cosas que son incapaces de adaptarse al cambio.