El libro de la inmortalidad

Aquel verano, paseaba por una playa desierta, sin turistas ni parasoles. Había caminado durante media hora, cuando, en medio de la nada, encontré una casita de madera, destartalada y miserable.

Estuve a punto de pasar de largo, pero, de repente, un viejecillo abrió la puerta y me hizo gestos con las manos para que me acercara.

— ¿Por qué no entra un rato, joven? – me dijo –. Hace mucho tiempo que no converso con alguien que no sea el repartidor de los víveres.

— Disculpe, es que yo…

— No se niegue, soy un anciano inofensivo que quiere charlar un poco, nada más.

Acepté con desgano, sin embargo, el interior de la vivienda, adornado con múltiples recuerdos de viajes y anaqueles llenos de libros; era tan acogedor, que me hizo cambiar de opinión.

Conversamos por espacio de dos horas, exclusivamente de literatura y filosofía. El viejecillo era extraordinario, de inteligencia penetrante y discurso sencillo; admirador de Hugo y de los poetas románticos ingleses, especialmente Wordsworth, Keats y Byron. De este último, poseía un ejemplar del Childe Harold’s Pilgrimage, editado en Londres en el año de 1841; en perfecto estado y que, según me explicó, era su mayor tesoro.

— En realidad – dijo, mientras lo guardaba –, tengo un libro que es más valioso que éste, lo que ocurre es…

— ¿Qué?

— Hasta ahora nadie, aparte de mí, lo había visto, pero usted me despierta confianza; espere un momento – entró en su habitación, regresando casi enseguida con un volumen grueso, empastado en cuero rojo.

— ¿Qué es? – pregunté.

— Una colección de relatos, similares a los de Las mil y una noches, aunque mucho más antiguos.

Tomé el libro que mi huésped me ofrecía y empecé a hojearlo.

— ¡Espere! – exclamó él, cuando iba a voltear cierta página –. ¡No avance más o algo terrible puede ocurrir!

— ¿A qué se refiere? – dije, cerrando el libro.

— Hay algo extraordinario en él; no hablo de su antigüedad o de su rareza, sino de su poder…

— No entiendo.

Le entregué el libro y él empezó a explicar:

— Después de la última página que usted vio, no hay nada, solamente hojas en blanco – hizo una pausa y luego prosiguió con énfasis –: a lo largo de la historia, múltiples hombres lo han llenado de relatos, dejando un recuerdo de su paso por el mundo…

— Eso es muy interesante, sin embargo, no comprendo qué tiene de terrible.

— No sé cómo explicárselo… En pocas palabras, el libro convierte a su dueño en inmortal…

— Lo siento, sigo sin comprender.

—Me explico: los relatos no son simples historias creadas por escritores imaginativos, son, en realidad, sus vidas, que se han convertido en letras y los han hecho inmortales; el poder de este libro no es otro que el de absorber, literalmente, al lector cuando este encuentra una página en blanco.

— ¿Bromea?

— No, no es una broma – volvió a detenerse por unos segundos –. El caso es que ha llegado el momento de que yo ocupe mi lugar allí, pero no me atrevo, tengo miedo de ser inmortal…

La tetera pitó, yo me ofrecí para servir el café. Entré en la cocina y mientras buscaba un par de tasas limpias, un ruido, como el de un estallido, me hizo sobresaltar.

— ¿Está usted bien? – pregunté.

Nadie contestó. Regresé, entonces, a la sala, pero el viejo había desaparecido, dejando el libro de pasta de cuero abierto y en el suelo. Lo tomé y leí la última línea de la página derecha: “…el incrédulo visitante – decía – entró en la cocina y el anciano se quedó sólo con su libro; sin dudarlo más, lo abrió y fue inmortal.

La apuesta final

Solamente Iván y Luis continuaban jugando, los demás habíamos perdido todo nuestro dinero. Ellos, por otra parte, no parecían dispuestos a rendirse, de manera que la mesa de póquer se transformó en un verdadero campo de batalla.

Iván, hombre de poca estatura, delgado y de constitución enfermiza; miraba a su rival con una expresión fría, indefinible; mientras éste, no muy alto pero bastante robusto;  sonreía con confianza, seguro de que tanto tiempo dedicado a ese juego, le había servido para pulir al máximo sus habilidades.

— ¿No crees que ya es hora de apostar con seriedad? – dijo Luis.

— Apuesta lo que quieras.

— ¿Te jugarías la vida?

El interrogado dudó unos segundos.

— ¡Por supuesto! – asintió, al fin.

Tuve un sobresalto. ¿Acaso hablaban en serio?

— ¿Qué quieren decir? – se atrevió a preguntar uno de mis amigos.

— Nada, chico, sólo quería saber si él estaba dispuesto a perder hasta el último centavo – continuó Luis, al tiempo que colocaba todas sus fichas en el centro – Si no salen las cosas como quiero, estoy acabado, pero confío en mi suerte; dame cuatro cartas.

— ¿Estás loco? – Exclamé.

— Tal vez…

— Muy bien, si eso es lo que quieres – Iván hizo una pausa  y luego prosiguió, señalando su naipe  –: yo estoy bien con esto.

Disimuladamente, miré su mano; habían cuatro nueves y un tres. “¡Luis es un idiota!”, pensé.

— Veamos qué tienes, no creo que sea mucho – Exclamó Iván.

— No te adelantes, puedo sorprenderte.

— ¡Por favor! Pediste cuatro naipes, eso…

— Eso no significa nada; ¡mira! – Puso, una por una, las cartas sobre la mesa. ¡Era una escalera real de tréboles!

— ¡Miserable! ¡Tramposo! – Gritó, botando al suelo su póquer de nueves.

— No seas ridículo, tú sabes que no hay engaño alguno; ¡perdiste, eso es todo!

Iván guardó silencio, había bajado la cabeza y permanecía mirando fijamente el tapete verde de la mesa.

— Está bien, tienes razón; felicitaciones por tu triunfo.

— ¿Pagarás, entonces?

— ¡Por supuesto! Soy un caballero…

— Voy a traer una botella de champaña, ¿te gustaría?

El interrogado asintió. Entonces, Luis se dirigió a la bodega, mientras nosotros mirábamos la escena sin comprender.

— ¿Te encuentras bien? – pregunté.

— Sí, no es nada.

En ese momento, el ganador regresó con una charola en la que había cinco copas llenas de licor.

— Ésta es para ti – le dijo a Iván, entregándole una de ellas.

— ¡Salud, vencedor! – exclamó él, bebiéndose el contenido de un solo trago.

Pasado un minuto, su rostro se puso azulado, al tiempo que de su boca salía espuma.

— ¡Un médico! – grité.

— Es inútil – afirmó Luis con una sonrisa siniestra –, ¡finalmente he ganado!

El problema de una gran nariz

Adriana siempre se consideró una emperatriz, miraba a sus vecinos con desprecio y estaba convencida que cualquier palabra que saliera de su boca era una verdad absoluta. El único problema era que tenía una nariz horrible y de proporciones tan absurdas que, invariablemente, le atraía los comentarios más soeces.

Para una mujer como ella, no poder mirar más allá de su nariz no sólo era una cruel ironía sino una mortificación fatal. De todas maneras, sus veintitantos años los había sobrellevado con supremo estoicismo, refugiándose en el recuento detallado de todas sus cualidades, a saber: belleza – al fin y al cabo, “un apéndice mal diseñado no puede empañar el conjunto” –, inteligencia, educación, desprendimiento, modestia…

Sin embargo, cierto día, la suerte se puso en su contra y, sin importar el lugar al que acudía, se cruzaba con un sinnúmero de groseros que le recordaban, sin la menor consideración, su defecto.

— ¡Narizona! – le gritó uno.

— …Parece una montaña – dijo otro.

— ¿Habías visto un tucán más gracioso? – preguntó un tercero a su amigo.

Adriana estaba desolada. ¿Por qué la gente era tan cruel? ¿Acaso sus cualidades tenían menor relevancia que una estúpida nariz? Suspirando, se detuvo en una esquina en la que se ubicaba una tienda de antigüedades y, sin comprender el porqué, sintió el impulso de entrar.

Era un lugar pequeño, en cuyos anaqueles se aglomeraban, sin ningún orden específico, una infinidad de trastos inútiles, máscaras africanas, tótems, libros y extraños artefactos arqueológicos. La mujer se paseó unos minutos, mirando aquellos objetos con delectación. Comprar la tranquilizaba.

— ¡Señorita! – exclamó la anciana dueña del local –. Usted tiene cara de persona culta, quizás le interese algo especial, muy extraño…

— ¿De qué se trata?

— Una lámpara mágica, herencia de mi tatarabuelo, que estuvo en Arabia a principios del siglo diecinueve.

— ¿Una lámpara mágica? – dijo Adriana, incrédula.

— Sí, tiene un genio dentro, que concede cualquier clase de deseos.

— ¿Me está tomando el pelo?

— No – la anciana introdujo sus manos en el cajón del mostrador, extrayendo una lámpara oxidada –, ¿ve? No bromeo. Naturalmente, no funciona como en las películas, no hay humo ni hombrecillo azulado con turbante, pero le aseguro que si usted pide un deseo, se cumple.

— Entonces, ¿por qué no ha pedido…?

— ¿Qué?, ¿ser rica?, ¿joven? No, ya tengo todo lo que quiero; por otro lado, usted parece necesitar ayuda con eso? – señaló la nariz.

Adriana se sonrojó.

— ¿Qué puedo perder? ¿Cuánto cuesta?

La anciana, sonriendo, extendió una tarjeta en la que había escrito cierta cifra.

— ¡Dios mío! ¿Todo eso? – dijo la muchacha.

— Lo vale.

Sin discutir más, Adriana le dio un cheque y salió de la tienda, encaminándose hacia un parque alejado, en el que, tras cerrar los ojos, se puso a frotar la lámpara, mientras repetía, una y otra vez: “¡libérame de esta nariz de porquería!”

Pero, pasados cinco minutos, el apéndice continuaba porfiadamente en su lugar.

— ¡Maldita vieja estafadora!

Furiosa, botó la lámpara, dándole un puntapié, mientras se golpeaba el rostro con violencia.

— ¡Ay, qué dolor! – Gritó cuando, de pronto, la nariz se le cayó de la cara. Un perro, que pasaba por allí, la tomó, desapareciendo, enseguida, por una calle transversal.

Adriana no cabía de la dicha y supuso que sus problemas estarían terminados, sin embargo, dos niños, que habían ido a jugar al parque, le gritaron:

— ¡Un monstruo sin nariz! ¡Un monstruo sin nariz!

La muchacha, aterrada, echó a correr, cubriéndose la cara y en pos del animal que le había robado aquel odiado apéndice. Desafortunadamente, tanto éste como la lámpara nunca aparecieron y por eso, ella vaga por las calles todos los días, ensimismada, enloquecida.

El puma plateado

Nunca antes había cazado, pero acepté unirme a la partida cuando Pablo, un antiguo amigo, me informó que lo que perseguíamos era a un extraño puma plateado. Animal que, para Benítez, jefe de la expedición, era la única razón para vivir.

En la selva, nos dedicamos a buscar algún rastro. Fue inútil, y transcurridos cinco días, el cansancio hizo mella en cada uno de los miembros del grupo. Pensé que desistiríamos, pero la voluntad de Benítez siempre terminaba por imponerse, obligándonos a continuar.

Al anochecer del sexto día, el jefe se confinó en su tienda. Mientras tanto, el calor y los mosquinos nos atacaban sin piedad. Noté en los ojos de mis compañeros, incluso en los de  Pablo, una enorme ira reprimida, nadie toleraba a su vecino y cualquier pequeña chispa desataría un incendio. Decidí, entonces, acostarme y, después de mucho esfuerzo, logré conciliar el  sueño, aunque éste era turbio y lleno de pesadillas.

En la madrugada, un grito me despertó. Permanecí recostado unos minutos, antes de atreverme a salir y, cuando lo hice, llevé  mi escopeta apretada contra en el pecho para que su frío y duro metal me diera valor.

— Creo que fue una pesadilla – me dije, después de avanzar unos pasos –; aquí, no hay nada.

Los ruidos de la selva me reconfortaron y opté por volver a mi carpa.

— Tú también lo oíste, ¿verdad? – Dijo, repentinamente, un hombre al que la oscuridad me impedía ver.

— Sí… – Asentí, elevando el cañón de la escopeta.

— Soy yo, Pablo; ¡baja el arma!

Mi corazón latía con demasiada fuerza, como si quisiera salirse del pecho.

— ¿El grito? – Pregunté con voz casi inaudible.

— ¡Ajá! – Hizo una pausa y luego prosiguió –. Creo que debemos buscar al…

Un nuevo alarido no lo dejó terminar; esta vez fue claro y proveniente de la carpa de Benítez, que, aún, estaba iluminada.

— ¡Él está aquí… Él…! – Dijo apenas nos vio.

— ¿Quién, el puma?

— Sí, ¡mire! – Señaló el fondo de la tienda.

— Señor, no hay nada, excepto su sombra.

El jefe se levantó enfurecido, abalanzándose sobre Pablo; ambos cayeron al suelo. Al poco tiempo, alertados por el ruido, llegaron el médico y tres hombres más.

— Voy a suministrarle un tranquilizante, es lo mejor – afirmó aquél, después de que le expliqué lo sucedido. Luego, volvimos a nuestras tiendas para descansar un poco.

A la mañana siguiente, el médico, que permaneció velando a Benítez, fue a despertarnos aterrado.

— Señores, algo terrible ocurrió…

— ¿Qué, hable, hombre?

— Me quedé dormido y, al despertar, el jefe había desaparecido.

— ¿No hay alguna señal de adónde pudo ir?

— No, pero… ¡Véanlo ustedes mismos! – Exclamó, señalando la carpa.

Levantamos el toldo y, en el suelo, junto al catre, vimos una gran mancha de sangre. Enseguida, el hombre de confianza de Benítez ordenó emprender la búsqueda y, siguiendo el rastro, arribamos a un descampado.

— ¡Encontré algo! – Gritó uno de los hombres.

Se trataba de la madriguera de una zarigüeya, donde aquel animalillo se lamía tranquilamente las patas traseras, que al igual que su morro, estaban untadas de sangre.

Los forajidos

 

Hace algunos meses visité un pueblo cercano a Bucay. Por aquel tiempo, el calor era tan intenso que, al menor esfuerzo, sudaba copiosamente.

En uno de mis paseos, descubrí el café en el que todos los habitantes recaían tarde o temprano. Era un lugar pequeño, bien cuidado, pero demasiado cálido, pues el dueño, que también era barman y, a veces, hasta cocinero; se rehusaba a comprar un aparato de aire acondicionado o, por lo menos, un par de ventiladores.

La gente, por otro lado, era alegre, jovial y muchas veces se acercó a mi mesa para conversar e invitarme a un trago; sin embargo, al sexto día de mi llegada, las cosas cambiaron. Todos se mantenían silenciosos, distantes y cualquier intento de acercamiento era rechazado casi con agresividad.

El ambiente era pesado e, incluso, el viejo gramófono, que, por lo general, repetía, una y otra vez, cierto disco de Julio Jaramillo; estaba apagado. Opté, entonces, por quedarme cerca de la barra, bebiendo un vaso de cerveza y a la espera de una persona que quisiera informarme algo, cualquier cosa.

De repente, un individuo, al que no había visto antes, entró, colocándose a mi lado.

— ¿Qué haces aquí? – Le dijo el dueño del local, mirándole con desconfianza.

— Un vaso de aguardiente – fue su única respuesta.

— Deberías estar en tu casa, con tu mujer.

— ¡Eso, a ti que te importa! Además no entiendo por qué, hoy, todo el mundo me jode.

El dueño del local le sirvió el licor, mirando de reojo un reloj oxidado que colgaba de la pared del fondo.

Contemplé al resto de visitantes del café y sentí que un escalofrío me invadía el cuerpo. Aquellos hombres miraban al recién llegado con una extraña expresión, mezcla de ansiedad, desprecio y miedo.

— ¡Tómate eso y lárgate! – Exclamó el dueño, observando, una vez más, el reloj.

— Me iré cuando quiera – apuró de un  trago la copa y, dirigiéndose a mí, prosiguió –: en la Capital, el servicio no debe ser tan malo como aquí, ¿verdad?

No supe qué responder.

— ¡Cállate, Manuel! – le dijo uno de los comensales de la mesa más cercana a nosotros.

— No puede ser tan malo – continuó el aludido, ignorándolo –, ¿sabe? Yo vivo en la casa que está junto a este local y hasta hace una semana, venía todos los días a comer y a beber, pero, por alguna razón inexplicable, me convertí en un apestado.

— ¡Basta! – Exclamó un hombre corpulento, haciendo ademán de levantarse.

— ¿Qué, vas a matarme? ¡Qué miedo!

El fortachón iba a reaccionar, pero la puerta se abrió y un pequeño, agotado y a punto de estallar en sollozos, entró, gritando:

— ¡Son ellos, ya llegaron!

— ¡Lárgate a tu casa, imbécil, tu esposa…! – Dijo el dueño del café.

El hombre se puso de pie y sin decir una palabra, echó a correr, saliendo del establecimiento.

— ¿Qué ocurre? – Pregunté tímidamente.

En ese momento, se escucharon un grito de mujer y dos disparos.

— Son ellos… – Respondió el dueño –. Todos los meses es igual, se llevan, al menos, a uno…

— ¿Quiénes, a quién se refiere?

— Los forajidos – dijo, temblando.

Mentira de piernas largas

Julio, desde niño, fue un mentiroso. Al principio, engañaba solamente para esconder sus travesuras, pero, con el paso del tiempo, hizo de aquello una costumbre muy agradable.

A los seis años, inventó su primera mentira de grandes proporciones: un amigo imaginario, inspirado por la envidia que sentía hacia un compañero de la escuela, al que la idea se le había ocurrido antes. “Yo puedo tener uno mejor”, se dijo y, en efecto, el resultado fue extraordinario.

A pesar de su poca experiencia, pudo percatarse con facilidad de que toda historia, para ser creíble, debe buscar la perfección incluso en el más pequeño de los detalles. Es así que Miguel, su nuevo camarada, adquirió familia, aficiones, miedos, un acogedor departamento con dirección exacta y una mascota; mas, transcurridos tres veranos, Julio cometió el error de endosarle a éste la autoría de cierta peligrosa travesura. Sus padres emprendieron, entonces, una larga y tortuosa investigación, cuyos resultados fueron concluyentes, además de asombrosos – tanto que olvidaron el castigo para el mentiroso.

El niño se convirtió en hombre, al tiempo que sus cuentos se hacían cada vez más largos y recurrentes. Sus amigos no le creían una palabra; y, algunos se alejaron; otros, lo compadecieron.

Cierto día, Julio se dio cuenta que era incapaz de crear más historias, las ideas se le habían agotado.

— ¡Ya sé! – Exclamó mientras preparaba el desayuno –. Debo decir una mentira tan absurda, que sólo mi genio logré transformarla en verdad.

Permaneció unos instantes en silencio hasta que escuchó en la radio, una voz que anunciaba el inicio de una serie llamada El hombre invisible.

— ¡Eso es! – Dijo, en medio de un paroxismo de felicidad.

Al día siguiente, salió de su casa con una amplia sonrisa en el rostro. Estaba alegre y rejuvenecido. En el trabajo, su jefe le llamó para pedirle que preparara un informe para unos empresarios italianos.

— Lo siento, señor, no puedo.

— ¿Por qué no?

— Porque soy invisible – respondió paladinamente.

El jefe estuvo a punto de despedirlo, mas, al percatarse que su empleado hablaba en serio, supuso que había enfermado.

— Creo que usted no se encuentra bien; descanse hoy y mañana conversamos con más calma.

— Estoy perfectamente, igual que ayer y anteayer, pero ahora soy invisible.

Durante todo el día, Julio repitió, incansablemente, aquel estribillo y en la mayoría de los casos, no produjo otra cosa que no fuera un estallido de carcajadas. Volvió a su casa deprimido, sin hambre y sumido en la desesperación.

A la mañana siguiente, fue al trabajo con desgano, pensando que su vida no tenía sentido. Sin embargo, en la oficina, sus compañeros no lo vieron.

— ¡Al fin! – Se dijo –. ¡Lo he conseguido!

El jefe hizo su aparición y, dirigiéndose a la secretaria, preguntó:

— ¿Julio no ha venido?

— No, señor.

— Creo que no vendrá más, el pobre ha enloquecido.

— No, estoy muy cuerdo, ¡ustedes han enloquecido por mí! – Estaba jubiloso, pero nadie le escuchó.

— Yo les advertí que era invisible; no finjan que son sordos, simplemente admitan que decía la verdad.

No hubo respuesta y así fue por el resto de su vida, porque nunca más se supo algo de Julio.

Sindicado por robar el viernes

El cuarto era pequeño, opresivo. La única iluminación provenía de un brillante foco que, cual espada de Damocles, colgaba del techo, justo sobre nuestras cabezas; este último, de metal oxidado, escurría una herrumbre repugnante sobre las paredes verdes. Por otra parte, el único mobiliario consistía en una mesa, un cubo de madera y tres sillas. En una de las cuales estaba sentado yo; y, en las otras, dos hombres uniformados.

— ¿Por qué se empeña en hacernos perder el tiempo? ¡Confiese de una vez! – Gritó el de la derecha, un tipo de estatura descomunal.

— Cálmate, cálmate – dijo el otro, dándole una palmadita en el hombro; luego me miró –; no quiero que usted piense que somos unos matones sin escrúpulos, pero si no coopera, no voy a tener otra opción…

— Es que no entiendo por qué… – Balbuceé.

— Usted no tiene que entender nada, no le trajimos para eso, simplemente diga si se robó o no, el día viernes.

— Admito que el viernes me robé un libro del supermercado, pero….

— ¡No, no, no! Se da cuenta, ni siquiera hace un esfuerzo por ayudarnos – dio una chupada de su cigarrillo, exhalando el humo en mi cara –; a nosotros, ¿qué nos puede importar un estúpido libro? Lo acusamos de robarse el día viernes, ¿oyó? ¡El viernes!

— ¡Eso es ridículo! – Exclamé exasperado – ¿quién puede hacer eso?

— ¡Usted! – intervino el soldado enorme.

Bajé la cabeza y me sumí en mis pensamientos. Un corto silencio se hizo en la habitación.

— ¡Tráelo! – Dijo, al fin, el individuo que había conducido el interrogatorio.

El gigantesco militar salió, regresando casi enseguida con un joven semidesnudo, cuyo cuerpo estaba cubierto de heridas, moretones y sangre coagulada.

— Éste, ya no da más – informó.

— Ya veo; habrá que llevarlo a dormir, entonces – hizo una pausa y mirándome con una sonrisa siniestra, dijo –: ése es el único premio que gana un necio; ayúdese.

— Entiendan, señores: yo robé un libro el viernes, ¡nada más!

— No, usted se robo el viernes, completito, las veinticuatro horas exactas.

— ¡No, lo niego!

— Hagamos una cosa: me cae bien, por eso voy a darle una última oportunidad; reflexione, tranquilícese y tome una decisión mientras yo me encargo de poner a dormir a nuestro viejo amigo, ¿qué le parece?

No contesté. Guardia y prisionero salieron.

Transcurridos un par de minutos, el gigante me dijo:

— Eres un idiota si no hablas, el Coronel ha sido muy tolerante contigo – se escuchó un disparo, el militar volteó y se quedó mirando la puerta.

En ese instante me puse de pie y, tras tomar el cubo vacío, le asesté dos poderosos golpes en la cabeza; el militar cayó al suelo inconsciente. Enseguida, aprovechando que la puerta había quedado sin seguro, salí, y, ayudado por la oscuridad, pude evadirme de esa extraña cárcel.

En la calle, mientras corría en busca de un lugar más transitado, me pareció escuchar, a lo lejos, un sonido similar al tableteo de una ametralladora.