El problema de una gran nariz

Adriana siempre se consideró una emperatriz, miraba a sus vecinos con desprecio y estaba convencida que cualquier palabra que saliera de su boca era una verdad absoluta. El único problema era que tenía una nariz horrible y de proporciones tan absurdas que, invariablemente, le atraía los comentarios más soeces.

Para una mujer como ella, no poder mirar más allá de su nariz no sólo era una cruel ironía sino una mortificación fatal. De todas maneras, sus veintitantos años los había sobrellevado con supremo estoicismo, refugiándose en el recuento detallado de todas sus cualidades, a saber: belleza – al fin y al cabo, “un apéndice mal diseñado no puede empañar el conjunto” –, inteligencia, educación, desprendimiento, modestia…

Sin embargo, cierto día, la suerte se puso en su contra y, sin importar el lugar al que acudía, se cruzaba con un sinnúmero de groseros que le recordaban, sin la menor consideración, su defecto.

— ¡Narizona! – le gritó uno.

— …Parece una montaña – dijo otro.

— ¿Habías visto un tucán más gracioso? – preguntó un tercero a su amigo.

Adriana estaba desolada. ¿Por qué la gente era tan cruel? ¿Acaso sus cualidades tenían menor relevancia que una estúpida nariz? Suspirando, se detuvo en una esquina en la que se ubicaba una tienda de antigüedades y, sin comprender el porqué, sintió el impulso de entrar.

Era un lugar pequeño, en cuyos anaqueles se aglomeraban, sin ningún orden específico, una infinidad de trastos inútiles, máscaras africanas, tótems, libros y extraños artefactos arqueológicos. La mujer se paseó unos minutos, mirando aquellos objetos con delectación. Comprar la tranquilizaba.

— ¡Señorita! – exclamó la anciana dueña del local –. Usted tiene cara de persona culta, quizás le interese algo especial, muy extraño…

— ¿De qué se trata?

— Una lámpara mágica, herencia de mi tatarabuelo, que estuvo en Arabia a principios del siglo diecinueve.

— ¿Una lámpara mágica? – dijo Adriana, incrédula.

— Sí, tiene un genio dentro, que concede cualquier clase de deseos.

— ¿Me está tomando el pelo?

— No – la anciana introdujo sus manos en el cajón del mostrador, extrayendo una lámpara oxidada –, ¿ve? No bromeo. Naturalmente, no funciona como en las películas, no hay humo ni hombrecillo azulado con turbante, pero le aseguro que si usted pide un deseo, se cumple.

— Entonces, ¿por qué no ha pedido…?

— ¿Qué?, ¿ser rica?, ¿joven? No, ya tengo todo lo que quiero; por otro lado, usted parece necesitar ayuda con eso? – señaló la nariz.

Adriana se sonrojó.

— ¿Qué puedo perder? ¿Cuánto cuesta?

La anciana, sonriendo, extendió una tarjeta en la que había escrito cierta cifra.

— ¡Dios mío! ¿Todo eso? – dijo la muchacha.

— Lo vale.

Sin discutir más, Adriana le dio un cheque y salió de la tienda, encaminándose hacia un parque alejado, en el que, tras cerrar los ojos, se puso a frotar la lámpara, mientras repetía, una y otra vez: “¡libérame de esta nariz de porquería!”

Pero, pasados cinco minutos, el apéndice continuaba porfiadamente en su lugar.

— ¡Maldita vieja estafadora!

Furiosa, botó la lámpara, dándole un puntapié, mientras se golpeaba el rostro con violencia.

— ¡Ay, qué dolor! – Gritó cuando, de pronto, la nariz se le cayó de la cara. Un perro, que pasaba por allí, la tomó, desapareciendo, enseguida, por una calle transversal.

Adriana no cabía de la dicha y supuso que sus problemas estarían terminados, sin embargo, dos niños, que habían ido a jugar al parque, le gritaron:

— ¡Un monstruo sin nariz! ¡Un monstruo sin nariz!

La muchacha, aterrada, echó a correr, cubriéndose la cara y en pos del animal que le había robado aquel odiado apéndice. Desafortunadamente, tanto éste como la lámpara nunca aparecieron y por eso, ella vaga por las calles todos los días, ensimismada, enloquecida.

El puma plateado

Nunca antes había cazado, pero acepté unirme a la partida cuando Pablo, un antiguo amigo, me informó que lo que perseguíamos era a un extraño puma plateado. Animal que, para Benítez, jefe de la expedición, era la única razón para vivir.

En la selva, nos dedicamos a buscar algún rastro. Fue inútil, y transcurridos cinco días, el cansancio hizo mella en cada uno de los miembros del grupo. Pensé que desistiríamos, pero la voluntad de Benítez siempre terminaba por imponerse, obligándonos a continuar.

Al anochecer del sexto día, el jefe se confinó en su tienda. Mientras tanto, el calor y los mosquinos nos atacaban sin piedad. Noté en los ojos de mis compañeros, incluso en los de  Pablo, una enorme ira reprimida, nadie toleraba a su vecino y cualquier pequeña chispa desataría un incendio. Decidí, entonces, acostarme y, después de mucho esfuerzo, logré conciliar el  sueño, aunque éste era turbio y lleno de pesadillas.

En la madrugada, un grito me despertó. Permanecí recostado unos minutos, antes de atreverme a salir y, cuando lo hice, llevé  mi escopeta apretada contra en el pecho para que su frío y duro metal me diera valor.

— Creo que fue una pesadilla – me dije, después de avanzar unos pasos –; aquí, no hay nada.

Los ruidos de la selva me reconfortaron y opté por volver a mi carpa.

— Tú también lo oíste, ¿verdad? – Dijo, repentinamente, un hombre al que la oscuridad me impedía ver.

— Sí… – Asentí, elevando el cañón de la escopeta.

— Soy yo, Pablo; ¡baja el arma!

Mi corazón latía con demasiada fuerza, como si quisiera salirse del pecho.

— ¿El grito? – Pregunté con voz casi inaudible.

— ¡Ajá! – Hizo una pausa y luego prosiguió –. Creo que debemos buscar al…

Un nuevo alarido no lo dejó terminar; esta vez fue claro y proveniente de la carpa de Benítez, que, aún, estaba iluminada.

— ¡Él está aquí… Él…! – Dijo apenas nos vio.

— ¿Quién, el puma?

— Sí, ¡mire! – Señaló el fondo de la tienda.

— Señor, no hay nada, excepto su sombra.

El jefe se levantó enfurecido, abalanzándose sobre Pablo; ambos cayeron al suelo. Al poco tiempo, alertados por el ruido, llegaron el médico y tres hombres más.

— Voy a suministrarle un tranquilizante, es lo mejor – afirmó aquél, después de que le expliqué lo sucedido. Luego, volvimos a nuestras tiendas para descansar un poco.

A la mañana siguiente, el médico, que permaneció velando a Benítez, fue a despertarnos aterrado.

— Señores, algo terrible ocurrió…

— ¿Qué, hable, hombre?

— Me quedé dormido y, al despertar, el jefe había desaparecido.

— ¿No hay alguna señal de adónde pudo ir?

— No, pero… ¡Véanlo ustedes mismos! – Exclamó, señalando la carpa.

Levantamos el toldo y, en el suelo, junto al catre, vimos una gran mancha de sangre. Enseguida, el hombre de confianza de Benítez ordenó emprender la búsqueda y, siguiendo el rastro, arribamos a un descampado.

— ¡Encontré algo! – Gritó uno de los hombres.

Se trataba de la madriguera de una zarigüeya, donde aquel animalillo se lamía tranquilamente las patas traseras, que al igual que su morro, estaban untadas de sangre.

Los forajidos

 

Hace algunos meses visité un pueblo cercano a Bucay. Por aquel tiempo, el calor era tan intenso que, al menor esfuerzo, sudaba copiosamente.

En uno de mis paseos, descubrí el café en el que todos los habitantes recaían tarde o temprano. Era un lugar pequeño, bien cuidado, pero demasiado cálido, pues el dueño, que también era barman y, a veces, hasta cocinero; se rehusaba a comprar un aparato de aire acondicionado o, por lo menos, un par de ventiladores.

La gente, por otro lado, era alegre, jovial y muchas veces se acercó a mi mesa para conversar e invitarme a un trago; sin embargo, al sexto día de mi llegada, las cosas cambiaron. Todos se mantenían silenciosos, distantes y cualquier intento de acercamiento era rechazado casi con agresividad.

El ambiente era pesado e, incluso, el viejo gramófono, que, por lo general, repetía, una y otra vez, cierto disco de Julio Jaramillo; estaba apagado. Opté, entonces, por quedarme cerca de la barra, bebiendo un vaso de cerveza y a la espera de una persona que quisiera informarme algo, cualquier cosa.

De repente, un individuo, al que no había visto antes, entró, colocándose a mi lado.

— ¿Qué haces aquí? – Le dijo el dueño del local, mirándole con desconfianza.

— Un vaso de aguardiente – fue su única respuesta.

— Deberías estar en tu casa, con tu mujer.

— ¡Eso, a ti que te importa! Además no entiendo por qué, hoy, todo el mundo me jode.

El dueño del local le sirvió el licor, mirando de reojo un reloj oxidado que colgaba de la pared del fondo.

Contemplé al resto de visitantes del café y sentí que un escalofrío me invadía el cuerpo. Aquellos hombres miraban al recién llegado con una extraña expresión, mezcla de ansiedad, desprecio y miedo.

— ¡Tómate eso y lárgate! – Exclamó el dueño, observando, una vez más, el reloj.

— Me iré cuando quiera – apuró de un  trago la copa y, dirigiéndose a mí, prosiguió –: en la Capital, el servicio no debe ser tan malo como aquí, ¿verdad?

No supe qué responder.

— ¡Cállate, Manuel! – le dijo uno de los comensales de la mesa más cercana a nosotros.

— No puede ser tan malo – continuó el aludido, ignorándolo –, ¿sabe? Yo vivo en la casa que está junto a este local y hasta hace una semana, venía todos los días a comer y a beber, pero, por alguna razón inexplicable, me convertí en un apestado.

— ¡Basta! – Exclamó un hombre corpulento, haciendo ademán de levantarse.

— ¿Qué, vas a matarme? ¡Qué miedo!

El fortachón iba a reaccionar, pero la puerta se abrió y un pequeño, agotado y a punto de estallar en sollozos, entró, gritando:

— ¡Son ellos, ya llegaron!

— ¡Lárgate a tu casa, imbécil, tu esposa…! – Dijo el dueño del café.

El hombre se puso de pie y sin decir una palabra, echó a correr, saliendo del establecimiento.

— ¿Qué ocurre? – Pregunté tímidamente.

En ese momento, se escucharon un grito de mujer y dos disparos.

— Son ellos… – Respondió el dueño –. Todos los meses es igual, se llevan, al menos, a uno…

— ¿Quiénes, a quién se refiere?

— Los forajidos – dijo, temblando.

Mentira de piernas largas

Julio, desde niño, fue un mentiroso. Al principio, engañaba solamente para esconder sus travesuras, pero, con el paso del tiempo, hizo de aquello una costumbre muy agradable.

A los seis años, inventó su primera mentira de grandes proporciones: un amigo imaginario, inspirado por la envidia que sentía hacia un compañero de la escuela, al que la idea se le había ocurrido antes. “Yo puedo tener uno mejor”, se dijo y, en efecto, el resultado fue extraordinario.

A pesar de su poca experiencia, pudo percatarse con facilidad de que toda historia, para ser creíble, debe buscar la perfección incluso en el más pequeño de los detalles. Es así que Miguel, su nuevo camarada, adquirió familia, aficiones, miedos, un acogedor departamento con dirección exacta y una mascota; mas, transcurridos tres veranos, Julio cometió el error de endosarle a éste la autoría de cierta peligrosa travesura. Sus padres emprendieron, entonces, una larga y tortuosa investigación, cuyos resultados fueron concluyentes, además de asombrosos – tanto que olvidaron el castigo para el mentiroso.

El niño se convirtió en hombre, al tiempo que sus cuentos se hacían cada vez más largos y recurrentes. Sus amigos no le creían una palabra; y, algunos se alejaron; otros, lo compadecieron.

Cierto día, Julio se dio cuenta que era incapaz de crear más historias, las ideas se le habían agotado.

— ¡Ya sé! – Exclamó mientras preparaba el desayuno –. Debo decir una mentira tan absurda, que sólo mi genio logré transformarla en verdad.

Permaneció unos instantes en silencio hasta que escuchó en la radio, una voz que anunciaba el inicio de una serie llamada El hombre invisible.

— ¡Eso es! – Dijo, en medio de un paroxismo de felicidad.

Al día siguiente, salió de su casa con una amplia sonrisa en el rostro. Estaba alegre y rejuvenecido. En el trabajo, su jefe le llamó para pedirle que preparara un informe para unos empresarios italianos.

— Lo siento, señor, no puedo.

— ¿Por qué no?

— Porque soy invisible – respondió paladinamente.

El jefe estuvo a punto de despedirlo, mas, al percatarse que su empleado hablaba en serio, supuso que había enfermado.

— Creo que usted no se encuentra bien; descanse hoy y mañana conversamos con más calma.

— Estoy perfectamente, igual que ayer y anteayer, pero ahora soy invisible.

Durante todo el día, Julio repitió, incansablemente, aquel estribillo y en la mayoría de los casos, no produjo otra cosa que no fuera un estallido de carcajadas. Volvió a su casa deprimido, sin hambre y sumido en la desesperación.

A la mañana siguiente, fue al trabajo con desgano, pensando que su vida no tenía sentido. Sin embargo, en la oficina, sus compañeros no lo vieron.

— ¡Al fin! – Se dijo –. ¡Lo he conseguido!

El jefe hizo su aparición y, dirigiéndose a la secretaria, preguntó:

— ¿Julio no ha venido?

— No, señor.

— Creo que no vendrá más, el pobre ha enloquecido.

— No, estoy muy cuerdo, ¡ustedes han enloquecido por mí! – Estaba jubiloso, pero nadie le escuchó.

— Yo les advertí que era invisible; no finjan que son sordos, simplemente admitan que decía la verdad.

No hubo respuesta y así fue por el resto de su vida, porque nunca más se supo algo de Julio.

Sindicado por robar el viernes

El cuarto era pequeño, opresivo. La única iluminación provenía de un brillante foco que, cual espada de Damocles, colgaba del techo, justo sobre nuestras cabezas; este último, de metal oxidado, escurría una herrumbre repugnante sobre las paredes verdes. Por otra parte, el único mobiliario consistía en una mesa, un cubo de madera y tres sillas. En una de las cuales estaba sentado yo; y, en las otras, dos hombres uniformados.

— ¿Por qué se empeña en hacernos perder el tiempo? ¡Confiese de una vez! – Gritó el de la derecha, un tipo de estatura descomunal.

— Cálmate, cálmate – dijo el otro, dándole una palmadita en el hombro; luego me miró –; no quiero que usted piense que somos unos matones sin escrúpulos, pero si no coopera, no voy a tener otra opción…

— Es que no entiendo por qué… – Balbuceé.

— Usted no tiene que entender nada, no le trajimos para eso, simplemente diga si se robó o no, el día viernes.

— Admito que el viernes me robé un libro del supermercado, pero….

— ¡No, no, no! Se da cuenta, ni siquiera hace un esfuerzo por ayudarnos – dio una chupada de su cigarrillo, exhalando el humo en mi cara –; a nosotros, ¿qué nos puede importar un estúpido libro? Lo acusamos de robarse el día viernes, ¿oyó? ¡El viernes!

— ¡Eso es ridículo! – Exclamé exasperado – ¿quién puede hacer eso?

— ¡Usted! – intervino el soldado enorme.

Bajé la cabeza y me sumí en mis pensamientos. Un corto silencio se hizo en la habitación.

— ¡Tráelo! – Dijo, al fin, el individuo que había conducido el interrogatorio.

El gigantesco militar salió, regresando casi enseguida con un joven semidesnudo, cuyo cuerpo estaba cubierto de heridas, moretones y sangre coagulada.

— Éste, ya no da más – informó.

— Ya veo; habrá que llevarlo a dormir, entonces – hizo una pausa y mirándome con una sonrisa siniestra, dijo –: ése es el único premio que gana un necio; ayúdese.

— Entiendan, señores: yo robé un libro el viernes, ¡nada más!

— No, usted se robo el viernes, completito, las veinticuatro horas exactas.

— ¡No, lo niego!

— Hagamos una cosa: me cae bien, por eso voy a darle una última oportunidad; reflexione, tranquilícese y tome una decisión mientras yo me encargo de poner a dormir a nuestro viejo amigo, ¿qué le parece?

No contesté. Guardia y prisionero salieron.

Transcurridos un par de minutos, el gigante me dijo:

— Eres un idiota si no hablas, el Coronel ha sido muy tolerante contigo – se escuchó un disparo, el militar volteó y se quedó mirando la puerta.

En ese instante me puse de pie y, tras tomar el cubo vacío, le asesté dos poderosos golpes en la cabeza; el militar cayó al suelo inconsciente. Enseguida, aprovechando que la puerta había quedado sin seguro, salí, y, ayudado por la oscuridad, pude evadirme de esa extraña cárcel.

En la calle, mientras corría en busca de un lugar más transitado, me pareció escuchar, a lo lejos, un sonido similar al tableteo de una ametralladora.

El pueblo de los endemoniados

Anochecía cuando llegué. Llevaba mi cámara de fotos, una grabadora, lápiz y mi vieja libreta con pasta de cuero; caminé por una calle de tierra – realmente, de lodo, por las últimas lluvias –, única vía que conectaba ambos extremos del pueblo. A ambos lados, se alineaban unas cuantas casitas de adobe con techos de madera y paja, en las que no se podía detectar la menor señal de vida. Ni luces ni ruido, sólo un inquietante silencio.

Una extraña opresión en el pecho me acompañó durante todo el trayecto y pensé que lo mejor era marcharme, al fin y al cabo, aquel lugar estaba desierto. Cuando emprendía el regreso a la carretera principal, alcancé a ver un brillo saliendo de la más alejada de las viviendas. Indeciso, permanecí de pie unos instantes. A lo lejos, en las montañas, una fiera aullaba lastimeramente.

La curiosidad, sin embargo, me empujó hasta la casita y golpeé tímidamente la puerta, maltrecha por el tiempo y el clima. Casi enseguida, una mujer descuidada, de aspecto montaraz y sucio, apareció.

— ¿Quién eres? – Dijo, al tiempo que sus ojos negros me escrutaban de pies a cabeza.

— Tuve un accidente en la carretera y como este pueblo es el más cercano…

— A mí, eso no me importa.

— Es que no hay a quién más acudir.

La mujer reflexionó.

— Tienes razón, entra.

El interior de la casa era bastante miserable. Al fondo, había un catre viejo; junto a la puerta, una cocineta con una tetera encima; y, frente a ésta, dos banquitos de madera.

— Siéntate.

Obedecí y ambos permanecimos en silencio, escuchando embobados el ruido que hacía el agua al hervir. Mi corazón latía a una velocidad inusitada; algo minúsculo, que escapaba a mis sentidos pero no a mi inconsciente, estaba por ocurrir.

— No te sorprendas de que el pueblo esté vacío – dijo, de pronto, la mujer –, todos están muertos.

— ¿Muertos, por qué? – Pregunté con un mal disimulado terror.

— Los han matado.

— ¿Qué… quiénes?

— ¿Quién va a ser? ¡Los demonios, imbécil!

La miré fijamente; sus facciones adquirieron cierto matiz y ya no eran tan groseras sino de una belleza críptica y descuidada.

— Si quieres verlos, señor periodista, ve hacia el río, se halla a cincuenta metros de esta casa.

— ¿Cómo supo que yo…?

— Tienes una cámara, pero no pinta de turista; así que es obvio – hizo una pausa y luego agregó –; ahora, ¡lárgate y déjame en paz!

Me levanté y antes de salir, volteé a ver, una vez más, a la mujer; su rostro había vuelto a ser feo.

Afuera, la noche era oscura, la luna casi no iluminaba. Caminé hasta el río y me puse a otear, en busca de algo, cualquier cosa que me permitiera escribir un artículo.

Una nueva serie de aullidos me dio la bienvenida. “Me tomó el pelo”, pensé. En ese instante algo duro golpeó mi pie. “¿Un cadáver?” Sí. Un hilillo de sangre salía de él e iba a parar en una diminuta isla, treinta metros río arriba. Caminé hasta allí. Un chacal se había encaramado sobre ella, sus ojos brillantes me miraron, retándome. Enseguida, abrió las fauces y tomó algo del suelo, ¡una  cabeza! Sobresaltado, miré la isla y descubrí una serie de brazos, piernas y cráneos.

— ¡No es de tierra sino de cuerpos amontonados! – Grité, echando a correr.

Al día siguiente, la policía fue al pueblo. Yo, que había realizado la denuncia, no quise acompañarlos. Sentado en el despacho del capitán, esperaba el resultado de las pesquisas.

De pronto, sonó el teléfono y un gendarme contestó.

— ¿Cómo? – Dijo, mirándome burlonamente –. ¿No hay pueblo ni muertos? Sí, yo hago el informe.

En la piel de Arjuna

Cuando tu intelecto haya pasado más allá del espejismo de la ilusión,

recién entonces alcanzarás la diferencia de las cosas

oídas y por oír.

SRIMAD – BHAGAVAD – GITA


En el sueño yo era Arjuna. Estaba de pie, encaramado sobre mi carro, con un arco en la mano izquierda, una espada en el cinto y un carcaj de cuero en la espalda. Había pedido a Krishna que me condujera al centro de la planicie de Kurukshetra con la intención de ver a los Pandavas, nuestros enemigos. Eran éstos hombres fieros, audaces, dispuestos a todo por obtener la victoria. Mi deber era odiarlos, pero no podía pues, además de ser mis adversarios eran también mis parientes, quienes, enloquecidos por la ambición y el egoísmo, levantaron sus lanzas.

—No puedo pelear con ellos – dije –; es cierto que los corroe la vanidad, mas veo sus rostros y recuerdo el tiempo en que algunos jugaron conmigo; y, otros, sus padres, me enseñaron a tensar el arco; por sus venas corre la misma sangre que por las mías, no quiero matarlos.

— Arjuna – intervino Krishna –, debes cumplir con tu destino; desecha tus dudas, miles de hombres dependen de ti.

— ¿No escuchas? Los Pandavas no son mis adversarios, sino mi familia.

— Tú eres el que no escucha – sus ojos despedían llamas mientras que a su cuerpo lo cubría un halo dorado –, te voy a decir la verdad: no existen el pasado, el presente o el futuro, no hay vida ni muerte; yo soy todo eso.

Enmudecí. Sus ojos eran estrellas y su cuerpo, el universo entero. Las palabras que decía llegaban a mis oídos como un eco distante y mi mirada no podía despegarse de él.

— Mira mi mano – ordenó.

Obedecí y, aterrado, observé miles y miles de planetas, en los que hombres y bestias nacían para morir apenas unos instantes después. Me pude ver a mí, Arjuna, con el corazón lleno de dudas y a mi padre, reposando en el seno materno. Sin embargo cuando creí que la espantosa visión había terminado, Krishna cerró el puño y el mundo fue presa de las tinieblas y el frío.

— ¡He comprendido, Señor, he comprendido! – Grité.

El dios abrió la mano y la luz reapareció.

— Entonces ¡a pelear!

Apenas nos reunimos con el resto del ejército, Bhisma, soplando en su concha marina, dio la orden de atacar. Miles de guerreros sobre formidables carros se abalanzaron contra el enemigo que esperaba en posición defensiva.

El polvo obligó a que me cubriese la cara hasta que, de repente, el ruido del campo de batalla desapareció. No se escuchaban los cascos de las bestias golpeando el suelo ni el choque de las espadas. Destapé, entonces, mis ojos y descubrí que ambos ejércitos habían desaparecido, quedando solamente Krishna, un Pandava y yo.

— Soldado eres, ¡haz la guerra! – Exclamó el dios, señalando al enemigo.

Salté del carro con la espada en la mano y me dirigí hacia el lugar donde aquel guerrero me esperaba con tranquilidad. Cuando estuve cerca, pude ver su rostro: era yo.

— ¡Haz la guerra! – Repitió Krishna.

Sin dudarlo, descargué mi espada sobre ese, que no era otro que yo mismo. Agresor y víctima caímos al suelo.

Mis ojos, nublados por la sangre, se cerraban lentamente al tiempo que, a lo lejos, se escuchaba una risa feroz. En ese instante, desperté.